Parte 5Segundo episodio — Creonte y Yocasta
(Entra EDIPO.)
EDIPO.— ¡Tú! ¿Qué haces aquí? ¿Te atreves a acercarte a mis puertas, desvergonzado? ¿Tú, que eres mi asesino y el ladrón de mi corona? Vamos, responde: ¿descubriste en mí algún rastro de cobardía o de estupidez que te hizo emprender esta empresa? ¿Acaso te parecí demasiado simple para percibir a la serpiente que se arrastraba hacia mí en la oscuridad, o demasiado débil para aplastarla cuando la vi? Tú eres el necio al intentar conseguir la corona sin seguidores ni amigos, un premio que solo se gana con seguidores y riqueza.
CREONTE.— Escúchame. Has hablado tú, ahora me toca responder. Cuando me hayas oído, juzga.
EDIPO.— Tienes la lengua ágil, pero yo soy lento en aprender de ti; conozco demasiado bien tu odio venenoso.
CREONTE.— Primero quisiera discutir precisamente ese punto.
EDIPO.— No discutas que no eres un canalla.
CREONTE.— Si crees que la terquedad, sin guía de la razón, es una virtud, estás muy equivocado.
EDIPO.— Si crees que un pariente puede ser agraviado y no sufrir castigo, estás muy errado.
CREONTE.— En eso juzgas con acierto, pero ese agravio que alegas, dime qué es.
EDIPO.— ¿Aconsejaste o no que llamara al profeta?
CREONTE.— Sí, y me sostengo en ello.
EDIPO.— Dime cuánto tiempo ha pasado desde que Layo...
CREONTE.— ¿Desde que Layo...? No comprendo adónde apuntas.
EDIPO.— Fue arrebatado por manos violentas.
CREONTE.— En el pasado remoto, hace muchos años.
EDIPO.— ¿Ejercía el profeta su oficio por entonces?
CREONTE.— Sí, tan hábil como ahora y con la misma reputación.
EDIPO.— ¿Se refirió a mí en algún momento?
CREONTE.— No que yo sepa, no cuando yo estaba presente.
EDIPO.— ¿Pero no se hizo búsqueda e investigación?
CREONTE.— Desde luego que se hizo una búsqueda completa, pero no se averiguó nada.
EDIPO.— ¿Por qué no contó el adivino su historia entonces?
CREONTE.— No lo sé, y al no saberlo, guardo silencio.
EDIPO.— Esto sí lo sabes y puedes decirlo con certeza.
CREONTE.— ¿Qué quieres decir? Todo lo que sé lo declararé.
EDIPO.— Que de no ser por tu instigación, jamás habría atribuido el adivino a mí la muerte de Layo.
CREONTE.— Si así lo dice, tú lo sabes mejor; pero yo querría a mi vez ponerte en cuestión.
EDIPO.— Pregunta y demuestra que soy un asesino si puedes.
CREONTE.— Entonces déjame preguntarte: ¿te casaste con mi hermana?
EDIPO.— Un hecho tan evidente no puedo negarlo.
CREONTE.— ¿Y como tu consorte reina comparte el trono?
EDIPO.— Le concedo libremente todo lo que su corazón desea.
CREONTE.— ¿Y con vosotros dos comparto el triple poder?
EDIPO.— Sí, y eso es lo que demuestra que eres un amigo falso.
CREONTE.— No es así, si razonaras contigo mismo como yo conmigo mismo. Primero, te invito a que pienses: ¿elegiría algún mortal un reinado turbulento de terrores en lugar de un reposo seguro, si se le diera el mismo poder? En cuanto a mí, no tengo ningún anhelo natural por el nombre de rey, prefiriendo hacer actos regios, y así piensa todo hombre sensato. Ahora todas mis necesidades están satisfechas gracias a ti, y no tengo nada que temer; pero si fuera rey, mis actos a menudo irían contra mi voluntad. ¿Cómo podría entonces tener un título más atractivo para mí que los placeres de una influencia ilimitada? No soy tan insensato como para aferrarme a la sombra cuando sostengo firme la sustancia. Ahora todos me desean buena suerte, me desean el bien, y todo solicitante busca ganarse mi oído si espera obtener un favor de ti. ¿Por qué habría de dejar lo mejor y escoger lo peor? Eso sería pura locura, y yo no estoy loco. Ninguna ambición semejante me ha tentado jamás, ni participaría en tal intriga. Y si dudas de mí, primero ve a Delfos, averigua allí si mi informe fue veraz sobre la respuesta del dios; luego investiga si con el adivino tramé o conspiré, y si resulta ser así, condéname a muerte, no solo por tu voto sino por el mío y el tuyo. Pero oh, no me condenes sin recurso, por mera sospecha. No es justo considerar al azar malos a los hombres buenos, ni buenos a los malos. Tan pronto despojaría un hombre de lo que considera más precioso, su propia vida, como desdeñar a un amigo verdadero. Aprenderás con el tiempo la verdad, pues solo el tiempo revela al justo; un villano se detecta en un día.
CORO.— Para quien camina con cautela, sus palabras son convincentes; los consejos apresurados no son seguros.
EDIPO.— Cuando el conspirador furtivo avanza con pasos rápidos, yo también debo ser rápido con mi contracomplot. Esperar pasivamente su ataque significa para él el éxito seguro, para mí la derrota asegurada.
CREONTE.— Entonces ¿cuál es tu voluntad? ¿Desterrarme de la tierra?
EDIPO.— No quiero que seas desterrado, no, sino muerto, para que los hombres vean la recompensa que cosecha la envidia.
CREONTE.— Veo que no cederás ni me creerás.
EDIPO.— Solo un necio creería a alguien como tú.
CREONTE.— No eres sabio.
EDIPO.— Sabio para mí mismo al menos.
CREONTE.— ¿Por qué no también para mí?
EDIPO.— ¿Por qué para un bribón semejante?
CREONTE.— Supón que careces de juicio.
EDIPO.— Aun así los reyes deben gobernar.
CREONTE.— No si gobiernan mal.
EDIPO.— ¡Oh tebanos míos, escuchadlo!
CREONTE.— ¿Tus tebanos? ¿Acaso no soy yo también tebano?
CORO.— Cesad, príncipes; mirad, viene, y no demasiado pronto, Yocasta desde el palacio. ¿Quién tan idónea como pacificadora para reconciliar vuestra disputa?
(Entra YOCASTA.)
YOCASTA.— Príncipes extraviados, ¿por qué habéis suscitado esta querella de palabras? ¿No os avergonzáis, mientras toda la tierra yace afligida, de airear así vuestras ofensas privadas? Entra, mi señor; vete a casa, hermano mío, y absteneos de hacer un escándalo público de una pena insignificante.
CREONTE.— Mi regia hermana, Edipo, tu señor, me ha ordenado elegir (¡oh terrible alternativa!) entre el exilio de un proscrito o la muerte de un criminal.
EDIPO.— Sí, señora; lo he sorprendido maquinando contra mi persona real sus viles artes.
CREONTE.— Que jamás prospere sino que muera maldito, si de algún modo soy culpable de esta acusación.
YOCASTA.— Créele, te lo suplico, Edipo, primero por el bien de su solemne juramento, luego por el mío, y por el de tus ancianos que te asisten.
CORO.— Estrofa 1.ª
Escucha, rey, reflexiona, te rogamos, no seas obstinado sino que cede.
EDIPO.— ¿Di a qué debo consentir?
CORO.— Respeta a un hombre cuya probidad y lealtad son conocidas por todos y ahora confirmadas por juramento.
EDIPO.— ¿Sabes qué gracia solicitas?
CORO.— Sí, lo sé.
EDIPO.— Declárala entonces y haz claro tu propósito.
CORO.— No difames a un amigo al que lenguas parlanchinas atacan; no permitas que la sospecha prevalezca contra su juramento.
EDIPO.— Sabed que al buscar esto buscáis en verdad mi muerte o destierro.
CORO.— No, por el líder de la hueste divina.
Estrofa 2.ª
Atestigua tú, Sol, tal pensamiento nunca fue mío. Sin bendición, sin amigos pueda yo perecer, si alguna vez albergué tal deseo. Pero oh, mi corazón está desolado meditando sobre nuestro Estado afligido. Doblemente caído si la discordia creciera entre vosotros dos, para coronar nuestra desgracia.
EDIPO.— Bien, que se vaya, no importa lo que me cueste, o muerte cierta o vergonzoso destierro. Por vosotros cedo, no por él; y a él, dondequiera que esté, mi corazón seguirá aborreciéndolo.
CREONTE.— Eres tan huraño en tu talante conciliador como en tu ira fuiste truculento. Tales temperamentos justamente se atormentan a sí mismos más que a nadie.
EDIPO.— Déjame en paz y vete.
CREONTE.— Me voy, juzgado erróneamente por ti, pero justificado por estos.
(Sale CREONTE.)
CORO.— Antístrofa 1.ª
Señora, lleva dentro a tu consorte; ¿por qué demorar más aquí?
YOCASTA.— Dime primero cómo surgió la disputa.
CORO.— Rumores engendraron sospechas injustas y la injusticia irrita profundamente.
YOCASTA.— ¿Ambos tuvieron la culpa?
CORO.— Ambos.
YOCASTA.— ¿Cuál fue el relato?
CORO.— No me preguntes más. La tierra está muy afligida; sería mejor dejar descansar los males dormidos.
EDIPO.— ¡Extraño consejo, amigo! Sé que me deseas el bien, y sin embargo querrías mitigar y embotar mi celo.
CORO.— Antístrofa 2.ª
Rey, lo digo una vez más: me habría demostrado insensato, demente, si a la ligera apartara a ti, sostén y apoyo de mi país, piloto que, cuando buscábamos el peligro, a puerto tranquilo trajiste nuestro Estado angustiado; y ahora, ¿quién puede guiarnos rectamente sino tú?
YOCASTA.— Déjame a mí también, te lo suplico, saber, oh rey, qué causa ha suscitado esta ira implacable.
EDIPO.— Lo haré, pues tú eres más para mí que estos. Señora, la causa es Creonte y sus conspiraciones.
YOCASTA.— ¿Pero qué provocó la querella? Aclara esto.
EDIPO.— Me señala como el asesino de Layo.
YOCASTA.— ¿Por su propio conocimiento o por informe ajeno?
EDIPO.— Es demasiado astuto para comprometerse, y hace portavoz a un adivino bribón.
YOCASTA.— Entonces puedes aliviar tu conciencia en ese aspecto. Escucha y te convenceré de que ningún hombre tiene parte ni suerte en el arte profético. Aquí está la prueba en breve. Una vez llegó a Layo un oráculo (no diré que fue del propio dios délfico, sino de sus ministros) declarando que estaba condenado a perecer a manos de su propio hijo, un niño que debía nacer de él y de mí. Ahora bien, Layo, según al menos afirmó el informe, fue asesinado un día por salteadores, no nativos, en un lugar donde se encuentran tres caminos. En cuanto al niño, tenía solo tres días cuando Layo, con sus tobillos perforados y sujetos, lo entregó para que fuera arrojado por otros en la ladera de la montaña sin senderos. Así pues, Apolo no hizo que se cumpliera que el niño fuera el asesino de su padre, o que se realizara el terror temido, y que Layo fuera asesinado por su propio hijo. Tal fue el horóscopo del profeta. Oh rey, no le hagas caso. Todo aquello que el dios considere oportuno buscar, él mismo sin ayuda lo revelará.
EDIPO.— ¡Qué recuerdos, qué tumulto salvaje del alma se apoderó de mí, señora, cuando te oí hablar!
YOCASTA.— ¿Qué quieres decir? ¿Qué te ha conmocionado y sobresaltado?
EDIPO.— Me pareció oírte decir que Layo fue asesinado en el encuentro de tres caminos.
YOCASTA.— Así corrió la historia que aún circula.
EDIPO.— ¿Dónde sucedió esto? ¿Conoces el lugar?
YOCASTA.— La región se llama Fócida; el lugar es donde se encuentran los caminos ramales de Delfos y de Dáulide.
EDIPO.— ¿Y cuánto tiempo hace que sucedieron estas cosas?
YOCASTA.— Fue poco antes de que fueras proclamado gobernante de nuestro país cuando se trajo la noticia.
EDIPO.— ¡Oh Zeus, qué has querido hacer conmigo!
YOCASTA.— ¿Qué es, Edipo, lo que te conmueve así?
EDIPO.— No me preguntes todavía; dime la constitución y altura de Layo. ¿Estaba aún en la flor de la edad viril?
YOCASTA.— Alto era, y su cabello estaba ligeramente salpicado de plata; y no distinto a ti en forma.
EDIPO.— ¡Ay de mí! Me parece que sin saberlo acabo de lanzar una terrible maldición sobre mí mismo.
YOCASTA.— ¿Qué dices? Cuando te miro, mi rey, tiemblo.
EDIPO.— Es un presentimiento terrible que al final el adivino resultará no estar ciego. Una pregunta más para resolver mi duda.
YOCASTA.— Me estremezco; pero pregunta, y responderé todo.
EDIPO.— ¿Tenía pocos acompañantes o un séquito de escoltas armadas con él, como un príncipe?
YOCASTA.— Eran solo cinco en total, y uno de ellos un heraldo; Layo iba en un carro tirado por mulas.
EDIPO.— ¡Ay! Está claro como el mediodía ahora. Pero di, señora, ¿quién llevó este informe a Tebas?
YOCASTA.— Un siervo, el único superviviente que regresó.
EDIPO.— ¿Acaso está a mano o en la casa?
YOCASTA.— No, pues tan pronto como regresó y te encontró reinando en lugar de Layo muerto, me tomó la mano y me suplicó que lo enviara a los Alpes y pastos, donde pudiera estar lo más lejos posible de la vista de Tebas. Y así lo envié. Era un esclavo honrado y bien merecía alguna recompensa mejor.
EDIPO.— Tráelo de inmediato. Deseo ver al hombre.
YOCASTA.— Será traído; pero ¿por qué convocarlo?
EDIPO.— Señora, temo que mi lengua se ha excedido en la discreción; por tanto querría interrogarlo.
YOCASTA.— Bien, vendrá, pero ¿no puedo yo también reclamar compartir la carga de tu corazón, mi rey?
EDIPO.— Y no serás frustrada en tu deseo. Ahora que mis imaginaciones han llegado tan lejos, ¿quién tiene mayor derecho que tú a escuchar mi relato de terribles aventuras? Escucha entonces. Mi padre fue Pólibo de Corinto, y mi madre Mérope, una doria; y yo era considerado el principal ciudadano, hasta que me sucedió algo extraño, extraño en verdad, aunque apenas merecedor de todo el ardor que suscitó. Un juerguista en algún banquete, ebrio de vino, gritó «No eres verdadero hijo de tu padre». Me irritó, pero tragué por el momento el insulto; a la mañana siguiente busqué a mi madre y a mi padre y los interrogué. Estaban indignados por la calumnia proferida al azar sobre mi paternidad e hicieron lo posible por consolarme, pero aún así el dardo envenenado me dolía, pues aún el escándalo se extendía y crecía. Así que privadamente, sin su permiso, fui a Delfos, y Apolo me envió de vuelta frustrado del conocimiento que vine a buscar. Pero otras cosas penosas profetizó: desgracias, lamentaciones, luto, portentos terribles; a saber, que debía mancillar el lecho de mi madre y engendrar una descendencia demasiado repugnante para contemplarla, y matar al padre de cuyas entrañas nací. Entonces, señora —oirás la pura verdad—, cuando me acercaba a los caminos de triple ramificación, un heraldo me encontró y un hombre que estaba sentado en un carro tirado por potros —como en tu relato—. El hombre de delante y el anciano mismo amenazaron con echarme rudamente del camino, entonces, sacudido por el auriga con ira, lo golpeé, y el anciano, viendo esto, esperó hasta que pasé y desde su carro dejó caer en pleno sobre mi cabeza la aguijada de doble punta. Sin embargo quedé a mano con él y más; un golpe de mi buen bastón bastó para arrojarlo limpiamente fuera del asiento del carro y dejarlo tendido. Y así los maté a todos. Pero si entre este extraño hubo algo en común con Layo, ¿quién más miserable que yo, qué mortal podrías encontrar más aborrecido por los dioses? Desdichado a quien ningún forastero, ningún ciudadano puede albergar o dirigir la palabra, a quien todos están obligados a expulsar de sus hogares. Y esta misma maldición fue puesta sobre mí, y puesta por nadie sino por mí. Sí, con estas manos ensangrentadas contamino el lecho de quien maté. Di, ¿soy vil? ¿No soy totalmente impuro, un desdichado condenado a ser desterrado, y en el destierro renunciar a la vista de todos mis seres más queridos, y nunca pisar de nuevo mi tierra natal; o bien casarme con mi madre y matar a mi padre, Pólibo, quien me engendró y me crió? Si alguien dijera que esto es obra de algún poder inhumano, ¿quién podría culpar su juicio? Pero vosotros, dioses puros y terribles, ¡prohibid, prohibid que yo vea ese día! Que sea borrado de entre los hombres vivos antes de que tal plaga marque sobre mí su estigma.
CORO.— Nosotros también, oh rey, estamos turbados; pero hasta que hayas interrogado al superviviente, mantén aún la esperanza.
EDIPO.— Mi esperanza es débil, pero aún sobrevive lo suficiente para ordenarme esperar la llegada de este pastor.
YOCASTA.— Supón que está aquí, ¿qué querrías averiguar de él?
EDIPO.— Te lo diré, señora; si su relato concuerda con el tuyo, habré escapado a la calamidad.
YOCASTA.— ¿Y qué de especial importancia dije?
EDIPO.— En tu informe de lo que dijo el pastor, Layo fue asesinado por salteadores; ahora bien, si él todavía habla de salteadores, no de un salteador, yo no lo maté; «uno» no puede cuadrar con «muchos». Pero si dice un caminante solitario, el último eslabón que falta para mi culpa queda forjado.
YOCASTA.— Bien, queda tranquilo, su relato fue así al principio, ni puede ahora retractar lo que entonces dijo; no solo yo sino todos nuestros ciudadanos lo oyeron. Aunque variara algo en su historia, no puede hacer que la muerte de Layo cuadre de ningún modo con el oráculo. Pues Loxias dijo expresamente que estaba condenado a morir a manos de mi hijo, pero él, pobre criatura, no derramó sangre, sino que pereció primero él mismo. Así que basta de adivinación. De ahora en adelante no buscaré señales ni a derecha ni a izquierda.
EDIPO.— Razonas bien. Aun así, querría que enviaras y trajeras al siervo aquí. Ocúpate de ello.
YOCASTA.— Lo haré de inmediato. Ven, entremos. No haría nada que desagrade a mi señor.
(Salen EDIPO y YOCASTA.)
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