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Auto XVII: Areúsa y Centurio

La Celestina · Fernando de Rojas · 10 min de lectura

ARGUMENTO DEL DECIMOSÉPTIMO AUTO: Elicia, careciendo de la castidad de Penélope, determina despedir el pesar y luto que por causa de los muertos trae, alabando el consejo de Areúsa en este propósito; la cual va a casa de Areúsa, adonde viene Sosia, al cual Areúsa con palabras fingidas le saca todo el secreto que hay entre Calisto y Melibea.

ELICIA, AREÚSA, SOSIA.

ELICIA.— Mal me va con este luto. Poco se visita mi casa, poco se pasea mi calle. Ya no veo las músicas del alba, ya no las canciones de mis amigos, ya no las cuchilladas ni ruidos de noche por mi causa y, lo que peor siento, que ni blanca ni presente veo entrar por mi puerta. De todo esto tengo yo la culpa, que si tomara el consejo de aquella que bien me quiere, de aquella verdadera hermana, cuando el otro día le llevé las nuevas de este triste negocio que esta mengua mía ha traído, no me viera ahora entre dos paredes sola, que de asco ya no hay quien me vea. El diablo me da el tener dolor por quien no sé si, yo muerta, lo tendría. Seguro que me dijo ella lo cierto: nunca, hermana, traigas ni muestres más pena por el mal ni muerte de otro que él haría por ti. Sempronio holgaría si yo muriera; pues ¿por qué, loca, me peno yo por él degollado? ¿Y qué sé si me matara a mí, como era acelerado y loco, como hizo a aquella vieja que tenía yo por madre? Quiero en todo seguir el consejo de Areúsa, que sabe más del mundo que yo, y verla muchas veces y traer materia de cómo vivir. ¡Oh, qué compañía tan suave, qué conversación tan gozosa y dulce! No en balde se dice que vale más un día del hombre discreto que toda la vida del necio y simple. Quiero pues dejar el luto, abandonar la tristeza, despedir las lágrimas que tan dispuestas han estado a salir. Pero como sea el primer oficio que al nacer hacemos, llorar, no me maravilla que sea más fácil de empezar y más duro de dejar. Mas para esto está el buen juicio, viendo la pérdida ante los ojos, viendo que los atavíos hacen a la mujer hermosa aunque no lo sea, tornan de vieja moza y a la moza más. No es otra cosa el colorete y el albayalde sino liga pegajosa en que se prenden los hombres. Ande pues mi espejo y alcohol, que tengo dañados estos ojos; anden mis tocas blancas, mis gorgueras labradas, mis ropas de placer. Quiero preparar lejía para estos cabellos, que perdían ya el color rubio, y, esto hecho, contaré mis gallinas, haré mi cama, porque la limpieza alegra el corazón, barreré mi puerta y regaré la calle, para que los que pasen vean que ya está desterrado el dolor. Mas primero quiero ir a visitar a mi prima, para preguntarle si ha ido allá Sosia y lo que con él ha pasado, que no lo he visto desde que le dije cómo le quería hablar Areúsa. Quiera Dios que la halle sola, que jamás está desacompañada de galanes, como buena taberna de borrachos.

ELICIA.— Cerrada está la puerta. No debe haber ningún hombre. Quiero llamar. Ta, ta.

AREÚSA.— ¿Quién es?

ELICIA.— Abre, amiga; soy Elicia.

AREÚSA.— Entra, hermana mía. Véate Dios, que tanto placer me haces al venir como vienes, mudado el hábito de tristeza. Ahora nos gozaremos juntas, ahora te visitaré, nos veremos en mi casa y en la tuya. Quizá fue para bien de las dos la muerte de Celestina, que yo ya siento la mejoría más que antes. Por esto se dice que los muertos abren los ojos de los que viven, a unos con haciendas, a otros con libertad, como a ti.

ELICIA.— A tu puerta llaman. Poco espacio nos dan para hablar, que te quería preguntar si había venido acá Sosia.

AREÚSA.— No ha venido; después hablaremos. ¡Qué porrazos que dan! Quiero ir a abrir, que o es loco o está borracho. ¿Quién llama?

SOSIA.— Ábreme, señora. Soy Sosia, criado de Calisto.

AREÚSA.— Por los santos de Dios, hablando del rey de Roma. Escóndete, hermana, tras ese paramento y verás cómo lo dejo lleno de viento de lisonjas, que piense, cuando se vaya de aquí, que es él y no otro. Y le sacaré lo suyo y lo ajeno del buche con halagos, como él saca el polvo con la almohaza a los caballos.

AREÚSA.— ¿Es mi Sosia, mi secreto amigo? ¿El que yo quiero bien sin que él lo sepa? ¿El que deseo conocer por su buena fama? ¿El fiel a su amo? ¿El buen amigo de sus compañeros? Quiero abrazarte, amor, que ahora que te veo, creo que hay más virtudes en ti que las que todos me decían. Anda acá, entremos a sentarnos, que me gozo en mirarte, que me recuerdas la figura del desdichado de Pármeno. Con esto hacía tan claro día que tenías tú que venir a verme. Dime, señor, ¿me conocías antes de ahora?

SOSIA.— Señora, la fama de tu gentileza, de tus gracias y saber vuela tan alto por esta ciudad, que no debes tener por mucho ser más conocida que conociente, porque nadie habla en alabanza de hermosas que primero no se acuerde de ti, que de cuantas hay.

ELICIA.— (Aparte, escondida.) ¡Oh, hijo de puta el pelón, y cómo se desenvuelve! ¡Quién le ve ir al agua con sus caballos en pelo y sus piernas de fuera, en sayo, y ahora al verse medrado con calzas y capa, le salen alas y lengua!

AREÚSA.— Ya me correría con tu razón si alguien estuviera delante, al oírte tanta burla como de mí haces; pero, como todos los hombres traigáis preparadas esas razones, esas engañosas alabanzas tan comunes para todas, hechas de molde, no me quiero espantar de ti. Pero te hago cierto, Sosia, que no las necesitas; sin que me alabes te amo, y sin que me ganes de nuevo me tienes ganada. Para lo que te mandé rogar que me vieras son dos cosas, las cuales, si más lisonja o engaño conozco en ti, te dejaré de decir, aunque sean de tu provecho.

SOSIA.— Señora mía, no quiera Dios que yo te haga cautela. Muy seguro venía de la gran merced que me piensas hacer y haces. No me sentía digno para descalzarte. Guía tú mi lengua, responde por mí a tus razones, que todo lo tendré por firme y cierto.

AREÚSA.— Amor mío, ya sabes cuánto quise a Pármeno, y como dicen: quien bien quiere a Beltrán a todas sus cosas ama. Todos sus amigos me agradaban, el buen servicio de su amo, como a él mismo, me placía. Donde veía su daño de Calisto, lo apartaba. Pues como esto sea así, acordé decirte lo uno, que conozcas el amor que te tengo y cuánto contigo y con tu visita siempre me alegrarás, y que en esto no perderás nada, si yo pudiera, antes te vendrá provecho. Lo otro y segundo, que pues yo pongo mis ojos en ti, y mi amor y querer, avisarte que te guardes de peligros y más de descubrir tu secreto a nadie, pues ves cuánto daño vino a Pármeno y a Sempronio de lo que supo Celestina, porque no querría verte morir malogrado como a tu compañero. Bastante me basta haber llorado al uno. Porque has de saber que vino a mí una persona y me dijo que le habías tú descubierto los amores de Calisto y Melibea, y cómo la había alcanzado, y cómo ibas cada noche a acompañarle, y otras muchas cosas que no sabría relatar. Mira, amigo, que no guardar secreto es propio de las mujeres. No de todas, sino de las bajas y de los niños. Mira que te puede venir gran daño. Que para esto te dio Dios dos oídos y dos ojos y no más de una lengua, para que sea doble lo que vieres y oyeres que lo que hables. Mira, no confíes que tu amigo te ha de guardar secreto de lo que le dijeres, pues tú no te lo sabes guardar a ti mismo. Cuando hayas de ir con tu amo Calisto a casa de aquella señora, no hagas bullicio, no te sienta la tierra, que otros me dijeron que ibas cada noche dando voces como loco de placer.

SOSIA.— ¡Ay, cómo son imprudentes y desatinadas las personas que te traen tales noticias, señora! Quien te dijo que lo había oído de mi boca no dice verdad. Los otros, de verme ir con la luna de noche a dar agua a mis caballos, divirtiéndome y pasando el rato, cantando canciones para olvidar el trabajo y alejar el disgusto, y esto antes de las diez, sospechan mal y de la sospecha hacen certeza, afirman lo que barruntan. Sí, porque Calisto no estaba loco como para ir a negocio de tanta afrenta a tal hora, sin esperar que repose la gente, que descansen todos en la dulzura del primer sueño. Ni tampoco había de ir cada noche, que ese oficio no admite visita cotidiana. Y si más claro quieres, señora, ver su falsedad, como dicen que pescan antes al mentiroso que al cojo, en un mes no hemos ido ocho veces y dicen los falsos revoltosos que cada noche.

AREÚSA.— Pues por mi vida, amor mío, para que yo los acuse y los atrape en el lazo del falso testimonio, déjame en la memoria los días que habéis concertado salir y, si yerran, estaré segura de tu secreto y cierta de su mentira. Porque si su mensaje no es verdadero, tu persona estará segura de peligro y yo sin sobresalto de tu vida. Pues tengo esperanza de gozarme contigo largo tiempo.

SOSIA.— Señora, no alargüemos los testigos. Para esta noche, al dar el reloj las doce, está hecho el concierto de su visita por el huerto. Mañana preguntarás lo que han sabido, de lo cual, si alguno te da señas, que me trasquilen a mí en cruz.

AREÚSA.— ¿Y por qué parte, alma mía, para que mejor los pueda contradecir si andan errados vacilando?

SOSIA.— Por la calle del vicario gordo, a las espaldas de su casa.

ELICIA.— (Aparte. Escondida.) ¡Ya te tengo, haraposo! ¡No hace falta más! ¡Maldito sea el que se confía en manos de tal acemilero! ¡Cómo se desgañita el badajo!

AREÚSA.— Hermano Sosia, con esto hablado basta para que tome a mi cargo saber tu inocencia y la maldad de tus adversarios. Vete con Dios, que estoy ocupada en otro negocio y me he detenido mucho contigo.

ELICIA.— (Aparte.) ¡Ay, sabia mujer! ¡Ay, despedida apropiada, tal como la merece el asno que ha vaciado su secreto tan a la ligera!

SOSIA.— Graciosa y suave señora, perdóname si te he enojado con mi tardanza. Mientras gustes de mi servicio, jamás hallarás quien tan de buena gana aventure en él su vida. Y queden los ángeles contigo.

AREÚSA.— Dios te guíe. ¡Allá irás, acemilero! ¡Muy ufano vas, por tu vida! Pues toma para tu ojo, bellaco, y perdona que te la doy de espaldas. ¿A quién le hablo? Hermana, sal acá. ¿Qué te parece, cómo lo envío? Así sé yo tratar a los tales, así salen de mis manos los asnos apaleados como este, y los locos corridos, y los discretos espantados, y los devotos alterados, y los castos encendidos. Pues, prima, aprende, que otra arte es esta que la de Celestina, aunque ella me tenía por boba porque yo quería serlo. Y pues ya tenemos de este asunto sabido cuanto deseábamos, debemos ir a casa de aquel otro cara de ahorcado que el jueves eché delante de ti insultado de mi casa, y haz tú como que nos quieres hacer amigas y que rogaste que fuese a verlo.

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