Parte 6Creonte y el rapto
CREONTE.— Ciudadanos, nobles amigos míos, veo en vuestros ojos que mi llegada os alarma. No temáis nada y absteneos de palabras airadas. No vengo con mala intención; soy viejo y sé que la ciudad a la que he venido no tiene igual entre las potencias de Grecia. Fue por razón de mis años que fui elegido para persuadir a vuestro huésped y traerlo de vuelta a Tebas; no soy delegado de un solo hombre, sino comisionado por el Estado, puesto que de todos los tebanos yo he sido quien más ha lamentado, siendo su pariente, sus gravísimas desgracias. ¡Oh, escúchame, desdichado Edipo, vuelve a casa! Todo el pueblo cadmeo reclama con derecho tenerte de vuelta, y yo más que ninguno, pues más que ninguno (de lo contrario sería un miserable) me lamento por tus desgracias, al verte, anciano desterrado, vagando sin cesar, mendigando con una sola criada como sostén. ¡Ah! ¿Quién hubiera imaginado jamás que ella pudiera caer a tal abismo de miseria? ¿Tender en la pobreza tu cuerpo abatido, una doncella madura para el matrimonio pero sin casar, presa de cualquier seductor licencioso? ¿No te parece cruel este reproche que lanzo sobre ti, sobre mí mismo y sobre toda nuestra raza? Sí, pero una vergüenza pública no puede ocultarse. Ocúltala, oh, ocúltala, Edipo, tú puedes. Oh, por los dioses de nuestros padres, consiente, te lo ruego: vuelve a Tebas, vuelve a la casa de tu padre; despídete de Atenas, como es debido, con cariño; Tebas, tu antigua madre nutricia, te reclama primero.
EDIPO.— ¡Oh rostro de bronce! Tu lengua sutil torcería en tu provecho cualquier argumento de justicia. ¿Por qué intentas tus artes conmigo? ¿Por qué tiendes de nuevo redes donde más me dolería ser atrapado? En tiempos pasados, cuando estaba trastornado por desgracias causadas por mí mismo, anhelaba el exilio como un alivio gozoso, pero tu voluntad rechazó el favor que entonces suplicaba. Pero cuando mi enloquecido dolor hubo gastado su fuerza y yo deseaba saborear las dulzuras del hogar, entonces quisiste expulsarme de mi país, entonces esos lazos de parentesco fueron por ti ignorados. Y ahora otra vez, cuando ves que este Estado y toda su gente bondadosa me acogen, buscas separarnos, envolviendo en palabras suaves pensamientos duros. Y sin embargo, ¿qué placer puedes hallar en forzar amistad sobre enemigos reacios? Supón que un hombre se negara a conceder algún favor cuando se lo importunabas, y luego, cuando ya hubieras conseguido el deseo de tu corazón, consintiera, otorgando una gracia de la que toda gracia había huido, ¿no parecería tal favor un beneficio vacío? Pues tal es el beneficio que ahora me ofreces, hermoso en apariencia, pero cuando se pone a prueba, falso. Sí, te probaré falso, para que estos lo oigan: has venido a llevarme, no a llevarme a casa, sino a plantarme en tus fronteras, para que así tu Estado pueda escapar de molestias por parte de esta tierra. Eso nunca lo conseguirás, pero esto sí en cambio: mi fantasma rondando tu país sin fin. Y para mis hijos, esta herencia, no más: apenas sitio para morir. ¿No tengo yo más habilidad que tú para trazar el horóscopo de Tebas? ¿No son mis maestros guías más seguros que los tuyos: el gran Febo y el padre de Febo, Zeus? Tú eres un mensajero sobornado, tu lengua es más afilada que el filo de una espada, y sin embargo tu discurso te traerá más derrotas que victorias. No obstante, sé que malgasto mis palabras: vete y déjame aquí; sea cual sea mi suerte, no vive mal quien vive satisfecho.
CREONTE.— ¿Quién pierde en esta disputa, yo derrotado por ti, o tú que te derrotas a ti mismo?
EDIPO.— Estaré muy satisfecho si tu petición fracasa con estos extranjeros, como ha fracasado conmigo.
CREONTE.— Hombre desdichado, ¿nunca te harán sabio los años? ¿Debes seguir viviendo para arrojar una mancha sobre la vejez?
EDIPO.— Tienes lengua hábil, pero ningún hombre honrado, me parece, puede argumentar bien sobre cualquier bando.
CREONTE.— Una cosa es hablar mucho, otra hablar bien.
EDIPO.— ¡Tus palabras, por cierto, son pocas y todas bien dirigidas!
CREONTE.— No para un hombre, ciertamente, con ingenio como el tuyo.
EDIPO.— ¡Vete! Te lo ordeno en nombre de estos ciudadanos, y deja de merodear a mi alrededor para bloquear mi puerto destinado.
CREONTE.— Protesto ante estos, no ante ti, y en cuanto a tu respuesta a tus parientes, si alguna vez te apreso...
EDIPO.— ¿Quién podría apresarme contra la voluntad de ellos?
CREONTE.— Aunque no te aprese, sufrirás.
EDIPO.— ¿Qué poder tienes para ejecutar esta amenaza?
CREONTE.— Una de tus hijas ya ha sido capturada, a la otra me la llevaré pronto.
EDIPO.— ¡Ay, ay!
CREONTE.— Esto es solo preludio de tus desgracias.
EDIPO.— ¿Tienes a mi hija?
CREONTE.— Y pronto tendré a la otra.
EDIPO.— ¡Eh, amigos! ¿No me traicionaréis? Expulsad a este malvado impío de vuestra tierra.
CORO.— ¡Fuera, extranjero, fuera, vete! Actúas mal en esto, y mal en todo lo que has hecho.
CREONTE (a sus guardias).— Es hora de llevarse a la muchacha por la fuerza, si se niega a ir por su propia voluntad.
ANTÍGONA.— ¡Ay de mí! ¿Dónde huiré, dónde hallaré socorro de dioses o de hombres?
CORO.— ¿Qué pretendes, extranjero?
CREONTE.— No me meto con él, sino con ella, que es mía.
EDIPO.— ¡Oh príncipes de la tierra!
CORO.— Señor, actúas mal.
CREONTE.— No, actúo bien.
CORO.— ¿Cómo bien?
CREONTE.— Solo tomo lo que es mío.
EDIPO.— ¡Socorro, Atenas!
CORO.— ¿Qué significa esto, bribón? ¡Rápido, suéltala, o lucharemos!
CREONTE.— ¡Atrás!
CORO.— No hasta que desistas.
CREONTE.— Es guerra con Tebas si me tocáis o me hacéis daño.
EDIPO.— ¿No te lo advertí?
CORO.— ¡Rápido, suelta a la doncella!
CREONTE.— Manda a tus subordinados; yo no soy tu esclavo.
CORO.— Desiste, te lo ordeno.
CREONTE (al guardia).— ¡Y yo te ordeno marchar!
CORO.— ¡Al rescate, todos! ¡Reuníos, vecinos, acudid a mi llamada! Ved, el enemigo está en la puerta. ¡Reuníos para defender el Estado!
ANTÍGONA.— ¡Ay de mí, me arrastran, oh amigos!
EDIPO.— ¿Dónde estás, hija?
ANTÍGONA.— Me llevan por la fuerza.
EDIPO.— ¡Tus manos, hija mía!
ANTÍGONA.— No me dejan, padre.
CREONTE.— ¡Lleváosla!
EDIPO.— ¡Ay de mí, ay!
CREONTE.— Así esas dos muletas ya no te servirán para seguir vagando. Puesto que te place triunfar sobre tu patria y tus amigos, cuyo mandato, aunque soy príncipe, ejecuto aquí, disfruta tu triunfo; tarde o temprano descubrirás que eres enemigo de ti mismo, tanto ahora como en tiempos pasados, cuando a despecho de tus amigos diste rienda suelta a la pasión, siempre tu perdición.
CORO.— ¡Alto ahí, señor extranjero!
CREONTE.— ¡Manos fuera, ten cuidado!
CORO.— Devuelve a las doncellas o no te irás.
CREONTE.— Entonces Tebas tomará pronto una garantía más valiosa; pondré mis manos sobre más que estas dos doncellas.
CORO.— ¿Qué más puedes hacer?
CREONTE.— Llevarme a este hombre.
CORO.— ¡Palabras valientes!
CREONTE.— Y los hechos las harán buenas de inmediato.
CORO.— A menos que acaso nuestro soberano intervenga.
EDIPO.— ¡Oh voz desvergonzada! ¿Pondrías una mano sobre mí?
CREONTE.— ¡Silencio, te lo ordeno!
EDIPO.— Diosas, permitid a vuestro suplicante pronunciar todavía una maldición. ¡Miserable!, ahora que mis ojos se han ido has arrancado a la doncella indefensa que era ojos para mí. Por estas acciones, a ti y a toda tu maldita raza, que el gran Sol, cuyo ojo está en todas partes, os conceda largos días y una vejez como la mía.
CREONTE.— Escuchad, oh hombres de Atenas, ¿notáis esto?
EDIPO.— Nos observan a ambos y comprenden que yo, agraviado por los hechos, me defiendo con palabras.
CREONTE.— Nada frenará mi voluntad; aunque sea viejo y esté solo, me llevaré a este hombre.
EDIPO.— ¡Oh, ay de mí!
CORO.— Eres un hombre audaz, extranjero, si piensas ejecutar tu propósito.
CREONTE.— Así lo pienso.
CORO.— Entonces ya no consideraré a este Estado un Estado.
CREONTE.— Con una causa justa la debilidad vence a la fuerza.
EDIPO.— ¿Oís sus palabras?
CORO.— Sí, palabras, pero todavía no hechos, ¡Zeus lo sabe!
CREONTE.— Zeus quizá lo sepa, tú no.
CORO.— ¡Insolencia!
CREONTE.— Insolencia que debes soportar.
CORO.— ¡Apresuráos, príncipes, dad la alarma! ¡Hombres de Atenas, armáos, armáos! ¡Venid rápidamente al rescate antes de que los ladrones lleguen a casa!
(Entra TESEO.)
TESEO.— ¿Por qué este clamor? ¿Qué sucede? ¿Por qué fui llamado desde el altar de Poseidón, señor de vuestro Colono? Decid: ¿a qué misión he venido corriendo hasta aquí sin parar ni descansar?
EDIPO.— Querido amigo —esos acentos me dicen quién eres—, ese hombre acaba de hacerme un agravio terrible.
TESEO.— ¿Cuál es ese agravio y quién lo ha cometido? Habla.
EDIPO.— Creonte, que está ante ti. Él es quien me ha robado mi todo, mis dos hijas.
TESEO.— ¿Qué significa esto?
EDIPO.— Has oído mi relato de agravios.
TESEO.— ¡Eh! Que uno de vosotros se apresure a los altares. Ordenad a mis súbditos que dejen el sacrificio y se apresuren, a pie y a caballo, con riendas sueltas, hacia donde divergen los caminos que usan los viajeros, para que las dos doncellas no escapen y yo quede en ridículo ante mi huésped, como alguien despojado por la fuerza. ¡Rápido, como ordeno! En cuanto a este extranjero, si hubiera dado rienda suelta a mi ira, justamente provocada, no habría escapado ileso y sin corrección de mis manos. Pero ahora las leyes a las que él mismo apeló, estas y ninguna otra juzgarán. No saldrás de esta tierra hasta que traigas a las doncellas y las presentes ante mi vista. Has ofendido tanto contra mí como contra tu propia raza y país. Habiendo venido a un Estado que defiende el derecho y pide para cada acción garantía de ley, has dejado de lado la costumbre de la tierra y, como algún salteador, te llevas el botín que te place, como si en verdad pensaras que esta es una ciudad sin hombres, o poblada por esclavos, y que yo no soy nada. Sin embargo, no fue de Tebas de donde se aprendió esta villanía; Tebas no acostumbra criar hijos injustos, ni te alabaría si supiera que estabas robándome a mí, y también a los dioses, arrastrando por la fuerza a sus suplicantes, pobres doncellas. Si yo estuviera en suelo tebano, para proseguir el reclamo más justo imaginable, nunca arrebataría por violencia lo que es mío sin la sanción de vuestro Estado o Rey; me comportaría como corresponde a un forastero que vive entre un pueblo extranjero. Pero tú avergüenzas a una ciudad que no lo merece, tu propia ciudad, y la plenitud de tus años te ha convertido en un viejo y un necio. Por tanto, te ordeno de nuevo como antes: procura que las doncellas sean devueltas de inmediato, a menos que quieras continuar aquí por la fuerza y no por elección como visitante; esto te lo digo claramente y lo que digo, lo pienso.
CORO.— Tu caso es peligroso; aunque por nacimiento y raza deberías ser justo, claramente actúas mal.
CREONTE.— No fue por considerar esta ciudad vacía de hombres o de consejo, hijo de Egeo, como dices, que hice lo que he hecho; más bien pensé que vuestro pueblo no iba a apreciar tanto a parientes míos como para retenerlos contra mi voluntad. Ni acogerían, así me aseguré, a un parricida impío, un réprobo convicto de lazos matrimoniales incestuosos. Pues en su colina nativa de Ares aquí (conocía vuestro celebrado Areópago) se sienta la Justicia, y no permite que gente vagabunda permanezca dentro de vuestras fronteras. Con esa fe cacé mi presa; e incluso entonces me habría abstenido de no ser por las maldiciones terribles con las que él anatematizó a mis parientes y a mí mismo: tal agravio, pensé, justificaba mi acción. La ira no tiene vejez sino solo muerte; solo los muertos no pueden sentir el aguijón del rencor. Así que debes hacer tu voluntad; mi causa es justa pero débil sin aliados; sin embargo intentaré, viejo como soy, responder hechos con hechos.
EDIPO.— ¡Oh desvergonzado calumniador! ¿Piensas que este abuso deshonra mis canas más que las tuyas? Asesinato e incesto, hechos de horror, todo lo que arrojas contra mí sin pudor, todo lo he soportado, sin ser pecador voluntario; así plugo a los dioses, airados quizá con mi raza pecadora de antaño, puesto que no podrías hallar pecado alguno en mí mismo por el cual, como retribución, estuviera destinado a transgredir así contra mí mismo y los míos. Respóndeme ahora: si por algún oráculo mi padre estaba destinado a un fin sangriento por mano de un hijo, ¿puede esto recaer sobre mí, sobre mí entonces no nacido, no engendrado por padre alguno, no concebido en vientre de madre alguna? Y si cuando nací para la miseria, como nací, me encontré con mi padre, sin saber a quién me encontraba ni qué hacía, y lo maté, ¿cómo puedes con justicia culpar a la mano completamente inconsciente? Y en cuanto a mi madre, miserable, ¿no te avergüenzas, siendo ella tu hermana, de arrancarme la historia de su matrimonio, un matrimonio tal como enseguida proclamaré? Pues hablaré; tu discurso lascivo e impío ha roto todos los vínculos de la reserva. Ella era, ¡ay de mí!, ella era mi madre; yo no lo sabía, ni ella; y ella, mi madre, dio hijos al hijo que había parido, un nacimiento de vergüenza. Pero esto al menos sé: que voluntariamente tú la difamas a ella y a mí; pero yo sin saberlo me casé, sin quererlo hablo. No, ni en este matrimonio ni en este acto que estás siempre arrojándome a la cara —un padre asesinado— seré considerado culpable. Ven, respóndeme a una pregunta, si puedes: si alguien intentara ahora tu vida, ¿inquirirías tú, oh hombre de justicia, primero si el asesino era acaso tu padre, o te volverías contra él? Como amas tu vida, te volverías contra tu agresor, sin detenerte a debatir si la ley te respaldaría. Tal fue mi caso, y tal el trance al que me redujeron los dioses; y me parece que mi padre, si pudiera volver a la vida, no disentería. Sin embargo tú, pues justo no eres, sino un hombre que no se detiene ante nada si sirve a su alegato, me reprochas esto ante estos hombres. Te sirve el propósito alabar el nombre del gran Teseo y a Atenas como Estado sabiamente gobernado; sin embargo, en tus adulaciones falta una cosa: si alguna tierra sabe cómo rendir a los dioses sus ritos apropiados, es Atenas más que ninguna. Esta es la tierra de la cual querías robar a su anciano suplicante y te has llevado a mis hijas. Por tanto, a esas diosas me vuelvo, las conjuro e invoco su ayuda para defender mi causa, para que aprendas qué clase de hombres son los que guardan este Estado.
CORO.— Un hombre honrado, mi señor, uno duramente acosado por la fortuna, y por tanto digno de nuestro apoyo.
TESEO.— Basta de palabras; los captores avanzan raudos mientras nosotros, las víctimas, permanecemos aquí debatiendo.
CREONTE.— ¿Qué querrías? ¿Qué puedo yo, un hombre débil?
TESEO.— Muéstranos el rastro, y yo te acompañaré también, para que, si tienes a las doncellas por aquí cerca, tú mismo me las descubras; pero si tus guardias nos aventajan con su botín, podemos detenernos, pues otros se apresuran, de quienes no escaparán para dar gracias a los dioses en casa. Adelante, digo; el captor ha sido capturado, y el destino ha tomado al cazador en las redes que tendió; tan pronto se pierden las ganancias conseguidas con engaño. Y no busques aliados; sé ciertamente que tal altura de insolencia nunca se alcanzó sin cómplices o colaboradores; tienes algún respaldo en tu audaz empresa, pero investigaré este asunto a fondo y veré que un solo hombre no prevalezca contra el Estado. ¿Captas mi intención, o te parecen estas palabras tan vanas como parecieron nuestras advertencias cuando la trama se urdió?
CREONTE.— Nada de lo que dices puedo discutirlo aquí, pero una vez en casa yo también actuaré a mi manera.
TESEO.— Amenázanos y... ¡vete! Tú, Edipo, quédate aquí seguro de que nada salvo mi muerte detendrá mi propósito de devolverte a las doncellas.
EDIPO.— Que el cielo te bendiga, Teseo, por tu nobleza y todo tu amoroso cuidado en mi favor.
(Salen TESEO y CREONTE.)
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