Libro 5El deber al despertar
1 Por la mañana, cuando te cueste levantarte, reflexiona de inmediato: me despierto para realizar el trabajo de un ser humano. ¿Voy a estar de mal humor por ir a hacer aquello para lo que nací y fui traído a este mundo? ¿O acaso fui hecho para quedarme acostado y calentarme bajo las mantas? «Ah, pero esto es más agradable». ¿Naciste entonces para buscar el placer? ¿No fue más bien para estar siempre activo y en acción? ¿No ves cómo todas las demás cosas en el mundo —cada árbol, cada planta, los gorriones, las hormigas, las arañas, las abejas— realizan cada una su labor propia de manera ordenada, contribuyendo con lo que les corresponde a la preservación del orden del universo? ¿Y tú no vas a hacer lo que le corresponde al ser humano? ¿No vas a correr a cumplir lo que tu naturaleza exige? «Pero necesito algo de descanso». Sí, lo necesitas. La naturaleza te ha asignado también para eso cierta medida, igual que para comer y beber. Pero vas más allá de lo suficiente, más allá de la medida justa; en cambio, en materia de acción, te quedas corto respecto a lo que puedes hacer. Es evidente, por tanto, que no te amas a ti mismo, porque si lo hicieras, amarías también tu naturaleza y lo que ella se propone como fin. Otros, todos los que disfrutan con su oficio y profesión, pueden incluso consumirse en sus trabajos, descuidando su cuerpo y su alimentación por ello. ¿Y tú honras menos a tu naturaleza que el artesano común a su oficio, o el buen bailarín a su arte, o el codicioso a su dinero, o el vanidoso a los aplausos? Estos, cuando se apasionan por algo, pueden prescindir de comida y sueño para impulsar aquello que les importa. ¿Y las acciones que tienden al bien común de la sociedad humana te parecen más viles o menos dignas de tu dedicación e interés?
2 ¡Qué fácil es para el ser humano apartar de sí todas las imaginaciones turbulentas y adventicias, y estar de inmediato en perfecta calma y tranquilidad!
3 Considérate capacitado y digno de decir o hacer cualquier cosa que sea conforme a la naturaleza, y no dejes que el reproche o la opinión de algunos que pudiera sobrevenir te disuada jamás. Si es correcto y honesto decirlo o hacerlo, no te menosprecies tanto como para desanimarte. Ellos tienen su propia parte racional que los gobierna y su propia inclinación particular, a las cuales no debes estar atento ni prestar atención; sigue adelante recto, hacia donde te conduzcan tanto tu naturaleza particular como la naturaleza común. Y el camino de ambas es uno solo.
4 Continúo mi curso mediante acciones conformes a la naturaleza, hasta que caiga y cese, exhalando mi último aliento en ese aire que continuamente he respirado; cayendo sobre esta tierra de cuyos dones y frutos mi padre reunió su semilla, mi madre su sangre y mi nodriza su leche; de la cual durante tantos años he sido provisto de comida y bebida; y que, finalmente, me sostiene cuando camino sobre ella, y soporta que yo la use de tantas maneras, para tantos fines, o incluso que abuse de ella.
5 Nadie puede admirarte por tu lenguaje agudo e incisivo: tal es tu incapacidad natural en ese aspecto. Sea así. Pero hay muchas otras cosas buenas cuya carencia no puedes achacar a falta de capacidad natural. Que se vean en ti aquellas que dependen enteramente de ti: sinceridad, seriedad, laboriosidad, desprecio de los placeres; no te quejes, conténtate con poco, sé amable, sé libre; evita toda superfluidad, toda charlatanería vacía; sé magnánimo. ¿No percibes cuántas cosas hay que, a pesar de cualquier pretexto de indisposición o incapacidad natural, podrías haber realizado y mostrado, y sin embargo sigues voluntariamente decaído? ¿O vas a decir que es por defecto de tu constitución natural que te ves obligado a quejarte, a ser vil y mezquino, a adular, a acusar ora a unos ora a otros, a complacer y apaciguar a tu cuerpo, a ser vanidoso, tan voluble e inestable en tus pensamientos? No (los dioses son testigos): de todo esto podrías haberte librado hace tiempo. Solo habrías tenido que aceptar la culpa de ser algo lento y torpe; defecto en el cual debes ejercitarte de tal manera que ni te lo tomes demasiado a pecho ni tampoco te complazca en él.
6 Hay quienes, cuando han hecho un favor a alguien, están dispuestos a apuntárselo y a exigir reciprocidad. Otros hay que, aunque no exigen reciprocidad, sin embargo piensan para sus adentros que tal persona es su deudora, y saben bien lo que han hecho. Otros más hay que, cuando han hecho algo así, ni siquiera saben lo que han hecho; son como la vid que produce sus uvas y, una vez que ha dado su propio fruto, está satisfecha y no busca mayor recompensa. Como el caballo después de correr, el perro de caza después de cazar, la abeja después de hacer su miel: no buscan aplauso ni reconocimiento. Así tampoco el hombre que comprende rectamente su propia naturaleza cuando ha hecho un bien: pasa de uno a hacer otro, igual que la vid, después de haber dado fruto en su estación propia, está lista para la siguiente. Por tanto, debes ser uno de aquellos que hacen lo que hacen sin más consideración, y son en cierto modo insensibles a lo que hacen. «Pero», replicará quizá alguno, «esto mismo es a lo que está obligado el hombre racional: a comprender lo que hace». Porque es propio, dicen, de quien es naturalmente sociable ser consciente de que opera socialmente, e incluso desear que la otra persona, con quien actúa socialmente, sea también consciente de ello. Respondo: lo que dices es verdad, pero no comprendes el verdadero sentido de lo que se dice. Por eso eres uno de aquellos primeros que mencioné. Pues también ellos se dejan llevar por una apariencia probable de razón. Pero si deseas comprender verdaderamente lo que se dice, no temas que por ello vayas a abandonar ninguna acción sociable.
7 La forma de la oración de los atenienses era así: «Oh, lluvia, lluvia, buen Júpiter, sobre todos los campos y tierras que pertenecen a los atenienses». O no deberíamos orar en absoluto, o así de manera absoluta y libre; y no cada uno por sí mismo en particular.
8 Como decimos comúnmente: el médico ha prescrito a este hombre montar a caballo; a otro, baños fríos; a un tercero, andar descalzo: así es igualmente decir que la naturaleza del universo ha prescrito a este hombre enfermedad, o ceguera, o alguna pérdida, daño o cosa semejante. Pues allí, cuando decimos de un médico que ha prescrito algo, nuestro significado es que lo ha dispuesto como subordinado y conducente a la salud; así aquí, todo lo que le sucede a alguien está ordenado para él como algo subordinado a los hados, y por eso decimos de tales cosas que συμβαίνειν, es decir, que suceden o coinciden; como de las piedras cuadradas, cuando en los muros o pirámides encajan unas con otras en cierta posición y concuerdan como en armonía, los albañiles dicen que συμβαίνειν, como si dijeras que encajan juntas. Así que, en general, aunque las cosas que lo componen sean diversas, el consentimiento o armonía misma es uno solo. Y como el mundo entero está compuesto de todos los cuerpos particulares del mundo formando un cuerpo perfecto y completo, de la misma naturaleza que los cuerpos particulares; así el destino de las causas y acontecimientos particulares es uno general, de la misma naturaleza que las causas particulares. Lo que ahora digo, incluso los meros idiotas no lo ignoran, pues dicen comúnmente τοῦτο ἔφερεν αὐτῷ, esto es: su destino le ha traído esto. Esto, por tanto, le es traído propia y particularmente por los hados, como aquello le es particularmente prescrito por el médico. Aceptémoslas, pues, de igual manera que aceptamos las que nos prescriben nuestros médicos. Porque también ellas en sí mismas contienen muchas cosas ásperas, pero no obstante, con la esperanza de la salud y la recuperación, las aceptamos. Que el cumplimiento y la realización de aquellas cosas que la naturaleza común ha determinado sea para ti como tu salud. Acepta entonces y complácete con todo lo que suceda, aunque por lo demás sea áspero y desagradable, pues tiende a ese fin: a la salud y el bienestar del universo y a la felicidad y prosperidad de Zeus. Porque esto, sea lo que sea, no se habría producido si no contribuyera al bien del universo. Pues ninguna naturaleza particular ordinaria produce nada que no sea apropiado y subordinado a aquello que está dentro de la esfera de su propia administración y gobierno. Por estas dos consideraciones, pues, debes estar satisfecho con cualquier cosa que te suceda. Primero, porque fue producida propiamente para ti y te fue prescrita; y desde el principio mismo, por la serie y conexión de las causas primeras, ha tenido siempre referencia a ti. Y segundo, porque el buen éxito y perfecto bienestar, y en verdad la continuidad misma de Aquel que es el Administrador del todo, depende en cierto modo de ello. Porque el todo (precisamente por ser todo, y por tanto íntegro y perfecto) queda mutilado y lisiado si cortas cualquier cosa por la cual se mantiene y preserva la coherencia y contigüidad tanto de las partes como de las causas. De esto es cierto que tú (en la medida en que está en ti) cortas y en cierto modo quitas violentamente algo, cada vez que te disgusta lo que sucede.
9 No te descontentes, no te desanimes, no pierdas la esperanza si a menudo no te sale todo bien puntual y precisamente para hacer todas las cosas según los dogmas correctos; sino que, habiendo sido una vez rechazado, vuelve a ellos de nuevo. Y en cuanto a esas muchas y más frecuentes ocurrencias, ya sea de distracciones mundanas o de debilidades humanas a las que como hombre no puedes sino estar en cierta medida sujeto, no te descontentes con ellas; sin embargo, ama y aficiónate solo a aquello a lo que regresas: la vida del filósofo y su ocupación propia según la manera más exacta. Y cuando regreses a tu filosofía, no vuelvas a ella como hacen algunos, después del juego y la libertad, a sus maestros y pedagogos; sino como los que tienen los ojos doloridos a su esponja y huevo, o como otro a su cataplasma, o como otros a sus fomentos: así no harás de ello en absoluto una cuestión de ostentación el obedecer a la razón, sino de alivio y consuelo. Y recuerda que la filosofía no te exige nada sino lo que tu naturaleza exige, y ¿qué desearías tú mismo que no fuera conforme a la naturaleza? Pues ¿cuál de estas cosas, dices, la que es conforme a la naturaleza o contra ella, es de por sí más amable y placentera? ¿No es precisamente por ese respecto que el placer mismo resulta, para perjuicio y ruina de tantos hombres, tan prevalente, porque se lo estima comúnmente como lo más amable y natural? Pero considera bien si más bien la magnanimidad, la verdadera libertad, la verdadera simplicidad, la ecuanimidad y la santidad no son más amables y naturales. ¿Y la prudencia misma, qué hay más amable y afable que ella, cuando consideres verdaderamente contigo mismo qué es, a través de todos los objetos propios de tu facultad racional e intelectual, avanzar continuamente sin tropiezo ni caída? En cuanto a las cosas del mundo, su verdadera naturaleza está en cierto modo tan envuelta en oscuridad que a muchos filósofos, y no de los menores, les parecieron del todo incomprensibles, y los estoicos mismos, aunque no las juzgan del todo incomprensibles, apenas y no sin mucha dificultad las consideran comprensibles, de modo que todo asentimiento nuestro es falible, pues ¿quién es infalible en sus conclusiones? De la naturaleza de las cosas, pasa ahora a sus sujetos y materia: ¡qué temporales, qué viles son! Tales que pueden estar en poder y posesión de algún libertino abominable, de alguna ramera común, de algún opresor y extorsionador notorio. Pasa de ahí a las disposiciones de aquellos con quienes tratas ordinariamente: ¡con cuánta dificultad soportamos incluso a los más amables y cariñosos! Para no decir cuán difícil es para nosotros soportarnos incluso a nosotros mismos. En tal oscuridad e impureza de cosas, en tal y tan continuo flujo tanto de las sustancias como del tiempo, tanto de los movimientos mismos como de las cosas movidas, qué es aquello a lo que podemos aferrarnos para honrarlo y respetarlo especialmente, o buscarlo seria y estudiosamente, ni siquiera puedo concebirlo. Porque en verdad son cosas contrarias.
10 Debes consolarte con la expectativa de tu disolución natural, y mientras tanto no afligirte por la demora, sino contentarte con estas dos cosas. Primero, que nada te sucederá que no sea conforme a la naturaleza del universo. Segundo, que está en tu poder no hacer nada contra tu propio dios y espíritu interior. Pues no está en poder de ningún hombre obligarte a transgredir contra él.
11 ¿Qué uso hago ahora en este momento de mi alma? Así, de vez en cuando y en todas las ocasiones debes hacerte esta pregunta: ¿en qué está empleada ahora esa parte mía que llaman la parte racional directora? ¿De quién poseo propiamente el alma ahora? ¿La de un niño? ¿La de un joven? ¿La de una mujer? ¿La de un tirano? ¿El alma de algún bruto o de alguna bestia salvaje?
12 Qué son en sí mismas aquellas cosas que la mayoría estima como buenas, puedes deducirlo incluso de esto. Pues si un hombre oyera mencionar como buenas las cosas que son realmente buenas, tales como la prudencia, la templanza, la justicia, la fortaleza, después de tanto oído y concebido, no puede soportar oír más, porque la palabra «bueno» se aplica propiamente a ellas. Pero en cuanto a aquellas que el vulgo estima como buenas, si las oyera mencionadas como buenas, escucharía más. Está bien contento de oír que lo que habla el comediante es hablado familiar y popularmente, de modo que incluso el vulgo percibe la diferencia. Pues ¿por qué si no esto no ofende y no necesita ser excusado cuando se califican las virtudes de buenas, pero lo que se dice en elogio de la riqueza, el placer o el honor, lo recibimos solo como dicho alegre y placenteramente? Procede entonces e indaga más: si no será que aquellas cosas también que, siendo mencionadas en el escenario, fueron objeto de burla y escarnio con gran aplauso de la multitud, con el chiste de que quienes las poseen no tenían en todo el mundo tanto espacio propio como para evacuar sus excrementos (tal era su opulencia y abundancia); si acaso esas cosas también no deberían en realidad ser muy respetadas y estimadas como las únicas que son verdaderamente buenas.
13 Todo de lo que consisto es forma o materia. Ninguna corrupción puede reducir ninguna de estas a la nada, pues tampoco yo llegué a ser una criatura subsistente de la nada. Cada parte mía, pues, será dispuesta por mutación en cierta parte del mundo entero, y esa a su vez en otra parte; y así in infinitum. Por esta clase de mutación, yo también llegué a ser lo que soy, y así quienes me engendraron, y ellos antes de ellos, y así hacia arriba in infinitum. Pues así se nos puede permitir hablar, aunque la edad y el gobierno del mundo estén limitados y confinados a ciertos períodos de tiempo.
14 La razón y el poder racional son facultades que se contentan consigo mismas y con sus propias operaciones. Y en cuanto a su primera inclinación y movimiento, lo toman de sí mismas. Pero su progreso es recto hacia el fin y objeto que está en su camino, por así decir, y yace justo delante de ellas: esto es, lo que es factible y posible, ya sea lo que al principio se propusieron o no. Por esta razón también tales acciones se denominan κατορθώσεις, para dar a entender la rectitud del camino por el cual se logran. Nada debe considerarse que pertenezca al hombre que no le pertenezca como hombre. Estos, los resultados de los propósitos, no son cosas requeridas en un hombre. La naturaleza del hombre no profesa tales cosas. Los fines finales y consumaciones de las acciones no son nada para la naturaleza del hombre. El fin, por tanto, del hombre, o el summum bonum mediante el cual se cumple ese fin, no puede consistir en la consumación de las acciones propuestas e intentadas. Además, en cuanto a estas cosas externas y mundanas, si alguna de ellas perteneciera propiamente al hombre, entonces no le pertenecería al hombre condenarlas y oponerse a ellas. Ni sería digno de alabanza quien puede vivir sin ellas; ni sería bueno (si estas fueran realmente buenas) quien por su propia voluntad se priva de alguna de ellas. Pero vemos lo contrario: que cuanto más se aparta un hombre de estas en las que consiste la pompa y grandeza externas, o de cualquier otra semejante; o mejor soporta la pérdida de estas, mejor es considerado.
15 Tales como sean tus pensamientos y cogitaciones habituales, tal será tu mente con el tiempo. Pues el alma recibe, por así decir, su tintura de las fantasías e imaginaciones. Tiñela, pues, y empápala completamente con la asiduidad de estas cogitaciones. Por ejemplo: dondequiera que puedas vivir, allí está en tu poder vivir bien y felizmente. Pero puedes vivir en la Corte; allí entonces también puedes vivir bien y felizmente. Además, aquello para lo cual cada cosa está hecha, está también hecha para ello, y no puede sino inclinarse naturalmente hacia ello. Aquello hacia lo cual algo se inclina naturalmente, en eso consiste su fin. En lo que consiste el fin de cada cosa, en eso consiste también su bien y beneficio. La sociedad, por tanto, es el bien propio de la criatura racional. Pues que estamos hechos para la sociedad, hace tiempo que se ha demostrado. ¿O puede algún hombre poner en duda esto: que lo que es naturalmente peor e inferior está ordinariamente subordinado a lo que es mejor? ¿Y que aquellas cosas que son las mejores están hechas unas para otras? ¿Y que aquellas cosas que tienen almas son mejores que las que no las tienen? ¿Y de las que tienen, son mejores las que tienen almas racionales?
16 Desear cosas imposibles es propio de un loco. Pero es imposible que el hombre malvado no cometa algunas de tales cosas. Ni le sucede a nadie nada que en el curso ordinario de la naturaleza no le suceda naturalmente a él. Además, las mismas cosas les suceden también a otros. Y en verdad, si quien ignora que tal cosa le ha sucedido, o quien es ambicioso de ser alabado por su magnanimidad, puede ser paciente y no se aflige, ¿no es cosa grave que la ignorancia o un vano deseo de agradar y ser alabado sean más poderosos y eficaces que la verdadera prudencia? En cuanto a las cosas mismas, no tocan el alma, ni pueden tener acceso alguno a ella; ni pueden de por sí afectarla o moverla de modo alguno. Pues solo ella puede afectarse y moverse a sí misma, y según sean los dogmas y opiniones que se concede a sí misma, así son aquellas cosas que, como accesorios, tienen alguna coexistencia con ella.
17 Bajo una consideración, el hombre es lo más cercano a nosotros, en tanto que estamos obligados a hacerles el bien y a soportarlos. Pero en cuanto pueda oponerse a alguna de mis acciones propias verdaderas, el hombre es para mí una cosa indiferente, al igual que el sol, o el viento, o alguna bestia salvaje. Por alguno de estos puede ser que alguna operación mía u otra sea impedida; sin embargo, de mi mente y resolución misma no puede haber obstáculo ni impedimento, por razón de esa excepción constante ordinaria (o reserva con la que se inclina) y conversión pronta de objetos; de lo que no puede ser a lo que puede ser, que en la prosecución de sus inclinaciones, según se presente la ocasión, observa. Pues mediante estas la mente convierte cualquier impedimento en objeto principal de su trabajo; de modo que lo que antes era el impedimento, ahora es el objeto principal de su acción; y lo que antes estaba en su camino, ahora es su camino más expedito.
18 Honra aquello que es supremo y más poderoso en el mundo, y eso es lo que hace uso de todas las cosas y gobierna todas las cosas. Así también en ti mismo: honra aquello que es supremo y más poderoso, y que es de una misma clase y naturaleza con aquello de lo que acabamos de hablar. Pues es exactamente lo mismo, lo que estando en ti convierte todas las demás cosas a su propio uso, y por quien también tu vida es gobernada.
19 Lo que no daña a la ciudad misma no puede dañar a ningún ciudadano. Esta regla debes recordar aplicarla y usarla ante cada concepto y aprehensión de agravio. Si la ciudad entera no es dañada por esto, ciertamente yo tampoco lo soy. Y si la totalidad no lo es, ¿por qué habría de hacerlo mi agravio privado? Considera más bien en qué se equivoca quien se piensa que ha cometido el agravio. Además, medita a menudo cuán rápidamente todas las cosas que subsisten, y todas las cosas que se hacen en el mundo, son arrastradas y como transportadas fuera de la vista: pues vemos que las sustancias mismas son como un flujo en continuo cambio; y todas las acciones en perpetua mutación; y las causas mismas sujetas a mil alteraciones; ni hay casi nada que pueda decirse que esté ahora establecido y constante. Junto a esto, y lo que se sigue de ello, considera tanto la infinitud del tiempo ya pasado como la inmensa vastedad del que ha de venir, en el cual todas las cosas han de resolverse y aniquilarse. ¿No eres entonces un gran necio, tú que por estas cosas estás hinchado de orgullo, o distraído con preocupaciones, o puedes encontrar en tu corazón hacer tales lamentos como por algo que te molestaría durante mucho tiempo? Considera el universo entero del cual eres una parte muy pequeña, y toda la edad del mundo junta, de la cual solo una porción breve y muy momentánea te es asignada, y todos los hados y destinos juntos, de los cuales ¡cuánto es lo que llega a tu parte y porción! Además: otro comete una ofensa contra mí. Que él se ocupe de eso. Es dueño de su propia disposición y de su propia operación. Yo, por mi parte, estoy entre tanto en posesión de tanto como la naturaleza común querría que yo poseyera; y aquello que mi propia naturaleza querría que yo hiciera, lo hago.
20 Que esa parte principal y directora de tu alma no esté nunca sujeta a ninguna variación por causa de ningún dolor o placer corporal, ni permitas que se mezcle con ellos, sino que se circunscriba a sí misma y confine esas afecciones a sus propias partes y miembros. Pero si en algún momento se reflejan y repercuten sobre la mente y el entendimiento (como en un cuerpo unido y compacto debe necesariamente suceder), entonces no debes intentar resistir la sensación y el sentimiento, siendo natural. Sin embargo, que tu entendimiento no añada a esta sensación y sentimiento natural, que ya sea placentera o dolorosa para nuestra carne no es nada propiamente para nosotros, una opinión de bien o mal, y todo estará bien.
21 Vivir con los dioses. Vive con los dioses quien en todo momento les ofrece el espectáculo de un alma contenta y satisfecha con todo lo que le es dado o asignado, y que realiza todo lo que es grato a ese Espíritu que (siendo parte de sí mismo) Zeus ha designado a cada hombre como su supervisor y gobernador.
22 No te enfurezcas ni con aquel cuyo aliento, ni con aquel cuyos sobacos son ofensivos. ¿Qué puede hacer? Tal es su aliento naturalmente, y tales son sus sobacos; y de tales, tal efecto y tal olor deben necesariamente proceder. «Ah, pero el hombre (dices tú) tiene entendimiento y podría por sí mismo saber que al estar cerca no puede sino ofender». ¡Y tú también (que Dios te bendiga!) tienes entendimiento. Haz que tu facultad razonable obre sobre su facultad razonable; muéstrale su falta, amonéstalo. Si te escucha, lo habrás curado, y no habrá más ocasión de enojo.
23 «Donde no haya alborotador ni ramera». ¿Por qué así? Del mismo modo que te propones vivir cuando te hayas retirado a algún lugar donde no haya alborotador ni ramera, así puedes hacerlo aquí. Y si no te lo permiten, entonces puedes dejar tu vida antes que tu vocación, pero como quien no se considera en modo alguno agraviado. Solo como quien dijera: aquí hay humo; me voy de aquí. ¿Y qué gran cosa es esto? Ahora bien, hasta que algo así me fuerce a salir, continuaré libre; ni ningún hombre me impedirá hacer lo que quiero, y mi voluntad será siempre, regulada y dirigida por la naturaleza propia de una criatura razonable y sociable.
24 Esa esencia racional por la cual el universo es gobernado es para la comunidad y la sociedad; y por eso ha hecho las cosas que son peores para lo mejor, y ha aliado y unido aquellas que son mejores como en una armonía. ¿No ves cómo ha subordinado y coordinado? ¿Y cómo ha distribuido a cada cosa según su valor? ¿Y aquellas que tienen preeminencia y superioridad sobre todas, las ha unido en un consentimiento y acuerdo mutuos?
25 ¿Cómo te has comportado hasta ahora hacia los dioses? ¿Hacia tus padres? ¿Hacia tus hermanos? ¿Hacia tu esposa? ¿Hacia tus hijos? ¿Hacia tus maestros? ¿Tus padres adoptivos? ¿Tus amigos? ¿Tus domésticos? ¿Tus siervos? ¿Sucede contigo que hasta ahora no has agraviado a ninguno de ellos ni con palabra ni con obra? Recuerda además por cuántas cosas has pasado ya y cuántas has sido capaz de soportar; de modo que ahora la leyenda de tu vida está completa y tu tarea cumplida. Además, ¿cuántas cosas verdaderamente buenas han sido ciertamente discernidas por ti? ¿Cuántos placeres, cuántos dolores has sobrepasado con desprecio? ¿Cuántas cosas eternamente gloriosas has despreciado? ¿Hacia cuántos hombres perversos e irrazonables te has comportado con amabilidad y discreción?
26 ¿Por qué habrían de turbar las almas imprudentes e ignorantes a la que es sabia y prudente? ¿Y cuál es esa? La que comprende el principio y el fin, y tiene el verdadero conocimiento de esa esencia racional que pasa a través de todas las cosas subsistentes y a través de todas las edades siendo siempre la misma, disponiendo y dispensando por así decir este universo según ciertos períodos de tiempo.
27 Dentro de muy poco serás cenizas o un esqueleto, y un nombre quizá; y quizá ni siquiera un nombre. ¿Y qué es eso sino un sonido vacío y un eco que resuena? Las cosas que en esta vida nos son más queridas y de mayor consideración, son en sí mismas vanas, pútridas, despreciables. Las más pesadas y serias, si se estiman correctamente, no son sino cachorros mordiéndose unos a otros, o niños díscoles que ahora ríen y luego lloran. En cuanto a la fe, la modestia, la justicia y la verdad, hace tiempo, como dice uno de los poetas, que abandonaron esta tierra espaciosa y se retiraron al cielo. ¿Qué es entonces lo que te retiene aquí, si las cosas sensibles son tan mutables e inestables, y los sentidos tan oscuros y tan falibles, y nuestras almas no son sino una exhalación de sangre, y gozar de crédito entre tales personas es mera vanidad? ¿Qué es lo que esperas? ¿Una extinción o una traslación? Cualquiera de ellas con ánimo propicio y contento. Pero hasta que llegue ese tiempo, ¿qué te contentará? ¿Qué otra cosa sino adorar y alabar a los dioses, y hacer el bien a los hombres? Soportarlos y abstenerte de hacerles daño alguno. Y en cuanto a todas las cosas externas pertenecientes a este tu cuerpo miserable o a la vida, recordar que no son tuyas ni están en tu poder.
28 Siempre puedes salir adelante si eliges el camino correcto; si en el curso tanto de tus opiniones como de tus acciones observas un método verdadero. Estas dos cosas son comunes a las almas, tanto de Dios como de los hombres y de toda criatura razonable: primero, que en su propia obra no pueden ser impedidas por nada; y segundo, que su felicidad consiste en una disposición hacia la práctica de la justicia, y que en estas su deseo termina.
29 Si esto no es acto malvado mío, ni acto que dependa en modo alguno de alguna maldad mía, y el público no es dañado por ello, ¿qué me concierne? ¿Y en qué puede ser dañado el público? Pues no debes dejarte llevar del todo por la opinión común y la concepción; en cuanto a la ayuda, debes prestarla según tu mejor capacidad y según la ocasión lo requiera, aunque sufran daño en estas cosas intermedias o mundanas; pero sin embargo no concibas que sean verdaderamente dañados por ello: pues eso no es correcto. Sino como aquel viejo padre adoptivo en la comedia, estando ahora por despedirse, exige con gran ceremonia el rombo o sonajero de su hijo adoptivo, recordando no obstante que no es sino un rombo; así también haz tú aquí. Pues en verdad, ¿qué es todo este pleiteo y vocerío pública en los tribunales? Oh hombre, ¿has olvidado qué son esas cosas? Sí, pero son cosas que otros cuidan mucho y estiman altamente. ¿Vas entonces a ser tú también un necio? En otro tiempo lo fui; que eso baste.
30 Que la muerte me sorprenda cuando quiera y donde quiera, puedo ser εὔμοιρος, un hombre feliz, no obstante. Pues es un hombre feliz quien en su vida se procura a sí mismo un lote y porción felices. Un lote y porción felices son: buenas inclinaciones del alma, buenos deseos, buenas acciones.
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