Libro 9Liberación y conversión plena
Oh Señor, yo soy tu siervo, yo soy tu siervo e hijo de tu sierva: rompiste mis cadenas, a ti te ofreceré sacrificio de alabanza. Que te alabe mi corazón y mi lengua, y que todos mis huesos digan: «Señor, ¿quién semejante a ti?» Que lo digan, y respóndeme y di a mi alma: «Yo soy tu salvación». ¿Quién soy yo y qué clase de persona soy? ¿Qué no fue malo, o mis hechos o, si no hechos, mis palabras o, si no palabras, mi voluntad?
Pero tú, Señor, bueno y misericordioso, con tu diestra contemplando la profundidad de mi muerte y desde el fondo de mi corazón agotando el abismo de corrupción. Y esto era todo: no querer lo que quería y querer lo que querías. Pero ¿dónde estuvo durante tanto tiempo y desde qué profundo y oculto secreto fue evocado en un instante mi libre albedrío, para que sometiera mi cerviz a tu suave yugo y mis hombros a tu carga ligera, Cristo Jesús, mi auxiliador y mi redentor?
¡Qué dulce se me hizo de repente carecer de las dulzuras de las frivolidades, y lo que había sido miedo perder, ahora era alegría despedir! Pues tú las arrojabas de mí, tú, verdadera y suma dulzura, las arrojabas y entrabas en su lugar, más dulce que todo placer, pero no para la carne y la sangre, más claro que toda luz, pero más interior que todo secreto, más sublime que todo honor, pero no para los que son sublimes en sí mismos.
Ya mi espíritu estaba libre de las preocupaciones mordaces de ambicionar y adquirir y revolcarme y rascar la sarna de las pasiones, y charlaba contigo, mi claridad y mis riquezas y mi salvación, Señor Dios mío.
Y me pareció bien ante ti no arrancar tumultuosamente sino suavemente sustraer el servicio de mi lengua de los mercados de la palabrería, para que ya no compraran de mi boca armas para su furor los muchachos que meditan no tu ley, no tu paz, sino locuras mentirosas y batallas forenses. Y oportunamente ya quedaban poquísimos días hasta las vacaciones de vendimia, y decidí soportarlos, para que me retirara solemnemente y, redimido ya por ti, no volviera como mercancía en venta.
Nuestro plan estaba pues ante ti, pero ante los hombres solo ante los nuestros. Y habíamos convenido entre nosotros que no se divulgara a cualquiera, aunque tú nos habías dado, a los que subíamos desde el valle del llanto y cantábamos el cántico de las subidas, flechas agudas y carbones devastadores contra la lengua insidiosa, como si aconsejando contradijera y, como suele hacer con el alimento, consumiera amando.
Habías traspasado nuestro corazón con tu caridad y llevábamos tus palabras clavadas en las entrañas. Y los ejemplos de tus siervos, a quienes habías hecho luminosos de oscuros y vivos de muertos, acumulados en el seno de nuestro pensamiento, quemaban y consumían el pesado letargo, para que no nos precipitáramos a lo profundo, y nos encendían poderosamente, de modo que todo soplo de contradicción de lengua insidiosa pudiera inflamarnos más agudamente, no extinguirnos. Sin embargo, porque por tu nombre, que has santificado por las tierras, también tendría ciertamente alabadores nuestro voto y propósito, parecía cosa de jactancia no esperar el tan próximo tiempo de vacaciones, sino retirarme de la profesión pública y situada ante los ojos de todos antes, de modo que, vueltos a mi acción los rostros de todos, al ver que quise adelantarme al tan cercano día de vendimia, dijeran muchas cosas, como que había deseado parecer grande. ¿Y de qué me servía esto, que se pensara y se discutiera sobre mi ánimo y se blasfemara nuestro bien?
Es más, el hecho de que ese mismo verano mi pulmón había comenzado a ceder ante el excesivo trabajo literario y a respirar con dificultad y con dolores de pecho a testimoniar que estaba herido y a rechazar una voz más clara o más prolongada, al principio me había perturbado porque me obligaba a deponer la carga de aquel magisterio casi ya por necesidad o, si pudiera curarme y recobrarme, ciertamente a interrumpirlo. Pero cuando surgió en mí y se consolidó la voluntad plena de estar libre para contemplar que tú eres el Señor (lo sabes, Dios mío), incluso comencé a alegrarme de que también se presentara esta excusa no mentirosa, que temperara la ofensa de los hombres que, por causa de sus hijos, nunca querían que yo fuera libre.
Lleno, pues, de tal alegría, soportaba aquel intervalo de tiempo hasta que transcurriera (no sé si eran unos veinte días), pero sin embargo se soportaban con fortaleza porque había desaparecido la codicia que solía llevar conmigo el pesado negocio, y yo habría quedado aplastado si no hubiera sobrevenido la paciencia. Alguno de tus siervos, hermanos míos, habrá dicho que pequé en esto, en que ya con el corazón lleno de tu milicia me permití sentarme ni siquiera una hora en la cátedra de la mentira, pero yo no discuto. Pero tú, Señor misericordiosísimo, ¿acaso no perdonaste y remitiste también este pecado junto con los demás horribles y funestos en el agua santa?
Verecundo se consumía de angustia por este bien nuestro, porque, a causa de sus vínculos, por los que estaba tenacísimamente atado, veía que era abandonado de nuestra compañía. Aún no era cristiano, aunque tenía esposa fiel, y por ella precisamente, más que por las demás cadenas, era retardado del camino que habíamos emprendido, y decía que no quería ser cristiano de otro modo que de aquel en que no podía. Sin embargo, amablemente nos ofreció que, mientras estuviéramos allí, estuviéramos en su propiedad.
Te retribuirás a él, Señor, en la resurrección de los justos, porque ya le retribuiste esa misma suerte. Pues aunque en nuestra ausencia, cuando ya estábamos en Roma, atacado por una enfermedad corporal y en ella hecho cristiano y fiel, emigró de esta vida. Así te compadeciste no solo de él sino también de nosotros, para que no nos atormentáramos con dolor intolerable pensando en la egregia humanidad del amigo hacia nosotros y sin poder contarlo en tu rebaño.
Gracias a ti, Dios nuestro. Somos tuyos. Lo indican tus exhortaciones y consolaciones: fiel prometedor, devuelves a Verecundo por aquella su finca de Casiciaco, donde descansamos en ti del calor del siglo, la amenidad del paraíso eternamente verde, porque le perdonaste sus pecados sobre la tierra en el monte cuajado, tu monte, monte abundante.
Se angustiaba, pues, entonces él mismo, pero Nebridio se congratulaba. Aunque también él, aún no cristiano, había caído en aquella fosa del error perniciosísimo de creer que la carne de tu Hijo era fantasma, sin embargo emergiendo de allí estaba así para sí, aún no imbuido de ninguno de los sacramentos de tu Iglesia, pero investigador ardentísimo de la verdad. A él, no mucho después de nuestra conversión y regeneración por tu bautismo, siendo también él mismo fiel católico, sirviéndote en castidad perfecta y continencia en África entre los suyos, cuando toda su casa por él se había hecho cristiana, lo liberaste de la carne.
Y ahora vive en el seno de Abraham. Lo que sea aquello que se significa con ese seno, allí vive mi Nebridio, mi dulce amigo, hijo tuyo, Señor, adoptivo de liberto: allí vive. Pues ¿qué otro lugar para tal alma? Allí vive, desde donde me preguntaba muchas cosas a mí, hombrecillo inexperto. Ya no pone el oído en mi boca sino la boca espiritual en tu fuente, y bebe cuanta sabiduría puede según su avidez sin fin, feliz.
Y no creo que se embriague de ella de modo que se olvide de mí, pues tú, Señor, a quien él bebe, eres memor de nosotros. Así estábamos, pues, consolando a Verecundo triste, salva la amistad, de tal conversión nuestra y exhortándolo a la fe de su grado, es decir, de la vida conyugal, y esperando a Nebridio, cuándo seguiría, lo que desde tan cerca podía. Y estaba ya a punto de hacerlo, cuando he aquí que se cumplieron por fin aquellos días.
Pues parecían largos y muchos por amor de la libertad ociosa para cantar desde las médulas todas. Te dijo mi corazón: «Busqué tu rostro; tu rostro, Señor, buscaré».
Y llegó el día en que también de hecho me liberé de la profesión retórica, de la que ya en el pensamiento estaba liberado, y se hizo. Liberaste mi lengua de donde ya habías liberado mi corazón, y te bendecía gozoso, marchando a la finca con todos los míos. Lo que allí hice en las letras ya ciertamente sirviéndote, pero todavía respirando en la pausa como en la escuela de la soberbia, lo atestiguan los libros disputados con los presentes y conmigo mismo a solas ante ti; lo que con Nebridio ausente, lo atestiguan las cartas.
¿Y cuándo me bastaría el tiempo para conmemorar todos tus grandes beneficios hacia nosotros en aquel tiempo, sobre todo apresurándome hacia otros mayores? Pues me reclama mi memoria, y dulce se me hace, Señor, confesarte con qué aguijones internos me domaste, y cómo me allanaste humillando los montes y colinas de mis pensamientos y enderezaste mis cosas torcidas y suavizaste las ásperas, de qué modo también al mismo Alipio, hermano de mi corazón, sometiste al nombre de tu Unigénito, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que al principio desdeñaba que se insertara en nuestros escritos.
Pues más bien quería que olieran a cedros de los gimnasios, que el Señor ya destrozó, que a las hierbas saludables eclesiásticas contrarias a las serpientes.
¡Qué voces te daba, Dios mío, cuando leía los salmos de David, cánticos fieles, sonidos de piedad que excluyen el espíritu hinchado, rudo en el genuino amor de ti, catecúmeno en la finca con el catecúmeno Alipio feriados, adhiriéndose a nosotros mi madre con hábito de mujer, fe viril, seguridad de anciana, caridad materna, piedad cristiana! ¡Qué voces te daba en aquellos salmos, y cómo me inflamaba en ti por ellos y me encendía para recitarlos, si pudiera, a todo el orbe de la tierra contra la soberbia del género humano!
Y sin embargo en todo el orbe se cantan, y no hay quien se esconda de tu calor. ¡Con qué vehemente y agudo dolor me indignaba contra los maniqueos y de nuevo me compadecía de ellos, porque no conocían aquellos sacramentos, aquellos medicamentos y estaban locos contra el antídoto por el que podrían estar sanos! Quisiera que estuvieran en algún lugar cerca entonces y, sin que yo supiera que estaban allí, contemplaran mi rostro y oyeran mis voces cuando leí el salmo cuarto en aquel entonces ocio.
Lo que aquel salmo hizo de mí («Cuando invoqué, me escuchó el Dios de mi justicia; en la tribulación me dilataste. Ten misericordia de mí, Señor, y escucha mi oración»), que lo oyeran sin que yo supiera si oían, no fuera que pensaran que por causa de ellos decía aquello que entre estas palabras dije, porque de verdad ni lo diría ni lo diría así si sintiera que era oído y visto por ellos, ni, si lo dijera, lo recibirían como lo dije conmigo y para mí ante ti por el familiar afecto de mi espíritu.
Me horroricé temiendo y al mismo tiempo me encendí esperando y exultando en tu misericordia, Padre. Y todo esto salía por mis ojos y mi voz, cuando tu Espíritu bueno convertido a nosotros nos dice: «Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo de corazón pesado? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira?» Pues yo había amado la vanidad y buscado la mentira, y tú, Señor, ya habías magnificado a tu santo, resucitándolo de entre los muertos y colocándolo a tu diestra, desde donde enviara de lo alto su promesa, el Paráclito, el Espíritu de verdad.
Y ya lo había enviado, pero yo no lo sabía. Lo había enviado, porque ya había sido magnificado resurgiendo de entre los muertos y ascendiendo al cielo. Pero antes el Espíritu aún no había sido dado, porque Jesús aún no había sido glorificado. Y clama la profecía: «¿Hasta cuándo de corazón pesado? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Y sabed que el Señor magnificó a su santo». Clama «¿hasta cuándo?», clama «sabed», y yo durante tanto tiempo sin saberlo amé la vanidad y busqué la mentira, y por eso oí y me estremecí, porque se dice a tales cuales recordaba haber sido yo.
Pues en los fantasmas que tomé por verdad había vanidad y mentira. Y resoné muchas cosas grave y fuertemente en el dolor de mi recuerdo. ¡Ojalá las hubieran oído quienes todavía hasta ahora aman la vanidad y buscan la mentira! Quizá se habrían perturbado y lo habrían vomitado, y los escucharías cuando clamaran a ti, porque con verdadera muerte de la carne murió por nosotros el que te interpela por nosotros.
Leía: «Airaos y no pequéis», y cómo me conmovía, Dios mío, yo que ya había aprendido a airarme contra mí por lo pasado, para no pecar en adelante, y con razón airarme, porque no era otra naturaleza de la gente de las tinieblas la que pecaba por mí, como dicen los que no se aíran contra sí mismos y atesoran para sí ira en el día de la ira y de la revelación de tu justo juicio. Y ya mis bienes no estaban fuera ni se buscaban con ojos carnales en este sol.
Pues los que quieren gozar exteriormente fácilmente se desvanecen y se derraman en las cosas que se ven y son temporales, y con pensamiento hambriento lamen sus imágenes. Y oh si se fatigaran de hambre y dijeran: «¿Quién nos mostrará los bienes?» Y digamos, y oigan: «Está señalada sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor». Pues no somos nosotros la luz que ilumina a todo hombre, sino somos iluminados por ti para que, los que fuimos alguna vez tinieblas, seamos luz en ti.
¡Oh si vieran lo interno eterno, que yo, porque lo había gustado, rechinaba los dientes, porque no podía mostrárselo, si traen a mí su corazón en sus ojos fuera de ti y dicen: «¿Quién nos mostrará los bienes?»! Pues allí donde me airé contra mí, dentro en el lecho donde fui compungido, donde sacrifiqué matando mi vejez y comenzada la meditación de mi renovación esperando en ti, allí comenzaste a hacerte dulce para mí y diste alegría a mi corazón.
Y exclamaba leyendo estas cosas afuera y reconociendo adentro, y no quería multiplicarme en bienes terrenales, devorando tiempos y devorado por los tiempos, cuando tenía en la eterna simplicidad otro trigo y vino y aceite.
Y clamaba en el verso siguiente con clamor alto de mi corazón: «¡Oh en paz! ¡Oh en lo mismo!» ¡Oh qué dijo? «Me dormiré y tomaré sueño!» Porque ¿quién nos resistirá, cuando se haga la palabra que está escrita: «La muerte fue absorbida en la victoria»? Y tú eres lo mismo grandemente, tú que no te mudas, y en ti el descanso olvidando todos los trabajos, porque ningún otro contigo ni para alcanzar otras muchas cosas que no son lo que tú, sino tú, Señor, singularmente en esperanza me constituiste.
Leía y ardía, y no encontraba qué hacer con los sordos muertos de los cuales había sido yo, peste, ladrador amargo y ciego contra las letras melosas de la miel del cielo y luminosas de tu luz, y me consumía sobre los enemigos de esta escritura.
¿Cuándo recordaré todo de aquellos días feriados? Pero no he olvidado ni callaré la aspereza de tu flagelo y la admirable rapidez de tu misericordia. Entonces me torturabas con dolor de muelas, y cuando se agravaba tanto que no podía hablar, subió a mi corazón la advertencia de amonestar a todos los míos que estaban presentes para que te rogaran por mí, Dios de la salvación de todo modo. Y escribí esto en cera y se lo di para que lo leyeran.
Tan pronto como fijamos las rodillas con afecto de súplica, huyó aquel dolor. Pero ¿qué dolor? ¿O cómo huyó? Me espanté, lo confieso, Señor Dios mío. Pues nada tal había experimentado desde el comienzo de la edad, y se insinuaron en mí en lo profundo tus señas. Y gozándome en la fe alabé tu nombre, y esa fe no me dejaba estar seguro sobre mis pecados pasados, que aún no me habían sido remitidos por tu bautismo.
Renuncié, pasadas las vendimias, para que los milaneses proveyeran otro vendedor de palabras a sus escolásticos, porque yo había escogido servirte a ti y por la dificultad de respirar y el dolor de pecho no era suficiente para aquella profesión. Y di a conocer por carta a tu obispo, el santo varón Ambrosio, mis errores pasados y mi voto presente, para que me aconsejara qué de tus libros me convenía leer principalmente, para que llegara a ser más preparado y más apto para recibir gracia tan grande.
Él me mandó leer al profeta Isaías, creo, porque más que los demás es anunciador más claro del evangelio y de la vocación de las gentes. Pero yo, no entendiendo la primera lectura de este y juzgando todo tal, aplaqué el repetirlo más ejercitado en la palabra del Señor.
De allí, cuando llegó el tiempo en que convenía que diera mi nombre, abandonado el campo volvimos a Milán. Plugo también a Alipio renacer en ti conmigo, ya revestido de la humildad congruente a tus sacramentos y fortísimo domador del cuerpo, hasta atreverse con insólita audacia a hollar con pie desnudo el suelo glacial de Italia. Juntamos también con nosotros al muchacho Adeodato, nacido carnalmente de mí de mi pecado. Bien lo habías hecho tú. Era de unos quince años y en ingenio superaba a muchos varones graves y doctos.
Tus dones te confieso, Señor Dios mío, creador de todas las cosas y muy poderoso para formar nuestras deformidades, pues yo en aquel muchacho no tenía nada sino el delito. Pues que también fuera nutrido por nosotros en tu disciplina, tú nos lo habías inspirado, ningún otro. Tus dones te confieso. Hay un libro nuestro que se titula «Del maestro»: él habla allí conmigo. Tú sabes que son suyos todos los pensamientos que se insertan allí de la persona de mi interlocutor, cuando estaba en los dieciséis años.
Muchas otras cosas más admirables de él experimenté: me horrorizaba aquel ingenio. ¿Y quién sino tú artífice de tales prodigios? Pronto quitaste de la tierra su vida, y más seguro lo recuerdo no temiendo nada para su niñez ni adolescencia ni en absoluto para aquel hombre. Lo asociamos coetáneo nuestro en tu gracia, para ser educado en tu disciplina. Y fuimos bautizados y huyó de nosotros la solicitud de la vida pasada. Ni me saciaba en aquellos días con la dulzura admirable de considerar la altura de tu designio sobre la salvación del género humano.
¡Cuánto lloré en tus himnos y cánticos, conmovido agudamente por las voces de tu Iglesia que sonaban suavemente! Aquellas voces fluían en mis oídos, y se fundía la verdad en mi corazón, y de allí hervía el afecto de piedad, y corrían las lágrimas, y bien me iba con ellas.
No hacía mucho que la Iglesia milanesa había comenzado a celebrar este género de consolación y exhortación cantando los hermanos concertadamente con voces y corazones, con gran ardor. Pues ciertamente hacía un año o no mucho más, cuando Justina, madre del rey niño Valentiniano, perseguía a tu hombre Ambrosio por la causa de su herejía, en que había sido seducida por los arrianos. Velaba el pueblo piadoso en la iglesia, preparado para morir con su obispo, tu siervo.
Allí mi madre, tu sierva, teniendo las primeras partes de solicitudes y vigilias, vivía en oraciones. Nosotros, todavía fríos del calor de tu espíritu, sin embargo éramos excitados por la ciudad atónita y turbada. Entonces se instituyó que se cantaran himnos y salmos según la costumbre de las partes orientales, para que el pueblo no se consumiera con el tedio de la tristeza, retenido desde entonces hasta hoy, imitándolo ya muchos y casi todos tus rebaños también por las demás partes del orbe.
Entonces al antedicho obispo tuyo le abriste por visión dónde yacían los cuerpos de los mártires Protasio y Gervasio, que durante tantos años habías guardado incorruptos en el tesoro de tu secreto, de donde oportunamente los sacaras para refrenar la rabia femenina pero regia. Pues cuando fueron divulgados y excavados y transferidos con digno honor a la basílica ambrosiana, no solo los que eran vejados por espíritus inmundos eran sanados confesándolo los mismos demonios, sino también cierto ciudadano ciego desde hacía varios años y notísimo a la ciudad, cuando hubo preguntado la causa del tumulto alborozado del pueblo y la oyó, saltó y rogó a su guía que lo condujera allá, adonde conducido logró ser admitido para que con un sudario tocara el féretro de la muerte preciosa ante ti de tus santos; cuando lo hizo y se lo aplicó a los ojos, al punto se abrieron.
De allí la fama discurriendo, de allí tus alabanzas fervientes, lucientes, de allí el ánimo de aquella enemiga, aunque no aplicado a la sanidad de creer, sin embargo fue reprimido del furor de perseguir. Gracias a ti, Dios mío. ¿De dónde y adónde condujiste mi memoria, para que confesara también estas cosas, que grandes las había pasado por alto olvidado? Y sin embargo entonces, cuando así fragaba el olor de tus ungüentos, no corríamos tras ti. Por eso lloraba más entre los cánticos de tus himnos, antaño suspirando por ti y por fin respirando, cuanto se extiende el aire en la casa de heno.
Tú que haces habitar unánimes en la casa, nos asociaste también a Evodio, joven de nuestro municipio. Quien sirviendo en el ejército se había convertido a ti antes que nosotros y fue bautizado y abandonada la milicia secular se ciñó en la tuya. Estábamos juntos, íbamos a habitar juntos con santo propósito. Buscábamos qué lugar nos tendría más útilmente sirviéndote; volvíamos juntos a África. Y cuando estábamos en Ostia del Tíber, murió mi madre. Muchas cosas omito, porque mucho me apresuro: acepta mis confesiones y acciones de gracias, Dios mío, de cosas innumerables incluso en silencio.
Pero no omitiré lo que mi alma pare sobre aquella sierva tuya, que me parió a mí tanto en la carne, para que naciera en esta luz temporal, como en el corazón, para que naciera en la luz eterna. No sus cosas sino tus dones en ella diré, pues ni ella se había hecho a sí misma ni se había educado a sí misma. Tú la creaste (ni padre ni madre sabía cuál de ellos llegaría a ser) y la educó en tu temor la vara de tu Cristo, el gobierno de tu Unigénito, en la casa fiel, buen miembro de tu Iglesia.
Y no tanto pregonaba la diligencia de su madre para su disciplina cuanto la de cierta sierva decrépita, que había llevado a su padre infante, como suelen ser llevados los pequeños a la espalda de las doncellas grandecitas. Por cuya razón y por su vejez y óptimas costumbres era bastante honrada en la casa cristiana por los dueños. De donde también le fue encomendada la cura de las hijas domésticas, y la desempeñaba con diligencia y era vehemente en cohibirlas con santa severidad, cuando era necesario, y en enseñarlas con sobria prudencia.
Pues a ellas, fuera de aquellas horas en que se alimentaban muy moderadamente en la mesa de los padres, aunque ardieran de sed, ni siquiera beber agua las dejaba, precaviendo la costumbre mala y añadiendo palabra sana: «Ahora bebéis agua, porque no tenéis en potestad el vino; pero cuando hayáis venido a los maridos hechas señoras de las despensas y bodegas, el agua os dará asco, pero el hábito de beber prevalecerá». Con esta razón de preceptuar y con autoridad de mandar frenaba la avidez de la edad más tierna y formaba la misma sed de las doncellas hacia el modo honesto, de modo que ya ni les placiera lo que no conviniera.
Y sin embargo se le había deslizado, como me narraba a mí tu sierva su hijo, se le había deslizado a ella la vinolencia. Pues cuando de costumbre, como muchacha sobria, era mandada por los padres a sacar vino de la cuba, habiendo sumergido la copa por donde se abre arriba, antes de verter el puro en la botella, sorbía con los bordes de los labios un poco, porque no podía más rechazándolo el sentido. Pues no hacía esto por algún deseo de ebria, sino por ciertos excesos sobreabundantes de la edad, que hierven en movimientos lúdicos y en los ánimos pueriles suelen ser reprimidos con el peso de los mayores.
Así que añadiendo a aquel poco cotidiano poco (porque quien desprecia lo poco, poco a poco decae), había caído en tal costumbre que ya casi vasos llenos de puro sorbía con avidez. ¿Dónde estaba entonces la anciana sagaz y aquella prohibición vehemente? ¿Acaso valía algo contra la enfermedad latente, si tu medicina, Señor, no velara sobre nosotros? Ausentes el padre y la madre y las nodrizas, tú presente, que creaste, que llamas, que también por medio de los hombres prepuestos haces algo bueno para la salvación de las almas.
¿Qué hiciste entonces, Dios mío? ¿De dónde curaste? ¿De dónde sanaste? ¿Acaso no sacaste duro y agudo reproche de otra alma como hierro medicinal de tus ocultas previsiones y de un golpe cortaste aquella podredumbre? Una sierva, pues, con la que solía acercarse a la cuba, litigando con la señora menor, como sucede, sola con sola, le objetó este crimen con amarguísima insultación llamándola «merobibula». Con este aguijón ella percutida miró su fealdad y al punto la condenó y se la quitó.
Como los amigos adulando pervierten, así los enemigos litigando muchas veces corrigen. Ni tú les retribuyes lo que por ellos haces, sino lo que ellos mismos quisieron. Aquella airada apeteció agitar a la señora menor, no sanarla, y por eso clandestinamente, o porque así las encontraron el lugar y el tiempo de la riña, o porque quizá también ella misma peligrara, porque tan tarde lo reveló. Pero tú, Señor, rector de los celestiales y terrenales, retorciendo hacia tus usos la profundidad del torrente, el flujo ordenadamente turbulento de los siglos, también de la insania de otra alma sanaste a otra, para que nadie cuando advierte esto lo atribuya a su potencia, si con su palabra otro es corregido a quien quiere corregir.
Educada, pues, así púdica y sobriamente y más bien sometida a los padres por ti que por los padres a ti, cuando en años plenos fue hecha núbil, fue entregada a un varón y le sirvió como a un señor y se afanó por ganártelo a ti, hablándote a él por sus costumbres, por las cuales tú la hacías hermosa y reverentemente amable y admirable al marido. Pero toleró así las injurias del lecho que nunca tuvo con el marido enemistad alguna sobre esta cosa.
Pues esperaba tu misericordia sobre él, para que creyendo en ti se castificara. Era él por lo demás, como insigne en benevolencia, así férvido en ira. Pero ella había aprendido a no resistir al marido airado, no solo de hecho sino ni siquiera de palabra. Ya cuando estaba calmado y quieto y veía la oportunidad, rendía razón de su hecho, si acaso él se había movido más inconsideradamente. En fin, cuando muchas matronas, cuyos maridos eran más mansos, llevaban vestigios de golpes incluso deshonestada la cara, en las conversaciones de amigas acusaban la vida de los maridos, ella acusaba la lengua de ellas, como si por juego gravemente admoniendo, desde que habían oído recitar aquellas tablas que se llaman matrimoniales, como instrumentos por los cuales habían sido hechas siervas, debieron recordar la condición; por lo cual no convenía ensoberbecerse contra los señores.
Y cuando ellas se admiraban, sabiendo qué feroz cónyuge soportaba, que nunca se había oído o por algún indicio aparecido que Patricio hubiera golpeado a su esposa o que entre sí hubieran disentido ni un solo día con riña doméstica, y preguntaban familiarmente la causa, ella enseñaba su institución, que arriba mencioné. Las que la observaban, experimentadas se congratulaban; las que no la observaban, sujetas eran vejadas.
También a su suegra, al principio irritada contra ella por susurros de malas siervas, la venció así con obsequios, perseverando con tolerancia y mansedumbre, que ella espontáneamente al hijo reveló las lenguas intermedias de las famulillas, por las que se turbaba la paz doméstica entre ella y la nuera, y pidió venganza. Así que, después que él obedeciendo a la madre y cuidando la disciplina familiar y consultando la concordia de los suyos cohibió con azotes a las reveladas al arbitrio de la reveladora, prometió ella tales premios debía esperar de ella cualquiera que, para agradarle, le hablara de su nuera algún mal, y ninguna ya atreviéndose, vivieron entre sí con memorable suavidad de benevolencia.
Este don grande también diste a aquel buen mancipio tuyo, en cuyo útero me creaste, Dios mío, misericordia mía, que entre cualesquiera almas disidentes y discordes, donde podía, se mostraba tan pacífica que, cuando de una y otra oía cosas muy amargas entre sí, como suele eructar la discordia tumefacta e indigesta, cuando en conversaciones acedas se exhala a la amiga presente la crudeza de los odios sobre la enemiga ausente, nada a una de la otra revelaba sino lo que valiera para reconciliarlas.
Pequeño bien me parecería esto, si no hubiera experimentado triste turbas innumerables (por cierta horrenda pestilencia de pecados latísimamente divagada) que no solo a los airados enemigos revelan lo dicho por airados enemigos, sino que también añaden lo que no se dijo, cuando contra el hombre humano poco debe ser no excitar ni aumentar las enemistades de los hombres hablando mal, si no se esforzara también por extinguirlas hablando bien: tal era ella, enseñándola tú, maestro interno en la escuela del pecho.
Finalmente, también a su marido te lo ganó ya en la extrema vida temporal de él, y no lloró en él ya fiel lo que en él aún no fiel había tolerado: era también sierva de tus siervos. Cualquiera de ellos que la conocía, mucho en ella te alababa y honraba y amaba, porque sentía tu presencia en su corazón con los frutos testimonios de su santa conversación. Había sido esposa de un solo varón, había rendido mutua vez a los padres, había tratado su casa píamente, tenía testimonio en obras buenas.
Había nutrido hijos, pariéndolos tantas veces cuantas los veía desviarse de ti. Por último, a nosotros, Señor, a todos, porque por tu don nos permites hablar, a tus siervos que antes de su dormición asociados ya vivíamos en ti, percibida la gracia de tu bautismo, ejerció cuidado como si a todos hubiera parido, sirvió como si de todos hubiera sido parida.
Inminente, pues, el día en que había de salir de esta vida (día que tú conocías ignorándolo nosotros), había provenido, como creo, procurándolo tú por tus ocultos modos, que yo y ella solos estuviéramos, recostados en cierta ventana desde donde se contemplaba el jardín dentro de la casa que nos tenía, allí en Ostia del Tíber, donde removidos de las turbas después del trabajo del largo viaje nos restaurábamos para la navegación. Conversábamos, pues, solos muy dulcemente y, olvidando lo pasado y extendiéndonos a lo que está delante, buscábamos entre nosotros ante la verdad presente, que tú eres, cuál sería la vida eterna de los santos, que ni ojo vio ni oído oyó ni subió al corazón del hombre.
Pero bostezábamos con la boca del corazón hacia los fluentes supernos de tu fuente, fuente de vida, que está junto a ti, para que de allí según nuestra capacidad rociados de algún modo pensáramos cosa tan grande.
Y cuando la conversación se había conducido a aquel fin, que la delectación de los sentidos carnales, por grande que sea, en cualquier luz corpórea, comparada con la jocundidad de aquella vida, no parecía digna de comparación sino ni siquiera de mención, erigiéndonos con más ardiente afecto hacia lo mismo, recorrimos gradualmente todas las cosas corporales y el mismo cielo, desde donde sol y luna y estrellas lucen sobre la tierra. Y todavía ascendíamos interiormente pensando y hablando y admirando tus obras.
Y venimos a nuestras mentes y las trascendimos, para que alcanzáramos la región de la abundancia indeficiente, donde apacientas a Israel eternamente con pábulo de verdad, y allí la vida es la sabiduría, por la cual se hacen todas estas cosas, y las que fueron y las que serán, y ella misma no se hace, sino que es así como fue, y así será siempre. Más bien, haber sido y haber de ser no está en ella, sino solo ser, porque es eterna: pues haber sido y haber de ser no es eterno.
Y mientras hablamos y bostezamos hacia ella, la tocamos modestamente con todo ímpetu del corazón. Y suspiramos y dejamos allí religadas las primicias del espíritu y volvimos al estrépito de nuestra boca, donde la palabra y comienza y termina. ¿Y qué semejante a tu palabra, Señor nuestro, permaneciendo en sí sin vejez e innovando todas las cosas?
Decíamos, pues: «Si a alguien callara el tumulto de la carne, callaran los fantasmas de la tierra y las aguas y los aires, callaran también los polos, y la misma alma se callara a sí misma y se traspasara a sí no pensándose a sí, callaran los sueños y las revelaciones imaginarias, toda lengua y todo signo, y todo lo que haciéndose transeúndo si a alguien callara totalmente (porque si alguien las oye, todas estas cosas dicen: «No nos hicimos nosotras mismas, sino que nos hizo el que permanece eternamente»), dichas estas cosas si ya callaran, porque erigieron el oído hacia aquel que las hizo, y hablara él solo no por ellas sino por sí mismo, para que oigamos su palabra, no por lengua de carne ni por voz de ángel ni por sonido de nube ni por enigma de semejanza, sino a él mismo al que en estas cosas amamos, a él mismo sin estas lo oigamos (como ahora nos extendemos y con rápida cogitación tocamos la eterna sabiduría que permanece sobre todas las cosas), si esto se continuara y se sustrajesen otras visiones de género muy desigual y esta sola arrebatara y absorbiera y escondiera en gozos interiores a su espectador, de modo que tal fuera la vida sempiterna cual fue este momento de inteligencia hacia el que suspiramos, ¿acaso no es esto: ''Entra en el gozo de tu señor''? ¿Y esto cuándo? ¿Acaso cuando todos resurgimos, pero no todos somos mudados?»
Decía tales cosas, aunque no de este modo y con estas palabras, sin embargo, Señor, tú sabes, que aquel día, cuando decíamos tales cosas y este mundo nos envilecía entre las palabras con todas sus delectaciones, entonces ella dijo: «Hijo, en cuanto a mí atañe, en ninguna cosa ya me deleito en esta vida. Qué haga aquí aún y por qué esté aquí, no lo sé, ya consumida la esperanza de este siglo. Una cosa había por la que en esta vida deseaba demorar algo, que te viera cristiano católico antes que yo muriera. Cumulativamente me lo ha prestado mi Dios, que te vea también despreciada la felicidad terrena siervo suyo. ¿Qué hago aquí?»
A estas cosas qué le respondí no bastante lo recuerdo, cuando entretanto apenas dentro de cinco días o no mucho más se acostó con fiebres. Y cuando enfermaba, cierto día padeció desvanecimiento del alma y fue sustraída un poco de los presentes. Nosotros concurrimos, pero pronto fue restituida al sentido y miró a mí y a mi hermano presentes, y nos dice como semejante a quien busca: «¿Dónde estaba yo?» Luego mirándonos atónitos de dolor: «Ponéis aquí», dice, «a vuestra madre».
Yo callaba y frenaba el llanto, mi hermano en cambio habló algo, por lo que la optaba como más feliz que terminara no en tierra extraña sino en la patria. Lo cual oído, ella con rostro ansioso reverberándolo con los ojos, porque sabía tales cosas, y luego mirándome a mí: «Mira», dice, «qué dice». Y pronto a ambos: «Poned», dice, «este cuerpo dondequiera. Ningún cuidado de él os turbe. Solo esto os ruego, que en el altar del Señor os acordéis de mí, dondequiera que estéis». Y cuando esta sentencia explicó con las palabras que pudo, enmudeció y era ejercitada por la enfermedad que se agravaba.
Yo en verdad pensando en tus dones, Dios invisible, que envías en los corazones de tus fieles, y provienen de allí frutos admirables, gozaba y te daba gracias, recordando lo que conocía, cuánto cuidado siempre había estuado por el sepulcro que se había provisto y preparado junto al cuerpo de su marido. Porque habían vivido muy concordemente, quería también, como es el ánimo humano menos capaz de las cosas divinas, que se le añadiera a aquella felicidad y fuera conmemorado por los hombres, que se le hubiera concedido después de la peregrinación transmarina que la tierra de ambos cónyuges conjunta fuera cubierta por la tierra.
Cuándo, en cambio, esta inanidad por la plenitud de tu bondad había comenzado a no estar en su corazón, no lo sabía y me alegraba, admirando cómo se me había aparecido así (aunque también en aquella conversación nuestra en la ventana, cuando dijo: «Ya qué hago aquí?», no apareció desear morir en la patria). Oí también después que ya cuando estábamos en Ostia conversó cierto día con algunos amigos míos con maternal confianza sobre el desprecio de esta vida y el bien de la muerte, donde yo no estaba presente, y estupefactos ellos de la virtud de la mujer (porque tú se la habías dado) y preguntando si no temía dejar el cuerpo tan lejos de su ciudad, «Nada», dijo, «lejos está a Dios, ni es de temer que él no reconozca al fin del siglo de dónde resucitarme».
Así que en el día nono de su enfermedad, en el año quincuagésimo sexto de su edad, en el año trigésimo tercero de la mía, aquella alma religiosa y piadosa fue suelta del cuerpo.
Cerraba yo sus ojos, y confluía en mis precordios una tristeza ingente y transfluía en lágrimas, y al mismo tiempo mis ojos con violento imperio del ánimo resorbían su fuente hasta la sequedad, y en tal lucha muy mal me iba. Entonces, pues, cuando exhaló el extremo, el muchacho Adeodato exclamó en llanto y cohibido por todos nosotros calló. De este modo también algo mío pueril, que labía en llantos, era cohibido por voz juvenil del corazón y callaba.
Pues no juzgábamos que convenía celebrar aquellas exequias con quejas lacrimosas y gemidos, porque con ellos suele deplorarse cierta miseria de los que mueren o como extinción omnímoda. Pero ella ni miseramente moría ni totalmente moría. Esto lo teníamos por los documentos de sus costumbres y por la fe no fingida y por razones ciertas.
¿Qué era, pues, lo que dentro de mí gravemente dolía, sino la herida reciente de haber sido de repente derrumbada la costumbre de vivir juntos, dulcísima y carísima? Me congratulaba ciertamente del testimonio de ella, que en aquella misma última enfermedad halagando mis obsequios me llamaba piadoso y conmemoraba con grande afecto de dilección que nunca había oído de mi boca sonido arrojado contra ella duro o contumaz. Pero sin embargo, ¿qué tal, Dios mío, que nos hiciste, qué comparable tenía el honor dispensado por mí a ella y la servidumbre de ella hacia mí?
Por tanto, porque era desertado de tan grande solacio suyo, era herida el alma y como dilaniada la vida, que se había hecho una de la mía y la de ella.
Cohibido, pues, de llorar el muchacho, arrebató Evodio el salterio y comenzó a cantar un salmo. Al que respondíamos toda la casa: «Misericordia y juicio cantaré a ti, Señor». Oído, en cambio, qué se hacía, convergieron muchos hermanos y mujeres religiosas y, cuidando del funeral los de costumbre de cuyo oficio era, yo en la parte donde decorosamente podía, con los que juzgaban que no debía ser abandonado, lo que era congruente al tiempo disputaba y con aquel fomento de verdad mitigaba el tormento conocido para ti, desconocido para ellos y escuchándome intentemente y arbitrándome sin sentido de dolor.
Pero yo en tus oídos, donde ninguno de ellos oía, increpaba la molicie de mi afecto y constringía el flujo de la tristeza, y me cedía un poco. De nuevo con su ímpetu era llevado no hasta erupción de lágrimas ni hasta mutación de rostro, pero yo sabía qué con el corazón reprimía. Y porque me desplacía vehementemente que pudieran tanto en mí estas cosas humanas, que por orden debido y suerte de nuestra condición es necesario que acaezcan, con otro dolor dolía el dolor y era macerado por doble tristeza.
Cuando, he aquí, el cuerpo fue sacado, vamos, volvemos sin lágrimas. Pues ni en aquellas preces que te fundimos, cuando se ofrecía por ella el sacrificio de nuestro precio ya junto al sepulcro, puesto el cadáver antes que se depositara, como allí suele hacerse, ni en aquellas preces lloré, pero todo el día gravemente en oculto triste estaba y con la mente turbada te rogaba, como podía, que sanaras mi dolor, y no lo hacías, creo encomendando a mi memoria con este solo documento el vínculo de toda costumbre incluso contra la mente, que ya no se apacienta con palabra falaz.
Me pareció también que debía ir a lavarme, porque había oído que de allí se impuso el nombre a los baños porque los griegos dijeron balanion, porque expulsan la ansiedad del ánimo. He aquí y esto confieso a tu misericordia, Padre de los huérfanos, porque me lavé y era tal cual antes que me lavara, pues no exudó de mi corazón la amargura de la tristeza. Luego dormí y vigilé, y encontré no en pequeña parte mitigado mi dolor y, como estaba en mi lecho solo, recordé los verídicos versos de tu Ambrosio.
Pues tú eres, Dios, «creador de todas las cosas», «y rector del polo que vistes» «el día con la decorosa luz», «la noche con la gracia del sueño», «para que el descanso los miembros sueltos» «restituya al uso del trabajo» «y alivie las mentes fatigadas» «y suelte a los ansiosos del luto».
Y de allí poco a poco reducía al sentido pristino a tu sierva, su conversación piadosa en ti y santa en nosotros blanda y morigera, de la que de repente fui destituido, y me plugo llorar ante ti sobre ella y por ella, sobre mí y por mí. Y solté las lágrimas que contenía, para que fluyeran cuanto quisieran, substrayéndolas a mi corazón. Y descansó en ellas, porque allí estaban tus oídos, no de algún hombre soberbamente interpretando mi lloro.
Y ahora, Señor, te confieso en letras: lea quien quiera, e interprete como quiera, y si encuentra pecado, que haya llorado a mi madre una exigua parte de hora, a mi madre muerta a mis ojos entretanto que me había llorado muchos años para que viviera yo a tus ojos, no se ría sino más bien, si es de grande caridad, llore él mismo por mis pecados a ti, Padre de todos los hermanos de tu Cristo.
Yo, en cambio, ya sanado el corazón de aquella herida en la que podía ser argüido el afecto carnal, fundo a ti, Dios nuestro, por aquella sierva tuya un género muy otro de lágrimas, que mana del espíritu concutido por la consideración de los peligros de toda alma que muere en Adán. Aunque ella vivificada en Cristo incluso aún no resuelta de la carne así vivió, que sea alabado tu nombre en su fe y costumbres, sin embargo no me atrevo a decir, desde que la regeneraste por el bautismo, ninguna palabra haber salido de su boca contra tu precepto.
Y fue dicho por tu Hijo la verdad: «Si alguien dijere a su hermano: ''Fatuo'', reo será del fuego de la gehena»; y ¡ay incluso de la vida laudable de los hombres, si removida la misericordia la escrutas! Pero porque no inquieres los delitos vehementemente, fiducialmente esperamos algún lugar junto a ti. Pues, cualquiera que te enumera sus verdaderos méritos, ¿qué te enumera sino tus dones? ¡Oh si se conociesen los hombres hombres, y quien se gloría, en el Señor se gloríe!
Yo, pues, alabanza mía y vida mía, Dios de mi corazón, repuestos por un poco sus buenos actos, por los que gozándome te doy gracias, ahora por los pecados de mi madre te depreco. Escúchame por la medicina de nuestras heridas, que pendió en el leño y sentándose a tu diestra te interpela por nosotros. Sé que obró misericordiosamente y de corazón perdonó las deudas a sus deudores. Perdónale tú también las deudas suyas, si algunas también contrajo durante tantos años después del agua de la salvación.
Perdona, Señor, perdona, te ruego, no entres con ella en juicio. Sobreexulte la misericordia al juicio, porque tus palabras son verdaderas y prometiste misericordia a los misericordiosos. Que lo fueran tú se lo diste a ellos, que tendrás misericordia de quien te hayas compadecido, y harás misericordia a quien hayas sido misericorde.
Y creo, ya hiciste lo que te ruego, pero «las cosas voluntarias de mi boca aprueba, Señor». Pues ella inminente el día de su resolución no pensó en que su cuerpo se cubriera suntuosamente o se condimentara con aromas o codició monumento escogido o curó sepulcro patrio. No estas cosas nos mandó, sino solamente deseó que se hiciera su memoria en tu altar, al que sin omisión de ningún día había servido, de donde sabía se dispensa la víctima santa por la que fue borrado el quirógrafo que era contrario a nosotros, por la que fue triunfado el enemigo computando nuestros delitos y buscando qué objetar, y nada encontrando en aquel en quien vencemos.
¿Quién le restituirá a él la sangre inocente? ¿Quién le restituirá a él el precio por el que nos compró, para que nos quite a él? Al sacramento de cuyo precio nuestro ligó tu sierva su alma con vínculo de fe. Nadie la arranque de tu protección; no se interponga ni por fuerza ni por insidias el león y el dragón. Pues no responderá ella que nada debe, no sea que sea convencida y obtenida por el acusador calloso, sino que responderá remitidas sus deudas por aquel a quien nadie restituirá, lo que por nosotros no debiendo restituyó.
Esté, pues,
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