Parte 5Estásimo — El elogio de Colono
CORO.—
Estrofa
Has llegado a una tierra famosa por sus caballos para descansar, oh extranjero agotado por el esfuerzo, a la más hermosa de todas las tierras, el suelo reluciente de Colono. Es el refugio del ruiseñor de voz clara, que oculto en su nido, entre la hiedra oscura como el vino que corona el valle, entona su canto incesante; y ama, donde las bayas en racimo se mecen sobre un claro sin sol y sin viento, el lugar que ninguna pisada mortal ha hollado, el santuario reservado para el dios báquico, donde cada noche celebra sus orgías salvajes con las ninfas que criaron al niño robusto.
Antístrofa
Y alimentados cada mañana por el rocío perlado brillan los narcisos estrellados, y una guirnalda con el tinte dorado del azafrán para la Madre y la Hija se trenzan. Y nunca cesan las fuentes insomnes que alimentan la corriente del Cefiso, sino que hinchan el seno de la tierra con rápido crecimiento, y su ola tiene un brillo cristalino. Y el coro de las Musas nunca desdeñará visitar esta llanura favorecida por el cielo, ni tampoco la reina chipriota de las riendas doradas.
Estrofa
Y aquí crece, sin podar, indómito, terror para la lanza del enemigo, un árbol sin nombre en el suelo asiático, no reclamado por la isla doria de Pélope, que se nutre por sí mismo año tras año; es el olivo de hojas grises que alimenta a nuestros muchachos; ni la juventud ni la edad marchita destruyen la planta que el Plantador de Olivos cuida y que la Diosa de Ojos Grises misma defiende.
Antístrofa
Y otro don más, el más preciado de todos los dones, ostentamos de nuestra patria: el poder del caballo, el poder del mar; nuestra fama, Poseidón, te la debemos a ti, hijo de Cronos, nuestro rey divino, que en estos caminos fuiste el primero en ajustar para la boca de los caballos el freno de hierro; tú también nos has enseñado a fabricar apropiadamente para el brazo del remero la pala del remo veloz, tan rápida como los cien pies de las Nereidas cuando danzan sobre la espuma.
ANTÍGONA.— Oh tierra ensalzada por encima de todas las tierras, ahora te toca a ti hacer buenos estos títulos gloriosos.
EDIPO.— ¿Por qué esta súplica, hija mía?
ANTÍGONA.— Padre, mira, Creonte se acerca con su séquito.
EDIPO.— No temáis, así será; aunque seamos viejos, el vigor de este país no tiene rastro de vejez.
(Entra CREONTE con sirvientes.)
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