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Auto VIII: el amanecer

La Celestina · Fernando de Rojas · 13 min de lectura

El octavo auto ARGUMENTO DEL OCTAVO AUTO La mañana viene. Despierta Pármeno. Despedido de Areúsa, va para casa de Calisto su señor. Encuentra a la puerta a Sempronio. Conciertan su amistad. Van juntos a la cámara de Calisto. Lo encuentran hablando consigo mismo. Levantado, va a la iglesia.

SEMPRONIO, PÁRMENO, AREÚSA, CALISTO.

PÁRMENO.— ¿Amanece o qué es esto, que tanta claridad hay en esta cámara?

AREÚSA.— ¿Qué amanecer? Duerme, señor, que aún ahora nos acostamos. No he pegado bien los ojos, ¿ya había de ser de día? Abre, por Dios, esa ventana de tu cabecera y lo verás.

PÁRMENO.— En mi sano juicio estoy yo, señora, que es de día claro, al ver entrar luz entre las puertas. ¡Oh, traidor de mí! ¡En qué gran falta he caído con mi amo! De mucha pena soy digno. ¡Qué tarde es!

AREÚSA.— ¿Tarde?

PÁRMENO.— Y muy tarde.

AREÚSA.— Pues así goce de mi alma, no se me ha quitado el mal de madre. No sé cómo puede ser.

PÁRMENO.— ¿Pues qué quieres, vida mía?

AREÚSA.— Que hablemos de mi mal.

PÁRMENO.— Señora mía, si lo hablado no basta, lo que más es necesario me perdona, porque es ya mediodía. Si voy más tarde, no seré bien recibido por mi amo. Yo vendré mañana y cuantas veces después me mandes. Que para eso hizo Dios un día tras otro, porque lo que el uno no bastase se cumpliese en otro. Y aun para que más nos veamos, recibe de mí esta gracia, que te vayas hoy a las doce del día a comer con nosotros a la casa de Celestina.

AREÚSA.— Me place, de buen grado. Ve con Dios, cierra tras de ti la puerta.

PÁRMENO.— Adiós te quedas.

PÁRMENO.— ¡Oh, placer singular! ¡Oh, singular alegría! ¿Qué hombre es ni ha sido más bienaventurado que yo? ¿Cuál más dichoso y afortunado? ¡Que un tan excelente don sea por mí poseído, y cuán presto pedido tan presto alcanzado! Por cierto, si las traiciones de esta vieja con mi corazón yo pudiese sufrir, de rodillas había de andar a complacerla. ¿Con qué pagaré yo esto? ¡Oh, Dios altísimo! ¿A quién contaría yo este gozo? ¿A quién descubriría tan gran secreto? ¿A quién daré parte de mi gloria? Bien me decía la vieja que de ninguna prosperidad es buena la posesión sin compañía. El placer no comunicado no es placer. ¿Quién sentiría esta mi dicha como yo la siento? A Sempronio veo a la puerta de casa. Mucho ha madrugado. Trabajo tengo con mi amo, si ha salido fuera. No será, que no es acostumbrado; pero, como ahora no anda en su seso, no me maravillo que haya pervertido su costumbre.

SEMPRONIO.— Pármeno, hermano, si yo supiese aquella tierra donde se gana el sueldo durmiendo, mucho haría por ir allá, que no daría ventaja a ninguno: tanto ganaría como otro cualquiera. ¿Y cómo, holgazán, descuidado, fuiste para no volver? No sé qué creer de tu tardanza, sino que te quedaste a calentarle a la vieja esta noche o a rascarle los pies, como cuando eras chiquito.

PÁRMENO.— ¡Oh, Sempronio, amigo y más que hermano! Por Dios, no corrompas mi placer, no mezcles tu ira con mi sufrimiento, no revuelvas tu descontento con mi descanso, no agües con tan turbia agua el claro licor del pensamiento que traigo, no enturbies con tus envidiosos castigos y odiosas reprehensiones mi placer. Recíbeme con alegría y te contaré maravillas de mi buena andanza pasada.

SEMPRONIO.— Dilo, dilo. ¿Es algo de Melibea? ¿La has visto?

PÁRMENO.— ¿Qué de Melibea? Es de otra que yo más quiero, y aun tal que, si no estoy engañado, puede competir con ella en gracia y hermosura. Sí, que no se encerró el mundo y todas sus gracias en ella.

SEMPRONIO.— ¿Qué es esto, desatinado? Reírme quería, sino que no puedo. ¿Ya todos amamos? El mundo se va a perder. Calisto a Melibea, yo a Elicia, tú de envidia has buscado con quién perder ese poco de seso que tienes.

PÁRMENO.— ¿Luego locura es amar, y yo soy loco y sin seso? Pues si la locura fuese dolores, en cada casa habría voces.

SEMPRONIO.— Según tu opinión, sí lo es. Que yo te he oído dar consejos vanos a Calisto y contradecir a Celestina en cuanto habla, y por impedir mi provecho y el suyo, te huelgas de no gozar tu parte. Pues a las manos me has venido donde te podré dañar, y lo haré.

PÁRMENO.— No es, Sempronio, verdadera fuerza ni poderío dañar y perjudicar, mas aprovechar y amparar, y muy mayor quererlo hacer. Yo siempre te tuve por hermano. No se cumpla, por Dios, en ti lo que se dice, que pequeña causa aparta conformes amigos. Muy mal me tratas. No sé de dónde nace este rencor. No me indignes, Sempronio, con tan lastimeras razones. Mira que es muy rara la paciencia que agudo baldón no penetre y traspase.

SEMPRONIO.— No digo mal en esto; sino que se eche otra sardina para el mozo de caballos, pues tú tienes amiga.

PÁRMENO.— Estás enojado. Quiero sufrirte, aunque más mal me trates, pues dicen que ninguna humana pasión es perpetua ni duradera.

SEMPRONIO.— Más maltratas tú a Calisto, aconsejándole lo que para ti huyes, diciéndole que se aparte de amar a Melibea, hecho tablilla de mesón que para sí no tiene abrigo y da a todos. ¡Oh, Pármeno! Ahora podrás ver cuán fácil cosa es reprender vida ajena y cuán duro guardar cada cual la suya. No digas más, pues tú eres testigo. Y de aquí en adelante veremos cómo te portas, pues ya tienes tu escudilla como cada cual. Si tú mi amigo fueras, en la necesidad que de ti tuve me habías de favorecer y ayudar a Celestina en mi provecho, y no hincar un clavo de malicia a cada palabra. Sabe que, como la hez de la taberna despide a los borrachos, así la adversidad o necesidad al fingido amigo: luego se descubre el falso metal, dorado por encima.

PÁRMENO.— Oído lo había decir y por experiencia lo veo: nunca venir placer sin contraria zozobra en esta triste vida. A los alegres, serenos y claros soles, nublados oscuros y lluvias vemos suceder; a los solaces y placeres, dolores y muertes los ocupan; a las risas y deleites, llantos y lloros y pasiones mortales los siguen; finalmente, a mucho descanso y sosiego, mucho pesar y tristeza. ¿Quién pudiera venir tan alegre como yo ahora? ¿Quién padecer tan triste recibimiento? ¿Quién verse, como yo me vi, con tanta gloria alcanzada con mi querida Areúsa? ¿Quién caer de ella, siendo tan maltratado tan presto como yo por ti? Que no me has dado lugar a poderte decir cuánto soy tuyo, cuánto te he de favorecer en todo, cuánto estoy arrepentido de lo pasado, cuántos consejos y castigos buenos he recibido de Celestina en tu favor y provecho y de todos. Cómo, pues, este juego de nuestro amo y Melibea está entre las manos, podemos ahora medrar o nunca.

SEMPRONIO.— Bien me agradan tus palabras, si tales tuvieses las obras, a las cuales espero para haberte de creer. Pero, por Dios, dime qué es eso que dijiste de Areúsa. ¡Parece que conoces tú a Areúsa, la prima de Elicia!

PÁRMENO.— ¿Pues qué es todo el placer que traigo sino haberla alcanzado?

SEMPRONIO.— ¡Cómo lo dice el bobo! ¡De risa no puedo hablar! ¿A qué llamas haberla alcanzado? ¿Estaba a alguna ventana o qué es eso?

PÁRMENO.— A ponerla en duda de si queda preñada o no.

SEMPRONIO.— Espantado me tienes. Mucho puede el continuo trabajo: una continua gotera horada una piedra.

PÁRMENO.— Verás qué tan continuo, que ayer lo pensé: ya la tengo por mía.

SEMPRONIO.— ¡La vieja anda por ahí!

PÁRMENO.— ¿En qué lo ves?

SEMPRONIO.— Que ella me había dicho que te quería mucho y que te la haría tener. Dichoso fuiste: no hiciste sino llegar y alcanzar. Por esto dicen: más vale a quien Dios ayuda que quien mucho madruga. Pero tal padrino tuviste.

PÁRMENO.— Di madrina, que es más cierto. Así que, quien a buen árbol se arrima... Tarde fui, pero temprano alcancé. ¡Oh, hermano!, ¿qué te contaría de sus gracias de aquella mujer, de su habla y hermosura de cuerpo? Pero quede para más oportunidad.

SEMPRONIO.— ¿Puede ser sino prima de Elicia? No me dirás tanto que la otra no tenga más. Todo te creo. Pero ¿qué te cuesta? ¿Le has dado algo?

PÁRMENO.— No, cierto. Mas, aunque hubiera, era bien empleado: de todo bien es capaz. En tanto son las tales tenidas cuanto caras son compradas; tanto valen cuanto cuestan. Nunca mucho costó poco, sino a mí esta señora. A comer la convidé para casa de Celestina, y si te place, vamos todos allá.

SEMPRONIO.— ¿Quiénes, hermano?

PÁRMENO.— Tú y ella, y allá está la vieja y Elicia. Tendremos placer.

SEMPRONIO.— ¡Oh, Dios, y cómo me has alegrado! Franco eres, nunca te faltaré. Como te tengo por hombre, como creo que Dios te ha de hacer bien, todo el enojo que de tus pasadas palabras tenía se me ha tornado en amor. No dudo ya que tu confederación con nosotros sea la que debe. Abrazarte quiero. Seamos como hermanos, ¡vaya el diablo para ruin! Sea lo pasado cuestión de San Juan, y así paz para todo el año. Que las iras de los amigos siempre suelen ser reintegración del amor. Comamos y holguemos, que nuestro amo ayunará por todos.

PÁRMENO.— ¿Y qué hace el desesperado?

SEMPRONIO.— Allí está tendido en el estrado junto a la cama, donde lo dejaste anoche. Que ni ha dormido ni está despierto. Si allá entro, ronca; si me salgo, canta o desvaría. No le tomo el tiento de si con aquello pena o descansa.

PÁRMENO.— ¿Qué dices? ¿Y nunca me ha llamado ni ha tenido memoria de mí?

SEMPRONIO.— No se acuerda de sí, ¿se acordará de ti?

PÁRMENO.— Aun hasta en esto me ha corrido buen tiempo. Pues así es, mientras recuerda, quiero enviar la comida para que la aderecen.

SEMPRONIO.— ¿Qué has pensado enviar para que aquellas loquillas te tengan por hombre cumplido, bien criado y franco?

PÁRMENO.— En casa llena presto se adereza cena. De lo que hay en la despensa basta para no caer en falta. Pan blanco, vino de Monviedro, un pernil de tocino. Y más seis pares de pollos que trajeron el otro día los renteros de nuestro amo. Que si los pidiere, le haré creer que los ha comido. Y las tórtolas que mandó guardar para hoy, diré que hedían. Tú serás testigo. Tendremos manera de que a él no le haga mal lo que de ellas comiere, y nuestra mesa esté como es razón. Y allá hablaremos largamente en su daño y nuestro provecho con la vieja acerca de estos amores.

SEMPRONIO.— ¡Más dolores! Que por fe tengo que de muerto o loco no escapa esta vez. Pues que así es, despacha, subamos a ver qué hace.

CALISTO

PÁRMENO.— Escucha, escucha, Sempronio. Trovando está nuestro amo.

SEMPRONIO.— ¡Oh, hideputa el trovador! El gran Antípater Sidonio, el gran poeta Ovidio, a los cuales de improviso se les venían las razones metrificadas a la boca. ¡Sí, sí, de esos es! ¡Trovará el diablo! Está desvariando entre sueños.

CALISTO

PÁRMENO.— ¿No digo yo que trova?

CALISTO.— ¿Quién habla en la sala? ¡Mozos!

PÁRMENO.— Señor.

CALISTO.— ¿Es muy noche? ¿Es hora de acostar?

PÁRMENO.— ¡Más ya es, señor, tarde para levantar!

CALISTO.— ¿Qué dices, loco? ¿Toda la noche ha pasado?

PÁRMENO.— Y aun harta parte del día.

CALISTO.— Di, Sempronio, ¿miente este desatinado que me hace creer que es de día?

SEMPRONIO.— Olvida, señor, un poco a Melibea y verás la claridad. Que con la mucha que en su rostro contemplas no puedes ver de encandilado, como perdiz con la calderuela.

CALISTO.— Ahora lo creo, que tañen a misa. Dame mis ropas, iré a la Magdalena. Rogaré a Dios que aderece a Celestina y ponga en corazón a Melibea mi remedio, o dé fin en breve a mis tristes días.

SEMPRONIO.— No te fatigues tanto, no lo quieras todo en una hora. Que no es de discretos desear con grande eficacia lo que se puede tristemente acabar. Si tú pides que se concluya en un día lo que en un año sería harto, no es mucha tu vida.

CALISTO.— ¿Quieres decir que soy como el mozo del escudero gallego?

SEMPRONIO.— No mande Dios que tal cosa yo diga, que eres mi señor. Y además de esto, sé que, así como me galardonas el buen consejo, me castigarías lo mal hablado. Verdad es que nunca es igual la alabanza del servicio o buena habla que la reprehensión y pena de lo mal hecho o hablado.

CALISTO.— No sé quién te enseñó tanta filosofía, Sempronio.

SEMPRONIO.— Señor, no es todo blanco aquello que de negro no tiene semejanza, ni es todo oro cuanto amarillo reluce. Tus acelerados deseos, no medidos por razón, hacen parecer claros mis consejos. Quisieras tú ayer que te trajeran a la primera habla amañada y envuelta en su cordón a Melibea, como si hubieras enviado por otra cualquiera mercadería a la plaza, en que no hubiera más trabajo que llegar y pagarla. Da, señor, alivio al corazón, que en poco espacio de tiempo no cabe gran bienaventuranza. Un solo golpe no derriba un roble. Apercíbete con sufrimiento, porque la prudencia es cosa loable y el apercibimiento resiste el fuerte combate.

CALISTO.— Has hablado bien, si la naturaleza de mi enfermedad lo permitiera.

SEMPRONIO.— ¿Para qué sirve el juicio, señor, si la voluntad vence a la razón?

CALISTO.— ¡Ah, loco, loco! Dice el sano al enfermo: «Dios te dé salud». No quiero consejos ni escucharte más razones, que no hacen sino avivar y encender las llamas que me consumen. Voy solo a misa y no volveré a casa hasta que me llaméis, pidiéndome la recompensa de mi alegría con la buena nueva de Celestina. Ni comeré hasta entonces; aunque antes sean los caballos de Febo apacentados en aquellos verdes prados que suelen, cuando han terminado su jornada.

SEMPRONIO.— Deja, señor, esos rodeos, deja esas poesías, que no es apropiado el lenguaje que no es común a todos, el que todos no comparten, el que pocos entienden. Di: «aunque se ponga el sol», y todos sabrán lo que dices. Y come alguna conserva con la que sostenerte durante tanto tiempo.

CALISTO.— Sempronio, mi fiel criado, mi buen consejero, mi leal servidor, sea como a ti te parezca. Porque tengo la certeza, viendo tu limpieza de servicio, de que quieres mi vida tanto como la tuya.

SEMPRONIO.— ¿Lo crees, Pármeno? Bien sé que no lo jurarías. Acuérdate, si vas por conserva, de coger un tarro para aquella gentecilla, que nos importa más y a buen entendedor... En la bragueta cabrá.

CALISTO.— ¿Qué dices, Sempronio?

SEMPRONIO.— Dije, señor, a Pármeno que fuera por una tajada de dulce de cidra.

PÁRMENO.— Aquí está, señor.

CALISTO.— Dámela.

SEMPRONIO.— Verás cómo se la traga el diablo. Entera se la quería tragar para hacerlo más deprisa.

CALISTO.— Me ha vuelto el alma. Quedaos con Dios, hijos. Esperad a la vieja e id a por buenas nuevas.

PÁRMENO.— ¡Allá te vayas con el diablo, tú y mal año!, ¡y ojalá te hiciera el dulce de cidra lo que a Apuleyo el veneno, que lo convirtió en asno!

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