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Parte 1Prólogo — La llegada al bosque sagrado

Edipo en Colono · Sófocles · 5 min de lectura

(Entra el ciego EDIPO, guiado por su hija ANTÍGONA.)

EDIPO.— Hija de un padre anciano y ciego, Antígona, dime: ¿qué región es esta, qué ciudad hemos alcanzado? ¿Quién proveerá hoy con escasa limosna a este vagabundo? Pide poco, y obtiene aún menos, pero ese poco me basta. Me han enseñado a soportar el sufrimiento, y también los largos años que han envejecido conmigo, y, no menos importante, mi verdadera nobleza. Hija mía, si ves un lugar donde descansar, ya sea en terreno común o junto a algún bosque sagrado, detenme y ayúdame a sentarme. Averigüemos dónde hemos llegado, pues los extranjeros deben preguntar a los habitantes del lugar y hacer lo que se les indique.

ANTÍGONA.— Padre sufrido, Edipo, las torres que rodean la ciudad aún se ven débiles y lejanas. Pero donde estamos es sin duda tierra sagrada: un paraje lleno de laureles, olivos y vides. Dentro de él, un coro de ruiseñores cantores gorjea. Descansa sobre este asiento natural de roca, pues has viajado mucho para ser un anciano.

EDIPO.— Guía estos pasos ciegos y siéntame ahí con seguridad.

ANTÍGONA.— Si el tiempo puede enseñar, no necesito que me lo digas.

EDIPO.— Dime, te lo ruego, si lo sabes, dónde estamos.

ANTÍGONA.— Reconozco que es Atenas, pero no el lugar exacto.

EDIPO.— Eso lo hemos oído de cada caminante.

ANTÍGONA.— ¿Voy a preguntar sobre el lugar?

EDIPO.— Sí, hija, si está habitado.

ANTÍGONA.— Seguro que hay viviendas, pero no hace falta que te deje: allí hay un hombre cerca.

EDIPO.— ¿Qué dices, que se mueve hacia aquí y viene de camino?

ANTÍGONA.— Mejor dicho, ya está aquí. Pregúntale directamente lo que necesitamos saber, pues el hombre está aquí.

(Entra el EXTRANJERO.)

EDIPO.— Oh, extranjero, según me dice aquella cuyos ojos deben servir para ella y para mí, has llegado aquí enviado por algún feliz azar para resolver nuestras dudas...

EXTRANJERO.— Primero abandona ese asiento, luego pregúntame con calma: el lugar que pisas es tierra sagrada.

EDIPO.— ¿Qué sitio es este, a qué dios está dedicado?

EXTRANJERO.— Inviolable, no hollado; aquí moran unas diosas, terrible linaje de la Tierra y la Oscuridad.

EDIPO.— Dime el nombre augusto que debo invocar.

EXTRANJERO.— Las Benévolas, las que Todo lo Ven, así las llama nuestra gente, aunque en otros lugares tienen otros nombres.

EDIPO.— Entonces que muestren su gracia a su suplicante, pues yo no partiré jamás de este vuestro santuario.

EXTRANJERO.— ¿Qué palabras son estas?

EDIPO.— La señal de mi destino.

EXTRANJERO.— No, no me corresponde a mí echarte de aquí sin la debida autorización e instrucciones del Estado.

EDIPO.— Ahora, en nombre de Dios, oh extranjero, no me desdeñes como a un vagabundo; dime lo que te pido.

EXTRANJERO.— Pregunta; tu petición no será desdeñada por mí.

EDIPO.— ¿Cómo llamáis entonces al lugar en el que nos encontramos?

EXTRANJERO.— Todo lo que yo sé, tú también lo sabrás: este lugar está consagrado en su totalidad al gran Poseidón. Cerca de aquí, el Titán portador de la antorcha, Prometeo, tiene su culto. Pero el sitio que pisas, llamado el Umbral de Bronce, es el bastión de Atenas, y las tierras vecinas reclaman como su jefe y patrón a aquel héroe, Colono, y en común llevan su nombre. Tal es este lugar, extranjero: desconocido para la fama, pero querido para nosotros, sus devotos nativos.

EDIPO.— ¿Dices que hay habitantes en estas tierras?

EXTRANJERO.— Desde luego; llevan el nombre de ese dios que mencioné.

EDIPO.— ¿Gobernados por un rey o por la voz general?

EXTRANJERO.— El señor de Atenas es nuestro soberano.

EDIPO.— ¿Quién es este monarca, grande en palabra y en poder?

EXTRANJERO.— Teseo, hijo de Egeo, nuestro antiguo rey.

EDIPO.— ¿Podría alguien de vosotros ir a llamarlo?

EXTRANJERO.— ¿Para qué? ¿Para decirle algo o instar su venida?

EDIPO.— Dile que un pequeño servicio puede serle de gran provecho.

EXTRANJERO.— ¿Cómo puede beneficiarse de un hombre ciego?

EDIPO.— Las palabras del ciego estarán llenas de visión.

EXTRANJERO.— Escucha entonces; deseo verte fuera de peligro. Por tu aspecto, aunque esté marcado por el destino, te juzgo noble. Quédate donde estás mientras voy a buscar a los ciudadanos, los que están cerca, no en la ciudad. Ellos pronto decidirán si has de quedarte o seguir tu camino.

(Sale el EXTRANJERO.)

EDIPO.— Dime, hija mía, ¿se ha ido el extranjero?

ANTÍGONA.— Sí, se ha ido; ahora estamos completamente solos, y puedes hablar, querido padre, sin temor.

EDIPO.— Reinas de aspecto severo, ya que al llegar a esta tierra he doblado por primera vez la rodilla en vuestro santuario, no me mostréis ceño fruncido a mí ni a Febo, quien, cuando antaño me anunció todas las desgracias que habrían de venirme, habló de este respiro tras muchos años, de algún refugio en una tierra lejana, de un descanso concedido al final por temibles divinidades. «Allí», dijo, «pondrás fin a tu vida agotada, siendo una bendición para la tierra donde habites, pero una maldición para la tierra que te expulsó». Y prometió que vendrían señales de mi destino: terremoto, trueno o relámpago. Y ahora reconozco como vuestra la señal que guió mis pasos errantes hacia este vuestro bosque sagrado. De otro modo, nunca os habría encontrado primero a vosotras, yo, un hombre sin vino, sobre vuestro asiento de roca nativa. Oh diosas, cumplid la palabra de Apolo, concededme alguna consumación de mi vida, si acaso no parezco del todo vil, un esclavo de un dolor peor que cualquier siervo. Escuchad, gentiles hijas de la Noche primordial; escucha, ciudad que llevas el nombre de la gran Palas; Atenas, primera entre las ciudades, compadécete de esta sombra deshonrada, del fantasma de quien una vez fue Edipo.

ANTÍGONA.— ¡Silencio! Pues veo a unos ancianos de camino, con la intención de averiguar dónde descansamos.

EDIPO.— Guardaré silencio, y tú guiarás mis pasos hacia el refugio, fuera del camino público, hasta que averigüe su propósito. Un hombre prudente siempre dirigirá su rumbo según lo que aprenda.

(Entra el CORO.)

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