Libro 2Empieza cada día
1 Recuerda cuánto tiempo llevas ya postergando estas cosas, y cuántas veces, habiendo recibido de los dioses un plazo determinado, un día y una hora concretos por así decirlo, lo has desatendido. Ya es hora de que comprendas la verdadera naturaleza del mundo del cual eres parte, y de ese Señor y Gobernador del mundo de quien tú mismo fluyeste como un canal desde la fuente: y que hay un tiempo limitado asignado para ti, y que si no lo aprovechas para calmar y apaciguar los muchos trastornos de tu alma, pasará y tú con él, y nunca más regresará.
2 Que sea tu cuidado constante e incesante, como romano y como hombre, realizar cualquier cosa que emprendas con verdadera y sincera seriedad, afecto natural, libertad y justicia: y en cuanto a todas las demás preocupaciones e imaginaciones, libera de ellas tu mente. Lo cual lograrás si emprendes cada acción como si fuera tu última acción, libre de toda vanidad, de toda desviación apasionada y obstinada de la razón, y de toda hipocresía, egoísmo y aversión hacia aquellas cosas que por los hados o designio de Dios te han acontecido. Ves que las cosas que se requieren y son necesarias para que un hombre mantenga un curso próspero y viva una vida divina no son muchas, pues los dioses no exigirán más de ningún hombre que observe y guarde estas cosas.
3 Vamos, alma, vamos; maltrátate y despréciate a ti misma; pronto llegará el momento en que ya no podrás respetarte. La felicidad de cada hombre depende de sí mismo, pero mira, tu vida casi ha terminado, mientras que, sin concederte ningún respeto, haces depender tu felicidad de las almas y opiniones de otros hombres.
4 ¿Por qué habrían de perturbarte tanto estas cosas que suceden externamente? Date tiempo para aprender algo bueno, y deja de vagar y deambular de un lado a otro. Debes también guardarte de otro tipo de extravío, pues ociosos son en sus acciones quienes se afanan y trabajan en esta vida sin tener un objetivo determinado al cual dirigir todos sus movimientos y deseos.
5 Por no observar el estado del alma de otro hombre, difícilmente se conoció jamás a alguien que fuera infeliz. Pero diles a quienes no procuran ni guían con razón y discreción los movimientos de sus propias almas, que necesariamente serán infelices.
6 Estas cosas debes tener siempre presentes: cuál es la naturaleza del universo, y cuál es la mía en particular; qué relación tiene esta con aquella; qué clase de parte es, de qué clase de universo; y que no hay nadie que pueda impedirte hacer y decir siempre aquellas cosas que son conformes a esa naturaleza de la cual eres parte.
7 Teofrasto, cuando compara pecado con pecado (pues reconozco que en sentido vulgar tales cosas pueden compararse), dice bien y como filósofo que son mayores los pecados cometidos por lujuria que los cometidos por ira. Pues quien se enoja parece apartarse de la razón con una especie de dolor y estrecha contracción de sí mismo; pero quien peca por lujuria, al ser vencido por el placer, muestra en su mismo pecado una disposición más impotente y poco varonil. Bien dice entonces, y como filósofo, que de los dos es más condenable quien peca con placer que quien peca con dolor. Pues este último parece haber sido primero agraviado, y así de algún modo obligado por el dolor a encolerizarse, mientras que quien comete algo por lujuria resolvió por sí mismo emprender esa acción.
8 Cualquier cosa que desees, cualquier cosa que proyectes, hazlo y proyéctalo todo como alguien que, por lo que sabes, puede partir de esta vida en este mismo instante. Y en cuanto a la muerte, si existen dioses, no es cosa penosa abandonar la sociedad de los hombres. Los dioses no te harán daño, puedes estar seguro. Pero si es así que no hay dioses, o que no se ocupan del mundo, ¿por qué habría de desear vivir en un mundo vacío de dioses y de toda providencia divina? Pero ciertamente existen dioses, y se ocupan del mundo; y en cuanto a aquellas cosas que son verdaderamente malas, como el vicio y la maldad, las han puesto en poder del hombre mismo, para que pueda evitarlas si quiere: y si hubiera habido algo más que fuera verdaderamente malo y perverso, también se habrían ocupado de ello, para que el hombre pudiera evitarlo. Pero ¿por qué habría de considerarse que daña y perjudica la vida del hombre en este mundo aquello que de ningún modo puede hacer al hombre mismo mejor o peor en su propia persona? No debemos pensar tampoco que la naturaleza del universo dejó pasar estas cosas por ignorancia, o que, si no las ignoraba, fue incapaz de prevenirlas o de ordenarlas y disponerlas mejor. No puede ser que ella, por falta de poder o de habilidad, haya cometido tal cosa como permitir que todas las cosas, tanto buenas como malas, sucedan igual y promiscuamente a todos, tanto buenos como malos. Así pues, en cuanto a la vida y la muerte, el honor y el deshonor, el trabajo y el placer, la riqueza y la pobreza, todas estas cosas acontecen por igual a hombres buenos y malos; pero como cosas que en sí mismas no son ni buenas ni malas; porque de por sí no son ni vergonzosas ni loables.
9 Considera con qué rapidez todas las cosas se disuelven y resuelven: los cuerpos y sustancias mismas, en la materia y sustancia del mundo; y sus recuerdos, en la edad general y tiempo del mundo. Considera la naturaleza de todas las cosas sensibles mundanas; especialmente de aquellas que o atrapan con el placer, o son temibles por su molestia, o están en gran estima y demanda por su lustre y apariencia externa, cuán viles y despreciables, cuán bajas y corruptibles, cuán desprovistas de toda vida y ser verdaderos son.
10 Es propio de un hombre dotado de buena facultad de comprensión considerar qué son en realidad aquellos de cuyas meras opiniones y voces proceden el honor y el crédito: como también qué es morir, y cómo si un hombre considera esto por sí solo, morir, y separa de ello en su mente todas aquellas cosas que usualmente se nos representan junto con él, no puede concebirlo de otro modo que como una obra de la naturaleza, y quien teme cualquier obra de la naturaleza es un verdadero niño. Ahora bien, la muerte no es solo una obra de la naturaleza, sino también favorable a la naturaleza.
11 Considera contigo mismo cómo el hombre, y por qué parte suya, está unido a Dios, y cómo esa parte del hombre se ve afectada cuando se dice que está difundida. No hay nada más miserable que aquella alma que, en una especie de círculo, abarca todas las cosas, escudriñando (como él dice) hasta las profundidades mismas de la tierra; y espiando por todas las señales y conjeturas los pensamientos mismos de las almas de otros hombres; y sin embargo no es consciente de que es suficiente para un hombre aplicarse por completo y confinar todos sus pensamientos y cuidados a atender ese espíritu que está dentro de él, y servirle verdadera y realmente. Su servicio consiste en esto: que un hombre se mantenga puro de toda pasión violenta y mala afección, de toda precipitación y vanidad, y de toda clase de descontento, ya sea respecto a los dioses o a los hombres. Pues en verdad, todo lo que procede de los dioses merece respeto por su valor y excelencia; y todo lo que procede de los hombres, como son nuestros parientes, debe ser acogido por nosotros con amor, siempre; a veces, como procedente de su ignorancia de lo que es verdaderamente bueno y malo (una ceguera no menor que aquella por la cual no somos capaces de discernir entre blanco y negro), también con una especie de piedad y compasión.
12 Aunque vivieras tres mil años, o hasta diez mil, recuerda sin embargo esto: que el hombre no puede separarse propiamente de ninguna vida, salvo de esa pequeña parte de vida que ahora vive: y que la que vive no es otra que aquella de la cual a cada instante se separa. Entonces, lo que es de más larga duración y lo que es de más corta vienen a tener el mismo efecto. Pues aunque respecto a lo que ya ha pasado pueda haber cierta desigualdad, sin embargo ese tiempo que ahora es presente y existe es igual para todos los hombres. Y siendo ese del cual nos separamos cuando morimos, resulta manifiestamente claro que no puede ser sino un momento de tiempo del que entonces nos separamos. Pues en cuanto a lo que es pasado o futuro, no puede decirse propiamente que un hombre se separe de ello. Pues ¿cómo habría de separarse un hombre de lo que no tiene? Estas dos cosas, por tanto, debes recordar. Primero, que todas las cosas en el mundo desde toda la eternidad, mediante una revolución perpetua de los mismos tiempos y cosas siempre continuadas y renovadas, son de una misma clase y naturaleza; de modo que, ya sea que un hombre vea durante solo cien o doscientos años, o durante un espacio infinito de tiempo, estas cosas que son siempre las mismas, no puede ser asunto de gran importancia. Y segundo, que aquella vida de la cual se separa tanto el que vive más tiempo como el que vive menos tiempo, es en longitud y duración exactamente la misma, pues solo lo que es presente es aquello que cualquiera de ellos puede perder, siendo lo único que tienen; pues aquello que no tiene, ningún hombre puede verdaderamente decirse que lo pierde.
13 Recuerda que todo no es sino opinión y concepto, pues claras y evidentes son aquellas cosas que se dijeron a Monimo el Cínico; y clara y evidente es también la utilidad que puede hacerse de esas cosas, si se recibe lo que en ellas es verdadero y serio, así como lo que es dulce y agradable.
14 El alma de un hombre se daña y se falta al respeto a sí misma, primera y principalmente, cuando en la medida de sus posibilidades se convierte en un apostema y como una excrecencia del mundo, pues afligirse y estar descontento con cualquier cosa que sucede en el mundo es directa apostasía de la naturaleza del universo; de la cual, todas las naturalezas particulares del mundo son parte. Segundo, cuando se vuelve contraria a algún hombre, o es llevada por deseos o afectos contrarios, tendientes a su daño y perjuicio; tales como son las almas de los que están airados. Tercero, cuando es vencida por cualquier placer o dolor. Cuarto, cuando disimula, y encubierta y falsamente hace o dice algo. Quinto, cuando desea o intenta algo sin un fin determinado, sino temeraria y sin la debida raciocinación y consideración de cuán consecuente o inconsecuente es con el fin común. Pues ni siquiera las cosas más pequeñas deben hacerse sin relación con el fin; y el fin de las criaturas racionales es seguir y obedecer a Aquel que es la razón, por así decirlo, y la ley de esta gran ciudad y antigua república.
15 El tiempo de la vida de un hombre es como un punto; la sustancia de ella siempre fluyente, el sentido oscuro; y toda la composición del cuerpo tendiendo a la corrupción. Su alma es inquieta, la fortuna incierta, y la fama dudosa; en resumen, como un arroyo son todas las cosas pertenecientes al cuerpo; como un sueño, o como humo, son todas las que pertenecen al alma. Nuestra vida es una guerra, y un mero peregrinaje. La fama después de la vida no es mejor que el olvido. ¿Qué es entonces lo que permanecerá y seguirá? Una sola cosa, la filosofía. Y la filosofía consiste en esto: en que un hombre preserve ese espíritu que está dentro de él, de toda clase de afrentas y daños, y por encima de todos los dolores o placeres; en no hacer nada temeraria, fingida o hipócritamente; en depender completamente de sí mismo y de sus propias acciones; en abrazar con contento todas las cosas que le suceden, como viniendo de Aquel de quien él mismo también vino; y por encima de todo, con toda mansedumbre y calma alegría, esperar la muerte, como no siendo otra cosa sino la resolución de aquellos elementos de los cuales toda criatura está compuesta. Y si los elementos mismos no sufren nada por esta su perpetua conversión de uno en otro, ¿por qué habría de ser temida por nadie esa disolución y alteración que es tan común a todos? ¿No es esto conforme a la naturaleza? Pero nada que sea conforme a la naturaleza puede ser malo.
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