Capítulo 10La defensa final de Sócrates
Alguien dirá: Sí, Sócrates, ¿pero no puedes guardar silencio y luego irte a una ciudad extranjera, y nadie te molestará? Ahora bien, me cuesta mucho haceros entender mi respuesta a esto. Porque si os digo que hacer lo que decís sería una desobediencia al dios, y que por tanto no puedo guardar silencio, no creeréis que lo digo en serio; y si os digo además que hablar diariamente sobre la virtud, y sobre esas otras cosas sobre las que me oís examinándome a mí mismo y a los demás, es el mayor bien del hombre, y que una vida sin examen no merece ser vivida, aún me creeréis menos. Sin embargo, digo lo que es verdad, aunque es algo de lo que me resulta difícil convenceros. Además, nunca he estado acostumbrado a pensar que merezco sufrir daño alguno. Si tuviera dinero podría haber tasado la ofensa en lo que fuera capaz de pagar, y no habría salido mucho peor. Pero no tengo nada, y por tanto debo pediros que proporcionéis la multa a mis medios. Bueno, quizá podría permitirme una mina, y por tanto propongo esa pena: Platón, Critón, Critóbulo y Apolodoro, mis amigos aquí presentes, me piden que diga treinta minas, y ellos serán los garantes. Que sean treinta minas la pena; por esa suma ellos serán garantía amplia para vosotros.
No se ganará mucho tiempo, oh atenienses, a cambio del mal nombre que obtendréis de los detractores de la ciudad, que dirán que matasteis a Sócrates, un hombre sabio; pues me llamarán sabio, aunque no sea sabio, cuando quieran reprocharos. Si hubierais esperado un poco, vuestro deseo se habría cumplido por el curso de la naturaleza. Pues estoy muy avanzado en años, como podéis ver, y no lejos de la muerte. Ahora no hablo a todos vosotros, sino solo a los que me han condenado a muerte. Y tengo otra cosa que decirles: pensáis que fui condenado porque no tenía palabras del tipo que habrían procurado mi absolución —quiero decir, si hubiera considerado oportuno no dejar nada sin hacer o sin decir. No es así; la deficiencia que condujo a mi condena no fue de palabras —ciertamente no. Pero no tuve la osadía ni la desvergüenza ni la inclinación de dirigirme a vosotros como os habría gustado, llorando y lamentándome y diciendo y haciendo muchas cosas que habéis estado acostumbrados a oír de otros, y que, como sostengo, son indignas de mí. Pensé en aquel momento que no debía hacer nada vulgar o bajo cuando estaba en peligro: ni ahora me arrepiento del estilo de mi defensa; preferiría morir habiendo hablado a mi manera, que hablar a vuestra manera y vivir. Pues ni en la guerra ni en un juicio debo yo o cualquier hombre usar todos los medios para escapar de la muerte. A menudo en la batalla no puede haber duda de que si un hombre arroja sus armas y cae de rodillas ante sus perseguidores, puede escapar de la muerte; y en otros peligros hay otras formas de escapar de la muerte, si uno está dispuesto a decir y hacer cualquier cosa. La dificultad, amigos míos, no es evitar la muerte, sino evitar la injusticia; pues esa corre más rápido que la muerte. Soy viejo y me muevo lentamente, y el corredor más lento me ha alcanzado, y mis acusadores son agudos y rápidos, y el corredor más veloz, que es la injusticia, los ha alcanzado a ellos. Y ahora parto de aquí condenado por vosotros a sufrir la pena de muerte, —ellos también se van condenados por la verdad a sufrir la pena de la vileza y el mal; y yo debo atenerme a mi sentencia —que ellos se atengan a la suya. Supongo que estas cosas pueden considerarse como predestinadas, —y creo que están bien.
Y ahora, oh hombres que me habéis condenado, quisiera profetizaros; pues estoy a punto de morir, y en la hora de la muerte los hombres están dotados de poder profético. Y os profetizo a vosotros que sois mis asesinos, que inmediatamente después de mi partida os aguardará con seguridad un castigo mucho más severo que el que me habéis infligido. Me habéis matado porque queríais escapar del acusador, y no dar cuenta de vuestras vidas. Pero eso no será como suponéis: muy al contrario. Pues os digo que habrá más acusadores vuestros de los que hay ahora; acusadores a quienes hasta ahora he contenido: y como son más jóvenes serán más desconsiderados con vosotros, y os ofenderéis más con ellos. Si pensáis que matando hombres podéis impedir que alguien censure vuestras malas vidas, estáis equivocados; esa no es una forma de escape que sea posible u honorable; la forma más fácil y más noble no es incapacitar a otros, sino mejoraros a vosotros mismos. Esta es la profecía que pronuncio antes de mi partida a los jueces que me han condenado.
Amigos, que me habríais absuelto, quisiera también hablar con vosotros sobre lo que ha sucedido, mientras los magistrados están ocupados, y antes de que vaya al lugar donde debo morir. Quedaos entonces un poco, pues bien podemos hablar entre nosotros mientras hay tiempo. Sois mis amigos, y quisiera mostraros el significado de este acontecimiento que me ha sucedido. Oh mis jueces —pues verdaderamente puedo llamaros jueces— quisiera contaros una circunstancia maravillosa. Hasta ahora la facultad divina de la cual el oráculo interno es la fuente ha tenido constantemente el hábito de oponerse a mí incluso en trivialidades, si iba a cometer un desliz o error en cualquier asunto; y ahora, como veis, me ha sobrevenido lo que puede pensarse, y generalmente se cree que es, el último y peor de los males. Pero el oráculo no dio señal de oposición, ni cuando salía de mi casa por la mañana, ni cuando iba de camino al tribunal, ni mientras hablaba, a nada de lo que iba a decir; y sin embargo a menudo he sido detenido en mitad de un discurso, pero ahora en nada de lo que dije o hice tocante al asunto en cuestión se me ha opuesto el oráculo. ¿Cuál considero que es la explicación de este silencio? Os lo diré. Es una indicación de que lo que me ha sucedido es un bien, y que aquellos de nosotros que piensan que la muerte es un mal están en un error. Pues la señal acostumbrada seguramente se me habría opuesto si hubiera ido hacia el mal y no hacia el bien.
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