Libro 9Justicia y verdad
1 El que es injusto, es también impío. Pues la naturaleza del universo, habiendo hecho a todas las criaturas racionales unas para otras, con el fin de que se hagan bien mutuamente —más o menos según las personas y ocasiones particulares, pero en modo alguno para que se dañen—, es manifiesto que quien transgrede esta voluntad suya es culpable de impiedad hacia la más antigua y venerable de todas las divinidades. Porque la naturaleza del universo es la naturaleza que es madre común de todas las cosas, y por tanto debe ser piadosamente observada por todo lo que existe, y lo que ahora es tiene relación de sangre y parentesco con aquello que fue primero y le dio el ser. También se la llama verdad y es la causa primera de todas las verdades. Por tanto, el que miente voluntaria y conscientemente es impío en cuanto que comete engaño y así comete injusticia; pero el que miente contra su voluntad, en cuanto que disiente de la naturaleza del universo y, al esforzarse contra la naturaleza del mundo, viola en su caso particular el orden general del mundo. Pues no hace otra cosa sino esforzarse y guerrear contra ella quien, contrariamente a su propia naturaleza, se aplica a lo que es contrario a la verdad. Porque la naturaleza le había provisto antes de instintos y oportunidades suficientes para alcanzarla; y habiendo él desatendido esto hasta ahora, ya no es capaz de discernir lo falso de lo verdadero. También es impío el que persigue los placeres como si fueran verdaderamente buenos y huye de los dolores como si fueran verdaderamente malos. Pues tal persona debe necesariamente acusar a menudo a esa naturaleza común, como si distribuyera muchas cosas tanto a los malos como a los buenos, no según los méritos de unos y otros: como a los malos a menudo placeres y las causas de placeres, así a los buenos dolores y las ocasiones de dolores. Además, el que teme los dolores y las adversidades en este mundo, teme algunas de aquellas cosas que en un momento u otro necesariamente deben suceder en el mundo. Y eso ya hemos mostrado que es impío. Y el que persigue los placeres no se abstendrá, para satisfacer sus deseos, de hacer lo que es injusto, y eso es manifiestamente impío. Ahora bien, aquellas cosas que para la naturaleza son igualmente indiferentes (pues no habría creado ambas, tanto el dolor como el placer, si ambas no le hubieran sido igualmente indiferentes): los que quieren vivir conforme a la naturaleza deben ser, en esas cosas (siendo de la misma mente y disposición que ella), igualmente indiferentes. Por tanto, cualquiera que no sea igualmente indiferente en materia de placer y dolor, muerte y vida, honor y deshonor (cosas que la naturaleza en la administración del mundo utiliza indiferentemente), es evidente que es impío. Cuando digo que la naturaleza común las utiliza indiferentemente, mi sentido es que suceden indiferentemente en el curso ordinario de las cosas, las cuales por una consecuencia necesaria, ya sea como principal o como accesoria, acontecen en el mundo, según aquella primera y antigua deliberación de la Providencia, por la cual ella desde cierto comienzo resolvió la creación de tal mundo, concibiendo entonces en su seno, por así decirlo, ciertas semillas generativas racionales y facultades de las cosas futuras, ya sean sujetos, cambios, sucesiones; tanto tales y tales, y precisamente tantas.
2 Ciertamente sería más feliz y reconfortante para un hombre partir de este mundo habiendo vivido toda su vida libre de toda falsedad, disimulación, voluptuosidad y orgullo. Pero si esto no puede ser, sin embargo es algún consuelo para un hombre partir con alegría como cansado y hastiado de estas cosas; más que desear vivir y continuar largo tiempo en esos cursos malvados. ¿No te ha enseñado aún la experiencia a huir de la peste? Pues mucho mayor peste es la corrupción de la mente que cualquier cambio o alteración del aire común pueda ser. Esto es una peste de las criaturas en cuanto que son seres vivientes; pero aquello de los hombres en cuanto que son hombres o seres racionales.
3 No debes comportarte desdeñosamente en materia de muerte, sino como alguien que está bien complacido con ella, siendo una de aquellas cosas que la naturaleza ha dispuesto. Pues lo que tú concibes de estas cosas —de un niño convertirse en joven, envejecer, crecer, madurar, echar dientes o barba o canas, engendrar, gestar o dar a luz, o cualquier otra acción que sea natural al hombre según las diversas estaciones de su vida—, tal cosa es también ser disuelto. Es por tanto propio de un hombre sabio, en materia de muerte, no comportarse de ningún modo ni violenta ni orgullosamente, sino esperar pacientemente por ella como una de las operaciones de la naturaleza: que con la misma mente con que ahora esperas a que salga lo que aún es sólo un embrión en el vientre de tu esposa, puedas esperar también cuando tu alma se desprenda de ese abrigo o piel exterior en el que, como un niño en el vientre, yace envuelta y encerrada. Pero deseas un remedio más popular, y aunque no tan directo y filosófico, sin embargo muy poderoso y penetrante contra el miedo a la muerte: nada puede hacerte más dispuesto a separarte de tu vida que si consideras tanto cuáles son los objetos mismos de los que te separarás, como con qué clase de disposiciones ya no tendrás que tratar. Es cierto que no debes ofenderte con ellas de ningún modo, sino cuidar de ellas y soportarlas mansamente. Sin embargo, puedes recordar esto: que siempre que suceda que partas, no será de hombres que sostuvieran las mismas opiniones que tú. Pues eso en verdad (si así fuera) es lo único que podría hacerte adverso a la muerte y dispuesto a continuar aquí, si fuera tu suerte vivir con hombres que hubieran alcanzado la misma creencia que tú tienes. Pero ahora ves qué trabajo es para ti vivir con hombres de opiniones diferentes: de modo que tienes más bien ocasión de decir: Apresúrate, te lo ruego, oh Muerte; no sea que yo también con el tiempo me olvide de mí mismo.
4 El que peca, peca contra sí mismo. El que es injusto se daña a sí mismo, en cuanto que se hace peor de lo que era antes. No sólo el que comete, sino también el que omite algo, es a menudo injusto.
5 Si mi presente aprehensión del objeto es correcta, y mi presente acción caritativa, y esta, hacia todo lo que procede de Dios, es mi presente disposición —estar bien complacido con ello—, es suficiente.
6 Borrar la fantasía, usar la deliberación, apagar la concupiscencia, mantener la mente libre para sí misma.
7 De todas las criaturas irracionales, hay una sola alma irracional; y de todas las que son racionales, una sola alma racional, dividida entre todas ellas. Como de todas las cosas terrenales hay una sola tierra, y una sola luz por la que vemos, y un solo aire que respiramos, tantos como respiran o ven. Ahora bien, todo lo que participa de alguna cosa común, naturalmente afecta y se inclina hacia aquello de lo cual es parte, siendo de un mismo tipo y naturaleza con ello. Todo lo que es terrenal, presiona hacia abajo hacia la tierra común. Todo lo que es líquido, querría fluir junto. Y todo lo que es aéreo, también querría estar junto. De modo que sin algún obstáculo y algún tipo de violencia, no pueden mantenerse bien separados. Todo lo que es ígneo, no sólo por razón del fuego elemental tiende hacia arriba, sino que aquí también está tan dispuesto a unirse y arder junto, que todo lo que carece de humedad suficiente para hacer resistencia, fácilmente se incendia. Por tanto, todo lo que es partícipe de esa naturaleza común racional, naturalmente anhela tanto y más su propio género. Pues cuanto más excede en su propia naturaleza a todas las demás cosas, tanto más desea ser unido y vinculado a lo que es de su propia naturaleza. En cuanto a las criaturas irracionales, pues, no tardaron mucho, sino que pronto comenzaron entre ellas enjambres y rebaños y crías de jóvenes, y una especie de amor y afecto mutuo. Pues aunque irracionales, sin embargo tenían una especie de alma, y por tanto ese deseo natural de unión era más fuerte e intenso en ellas, como en criaturas de una naturaleza más excelente que en las plantas, o piedras, o árboles. Pero entre las criaturas racionales comenzaron comunidades, amistades, familias, reuniones públicas, y aun en sus guerras, convenciones y treguas. Ahora bien, entre las que eran de naturaleza aún más excelente, como las estrellas y planetas, aunque por su naturaleza muy distantes unas de otras, sin embargo aun entre ellas comenzó alguna correspondencia y unidad mutua. Tan propio es de la excelencia en alto grado afectar la unidad, que incluso en cosas tan distantes, podría operar hacia una simpatía mutua. Pero ahora contempla lo que ha venido a pasar. Esas criaturas que son racionales son ahora las únicas criaturas que han olvidado su natural afección e inclinación una hacia otra. Entre ellas solas, de todas las otras cosas que son de un mismo tipo, no se encuentra una disposición general a fluir juntas. Pero aunque huyen de la naturaleza, sin embargo son detenidas en su curso y aprehendidas. Hagan lo que puedan, la naturaleza prevalece. Y así lo reconocerás, si lo observas. Pues antes encontrarás una cosa terrenal donde no hay nada terrenal, que encontrar un hombre que naturalmente pueda vivir solo por sí mismo.
8 El hombre, Dios, el mundo, cada uno en su género, dan algunos frutos. Todas las cosas tienen su tiempo propio para dar. Aunque por costumbre la palabra misma se ha vuelto en cierto modo propia de la vid y similares, sin embargo es así, como hemos dicho. En cuanto a la razón, da tanto fruto común para uso de otros como peculiar, del cual ella misma disfruta. La razón es de naturaleza difusiva: lo que es en sí misma, lo engendra en otros, y así se multiplica.
9 O enséñales mejor si está en tu poder; o si no está, recuerda que para este uso, para soportarlos pacientemente, te fue concedida la mansedumbre y la bondad. Los Dioses mismos son buenos con tales personas; y aun en algunas cosas (como en materia de salud, de riqueza, de honor) a menudo se dignan favorecer sus esfuerzos: tan buenos y graciosos son. ¿Y no podrías tú ser así también? O dime, ¿qué te lo impide?
10 No trabajes como alguien a quien se le ha señalado ser desdichado, ni como alguien que quisiera ser compadecido o admirado; sino que sea este tu único cuidado y deseo: actuar siempre y en todas las cosas o abstenerse, según lo requiera la ley de la caridad o de la sociedad mutua.
11 Este día salí de toda mi turbación. No, he expulsado toda mi turbación; debería ser más bien así, pues aquello que te turbaba, fuera lo que fuera, no estaba en ningún lugar fuera del que tú debías salir, sino dentro, en tus propias opiniones, desde donde debe ser expulsado antes de que puedas estar verdadera y constantemente tranquilo.
12 Todas esas cosas, en cuanto a la experiencia, son usuales y ordinarias; en cuanto a su duración, apenas de un día; y en cuanto a su materia, sumamente viles y sucias. Como eran en los días de aquellos a quienes hemos enterrado, así son también ahora, y no de otro modo.
13 Las cosas mismas que nos afectan permanecen fuera de las puertas, sin saber nada ellas mismas ni poder expresar nada a otros acerca de sí mismas. ¿Qué es entonces lo que emite veredicto sobre ellas? El entendimiento.
14 Como la virtud y la maldad no consisten en la pasión, sino en la acción; así tampoco el verdadero bien o mal de un hombre racional y caritativo consiste en la pasión, sino en la operación y acción.
15 Para la piedra que es lanzada hacia arriba, cuando baja no es ningún daño para ella; como tampoco beneficio cuando asciende.
16 Examina sus mentes y entendimientos, y contempla qué clase de hombres son aquellos a quienes temes, qué juicio harán de ti, qué juicio tienen ellos de sí mismos.
17 Todas las cosas que hay en el mundo están siempre en estado de alteración. Tú también estás en perpetuo cambio, sí, y bajo corrupción también, en alguna parte: y así es el mundo entero.
18 No es tuyo, sino el pecado de otro hombre. ¿Por qué habría de turbarte? Déjale a él ocuparse de ello, de quien es el pecado.
19 De una operación y de un propósito hay un final, o de una acción y de un propósito decimos comúnmente que llega a su fin; de la opinión también hay un cese absoluto, que es como su muerte. En todo esto no hay ningún daño. Aplica esto ahora a la edad de un hombre: primero un niño, luego un joven, luego un hombre joven, luego un anciano; cada cambio de una edad a otra es una especie de muerte. Y durante todo este tiempo aquí no hay materia de pena. Pasa ahora a aquella vida primero, la que viviste bajo tu abuelo, luego bajo tu madre, luego bajo tu padre. Y así, cuando a través de todo el curso de tu vida hasta ahora has encontrado y observado muchas alteraciones, muchos cambios, muchas clases de finales y cesaciones, hazte esta pregunta: ¿Qué materia de pena o dolor encuentras en alguno de estos? ¿O qué sufres a través de alguno de estos? Si en ninguno de estos, entonces tampoco en el final y consumación de tu vida entera, que también es sólo una cesación y cambio.
20 Según la ocasión lo requiera, ya sea a tu propio entendimiento, o al del universo, o al suyo con quien ahora tienes que tratar, acude con toda velocidad. A lo tuyo, para que no resuelva nada contra la justicia. A lo del universo, para que puedas recordar de qué eres parte. A lo suyo, para que puedas considerar si en estado de ignorancia o de conocimiento. Y entonces también debes llamar a la memoria que él es tu pariente.
21 Como tú mismo, quienquiera que seas, fuiste hecho para la perfección y consumación, siendo miembro de una sociedad común; así debe cada acción tuya tender a la perfección y consumación de una vida que es verdaderamente sociable. Por tanto, cualquier acción tuya que, ya sea inmediata o remotamente, no tenga referencia al bien común, es una acción exorbitante y desordenada; sí, es sediosa; como uno entre el pueblo que desde tal o cual consentimiento y unidad, se dividiera y separara factiosamente.
22 La ira de los niños, meras fruslerías; almas miserables sosteniendo cuerpos muertos, para que no tengan su caída tan pronto: tal como es en ese canto fúnebre común.
23 Ve a la cualidad de la causa de la cual procede el efecto. Contémplala por sí misma desnuda y desnuda, separada de todo lo que es material. Luego considera los límites extremos del tiempo que esa causa, así y así cualificada, puede subsistir y permanecer.
24 Infinitos son los problemas y miserias a los que ya has sido sometido, por razón únicamente de esto: porque no te bastaba para toda felicidad, o no considerabas felicidad suficiente, que tu entendimiento operara según su constitución natural.
25 Cuando alguno te acuse con falsas acusaciones, o te reproche con odio, o use cualquier tal conducta hacia ti, ve enseguida a sus mentes y entendimientos, y mira en ellos, y contempla qué clase de hombres son. Verás que no hay tal ocasión por la cual deba turbarte lo que tales como ellos piensan de ti. Sin embargo debes amarlos todavía, pues por naturaleza son tus amigos. Y los Dioses mismos, en aquellas cosas que buscan de ellos como asuntos de gran momento, están dispuestos, de todas las maneras, como por sueños y oráculos, a ayudarles tanto como a otros.
26 Arriba y abajo, de una época a otra, van las cosas ordinarias del mundo; siendo siempre las mismas. Y o bien de cada cosa en particular antes de que acontezca, la mente del universo considera consigo misma y delibera: y si es así, entonces sométete por vergüenza a la determinación de tan excelente entendimiento; o de una vez por todas resolvió sobre todas las cosas en general; y desde entonces todo lo que sucede, sucede por consecuencia necesaria, y todas las cosas indivisiblemente en cierto modo e inseparablemente se sostienen unas a otras. En suma, o bien hay un Dios, y entonces todo está bien; o si todas las cosas van por azar y fortuna, sin embargo puedes usar tu propia providencia en aquellas cosas que te conciernen propiamente; y entonces estás bien.
27 Dentro de poco la tierra nos cubrirá a todos, y luego ella misma tendrá su cambio. Y entonces el curso será, de un período de eternidad a otro, y así una eternidad perpetua. Ahora bien, ¿puede alguien que considere en su mente los varios rodamientos o sucesiones de tantos cambios y alteraciones, y la rapidez de todos estos movimientos, hacer otra cosa que despreciar en su corazón y desdeñar todas las cosas mundanas? La causa del universo es como un torrente fuerte, todo lo arrastra.
28 Y estos tus políticos profesados, los únicos verdaderos filósofos prácticos del mundo (según piensan de sí mismos), tan llenos de afectada gravedad, o tales profesados amantes de la virtud y la honestidad, ¡qué miserables son en verdad! ¡Cuán viles y despreciables en sí mismos! Oh hombre, ¡qué alboroto armas! Haz lo que tu naturaleza ahora requiere. Resuélvete a ello, si puedes; y no te preocupes si alguien lo sabrá o no. Sí, pero dices: no debo esperar una república de Platón. Si progresan aunque sea muy poco, debo contentarme; y considerar mucho incluso ese pequeño progreso. ¿Acaso alguno de ellos abandona sus antiguas falsas opiniones para que yo piense que progresan? Pues sin un cambio de opiniones, ¡ay!, ¿qué es toda esa ostentación sino mera miseria de mentes serviles, que gimen en privado y sin embargo querrían hacer un espectáculo de obediencia a la razón y la verdad? Vamos ahora y háblame de Alejandro y Filipo y Demetrio Falereo. Si entendieron lo que la naturaleza común requiere, y pudieron gobernarse a sí mismos o no, ellos mismos lo saben mejor. Pero si vivieron una farsa y fanfarronearon, yo (gracias a Dios) no estoy obligado a imitarlos. El efecto de la verdadera filosofía es la simplicidad y modestia no afectadas. No me persuadas a la ostentación y la vanagloria.
29 Desde algún lugar elevado, por así decirlo, mirar hacia abajo y contemplar aquí rebaños, y allá sacrificios sin número; y toda clase de navegación; algunos en un mar agitado y tormentoso, y algunos en calma: las diferencias generales, o estados diferentes de las cosas, algunas que están ahora por primera vez llegando a ser; las varias y mutuas relaciones de aquellas cosas que están juntas; y algunas otras cosas que están en su final. Sus vidas también, quienes fueron hace mucho tiempo, y las suyas quienes serán en adelante, y el estado y vida presente de aquellas muchas naciones de bárbaros que están ahora en el mundo, debes considerar igualmente en tu mente. Y cuántos hay que nunca oyeron siquiera tu nombre, cuántos que pronto lo olvidarán; cuántos que apenas ahora te elogiaban, dentro de muy poco tal vez hablarán mal de ti. De modo que ni la fama, ni el honor, ni ninguna otra cosa que este mundo ofrezca, vale la pena. La suma entonces de todo: todo lo que te acontezca, de lo cual Dios es la causa, acéptalo contento; todo lo que hagas, de lo cual tú mismo eres la causa, hazlo justamente: lo cual será, si tanto en tu resolución como en tu acción no tienes otro fin que hacer bien a otros, como siendo aquello a lo cual, por tu constitución natural, como hombre, estás obligado.
30 Muchas de aquellas cosas que te turban y te oprimen, está en tu poder eliminarlas, como dependiendo totalmente de mera fantasía y opinión; y entonces tendrás espacio suficiente.
31 Comprender el mundo entero junto en tu mente, y todo el curso de esta edad presente representarlo ante ti, y fijar tus pensamientos en el súbito cambio de cada objeto particular. Cuán corto es el tiempo desde la generación de cualquier cosa hasta la disolución de la misma; pero cuán inmenso e infinito tanto lo que fue antes de la generación, como lo que después de la generación de ella será. Todas las cosas que ves pronto perecerán, y los que vean sus corrupciones pronto desvanecerán también ellos mismos. El que muere a los cien años, y el que muere joven, llegarán todos a uno.
32 ¿Cuáles son sus mentes y entendimientos; y a qué cosas se aplican: qué aman y qué odian? Imagina el estado de sus almas abiertamente visible. Cuando piensan que dañan gravemente a quienes hablan mal; y cuando piensan que hacen un muy buen favor a quienes elogian y exaltan: ¡oh, cuán llenos están entonces de presunción y opinión!
33 La pérdida y la corrupción, en verdad no son otra cosa sino cambio y alteración; y eso es lo que la naturaleza del universo más gusta, por lo cual, y según lo cual, todo lo que se hace está bien hecho. Pues ese fue el estado de las cosas mundanas desde el principio, y así será siempre. ¿O preferirías decir que todas las cosas en el mundo han ido mal desde el principio durante tantas épocas, y seguirán yendo mal siempre? ¿Y entonces entre tantas deidades, no pudo encontrarse ningún poder divino todo este tiempo que pudiera rectificar las cosas del mundo? ¿O está el mundo condenado para siempre a incesantes aflicción y miserias?
34 ¡Cuán vil y pútrida es toda materia común! Agua, polvo, y de la mezcla de estos huesos, y toda esa sustancia repugnante de la que nuestros cuerpos consisten: tan sujeta a ser infectada y corrompida. Y de nuevo aquellas otras cosas que tanto se aprecian y admiran, como las piedras de mármol, ¿qué son sino como los granos de la tierra? Oro y plata, ¿qué son sino como las heces más burdas de la tierra? Tu vestido más regio, en cuanto a la materia, no es sino el pelo de una oveja tonta, y en cuanto al color, la sangre misma de un molusco; de esta naturaleza son todas las otras cosas. Tu vida misma es algo tal también; una mera exhalación de sangre: y también ella, propensa a ser cambiada en alguna otra cosa común.
35 ¿No acabará nunca esta querullosidad, este murmurar, este quejarse y disimular? ¿Qué es entonces lo que te turba? ¿Te acontece alguna cosa nueva? ¿De qué te maravillos tanto? ¿De la causa, o de la materia? Contempla cualquiera de ellas por sí misma, ¿tiene en verdad tal peso e importancia? Y además de estas, no hay nada más. Pero también tu deber hacia los Dioses, es tiempo de que te absuelvas de él con más bondad y simplicidad.
36 Es lo mismo ver estas cosas durante cien años que durante sólo tres años.
37 Si ha pecado, suyo es el daño, no mío. Pero tal vez no ha pecado.
38 O todas las cosas por la providencia de la razón acontecen a cada particular, como parte de un cuerpo general; y entonces es contra razón que una parte se queje de algo que sucede para el bien del todo; o si, según Epicuro, los átomos son la causa de todas las cosas y la vida no es otra cosa que una confusión accidental de cosas, y la muerte nada más que una mera dispersión y así con todas las otras cosas: ¿de qué te turbas?
39 ¿Dices a esa parte racional: estás muerta; la corrupción se ha apoderado de ti? ¿Acaso entonces también evacúa excrementos? ¿Acaso como los bueyes o las ovejas pace o se alimenta, para que también ella deba ser mortal, como el cuerpo?
40 O los Dioses no pueden hacer nada por nosotros en absoluto, o pueden calmar y aliviar todas las distracciones y perturbaciones de tu mente. Si no pueden hacer nada, ¿por qué rezas? Si pueden, ¿por qué no rezas más bien para que te concedan que no temas ni desees ninguna de aquellas cosas mundanas que causan estas distracciones y perturbaciones de ella? ¿Por qué no más bien que no te aflijas y descontentes ni en su ausencia ni en su presencia, que el que puedas obtenerlas o que puedas evitarlas? Pues ciertamente debe ser que si los Dioses pueden ayudarnos en algo, pueden en esta clase de cosas también. Pero dirás tal vez: "En esas cosas los Dioses me han dado mi libertad: y está en mi propio poder hacer lo que quiero". Pero si puedes usar esta libertad, más bien para poner tu mente en verdadera libertad, que voluntariosamente con bajeza y servilidad de mente afectar aquellas cosas cuyo logro o evitación no está en tu poder, ¿no estarías mejor? Y en cuanto a los Dioses, ¿quién te ha dicho que no pueden ayudarnos incluso en aquellas cosas que han puesto en nuestro propio poder? Si es así o no, lo percibirás pronto, si quieres probarlo tú mismo y rezar. Uno reza para poder satisfacer su deseo de yacer con tal o cual persona, reza tú para que no desees yacer con ella. Otro para poder librarse de tal persona; reza tú para que puedas soportarlo tan pacientemente que no tengas tal necesidad de librarte de él. Otro, para no perder a su hijo. Reza tú para que no temas perderlo. A este fin y propósito, sea toda tu oración, y ve cuál será el resultado.
41 "En mi enfermedad" (dice Epicuro de sí mismo) "mis discursos no versaban sobre la naturaleza de mi enfermedad, ni tampoco ese era, para los que venían a visitarme, el tema de mi conversación; sino que en la consideración y contemplación de lo que era de especial peso e importancia, fue en lo que todo mi tiempo se dedicó y gastó, y entre otras cosas en esto mismo: cómo mi mente, por una simpatía natural e inevitable participando en cierto modo de la presente indisposición de mi cuerpo, podría sin embargo mantenerse libre de turbación, y en presente posesión de su propia felicidad particular. Ni dejé el ordenamiento de mi cuerpo a los médicos para que hicieran conmigo lo que quisieran, como si esperara algo grandioso de ellos, o como si pensara que era un asunto de tal gran consecuencia, por sus medios recuperar mi salud: pues mi estado presente, me parecía, me gustaba muy bien y me daba buen contento". Ya sea pues en la enfermedad (si te sucede enfermar) o en cualquier otra clase de extremidad, procura tú también estar en tu mente tan afectado como él reporta de sí mismo: no apartarte de tu filosofía por nada que pueda acontecerte, ni prestar oído a los discursos de gente necia y meros naturalistas.
42 Es común a todos los oficios y profesiones atender y ocuparse solamente de aquello en lo que ahora están ocupados, y del instrumento con el cual trabajan.
43 Cuando en cualquier momento te ofendas por la impudencia de alguien, hazte enseguida esta pregunta: "¿Qué? ¿Es entonces posible que no haya hombres impudentes en el mundo?" Ciertamente no es posible. No desees entonces lo que es imposible. Pues este, (debes pensar) quienquiera que sea, es uno de esos impudentes de los que el mundo no puede carecer. Así del sutil y astuto, así del pérfido, así de cada uno que ofende, debes estar siempre dispuesto a razonar contigo mismo. Pues mientras en general razones así contigo mismo, que la clase de ellos debe necesariamente estar en el mundo, serás más capaz de usar mansedumbre hacia cada uno en particular. También encontrarás esto de muy buen uso, en cada tal ocasión, considerar enseguida contigo mismo qué virtud propia ha dotado la naturaleza al hombre para enfrentar tal vicio, o para encontrarse con una disposición viciosa de este tipo. Como por ejemplo, contra el desagradecido, ha dado la bondad y la mansedumbre como antídoto, y así contra otro vicioso de otro modo alguna otra facultad peculiar. Y generalmente, ¿no está en tu poder instruirle mejor al que está en error? Pues quienquiera que peca, en eso declina de su fin propuesto y ciertamente es engañado. Y de nuevo, ¿en qué eres peor por su pecado? Pues no encontrarás que ninguno de aquellos contra quienes estás incendiado haya hecho en verdad nada por lo cual tu mente (el único verdadero sujeto de tu daño y mal) pueda hacerse peor de lo que era. Y ¿qué materia de pena o asombro es esto, si el que es ignorante hace los actos de uno que es ignorante? ¿No deberías más bien culparte a ti mismo, quien, cuando sobre muy buenos fundamentos de razón pudiste haber pensado muy probable que tal cosa sería cometida por tal persona, no sólo no lo previste, sino que además te asombras de que tal cosa suceda? Pero entonces especialmente, cuando encuentres falta en un desagradecido o en un hombre falso, debes reflexionar sobre ti mismo. Pues sin duda alguna, tú mismo tienes mucha culpa, si de alguien que era de tal disposición esperaste que fuera fiel contigo: o cuando a alguien hiciste un buen favor, no limitaste allí tus pensamientos, como uno que hubiera obtenido su fin; ni pensaste que de la acción misma hubieras recibido una recompensa completa del bien que habías hecho. Pues ¿qué querrías más? A quien es un hombre, le has hecho un buen favor: ¿no te basta eso? ¿Qué requería tu naturaleza, eso lo has hecho? ¿Debes ser recompensado por ello? Como si el ojo por ver, o los pies porque andan, debieran exigir satisfacción. Pues como estos, siendo designados por naturaleza para tal uso, no pueden reclamar más que trabajar según su constitución natural: así el hombre, habiendo nacido para hacer bien a otros, siempre que hace un bien real a alguien ayudándoles a salir del error; o aunque sea en cosas medias, como en materia de riqueza, vida, promoción y similares, ayuda a fomentar sus deseos, hace aquello para lo cual fue hecho, y por tanto no puede exigir más.
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