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Auto XIX: el huerto y la caída de Calisto

La Celestina · Fernando de Rojas · 12 min de lectura

ARGUMENTO DEL DECIMONOVENO AUTO: Calisto va con Sosia y Tristán al huerto de Pleberio a visitar a Melibea, que lo estaba esperando en compañía de Lucrecia. Sosia cuenta lo que le sucedió con Areúsa. Estando Calisto dentro del huerto con Melibea, llegan Traso y otros por mandado de Centurio a cumplir lo que había prometido a Areúsa y a Elicia; sale a su encuentro Sosia, y Calisto, oyendo desde el huerto donde estaba con Melibea el ruido que traían, quiso salir fuera. Esa salida fue causa de que sus días perecieran, porque los tales reciben este don por galardón, y por esto han de saber desamar los amadores.

SOSIA, TRISTÁN, CALISTO, MELIBEA, LUCRECIA.

SOSIA.— Muy despacio, para que no nos sientan. Desde aquí hasta el huerto de Pleberio te contaré, hermano Tristán, lo que me ha pasado hoy con Areúsa, que estoy el hombre más alegre del mundo. Has de saber que ella, por las buenas noticias que había oído de mí, estaba presa de mi amor y me mandó recado con Elicia, rogándome que la visitara. Y dejando aparte otras razones de buen consejo que cruzamos, mostró en ese momento ser tan mía como en algún tiempo fue de Pármeno. Me rogó que la visitara siempre, que ella pensaba gozar de mi amor durante un tiempo. Pero te juro por el peligroso camino en que vamos, hermano, y así goce de mí, que estuve dos o tres veces a punto de arremeter contra ella, salvo que me impedía la vergüenza de verla tan hermosa y arreglada y verme a mí con una capa vieja roída. Despedía al moverse un olor a almizcle; yo apestaba al estiércol que llevaba dentro de los zapatos. Tenía unas manos como la nieve, que cuando las sacaba de vez en cuando de un guante, parecía que se derramaba azahar por la casa. Así por esto como porque tenía ella un poco que hacer, quedó mi atrevimiento para otro día. Y también porque a la primera vista no todas las cosas se tratan bien, y cuanto más se frecuentan mejor se entienden en su trato.

TRISTÁN.— Sosia, amigo, otro juicio más maduro y experimentado que el mío sería necesario para darte consejo en este asunto; pero lo que con mi tierna edad y mediano entendimiento alcanzo de momento te diré. Esa mujer es ramera señalada, según tú me dijiste: cuanto contigo pasó has de creer que no carece de engaño. Sus ofrecimientos fueron falsos y no sé yo con qué fin. Porque si te ama por gentilhombre, ¿cuántos más tendrá ella desechados? Si por rico, bien sabe que no tienes más que el polvo que se te pega de la almohaza. Si por hombre de linaje, ya sabrá que te llaman Sosia y que a tu padre llamaron Sosia, nacido y criado en una aldea, rompiendo terrones con un arado, para lo cual eres tú más dispuesto que para enamorado. Mira, Sosia, y acuérdate bien si te quería sacar algún dato del secreto de este camino que ahora hacemos, para con ello revolver a Calisto y a Pleberio, por envidia del placer de Melibea. Ten presente que la envidia es una enfermedad incurable donde se asienta, huésped que atormenta la posada: en lugar de galardón, siempre goza del mal ajeno. Pues si esto es así, ¡oh, cómo te quiere engañar aquella malvada hembra con su alto nombre, del cual todas se adornan! Con su vicio ponzoñoso quería condenar tu alma para cumplir su apetito, revolver tales casas para contentar su dañada voluntad. ¡Oh, mujer alcahueta, y con qué buenas palabras te daba gato por liebre! Quería vender su cuerpo a cambio de contienda. Óyeme, y si así lo crees, prepárale trato doble, como yo te diré: que quien engaña al engañador... ya me entiendes. Y si sabe mucho la zorra, más sabe quien la caza. Dale la vuelta a sus malos pensamientos, descubre sus ruindades cuando más segura la tengas, y cantarás después en tu establo: una cosa piensa el caballo y otra el que lo ensilla.

SOSIA.— ¡Oh, Tristán, discreto muchacho! Mucho más me has dicho de lo que tu edad requiere. Astuta sospecha has levantado y creo que verdadera. Pero como ya llegamos al huerto y nuestro amo se nos acerca, dejemos esta conversación, que es muy larga, para otro día.

CALISTO.— Poned, mozos, la escala y callad, que me parece que está hablando mi señora dentro. Subiré encima de la pared y en ella estaré escuchando, a ver si oigo alguna buena señal de mi amor en ausencia.

MELIBEA.— Canta más, por mi vida, Lucrecia, que me alegro oyéndote mientras viene aquel señor, y muy suave entre estas verduras, que no nos oigan los que pasen.

LUCRECIA.— «¡Oh, quién fuese la hortelana de estas hermosas flores, por prender cada mañana al partir a tus amores! Vístanse nuevos colores los lirios y la azucena; derramen frescos olores cuando entre por estrena».

MELIBEA.— ¡Oh, qué dulce me es oírte! De gozo me deshago. No ceses, por mi amor.

LUCRECIA.— «Alegre es la fuente clara a quien con gran sed la vea; mas muy más dulce es la cara de Calisto a Melibea. Pues aunque más noche sea, con su vista gozará. ¡Oh, cuando saltar le vea, qué de abrazos le dará! Saltos de gozo infinitos da el lobo viendo ganado; con las tetas los cabritos, Melibea con su amado. Nunca fue más deseado amado de su amiga, ni huerto más visitado, ni noche más sin fatiga».

MELIBEA.— Cuanto dices, amiga Lucrecia, se me representa delante, todo me parece que lo veo con mis ojos. Prosigue, que a muy buen son lo dices, y te ayudaré yo.

LUCRECIA, MELIBEA.— «Dulces árboles umbrosos, humillaos cuando veáis aquellos ojos graciosos del que tanto deseáis. Estrellas que relumbráis, norte y lucero del día, ¿por qué no le despertáis, si duerme mi alegría?».

MELIBEA.— Óyeme tú, por mi vida, que yo quiero cantar sola. «Papagayos, ruiseñores, que cantáis al alba, llevad nueva a mis amores cómo espero aquí sentada. La medianoche es pasada y no viene; sabedme si hay otra amada que lo detiene».

CALISTO.— Me ha vencido la dulzura de tu suave canto; no puedo soportar más tu penosa espera. ¡Oh, mi señora y mi bien todo! ¿Qué mujer podría haber nacida que superase tu gran merecimiento? ¡Oh, melodía asaltante! ¡Oh, momento gozoso! ¡Oh, corazón mío! ¿Y cómo no pudiste aguantar más tiempo sin interrumpir tu gozo y cumplir el deseo de ambos?

MELIBEA.— ¡Oh, sabrosa traición! ¡Oh, dulce sobresalto! ¿Es mi señor de mi alma? ¿Es él? No lo puedo creer. ¿Dónde estabas, sol resplandeciente? ¿Dónde me tenías tu claridad escondida? ¿Hacía rato que escuchabas? ¿Por qué me dejabas echar palabras sin sentido al aire con mi ronca voz de cisne? Todo se alegra en este huerto con tu venida. Mira la luna qué clara se nos muestra, mira las nubes cómo huyen. Oye el agua corriente de esta fuentecilla, ¡cuánto más suave murmullo lleva su cauce por entre las frescas hierbas! Escucha los altos cipreses, ¡cómo se dan paz unos ramos con otros por intercesión de un vientecillo templado que los mueve! Mira sus quietas sombras, ¡qué oscuras están y preparadas para encubrir nuestro deleite! Lucrecia, ¿qué sientes, amiga? ¿Te has vuelto loca de placer? Déjalo, no me lo despedaces, no le fatigues sus miembros con tus pesados abrazos. Déjame gozar lo que es mío, no me ocupes mi placer.

CALISTO.— Pues, señora y gloria mía, si mi vida quieres, no cese tu suave canto. No sea de peor condición mi presencia, con que te alegras, que mi ausencia, que te fatiga.

MELIBEA.— ¿Qué quieres que cante, amor mío? ¿Cómo cantaré, si tu deseo era el que regía mi son y hacía sonar mi canto? Pues conseguida tu venida, desapareció el deseo, se destempló el tono de mi voz. Y pues tú, señor, eres el modelo de cortesía y buena crianza, ¿cómo mandas a mi lengua hablar y no a tus manos que estén quietas? ¿Por qué no olvidas estas mañas? Mándales estar sosegadas y dejar su enojoso uso y conversación insoportable. Mira, ángel mío, que así como me es agradable tu vista sosegada, me es enojoso tu riguroso trato; tus honestas bromas me dan placer, tus deshonestas manos me fatigan cuando pasan de la razón. Deja estar mis ropas en su lugar y, si quieres ver si el vestido de encima es de seda o de paño, ¿para qué me tocas la camisa? Pues cierto es de lino. Holguemos y juguemos de otros mil modos que yo te mostraré; no me destroces ni maltrates como sueles. ¿Qué provecho te trae dañar mis vestiduras?

CALISTO.— Señora, el que quiere comer el ave, quita primero las plumas.

LUCRECIA.— (Aparte.) Mala peste me mate si más los escucho. ¿Vida es esta? ¡Que me esté yo deshaciendo de dentera y ella esquivándose para que la rueguen! Ya, ya apaciguado es el ruido: no necesitaron quien los separara. Pero también me lo haría yo si estos necios de sus criados me hablaran de día; pero esperan que los tengo de ir a buscar.

MELIBEA.— Señor mío, ¿quieres que mande a Lucrecia traer alguna colación?

CALISTO.— No hay otra colación para mí sino tener tu cuerpo y belleza en mi poder. Comida y bebida dondequiera se da por dinero, en cualquier tiempo se puede conseguir y cualquiera lo puede alcanzar; pero lo que no se vende, lo que en toda la tierra no hay igual que en este huerto, ¿cómo mandas que se me pase un solo momento sin que lo goce?

LUCRECIA.— (Aparte.) Ya me duele a mí la cabeza de escuchar, y no a ellos de hablar, ni los brazos de retozar, ni las bocas de besar. ¡Anda!, ya callan: a tres me parece que va la cosa.

CALISTO.— Jamás querría, señora, que amaneciera, según la gloria y descanso que mi sentido recibe de la noble conversación de tus delicados miembros.

MELIBEA.— Señor, yo soy la que gozo, yo la que gano; tú, señor, el que me haces con tu visita incomparable merced.

SOSIA.— ¿Así, bellacos, rufianes, veníais a amedrentar a los que no os temen? Pues yo juro que si esperarais, yo os haría marchar como merecíais.

CALISTO.— Señora, Sosia es el que da voces. Déjame ir a socorrerle, no le maten, que no está sino un paje con él. Dame presto mi capa, que está debajo de ti.

MELIBEA.— ¡Oh, triste de mi ventura! No vayas allá sin tus corazas; vuelve a armarte.

CALISTO.— Señora, lo que no hacen espada y capa y corazón, no lo hacen corazas y capacete y cobardía.

SOSIA.— ¿Aún volvéis? Esperadme. Quizá venís por lana.

CALISTO.— Déjame, por Dios, señora, que puesta está la escala.

MELIBEA.— ¡Oh, desdichada de mí!, ¡y cómo vas tan recio y con tanta prisa y desarmado a meterte entre quien no conoces! Lucrecia, ven presto acá, que se ha ido Calisto a un ruido. Echémosle sus corazas por la pared, que se quedan acá.

TRISTÁN.— Detente, señor, no bajes, que se han ido; que no era sino Traso el cojo y otros bellacos que pasaban voceando. Que ya vuelve Sosia. Detente, detente, señor, con las manos a la escala.

CALISTO.— ¡Oh! ¡Válgame Santa María! ¡Muerto soy! ¡Confesión!

TRISTÁN.— Acércate presto, Sosia, que el triste de nuestro amo ha caído de la escala y no habla ni se mueve.

SOSIA.— ¡Señor, señor! ¡A esa otra puerta! ¡Tan muerto está como mi abuelo! ¡Oh, gran desventura!

LUCRECIA.— ¡Escucha, escucha! ¡Gran mal es este!

MELIBEA.— ¿Qué es esto? ¿Qué oigo? ¡Amarga de mí!

TRISTÁN.— ¡Oh, mi señor y mi bien muerto! ¡Oh, mi señor despeñado! ¡Oh, triste muerte sin confesión! Recoge, Sosia, esos sesos de esas piedras, júntalos con la cabeza del desdichado amo nuestro. ¡Oh, día de aciago! ¡Oh, arrebatado fin!

MELIBEA.— ¡Oh, desconsolada de mí! ¿Qué es esto? ¿Qué puede ser tan áspero acontecimiento como oigo? Ayúdame a subir, Lucrecia, por estas paredes, veré mi dolor; si no, hundiré con alaridos la casa de mi padre. ¡Mi bien y placer todo se ha ido en humo! ¡Mi alegría se ha perdido! ¡Se ha consumido mi gloria!

LUCRECIA.— Tristán, ¿qué dices, amor mío? ¿Qué es eso que lloras tan sin medida?

TRISTÁN.— ¡Lloro mi gran mal, lloro mis muchos dolores! Cayó mi señor Calisto de la escala y está muerto. Su cabeza está en tres partes. Sin confesión pereció. Díselo a la triste y nueva amiga, que no espere más a su penado amador. Toma tú, Sosia, de esos pies. Llevemos el cuerpo de nuestro querido amo donde no padezca su honra detrimento, aunque haya muerto en este lugar. Vaya con nosotros llanto, acompáñenos soledad, síganos desconsuelo, visítenos tristeza, cúbranos luto y dolorosa jerga.

MELIBEA.— ¡Oh, la más triste de las tristes! ¡Tan tarde alcanzado el placer, tan presto venido el dolor!

LUCRECIA.— Señora, no rasguñes tu cara ni meses tus cabellos. ¡Ahora en placer, ahora en tristeza! ¿Qué planeta hubo que tan presto contrario su efecto? ¡Qué poco corazón es este! Levanta, por Dios, no seas hallada de tu padre en tan sospechoso lugar, que serás descubierta. Señora, señora, ¿no me oyes? No te desmayes, por Dios. Ten esfuerzo para sufrir la pena, pues tuviste osadía para el placer.

MELIBEA.— ¿Oyes lo que aquellos mozos van hablando? ¿Oyes sus tristes cantares? ¡Rezando llevan con responso mi bien todo! ¡Muerta llevan mi alegría! ¡No es tiempo de yo vivir! ¿Cómo no gocé más del gozo? ¿Cómo tuve en tan poco la gloria que entre mis manos tuve? ¡Oh, ingratos mortales! ¡Jamás conocéis vuestros bienes sino cuando de ellos carecéis!

LUCRECIA.— Avívate, aviva, que mayor mengua será hallarte en el huerto que placer sentiste con la venida ni pena con ver que está muerto. Entremos en la cámara, acuéstate. Llamaré a tu padre y fingiremos otro mal, pues este no es para poderse encubrir.

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