Parte 11Éxodo — El cegamiento de Edipo
(Entra el SEGUNDO MENSAJERO.)
SEGUNDO MENSAJERO.— Venerables senadores de Tebas, gravísimos entre todos, ¡qué hechos vais a escuchar muy pronto, qué escenas presenciar, cómo os lamentaréis, si, verdaderos patriotas, aún veneráis la estirpe de Lábdaco! Ni el Istro ni todo el caudal del Fasis podrían, creo yo, lavar las manchas de sangre de esta casa, los males que oculta o pronto sacará a la luz, males cometidos con malicia, no involuntariamente. Las heridas más difíciles de soportar son las que uno mismo se inflige.
CORO.— Ya son bastante graves como para arrancarnos lágrimas y gemidos nuestras calamidades pasadas; ¿qué puedes añadir tú?
SEGUNDO MENSAJERO.— Mi relato se cuenta rápido y rápido se escucha. Nuestra soberana señora, la reina Yocasta, ha muerto.
CORO.— ¡Ay, pobre reina! ¿Cómo encontró la muerte?
SEGUNDO MENSAJERO.— Por su propia mano. Y todo el horror de ello, al no haberlo visto, no podéis comprenderlo. No obstante, en cuanto mi pobre memoria me lo permita, relataré la desgracia de la infeliz señora. Cuando en su frenesí hubo traspasado el vestíbulo, se apresuró directamente a alcanzar la cámara nupcial, mesándose el cabello con ambas manos, y, una vez dentro del aposento, cerró las puertas tras ella con estrépito. «Layo», gritó, e invocó a su esposo, muerto hacía ya mucho, mucho tiempo; su pensamiento estaba en aquel hijo engendrado por él, el hijo por quien el padre fue asesinado y la madre quedó para concebir con su propia semilla una monstruosa prole. Luego se lamentó por el lecho nupcial en el que, pobre desventurada, había concebido una doble estirpe, marido de marido, hijos de su hijo. Lo que ocurrió después no puedo decirlo, ni cómo sobrevino el fin, porque irrumpió entre nosotros Edipo con un alarido; todos los ojos quedaron fijos en Edipo, mientras recorría el lugar arriba y abajo, y no pudimos seguir hasta el final su agonía. Porque yendo de un lado a otro gritaba: «¡Una espada! ¿Dónde está la esposa, que no es esposa, el vientre fecundo que dio una doble cosecha, a mí y a los míos?». Y en su frenesí algún poder sobrenatural (ningún mortal, ciertamente, ninguno de nosotros que lo observábamos) guió sus pasos; con un grito terrible, como si alguien lo llamara, se estrelló contra las puertas plegables, y arrancó de sus goznes los cerrojos retorcidos y se precipitó dentro. Entonces contemplamos a la mujer colgando allí, con un lazo corredizo enroscado alrededor de su cuello. Pero cuando él la vio, con un rugido enloquecido aflojó la cuerda; y cuando su desdichado cadáver yació tendido en tierra, lo que siguió... ¡oh, fue espantoso! Arrancó los broches de oro que sostenían sus regias vestiduras, los alzó en alto y se golpeó de lleno las cuencas de los ojos, pronunciando palabras como estas: «No contemplaréis ya tales escenas de dolor, hechos que he sufrido y yo mismo he perpetrado; de aquí en adelante, sumidos en la oscuridad, veréis a aquellos que nunca debisteis haber visto; ahora ciegos para aquellos a quienes, cuando veía, en vano anhelaba conocer». Tal fue el estribillo de su lamento, al que, no una sino muchas veces, golpeó con la mano levantada sus ojos, y a cada golpe los orbes ensangrentados empapaban su barba, no goteando poco a poco, sino en un negro torrente sangriento, espeso como granizo. Tales males, brotando de la doble fuente, los han sumergido a ambos, confundiendo al hombre y a la mujer. Hasta ahora la celebrada fortuna de esta casa fue ciertamente afortunada; pero desde este día aflicción, lamentación, ruina, muerte, deshonra, todos los males que pueden nombrarse, todos, todos son suyos.
CORO.— ¿Pero no encuentra aún ningún alivio a su dolor?
SEGUNDO MENSAJERO.— Grita: «¡Abrid las puertas y que toda Tebas contemple al asesino de su padre, de su madre...!» Esa palabra vergonzosa mis labios no pueden repetirla. Jura que huirá desterrado por sí mismo de la tierra, que no se quedará para traer sobre su casa la maldición que él mismo pronunció; pero no tiene fuerzas ni quien lo guíe, y su tormento es más de lo que un hombre puede sufrir, como vosotros mismos veréis. Porque ved, los portones del palacio están abiertos, y pronto contemplaréis una escena tan triste que incluso quien deba aborrecerla la compadecería.
(Entra EDIPO cegado.)
CORO.— ¡Escena dolorosa! Ninguna más dolorosa han contemplado estos tristes ojos. ¿De dónde viene esta locura? Nadie puede decir quién te echó su hechizo, merodeando en torno a tu vida entera, saltando con un brinco demoníaco. ¡Infeliz desventurado! ¿Cómo puedo soportar contemplar tu desgracia? Aunque anhelo mirarte, mucho preguntar, mucho aprender, horrorizado aparto la vista.
EDIPO.— ¡Ay de mí! ¡Ay, pobre de mí! ¿Adónde soy llevado? ¡Cómo mi voz vuela lejos de mí por el aire, como un fantasma desamparado! Adelante, adelante me empuja el demonio. El fin, ¿ah, dónde está?
CORO.— Un fin demasiado espantoso para contarlo, demasiado oscuro para verlo.
EDIPO.— (Estrofa 1.ª) ¡Oscuridad, oscuridad! El horror de las tinieblas, como un sudario, me envuelve y me arrastra a través de la bruma y la nube. ¡Ay de mí, ay de mí! ¡Qué espasmos me atraviesan, qué punzadas de memoria agonizante!
CORO.— No es de extrañar que en tal situación sientas el doble peso de las desgracias pasadas y presentes.
EDIPO.— (Antístrofa 1.ª) Ah, amigo, aún leal, constante todavía y bondadoso, te preocupas por el ciego. Sé que estás cerca, y aunque privado de ojos, reconozco tu voz.
CORO.— Oh, autor de terribles actos, ¿cómo pudiste destruir así tu vista? ¿Qué demonio te aguijoneó?
EDIPO.— (Estrofa 2.ª) Apolo, amigo, Apolo, fue él quien trajo estos males a su cumplimiento; pero la mano derecha que asestó el golpe fue la mía, de nadie más. ¿Cómo, cómo podía seguir viendo cuando la vista no traía ningún placer?
CORO.— ¡Ay! Es como dices.
EDIPO.— Decid, amigos, ¿puede alguna mirada o voz o contacto de amor alegrar de ahora en adelante mi corazón? Daos prisa, amigos, sin vacilaciones tiernas, llevad lejos al doblemente maldito, lejos de toda vista, al hombre aborrecido de los dioses, maldito de los hombres.
CORO.— Oh, tu desesperación se ajusta bien a tu caso desesperado. Ojalá nunca hubiera contemplado tu rostro.
EDIPO.— (Antístrofa 2.ª) ¡Mi maldición sobre quien liberó los crueles grilletes del abandonado y revivió mi vida! Quiso hacerme un bien, pero de haberme dejado allí, habría ahorrado a mis amigos y a mí un mundo de sufrimiento.
CORO.— Yo también hubiera deseado que así fuera.
EDIPO.— Entonces nunca habría llegado a derramar la sangre de mi padre ni escalado el lecho de mi madre; el monstruoso vástago de un vientre profanado, compañero de lecho de quien me engendró, y su hijo. ¿Fue jamás un hombre afligido así antes, como Edipo?
CORO.— No puedo decir que hayas aconsejado bien, porque más te valdría estar muerto que vivir ciego.
EDIPO.— Lo que está hecho, bien hecho está. Nunca podrás quebrantar mi firme convicción. Basta de argumentos. Porque, si tuviera vista, no sé con qué ojos habría podido encontrarme con mi padre en las sombras, o con mi pobre madre, puesto que contra ambos pequé, un pecado que ninguna horca podría expiar. Sí, pero, decís vosotros, la vista de los hijos alegra los ojos de un padre. ¿Qué, nacidos como nacieron los míos? No, tal visión nunca podría traerme alegría; ni esta hermosa ciudad con sus murallas, sus templos y las estatuas de sus dioses, espectáculos de los que yo, ahora el más miserable de todos, antaño considerado el primero entre todos los tebanos en toda Tebas, por mi propia sentencia estoy separado, condenado por mi propia proclama contra el malvado, el malhechor declarado impuro por el propio cielo, y de la estirpe de Layo. Así marcado como un criminal por mí mismo, ¿cómo me habría atrevido a miraros a la cara? No, si hubiera conocido un modo de obstruir las fuentes del oído, no habría vacilado en hacer de este mísero cuerpo una mazmorra, apartado de la vista y el oído; porque es una dicha residir en regiones que el dolor no puede alcanzar. ¿Por qué me acogiste, Citerón, por qué no me tomaste y me mataste? Entonces nunca habría mostrado a los hombres el secreto de mi nacimiento. Oh, Pólibo, oh, Corinto, oh, mi hogar, hogar de mis antepasados (así fuiste llamado), ¡qué hermoso parecía entonces vuestro retoño, cuán inmunda la llaga que yacía pudriéndose en el capullo! Ahora está revelado el mal de raíz y fruto. Vosotros, caminos triples en lo alto, y tú, cañada oculta, bosquecillo y paso donde confluyen los tres caminos ramificados, bebisteis mi sangre, la sangre vital que estas manos derramaron, de mi padre; ¿acaso recordáis aquellas acciones mías que presenciasteis y la obra que realicé después cuando llegué a Tebas? Oh, fatal matrimonio, tú me diste nacimiento, y, habiéndome engendrado, sembraste de nuevo mi semilla, mezclando la sangre de padres, hermanos, hijos, novias, esposas y madres, una estirpe incestuosa, todos los horrores que se cometen bajo el sol, horrores tan inmundos que nombrarlos sería indecoroso. Oh, os conjuro, ocultadme en cualquier sitio lejos de esta tierra, o matadme de inmediato, o arrojadme a las profundidades del océano fuera de la vista. Venid aquí, dignaos tocar a un miserable abyecto; acercaos y no temáis; yo mismo debo cargar con el peso de la culpa que nadie más que yo puede compartir.
(Entra CREONTE.)
CREONTE.— Mira, aquí está Creonte, el único hombre para conceder tu súplica con acción o consejo, pues queda él como único guardián del Estado en tu lugar.
EDIPO.— ¡Ay de mí! ¿Qué palabras puedo encontrar para dirigirme a él? ¿Qué motivo tiene para confiar en mí? En el pasado he demostrado ser su rencoroso enemigo.
CREONTE.— No vengo en son de burla, Edipo, ni para reprocharte tus pasadas fechorías. (A los PRESENTES.) ¡Pero vergüenza sobre vosotros! Si no sentís ningún respeto por las decencias humanas, al menos reverenciad al Sol cuya luz contempla y nutre todo. No dejéis así desnudamente para que todos lo miren un horror que ni la tierra ni la lluvia del cielo ni la luz tolerarán. Llevadlo directamente adentro, porque es conveniente que las desgracias de un pariente sean oídas por parientes y vistas solo por parientes.
EDIPO.— Oh, escucha, puesto que tu presencia me resulta una sorpresa de grata alegría, tan noble tú y yo tan vil, oh, concédeme un pequeño favor. Te lo pido no por mí, sino por ti.
CREONTE.— ¿Y cuál es el favor que querrías pedirme?
EDIPO.— Arrójame de tus fronteras con toda celeridad; colócame dentro de algún vasto desierto donde ninguna voz mortal me salude nunca más.
CREONTE.— Esto ya lo habría hecho, pero primero consideré que me convenía consultar al dios.
EDIPO.— Su voluntad quedó plenamente expuesta: destruir al parricida, al canalla; y yo soy él.
CREONTE.— Sí, así habló, pero en nuestra presente situación sería mejor consultar de nuevo al dios.
EDIPO.— ¿Osáis inquirir acerca de semejante miserable?
CREONTE.— Sí, porque tú mismo ahora darías crédito a su palabra.
EDIPO.— Sí, y sobre ti, con toda humildad, pongo este encargo: que ella, la que yace dentro, reciba la sepultura que tú ordenes; tales ritos te corresponde a ti, como hermano, realizar. Pero en cuanto a mí, oh, nunca permitas que mi Tebas, la ciudad de mis padres, esté condenada a soportar la carga de mi presencia mientras viva. No, déjame ser un morador de las colinas, en aquel monte Citerón, célebre como mío, mi tumba predestinada para mí por mi padre y mi madre, mientras vivían, para que pueda morir asesinado como ellos intentaron asesinarme cuando estaba vivo. Esto sé con plena certeza: ni la enfermedad acabará con mis días, ni ningún azar común; porque nunca habría sido arrebatado de la muerte a menos que estuviera predestinado a algún destino terrible. Así sea. No me importa cómo trate el Destino conmigo, pero mis infelices hijos... por mis hijos varones no te preocupes, oh, Creonte, son hombres, y por sí mismos, dondequiera que estén, pueden valerse. Pero por mis dos hijas, pobres doncellas inocentes, que siempre se sentaron a mi lado en la mesa compartiendo mis alimentos, bebiendo de mi copa, por ellas, te lo ruego, cuida, y, si quieres, oh, si pudiera sentir su contacto y hacer mi lamento. Óyeme, oh, príncipe, mi príncipe de noble corazón. Si pudiera tocarlas ciegamente con mis manos pensaría que todavía son mías, como cuando veía.
(Son traídas ANTÍGONA e ISMENE.)
¿Qué digo? ¿Pueden ser mis pequeñas cuyos sollozos oigo? ¿Ha tenido Creonte piedad de mí y me ha enviado a mis dos queridas? ¿Puede ser esto?
CREONTE.— Es verdad; fui yo quien te procuró este placer, conociendo la alegría que eran para ti antiguamente.
EDIPO.— ¡Que Dios te lo pague! Y como recompensa por traerlas, que la Providencia te trate con más bondad de la que me ha tratado a mí. Oh, hijas mías, ¿dónde estáis? Dejadme abrazaros con estas manos, las manos de un hermano, de un padre; manos que convirtieron en cuencas sin brillo sus ojos antaño luminosos; manos de un hombre que ciegamente, temerariamente, se convirtió en vuestro padre por aquella de quien él mismo brotó. Aunque no puedo contemplaros, debo llorar al pensar en los días malos por venir, en los desprecios y agravios que los hombres os infligirán. Dondequiera que vayáis a fiesta o festival, no será ninguna alegría para vosotras, sino que a menudo regresaréis avergonzadas y en lágrimas. Y cuando lleguéis a la edad casadera, ¿dónde está el pretendiente audaz que se arriesgará a tomar para sí mismo tal deshonra como la que aún debe adherirse a los hijos de mis hijos? Porque, ¿qué infamia falta aquí? «Su padre mató a su padre, sembró la semilla donde él mismo fue engendrado, y engendró estas doncellas en la fuente misma de donde él brotó». Tales son las burlas que los hombres os lanzarán. ¿Quién, entonces, se casará con vosotras? Nadie, creo yo, sino que debéis languidecer, pobres doncellas, en soltera esterilidad. Oh, príncipe, hijo de Meneceo, a ti me vuelvo, en ti recae ser padre de ellas, porque nosotros, sus padres naturales, ambos estamos perdidos. Oh, no las dejes vagar pobres, sin esposo, tu parentela, ni permitas que compartan mi baja condición. Oh, compadécelas, tan jóvenes, y sin ti completamente desamparadas. Tu mano sobre ello, príncipe. A vosotras, hijas mías, tendría mucho que decir, si fuerais lo bastante maduras para oírlo. Baste con esto: rogad que podáis encontrar algún hogar y vivir contentas, y que vuestra suerte resulte más feliz que la de vuestro padre.
CREONTE.— Ya has llorado bastante; pasa adentro.
EDIPO.— Debo obedecer, aunque es penoso.
CREONTE.— No llores, todo debe tener su momento.
EDIPO.— Bien, me voy, pero con condiciones.
CREONTE.— ¿Cuáles son tus condiciones para irte, di?
EDIPO.— Envíame de la tierra como exiliado.
CREONTE.— Pide eso a los dioses, no a mí.
EDIPO.— Pero yo soy la abominación de los dioses.
CREONTE.— Entonces pronto concederán tu súplica.
EDIPO.— Llévame de aquí, entonces, estoy dispuesto.
CREONTE.— Ven, pero deja ir a tus hijas.
EDIPO.— ¡No me robes a estas hijas mías!
CREONTE.— No ansíes el dominio en todo, porque el dominio que te elevó fue tu perdición y causó tu caída.
CORO.— Mirad, compatriotas y tebanos, este es Edipo el grande, él que conoció el enigma de la Esfinge y fue el más poderoso en nuestro Estado. ¿Quién de todos nuestros ciudadanos no contempló su fama con ojos envidiosos? Ahora, ¡en qué mar de desgracias hundido y abrumado yace! Por tanto, esperad a ver el final de la vida antes de contar a un mortal dichoso; esperad hasta que libre de dolor y pena haya alcanzado su descanso final.
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