Auto XIII: la ejecución de los criados
ARGUMENTO DEL DECIMOTERCER AUTO: Despertando Calisto de dormir está hablando consigo mismo. Un poco después está llamando a Tristán y a otros sus criados. Vuelve a dormir Calisto. Se pone Tristán a la puerta. Viene Sosia llorando. Preguntado por Tristán, Sosia le cuenta la muerte de Sempronio y Pármeno. Van a dar las noticias a Calisto, el cual sabiendo la verdad hace gran lamentación.
CALISTO, TRISTÁN, SOSIA.
CALISTO.— ¡Oh cómo he dormido tan a mi gusto, después de aquel dulce rato, después de aquella conversación angelical! Gran reposo he tenido. El sosiego y descanso ¿proceden de mi alegría o causó el trabajo corporal mi mucho dormir o la gloria y placer del ánimo? Y no me maravillo de que lo uno y lo otro se juntasen a cerrar los candados de mis ojos, pues trabajé con el cuerpo y persona y gocé con el espíritu y sentido la pasada noche. Muy cierto es que la tristeza acarrea pensamiento y el mucho pensar impide el sueño, como a mí estos días me ha sucedido con la desconfianza que tenía de la mayor gloria que ya poseo. ¡Oh señora y amor mío, Melibea! ¿Qué piensas ahora? ¿Si duermes o estás despierta? ¿Si piensas en mí o en otro? ¿Si estás levantada o acostada? ¡Oh dichoso y bienaventurado Calisto, si es verdad que no ha sido sueño lo pasado! ¿Lo soñé o no? ¿Fue imaginado o pasó de verdad? Pues no estuve solo; mis criados me acompañaron. Dos eran. Si ellos dicen que pasó de verdad, lo creeré conforme a derecho. Quiero mandarlos llamar para confirmar más mi gozo. ¡Tristanico!, ¡mozos!, ¡Tristanico! Levántate de ahí.
TRISTÁN.— Señor, levantado estoy.
CALISTO.— Corre, llámame a Sempronio y a Pármeno.
TRISTÁN.— Ya voy, señor.
CALISTO.— Duerme y descansa, penado, desde ahora: pues te ama tu señora de grado. Vence el placer al cuidado y no lo vea, pues te ha hecho su privado Melibea.
TRISTÁN.— Señor, no hay ningún mozo en casa.
CALISTO.— Pues abre esas ventanas, verás qué hora es.
TRISTÁN.— Señor, bien de día.
CALISTO.— Pues vuélvelas a cerrar y déjame dormir hasta que sea hora de comer.
TRISTÁN.— Quiero bajar a la puerta, para que duerma mi amo sin que nadie lo interrumpa y a cuantos lo busquen se lo negaré. ¡Oh qué gritería suena en el mercado! ¿Qué es esto? Alguna justicia se hace o madrugaron a correr toros. No sé qué decir de tan grandes voces como se dan. De allá viene Sosia, el mozo de espuelas. Él me dirá qué es esto. Desgreñado viene el bellaco. En alguna taberna se debe haber revolcado. Y si mi amo le sigue el rastro, mandará darle dos mil palos. Que, aunque es algo loco, la pena lo hará cuerdo. Parece que viene llorando. ¿Qué es esto, Sosia? ¿Por qué lloras? ¿De dónde vienes?
SOSIA.— ¡Oh desgraciado yo y qué pérdida tan grande! ¡Oh deshonra de la casa de mi amo! ¡Oh qué mal día amaneció este! ¡Oh desdichados mozos!
TRISTÁN.— ¿Qué es? ¿Qué tienes? ¿Por qué te matas? ¿Qué mal es este?
SOSIA.— Sempronio y Pármeno...
TRISTÁN.— ¿Qué dices, Sempronio y Pármeno? ¿Qué es esto, loco? Acláralo más, que me turbas.
SOSIA.— Nuestros compañeros, nuestros hermanos...
TRISTÁN.— O tú estás borracho o has perdido el juicio o traes alguna mala noticia. ¿No me dirás qué es esto que dices de estos mozos?
SOSIA.— Que quedan degollados en la plaza.
TRISTÁN.— ¡Oh mala fortuna la nuestra, si es verdad! ¿Los viste cierto o te hablaron?
SOSIA.— Ya sin sentido iban; pero el uno con mucha dificultad, como notó que con llanto lo miraba, clavó los ojos en mí, alzando las manos al cielo, casi dando gracias a Dios y como preguntándome qué sentía de su muerte. Y en señal de triste despedida bajó su cabeza con lágrimas en los ojos, dando bien a entender que no me había de ver más hasta el día del gran juicio.
TRISTÁN.— No entendiste bien; que sería preguntarte si estaba presente Calisto. Y pues tan claras señales traes de este cruel dolor, vamos pronto con las tristes noticias a nuestro amo.
SOSIA.— ¡Señor!, ¡señor!
CALISTO.— ¿Qué es eso, locos? ¿No os mandé que no me despertaseis?
SOSIA.— Despierta y levanta, que si tú no vuelves por los tuyos, de caída vamos. Sempronio y Pármeno quedan decapitados en la plaza, como públicos malhechores, con pregones que manifestaban su delito.
CALISTO.— ¡Oh válgame Dios! ¿Y qué es esto que me dices? No sé si creer tan repentina y triste noticia. ¿Los viste tú?
SOSIA.— Yo los vi.
CALISTO.— Mira, mira qué dices, que esta noche han estado conmigo.
SOSIA.— Pues madrugaron a morir.
CALISTO.— ¡Oh mis leales criados! ¡Oh mis grandes servidores! ¡Oh mis fieles secretarios y consejeros! ¿Puede ser tal cosa verdad? ¡Oh mermado Calisto! Deshonrado quedas para toda tu vida. ¿Qué será de ti, muertos tal par de criados? Dime, por Dios, Sosia, ¿qué fue la causa? ¿Qué decía el pregón? ¿Dónde los tomaron? ¿Qué justicia lo hizo?
SOSIA.— Señor, la causa de su muerte publicaba el cruel verdugo a voces, diciendo: Manda la justicia que mueran los violentos asesinos.
CALISTO.— ¿A quién mataron tan pronto? ¿Qué puede ser esto? No hace cuatro horas que de mí se despidieron. ¿Cómo se llamaba el muerto?
SOSIA.— Señor, una mujer que se llamaba Celestina.
CALISTO.— ¿Qué me dices?
SOSIA.— Esto que oyes.
CALISTO.— Pues si eso es verdad, mátame tú a mí, yo te perdono: que más mal hay que el que viste ni puedes pensar, si Celestina, la de la cuchillada, es la muerta.
SOSIA.— Ella misma es. De más de treinta estocadas la vi herida, tendida en su casa, llorándola una criada suya.
CALISTO.— ¡Oh tristes mozos! ¿Cómo iban? ¿Te vieron? ¿Te hablaron?
SOSIA.— ¡Oh señor!, que, si los vieras, se te quebraría el corazón de dolor. El uno llevaba todos los sesos de la cabeza fuera, sin ningún sentido; el otro quebrados ambos brazos y la cara magullada. Todos llenos de sangre. Que saltaron de unas ventanas muy altas para huir del alguacil. Y así casi muertos les cortaron las cabezas, que creo que ya no sintieron nada.
CALISTO.— Pues yo bien siento mi honra. Pluguiera a Dios que fuera yo ellos y perdiera la vida y no la honra, y no la esperanza de conseguir mi comenzado propósito, que es lo que más en este desastroso caso siento. ¡Oh mi triste nombre y fama, cómo andas de boca en boca! ¡Oh mis secretos más secretos, cuán públicos andaréis por las plazas y mercados! ¿Qué será de mí? ¿Adónde iré? ¿Que salga allá?: a los muertos no puedo ya remediar. ¿Que me quede aquí?: parecerá cobardía. ¿Qué decisión tomaré? Dime, Sosia, ¿qué era la causa por la que la mataron?
SOSIA.— Señor, aquella criada suya, dando voces, llorando su muerte, la publicaba a cuantos querían oírla, diciendo que porque no quiso repartir con ellos una cadena de oro que tú le diste.
CALISTO.— ¡Oh día de congoja! ¡Oh fuerte tribulación! ¡Y en qué anda mi hacienda de mano en mano y mi nombre de lengua en lengua! Todo será público cuanto con ella y con ellos hablaba, cuanto de mí sabían, el negocio en que andaban. No osaré salir ante la gente. ¡Oh pecadores mozos, padecer por tan súbito desastre! ¡Oh mi gozo, cómo te vas disminuyendo! Proverbio es antiguo que de muy alto grandes caídas se dan. Mucho había anoche alcanzado; mucho tengo hoy perdido. Rara es la bonanza en el piélago. Yo estaba con título de alegre, si mi ventura quisiera tener quietos los ondulantes vientos de mi perdición. ¡Oh fortuna, cuánto y por cuántas partes me has combatido! Pues, por más que asedies mi morada y seas contraria a mi persona, las adversidades con ánimo igual se han de sufrir y en ellas se prueba el corazón recio o flaco. No hay mejor piedra de toque para conocer qué quilates de virtud o esfuerzo tiene el hombre. Pues por más mal y daño que me venga, no dejaré de cumplir el mandado de aquella por quien todo esto se ha causado. Que más me va en conseguir la ganancia de la gloria que espero, que en la pérdida de que mueran los que murieron. Ellos eran sobrados y esforzados: ahora o en otro tiempo de pagar habían. La vieja era mala y falsa, según parece que hacía trato con ellos y así que riñeron sobre la capa del justo. Permiso fue divino que así acabase en pago de muchos adulterios que por su intercesión o causa son cometidos. Quiero hacer preparar a Sosia y a Tristanico. Irán conmigo este tan esperado camino. Llevarán escalas, que son muy altas las paredes. Mañana haré como que vengo de fuera, si pudiere vengar estas muertes; si no, pagaré mi inocencia con mi fingida ausencia o me fingiré loco, para mejor gozar de este sabroso deleite de mis amores, como hizo aquel gran capitán Ulises para evitar la batalla troyana y holgar con Penélope su mujer.
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