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Capítulo 8Máximas 351–400

Máximas · La Rochefoucauld · 5 min de lectura

351. Cuesta mucho romper cuando ya no se ama.

352. Casi siempre nos aburrimos con las personas con quienes no está permitido aburrirse.

353. Un hombre honesto puede estar enamorado como un loco, pero no como un necio.

354. Hay ciertos defectos que, bien empleados, brillan más que la virtud misma.

355. A veces perdemos personas a quienes echamos más de menos de lo que nos afligen; y otras de quienes nos afligen, pero a quienes apenas echamos de menos.

356. Ordinariamente solo elogiamos de buen corazón a quienes nos admiran.

357. Los espíritus pequeños se ofenden demasiado por pequeñas cosas; los grandes espíritus las ven todas y no se ofenden por ellas.

358. La humildad es la verdadera prueba de las virtudes cristianas: sin ella, conservamos todos nuestros defectos, y solo están cubiertos por el orgullo, que los oculta a los demás y a menudo a nosotros mismos.

359. Las infidelidades deberían extinguir el amor, y no habría que estar celoso cuando hay motivo para estarlo: solo las personas que evitan dar celos son dignas de que se tengan por ellas.

360. Nos desacreditamos mucho más ante nosotros por las mínimas infidelidades que se nos hacen, que por las más grandes que se hacen a otros.

361. Los celos nacen siempre con el amor, pero no siempre mueren con él.

362. La mayoría de las mujeres no lloran tanto la muerte de sus amantes por haberlos amado, como para parecer más dignas de ser amadas.

363. Las violencias que nos hacen a menudo nos causan menos pena que las que nos hacemos a nosotros mismos.

364. Se sabe bastante que no conviene hablar mucho de la esposa, pero no se sabe lo suficiente que conviene hablar aún menos de uno mismo.

365. Hay buenas cualidades que degeneran en defectos cuando son naturales, y otras que nunca son perfectas cuando son adquiridas: es preciso, por ejemplo, que la razón nos haga cuidadosos de nuestros bienes y de nuestra confianza; y es preciso, al contrario, que la naturaleza nos dé la bondad y el valor.

366. Por mucha desconfianza que tengamos de la sinceridad de quienes nos hablan, siempre creemos que nos dicen más verdad que a otros.

367. Hay pocas mujeres honradas que no estén cansadas de su oficio.

368. La mayoría de las mujeres honradas son tesoros ocultos, que solo están seguros porque no se los busca.

369. Las violencias que nos hacemos para impedirnos amar son a menudo más crueles que los rigores de quien se ama.

370. Apenas hay cobardes que conozcan siempre todo su miedo.

371. Casi siempre es culpa del que ama no conocer cuándo dejan de amarlo.

372. La mayoría de los jóvenes creen ser naturales cuando solo son mal educados y groseros.

373. Hay ciertas lágrimas que a menudo nos engañan a nosotros mismos, después de haber engañado a otros.

374. Si se cree amar a la amante por amor a ella, se está muy equivocado.

375. Los espíritus mediocres condenan ordinariamente todo lo que supera su alcance.

376. La envidia es destruida por la verdadera amistad, y la coquetería por el verdadero amor.

377. El mayor defecto de la penetración no es no llegar hasta el objetivo, sino pasarse de él.

378. Se dan consejos, pero no se inspira conducta.

379. Cuando nuestro mérito baja, nuestro gusto también baja.

380. La fortuna hace aparecer nuestras virtudes y vicios, como la luz hace aparecer los objetos.

381. La violencia que nos hacemos para permanecer fieles a quien amamos apenas vale más que una infidelidad.

382. Nuestras acciones son como versos con rimas dadas, que cada cual hace corresponder a lo que le place.

383. El deseo de hablar de nosotros y de mostrar nuestros defectos desde el lado que queremos mostrarlos constituye gran parte de nuestra sinceridad.

384. Solo debería asombrarnos poder aún asombrarnos.

385. Es casi igualmente difícil contentarse cuando se tiene mucho amor y cuando ya casi no se tiene.

386. No hay nadie que se equivoque más a menudo que quienes no pueden soportar equivocarse.

387. Un necio no tiene suficiente sustancia para ser bueno.

388. Si la vanidad no derriba por completo las virtudes, al menos las sacude todas.

389. Lo que nos hace insoportable la vanidad de los demás es que hiere la nuestra.

390. Se renuncia más fácilmente al interés que al gusto.

391. La fortuna nunca parece tan ciega como a aquellos a quienes no favorece.

392. Hay que gobernar la fortuna como la salud: disfrutarla cuando es buena, tener paciencia cuando es mala, y no aplicar nunca grandes remedios sin extrema necesidad.

393. El aire burgués se pierde a veces en el ejército, pero nunca se pierde en la corte.

394. Se puede ser más astuto que otro, pero no más astuto que todos los demás.

395. A veces se es menos desgraciado siendo engañado por quien se ama, que siendo desengañado.

396. Se conserva largo tiempo al primer amante cuando no se toma un segundo.

397. No tenemos el valor de decir, en general, que no tenemos defectos y que nuestros enemigos no tienen buenas cualidades; pero, en detalle, no estamos muy lejos de creerlo.

398. De todos nuestros defectos, aquel del que más fácilmente convenimos es la pereza: nos persuadimos de que se vincula con todas las virtudes.

399. Hay una elevación que no depende de la fortuna: es cierto aire que nos distingue y que parece destinarnos a las grandes cosas; es un valor que nos otorgamos imperceptiblemente a nosotros mismos; es por esta cualidad que usurpamos las deferencias de los demás hombres, y es ella ordinariamente la que nos coloca más por encima de ellos que el nacimiento, las dignidades y el mérito mismo.

400. Hay mérito sin elevación, pero no hay elevación sin algún mérito.

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