Parte 11Los truenos del dios
CORO.—
Estrofa
¡Desgracias sobre desgracias! ¡Sin pausa ni descanso! ¿Vienen de nuestro huésped ciego? ¿O acaso ahora vemos cumplirse lo que el destino ha decidido desde hace tiempo? Pues nunca he visto que resulte vano nada de lo que ordenan los poderes celestiales. El tiempo, con ojo siempre vigilante, observa lo que está escrito en lo alto, derrocando ahora a los grandes, elevando ahora desde la baja condición. ¡Escuchad! ¡Cómo retumba el trueno! ¡Zeus, defiéndenos!
EDIPO.— ¡Hijos, hijos míos! ¿No irá ningún mensajero a llamar aquí a Teseo, mi mejor amigo?
ANTÍGONA.— ¿Y por qué lo llamas, padre?
EDIPO.— Este trueno alado del dios debe llevarme pronto al Hades. Enviad a alguien y no tardéis.
CORO.—
Antístrofa
¡Escuchad! Con estruendo más fuerte y cercano desciende una vez más el rayo de Zeus. Mi espíritu desfallece y se encoge: mi cabello se eriza de miedo. ¡Otra vez ese resplandor! ¿Qué anuncia el relámpago? Siempre apunta a asuntos graves. ¡Poderes terribles del aire! ¡Salva, Zeus, oh, salva!
EDIPO.— Hijas, ha llegado sobre mí el fin predestinado; ya no hay forma de evitarlo.
ANTÍGONA.— ¿Cómo lo sabes? ¿Qué señal te convence?
EDIPO.— Lo sé muy bien. Que alguien vaya con toda prisa a llamar aquí al príncipe ateniense.
CORO.—
Estrofa
¡Ah! Una vez más el sonido ensordecedor resuena aún más fuerte por todas partes. Si oscureces nuestra tierra, ligeramente, ligeramente posa tu mano; que pueda yo ganar gracia, no ira, si he mirado con ojos compasivos a un hombre pecador. ¡Zeus, nuestro rey, a ti clamo!
EDIPO.— ¿Viene el príncipe? ¿Me encontrará aún vivo y con los sentidos claros cuando llegue?
ANTÍGONA.— ¿Qué solemne encargo quieres transmitirle?
EDIPO.— Por todos sus beneficios querría cumplir la promesa que hice cuando los recibí por primera vez.
CORO.—
Antístrofa
Ven aquí deprisa, hijo mío, levántate, deja el altar y el sacrificio, si acaso estás pagando ahora tu voto a Poseidón en el claro lejano. Pues nuestro huésped quiere traer a ti, a tu pueblo y a tu ofrenda tu debida recompensa. ¡Apresúrate, oh rey!
(Entra TESEO.)
TESEO.— ¿Por qué otra vez este clamor general? A la vez me llaman mi pueblo y el extranjero. ¿Es un rayo de Zeus o una lluvia de granizo como flechas? Una tormenta tan feroz como esta justificaría todas las suposiciones de desgracia.
EDIPO.— Vienes muy deseado, príncipe, y seguramente algún dios ha ordenado que la buena suerte te acompañe en tu camino.
TESEO.— ¿Qué ha sucedido de nuevo, hijo de Layo?
EDIPO.— Mi vida ha inclinado la balanza. Querría cumplir todo lo que te prometí a ti y a los tuyos antes de morir.
TESEO.— ¿Qué señal te asegura que tu fin está cerca?
EDIPO.— Los dioses mismos son heraldos de mi destino; nada falla de sus advertencias señaladas.
TESEO.— ¿Cómo dices que manifiestan su voluntad?
EDIPO.— Este trueno, estruendo tras estruendo, este relámpago lanzado destello tras destello, desde la mano invencible.
TESEO.— Debo creerte, pues te he encontrado a menudo como profeta verdadero; entonces di qué debe hacerse.
EDIPO.— Oh, hijo de Egeo, revelaré para este Estado un tesoro que la edad no puede corromper. Yo mismo pronto, sin mano que me guíe, te llevaré al lugar donde debo terminar. Este secreto no lo reveles nunca a ningún mortal, ni el lugar ni dónde se encuentra, así te servirá siempre como defensa mejor que escudos nativos y aliados cercanos. Pero esos misterios terribles que el lenguaje no puede profanar los descubrirás tú mismo llegando allí solo; pues ni a ninguno de tus súbditos, ni a mis propios hijos, aunque los amo entrañablemente, puedo revelar lo que tú debes guardar solo, y susurrar solo a tu heredero elegido, para que así sea transmitido de heredero en heredero. Así mantendrás esta tierra inviolada de la temible estirpe del Dragón. El Estado más justo puede ser agraviado por incontables vecinos insolentes, pues los dioses, aunque se demoren, marcan para la perdición al pecador impío en su carrera enloquecida. Lejos de ti, hijo de Egeo, esté tal destino. Pero al lugar —el dios dentro de mí me apremia— pongámonos en marcha, no vacilemos más. Seguidme, hijas, por aquí. Extraño que yo, a quien habéis guiado tanto tiempo, ahora os guíe. Oh, no me toquéis, dejadme encontrar solo el sepulcro que el destino me señala en esta tierra. Por aquí, por este camino, pues por aquí me guía Hermes, el guía de los espíritus, y Perséfone, emperatriz de los muertos. Oh, luz, ya no luz para mí, pero mía en otro tiempo, ahora la última vez te siento palpable, pues me acerco a la tiniebla final del Hades. Bendición sobre ti, queridísimo amigo, sobre ti y sobre tu tierra y tus seguidores. Vivid prósperos y en vuestro estado feliz pensad todavía en mí para vuestro bienestar, el muerto.
(Salen TESEO seguido de ANTÍGONA e ISMENE.)
CORO.—
Estrofa
Si las plegarias mortales se oyen en el infierno, oye, Diosa temible, invisible. Monarca de las regiones lúgubres, Adoneo, oye, ¡oh, oye! Por un destino suave, sin lágrimas, conduce a este extranjero a la oscuridad, déjale entrar sin dolor en la llanura estigia que todo lo envuelve. Injustamente oprimido en vida, sea ahora bendecido por la Justicia.
Antístrofa
Reina infernal, y tú, feroz perro guardián de las puertas del infierno, que, como cuentan las leyendas, miras con ojos desorbitados, gruñendo en tu guarida cavernosa a todos los que llegan, déjale ir indemne a los campos de abajo. Pues así lo ordena tu amo, el hijo de la tierra y el Tártaro; al monstruo mantén en su cubil, dador del sueño eterno.
(Entra un MENSAJERO.)
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