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Parte 3Primer episodio — Tiresias

Edipo Rey · Sófocles · 11 min de lectura

(Entra EDIPO.)

EDIPO.— Rezáis; está bien, pero si escucharais mis palabras y les prestarais atención, aplicando el remedio, tal vez encontraríais alivio y consuelo. Tened presente que hablo como alguien que llega ajeno a este relato, tanto como al crimen; pues ¿cómo podría yo sin ayuda seguir su rastro si no tengo ninguna pista? Y como me faltaba (pues fui inscrito como ciudadano de Tebas demasiado tarde), esta proclama dirijo a todos: Tebanos, si alguno sabe quién mató a Layo, hijo de Lábdaco, le exijo que me lo revele sin ocultarme nada. Y si teme hablar, que reflexione que confesándolo escapará a la pena capital; pues el peor castigo que le caerá será el destierro: partirá ileso. Pero si alguno sabe que el asesino es un extranjero de tierra ajena, que lo diga, y tendrá de mí la debida recompensa y mi agradecimiento además. Pero si seguís guardando silencio, si por miedo a vosotros mismos o a vuestros amigos desatendéis mi mandato, oíd lo que entonces decreto; impongo mi prohibición sobre el asesino, quienquiera que sea. Que nadie en esta tierra, de la cual yo tengo el gobierno soberano, le dé cobijo ni le dirija la palabra; que nadie le permita participar en la oración ni en el sacrificio ni en los ritos de purificación, sino que lo expulsen de sus casas. Pues él es nuestra contaminación, según me ha revelado recientemente el dios por medio de sus oráculos. Así, como su paladín, mantengo la causa tanto del dios como del rey asesinado. Y sobre el asesino lanzo esta maldición (sobre él y todos los cómplices de su culpa): ¡Desgraciado, que se consuma en absoluta miseria! Y en cuanto a mí mismo, si con mi consentimiento ganara acceso a mi hogar, ruego que la maldición que lancé sobre los demás caiga sobre mí. Procurad cumplir todo mi mandato, por mi causa y por la del dios y por nuestra tierra, un desierto arrasado por la ira del cielo. Pues, incluso dejando aparte la orden expresa del dios, sería un escándalo que dejaseis sin expiar el asesinato de un gran hombre y vuestro rey, sin seguir su rastro hasta el final. Y ahora que yo soy señor, sucesor de su trono, su lecho, su esposa (y si él no hubiera quedado frustrado en la esperanza de tener descendencia, hijos comunes de un mismo vientre habrían forjado un vínculo más estrecho entre él y yo, pero el Destino se abatió sobre él), por ello yo, como vengador de su sangre, mantendré su causa como si fuera mi padre, y no dejaré piedra sin remover para rastrear al asesino o vengar al hijo de Lábdaco, de Polidoro, de Cadmo y de Agénor, primero de la estirpe. Y para los desobedientes ruego así: Que los dioses no les envíen frutos oportunos de la tierra ni aumento fecundo del vientre, sino que se consuman y perezcan, como ahora se consumen, sí, y aún más castigados; pero a todos vosotros, mis leales súbditos que aprobáis mis actos, que la Justicia, nuestra aliada, y todos los dioses os sean propicios y os acompañen siempre.

CORO.— El juramento que me ofreces, señor, lo acepto y lo juro. Yo no lo maté, ni puedo nombrar al asesino. En cuanto a la búsqueda, sería conveniente, me parece, que Febo, que propuso el enigma, diera él mismo la respuesta: quién fue el asesino.

EDIPO.— Bien argumentado; pero ningún mortal puede esperar forzar a los dioses a hablar contra su voluntad.

CORO.— ¿Puedo entonces decir lo que me parece la segunda mejor opción?

EDIPO.— Sí, y si hay una tercera, dila también.

CORO.— Mi señor, si algún hombre ve las cosas igual que nuestro señor Febo, ese es nuestro profeta, el señor Tiresias; él, más que nadie, podría guiar al investigador de este asunto hacia la luz.

EDIPO.— Tampoco aquí ha flaqueado mi celo, pues por consejo de Creonte he enviado a buscarlo dos veces, y hace tiempo que me extraña que no esté aquí.

CORO.— También recuerdo rumores de hace tiempo... mero chismorreo.

EDIPO.— Cuéntamelos, quisiera saberlo todo.

CORO.— Se decía que cayó a manos de unos viajeros.

EDIPO.— Eso oí, pero nadie ha visto al hombre que lo vio caer.

CORO.— Bueno, si conoce el miedo, se estremecerá y huirá ante el terror de tu maldición.

EDIPO.— Las palabras no asustan al que no se acobarda ante los actos.

CORO.— Pero aquí hay uno para acusarlo. Mira, al fin traen al vidente inspirado por el dios, en quien, más que en ningún otro hombre, habita la verdad.

(Entra TIRESIAS, guiado por un muchacho.)

EDIPO.— Tiresias, vidente que comprendes todo, la sabiduría transmitida y los misterios ocultos, las cosas elevadas del cielo y las bajas de la tierra, tú sabes, aunque tus ojos ciegos nada vean, qué plaga infecta nuestra ciudad; y acudimos a ti, oh vidente, nuestra única defensa y escudo. El sentido de la respuesta que el dios devolvió a quienes buscamos su oráculo sin duda te lo han contado los mensajeros: cómo un solo camino podía librarnos de la peste, encontrar a los asesinos de Layo y matarlos o expulsarlos de la tierra. Por tanto, sin escatimar augurio ni otra adivinación que poseas, oh, sálvate a ti mismo, salva a tu patria y a tu rey, sálvanos a todos de esta contaminación de sangre derramada. De ti dependemos. Este es el fin supremo del hombre: poner todos sus poderes al servicio de los demás.

TIRESIAS.— ¡Ay, ay, qué desdicha es ser sabio cuando la sabiduría de nada sirve! Esta antigua verdad había olvidado; de lo contrario no estaría aquí.

EDIPO.— ¿Qué te pasa? ¿Por qué este humor melancólico?

TIRESIAS.— Déjame volver a casa; no me lo impidas; sería mejor que tú cargaras con tu peso y yo con el mío.

EDIPO.— ¡Qué vergüenza! Ningún tebano de verdadero linaje retendría así la palabra de la profecía.

TIRESIAS.— Tus palabras, oh rey, yerran el blanco, y yo, por miedo a que yo también tropiece como tú...

EDIPO.— Oh, habla, no te calles, te lo suplico, si sabes algo. Tu conocimiento... Todos somos tus suplicantes.

TIRESIAS.— Sí, porque todos carecéis de juicio, pero mi voz nunca revelará mis desdichas... ni las tuyas.

EDIPO.— ¿Cómo? ¿Sabes y no quieres hablar? ¿Pretendes traicionarnos y destruir el Estado?

TIRESIAS.— No quiero atormentarme ni atormentarte a ti. ¿Por qué preguntas inútilmente lo que de mí no aprenderás?

EDIPO.— ¡Monstruo! Tu silencio enfurecería a una piedra. ¿Nada te soltará la lengua? ¿Nada puede ablandarte ni quebrar tu obstinada mudez?

TIRESIAS.— Censuras mi humor y no ves el tuyo propio con el que estás casado; no, a mí me acusas.

EDIPO.— ¿Y quién podría contener su cólera al oír con qué insolencia desprecias al Estado?

TIRESIAS.— Bueno, vendrá lo que tenga que venir, aunque yo calle.

EDIPO.— Puesto que debe venir, tu deber es decírmelo.

TIRESIAS.— No tengo más que decir; enfurécete como quieras y da rienda suelta a toda tu ira contenida.

EDIPO.— Sí, estoy furioso, y no escatimaré palabras, sino que diré cuanto pienso. Tú, me parece, eres quien planeó el crimen, sí, y lo ejecutó también, todo salvo el asesinato; y si no fueras ciego, habría jurado además que tú solo cometiste el acto sangriento.

TIRESIAS.— ¿Ah, sí? Entonces te ordeno que te atengas a tu propia proclama; desde este día no hables ni a estos ni a mí. Tú eres el hombre, tú el maldito contaminador de esta tierra.

EDIPO.— Vil calumniador, sueltas estos insultos y piensas, sin duda, escapar impune como vidente.

TIRESIAS.— Sí, soy libre, fuerte en la fuerza de la verdad.

EDIPO.— ¿Quién fue tu maestro? No tu arte, me parece.

TIRESIAS.— Tú, aguijoneándome contra mi voluntad a hablar.

EDIPO.— ¿Qué palabras? Repítelas y resuelve mi duda.

TIRESIAS.— ¿No captaste mi sentido? ¿Quieres que te aguijonee más?

EDIPO.— Solo capté a medias tu significado; dilo de nuevo.

TIRESIAS.— Digo que tú eres el asesino del hombre cuyo asesino persigues.

EDIPO.— Te arrepentirás de repetir dos veces tan burda calumnia.

TIRESIAS.— ¿Debo decir más para agravar tu ira?

EDIPO.— Di cuanto quieras; será mero desperdicio de aliento.

TIRESIAS.— Digo que vives con tu pariente más cercano en infamia, sin saberlo en tu vergüenza.

EDIPO.— ¿Piensas menear la lengua impunemente para siempre?

TIRESIAS.— Sí, si el poder de la verdad puede prevalecer.

EDIPO.— Con otros hombres, pero no contigo, pues tú estás ciego en oído, ingenio, vista, en todo.

TIRESIAS.— Pobre necio, lanzas burlas contra mí que todos los aquí presentes te devolverán antes de mucho.

EDIPO.— Hijo de la Noche interminable, no tienes poder sobre mí ni sobre ningún hombre que vea el sol.

TIRESIAS.— No, pues tu destino no es caer por mí. Dejo a Apolo lo que concierne al dios.

EDIPO.— ¿Es esto una trama de Creonte, o tuya propia?

TIRESIAS.— No Creonte, tú mismo eres tu propia ruina.

EDIPO.— ¡Oh riqueza y poder y habilidad que supera a habilidad en el campo de batalla de la vida, cuánto rencor y envidia os siguen! Mirad, por esta corona que el Estado me confirió, un regalo, algo que yo no busqué, por esta corona el leal Creonte, mi amigo íntimo, ha conspirado para expulsarme y ha sobornado a este charlatán, a este embaucador juglar, a este astuto sacerdote mendigo, que solo por dinero tiene vista aguda, pero en su propio arte es ciego como una piedra. Dime, bellaco, ¿has demostrado alguna vez ser un profeta? Cuando estuvo aquí la Esfinge enigmática, ¿por qué no tuviste ninguna liberación para este pueblo? Y sin embargo el enigma no se resolvía con conjeturas, sino que requería el arte del profeta; en eso te mostraste carente; ni pájaros ni señal del cielo te ayudaron, pero yo llegué, el simple Edipo; yo le cerré la boca con ingenio natural, sin enseñanza de augurios. Este es el hombre que tú querrías socavar, con la esperanza de reinar con Creonte en mi lugar. Me parece que tú y tu instigador pronto lamentaréis vuestra trama para expulsar al chivo expiatorio. Agradece a tus canas que aún tengas que aprender qué castigo merece tal arrogancia.

CORO.— A nosotros nos parece que tanto el vidente como tú, oh Edipo, habéis pronunciado palabras airadas. No es momento de disputar sino de consultar cómo mejor podemos cumplir el oráculo.

TIRESIAS.— Rey como eres, al menos tengo libertad de palabra para replicar; en esto soy tu igual. No reconozco más señor que Loxias; a él sirvo y nunca podré figurar como hombre de Creonte. Así pues te respondo: ya que no has tenido reparo en reprocharme mi ceguera... tú tienes ojos, pero no ves en qué desgracia has caído, ni dónde habitas ni con quién compartes lecho. ¿Conoces tu linaje? No, no lo conoces, y sin saberlo eres doble enemigo de tu propia sangre, de los vivos y de los muertos; sí, y la maldición perseguidora de madre y padre un día te expulsará, como espada de doble filo, más allá de nuestras fronteras, y los ojos que ahora ven claro contemplarán en adelante noche sin fin. ¡Ah, a dónde no llegará tu grito amargo, qué risco en todo el Citerón que no reverbere entonces tu lamento, cuando hayas descubierto con qué himeneo fuiste llevado a casa, pero a ningún puerto seguro, en el vendaval! Sí, y un torrente de males que no imaginas pondrá a ti mismo y a tus hijos en una misma línea. Desprecia entonces tanto a Creonte como mis palabras, pues ningún mortal será golpeado peor que tú.

EDIPO.— ¿Debo soportar la insolencia de este sujeto? ¡Maldito seas! ¡Vete de aquí! ¡Fuera! ¡Y no cruces más mi umbral!

TIRESIAS.— Nunca habría venido si tú no me hubieras llamado.

EDIPO.— No sabía que dirías necedades, de lo contrario habrías esperado mucho tiempo a que te llamaran aquí.

TIRESIAS.— Tal soy yo: según te parece, un necio, pero para los padres que te engendraron, sabio.

EDIPO.— ¿Qué dices... «padres»? ¿Quién me engendró? ¡Habla!

TIRESIAS.— Este día será tu nacimiento y tu tumba.

EDIPO.— Te encanta hablar en enigmas y palabras oscuras.

TIRESIAS.— En descifrar enigmas, ¿quién tan diestro como tú?

EDIPO.— Repróchame aquello en lo que reside mi grandeza.

TIRESIAS.— Y sin embargo esa misma grandeza resultó tu perdición.

EDIPO.— No importa si salvé a la ciudad.

TIRESIAS.— Es hora de que me vaya. Ven, muchacho, llévame a casa.

EDIPO.— Sí, llévalo rápido, pues su presencia me molesta y me estorba; una vez que se haya ido, no podrá atormentarme más.

TIRESIAS.— Me voy, pero primero te diré por qué vine. No temo tu ceño, pues no puedes dañarme. Escucha entonces: este hombre a quien has buscado arrestar con amenazas y proclamas durante todo este tiempo, el miserable que asesinó a Layo... ese hombre está aquí. Pasa por extranjero en la tierra, pero pronto se demostrará que es tebano de nacimiento. Y sin embargo su fortuna le traerá poca alegría; pues ciego de vidente, vestido en harapos de mendigo en lugar de túnicas púrpuras, y apoyándose en su bastón, pronto se abrirá camino a tientas hacia una tierra extraña. Y de los hijos, habitantes de su hogar, se demostrará que es el hermano y el padre, de la que lo parió hijo y esposo a la vez, copartícipe y asesino de su padre. Entra y medita esto, y si descubres que he errado el blanco, declara en adelante que no tengo ingenio ni habilidad en la profecía.

(Salen TIRESIAS y EDIPO.)

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