Capítulo 4Máximas 151–200
151. Es más difícil evitar ser gobernado que gobernar a los demás.
152. Si no nos aduláramos a nosotros mismos, la adulación de los demás no podría dañarnos.
153. La naturaleza hace el mérito, y la fortuna lo pone en obra.
154. La fortuna nos corrige de muchos defectos que la razón no sabría corregir.
155. Hay personas repugnantes con mérito, y otras que agradan con defectos.
156. Hay personas cuyo único mérito consiste en decir y hacer necedades útilmente, y que lo echarían todo a perder si cambiaran de conducta.
157. La gloria de los grandes hombres debe medirse siempre por los medios de que se han servido para adquirirla.
158. La adulación es una moneda falsa que solo tiene curso por nuestra vanidad.
159. No basta con tener grandes cualidades; hay que saber administrarlas.
160. Por brillante que sea una acción, no debe pasar por grande cuando no es el efecto de un gran propósito.
161. Debe haber cierta proporción entre las acciones y los propósitos si se quiere sacar de ellas todos los efectos que pueden producir.
162. El arte de saber poner bien en obra cualidades mediocres roba la estima y a menudo da más reputación que el verdadero mérito.
163. Hay infinidad de conductas que parecen ridículas y cuyas razones ocultas son muy sabias y muy sólidas.
164. Es más fácil parecer digno de los empleos que no se tienen que de aquellos que se ejercen.
165. Nuestro mérito nos atrae la estima de las personas honradas, y nuestra estrella la del público.
166. El mundo recompensa más a menudo las apariencias del mérito que el mérito mismo.
167. La avaricia es más opuesta a la economía que la liberalidad.
168. La esperanza, por engañosa que sea, sirve al menos para llevarnos al fin de la vida por un camino agradable.
169. Mientras la pereza y la timidez nos retienen en nuestro deber, nuestra virtud se lleva a menudo todo el honor.
170. Es difícil juzgar si un proceder claro, sincero y honrado es efecto de probidad o de habilidad.
171. Las virtudes se pierden en el interés como los ríos se pierden en el mar.
172. Si se examinan bien los diversos efectos del aburrimiento, se encontrará que hace faltar a más deberes que el interés.
173. Hay diversas clases de curiosidad: una de interés, que nos lleva a desear aprender lo que nos puede ser útil; y otra de orgullo, que viene del deseo de saber lo que los demás ignoran.
174. Vale más emplear nuestro espíritu en soportar las desgracias que nos suceden que en prever las que nos pueden suceder.
175. La constancia en amor es una inconstancia perpetua que hace que nuestro corazón se apegue sucesivamente a todas las cualidades de la persona que amamos, dando a veces preferencia a una, a veces a otra: de modo que esta constancia no es sino una inconstancia detenida y encerrada en un mismo objeto.
176. Hay dos clases de constancia en el amor: una proviene de que encontramos sin cesar en la persona que amamos nuevos motivos para amar, y la otra de que nos hacemos un honor de ser constantes.
177. La perseverancia no merece ni censura ni elogio, porque no es sino la duración de los gustos y sentimientos que no nos quitamos ni nos damos.
178. Lo que nos hace amar las nuevas amistades no es tanto el cansancio de las viejas o el placer de cambiar, como el disgusto de no ser suficientemente admirados por quienes nos conocen demasiado, y la esperanza de serlo más por quienes no nos conocen tanto.
179. Nos quejamos a veces ligeramente de nuestros amigos para justificar de antemano nuestra ligereza.
180. Nuestro arrepentimiento no es tanto pesar por el mal que hemos hecho como temor del que puede sobrevenirnos.
181. Hay una inconstancia que proviene de la ligereza del espíritu o de su debilidad, que le hace recibir todas las opiniones ajenas, y hay otra más excusable, que proviene del disgusto de las cosas.
182. Los vicios entran en la composición de las virtudes como los venenos entran en la composición de los remedios: la prudencia los reúne y los modera, y se sirve útilmente de ellos contra los males de la vida.
183. Hay que reconocer, en honor a la virtud, que las mayores desgracias de los hombres son aquellas en las que caen por sus crímenes.
184. Confesamos nuestros defectos para reparar con nuestra sinceridad el daño que nos hacen en el ánimo de los demás.
185. Hay héroes en el mal como en el bien.
186. No se desprecia a todos los que tienen vicios, pero se desprecia a todos los que no tienen ninguna virtud.
187. El nombre de la virtud sirve al interés tan útilmente como los vicios.
188. La salud del alma no está más asegurada que la del cuerpo; y aunque parezcamos alejados de las pasiones, no estamos menos en peligro de dejarnos arrastrar por ellas que de caer enfermos cuando gozamos de buena salud.
189. Parece que la naturaleza ha prescrito a cada hombre, desde su nacimiento, límites para las virtudes y para los vicios.
190. Solo a los grandes hombres corresponde tener grandes defectos.
191. Puede decirse que los vicios nos esperan en el curso de la vida como hospedajes donde debemos alojarnos sucesivamente; y dudo que la experiencia nos los hiciera evitar si nos fuera permitido hacer dos veces el mismo camino.
192. Cuando los vicios nos abandonan, nos halagamos creyendo que somos nosotros quienes los abandonamos.
193. Hay recaídas en las enfermedades del alma como en las del cuerpo; lo que tomamos por nuestra curación no es, las más de las veces, sino un alivio o un cambio de mal.
194. Los defectos del alma son como las heridas del cuerpo: por mucho cuidado que pongamos en curarlas, la cicatriz aparece siempre, y están a cada momento en peligro de reabrirse.
195. Lo que a menudo nos impide abandonarnos a un solo vicio es que tenemos varios.
196. Olvidamos fácilmente nuestras faltas cuando solo nosotros las conocemos.
197. Hay personas de quienes nunca se puede creer el mal sin haberlo visto; pero no hay ninguna en quien deba sorprendernos al verlo.
198. Elevamos la gloria de unos para rebajar la de otros, y a veces se elogiaría menos al Señor Príncipe y al Señor de Turenne si no se quisiera censurarlos a ambos.
199. El deseo de parecer hábil impide a menudo llegar a serlo.
200. La virtud no llegaría tan lejos si la vanidad no le hiciera compañía.
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