Clasicalia
InicioLa CelestinaAuto IV: Celestina entra en casa de Melibea
5 / 22

Auto IV: Celestina entra en casa de Melibea

La Celestina · Fernando de Rojas · 29 min de lectura

ARGUMENTO DEL CUARTO AUTO: Celestina, andando por el camino, habla consigo misma hasta llegar a la puerta de Pleberio, donde halló a Lucrecia, criada de Pleberio. Se pone con ella en razones. Oídas por Alisa, madre de Melibea, y sabido que es Celestina, la hace entrar en casa. Viene un mensajero a llamar a Alisa. Se va. Queda Celestina en casa con Melibea y le descubre la causa de su venida.

LUCRECIA, CELESTINA, ALISA, MELIBEA.

CELESTINA.— Ahora que voy sola, quiero mirar bien lo que Sempronio ha temido de este mi camino. Porque aquellas cosas que bien no son pensadas, aunque algunas veces tengan buen fin, comúnmente crían efectos desacertados. Así que la mucha reflexión nunca carece de buen fruto. Que, aunque yo he disimulado con él, podría ser que, si me sintieran en estos pasos de parte de Melibea, no pagase con pena menor que la vida, o muy mermada quedase, cuando matarme no quisieran, manteándome o azotándome cruelmente. Pues amargas serían estas cien monedas. ¡Ay, desdichada de mí! ¡En qué lazo me he metido! Que por mostrarme solícita y esforzada pongo mi persona al tablero. ¿Qué haré, desdichada, mezquina de mí, que ni salir afuera es provechoso ni la perseverancia carece de peligro? ¿Pues iré o me volveré? ¡Oh, dudosa y dura perplejidad! ¡No sé cuál escoger por más sano! ¡En el osar, manifiesto peligro; en la cobardía, deshonra y pérdida! ¿Adónde irá el buey que no are? Cada camino descubre sus dañosos y hondos barrancos. Si con el hurto soy tomada, nunca falta muerte o azotes, en el mejor caso. Si no voy, ¿qué dirá Sempronio? Que todas estas eran mis fuerzas, saber y esfuerzo, ardid y ofrecimiento, astucia y solicitud. Y su amo Calisto, ¿qué dirá?, ¿qué hará?, ¿qué pensará, sino que hay nuevo engaño en mis pasos y que yo he descubierto la celada para sacar más provecho de esta otra parte, como sofística prevaricadora? O si no se le ocurre pensamiento tan odioso, dará voces como loco. Me dirá en mi cara denuestos rabiosos. Propondrá mil inconvenientes que mi pronta deliberación le puso, diciendo: «Tú, puta vieja, ¿por qué acrecentaste mis pasiones con tus promesas? Alcahueta falsa, para todo el mundo tienes pies, para mí lengua; para todos obra, para mí palabras; para todos remedio, para mí pena; para todos esfuerzo, para mí te faltó; para todos luz, para mí tinieblas. Pues, vieja traidora, ¿por qué te me ofreciste? Que tu ofrecimiento me puso esperanza; la esperanza dilató mi muerte, sostuvo mi vivir, me puso título de hombre alegre. Pues no habiendo efecto, ni tú carecerás de pena ni yo de triste desesperación». ¡Pues triste yo! Mal acá, mal acullá: pena en ambas partes! Cuando a los extremos falta el medio, arrimarse el hombre al más sano es discreción. Más quiero ofender a Pleberio que enojar a Calisto. Ir quiero. Que mayor es la vergüenza de quedar por cobarde que la pena cumpliendo como osada lo que prometí, pues jamás al esfuerzo desayudó la fortuna. Ya veo su puerta. En mayores afrentas me he visto. ¡Esfuerza, esfuerza, Celestina! ¡No desmayes! Que nunca faltan rogadores para mitigar las penas. Todos los agüeros se disponen favorables o yo no sé nada de este arte. Cuatro hombres he encontrado, a los tres llaman Juanes y los dos son cornudos. La primera palabra que oí por la calle fue de asunto de amores. Nunca he tropezado como otras veces. Las piedras parece que se apartan y me hacen lugar para que pase. Ni me estorban las faldas ni siento cansancio al andar. Todos me saludan. Ni perro me ha ladrado ni ave negra he visto, tordo ni cuervo ni otras nocturnas. Y lo mejor de todo es que veo a Lucrecia en la puerta de Melibea. Prima es de Elicia: no me será contraria.

LUCRECIA.— ¿Quién es esta vieja que viene contoneándose?

CELESTINA.— Paz sea en esta casa.

LUCRECIA.— Celestina, madre, seas bienvenida. ¿Qué Dios te trajo por estos barrios no acostumbrados?

CELESTINA.— Hija, mi amor, deseo de todos vosotros, traerte recados de Elicia y aun ver a tus señoras, vieja y moza. Que desde que me mudé al otro barrio, no han sido de mí visitadas.

LUCRECIA.— ¿A eso solo saliste de tu casa? Me maravillo de ti, que no es esa tu costumbre ni sueles dar paso sin provecho.

CELESTINA.— ¿Más provecho quieres, boba, que cumplir el hombre sus deseos? Y también, como a las viejas nunca nos faltan necesidades, mayormente a mí, que tengo que mantener hijas ajenas, ando a vender un poco de hilado.

LUCRECIA.— ¡Algo es lo que yo digo! En mi seso estoy, que nunca metes aguja sin sacar reja. Pero mi señora la vieja urdió una tela: tiene necesidad de ello y tú de venderlo. Entra y espera aquí, que no os desaviniréis.

ALISA.— ¿Con quién hablas, Lucrecia?

LUCRECIA.— Señora, con aquella vieja de la cuchillada, que solía vivir en las tenerías, en la cuesta del río.

ALISA.— Ahora la conozco menos. Si tú me das a entender lo desconocido por lo menos conocido, es como coger agua en cesto.

LUCRECIA.— ¡Jesús, señora! Más conocida es esta vieja que la ruda. No sé cómo no tienes memoria de la que empicotaron por hechicera, que vendía las mozas a los abades y descasaba mil casados.

ALISA.— ¿Qué oficio tiene? Quizá por ahí la conoceré mejor.

LUCRECIA.— Señora, perfuma tocas, hace solimán y otros treinta oficios. Conoce mucho de hierbas, cura niños y aun algunos la llaman la vieja lapidaria.

ALISA.— Todo eso dicho no me la da a conocer; dime su nombre, si lo sabes.

LUCRECIA.— ¿Si lo sé, señora? No hay niño ni viejo en toda la ciudad que no lo sepa: ¿habíalo yo de ignorar?

ALISA.— ¿Pues por qué no lo dices?

LUCRECIA.— ¡Tengo vergüenza!

ALISA.— Anda, boba, dilo. No me indignes con tu tardanza.

LUCRECIA.— Celestina, hablando con reverencia, es su nombre.

ALISA.— ¡Ji, ji, ji! ¡Mala peste te mate, si de risa puedo estar, viendo el desamor que debes de tener a esa vieja, que de su nombre tienes vergüenza de nombrarlo! Ya me voy acordando de ella. ¡Una buena pieza! No me digas más. Algo me vendrá a pedir. Di que suba.

LUCRECIA.— Sube, tía.

CELESTINA.— Señora buena, la gracia de Dios sea contigo y con tu noble hija. Mis padecimientos y enfermedades han impedido visitar tu casa, como era razón; mas Dios conoce mis limpias entrañas, mi verdadero amor, que la distancia de las moradas no separa el querer de los corazones. Así que lo que mucho deseé, la necesidad me lo ha hecho cumplir. Con mis adversas fortunas, se me sobrevino falta de dinero. No supe mejor remedio que vender un poco de hilado que para unas toquillas tenía juntado. Supe por tu criada que tenías necesidad de ello. Aunque pobre y no por falta de la merced de Dios, helo aquí, si de ello y de mí te quieres servir.

ALISA.— Vecina honrada, tu razón y ofrecimiento me mueven a compasión, y tanto que quisiera ciertamente hallarme en tiempo de poder remediar tu falta más que menguarte tu tela. Lo dicho te agradezco. Si el hilado es tal, te será bien pagado.

CELESTINA.— ¿Tal, señora? Tal sea mi vida y mi vejez y la de quien parte quisiere de mi jura. Delgado como el pelo de la cabeza, igual, recio como cuerdas de vihuela, blanco como el copo de la nieve, hilado todo por estos pulgares, aspeado y aderezado. Helo aquí en madejitas. Tres monedas me daban ayer por la onza, así goce de esta alma pecadora.

ALISA.— Hija Melibea, quédese esta mujer honrada contigo, que ya me parece que es tarde para ir a visitar a mi hermana, la mujer de Cremes, que desde ayer no la he visto, y también que viene su paje a llamarme, que se le agravó desde hace un rato el mal.

CELESTINA.— (Aparte.) Por aquí anda el diablo preparando oportunidad, agravando el mal a la otra. ¡Ea!, buen amigo, ¡aprieta recio! Ahora es mi tiempo o nunca. No la dejes, llévatela de aquí a quien digo.

ALISA.— ¿Qué dices, amiga?

CELESTINA.— Señora, que maldito sea el diablo y mi pecado, porque en tal tiempo hubo de crecer el mal de tu hermana, que no habrá para nuestro negocio oportunidad. ¿Y qué mal es el suyo?

ALISA.— Dolor de costado y tal que, según supe del mozo que quedaba, temo no sea mortal. Ruega tú, vecina, por amor mío, en tus devociones por su salud a Dios.

CELESTINA.— Te lo prometo, señora, en yendo de aquí, irme por esos monasterios donde tengo frailes devotos míos, y les daré el mismo encargo que tú me das. Y además de esto, antes de que desayune, daré cuatro vueltas a mis cuentas.

ALISA.— Pues, Melibea, contenta a la vecina en todo lo que sea razón darle por el hilado. Y tú, madre, perdóname, que otro día habrá en que más nos veamos.

CELESTINA.— Señora, el perdón sobraría donde el yerro falta. De Dios seas perdonada, que buena compañía me queda. Dios la deje gozar su noble juventud y florida mocedad, que es el tiempo en que más placeres y mayores deleites se alcanzan. Que, a mi fe, la vejez no es sino mesón de enfermedades, posada de pensamientos, amiga de rencillas, congoja continua, llaga incurable, mancilla de lo pasado, pena de lo presente, cuidado triste de lo por venir, vecina de la muerte, choza sin rama que se llueve por cada parte, cayado de mimbre que con poca carga se dobla.

MELIBEA.— ¿Por qué dices, madre, tanto mal de lo que todo el mundo con tanta eficacia gozar y ver desean?

CELESTINA.— Desean harto mal para sí, desean harto trabajo. Desean llegar allá porque, llegando, viven, y el vivir es dulce, y viviendo envejecen. Así que el niño desea ser mozo y el mozo viejo y el viejo más, aunque con dolor. Todo por vivir. Porque, como dicen, viva la gallina con su pepita. Pero ¿quién te podría contar, señora, sus daños, sus inconvenientes, sus fatigas, sus cuidados, sus enfermedades, su frío, su calor, su descontento, su rencilla, su pesadumbre, aquel arrugar de cara, aquel mudar de cabellos de su primera y fresca color, aquel poco oír, aquel debilitado ver, puestos los ojos a la sombra, aquel hundimiento de boca, aquel caer de dientes, aquel carecer de fuerza, aquel flaco andar, aquel espacioso comer? Pues ¡ay, ay, señora!, si lo dicho viene acompañado de pobreza, allí verás callar todos los otros trabajos, cuando sobra el hambre y falta la provisión; ¡que jamás sentí peor hartazgo que el de hambre!

MELIBEA.— Bien conozco que dice cada uno de la feria según le va en ella: así que otra canción cantarán los ricos.

CELESTINA.— Señora, hija, en cada cabo hay tres leguas de mal quebranto. A los ricos se les va la bienaventuranza, la gloria y descanso por otros albañales de acechanzas que no se ven, enladrillados por encima con lisonjas. Aquel es rico que está bien con Dios. Más segura cosa es ser menospreciado que temido. Mejor sueño duerme el pobre que el que tiene que guardar con solicitud lo que con trabajo ganó y con dolor ha de dejar. Mi amigo no será simulado y el del rico sí. Yo soy querida por mi persona; el rico por su hacienda. Nunca oye verdad, todos le hablan lisonjas al sabor de su paladar, todos le tienen envidia. Apenas hallarás un rico que no confiese que le sería mejor estar en mediano estado o en honesta pobreza. Las riquezas no hacen rico, sino ocupado; no hacen señor, sino mayordomo. Más son los poseídos de las riquezas que los que las poseen. A muchos trajo la muerte, a todos quita el placer, y a las buenas costumbres ninguna cosa es más contraria. ¿No oíste decir: «Durmieron su sueño los varones de las riquezas y ninguna cosa hallaron en sus manos»? Cada rico tiene una docena de hijos y nietos que no rezan otra oración, no otra petición, sino rogar a Dios que lo saque de en medio de ellos; no ven la hora de tenerlo a él bajo tierra y lo suyo entre sus manos, y darle a poca costa su morada para siempre.

MELIBEA.— Madre, si es así, gran pena tendrás por la edad que perdiste. ¿Querrías volver a la primera?

CELESTINA.— Loco es, señora, el caminante que, cansado del trabajo del día, quisiera volver al comienzo de la jornada para recorrer otra vez aquel camino. Todas aquellas cosas cuya posesión no es agradable, más vale poseerlas que esperarlas. Porque más cerca está el fin de ellas cuanto más andado del comienzo. No hay cosa más dulce ni agradable al muy cansado que la posada. Así que, aunque la mocedad sea alegre, el verdadero viejo no la desea. Porque el que carece de razón y seso casi no ama otra cosa sino lo que perdió.

MELIBEA.— Aunque más no sea, por vivir más es bueno desear lo que digo.

CELESTINA.— Tan pronto, señora, se va el cordero como el carnero. Nadie es tan viejo que no pueda vivir un año, ni tan joven que hoy no pudiera morir. Así que en esto poca ventaja nos lleváis.

MELIBEA.— Me tienes asombrada con lo que has hablado. Tus razones me dan indicios de que te haya visto en otro tiempo. Dime, madre, ¿eres tú Celestina, la que solía vivir en las tenerías, junto al río?

CELESTINA.— Hasta que Dios quiera.

MELIBEA.— Vieja te has vuelto. Bien dicen que los días no se van en balde. Así goce de mí, no te reconocería si no fuera por esa señal de la cara. Me imaginaba que eras hermosa. Otra pareces, muy cambiada estás.

LUCRECIA.— ¡Ji, ji, ji! ¡Cambiada está el diablo! ¡Hermosa era con aquel «Dios os salve» que le atraviesa media cara!

MELIBEA.— ¿Qué hablas, loca? ¿Qué dices? ¿De qué te ríes?

LUCRECIA.— De cómo no conocías a la madre en tan poco tiempo, en la fisonomía de la cara.

MELIBEA.— No es tan poco tiempo dos años; y además, la tiene arrugada.

CELESTINA.— Señora, tú detén el tiempo para que no ande y yo detendré mi forma para que no se mude. ¿No has leído que dicen: «vendrá el día en que en el espejo no te reconozcas»? Pero también yo encanecí temprano y parezco de doble edad. Que así goce de esta alma pecadora y tú de ese cuerpo gracioso, que de cuatro hijas que parió mi madre, yo fui la menor. Mira cómo no soy tan vieja como me juzgan.

MELIBEA.— Celestina, amiga, he gozado mucho en verte y conocerte. También me has dado placer con tus palabras. Toma tu dinero y vete con Dios, que me parece que no debes haber comido.

CELESTINA.— ¡Oh, angélica imagen! ¡Oh, perla preciosa, y cómo lo dices! Gozo me da verte hablar. ¿Y no sabes que por la divina boca fue dicho contra aquel infernal tentador que no solo de pan viviremos? Pues así es, que no solo la comida mantiene. Mayormente a mí, que suelo estar uno o dos días negociando encargos ajenos en ayunas, salvo trabajar por los buenos, morir por ellos. Esto tuve siempre: querer más trabajar sirviendo a otros que holgar contentándome a mí. Pues si tú me das permiso, te diré la necesitada causa de mi venida, que es otra que la que hasta ahora has oído, y tal que todos perderíamos si me volviera en balde sin que la sepas.

MELIBEA.— Di, madre, todas tus necesidades, que si yo las pudiera remediar, de muy buen grado lo haré por el pasado conocimiento y vecindad, que pone obligación a los buenos.

CELESTINA.— ¿Mías, señora? Antes ajenas, como tengo dicho; que las mías de mi puerta adentro me las paso sin que las sienta la tierra, comiendo cuando puedo, bebiendo cuando lo tengo. Que con mi pobreza jamás me faltó, gracias a Dios, una blanca para pan y un cuarto para vino, después que enviudé; que antes no tenía yo cuidado de buscarlo, que sobrado estaba un cuero en mi casa, uno lleno y otro vacío. Jamás me acosté sin comer una tostada en vino y dos docenas de sorbos, por amor de la madre, tras cada sopa. Ahora, como todo cuelga de mí, en un jarrillo mal pegado me lo traen, que no cabe dos azumbres. Seis veces al día tengo que salir, por mi pecado, con mis canas a cuestas, a llenarlo en la taberna. Mas no muera yo de muerte hasta que me vea con un cuero o tinaja de mis puertas adentro. Que en mi alma no hay otra provisión, pues como dicen: «pan y vino anda camino, que no mozo garrido». Así que donde no hay varón, todo bien falta: «con mal está el huso cuando la barba no anda de suso». Ha venido esto, señora, por lo que decía de las ajenas necesidades y no de las mías.

MELIBEA.— Pide lo que quieras, sea para quien sea.

CELESTINA.— ¡Doncella graciosa y de alto linaje! Tu suave habla y alegre gesto, junto con la disposición de generosidad que muestras con esta pobre vieja, me dan osadía para decírtelo. Dejo a un enfermo a las puertas de la muerte que con solo una palabra de tu noble boca salida, que yo lleve guardada en mi seno, tiene por fe que sanará, según la mucha devoción que tiene en tu gentileza.

MELIBEA.— Vieja honrada, no te entiendo si no declaras más tu demanda. Por una parte me alteras y provocas a enojo; por otra me mueves a compasión. No te sabría dar respuesta conveniente, según lo poco que he entendido de tu habla. Que yo soy dichosa si de mi palabra hay necesidad para salud de algún cristiano. Porque hacer el bien es parecerse a Dios, y el que lo da lo recibe cuando a persona digna de él se lo hace. Y además de esto, dicen que el que puede sanar al que padece y no lo hace, lo mata. Así que no ceses tu petición por vergüenza ni temor.

CELESTINA.— El temor perdí, señora, mirando tu belleza. Que no puedo creer que en balde pintara Dios unos rostros más perfectos que otros, más dotados de gracias, más hermosas facciones, sino para hacerlos almacén de virtudes, de misericordia, de compasión, ministros de sus mercedes y dádivas, como a ti. Y pues como todos somos humanos, nacidos para morir, sea cierto que no se puede decir nacido el que para sí solo nació. Porque sería semejante a los brutos animales, en los cuales aun hay algunos piadosos, como se dice del unicornio, que se humilla ante cualquier doncella. El perro, con todo su ímpetu y braveza, cuando viene a morder, si se echan en el suelo no hace mal: esto de piedad. ¿Pues las aves? Ninguna cosa come el gallo que no reparta y llame a las gallinas a comer de ello. El pelícano se rompe el pecho para dar a sus hijos a comer de sus entrañas. Las cigüeñas mantienen otro tanto tiempo a sus padres viejos en el nido cuanto ellos les dieron cebo siendo polluelos. Pues si tal conocimiento dio la naturaleza a los animales y aves, ¿por qué los hombres hemos de ser más crueles? ¿Por qué no daremos parte de nuestras gracias y personas a los prójimos, mayormente cuando están envueltos en secretas enfermedades, y tales que donde está la medicina salió la causa de la enfermedad?

MELIBEA.— Por Dios, sin más dilatar, dime quién es ese doliente que de mal tan perplejo se siente, que su pasión y remedio salen de una misma fuente.

CELESTINA.— Bien tendrás, señora, noticia en esta ciudad de un caballero joven, gentilhombre de clara sangre, que llaman Calisto.

MELIBEA.— ¡Ya, ya, ya! Buena vieja, no me digas más, no pases adelante. ¿Ese es el doliente por quien has hecho tantas premisas en tu demanda? ¿Por quien has venido a buscar la muerte para ti? ¿Por quien has dado tan dañosos pasos, desvergonzada barbuda? ¿Qué siente ese perdido que con tanta pasión vienes? De locura será su mal. ¿Qué te parece? ¡Si me hubieras hallado sin sospecha de ese loco, con qué palabras me entrabas! No se dice en vano que el más dañino miembro del mal hombre o mujer es la lengua. ¡Quemada seas, alcahueta falsa, hechicera, enemiga de honestidad, causadora de secretos yerros! ¡Jesús, Jesús! ¡Quítamela, Lucrecia, de delante, que me muero, que no me ha dejado gota de sangre en el cuerpo! Bien se lo merece esto y más quien a estas tales da oídos. Por cierto, si no mirara a mi honestidad y por no publicar la osadía de ese atrevido, yo te haría, malvada, que tu razón y vida acabaran al mismo tiempo.

CELESTINA.— (Aparte.) ¡En mala hora vine aquí si me falla mi conjuro! ¡Ea, pues! Bien sé a quién digo. ¡Calla, hermano, que se va todo a perder!

MELIBEA.— ¿Aún hablas entre dientes delante de mí para acrecentar mi enojo y doblar tu pena? ¿Querrías condenar mi honestidad por dar vida a un loco? ¿Dejarme a mí triste por alegrar a él, y llevarte tú el provecho de mi perdición, el galardón de mi yerro? ¿Perder y destruir la casa y la honra de mi padre por ganar la de una vieja maldita como tú? ¿Piensas que no tengo sentidos tus pasos y entendido tu dañado mensaje? Pues yo te aseguro que las albricias que de aquí saques no sean sino estorbarte de ofender más a Dios, dando fin a tus días. Respóndeme, traidora, ¿cómo osaste tanto hacer?

CELESTINA.— Tu temor, señora, tiene ocupada mi disculpa. Mi inocencia me da osadía, tu presencia me turba al verte airada, y lo que más siento y me pesa es recibir enojo sin razón ninguna. Por Dios, señora, que me dejes concluir mi dicho, que ni él quedará culpado ni yo condenada. Y verás cómo es todo más servicio de Dios que pasos deshonestos; más para dar salud al enfermo que para dañar la fama al médico. Si pensara, señora, que tan fácilmente habías de conjeturar de lo pasado nocivas sospechas, no bastara tu permiso para darme osadía a hablar en cosa que a Calisto ni a otro hombre tocase.

MELIBEA.— ¡Jesús! No oiga yo mentar más a ese loco, saltaparedes, fantasma de noche, largo como cigüeña, figura de paramento mal pintado; si no, aquí me caeré muerta. ¡Este es el que el otro día me vio y comenzó a desvariar conmigo en razones, haciéndose mucho el galán! Dile, buena vieja, que si pensó que ya era todo suyo y quedaba por él el campo porque yo preferí consentir sus necedades que castigar su yerro, quise más dejarlo por loco que publicar su gran atrevimiento. Pues avísale que se aparte de este propósito y estará sano; si no, podrá ser que no haya comprado tan cara habla en su vida. Pues sepa que no es vencido sino el que se cree serlo, y yo quedé bien segura y él ufano. De los locos es creer a todos los otros de su calidad. Y tú vuélvete con su misma razón; que respuesta de mí otra no tendrás ni la esperes. Que en balde es ruego a quien no puede tener misericordia. Y da gracias a Dios, pues tan libre vas de esta feria. Bien me habían dicho quién eras y avisado de tus propiedades, aunque ahora no te conocía.

CELESTINA.— (Aparte.) ¡Más fuerte estaba Troya y aun otras más bravas he yo amansado! Ninguna tempestad dura mucho.

MELIBEA.— ¿Qué dices, enemiga? Habla, que te pueda oír. ¿Tienes disculpa alguna para satisfacer mi enojo y excusar tu yerro y osadía?

CELESTINA.— Mientras viviere tu ira, más dañará mi descargo. Que estás muy rigurosa, y no me maravillo: que la sangre nueva poco calor ha menester para hervir.

MELIBEA.— ¿Poco calor? ¿Poco lo puedes llamar, pues quedaste tú viva y yo quejosa sobre tan gran atrevimiento? ¿Qué palabra podías tú querer para ese tal hombre que a mí bien me estuviera? Responde, pues dices que no has concluido: ¡quizá pagarás lo pasado!

CELESTINA.— Una oración, señora, que le dijeron que sabías de santa Apolonia para el dolor de muelas. Asimismo tu cordón, que es fama que ha tocado todas las reliquias que hay en Roma y Jerusalén. Aquel caballero que dije pena y muere de ellas. Esta fue mi venida. Pero, pues en mi desdicha estaba tu airada respuesta, padezca él su dolor en pago de buscar tan desdichada mensajera. Que pues en tu mucha virtud me faltó piedad, también me faltará agua si a la mar me enviara. Pero ya sabes que el deleite de la venganza dura un momento y el de la misericordia para siempre.

MELIBEA.— Si eso querías, ¿por qué luego no me lo expresaste? ¿Por qué no me lo dijiste con tan pocas palabras?

CELESTINA.— Señora, porque mi limpio motivo me hizo creer que aunque en menos lo propusiera no se había de sospechar mal. Que si faltó el debido preámbulo fue porque la verdad no necesita abundar en muchos colores. Compasión de su dolor, confianza en tu magnificencia ahogaron en mi boca al principio la expresión de la causa. Y pues conoces, señora, que el dolor turba, la turbación desmanda y altera la lengua, la cual habría de estar siempre atada con el seso, ¡por Dios!, que no me culpes. Y si el otro yerro ha hecho, no redunde en mi daño, pues no tengo otra culpa sino ser mensajera del culpado. No se rompa la soga por lo más delgado. No seas la telaraña, que no muestra su fuerza sino contra los flacos animales. No paguen justos por pecadores. Imita la divina justicia, que dijo: «el alma que pecare, aquella misma muera»; a la humana, que jamás condena al padre por el delito del hijo ni al hijo por el del padre. Ni es, señora, razón que su atrevimiento acarree mi perdición. Aunque, según su merecimiento, no tendría por mucho que fuera él el delincuente y yo la condenada. Que no es otro mi oficio sino servir a los semejantes: de esto vivo y de esto me visto. Nunca fue mi voluntad enojar a unos por agradar a otros, aunque hayan dicho a tu merced en mi ausencia otra cosa. Al fin, señora, a la firme verdad el viento del vulgo no la daña. Una sola soy en este limpio trato. En toda la ciudad pocos tengo descontentos. Con todos cumplo, los que algo me mandan, como si tuviera veinte pies y otras tantas manos.

MELIBEA.— No me maravillo, que un solo maestro de vicios dicen que basta para corromper un gran pueblo. Por cierto, tantas y tales alabanzas me han dicho de tus falsas mañas que no sé si crea que pedías oración.

CELESTINA.— Nunca yo la recé, y si la rezare no sea oída, si otra cosa de mí se saque, aunque mil tormentos me dieran.

MELIBEA.— Mi pasada alteración me impide reír de tu disculpa. Que bien sé que ni juramento ni tormento te torcerá a decir verdad, que no está en tu mano.

CELESTINA.— Eres mi señora. Te tengo que callar, te he de servir, me has de mandar. Tu mala palabra será víspera de una saya.

MELIBEA.— Bien la has merecido.

CELESTINA.— Si no la he ganado con la lengua, no la he perdido con la intención.

MELIBEA.— Tanto afirmas tu ignorancia que me haces creer lo que puede ser. Quiero pues, en tu dudosa disculpa, tener la sentencia en peso y no disponer de tu demanda al sabor de ligera interpretación. No tengas por mucho ni te maravilles de mi pasado sentimiento, porque concurrieron dos cosas en tu habla que cualquiera de ellas era bastante para sacarme de seso: nombrarme a ese tu caballero que conmigo se atrevió a hablar, y también pedirme palabra sin más causa, que no se podía sospechar sino daño para mi honra. Pero pues todo viene de buena parte, de lo pasado haya perdón. Que en alguna manera es aliviado mi corazón viendo que es obra pía y santa sanar a los pasionados y enfermos.

CELESTINA.— ¡Y menudo enfermo, señora! Por Dios, si le conocieras bien, no le juzgarías por lo que has dicho y mostrado con tu ira. Por Dios y por mi alma, no tiene hiel; gracias, dos mil; en generosidad, Alejandro; en valentía, Héctor; aspecto, de un rey; gracioso, alegre; jamás reina en él la tristeza. De noble sangre, como sabes. Gran justador; pues verlo armado, un san Jorge. Fuerza y esfuerzo no tuvo Hércules tanta. La presencia y facciones, disposición, desenvoltura, otra lengua haría falta para contarlas. Todo junto parece un ángel del cielo. Tengo por cierto que no era tan hermoso aquel gentil Narciso que se enamoró de su propia figura cuando se vio en las aguas de la fuente. Ahora, señora, lo tiene derribado una sola muela que jamás cesa de dolerle.

MELIBEA.— ¿Y cuánto tiempo hace?

CELESTINA.— Podrá ser, señora, de veintitrés años; que aquí está Celestina, que lo vio nacer y lo cogió a los pies de su madre.

MELIBEA.— Ni te pregunto eso ni tengo necesidad de saber su edad, sino cuánto hace que tiene el mal.

CELESTINA.— Señora, ocho días. Que parece que ha pasado un año en su flaqueza. Y el mayor remedio que tiene es tomar una vihuela y tocar tantas canciones y tan lastimeras, que no creo que fueran otras las que compuso aquel emperador y gran músico Adriano sobre la partida del alma, para sufrir sin desmayo la ya vecina muerte. Que aunque yo sé poco de música, parece que hace hablar a aquella vihuela. Pues si acaso canta, de mejor gana se paran las aves a oírlo que no aquel antiguo del que se dice que movía los árboles y piedras con su canto. De haber nacido este, no alabarían a Orfeo. Mira, señora, si una pobre vieja como yo se hallará dichosa en dar la vida a quien tales gracias tiene. Ninguna mujer lo ve que no alabe a Dios que así lo pintó. Pues si le habla por casualidad, no es más señora de sí misma que lo que él ordena. Y pues tanta razón tengo, juzga, señora, por bueno mi propósito, mis pasos saludables y vacíos de sospecha.

MELIBEA.— ¡Oh, cuánto me pesa por la falta de mi paciencia! Porque siendo él ignorante y tú inocente, habéis padecido las alteraciones de mi airada lengua. Pero la mucha razón me libra de culpa, la cual tu habla sospechosa causó. En pago de tu buen sufrimiento, quiero cumplir tu demanda y darte ahora mismo mi cordón. Y porque para escribir la oración no habrá tiempo antes de que venga mi madre, si esto no bastare, ven mañana por ella muy secretamente.

LUCRECIA.— (Aparte.) ¡Ya, ya, perdida está mi ama! ¿Secretamente quiere que venga Celestina? ¡Fraude hay! ¡Más le querrá dar que lo dicho!

MELIBEA.— ¿Qué dices, Lucrecia?

LUCRECIA.— Señora, que baste lo dicho, que es tarde.

MELIBEA.— Pues, madre, no le des parte de lo que pasó a ese caballero, para que no me tenga por cruel o arrebatada o deshonesta.

LUCRECIA.— (Aparte.) No miento yo, que ¡mal va este asunto!

CELESTINA.— Mucho me maravillo, señora Melibea, de la duda que tienes de mi secreto. No temas, que todo lo sé sufrir y encubrir. Que bien veo que tu mucha sospecha echó, como suele, mis razones a la parte más triste. Yo voy con tu cordón tan alegre, que me parece que está diciéndole allá su corazón la merced que nos hiciste, y que lo he de hallar aliviado.

MELIBEA.— Más haré por tu doliente, si fuere menester, en pago de lo sufrido.

CELESTINA.— Más será menester y más harás, aunque no se te agradezca.

MELIBEA.— ¿Qué dices, madre, de agradecer?

CELESTINA.— Digo, señora, que todos lo agradecemos y serviremos, y todos quedamos obligados. Que la paga más cierta es cuando más la tienen que cumplir.

LUCRECIA.— ¡Retruécame esas palabras!

CELESTINA.— ¡Hija Lucrecia! ¡Chist! Irás a casa y te daré una lejía con que dejes esos cabellos más rubios que el oro. No se lo digas a tu señora. Y aun te daré unos polvos para quitarte ese olor de la boca, que te huele un poco, que en el reino no lo sabe hacer otra sino yo, y no hay cosa que peor parezca en la mujer.

LUCRECIA.— ¡Oh! Dios te dé buena vejez, que más necesidad tenía de todo eso que de comer.

CELESTINA.— ¿Pues por qué murmuras contra mí, loquilla? Calla, que no sabes si me habrás de menester en cosa de más importancia. No provoques a ira a tu señora más de lo que ella ha estado. Déjame ir en paz.

MELIBEA.— ¿Qué le dices, madre?

CELESTINA.— Señora, acá nos entendemos.

MELIBEA.— Dímelo, que me enojo cuando en mi presencia se habla cosa de la que no tenga parte.

CELESTINA.— Señora, que te acuerdes de la oración para que la mandes escribir, y que aprendas de mí a tener mesura en el tiempo de tu ira, en la cual yo usé lo que se dice: que del airado hay que apartarse por poco tiempo, del enemigo por mucho. Pues tú, señora, tenías ira con lo que sospechaste de mis palabras, no enemistad. Porque aunque fueran las que tú pensabas, en sí no eran malas: que cada día hay hombres penados por mujeres y mujeres por hombres, y esto obra la naturaleza, y la naturaleza la ordenó Dios, y Dios no hizo cosa mala. Y así quedaba mi demanda, como quiera que fuese, en sí loable, pues de tal tronco procede, y yo libre de pena. Más razones de estas te diría, si no porque la prolijidad es enojosa al que oye y dañosa al que habla.

MELIBEA.— En todo has tenido buen tiento, así en el poco hablar en mi enojo como en el mucho sufrir.

CELESTINA.— Señora, sufrí con temor, porque te airaste con razón. Porque con la ira morando poder no es sino rayo. Y por esto pasé tu rigurosa habla hasta que tu almacén hubiese gastado.

MELIBEA.— En deuda te queda ese caballero.

CELESTINA.— Señora, más merece. Y si algo con mi ruego para él he alcanzado, con la tardanza lo he dañado. Yo me parto para él, si licencia me das.

MELIBEA.— Mientras más pronto la hubieras pedido, más de grado la hubieras conseguido. Ve con Dios, que ni tu mensaje me ha traído provecho ni de tu ida me puede venir daño.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/la-celestina/texto/auto-5-auto-iv-celestina-entra-en-casa-de-melibea/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «La Celestina» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier auto.