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Auto II: la joya y el encargo

La Celestina · Fernando de Rojas · 9 min de lectura

ARGUMENTO DEL SEGUNDO AUTO

Partida Celestina de Calisto para su casa, queda Calisto hablando con Sempronio, criado suyo, al cual, como quien en alguna esperanza puesto está, todo aguijar le parece tardanza. Envía de sí a Sempronio a solicitar a Celestina para el concebido negocio. Quedan entretanto Calisto y Pármeno juntos razonando.

CALISTO, PÁRMENO, SEMPRONIO.

CALISTO.— Hermanos míos, cien monedas di a la madre. ¿Hice bien?

SEMPRONIO.— ¡Ay, si hiciste bien! Además de remediar tu vida, ganaste muy gran honra. ¿Y para qué es la fortuna favorable y próspera sino para servir a la honra, que es el mayor de los bienes mundanos? Pues esto es premio y galardón de la virtud. Y por eso la damos a Dios, porque no tenemos cosa mayor que darle. La mayor parte de la cual consiste en la liberalidad y franqueza. A esta, los duros tesoros incomunicables la oscurecen y pierden, y la magnificencia y liberalidad la ganan y subliman. ¿Qué aprovecha tener lo que se niega a aprovechar? Sin duda te digo que mejor es el uso de las riquezas que la posesión de ellas. ¡Ay, qué glorioso es dar! ¡Ay, qué miserable es recibir! Cuanto mejor es el acto que la posesión, tanto más noble es el que da que el que recibe. Entre los elementos, el fuego, por ser más activo, es más noble, y en las esferas puesto en más noble lugar. Y dicen algunos que la nobleza es una alabanza que proviene de los merecimientos y antigüedad de los padres; yo digo que la luz ajena nunca te hará claro si la propia no tienes. Y por tanto no te estimes en la claridad de tu padre, que tan magnífico fue, sino en la tuya. Y así se gana la honra, que es el mayor bien de los que están fuera del hombre. De lo cual no el malo, sino el bueno, como tú, es digno que tenga perfecta virtud. Y aún te digo que la virtud perfecta no exige que sea hecha con digno honor. Por ello goza de haber sido así magnífico y liberal. Y según mi consejo, vuélvete a la cámara y reposa, pues tu negocio en tales manos está depositado. De donde ten por cierto, pues el comienzo llevó bueno, el fin será muy mejor. Y vamos luego, porque sobre este negocio quiero hablar contigo más largamente.

CALISTO.— Sempronio, no me parece buen consejo quedarme yo acompañado y que vaya sola aquella que busca el remedio de mi mal. Mejor será que vayas con ella y la apremies, pues sabes que de su diligencia pende mi salud, de su tardanza mi pena, de su olvido mi desesperanza. Sabido eres, fiel te siento, por buen criado te tengo. Haz de manera que con solo verte ella a ti juzgue la pena que a mí me queda y el fuego que me atormenta. Cuyo ardor me causó no poder mostrarle la tercera parte de esta mi secreta enfermedad, según tiene mi lengua y sentido ocupados y consumidos. Tú, como hombre libre de tal pasión, le hablarás a rienda suelta.

SEMPRONIO.— Señor, querría ir para cumplir tu mandado; querría quedar para aliviar tu cuidado. Tu temor me apremia; tu soledad me detiene. Quiero tomar consejo con la obediencia, que es ir y dar prisa a la vieja. ¿Pero cómo iré? Pues en viéndote solo dices desvaríos de hombre sin seso, suspirando, gimiendo, maldiciendo, holgándote con lo oscuro, deseando soledad, buscando nuevos modos de pensativo tormento. Donde, si perseveras, ni de muerto ni de loco podrás escapar, si siempre no te acompaña quien te procure placeres, diga donaires, toque canciones alegres, cante romances, cuente historias, pinte divisas, finja cuentos, juegue a naipes, haga trampas, en fin, que sepa buscar todo género de dulce pasatiempo para no dejar pasar tu pensamiento a aquellos crueles desprecios que recibiste de aquella señora en el primer momento de tus amores.

CALISTO.— ¿Cómo, simple? ¿No sabes que alivia la pena llorar la causa? ¿Cuán dulce es a los tristes quejarse de su pasión? ¿Cuánto descanso traen consigo los quebrantados suspiros? ¿Cuánto alivian y disminuyen los llorosos gemidos el dolor? Cuantos escribieron consuelos no dicen otra cosa.

SEMPRONIO.— Lee más adelante, vuelve la hoja: hallarás que dicen que confiar en lo temporal y buscar materia de tristeza es igual género de locura. Y aquel Macías, ídolo de los amantes, del olvido porque le olvidaba se quejaba. En el contemplar está la pena de amor; en el olvidar, el descanso. Huye de dar coces contra el aguijón. Finge alegría y consuelo, y lo será. Pues muchas veces la opinión trae las cosas donde quiere, no para que cambie la verdad, sino para moderar nuestro sentido y regir nuestro juicio.

CALISTO.— Sempronio amigo, pues tanto sientes mi soledad, llama a Pármeno y quedará conmigo, y de aquí adelante sé, como sueles, leal, pues en el servicio del criado está el galardón del señor.

PÁRMENO.— Aquí estoy, señor.

CALISTO.— Yo no, pues no te veía. No te apartes de ella, Sempronio, ni me olvides a mí, y ve con Dios.

CALISTO.— Tú, Pármeno, ¿qué te parece de lo que hoy ha pasado? Mi pena es grande, Melibea alta, Celestina sabia y buena maestra de estos negocios. No podemos errar. Tú me la has aprobado con toda tu enemistad. Yo te creo. Pues tanta es la fuerza de la verdad que las lenguas de los enemigos trae a sí. Así que, pues ella es tal, más quiero dar a esta cien monedas que a otra cinco.

PÁRMENO.— ¿Ya lloras? ¡Duelos tenemos! ¡En ella se habrán de gastar estas franquezas!

CALISTO.— Pues pido tu parecer, séme agradable, Pármeno. No bajes la cabeza al responder. Pero como la envidia es triste, la tristeza sin lengua puede más contigo su voluntad que mi temor. ¿Qué dijiste, enojoso?

PÁRMENO.— Digo, señor, que irían mejor empleadas tus franquezas en presentes y servicios a Melibea que no dar dineros a aquella que yo me conozco y, lo que peor es, hacerte su cautivo.

CALISTO.— ¿Cómo, loco, su cautivo?

PÁRMENO.— Porque a quien dices el secreto das tu libertad.

CALISTO.— Algo dice el necio; pero quiero que sepas que cuando hay mucha distancia del que ruega al rogado, o por gravedad de obediencia, o por señorío de estado, o esquivez de género, como entre esta mi señora y yo, es necesario intercesor o medianero que suba de mano en mano mi mensaje hasta los oídos de aquella a quien yo por segunda vez hablar tengo por imposible. Y pues que así es, dime si lo hecho apruebas.

PÁRMENO.— ¡Apruébelo el diablo!

CALISTO.— ¿Qué dices?

PÁRMENO.— Digo, señor, que nunca un error viene solo y que un inconveniente es causa y puerta de muchos.

CALISTO.— El dicho lo apruebo; el propósito no lo entiendo.

PÁRMENO.— Señor, porque perder el otro día el halcón fue causa de tu entrada en la huerta de Melibea a buscarlo, la entrada fue causa de verla y hablarle, la conversación engendró el amor, el amor parió tu pena, la pena causará que pierdas tu cuerpo, tu alma y tu hacienda. Y lo que más me duele es que vengas a manos de esa trotaconventos, después de tres veces emplumada.

CALISTO.— ¡Así, Pármeno, di más de eso, que me agrada! Pues mejor me parece cuanto más la desacreditas. Que se cumpla conmigo y que la emplumen por cuarta vez. Estás loco, hablas sin pena: no te duele donde a mí, Pármeno.

PÁRMENO.— Señor, prefiero que airado me reprendas porque te doy disgusto, a que arrepentido me condenes porque no te di consejo, pues perdiste el nombre de libre cuando cautivaste tu voluntad.

CALISTO.— ¡Palos querrá este bellaco! Di, malcriado, ¿por qué hablas mal de lo que yo adoro? Y tú ¿qué sabes de honra? Dime ¿qué es amor? ¿En qué consiste la buena crianza, que te me vendes por discreto? ¿No sabes que el primer escalón de la locura es creerse sabio? Si tú sintieras mi dolor, con otra agua rociarías esa ardiente llaga que la cruel flecha de Cupido me ha causado. Cuanto remedio trae Sempronio con sus pies, tanto apartas tú con tu lengua, con tus vanas palabras. Fingiéndote fiel, eres un montón de lisonja, barril de malicias, la misma posada y albergue de la envidia. Que por difamar a la vieja, con razón o sin ella, pones desconfianza en mis amores. Pues sabe que esta mi pena y tumultuoso dolor no se rige por razón, no quiere avisos, carece de consejo y, si alguno se le diera, tal que no aparte ni desprenda lo que sin arrancar las entrañas no podrá despegarse. Sempronio temió su ida y tu quedada. Yo lo quise todo y así padezco su ausencia y tu presencia. Más valdría estar solo que mal acompañado.

PÁRMENO.— Señor, débil es la fidelidad que el temor al castigo convierte en lisonja, mayormente con señor a quien el dolor o la pasión priva y tiene ajeno de su natural juicio. Se quitará el velo de la ceguera, pasarán estos fuegos momentáneos: conocerás que mis ásperas palabras son mejores para matar este fuerte cáncer que las blandas de Sempronio, que lo alimentan, atizán tu fuego, avivan tu amor, encienden tu llama, añaden astillas que tenga que gastar hasta ponerte en la sepultura.

CALISTO.— ¡Calla, calla, perdido! Estoy yo penando y tú filosofando. No te espero más. Saquen un caballo. Límpielo mucho. Aprieten bien la cincha. ¡Por si pasare por casa de mi señora y mi Dios!

PÁRMENO.— ¡Mozos! ¿No hay mozo en casa? Yo me lo tendré que hacer, que a peor vendremos esta vez que ser mozos de espuelas. ¡Anda!, ¡pasa! Mal me quieren mis comadres, etc. ¿Relinchas, don caballo? ¿No basta con un celoso en casa?... ¿O barruntas a Melibea?

CALISTO.— ¿Viene ese caballo? ¿Qué haces, Pármeno?

PÁRMENO.— Señor, aquí está, que no está Sosia en casa.

CALISTO.— Pues ten ese estribo, abre más esa puerta. Y si viniera Sempronio con aquella señora, di que esperen, que pronto será mi vuelta.

PÁRMENO.— ¡Más, nunca sea! ¡Allá irás con el diablo! A estos locos diles lo que les conviene; no te podrán ver. Por mi alma, que si ahora le dieran una lanzada en el talón, que saldrían más sesos que de la cabeza! Pues anda, que a mi cargo ¡que Celestina y Sempronio te desplumarán! ¡Oh desdichado de mí! Por ser leal padezco mal. Otros se ganan por malos; yo me pierdo por bueno. ¡El mundo es tal! Quiero irme al hilo de la gente, pues a los traidores llaman discretos, a los fieles necios. Si creyera a Celestina con sus seis docenas de años a cuestas, no me maltrataría Calisto. Mas esto me servirá de escarmiento de aquí en adelante con él. Que si dijere comamos, yo también; si quisiera derribar la casa, lo aprobaré; si quemar su hacienda, iré por fuego. ¡Destruya, rompa, quiebre, dañe, dé a alcahuetas lo suyo, que mi parte me cabrá, pues dicen: a río revuelto ganancia de pescadores. ¡Nunca más perro a molino!

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