Parte 2Párodos — El coro descubre a Edipo
CORO.—
Estrofa
¡Eh! ¿Dónde está? ¡Mirad alrededor! ¡Examinad cada rincón y esquina! Él, el hombre más presuntuoso, ¿adónde se ha desvanecido? ¡Buscad por el suelo! Creo que ese anciano debió de ser un forastero, un forastero, no un paisano nuestro. Jamás un natural se habría atrevido a tentar a las Divinidades ni a entrar en sus dominios, las Doncellas ante quienes todo mortal se encoge de pavor, cuyo nombre no traiciona ninguna voz ni grito, y al pasar junto a ellas con la mirada apartada movemos nuestros labios en silencio con piadoso respeto. Pero ahora, se rumorea, habita aquí algún hombre impío; recorro los recintos con la mirada y aún no sé dónde se oculta el profanador miserable. Busco y busco en vano.
EDIPO.— Yo soy ese hombre; sé que estáis cerca. Los oídos son ojos para el ciego, según dicen.
CORO.— ¡Oh, terrible de ver y terrible de oír!
EDIPO.— Oh señores, no soy ningún proscrito bajo anatema.
CORO.— ¿Quién puede ser —que Zeus nos salve— este anciano?
EDIPO.— Ningún favorito del destino cuya condición debierais envidiar. Oh señores, decidme, ¿acaso algún mortal dichoso tantea su camino a la luz de ojos ajenos o enfrenta la tormenta sobre un sostén tan frágil?
CORO.—
Antístrofa
¿Estabas entonces ciego desde tu nacimiento? Maléfico, me parece, y largo ha sido tu peregrinar por la tierra. Pero no añadas maldición a maldición ni agravio a agravio. Te lo advierto: no traspases este lugar sagrado, no sea que halles el prado herboso y silencioso donde se depositan las ofrendas, cuencos de agua de manantial mezclada con dulce hidromiel. No debes quedarte. Ven, ven, márchate. Cansado viajero, ¿nos oyes? (Estamos lejos, pero seguro que nuestra voz puede llegar.) Si algo quisieras suplicar, habla donde es debido; hasta entonces, abstente de hablar.
EDIPO.— Hija, ¿qué consejo debemos seguir ahora?
ANTÍGONA.— Debemos obedecer y hacer como hacen aquí ellos.
EDIPO.— ¡Tu mano, entonces!
ANTÍGONA.— Aquí está, oh padre, mi mano.
EDIPO.— Oh señores, si salgo a vuestra orden, que no sufra por mi confianza.
CORO.—
Estrofa
Contra tu voluntad nadie te expulsará de aquí.
EDIPO.— ¿Debo ir más lejos?
CORO.— Sí.
EDIPO.— ¿Qué, aún más lejos?
CORO.— Guíalo, doncella, tú puedes conducirlo adonde queramos.
ANTÍGONA.— * * * * * *
EDIPO.— * * * * * *
ANTÍGONA.— * * * * * * Sigue con pasos ciegos, padre, mientras yo te guío.
EDIPO.— * * * * * *
CORO.— En tierra extraña eres extraño; inclina tu corazón a su voluntad; honra todo cuanto el Estado honra, y odia todo aquello que él reprueba.
EDIPO.— Guíame, hija, adonde podamos movernos a salvo dentro de los caminos del derecho; intercambiemos libremente consejo y no luchemos contra el hado y la fortuna.
CORO.—
Antístrofa
¡Alto! No vayas más allá de ese suelo rocoso.
EDIPO.— ¿Que me quede donde estoy ahora?
CORO.— Sí, no avances más.
EDIPO.— ¿Puedo sentarme?
CORO.— Muévete de lado hacia el saliente y siéntate agachado sobre el borde escarpado.
ANTÍGONA.— Esta es mi tarea, padre. Oh, inclina...
EDIPO.— ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
ANTÍGONA.— ...tus pasos a mis pasos, apoya tu anciano cuerpo en el mío.
EDIPO.— ¡Ay de mi destino desdichado!
CORO.— Viajero, ahora que estás en reposo, dime de tu nacimiento y tu hogar, de qué país lejano vienes, conducido en tu camino cansado, ¡decláralo!
EDIPO.— Extranjeros, no tengo patria. Oh, absteneos...
CORO.— ¿Qué es, anciano, lo que querrías ocultar?
EDIPO.— Absteneos, no me impulséis más a revelar...
CORO.— ¿Por qué esta resistencia?
EDIPO.— Terrible es mi linaje.
CORO.— ¡Habla!
EDIPO.— ¿Qué debo responder, hija? ¡Ay de mí!
CORO.— Di de qué estirpe vienes, hijo de qué hombre...
EDIPO.— ¡Ay de mí, hija mía, ahora estamos perdidos!
ANTÍGONA.— Habla, pues te encuentras al borde del precipicio.
EDIPO.— Hablaré; no puedo alegar ninguna razón para el silencio.
CORO.— ¿No hablaréis ninguno de los dos? ¡Vamos, señor, por qué os demoráis así!
EDIPO.— ¿Conoces a uno de Layo...?
CORO.— ¿Eh? ¿Quién?
EDIPO.— ...de la estirpe de Lábdaco...?
CORO.— ¡Oh Zeus!
EDIPO.— ...el desdichado Edipo?
CORO.— ¿Eres tú él?
EDIPO.— Nada de lo que diga debéis temerlo.
CORO.— ¡Márchate!
EDIPO.— ¡Oh, desdichado de mí!
CORO.— ¡Márchate!
EDIPO.— Oh hija, ¿qué sucederá ahora?
CORO.— ¡Fuera de nuestras fronteras, marchaos los dos!
EDIPO.— ¿Cómo mantenéis entonces vuestra promesa?
CORO.— La justicia del Cielo nunca castiga a quien devuelve mal con mal. Pero si el engaño contiende con el engaño, perdición, no bendición, es el fin. Levántate, vete y aléjate de aquí en seguida, no sea que pongas sobre nuestra tierra una maldición más pesada.
ANTÍGONA.— ¡Oh señores! Vosotros no habéis tolerado a mi padre ciego, si bien sois benignos e inclinados a la compasión, conociendo las acciones que cometió, no inocentes, pero sin ninguna mala intención. Sin embargo, atended el lamento de una doncella que suplica solo por él. Mis ojos, no privados de vista, os suplican como podrían hacerlo los de una hija. ¡Vosotros sois nuestra providencia! ¡Oh, no nos hagáis marchar de aquí! Oh, con un gesto benévolo concedednos la gracia casi desesperada que anhelamos. ¡Oídnos, oh, oíd, por todo lo que tenéis querido, esposa, hijos, hogar, hogar y Dios! ¿Dónde hallaréis a uno, por mucho que busquéis, que escape de la perdición si un dios lo impulsa?
CORO.— Ciertamente nos apiadamos de ti y de él por igual, hija de Edipo, por vuestra desgracia. Pero como reverenciamos los decretos del Cielo, no podemos decir otra cosa distinta de lo que dijimos.
EDIPO.— ¿De qué sirven la fama o la buena reputación? ¿No son acaso vanidad? Pues, mirad, ahora Atenas es considerada de todos los Estados la más piadosa, solo Atenas ofrece hospitalidad y da cobijo al extranjero afligido, según dicen los hombres. ¿Es eso lo que yo he encontrado? A mí, a quien desalojasteis primero de mi asiento de roca y ahora queréis expulsar de vuestra tierra, temiendo solo mi nombre. Porque ciertamente no me teméis a mí, ni a mis actos, actos de un hombre más ofendido que pecador, como bien podría convenceros, si fuera apropiado contar la historia de mi madre y de mi padre, la causa de este vuestro miedo. Sin embargo, ¿soy entonces un villano de nacimiento porque en defensa propia, golpeado, devolví el golpe al que me golpeó? Aun si lo hubiera sabido, no habría resultado villanía. Pero completamente ignorante de adónde iba, fui... a la ruina; mis destructores lo sabían bien. Por lo tanto, os lo ruego, señores, en nombre del Cielo, así como me ordenasteis abandonar mi asiento, defendedme. Oh, no tributéis un servicio de labios a los dioses y les privéis de lo que se les debe. Pensad bien: el ojo del Cielo contempla a los hombres justos y a los injustos, y nunca en este mundo ha encontrado escape ni un solo pecador impío. Poneos entonces del lado del Cielo y nunca manchéis el hermoso escudo de Atenas favoreciendo el agravio. Vine a vosotros como suplicante, y empeñasteis vuestro honor; oh, preservadme hasta el final, oh, no permitáis que este rostro desfigurado me perjudique. Un hombre santo y temeroso de dios ha llegado aquí cuya venida representa consuelo para vuestro pueblo. Y cuando llegue vuestro jefe, quienquiera que sea, entonces tendréis mi historia y lo sabréis todo. Entretanto os ruego que no me despreciéis.
CORO.— El alegato que presentas debe hacernos reflexionar, expuesto en argumentos de peso, pero debemos dejar el asunto en manos de las autoridades gobernantes.
EDIPO.— ¿Dónde está, extranjeros, aquel que gobierna el reino?
CORO.— En su sede ancestral; un mensajero, el mismo que nos envió aquí, ha ido a buscarlo.
EDIPO.— ¿Y creéis que tendrá tal cuidado o consideración por el extranjero ciego como para venir él mismo?
CORO.— Sí, así será, en cuanto se entere de tu nombre.
EDIPO.— Pero ¿quién le llevará la noticia?
CORO.— El camino es largo, y muchos viajeros pasan para difundir las noticias. Ten por seguro que oirá y se apresurará, no temas. Tan ampliamente y lejos se ha difundido tu nombre que, aunque estuviera agotado y reacio a moverse, se pondría en marcha cuando oiga hablar de ti.
EDIPO.— Bien, que venga con bendición para su Estado y para mí. Quien sirve a su prójimo se sirve a sí mismo.
ANTÍGONA.— ¡Zeus! ¿Qué es esto? ¿Qué puedo decir o pensar?
EDIPO.— ¿Qué ocurre ahora, Antígona?
ANTÍGONA.— Veo a una mujer cabalgando sobre un potro de raza del Etna; lleva como tocado un sombrero tesalio para protegerse del sol. ¿Quién puede ser? ¿Ella o una extranjera? ¿Estoy despierta o sueño? Es ella; no lo es... No puedo asegurarlo, ay de mí. ¡No es otra! Ahora su mirada que se ilumina me saluda con reconocimiento, sí, es ella, ella misma, ¡Ismene!
EDIPO.— ¡Eh! ¿Qué decís, hija?
ANTÍGONA.— Que contemplo a tu hija y mi hermana, y la reconocerás enseguida por su voz.
(Entra ISMENE.)
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