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Auto XI: la cadena de oro

La Celestina · Fernando de Rojas · 9 min de lectura

ARGUMENTO DEL UNDÉCIMO AUTO: Despedida Celestina de Melibea, va por la calle sola hablando. Ve a Sempronio y a Pármeno que van a la Magdalena por su señor. Sempronio habla con Calisto. Sobreviene Celestina. Van a casa de Calisto. Declárale Celestina su mensaje y negocio conseguido con Melibea. Mientras ellos en estas razones están, Pármeno y Sempronio entre sí hablan. Despídese Celestina de Calisto, va para su casa, llama a la puerta. Elicia le viene a abrir. Cenan y se van a dormir.

CALISTO, CELESTINA, PÁRMENO, SEMPRONIO, ELICIA.

CELESTINA.— ¡Ay, Dios, si llegase a mi casa con mi mucha alegría a cuestas! A Pármeno y a Sempronio veo ir a la Magdalena. Tras ellos me voy y, si Calisto no estuviere allí, pasaremos a su casa a pedirle la recompensa de su gran gozo.

SEMPRONIO.— Señor, mira que tu estancia aquí es dar a todo el mundo de qué hablar. Por Dios, huye de andar en boca de la gente, que al muy devoto lo llaman hipócrita. ¿Qué dirán sino que andas merodeando por los santos? Si tienes pasión, padécela en tu casa; que no se entere nadie. No descubras tu pena a los extraños, pues está en manos la pandereta de quien la sabrá bien tocar.

CALISTO.— ¿En qué manos?

SEMPRONIO.— De Celestina.

CELESTINA.— ¿Qué nombráis a Celestina? ¿Qué decís de esta esclava de Calisto? Toda la calle del Arcediano vengo a toda prisa tras vosotros por alcanzaros y jamás he podido con mis largas faldas.

CALISTO.— ¡Oh, joya del mundo, socorro de mis pasiones, espejo de mi vista! El corazón se me alegra al ver esa honrada presencia, esa noble vejez. Dime, ¿con qué vienes? ¿Qué noticias traes, que te veo alegre y no sé en qué está mi vida?

CELESTINA.— En mi lengua.

CALISTO.— ¿Qué dices, gloria y descanso mío? Explícame mejor lo dicho.

CELESTINA.— Salgamos, señor, de la iglesia, y de aquí a casa te contaré algo con que te alegres de verdad.

PÁRMENO.— Buena viene la vieja, hermano: debe de haber triunfado.

SEMPRONIO.— Escúchala.

CELESTINA.— Todo este día, señor, he trabajado en tu negocio y he dejado perder otros en que mucho me iba. Tengo a muchos quejosos por tenerte a ti contento. Más he dejado de ganar de lo que piensas. Pero todo vaya en buena hora, pues tan buen resultado traigo, que te traigo muchas buenas palabras de Melibea y la dejo a tu servicio.

CALISTO.— ¿Qué es esto que oigo?

CELESTINA.— Que es más tuya que de sí misma; más está a tu mandato y querer que de su padre Pleberio.

CALISTO.— Habla cortésmente, madre, no digas tal cosa, que dirán estos mozos que estás loca. Melibea es mi señora, Melibea es mi Dios, Melibea es mi vida; yo su cautivo, yo su siervo.

SEMPRONIO.— Con tu desconfianza, señor, con tu poco apreciarte, con tenerte en poco, dices esas cosas con que cortas su discurso. A todo el mundo desconciertas diciendo disparates. ¿De qué te santiguas? Dale algo por su trabajo: harás mejor, que eso esperan esas palabras.

CALISTO.— Bien has dicho. Madre mía, yo sé cierto que jamás igualará tu trabajo mi liviano galardón. En lugar de manto y saya, para que no se dé parte a artesanos, toma esta cadenilla, póntela al cuello y prosigue tu relato de mi alegría.

PÁRMENO.— ¿Cadenilla la llama? ¿No lo oyes, Sempronio? No le importa el gasto. Pues yo te aseguro que no daría mi parte por medio marco de oro, por mal que la vieja lo reparta.

SEMPRONIO.— Nos oirá nuestro amo, tendremos a él que aplacar y a ti que curar, según estás hinchado de tu mucho murmurar. Por mi amor, hermano, escucha y calla, que por eso te dio Dios dos oídos y una sola lengua.

PÁRMENO.— ¡Que le oiga el diablo! Está colgado de la boca de la vieja, sordo y mudo y ciego, hecho personaje sin voz, que, aunque le hiciésemos burla, diría que alzábamos las manos a Dios, rogando por buen fin de sus amores.

SEMPRONIO.— Calla, oye, escucha bien a Celestina. Por mi alma, todo lo merece y más que le diese. Mucho dice.

CELESTINA.— Señor Calisto, para una vieja tan débil como yo, has usado de mucha generosidad. Pero, como todo don o dádiva se juzga grande o pequeña respecto de quien lo da, no quiero traer a colación mi poco merecer ante quien sobra en calidad y en cantidad. Más bien se medirá con tu magnificencia, ante la cual no es nada. En pago de la cual te restituyo tu salud, que iba perdida; tu corazón, que te faltaba; tu juicio, que se alteraba. Melibea pena por ti más que tú por ella, Melibea te ama y desea verte, Melibea piensa más horas en tu persona que en la suya, Melibea se llama tuya y esto tiene por título de libertad, y con esto amansa el fuego que más que a ti la quema.

CALISTO.— ¿Mozos, estoy yo aquí? ¿Mozos, oigo yo esto? Mozos, mirad si estoy despierto. ¿Es de día o de noche? ¡Oh, señor Dios, padre celestial! Ruégote que esto no sea sueño. Despierto, pues, estoy. Si te burlas de mí, señora, para pagarme con palabras, no temas, di verdad, que por lo que tú de mí has recibido, tus pasos merecen más.

CELESTINA.— Nunca el corazón lastimado de deseo toma la buena nueva por cierta ni la mala por dudosa; pero, si me burlo o no, lo verás yendo esta noche, según el acuerdo que dejé con ella, a su casa, al dar el reloj las doce, a hablar por entre las puertas. De cuya boca sabrás más por entero mi solicitud y su deseo y el amor que te tiene y quién lo ha causado.

CALISTO.— Ya, ya, ¿tal cosa espero? ¿Tal cosa es posible que me suceda? Muerto soy de aquí allá, no soy capaz de tanta gloria, no merecedor de tan gran merced, no digno de hablar con tal señora de su voluntad y grado.

CELESTINA.— Siempre lo oí decir, que es más difícil soportar la fortuna próspera que la adversa: que la una no tiene sosiego y la otra tiene consuelo. ¿Cómo, señor Calisto, no mirarías quién eres tú? ¿No mirarías el tiempo que has gastado en su servicio? ¿No mirarías a quién has puesto por medianera? ¿Y asimismo que hasta ahora siempre has estado dudoso de alcanzarla y tenías aguante? Ahora que te certifico el fin de tu pena, ¿quieres poner fin a tu vida? Mira, mira que está Celestina de tu parte y que, aunque te faltase todo lo que en un enamorado se requiere, te vendería por el más acabado galán del mundo, que te haría llanas las peñas para andar, que te haría pasar las aguas más crecidas y corrientes sin mojarte. Mal conoces a quién das tu dinero.

CALISTO.— ¡Oye, señora! ¿Qué me dices? ¿Que vendrá de su voluntad?

CELESTINA.— Y hasta de rodillas.

SEMPRONIO.— No sea algún hechizo peligroso, que nos quieran coger a manos a todos. Cuidado, madre, que así suelen dar las trampas envueltas en pan, para que no las sienta el gusto.

PÁRMENO.— Nunca te oí decir mejor cosa. Mucha sospecha me da el pronto consentir de aquella señora y venir tan rápidamente en todo lo que quiere Celestina, engañando nuestra voluntad con sus palabras dulces y prontas para robar por otra parte, como hacen los gitanos cuando nos miran la mano. Pues bien, madre, con dulces palabras están muchas injurias vengadas. El manso buey con su blando cencerro trae las perdices a la red; el canto de la sirena engaña a los simples marineros con su dulzura. Así esta, con su mansedumbre y pronta concesión, querrá coger una manada de nosotros a su salvo; limpiará su inocencia con la honra de Calisto y con nuestra muerte. Así como corderica mansa que mama de su madre y de la ajena, ella con su fingimiento tomará la venganza de Calisto en todos nosotros, de manera que, con la mucha gente que tiene, podrá cazar a padres e hijos en una nidada, y tú estarás rascándote junto a tu fuego, diciendo: «a salvo está el que repica».

CALISTO.— ¡Callad, locos, villanos, sospechosos! Parece que dais a entender que los ángeles saben hacer mal. Sí, que Melibea es ángel disfrazado que vive entre nosotros.

SEMPRONIO.— ¿Todavía vuelves a tus herejías? Escúchalo, Pármeno. No te pene nada, que, si fuere trato doble, él lo pagará, que nosotros buenos pies tenemos.

CELESTINA.— Señor, tú estás en lo cierto; vosotros cargados de sospechas vanas. Yo he hecho todo lo que a mí me tocaba. Alegre te dejo. Dios te libre y encamine. Me voy muy contenta. Si fuere menester para esto o para más, allí estoy muy dispuesta a tu servicio.

PÁRMENO.— ¡Ji, ji, ji!

SEMPRONIO.— ¿De qué te ríes, por tu vida, Pármeno?

PÁRMENO.— De la prisa que la vieja tiene por irse. No ve la hora de haber despegado la cadena de casa. No puede creer que la tiene en su poder ni que se la han dado de verdad. No se halla digna de tal don, tan poco como Calisto de Melibea.

SEMPRONIO.— ¿Qué quieres que haga una puta alcahueta que sabe y entiende lo que nosotros callamos y suele hacer siete virgos por dos monedas, después de verse cargada de oro, sino ponerse a salvo con lo que tiene, con temor de que se lo vuelvan a quitar, después de que ha cumplido por su parte aquello para lo que era menester? ¡Pues que se guarde del diablo, que a la hora de marcharse no le saquemos el alma!

CALISTO.— Dios vaya contigo, madre. Yo quiero dormir y reposar un rato para compensar las pasadas noches y cumplir con la que viene.

CELESTINA.— ¡Ta, ta!

ELICIA.— ¿Quién llama?

CELESTINA.— Abre, hija Elicia.

ELICIA.— ¿Cómo vienes tan tarde? No debes hacerlo, que eres vieja: tropezarás en algún sitio donde caigas y mueras.

CELESTINA.— No temo eso, que de día me fijo por dónde voy de noche. Que jamás me subo por escalón ni acera, sino por medio de la calle. Porque como dicen: no da paso seguro quien corre por el muro, y va más sano quien anda por lo llano. Más quiero ensuciar mis zapatos con el lodo que ensangrentar las tocas con las piedras. Pero no te duele a ti en ese lugar.

ELICIA.— ¿Pues qué me ha de doler?

CELESTINA.— Que se fue la compañía que te dejé, y te quedaste sola.

ELICIA.— Han pasado cuatro horas después, ¿y me lo tenías que recordar?

CELESTINA.— Cuanto más pronto te dejaron, más con razón lo sentiste. Pero dejemos su ida y mi tardanza. Entendámonos en cenar y dormir.

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