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Parte 7Tercer episodio — El mensajero de Corinto

Edipo Rey · Sófocles · 7 min de lectura

(Entra YOCASTA.)

YOCASTA.— Señores, os asombráis al ver a vuestra reina con guirnaldas y ofrendas de incienso en las manos. He querido visitar los grandes templos, porque Edipo está agobiado, aterrado por múltiples terrores. No usa su experiencia pasada, como haría un hombre sensato, para juzgar la necesidad presente, sino que presta oído a cualquier agorero que presagie males. Como mis consejos de nada sirven, me dirijo a ti, nuestra ayuda presente en momentos de tribulación, Apolo, Señor Licio, y ante ti traigo aquí mis plegarias y súplicas. Líbranos, señor, y límpialos de esta maldición. Porque ahora todos estamos amedrentados como marineros que ven a su timonel estupefacto en medio de la tormenta.

(Entra un MENSAJERO de Corinto.)

MENSAJERO.— Señores, decidme dónde está el palacio de Edipo; o mejor aún, ¿dónde está el rey?

CORO.— Este es el palacio y él se encuentra dentro; esta es su reina, madre de sus hijos.

MENSAJERO.— Que toda la felicidad la acompañe a ella y a la casa. Bendito sea su esposo y su lecho nupcial.

YOCASTA.— Salud a ti, extranjero; tus palabras corteses merecen una respuesta semejante. Pero dime por qué vienes, qué necesitas o qué noticias traes.

MENSAJERO.— Buenas para tu esposo y para la casa real.

YOCASTA.— ¿Cuáles pueden ser? ¿De quién eres mensajero?

MENSAJERO.— Los ciudadanos del Istmo han resuelto hacer a tu esposo rey, según se anunciaba allí.

YOCASTA.— ¿Qué? ¿Acaso el anciano Pólibo ya no es rey?

MENSAJERO.— No, en verdad; ha muerto y está en su tumba.

YOCASTA.— ¿Qué? ¿Ha muerto el padre de Edipo?

MENSAJERO.— Si miento, que yo mismo muera.

YOCASTA.— Rápido, muchacha, lleva estas noticias a mi señor. ¡Oráculos enviados por los dioses, dónde os encontráis ahora! Este es el hombre a quien Edipo durante tanto tiempo evitó, por temor a demostrar que era su asesino; y ahora muere por causas naturales, no por su mano.

(Entra EDIPO.)

EDIPO.— Esposa mía, mi reina, Yocasta, ¿por qué me has llamado desde mi palacio?

YOCASTA.— Escucha a este hombre, y al escucharlo juzga en qué han quedado todos aquellos oráculos que inspiraban temor.

EDIPO.— ¿Quién es este hombre y qué noticias trae para mí?

YOCASTA.— Viene de Corinto y su mensaje es este: tu padre Pólibo ha fallecido.

EDIPO.— ¿Qué? Que lo oiga de tu propia boca, extranjero.

MENSAJERO.— Si primero debo dejar claro sin ninguna duda mi mensaje, sabe que Pólibo ha muerto.

EDIPO.— ¿Por traición o visitado por la enfermedad?

MENSAJERO.— Un leve toque basta para enviar a un anciano a su descanso.

EDIPO.— Entonces murió de alguna enfermedad, pobre hombre.

MENSAJERO.— Sí, habiendo cumplido el curso completo de los años.

EDIPO.— ¡Fuera con eso, señora! ¿Por qué habría uno de tener en cuenta el hogar Pitio o las aves que chillan en el aire? ¿Acaso no me señalaron como destinado a matar a mi padre? Pero él está muerto y en su tumba, y aquí estoy yo, que jamás desenvainé una espada; a menos que el anhelo por su hijo ausente lo matara, y así yo lo matara en cierto sentido. Pero, tal como están las cosas, los oráculos están muertos, polvo, cenizas, nada, tan muertos como Pólibo.

YOCASTA.— Dime, ¿no predije yo esto hace mucho tiempo?

EDIPO.— Lo hiciste, pero fui engañado por mi miedo.

YOCASTA.— Entonces que ya nada pese más sobre tu alma.

EDIPO.— ¿Acaso no debo temer el lecho nupcial de mi madre?

YOCASTA.— ¿Por qué habría de temer un hombre mortal, juguete del azar, sin conocimiento seguro del futuro? Lo mejor es vivir una vida despreocupada, al día. No temas estas nupcias con tu madre. Con qué frecuencia sucede que en sueños un hombre se ha desposado con su madre. Quien menos atiende a tales fantasías enfermizas vive con mayor tranquilidad.

EDIPO.— Habría compartido plenamente tu confianza si mi madre no viviera; como vive, aunque medio convencido, aún debo vivir con temor.

YOCASTA.— Y sin embargo, la muerte de tu padre disipa mucha oscuridad.

EDIPO.— Mucha, pero mi temor se refiere a ella, que vive.

MENSAJERO.— ¿Quién puede ser esta mujer a quien así teméis?

EDIPO.— Mérope, extranjero, esposa de Pólibo.

MENSAJERO.— ¿Y qué hay en ella que pueda causarte temor?

EDIPO.— Un oráculo de terrible presagio enviado por el cielo.

MENSAJERO.— ¿Un misterio, o puede un extranjero oírlo?

EDIPO.— Sí, no es secreto. Loxias predijo una vez que yo me uniría con mi propia madre y derramaría con mis propias manos la sangre de mi propio padre. Por eso Corinto fue para mí durante muchos años un hogar distante; y viví en el extranjero, pero eché de menos la vista más dulce, el rostro de mis padres.

MENSAJERO.— ¿Fue este el temor que te exilió de tu hogar?

EDIPO.— Sí, y el pavor de matar a mi propio padre.

MENSAJERO.— ¿Por qué, si vine a darte placer, rey, no te he librado de este segundo temor?

EDIPO.— Bien, tendrás la debida recompensa por tus esfuerzos.

MENSAJERO.— Bien, confieso que lo que principalmente me hizo venir fue la esperanza de beneficiarme con tu regreso a casa.

EDIPO.— No, jamás me acercaré a mis padres.

MENSAJERO.— Hijo mío, es evidente que no sabes lo que haces.

EDIPO.— ¿Cómo es eso, anciano? Por el amor del cielo, dímelo todo.

MENSAJERO.— Si por esto temes regresar.

EDIPO.— Sí, no sea que la palabra del dios se cumpla en mí.

MENSAJERO.— ¿No sea que a través de tus padres quedes maldito?

EDIPO.— Este y ningún otro es mi constante pavor.

MENSAJERO.— ¿No sabes que todos tus temores carecen de fundamento?

EDIPO.— ¿Cómo carecen de fundamento, si soy su verdadero hijo?

MENSAJERO.— Puesto que Pólibo no era nada tuyo por sangre.

EDIPO.— ¿Qué dices? ¿Acaso Pólibo no era mi padre?

MENSAJERO.— Tanto tu padre como yo lo soy, y nada más.

EDIPO.— ¿Mi padre no más para mí que uno que no es nada?

MENSAJERO.— Puesto que yo no te engendré, tampoco lo hizo él.

EDIPO.— ¿Qué razón tuvo entonces para llamarme hijo?

MENSAJERO.— Sabe que te recibió de mis manos, como un regalo.

EDIPO.— Sin embargo, si no era hijo suyo, me amó bien.

MENSAJERO.— Un hombre sin hijos hasta entonces, se encariñó contigo.

EDIPO.— ¿Un niño abandonado o un esclavo comprado, este niño?

MENSAJERO.— Te encontré en las boscosas cañadas del Citerón.

EDIPO.— ¿Qué te llevó a explorar aquellas alturas?

MENSAJERO.— Mi trabajo era cuidar los rebaños de la montaña.

EDIPO.— ¿Un pastor errante que viajaba por jornal?

MENSAJERO.— Cierto, pero tu salvador en aquella hora, hijo mío.

EDIPO.— ¿Mi salvador? ¿De qué daño? ¿Qué me aquejaba entonces?

MENSAJERO.— Esas articulaciones de los tobillos son prueba suficiente.

EDIPO.— Ah, ¿por qué me recuerdas aquella antigua herida?

MENSAJERO.— Yo aflojé el broche que sujetaba tus pies.

EDIPO.— Sí, desde mi cuna llevé aquella terrible marca.

MENSAJERO.— De ahí derivas el nombre que aún es tuyo.

EDIPO.— ¿Quién lo hizo? Te lo suplico, dime quién. Dime, ¿fue mi padre, mi madre?

MENSAJERO.— No lo sé. El hombre de quien te recibí puede saber más.

EDIPO.— ¿Qué, fue otro quien me encontró, no tú mismo?

MENSAJERO.— No yo; otro pastor te dio a mí.

EDIPO.— ¿Quién era? ¿Reconocerías al hombre otra vez?

MENSAJERO.— Pasaba en verdad por ser uno de la casa de Layo.

EDIPO.— ¿El rey que gobernó el país hace mucho tiempo?

MENSAJERO.— El mismo; era un pastor del rey.

EDIPO.— ¿Y vive aún para que yo pueda verlo?

MENSAJERO.— Sus compatriotas deberían saberlo mejor.

EDIPO.— ¿Alguno de los presentes conoce al pastor de quien habla, ya sea por haberlo visto en el campo o en la ciudad? ¡Responded de inmediato! Ha llegado la hora de esclarecer este asunto.

CORO.— Me parece que no se refiere a otro sino al pastor que tú antes deseabas ver; pero eso nuestra reina Yocasta podría decirlo mejor que nadie.

EDIPO.— Señora, ¿conoces al hombre que mandamos buscar? ¿Es el mismo de quien habla el extranjero?

YOCASTA.— ¿Quién es el hombre? ¿Qué importa? Déjalo estar. Sería pérdida de tiempo sopesar palabras tan vanas.

EDIPO.— No, con tales pistas orientadoras no puedo dejar de sacar a la luz el secreto de mi nacimiento.

YOCASTA.— Oh, si aprecias tu vida, abandona esta búsqueda. Basta con la angustia que yo sufro.

EDIPO.— Ten ánimo; aunque se demuestre que soy hijo de una esclava, sí, a través de tres generaciones tres veces esclavo, tu honor permanece inmaculado.

YOCASTA.— Aun así, compláceme, te lo ruego; no hagas esto.

EDIPO.— No puedo; debo investigar este asunto a fondo.

YOCASTA.— Es por tu bien que te aconsejo lo mejor.

EDIPO.— Me impacienta este mejor consejo.

YOCASTA.— ¡Ah, ojalá nunca descubras quién eres!

EDIPO.— Id, traedme aquí al pastor, y dejad que esa mujer se gloríe en su orgullo de linaje.

YOCASTA.— ¡Oh, ay de ti, pobre desdichado! Con estas últimas palabras te dejo, en adelante callada para siempre.

(Sale YOCASTA.)

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