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Auto V: la vuelta triunfal

La Celestina · Fernando de Rojas · 7 min de lectura

ARGUMENTO DEL QUINTO AUTO: Despedida Celestina de Melibea, va por la calle hablando consigo misma entre dientes. Llegada a su casa, halló a Sempronio, que la aguardaba. Ambos van hablando hasta llegar a casa de Calisto y, vistos por Pármeno, cuéntalo a Calisto su amo, el cual le mandó abrir la puerta.

CALISTO, PÁRMENO, SEMPRONIO, CELESTINA.

CELESTINA.— ¡Oh rigurosos trances! ¡Oh cruda osadía! ¡Oh gran sufrimiento! ¡Y qué tan cerca estuve de la muerte, si mi mucha astucia no rigiera con el tiempo las velas de la petición! ¡Oh amenazas de doncella brava! ¡Oh airada doncella! ¡Oh diablo a quien yo conjuré! ¿Cómo cumpliste tu palabra en todo lo que te pedí? En deuda te estoy. Así amansaste a la cruel hembra con tu poder y diste tan oportuno lugar a mi habla cuanto quise, con la ausencia de su madre. ¡Oh vieja Celestina! ¿Vas alegre? Sábete que la mitad está hecha cuando tienen buen principio las cosas. ¡Oh aceite de serpiente! ¡Oh blanco hilado! ¡Cómo os preparasteis todos en mi favor! ¡Oh! ¡Yo rompería todos mis conjuros hechos y por hacer, ni creería en hierbas ni piedras ni en palabras! Pues alégrate, vieja, que más sacarás de este pleito que de quince virgos que renovaras. ¡Oh malditas faldas, prolijas y largas, cómo me estorbáis de llegar adonde han de reposar mis nuevas! ¡Oh buena fortuna, cómo ayudas a los osados y a los tímidos eres contraria! Nunca huyendo huye la muerte al cobarde. ¡Oh, cuántas errarían en lo que yo he acertado! ¿Qué harían en tan fuerte estrecho estas nuevas maestras de mi oficio, sino responder algo a Melibea por donde se perdiera cuanto yo con buen callar he ganado? Por esto dicen: quien las sabe las tañe, y que es más cierto médico el experimentado que el letrado, y la experiencia y escarmiento hacen a los hombres arteros, y la vieja como yo que alce sus faldas al pasar del vado, como maestra. ¡Ay, cordón, cordón! Yo te haré traer por fuerza, si vivo, a la que no quiso darme su buena habla de grado.

SEMPRONIO.— O yo no veo bien o aquella es Celestina. ¡Válgala el diablo, qué faldeo que trae! Parlando viene entre dientes.

CELESTINA.— ¿De qué te santiguas, Sempronio? Creo que al verme.

SEMPRONIO.— Yo te lo diré. La rareza de las cosas es madre de la admiración; la admiración concebida en los ojos desciende al ánimo por ellos; el ánimo es forzado a descubrirlo por estas exteriores señales. ¿Quién jamás te vio por la calle, agachada la cabeza, puestos los ojos en el suelo, y no mirar a ninguno como ahora? ¿Quién te vio hablar entre dientes por las calles y venir de prisa, como quien va a ganar un beneficio? Mira que todo esto es novedad para maravillarse quien te conoce. Pero esto dejado, dime, por Dios, con qué vienes. Dime si tenemos hijo o hija. Que desde que dio la una te espero aquí y no he sentido mejor señal que tu tardanza.

CELESTINA.— Hijo, esa regla de bobos no es siempre cierta, que otra hora me pudiera tardar más y dejar allá las narices; y otras, dos narices y lengua: y así que mientras más tardase, más caro me costase.

SEMPRONIO.— Por amor mío, madre, no pases de aquí sin contármelo.

CELESTINA.— Sempronio amigo, ni yo me podría parar ni el lugar es apropiado. Vente conmigo. Delante de Calisto oirás maravillas. Que será deslucir mi embajada comunicándola con muchos. De mi boca quiero que sepa lo que se ha hecho. Que aunque hayas de tener alguna participación del provecho, quiero yo todas las gracias del trabajo.

SEMPRONIO.— ¿Participación, Celestina? Mal me parece eso que dices.

CELESTINA.— Calla, loquillo, que parte o participación, cuanto tú quisieras te daré. Todo lo mío es tuyo. Gocémonos y aprovechémonos, que sobre el repartir nunca reñiremos. Y también sabes tú cuánta más necesidad tienen los viejos que los mozos, mayormente tú que vas a mesa puesta.

SEMPRONIO.— Otras cosas he menester más que comer.

CELESTINA.— ¿Qué, hijo? ¡Una docena de agujetas y un adorno para el bonete y un arco para andarte de casa en casa tirando a pájaros y ojeando pajaritas en las ventanas! Muchachas digo, bobo, de las que no saben volar, que bien me entiendes. Que no hay mejor alcahuete para ellas que un arco, que se puede entrar cada uno hecho un cualquiera, como dicen: con achaque de ir de caza, etcétera. ¡Mas ay, Sempronio, de quien tiene que mantener honra y se va haciendo vieja como yo!

SEMPRONIO.— (Aparte.) ¡Oh lisonjera vieja! ¡Oh vieja llena de mal! ¡Oh codiciosa y avariciosa garganta! También me quiere engañar a mí como a mi amo, por ser rica. ¡Pues mala mejora tiene! ¡No le aseguro la ganancia! Que quien con modo torpe sube a lo alto, más presto cae que sube. ¡Oh, qué mala cosa es de conocer el hombre! Bien dicen que ninguna mercadería ni animal es tan difícil. ¡Mala vieja, falsa, es esta! ¡El diablo me metió con ella! Más seguro me fuera huir de esta venenosa víbora que tomarla. Mía fue la culpa. Pero gane harto, que por bien o mal no negará la promesa.

CELESTINA.— ¿Qué dices, Sempronio? ¿Con quién hablas? ¿Vienes royéndome las faldas? ¿Por qué no te apresuras?

SEMPRONIO.— Lo que vengo diciendo, madre mía, es que no me maravillo de que seas mudable, que sigues el camino de las muchas. Dicho me habías que diferirías este negocio. Ahora vas sin seso por decir a Calisto cuanto pasa. ¿No sabes que aquello es tenido en algo que es por tiempo deseado, y que cada día que él penase era doblarnos el provecho?

CELESTINA.— El propósito muda el sabio; el necio persevera. A nuevo negocio, nuevo consejo se requiere. No pensé yo, hijo Sempronio, que así me respondiera mi buena fortuna. De los discretos mensajeros es hacer lo que el tiempo quiere. Así que la calidad de lo hecho no puede encubrir tiempo disimulado. Y más que yo sé que tu amo, según lo que de él sentí, es liberal y algo antojadizo. Más dará en un día de buenas nuevas que en ciento que ande penado, e yo yendo y viniendo. Que los acelerados y súbitos placeres crían alteración, la mucha alteración estorba el deliberar. Pues ¿en qué podrá parar el bien sino en bien, y el alto mensaje sino en largas albricias? Calla, bobo, deja hacer a tu vieja.

SEMPRONIO.— Pues dime lo que pasó con aquella gentil doncella. Dime alguna palabra de su boca. Que por Dios, así peno por saberlo como mi amo penaría.

CELESTINA.— ¡Calla, loco! Se te altera la complexión. Ya lo veo en ti, que querrías más estar al sabor que al olor de este negocio. Andemos presto, que estará loco tu amo con mi mucha tardanza.

SEMPRONIO.— Y aun sin ella se lo está.

PÁRMENO.— ¡Señor, señor!

CALISTO.— ¿Qué quieres, loco?

PÁRMENO.— A Sempronio y a Celestina veo venir cerca de casa, haciendo paradillas de rato en rato, y cuando están quietos, hacen rayas en el suelo con la espada. No sé qué sea.

CALISTO.— ¡Oh desatinado, negligente! ¿Los ves venir y no puedes decir corriendo a abrir la puerta? ¡Oh alto Dios! ¡Oh soberana deidad! ¿Con qué vienen? ¿Qué nuevas traen? Que tan grande ha sido su tardanza, que ya más esperaba su venida que el fin de mi remedio. ¡Oh mis tristes oídos! Preparaos a lo que os viniere, que en la boca de Celestina está ahora aposentado el alivio o pena de mi corazón. ¡Oh, si en sueño se pasase este poco tiempo hasta ver el principio y fin de su habla! Ahora tengo por cierto que es más penoso al delincuente esperar la cruda y capital sentencia que el acto de la ya sabida muerte. ¡Oh espacioso Pármeno, manos de muerto! Quita ya esa enojosa aldaba: entrará esa honrada dueña en cuya lengua está mi vida.

CELESTINA.— ¿Oyes, Sempronio? De otro temple anda nuestro amo. Bien difieren estas razones de las que oímos a Pármeno y a él la primera venida. De mal en bien me parece que va. No hay palabra de las que dice que no valga a la vieja Celestina más que una saya.

SEMPRONIO.— Pues mira que entrando hagas que no ves a Calisto y hables algo bueno.

CELESTINA.— Calla, Sempronio, que aunque haya arriesgado mi vida, más merece Calisto y su ruego y el tuyo, y más mercedes espero yo de él.

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