
Un hombre de setenta años se levanta ante quinientos jueces atenienses que van a decidir si vive o muere. En lugar de suplicar, les dice la verdad a la cara. La Apología es el discurso de defensa de Sócrates, acusado de corromper a la juventud y de no creer en los dioses de la ciudad. No pide clemencia: explica por qué ha vivido como ha vivido, por qué seguirá haciéndolo aunque lo condenen, y por qué una vida sin examen no merece ser vivida. Lo condenaron a muerte. Veinticuatro siglos después, su defensa sigue siendo el texto fundacional de la libertad de pensamiento y la lectura más emocionante de toda la filosofía.
En el año 399 a.C., Sócrates fue llevado a juicio en Atenas acusado de impiedad y de corromper a los jóvenes. Platón, que entonces tenía unos veintiocho años, estuvo presente y escribió después esta versión del discurso de su maestro. Es, junto al Critón y al Fedón, el relato de los últimos días del hombre que cambió el rumbo del pensamiento occidental.
El núcleo de la defensa es célebre: el oráculo de Delfos declaró que nadie era más sabio que Sócrates, y él, convencido de no saber nada, recorrió la ciudad interrogando a los que tenían fama de sabios. Descubrió que tampoco sabían, con el agravante de creer que sí. Su única superioridad, concluyó, era saber que no sabía. Ese ir preguntando le ganó enemigos poderosos.
Condenado por escaso margen, rechazó proponer el destierro y aceptó la cicuta. «Una vida sin examen no merece ser vivida», dijo. Y al final, sereno: «Ha llegado la hora de partir: yo a morir, vosotros a vivir. Quién de nosotros va hacia lo mejor, nadie lo sabe salvo el dios».

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