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Capítulo 7Sócrates, tábano de Atenas

Apología de Sócrates · Platón · 5 min de lectura

Atenienses, no me interrumpáis, sino escuchadme; hubo un acuerdo entre nosotros de que me escucharíais hasta el final: tengo algo más que decir, ante lo cual podríais sentiros inclinados a gritar; pero creo que escucharme os hará bien, y por eso os ruego que no gritéis. Quiero que sepáis que si matáis a alguien como yo, os perjudicaréis a vosotros mismos más que a mí. Nada me perjudicará, ni Meleto ni tampoco Ánito —no pueden, pues a un hombre malo no se le permite perjudicar a uno mejor que él. No niego que Ánito pueda, quizá, matarlo, o desterrarlo, o privarlo de sus derechos civiles; y él puede imaginar, y otros pueden imaginar, que le está infligiendo una gran injuria: pero en eso no estoy de acuerdo. Pues el mal de hacer lo que él está haciendo —el mal de quitar injustamente la vida a otro— es mucho mayor.

Y ahora, atenienses, no voy a argumentar por mi propio bien, como podríais pensar, sino por el vuestro, para que no pequéis contra el dios condenándome a mí, que soy su regalo para vosotros. Pues si me matáis no encontraréis fácilmente un sucesor para mí, que, si puedo usar una figura tan ridícula, soy una especie de tábano, dado al estado por el dios; y el estado es un corcel grande y noble que es lento en sus movimientos debido a su gran tamaño, y requiere ser estimulado a la vida. Yo soy ese tábano que el dios ha adherido al estado, y todo el día y en todos los lugares estoy siempre agarrándome a vosotros, despertándoos y persuadiéndoos y reprochándoos. No encontraréis fácilmente otro como yo, y por ello os aconsejaría que me perdonaseis la vida. Me atrevo a decir que podríais sentiros irritados (como una persona que se despierta súbitamente del sueño), y pensáis que podríais golpearme fácilmente hasta matarme como aconseja Ánito, y entonces dormiríais el resto de vuestras vidas, a menos que el dios en su cuidado de vosotros os enviara otro tábano. Cuando digo que soy dado a vosotros por el dios, la prueba de mi misión es esta: si hubiera sido como los demás hombres, no habría descuidado todos mis propios asuntos ni pacientemente visto su descuido durante todos estos años, y habría estado ocupándome de los vuestros, acudiendo a vosotros individualmente como un padre o hermano mayor, exhortándoos a ocuparos de la virtud; tal conducta, digo, sería impropia de la naturaleza humana. Si hubiera ganado algo, o si mis exhortaciones hubieran sido pagadas, habría habido algo de sentido en hacerlo; pero ahora, como percibiréis, ni siquiera la desfachatez de mis acusadores se atreve a decir que yo jamás haya exigido o buscado pago de nadie; de eso no tienen testigo alguno. Y tengo un testigo suficiente de la verdad de lo que digo: mi pobreza.

Alguien puede preguntarse por qué ando en privado dando consejos y ocupándome de los asuntos de otros, pero no me atrevo a presentarme en público y aconsejar al estado. Os diré por qué. Me habéis oído hablar en diversos momentos y en diversos lugares de un oráculo o señal que me llega, y que es la divinidad de la que Meleto se burla en la acusación. Esta señal, que es una especie de voz, comenzó a llegarme cuando yo era niño; siempre me prohíbe pero nunca me ordena hacer nada que esté a punto de hacer. Esto es lo que me disuade de ser político. Y con razón, creo. Pues estoy seguro, oh atenienses, de que si me hubiera dedicado a la política, habría perecido hace mucho tiempo, y no habría hecho ningún bien ni a vosotros ni a mí mismo. Y no os ofendáis porque os diga la verdad: pues la verdad es que ningún hombre que entre en guerra con vosotros o con cualquier otra multitud, luchando honestamente contra las muchas acciones ilegales e injustas que se cometen en un estado, salvará su vida; quien quiera luchar por lo justo, si ha de vivir aunque sea por un breve espacio, debe tener una posición privada y no pública.

Puedo daros pruebas convincentes de lo que digo, no sólo palabras, sino lo que vosotros valoráis mucho más: acciones. Dejadme relataros un pasaje de mi propia vida que os demostrará que yo nunca habría cedido a la injusticia por miedo a la muerte, y que «como me habría negado a ceder» habría muerto de inmediato. Os contaré una historia de los tribunales, no muy interesante quizá, pero sin embargo verdadera. El único cargo del estado que jamás ocupé, oh atenienses, fue el de senador: la tribu Antióquide, que es mi tribu, tenía la presidencia en el juicio de los generales que no habían recogido los cuerpos de los caídos después de la batalla de Arginusas; y vosotros propusisteis juzgarlos en conjunto, contrariamente a la ley, como todos pensasteis después; pero en ese momento yo era el único de los prítanes que se opuso a la ilegalidad, y di mi voto en contra vuestra; y cuando los oradores amenazaron con acusarme y arrestarme, y vosotros gritabais y vociferabais, decidí que correría el riesgo, teniendo la ley y la justicia conmigo, antes que participar en vuestra injusticia porque temiera la prisión y la muerte. Esto ocurrió en los días de la democracia. Pero cuando la oligarquía de los Treinta estaba en el poder, me mandaron llamar a mí y a otros cuatro a la rotonda, y nos ordenaron traer a León el Salaminio desde Salamina, pues querían darle muerte. Este fue un ejemplo del tipo de órdenes que siempre estaban dando con la intención de implicar al mayor número posible en sus crímenes; y entonces mostré, no sólo de palabra sino de hecho, que, si se me permite usar tal expresión, no me importaba un comino la muerte, y que mi gran y única preocupación era no hacer nada injusto o impío. Pues el brazo fuerte de ese poder opresivo no me asustó para hacer el mal; y cuando salimos de la rotonda los otros cuatro fueron a Salamina y trajeron a León, pero yo me fui tranquilamente a casa. Por lo cual podría haber perdido mi vida, de no haber llegado a su fin poco después el poder de los Treinta. Y muchos darán testimonio de mis palabras.

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