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Parte 12Éxodo — La muerte de Edipo

Edipo en Colono · Sófocles · 7 min de lectura

MENSAJERO.— Amigos, conciudadanos, mis noticias son en resumen que Edipo se ha ido, pero el suceso no fue tan breve, ni puede ser breve el relato.

CORO.— ¿Qué dices? ¿Se ha ido, el desdichado?

MENSAJERO.— Sabed bien que ha pasado de la vida a la muerte.

CORO.— ¿Cómo? ¿Por un destino sin dolor, enviado por los dioses, pobre alma?

MENSAJERO.— Tu pregunta da en la maravilla del relato. Cómo se marchó de aquí, vosotros lo visteis y debéis saberlo. Sin un amigo que le guiara el camino, él mismo nos guió a todos. Así, habiendo llegado al abrupto Umbral arraigado en la tierra con sus escaleras de bronce, se detuvo en uno de los senderos convergentes, cerca del cuenco rocoso que recuerda el pacto de Teseo y Pirítoo. Entre aquella grieta y la roca toricia, el peral hueco y la tumba de mármol, se sentó a medio camino y se quitó sus harapos de mendigo. Luego, llamando a sus hijas, les pidió que trajeran agua corriente, tanto para lavarse como para hacer libaciones. Así que ellas subieron la cuesta y en breve espacio trajeron lo que su padre había pedido, y entonces lo lavaron y vistieron con la debida observancia. Pero cuando él hubo logrado su voluntad en todo y no quedó ningún deseo insatisfecho, tronó desde el mundo subterráneo. Las muchachas se estremecieron y, acurrucándose junto a las rodillas de su padre, lloraron, se golpearon el pecho y lanzaron un largo gemido. Él, al oír su súbito y amargo llanto, rodeó a ambas con sus brazos y dijo: «Hijas mías, perderéis a vuestro padre hoy, pues todo lo que soy ha perecido, y ya no tendréis que soportar vuestro largo, largo ministerio. Una carga pesada, lo sé, y sin embargo una sola palabra borra toda cuenta de tribulaciones: amor. Y amor de mí tuvisteis, de ningún hombre más; pero ahora debéis vivir sin mí todos vuestros días». Así, aferrándose el uno al otro, sollozaron y lloraron padre e hijas juntos, pero cuando al fin su lamento tuvo un final y no se alzó más gemido, hubo un momento de silencio. De repente una voz que lo llamaba; con súbito pavor el cabello de todos se erizó y todos quedaron atónitos, pues la llamada vino, ora alta, ora baja, y repetidas veces: «Edipo, Edipo, ¿por qué tardamos? Demasiado, demasiado se demora tu partida». Pero cuando él oyó la llamada del dios, rogó que trajeran a Teseo, y cuando el príncipe se acercó más, gritó: «Oh amigo mío, empeña tu palabra a mis hijas, dándoles tu mano derecha —y vosotras, hijas, dadle la vuestra— y prométeme que nunca las abandonarás, sino que harás todo lo que el tiempo y la amistad aconsejen en su beneficio». Y él, con su nobleza, reprimió sus lágrimas y juró ser su amigo constante. Dada esta promesa, Edipo extendió sus manos ciegas y las puso sobre sus hijos, diciendo: «Oh hijas, demostrad vuestra verdadera nobleza y marchaos de aquí, y no busquéis presenciar espectáculos ilícitos ni oír palabras ilícitas. No, id con rapidez; que solo Teseo permanezca, nuestro gobernante, para contemplar lo que ha de suceder». Así lo oímos todos hablar, y llorando amargamente acompañamos a las doncellas en su camino. Tras un breve espacio miramos de nuevo, y he aquí que el hombre se había ido, desvanecido de nuestra vista; solo vimos al rey con la mano alzada protegiéndose los ojos como de alguna visión terrible que ningún hombre pudiera soportar mirar. Un momento después lo vimos inclinarse en oración a la Tierra y al Cielo a la vez. Pero por qué destino el extranjero encontró su fin, ningún hombre lo sabe salvo Teseo. Pues no cayó ningún rayo ardiente que lo arrebatara en aquella hora, ni torbellino del mar, sino que fue tomado. Fue un mensajero del cielo, o tal vez alguna suave e indolora apertura de la base de la tierra; pues sin lamentos ni enfermedad ni dolor él se fue —un final de lo más maravilloso. Y si a algunos mi relato les parece necedad, me contento con que tales me tengan por necio.

CORO.— ¿Dónde están las muchachas y sus amigos acompañantes?

MENSAJERO.— No pueden estar lejos; el sonido que se acerca de lamentación indica que vienen por aquí.

(Entran ANTÍGONA e ISMENE.)

ANTÍGONA.—

Estrofa

¡Ay, ay! En este día triste nosotras, hermanas de un linaje maldito, debemos doblegarnos bajo el golpe, debemos llorar y llorar la maldición que pesó sobre él, nuestro padre, por quien en vida nos tocó soportar un mundo de cuidados durante toda la vida, y en la muerte debemos enfrentar la oscuridad que envuelve su tumba. ¿Qué lengua puede contar aquella visión inefable?

CORO.— ¿Qué queréis decir, doncellas?

ANTÍGONA.— Todo es solo conjetura.

CORO.— ¿Se ha ido entonces?

ANTÍGONA.— Se ha ido como más podríais desear. No en batalla ni en tormenta marina, sino arrebatado de la vista, llevado por manos invisibles a campos invisibles de la noche. ¡Ay de mí! También sobre nosotras ha caído la noche, la noche del luto. ¿Adónde vagar por tierra o por mar en nuestra aflicción comiendo el pan de la amargura?

ISMENE.— No lo sé. ¡Ojalá la Muerte apagara mi aliento y me dejara compartir el destino de mi anciano padre! No puedo vivir una vida tan desolada.

CORO.— Las mejores de las hijas, digno par, lo que el cielo os trae debéis soportarlo. No os irritéis más contra la voluntad del cielo; el destino no os ha tratado mal.

ANTÍGONA.—

Antístrofa

El amor puede convertir el dolor pasado en dicha, lo que parecía amargo ahora es dulce. ¡Ay de mí! Aquella feliz fatiga es dulce, la guía de aquellos queridos pies ciegos. Querido padre, envuelto para siempre en oscuridad inferior, ni aun en la tumba te faltará jamás amor por el que lamentarte, su amor y el mío.

CORO.— Su destino…

ANTÍGONA.— Es tal como él lo planeó.

CORO.— ¿Cómo así?

ANTÍGONA.— Murió, así lo quiso, en tierra extranjera. Envuelto en tierra bondadosa duerme su largo último sueño, y sobre su tumba los amigos lloran. Cuán grande nuestra pérdida pueden decirlo estos ojos que fluyen, esta pena que nada puede calmar. Tuviste tu deseo de morir así entre extraños, pero yo, ¡ay de mí!, no a tu lado.

ISMENE.— Ay, hermana mía, qué nuevo destino nos sobreviene a nosotras, huérfanas desoladas.

CORO.— Su fin fue bendito; por tanto, hijas, calmad vuestra pena. El hombre nace presa del destino.

ANTÍGONA.—

Estrofa

Hermana, volvamos de nuevo.

ISMENE.— ¿Por qué volver?

ANTÍGONA.— Mi alma ansía…

ISMENE.— ¿Ansía?

ANTÍGONA.— Ver el lecho de tierra.

ISMENE.— ¿Dices?

ANTÍGONA.— Donde nuestro padre yace.

ISMENE.— No, no puedes, ¿no lo ves?

ANTÍGONA.— Hermana, ¿por qué te enojas conmigo?

ISMENE.— ¿No lo sabes? Además…

ANTÍGONA.— ¿Debo oír más?

ISMENE.— Murió sin tumba, nadie cerca.

ANTÍGONA.— Llévame allí; mátame allí.

ISMENE.— ¿Cómo me irá a mí, desgraciada, sin amigos, sin ayuda, cómo arrastrar una vida de miseria a solas?

CORO.—

Antístrofa

No temáis, doncellas…

ANTÍGONA.— ¡Ah, adónde huir?

CORO.— Se ha encontrado refugio.

ANTÍGONA.— ¿Para mí?

CORO.— Donde estarás a salvo del daño.

ANTÍGONA.— Lo sé.

CORO.— ¿Por qué entonces esta alarma?

ANTÍGONA.— Cómo volver a casa de nuevo no lo sé.

CORO.— ¿Por qué entonces este vagar?

ANTÍGONA.— Problemas nos abruman…

CORO.— Como antaño.

ANTÍGONA.— Peor que lo que antes era peor.

CORO.— Seguramente sois llevadas por el oleaje de los escollos.

ANTÍGONA.— ¡Ay de mí! Lo somos.

CORO.— ¡Ay! Así es.

ANTÍGONA.— ¡Ah, adónde volvernos, oh Zeus! Ningún rayo de esperanza que alumbre el camino por el que los hados impulsan nuestro desesperado viaje.

(Entra TESEO.)

TESEO.— Secad vuestras lágrimas; cuando la gracia es derramada sobre los vivos y sobre los muertos por Poderes oscuros y benéficos, el exceso de pena lo resentirían.

ANTÍGONA.— Hijo de Egeo, a ti suplicamos.

TESEO.— ¿Cuál es el favor, hijas mías, decid?

ANTÍGONA.— Con nuestros propios ojos querríamos ver la tumba de nuestro padre.

TESEO.— Eso no puede ser.

ANTÍGONA.— ¿Qué dices, rey?

TESEO.— Hijas mías, él me encargó estrictamente que ningún mortal se acercara al portal sagrado ni saludara con letanías funerarias la tumba oculta donde yace, diciendo: «Si guardas mi mandato, mantendrás tu reino en paz». El Dios de los Juramentos oyó esta promesa, y a Zeus empeñé mi palabra.

ANTÍGONA.— Bien, si él quería que fuera así, debemos ceder. Entonces dejadnos volver a Tebas, si aún podemos sanar esta contienda mortal y detener el destino autoinfligido que empuja a nuestros hermanos a su tumba.

TESEO.— Id en paz; ni escatimaré esfuerzo ni cuidado celoso, sino que atenderé todas vuestras necesidades, alegrando en su tumba a mi amigo.

CORO.— No lloréis más, dejad descansar la pena, todo está ordenado para lo mejor.

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