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Capítulo 1Máximas 1–50

Máximas · La Rochefoucauld · 6 min de lectura

1. Lo que tomamos por virtudes no es a menudo más que un conjunto de diversas acciones y diversos intereses que la fortuna o nuestra habilidad saben disponer, y no siempre es por valor y por castidad que los hombres son valientes y que las mujeres son castas.

2. El amor propio es el más grande de todos los aduladores.

3. Por muchos descubrimientos que se hayan hecho en el territorio del amor propio, aún quedan muchas tierras desconocidas.

4. El amor propio es más hábil que el hombre más hábil del mundo.

5. La duración de nuestras pasiones no depende más de nosotros que la duración de nuestra vida.

6. La pasión hace a menudo un loco del hombre más hábil y vuelve a menudo hábiles a los más necios.

7. Esas grandes y deslumbrantes acciones que ciegan los ojos son presentadas por los políticos como efectos de grandes designios, cuando ordinariamente son efectos del humor y de las pasiones. Así, la guerra de Augusto y Antonio, que se atribuye a la ambición que tenían de hacerse dueños del mundo, no era quizá más que un efecto de celos.

8. Las pasiones son los únicos oradores que persuaden siempre. Son como un arte de la naturaleza cuyas reglas son infalibles; y el hombre más simple que tiene pasión persuade mejor que el más elocuente que no la tiene.

9. Las pasiones tienen una injusticia y un interés propio que hace que sea peligroso seguirlas, y que debamos desconfiar de ellas, incluso cuando parecen las más razonables.

10. Hay en el corazón humano una generación perpetua de pasiones, de modo que la ruina de una es casi siempre el establecimiento de otra.

11. Las pasiones engendran a menudo otras que les son contrarias: la avaricia produce a veces la prodigalidad, y la prodigalidad la avaricia; se es a menudo firme por debilidad, y audaz por timidez.

12. Por mucho cuidado que se ponga en cubrir las pasiones con apariencias de piedad y honor, siempre se transparentan a través de esos velos.

13. Nuestro amor propio sufre más impacientemente la condena de nuestros gustos que de nuestras opiniones.

14. Los hombres no sólo están sujetos a perder el recuerdo de los beneficios y de las injurias: odian incluso a quienes los han beneficiado, y dejan de odiar a quienes les han hecho ultrajes. El aplicarse a recompensar el bien y a vengarse del mal les parece una servidumbre a la que difícilmente se someten.

15. La clemencia de los príncipes no es a menudo más que una política para ganarse el afecto de los pueblos.

16. Esta clemencia, de la que se hace una virtud, se practica a veces por vanidad, a veces por pereza, a menudo por miedo, y casi siempre por las tres cosas juntas.

17. La moderación de las personas felices proviene de la calma que la buena fortuna da a su humor.

18. La moderación es un temor de caer en la envidia y en el desprecio que merecen quienes se embriagan con su felicidad; es una vana ostentación de la fuerza de nuestro espíritu; y en fin, la moderación de los hombres en su más alta elevación es un deseo de parecer más grandes que su fortuna.

19. Todos tenemos suficiente fuerza para soportar los males ajenos.

20. La constancia de los sabios no es más que el arte de encerrar su agitación en el corazón.

21. Quienes son condenados al suplicio afectan a veces una constancia y un desprecio de la muerte que no es en realidad más que el miedo de mirarla de frente; de modo que puede decirse que esta constancia y este desprecio son a su espíritu lo que la venda es a sus ojos.

22. La filosofía triunfa fácilmente sobre los males pasados y los males futuros, pero los males presentes triunfan sobre ella.

23. Poca gente conoce la muerte: no se la sufre ordinariamente por resolución, sino por estupidez y por costumbre, y la mayoría de los hombres mueren porque no pueden evitar morir.

24. Cuando los grandes hombres se dejan abatir por la prolongación de sus infortunios, muestran que los soportaban sólo por la fuerza de su ambición, y no por la de su alma, y que salvo una gran vanidad, los héroes están hechos como los demás hombres.

25. Se necesitan mayores virtudes para sostener la buena fortuna que la mala.

26. Ni el sol ni la muerte se pueden mirar fijamente.

27. A menudo se hace gala de las pasiones incluso más criminales; pero la envidia es una pasión tímida y vergonzosa que nunca nos atrevemos a confesar.

28. Los celos son, en cierta manera, justos y razonables, puesto que sólo tienden a conservar un bien que nos pertenece o que creemos que nos pertenece, mientras que la envidia es un furor que no puede soportar el bien de los demás.

29. El mal que hacemos no nos atrae tanta persecución y odio como nuestras buenas cualidades.

30. Tenemos más fuerza que voluntad, y es a menudo para excusarnos a nosotros mismos que nos imaginamos que las cosas son imposibles.

31. Si no tuviéramos defectos, no nos complacería tanto notar los de los demás.

32. Los celos se alimentan de las dudas, y se vuelven furor, o terminan, tan pronto como se pasa de la duda a la certeza.

33. El orgullo siempre se resarce y no pierde nada, incluso cuando renuncia a la vanidad.

34. Si no tuviéramos orgullo, no nos quejaríamos del de los demás.

35. El orgullo es igual en todos los hombres, y sólo hay diferencia en los medios y la manera de manifestarlo.

36. Parece que la naturaleza, que tan sabiamente dispuso los órganos de nuestro cuerpo para hacernos felices, nos ha dado también el orgullo para ahorrarnos el dolor de conocer nuestras imperfecciones.

37. El orgullo tiene más parte que la bondad en las amonestaciones que hacemos a quienes cometen faltas, y no los reprendemos tanto para corregirlos, como para persuadirles de que nosotros estamos exentos de ellas.

38. Prometemos según nuestras esperanzas, y cumplimos según nuestros temores.

39. El interés habla toda clase de lenguas y juega toda clase de papeles, incluso el de desinteresado.

40. El interés, que ciega a unos, ilumina a otros.

41. Quienes se aplican demasiado a las cosas pequeñas se vuelven ordinariamente incapaces de las grandes.

42. No tenemos suficiente fuerza para seguir toda nuestra razón.

43. El hombre cree a menudo conducirse cuando es conducido, y mientras su espíritu tiende a un objetivo, su corazón lo arrastra insensiblemente a otro.

44. La fuerza y la debilidad del espíritu están mal nombradas; no son, en efecto, más que la buena o la mala disposición de los órganos del cuerpo.

45. El capricho de nuestro humor es aún más extraño que el de la fortuna.

46. El apego o la indiferencia que los filósofos tenían por la vida no era más que un gusto de su amor propio, del que no se debe discutir más que del gusto de la lengua o de la elección de los colores.

47. Nuestro humor pone el precio a todo lo que nos viene de la fortuna.

48. La felicidad está en el gusto, y no en las cosas; y es por tener lo que se ama que se es feliz, y no por tener lo que los demás encuentran amable.

49. Nunca somos tan felices ni tan desgraciados como nos imaginamos.

50. Quienes creen tener mérito se hacen un honor de ser desgraciados, para persuadir a los demás y a ellos mismos de que son dignos de ser blanco de la fortuna.

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