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Parte 9Cuarto episodio — El pastor

Edipo Rey · Sófocles · 3 min de lectura

(Entra el PASTOR.)

EDIPO.— Corintio, extranjero, a ti me dirijo primero. ¿Es este el hombre al que te refieres?

MENSAJERO.— Este es.

EDIPO.— Y ahora, anciano, mírame y responde a todo lo que te pregunte. ¿Fuiste en otro tiempo de la casa de Layo?

PASTOR.— Lo fui, un esclavo, no comprado sino criado en la casa.

EDIPO.— ¿Cuál era tu oficio? ¿En qué te ocupabas?

PASTOR.— La mayor parte de mi vida apacenté ovejas.

EDIPO.— ¿Qué pastos frecuentabas más?

PASTOR.— El Citerón y los montes vecinos.

EDIPO.— Entonces debiste conocer a ese hombre, al menos de oídas.

PASTOR.— ¿A ese hombre? ¿De qué manera? ¿De qué hombre hablas?

EDIPO.— Del hombre que está aquí, habiéndolo encontrado en tiempos pasados...

PASTOR.— Así de pronto no puedo recordarlo bien.

MENSAJERO.— No es extraño, señor. Pero yo refrescaré su memoria embotada. Seguro que puede recordar aquel tiempo en que juntos llevábamos nuestros rebaños, él dos, yo uno, por las laderas del Citerón, durante tres largos veranos; yo fui su compañero desde la primavera hasta que salía Arturo; luego, en el tiempo invernal, yo conducía los míos a casa, y él los suyos a los apriscos de Layo. ¿Ocurrieron estas cosas como digo, o no?

PASTOR.— Fue hace mucho tiempo, pero todo lo que dices es verdad.

MENSAJERO.— Bien, entonces debes recordar haberme dado un niño para criarlo como mi propio hijo adoptivo.

PASTOR.— ¿Por qué haces esa pregunta? ¿Qué importa eso?

MENSAJERO.— Amigo, el que está ante ti era ese niño.

PASTOR.— ¡Maldito seas! ¡Calla esa lengua desvergonzada!

EDIPO.— Suavemente, anciano, no lo reprendas; tus palabras merecen más castigo que las suyas.

PASTOR.— Oh, el mejor de los amos, ¿cuál es mi falta?

EDIPO.— No responder a lo que pregunta sobre el niño.

PASTOR.— Habla al azar, parlotea como un necio.

EDIPO.— Si te falta gracia para hablar, yo te soltaré la lengua.

PASTOR.— Por piedad, no maltrates a un anciano.

EDIPO.— ¡Detengan al villano, agarren y aten a este hombre!

PASTOR.— ¡Ay de mí, ay de mí! ¿Qué he hecho? ¿Qué más quieres saber?

EDIPO.— ¿Le diste a este hombre el niño del que pregunta?

PASTOR.— Lo hice; ¡y ojalá hubiera muerto ese día!

EDIPO.— Y morirás a menos que digas la verdad.

PASTOR.— Pero si la digo, estoy doblemente perdido.

EDIPO.— Me parece que el bribón seguirá eludiendo la verdad.

PASTOR.— No, confesé que lo di hace mucho tiempo.

EDIPO.— ¿De dónde vino? ¿Era tuyo, o te lo dieron?

PASTOR.— Lo tuve de otro, no era mío.

EDIPO.— ¿De quién de estos nuestros ciudadanos, y de qué casa?

PASTOR.— ¡Detente, por amor de los dioses, señor, no preguntes más!

EDIPO.— Si debo preguntarte otra vez, estás perdido.

PASTOR.— Pues bien... era un niño de la casa de Layo.

EDIPO.— ¿Nacido esclavo o uno de la propia estirpe de Layo?

PASTOR.— ¡Ay de mí! Estoy en el borde peligroso del habla.

EDIPO.— Y yo del escuchar, pero aún debo oír.

PASTOR.— Sabe entonces que el niño era, según se decía, su propio hijo, pero la que está dentro, tu esposa, podría decirlo mejor.

EDIPO.— ¿Cómo? ¿Ella, ella te lo dio?

PASTOR.— Así es, mi rey.

EDIPO.— ¿Con qué intención?

PASTOR.— Para deshacerse de él.

EDIPO.— ¿Qué, ella, su madre?

PASTOR.— Temiendo un destino terrible.

EDIPO.— ¿Qué destino?

PASTOR.— Se había predicho que él mataría a su padre.

EDIPO.— ¿Por qué se lo diste entonces a este anciano?

PASTOR.— Por compasión, señor, por el niño. Pensé que se lo llevaría al país de donde venía; pero lo preservó para las peores desgracias. Pues si en verdad eres lo que este hombre dice, ¡que los dioses se apiaden de ti! Naciste para la desgracia.

EDIPO.— ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Todo se ha cumplido, todo es verdad! ¡Oh, luz, que no te contemple nunca más! Me alzo como un miserable, maldito en mi nacimiento, maldito en mi matrimonio, un parricida, triplemente maldito por el incesto.

(Sale EDIPO.)

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