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Auto X: Melibea confiesa

La Celestina · Fernando de Rojas · 16 min de lectura

ARGUMENTO DEL DÉCIMO AUTO: Mientras andan Celestina y Lucrecia por el camino, está hablando Melibea consigo misma. Llegan a la puerta. Entra Lucrecia primero. Hace entrar a Celestina. Melibea, después de muchas razones, descubre a Celestina arder en amor de Calisto. Ven venir a Alisa, madre de Melibea. Se despiden una de otra. Pregunta Alisa a Melibea de los negocios de Celestina, prohibiéndole su mucha conversación.

MELIBEA, CELESTINA, LUCRECIA, ALISA.

MELIBEA.— ¡Ay, desdichada de mí! ¡Ay, pobre doncella! ¿Y no me habría sido mejor conceder su petición y demanda ayer a Celestina, cuando de parte de aquel señor, cuya vista me cautivó, me fue rogado, y contentarle a él y sanarme a mí, que no venir por fuerza a descubrir mi llaga, cuando ya no me sea agradecido, cuando ya, perdida la esperanza de mi buena respuesta, haya puesto sus ojos en el amor de otra? ¡Cuánta más ventaja habría tenido mi promesa rogada, que mi ofrecimiento forzoso! ¡Ay, mi fiel criada Lucrecia! ¿Qué dirás de mí?, ¿qué pensarás de mi juicio, cuando me veas publicar lo que a ti jamás he querido descubrir? ¡Cómo te espantarás del rompimiento de mi honestidad y vergüenza, que siempre como encerrada doncella acostumbré tener! No sé si habrás sospechado de dónde procede mi dolor. ¡Ay, si ya vinieses con aquella mediadora de mi salud! ¡Oh, soberano Dios! A ti, a quien todos los atribulados llaman, los apasionados piden remedio, los heridos medicina; a ti, a quien los cielos, mar y tierra con los centros infernales obedecen; a ti, que todas las cosas a los hombres sometiste, humildemente suplico des a mi herido corazón sufrimiento y paciencia, con que mi terrible pasión pueda disimular. No se manche aquella hoja de castidad, que tengo asentada sobre este amoroso deseo, publicando ser otro mi dolor, que no el que me atormenta. Pero, ¿cómo lo podré hacer, lastimándome tan cruelmente el ponzoñoso bocado, que la vista de la presencia de aquel caballero me dio? ¡Oh, género femenino, encogido y frágil! ¿Por qué no fue también a las mujeres concedido poder descubrir su congojoso y ardiente amor, como a los varones? Que ni Calisto viviría quejoso ni yo penada.

LUCRECIA.— Tía, detente un poquito junto a esta puerta. Entraré a ver con quién está hablando mi señora. Entra, entra, que consigo lo hace.

MELIBEA.— Lucrecia, echa esa cortina. ¡Ay, vieja sabia y honrada, tú seas bienvenida! ¿Qué te parece, cómo ha querido mi suerte y la fortuna ha dispuesto que yo tuviera necesidad de tu saber, para que tan pronto me hayas de pagar en la misma moneda el beneficio, que por ti me fue demandado para ese gentilhombre, que curabas con la virtud de mi cordón?

CELESTINA.— ¿Qué es, señora, tu mal, que así muestra las señales de su tormento en los colores encendidos de tu rostro?

MELIBEA.— Madre mía, que me comen este corazón serpientes dentro de mi cuerpo.

CELESTINA.— Bien está. Así lo quería yo. Tú me pagarás, doña loca, el exceso de tu ira.

MELIBEA.— ¿Qué dices? ¿Has visto en mí alguna causa, de donde mi mal proceda?

CELESTINA.— No me has, señora, declarado la calidad del mal. ¿Quieres que adivine la causa? Lo que yo digo es que recibo mucha pena de ver triste tu graciosa presencia.

MELIBEA.— Vieja honrada, alégrala tú, que grandes noticias me han dado de tu saber.

CELESTINA.— Señora, el sabio solo es Dios; pero, como para salud y remedio de las enfermedades fueron repartidas las gracias en las gentes de hallar las medicinas, unas por experiencia, otras por arte, otras por instinto natural, alguna partecita alcanzó a esta pobre vieja, de la cual al presente podrás ser servida.

MELIBEA.— ¡Ay, qué gracioso y agradable me es oírte! Saludable es al enfermo el rostro alegre del que le visita. Me parece que veo mi corazón entre tus manos hecho pedazos. El cual, si tú quisieras, con muy poco trabajo juntarías con la virtud de tu lengua: no de otra manera que, cuando vio en sueños aquel gran Alejandro, rey de Macedonia, en la boca del dragón la saludable raíz con que sanó a su criado Tolomeo de la mordedura de la víbora. Pues, por amor de Dios, disponte para muy diligentemente entender mi mal y dame algún remedio.

CELESTINA.— Gran parte de la salud es desearla, por lo cual creo menos peligroso ser tu dolor. Pero para yo dar, mediante Dios, adecuada y saludable medicina, es necesario saber de ti tres cosas. La primera, a qué parte de tu cuerpo más se inclina y aqueja el dolor. Otra, si es recién sentido por ti, porque más pronto se curan las tiernas enfermedades en sus principios, que cuando han hecho curso en la persistencia de su función; mejor se doman los animales en su primera edad, que cuando ya su cuero está endurecido, para venir mansos a la rienda; mejor crecen las plantas, que tiernas y nuevas se trasplantan, que las que ya con fruto se mudan; muy mejor se deja el pecado nuevo, que aquel que por costumbre antigua cometemos cada día. La tercera, si procede de algún cruel pensamiento, que se asentó en aquel lugar. Y esto sabido, verás obrar mi cura. Por tanto conviene que al médico como al confesor se le hable con toda verdad abiertamente.

MELIBEA.— Amiga Celestina, mujer muy sabia y maestra grande, mucho has abierto el camino, por donde mi mal te puedo especificar. Por cierto, tú lo pides como mujer bien experta en curar tales enfermedades. Mi mal es de corazón, el pecho izquierdo es su aposento, extiende sus rayos a todas partes. Lo segundo, es recién nacido en mi cuerpo. Que no pensé jamás que pudiera dolor privar el juicio, como este hace. Me turba el rostro, me quita el comer, no puedo dormir, ningún género de risa querría ver. La causa o pensamiento, que es la última cosa por ti preguntada de mi mal, ésta no sabré decir. Porque ni muerte de pariente ni pérdida de bienes temporales ni sobresalto de visión ni sueño desvaríado ni otra cosa puedo sentir, que fuera, salvo la alteración, que tú me causaste con la demanda, que sospeché de parte de aquel caballero Calisto, cuando me pediste la oración.

CELESTINA.— ¿Cómo, señora, tan mal hombre es aquel? ¿Tan mal es su nombre, que en solo ser nombrado trae consigo ponzoña su sonido? No creas que sea ésa la causa de tu dolor, antes otra que yo barrunto. Y pues que así es, si tú licencia me das, yo, señora, te la diré.

MELIBEA.— ¿Cómo Celestina? ¿Qué es ese nuevo pago, que pides? ¿De licencia tienes tú necesidad para darme la salud? ¿Qué médico jamás pidió tal seguridad para curar al paciente? Di, di, que siempre la tienes de mí, con tal que mi honra no dañes con tus palabras.

CELESTINA.— Te veo, señora, por una parte quejarte del dolor, por otra temer la medicina. Tu temor me pone miedo, el miedo silencio, el silencio tregua entre tu llaga y mi medicina. Así que será causa, de que ni tu dolor cese ni mi venida aproveche.

MELIBEA.— Cuanto más dilatas la cura, tanto más me acrecientas y multiplicas la pena y pasión. O tus medicinas son de polvos de infamia y licor de corrupción, preparados con otro más crudo dolor, que el que de parte del paciente se siente, o no vale nada tu saber. Porque si lo uno o lo otro no bastase, cualquier otro remedio darías sin temor, pues te pido lo muestres, quedando libre mi honra.

CELESTINA.— Señora, no tengas por extraño ser más fuerte de soportar para el herido la ardiente trementina y los ásperos puntos, que lastiman lo llagado y doblan la pasión, que no la primera herida, que dio sobre sano. Pues si tú quieres ser sana y que te descubra la punta de mi sutil aguja sin temor, pon a tus manos y pies una ligadura de sosiego, para tus ojos una venda de piedad, para tu lengua un freno de silencio, para tus oídos unos algodones de sufrimiento y paciencia, y verás obrar a la antigua maestra de estas llagas.

MELIBEA.— ¡Ay, cómo me muero con tu dilación! Di, por Dios, lo que quieras, haz lo que sepas, que no podrá ser tu remedio tan áspero, que iguale con mi pena y tormento. Aunque toque mi honra, aunque dañe mi fama, aunque lastime mi cuerpo, aunque sea romper mis carnes para sacar mi dolorido corazón, te doy mi palabra de estar segura y, si siento alivio, bien recompensada.

LUCRECIA.— El juicio tiene perdido mi señora. Gran mal es este. La ha hechizado esta bruja.

CELESTINA.— Nunca me ha de faltar un diablo aquí y allá: me escapé de Pármeno, me topo con Lucrecia.

MELIBEA.— ¿Qué dices, amada maestra? ¿Qué te hablaba esa muchacha?

CELESTINA.— No le oí nada. Pero diga lo que dijere, sabe que no hay cosa más contraria en las grandes curas delante de los animosos cirujanos, que los corazones débiles, los cuales con su gran lástima, con sus dolorosas palabras, con sus sentidos movimientos, ponen temor al enfermo, hacen que desconfíe de la salud y al médico enojan y turban, y la turbación altera la mano, rige sin orden la aguja. Por donde se puede conocer claro, que es muy necesario para tu salud que no esté persona delante, y así que la debes mandar salir. Y tú, hija Lucrecia, perdona.

MELIBEA.— Sal fuera pronto.

LUCRECIA.— ¡Ya!, ¡ya! ¡Todo está perdido! Ya me voy, señora.

CELESTINA.— También me da osadía tu gran pena, como ver que con tu sospecha has ya tragado alguna parte de mi cura; pero todavía es necesario traer más clara medicina y más saludable descanso de casa de aquel caballero Calisto.

MELIBEA.— Calla, por Dios, madre. No traigas de su casa cosa para mi provecho ni le nombres aquí.

CELESTINA.— Sufre, señora, con paciencia, que es el primer punto y principal. No se quiebre; si no, todo nuestro trabajo está perdido. Tu llaga es grande, tiene necesidad de áspera cura. Y lo duro con duro se ablanda más eficazmente. Y dicen los sabios que la cura del médico doloroso, deja mayor señal y que nunca peligro sin peligro se vence. Ten paciencia, que pocas veces lo molesto sin molestia se cura. Y un clavo con otro se expulsa y un dolor con otro. No concibas odio ni desamor ni consientas a tu lengua decir mal de persona tan virtuosa como Calisto, que si fuera conocido...

MELIBEA.— ¡Ay, por Dios, que me matas! ¿Y no te tengo dicho que no me alabes a ese hombre ni me lo nombres ni en bueno ni en malo?

CELESTINA.— Señora, este es otro y segundo punto, el cual si tú con tu mal sufrimiento no consientes, poco aprovechará mi venida y, si, como prometiste, lo sufres, tú quedarás sana y sin deuda y Calisto sin queja y pagado. Primero te avisé de mi cura y de esta invisible aguja, que sin llegar a ti, sientes en solo mencionarla en mi boca.

MELIBEA.— Tantas veces me nombrarás a ese tu caballero, que ni mi promesa baste ni la fe, que te di, a sufrir tus dichos. ¿De qué ha de quedar pagado? ¿Qué le debo yo a él? ¿Qué le soy en deuda? ¿Qué ha hecho por mí? ¿Qué necesario es él aquí para el propósito de mi mal? Más agradable me sería que rasgaras mis carnes y sacaras mi corazón, que no traer esas palabras aquí.

CELESTINA.— Sin romperte las vestiduras se lanzó en tu pecho el amor: no rasgaré yo tus carnes para curarlo.

MELIBEA.— ¿Cómo dices que llaman a este mi dolor, que así se ha enseñoreado de lo mejor de mi cuerpo?

CELESTINA.— Amor dulce.

MELIBEA.— Eso me declara qué es, que en solo oírlo me alegro.

CELESTINA.— Es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una deleitosa dolencia, un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte.

MELIBEA.— ¡Ay, mezquina de mí! Que si verdad es tu relación, dudosa será mi salud. Porque, según la contrariedad que esos nombres entre sí muestran, lo que al uno fuere provechoso acarreará al otro más pasión.

CELESTINA.— No desconfíe, señora, tu noble juventud de salud. Que, cuando el alto Dios da la llaga, tras ella envía el remedio. Mayormente que sé yo al mundo nacida una flor, que de todo esto te dará libre.

MELIBEA.— ¿Cómo se llama?

CELESTINA.— No te lo oso decir.

MELIBEA.— Di, no temas.

CELESTINA.— ¡Calisto! ¡Ay, por Dios, señora Melibea!, ¿qué poco esfuerzo es este? ¿Qué desmayo? ¡Ay, mezquina yo! ¡Alza la cabeza! ¡Ay, desventurada vieja! ¡En esto han de parar mis pasos! Si muere, me matarán; aunque viva, seré descubierta, que ya no podrá contenerse de no publicar su mal y mi cura. Señora mía Melibea, ángel mío, ¿qué has sentido? ¿Qué es de tu habla graciosa? ¿Qué es de tu color alegre? Abre tus claros ojos. ¡Lucrecia! ¡Lucrecia!, ¡entra pronto aquí!, verás desmayada a tu señora entre mis manos. Baja pronto por una jarra de agua.

MELIBEA.— Despacio, despacio, que yo me esforzaré. No escandalices la casa.

CELESTINA.— ¡Ay, triste de mí! No desfallezas, señora, háblame como sueles.

MELIBEA.— Y muy mejor. Calla, no me fatigues.

CELESTINA.— ¿Pues qué me mandas que haga, perla graciosa? ¿Qué ha sido este tu desfallecimiento? Creo que se van quebrando mis puntos.

MELIBEA.— Se quebró mi honestidad, se quebró mi recato, aflojó mi mucha vergüenza, y como muy naturales, como muy arraigados, no pudieron tan fácilmente despedirse de mi cara, que no llevaran consigo su color por algún poco de tiempo, mi fuerza, mi lengua y gran parte de mi sentido. ¡Ay!, pues ya, mi buena maestra, mi fiel secretaria, lo que tú tan abiertamente conoces, en vano trabajo por ocultártelo. Muchos y muchos días son pasados que ese noble caballero me habló de amor. Tanto me fue entonces su habla enojosa, cuanto, después que tú me lo volviste a nombrar, alegre. Han cerrado tus puntos mi llaga, rendida estoy a tu voluntad. En mi cordón llevaste envuelta la posesión de mi libertad. Su dolor de muelas era mi mayor tormento, su pena era la mía mayor. Alabo y elogio tu buen sufrimiento, tu cuerda osadía, tu generoso trabajo, tus solícitos y fieles pasos, tu agradable habla, tu buen saber, tu abundante solicitud, tu provechosa importunidad. Mucho te debe ese señor y más yo, que jamás pudieron mis reproches debilitar tu esfuerzo y perseverancia, confiando en tu mucha astucia. Antes, como fiel servidora, cuando más denodada, más diligente; cuando más desfavor, más esfuerzo; cuando peor respuesta, mejor cara; cuando yo más airada, tú más humilde. Pospuesto todo temor, has sacado de mi pecho lo que jamás a ti ni a otro pensé descubrir.

CELESTINA.— Amiga y señora mía, no te maravilles, porque estos fines con resultado me dan osadía a sufrir los ásperos y escrupulosos desdenes de las encerradas doncellas como tú. Verdad es que antes que me decidiera, así por el camino, como en tu casa, estuve en grandes dudas, si te descubriría mi petición. Visto el gran poder de tu padre, temía; mirando la gentileza de Calisto, osaba; vista tu discreción, me recataba; mirando tu virtud y humanidad, me esforzaba. En lo uno hablaba el miedo y en lo otro la seguridad. Y pues así, señora, has querido reconocer la gran merced, que nos has hecho, declara tu voluntad, echa tus secretos en mi regazo, pon en mis manos el arreglo de este concierto. Yo daré forma de cómo tu deseo y el de Calisto sean en breve cumplidos.

MELIBEA.— ¡Oh, mi Calisto y mi señor! ¡Mi dulce y suave alegría! Si tu corazón siente lo que ahora siente el mío, estoy maravillada de cómo la ausencia te permite vivir. ¡Oh, mi madre y mi señora!, haz de manera que pueda verlo enseguida, si quieres que viva.

CELESTINA.— Ver y hablar.

MELIBEA.— ¿Hablar? Es imposible.

CELESTINA.— Ninguna cosa es imposible para los hombres que quieren hacerla.

MELIBEA.— Dime cómo.

CELESTINA.— Ya lo tengo pensado, te lo diré: por entre las puertas de tu casa.

MELIBEA.— ¿Cuándo?

CELESTINA.— Esta noche.

MELIBEA.— Me harás muy feliz si lo organizas. Dime a qué hora.

CELESTINA.— A las doce.

MELIBEA.— Pues ve, mi señora, mi leal amiga, y habla con aquel señor para que venga con mucho cuidado, y desde allí se dará el acuerdo según su voluntad, a la hora que has dispuesto.

CELESTINA.— Adiós, que viene hacia acá tu madre.

MELIBEA.— Amiga Lucrecia, mi leal criada y fiel secretaria, ya has visto cómo no ha estado más en mi mano. Me ha cautivado el amor de aquel caballero. Te ruego por Dios que lo cubras con sello secreto, para que yo goce de tan suave amor. Tú serás tenida por mí en aquel lugar que merece tu fiel servicio.

LUCRECIA.— Señora, mucho antes de ahora he sentido tu llaga y calado tu deseo. Me ha dolido muchísimo tu perdición. Cuanto más tú querías encubrirme y ocultarme el fuego que te quemaba, tanto más sus llamas se manifestaban en el color de tu cara, en el poco sosiego del corazón, en el movimiento de tus miembros, en comer sin gana, en no dormir. Así que continuamente se te caían, como de entre las manos, señales muy claras de pena. Pero como en los tiempos en que la voluntad reina en los señores o el apetito desmedido, cumple a los servidores obedecer con diligencia corporal y no con artificiales consejos de lengua, sufría con pena, callaba con temor, encubría con lealtad; de manera que hubiera sido mejor el áspero consejo que la blanda lisonja. Pero, puesto que ya no tienes otro medio sino morir o amar, mucha razón es que se escoja por mejor aquello que en sí lo es.

ALISA.— ¿En qué andas aquí, vecina, cada día?

CELESTINA.— Señora, faltó ayer un poco de hilado al peso y vine a completarlo, porque di mi palabra y, traído, me voy. Quede Dios contigo.

ALISA.— Y contigo vaya.

ALISA.— Hija Melibea, ¿qué quería la vieja?

MELIBEA.— Venderme un poquito de afeite.

ALISA.— Eso creo yo más que lo que la vieja ruin dijo. Pensó que yo me disgustaría por ello y me mintió. Guárdate de ella, hija, que es gran traidora. Que el ladrón astuto siempre ronda las casas ricas. Sabe esta, con sus traiciones, con sus falsas mercaderías, cambiar los propósitos castos. Daña la fama. A las tres veces que entra en una casa, engendra sospecha.

LUCRECIA.— (Aparte.) Tarde se acuerda nuestra ama.

ALISA.— Por amor mío, hija, si vuelve acá sin que yo la vea, que no tengas por bien su venida ni la recibas con placer. Halle en ti honestidad en tu respuesta y jamás volverá. Que la verdadera virtud se teme más que la espada.

MELIBEA.— ¿De esas es? ¡Nunca más! Me alegro mucho, señora, de ser avisada, para saber de quién me tengo que guardar.

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