Libro 11El alma racional
1 Las propiedades naturales y los privilegios de un alma racional son estos: se ve a sí misma; puede ordenarse y componerse; se hace a sí misma como quiere ser; recoge sus propios frutos, mientras que las plantas, los árboles y las criaturas irracionales, cualquier fruto que den (ya sea fruto propiamente dicho o solo por analogía), lo dan a otros y no a sí mismas. Además, siempre que y dondequiera que termine su vida, más pronto o más tarde, tiene su propio fin. Porque no es con ella como con los bailarines y actores, que si se interrumpen en alguna parte de su actuación, toda la acción queda necesariamente incompleta: ella, en cualquier momento o acción en que sea sorprendida, puede completar aquello que tenga entre manos, sea lo que sea, de modo que pueda partir con este consuelo: «he vivido; no me falta nada de lo que propiamente me pertenecía». Además, abarca el mundo entero y penetra en la vanidad y mera apariencia de este (carente de sustancia y solidez), y se extiende hasta la infinitud de la eternidad; y la revolución o restauración de todas las cosas después de cierto periodo de tiempo al mismo estado y lugar de antes, ella la rodea y la comprende en sí misma; y considera al mismo tiempo, y ve claramente esto: que ni aquellos que nos sigan verán nada nuevo que nosotros no hayamos visto, ni aquellos que nos precedieron vieron nada más que nosotros; sino que aquel que haya llegado a los cuarenta años (si tiene algo de ingenio) puede en cierto modo (porque todas son de la misma clase) ver todas las cosas, tanto pasadas como futuras. Tan propio y natural es del alma del hombre amar a su prójimo, ser veraz y modesta, y no considerar nada tanto como a sí misma: lo cual es también propiedad de la ley; por lo que resulta evidente que la recta razón y la justicia vienen a ser lo mismo, y por tanto que la justicia es lo principal que las criaturas racionales deben proponerse como su fin.
2 Una canción o danza agradable, el ejercicio del pancracio, los deportes que solías apreciar mucho, los despreciarás fácilmente si divides la voz armoniosa en los distintos sonidos particulares de que consta, y de cada uno en particular te preguntas si es ese sonido o aquel el que así te conquista. Porque te avergonzarás de ello. Y así para la vergüenza, si consideras de la misma manera cada movimiento y postura particular por sí misma: y también para el ejercicio del luchador. En general, pues, sea lo que sea, aparte de la virtud y de aquellas cosas que proceden de la virtud, que te afecte mucho, recuerda enseguida dividirlo así, y mediante esta clase de división alcanzar en cada cosa particular el desprecio del conjunto. Esto debes transferirlo y aplicarlo también a tu vida entera.
3 Aquella alma que está siempre dispuesta, incluso ahora mismo (si es necesario), a separarse del cuerpo, ya sea por extinción, dispersión o continuación en otro lugar y estado, ¡cuán bendita y feliz es! Pero esta disposición suya debe proceder no de una resolución obstinada y perentoria de la mente, violenta y apasionadamente orientada a la oposición, como suelen estar los cristianos, sino de un juicio peculiar, con discreción y gravedad, de modo que otros puedan también ser persuadidos y atraídos al mismo ejemplo, pero sin ruido ni exclamaciones apasionadas.
4 ¿He hecho algo caritativo? Entonces me beneficio de ello. Procura que esto se presente a tu mente en todas las ocasiones, y nunca dejes de pensarlo. ¿Cuál es tu profesión? Ser bueno. ¿Y cómo debería lograrse esto bien, sino mediante ciertos teoremas y doctrinas, algunas concernientes a la naturaleza del universo y otras concernientes a la constitución propia y particular del hombre?
5 Las tragedias fueron al principio introducidas e instituidas para recordar a los hombres las vicisitudes y casualidades mundanas: que estas cosas sucedían así en el curso ordinario de la naturaleza; que los hombres que se complacían y deleitaban mucho con tales accidentes en este escenario, no debían afligirse y apenarse por las mismas cosas en un escenario mayor: porque aquí ves cuál es el fin de todas esas cosas; y que incluso aquellos que claman tan lastimosamente al Citerón deben soportarlas a pesar de sus gritos y exclamaciones, como los demás. Y en verdad muchas cosas buenas dicen estos poetas; como aquel (por ejemplo) excelente pasaje: «Pero si es que yo y mis dos hijos somos desatendidos por los dioses, ellos tienen alguna razón incluso para eso», etc. Y de nuevo: «De poco te valdrá enfurecerte y encolerizarte contra las cosas mismas», etc. Otra vez: «Cosechar la propia vida, como una espiga madura de trigo»; y todo lo demás que puede encontrarse en ellos de la misma clase. Después de la tragedia se introdujo la antigua comedia, que tenía libertad para arremeter contra vicios personales; siendo por tanto, a través de esta su libertad e independencia de expresión, de muy buen uso y efecto para contener a los hombres del orgullo y la arrogancia. Con este fin fue también que Diógenes tomó la misma libertad. Después de estas, ¿para qué fueron admitidas la comedia media o la nueva, sino meramente (o al menos en su mayor parte) para el deleite y placer de la imitación curiosa y excelente? «Se escapará; cuídalo», etc. Pues bien, nadie niega que estas también tienen algunas cosas buenas de las cuales esa puede ser una: pero la intención general y el fundamento de ese tipo de poesía dramática, ¿qué es sino lo que hemos dicho?
6 ¡Cuán claramente se te aparece que ningún otro curso de tu vida podría adecuarse mejor a la práctica de un verdadero filósofo que este mismo curso en el que ya estás ahora!
7 Una rama cortada de la continuidad de aquello que estaba junto a ella, debe necesariamente ser cortada de todo el árbol: así un hombre que se divide de otro hombre se divide de toda la sociedad. Una rama es cortada por otro, pero el que odia y se aparta se corta a sí mismo de su prójimo, y no sabe que al mismo tiempo se separa de todo el cuerpo o corporación. Pero aquí está el don y la misericordia de Dios, el autor de esta sociedad: que una vez cortados podemos crecer juntos y convertirnos en parte del todo otra vez. Pero si esto sucede a menudo, la desgracia es que cuanto más lejos haya llegado un hombre en esta división, más difícil es que se reúna y se restaure de nuevo: y de todos modos la rama que, una vez cortada, fue después injertada, los jardineros pueden decirte que no es como aquella que brotó junta desde el principio y continuó siempre en la unidad del cuerpo.
8 Creced juntos como ramas compañeras en materia de buena correspondencia y afecto, pero no en materia de opiniones. Aquellos que se opongan a ti en tus caminos rectos, así como no está en su poder desviarte de tu buena acción, tampoco dejes que esté en su poder desviarte de tu buena afección hacia ellos. Sino que sea tu cuidado mantenerte constante en ambas cosas: tanto en un juicio y acción rectos como en verdadera mansedumbre hacia aquellos que se esfuercen por impedirte, o al menos se disgusten contigo por lo que has hecho. Porque fallar en cualquiera de las dos (ya sea en la una ceder por miedo, o en la otra abandonar tu afecto natural hacia aquel que por naturaleza es tanto tu amigo como tu pariente) es igualmente bajo, y huele mucho a la disposición de un soldado fugitivo cobarde.
9 No es posible que ninguna naturaleza sea inferior al arte, ya que todas las artes imitan la naturaleza. Si esto es así, que la naturaleza más perfecta y general de todas las naturalezas quede corta en su operación respecto a la habilidad de las artes, es muy improbable. Ahora bien, es común a todas las artes hacer lo que es peor por el bien de lo mejor. Mucho más entonces hace lo mismo la naturaleza común. De aquí viene el primer fundamento de la justicia. De la justicia tienen su existencia todas las demás virtudes. Porque la justicia no puede preservarse si fijamos nuestras mentes y afectos en cosas mundanas, o somos propensos a ser engañados, o precipitados e inconstantes.
10 Las cosas mismas (que tanto te cuesta obtener o evitar) no vienen a ti por sí mismas, sino que tú en cierto modo vas hacia ellas. Deja entonces que tu propio juicio y opinión acerca de esas cosas descanse; y en cuanto a las cosas mismas, están quietas y tranquilas, sin ruido ni agitación alguna; y así cesará toda persecución y huida.
11 Entonces el alma es como Empédocles la compara, semejante a una esfera o globo, cuando es toda de una forma y figura: cuando no se extiende ávidamente hacia nada, ni se contrae vilmente, ni yace plana y abatida, sino que brilla toda con luz, mediante la cual ve y contempla la verdadera naturaleza, tanto la del universo como la suya propia en particular.
12 ¿Alguien me despreciará? Que él se ocupe de eso, sobre qué fundamentos lo hace: mi cuidado será que nunca se me encuentre haciendo o diciendo nada que verdaderamente merezca desprecio. ¿Alguien me odiará? Que él se ocupe de eso. Yo por mi parte seré amable y cariñoso con todos, e incluso con aquel que me odia, quienquiera que sea, estaré dispuesto a mostrarle su error, no por medio de reproche u ostentación de mi paciencia, sino ingenua y mansamente: como aquel famoso Focio, si es que no disimulaba. Porque es interiormente donde deben estar estas cosas: para que los dioses que miran hacia adentro, y no a la apariencia externa, puedan contemplar a un hombre verdaderamente libre de toda indignación y pesar. Porque ¿qué daño puede hacerte lo que cualquier otro hombre haga, mientras tú puedas hacer lo que es propio y adecuado a tu propia naturaleza? ¿No aceptarás tú (un hombre enteramente destinado a ser lo que y como requiera el bien común) aquello que es ahora oportuno para la naturaleza del universo?
13 Se desprecian unos a otros y sin embargo buscan complacerse unos a otros; y mientras buscan superarse unos a otros en pompa y grandeza mundanas, se degradan y prostituyen más en su mejor parte unos ante otros.
14 ¡Qué podrido e insincero es aquel que dice: estoy resuelto a comportarme de ahora en adelante contigo con toda ingenuidad y simplicidad! Oh hombre, ¿qué pretendes? ¿Qué necesidad hay de esta declaración tuya? La cosa misma lo mostrará. Debería estar escrita en tu frente. Tan pronto se oiga tu voz, tu semblante debe ser capaz de mostrar lo que hay en tu mente: así como aquel que es amado sabe enseguida por la mirada de su amada lo que hay en su mente. Tal debe ser en todo el mundo aquel que es verdaderamente simple y bueno, como aquel cuyas axilas son ofensivas, que quienquiera que esté cerca, tan pronto como se le acerca, puede por así decirlo olerlo, quiera o no. Pero la afectación de simplicidad de ningún modo es loable. No hay nada más vergonzoso que la amistad pérfida. Por encima de todo, eso debe evitarse. Sin embargo, la verdadera bondad, simplicidad y amabilidad no pueden ocultarse tanto que, como ya hemos dicho, no se muestren en los mismos ojos y semblante.
15 Vivir felizmente es un poder interior del alma, cuando se muestra indiferente hacia aquellas cosas que por su naturaleza son indiferentes. Para estar así dispuesta debe considerar todos los objetos mundanos tanto divididos como completos: recordando al mismo tiempo que ningún objeto puede por sí mismo engendrar ninguna opinión en nosotros, ni puede venir a nosotros, sino que permanece fuera quieto y tranquilo; sino que nosotros mismos engendramos y por así decir imprimimos en nosotros mismos opiniones acerca de ellos. Ahora bien, está en nuestro poder no imprimirlas; y si se insinúan y acechan en algún rincón, está en nuestro poder borrarlas. Recordando además que este cuidado y circunspección tuya ha de continuar solo por un tiempo, y luego tu vida terminará. Y ¿qué debería impedirte hacer el bien con todas estas cosas? Porque si son según la naturaleza, regocíjate en ellas y que te sean placenteras y aceptables. Pero si son contra la naturaleza, busca aquello que es según tu propia naturaleza, y aunque no sea para tu crédito, usa toda la rapidez posible para alcanzarlo: porque nadie debe ser culpado por buscar su propio bien y felicidad.
16 De cada cosa debes considerar de dónde vino, de qué cosas consiste y en qué se cambiará: cuál será su naturaleza, o a qué se parecerá cuando sea cambiada; y que no puede sufrir ningún daño por este cambio. Y en cuanto a la necedad o maldad de otros hombres, para que no te turbe ni aflija; primero en general así: ¿qué relación tengo yo con estos? Y que todos hemos nacido para el bien mutuo; luego más particularmente según otra consideración: como un carnero es primero en un rebaño de ovejas, y un toro en un hato de ganado, así he nacido yo para gobernarlos. Comienza aún más arriba, incluso desde esto: si los átomos no son el principio de todas las cosas, que creer lo cual nada puede ser más absurdo, entonces debemos necesariamente conceder que hay una naturaleza que gobierna el universo. Si tal naturaleza existe, entonces todas las cosas peores están hechas para las mejores, y todas las mejores unas para otras. En segundo lugar, qué clase de hombres son, en la mesa y en sus lechos, y así sucesivamente. Pero sobre todo, cómo están forzados por las opiniones que sostienen a hacer lo que hacen; e incluso esas cosas que hacen, ¡con qué orgullo y presunción las hacen! En tercer lugar, que si hacen estas cosas correctamente, no tienes razón para afligirte. Pero si no correctamente, debe ser que las hacen contra su voluntad y por mera ignorancia. Porque según la opinión de Platón, ninguna alma yerra voluntariamente, así por consiguiente tampoco hace nada de otro modo que como debe, sino contra su voluntad. Por tanto se afligen cuando se oyen acusados, ya sea de injusticia, o falta de conciencia, o codicia, o en general, de cualquier trato injurioso hacia sus prójimos. En cuarto lugar, que tú mismo transgredes en muchas cosas y eres incluso tal como ellos son. Y aunque quizá te abstengas del acto mismo de algunos pecados, sin embargo tienes en ti mismo una disposición habitual hacia ellos, pero que por miedo, o vanagloria, o algún otro respecto necio y ambicioso, te refrenas. En quinto lugar, que si han pecado o no, no lo entiendes perfectamente. Porque muchas cosas se hacen mediante una política discreta; y en general un hombre debe conocer muchas cosas primero, antes de poder juzgar verdadera y juiciosamente la acción de otro hombre. En sexto lugar, que siempre que te aflijas gravemente o hagas gran lamento, poco recuerdas entonces que la vida de un hombre es solo por un momento de tiempo, y que dentro de poco todos estaremos en nuestras tumbas. En séptimo lugar, que no son los pecados y transgresiones mismas las que nos turban propiamente, porque tienen su existencia solo en las mentes y entendimientos de quienes los cometen, sino nuestras propias opiniones acerca de esos pecados. Elimina entonces, y conténtate con separarte de esa creencia tuya de que es algo grave, y habrás eliminado tu ira. Pero ¿cómo debería eliminarla? ¿Cómo? Razonando contigo mismo que no es vergonzoso. Porque si lo que es vergonzoso no es el único verdadero mal que existe, tú también te verás impulsado, mientras sigues el instinto común de la naturaleza para evitar lo que es malo, a cometer muchas cosas injustas y a convertirte en ladrón y en cualquier cosa que sirva para el logro de tus fines mundanos pretendidos. En octavo lugar, cuántas cosas pueden y suelen seguir a tales accesos de ira y pesar, mucho más graves en sí mismas que aquellas mismas cosas por las que estamos tan afligidos o airados. En noveno lugar, que la mansedumbre es algo invencible, si es verdadera y natural, y no afectada o hipócrita. Porque ¿cómo podrá incluso el más feroz y malicioso que puedas concebir mantenerse contra ti, si continúas manso y amoroso con él, y justo en ese momento, cuando está a punto de hacerte mal, estás bien dispuesto y de buen ánimo, con toda mansedumbre para enseñarle e instruirle mejor? Como por ejemplo: Hijo mío, no nacimos para esto, para hacernos daño y molestarnos unos a otros; será tu daño, no el mío, hijo mío: y mostrarle así forzosa y plenamente que es así en verdad: y que ni las abejas lo hacen unas a otras, ni ninguna otra criatura que sea naturalmente sociable. Pero esto debes hacerlo, no burlonamente, ni por vía de reproche, sino tiernamente sin ninguna aspereza de palabras. Ni tampoco debes hacerlo a modo de ejercicio u ostentación, para que aquellos que están presentes y te oyen te admiren: sino siempre de modo que nadie sea testigo de ello sino él solo: sí, aunque haya más presentes al mismo tiempo. Estos nueve puntos particulares, como otros tantos dones de las musas, procura recordarlos bien: y comienza un día, mientras aún estás vivo, a ser verdaderamente un hombre. Pero por otro lado debes tener cuidado tanto de adularlos como de airarte con ellos: porque ambas cosas son igualmente poco caritativas e igualmente dañinas. Y en tus pasiones, ten enseguida en consideración que airarse no es propio de un hombre, sino que ser manso y gentil, como sabe más a humanidad, así también a hombría. Que en esto hay fuerza y nervios, o vigor y fortaleza: de lo cual la ira y la indignación están completamente desprovistas. Porque cuanto más cerca está algo de la impasibilidad, más cerca está del poder. Y así como el pesar procede de la debilidad, así también la ira. Porque tanto el que se aíra como el que se aflige han recibido una herida, y cobardemente se han por así decir entregado a sus afectos. Si quieres tener un décimo también, recibe este décimo don de Hércules, el guía y líder de las musas: que es propio de un loco esperar que no haya hombres malvados en el mundo, porque es imposible. Ahora bien, que un hombre tolere bastante bien que haya hombres malvados en el mundo, pero no soportar que ninguno transgreda contra él mismo, es contra toda equidad y en verdad tiránico.
17 Hay cuatro disposiciones o inclinaciones diferentes de la mente y el entendimiento, de las cuales debes estar prevenido y debes observar cuidadosamente: y siempre que las descubras, debes rectificarlas, diciéndote a ti mismo acerca de cada una de ellas: esta imaginación no es necesaria; esta es poco caritativa; esto lo dirás como esclavo o instrumento de otro hombre, que nada puede ser más insensato y absurdo: por la cuarta, te reprenderás y recriminarás agudamente a ti mismo, porque permites que esa parte más divina en ti se vuelva sujeta y subordinada a esa parte más innoble de tu cuerpo, y a las groseras lujurias y concupiscencias del mismo.
18 Cualquier porción de aire o fuego que haya en ti, aunque por naturaleza tienda hacia arriba, sometiéndose no obstante a la ordenanza del universo, permanece aquí abajo en este cuerpo mixto. Así también cualquier cosa que hay en ti, ya sea terrenal o húmeda, aunque por naturaleza tienda hacia abajo, sin embargo es contra su naturaleza tanto elevarse hacia arriba como mantenerse consistente. Tan obedientes son incluso los elementos mismos al universo, permaneciendo pacientemente dondequiera (aunque contra su naturaleza) que sean colocados, hasta el sonido por así decirlo de su retirada y separación. ¿No es entonces cosa penosa que solo tu parte racional sea desobediente y no soporte mantenerse en su lugar, sí, aunque no se le ordene nada contrario a ella, sino solo aquello que es conforme a su naturaleza? Porque no podemos decir de ella cuando es desobediente, como decimos del fuego o el aire, que tiende hacia arriba hacia su elemento propio, pues entonces va por el camino completamente contrario. Porque el movimiento de la mente hacia cualquier injusticia, o incontinencia, o hacia el pesar, o al miedo, no es otra cosa sino una separación de la naturaleza. También cuando la mente se aflige por algo que ha sucedido por la providencia divina, entonces igualmente abandona su propio lugar. Porque fue ordenada hacia la santidad y la piedad, que consisten especialmente en una humilde sumisión a Dios y a su providencia en todas las cosas, así como hacia la justicia: siendo también estas parte de aquellos deberes a los que, como naturalmente sociables, estamos obligados; y sin los cuales no podemos conversar felizmente unos con otros: sí, y el verdadero fundamento y fuente en verdad de todas las acciones justas.
19 Aquel que no tiene uno y el mismo fin general siempre mientras viva, no puede posiblemente ser uno y el mismo hombre siempre. Pero esto no bastará a menos que añadas también cuál debe ser este fin general. Porque así como la concepción y aprehensión general de todas aquellas cosas que sin fundamento cierto son estimadas buenas por la mayor parte de los hombres no puede ser uniforme y concordante, sino solo aquella que está limitada y restringida por ciertas propiedades y condiciones, como la de comunidad: que nada se conciba como bueno que no sea común y públicamente bueno: así también el fin que nos proponemos a nosotros mismos debe ser común y sociable. Porque aquel que dirige todos sus propios movimientos y propósitos privados a ese fin, todas sus acciones serán concordantes y uniformes; y por ello será siempre el mismo hombre.
20 Recuerda la fábula del ratón de campo y el ratón de ciudad, y el gran susto y terror en que fue puesto este.
21 Sócrates solía llamar a las concepciones y opiniones comunes de los hombres los cocos comunes del mundo: el terror propio de niños tontos.
22 Los lacedemonios en sus espectáculos públicos solían disponer asientos y formas para sus extranjeros a la sombra; ellos mismos se contentaban con sentarse en cualquier parte.
23 Lo que Sócrates respondió a Perdicas, por qué no iba a verle: Para no morir la peor clase de muerte, dijo, es decir, no poder retribuir el bien que me ha sido hecho.
24 En las antiguas letras místicas de los efesios había un precepto: que un hombre debería tener siempre en su mente a alguno u otro de los antiguos dignos.
25 Los pitagóricos solían temprano por la mañana, lo primero que hacían, mirar hacia los cielos, para recordarse a sí mismos de aquellos que constante e invariablemente cumplían su tarea: como también para recordarse del orden, o buen orden, y de la pureza, y de la simplicidad desnuda. Porque ninguna estrella o planeta tiene cubierta alguna ante ella.
26 Cómo se veía Sócrates cuando se vio obligado a ceñirse con una piel, habiendo Jantipa su mujer tomado sus ropas y llevándoselas consigo, y lo que dijo a sus compañeros y amigos, que estaban avergonzados y por respeto a él se retiraban cuando lo veían así ataviado.
27 En materia de escritura o lectura debes necesariamente ser enseñado antes de poder hacer cualquiera de las dos: mucho más en materia de vida. «Porque has nacido mero esclavo de tus sentidos y afectos brutales», desprovisto sin enseñanza de todo verdadero conocimiento y recta razón.
28 «Mi corazón sonrió dentro de mí». «Acusarán incluso a la virtud misma con palabras atroces y oprobias».
29 Como aquellos que anhelan higos en invierno cuando no pueden obtenerse, así son aquellos que anhelan hijos antes de que les sean concedidos.
30 «Tan a menudo como un padre besa a su hijo, debería decirse secretamente a sí mismo» (dijo Epicteto) «mañana quizá morirá». Pero estas palabras son de mal agüero. Ninguna palabra es de mal agüero (dijo él) que signifique algo que es natural: en verdad y en efecto no más de mal agüero que esto: «cortar uvas cuando están maduras». Uvas verdes, uvas maduras, uvas secas o pasas: tantos cambios y mutaciones de una cosa, no hacia aquello que no era en absoluto, sino más bien tantos varios cambios y mutaciones, no hacia aquello que no tiene ser alguno, sino hacia aquello que aún no está en el ser.
31 «Del libre albedrío no hay ladrón ni salteador»: de Epicteto; de quien es también esto: que deberíamos encontrar un cierto arte y método de asentir; y que deberíamos siempre observar con gran cuidado y atención las inclinaciones de nuestras mentes, para que puedan estar siempre con su debida restricción y reserva, siempre caritativas y conforme al verdadero valor de cada objeto presente. Y en cuanto al anhelo vehemente, que deberíamos evitarlo por completo: y usar la aversión solo en aquellas cosas que dependen enteramente de nuestras propias voluntades. No es sobre asuntos ordinarios y triviales, créelo, que es toda nuestra lucha y contienda, sino sobre si, con el vulgo, debemos estar locos, o mediante la ayuda de la filosofía sabios y sobrios, dijo él.
32 Sócrates dijo: «¿Qué queréis tener? ¿Las almas de criaturas racionales o irracionales? De racionales. Pero ¿cuáles? ¿De aquellas cuya razón es sana y perfecta, o de aquellas cuya razón está viciada y corrompida? De aquellas cuya razón es sana y perfecta. ¿Por qué entonces no trabajáis por tales? Porque ya las tenemos. ¿Qué hacéis entonces luchando y contendiendo tanto entre vosotros?»
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