Libro 1La grandeza de Dios y la infancia del hombre
Grande eres, Señor, y enormemente digno de alabanza. Grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene número. Y el hombre quiere alabarte, una pequeña porción de tu creación, el hombre que lleva consigo su mortalidad, que lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que resistes a los soberbios; y sin embargo el hombre quiere alabarte, una pequeña porción de tu creación. Tú lo impulsas a que alabarte le cause deleite, porque nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.
Dame, Señor, saber y entender si es primero invocarte o alabarte, y si conocerte es antes que invocarte. Pero ¿quién te invoca sin conocerte? Porque quien no te conoce puede invocar una cosa por otra. ¿O más bien se te invoca para conocerte? Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿O cómo creerán sin alguien que predique? Y alabarán al Señor quienes lo buscan: porque buscando lo encuentran, y encontrándolo lo alabarán. Te buscaré, Señor, invocándote, y te invocaré creyendo en ti: porque nos has sido predicado.
Mi fe te invoca, Señor, esa fe que me diste, que inspiraste en mí por la humanidad de tu Hijo, por el ministerio de tu predicador.
¿Y cómo invocaré a mi Dios, mi Dios y Señor, cuando al invocarlo ciertamente lo estaré llamando hacia mí mismo? ¿Y qué lugar hay en mí adonde venga a mí mi Dios, adonde Dios venga a mí, el Dios que hizo el cielo y la tierra? ¿Es así, Señor Dios mío? ¿Hay algo en mí que te contenga? ¿O acaso el cielo y la tierra, que hiciste y en los que me hiciste, te contienen? ¿O es que, porque sin ti no existiría nada de lo que existe, sucede que todo lo que existe te contiene?
Entonces, puesto que también yo existo, ¿por qué pido que vengas a mí, yo que no existiría si tú no estuvieras en mí? Porque aún no soy el infierno, y sin embargo también allí estás, pues aunque descienda al infierno, allí estás. No existiría, pues, Dios mío, no existiría en absoluto, si tú no estuvieras en mí. ¿O más bien no existiría yo si no estuviera en ti, de quien proceden todas las cosas, por quien son todas las cosas, en quien están todas las cosas?
También así, Señor, también así. ¿Adónde te invoco, cuando estoy en ti? ¿O de dónde vendrás a mí? ¿Adónde me retiraré, fuera del cielo y de la tierra, para que desde allí venga a mí mi Dios, que dijo: «Yo lleno el cielo y la tierra»?
¿Te contienen, pues, el cielo y la tierra, puesto que tú los llenas? ¿O los llenas y sobra algo, puesto que no te contienen? ¿Y adónde viertes lo que de ti sobra una vez llenos el cielo y la tierra? ¿O acaso no necesitas ser contenido en ninguna parte, tú que contienes todas las cosas, porque lo que llenas lo llenas conteniéndolo? Porque no son los recipientes llenos de ti los que te hacen estable, ya que aunque se rompan no te derramarás.
Y cuando te derramas sobre nosotros, no eres tú quien yace sino que nos levantas; no te dispersas tú, sino que nos reúnes. Pero todas las cosas que llenas, las llenas con todo tu ser. ¿O es que, porque no pueden contenerte entero todas las cosas, contienen una parte de ti, y todas contienen la misma parte simultáneamente? ¿O cada cosa contiene una parte distinta, y las más grandes partes mayores, y las más pequeñas partes menores? ¿Entonces hay alguna parte tuya que es mayor y otra que es menor? ¿O estás entero en todas partes y ninguna cosa te contiene entero?
¿Qué eres, entonces, Dios mío? ¿Qué, te pregunto, sino el Señor Dios? ¿Pues quién es señor aparte del Señor? ¿O quién es dios aparte de nuestro Dios? Supremo, óptimo, potentísimo, omnipotentísimo, misericordiosísimo y justísimo, secretísimo y presentísimo, hermosísimo y fortísimo, estable e incomprensible, inmutable que mudas todas las cosas, nunca nuevo nunca viejo, que renuevas todas las cosas y llevas a la vejez a los soberbios sin que lo sepan. Siempre activo siempre en reposo, que reúnes sin necesitar, que llevas y llenas y proteges, que creas y nutres y perfeccionas, que buscas cuando nada te falta.
Amas sin arder, celas y estás seguro, te arrepientes sin dolerte, te aíras y estás tranquilo, cambias las obras sin cambiar el plan, recuperas lo que encuentras y nunca perdiste. Nunca necesitado y te alegras de las ganancias, nunca avaro y exiges intereses, se te paga de más para que debas: ¿y quién tiene algo que no sea tuyo? Pagas deudas sin deber a nadie, perdonas deudas sin perder nada. ¿Y qué hemos dicho, Dios mío, vida mía, dulzura mía santa? ¿O qué dice alguien cuando habla de ti? Pero ¡ay de quienes callan acerca de ti, porque los locuaces son mudos!
¿Quién me dará descansar en ti? ¿Quién me dará que vengas a mi corazón y lo embriagues, para que olvide mis males y abrace mi único bien, que eres tú? ¿Qué eres para mí? Ten piedad para que hable. ¿Qué soy yo mismo para ti, para que me mandes que te ame y, si no lo hago, te aíres conmigo y me amenaces con enormes miserias? ¿Acaso es pequeña miseria el no amarte? ¡Ay de mí! Dime por tus misericordias, Señor Dios mío, qué eres para mí.
Di a mi alma: «Tu salvación soy yo»; dilo de modo que lo oiga. He aquí los oídos de mi corazón ante ti, Señor. Ábrelos y di a mi alma: «Tu salvación soy yo». Correré tras esta voz y te alcanzaré. No escondas de mí tu rostro: que muera, para no morir, con tal de verlo.
Estrecha es la morada de mi alma para que vengas a ella: que sea ensanchada por ti. Está en ruinas: repárala. Tiene cosas que ofenden tus ojos: lo confieso y lo sé. Pero ¿quién la limpiará? ¿O a quién otro sino a ti clamaré: «De mis faltas ocultas límpiame, Señor, y de las ajenas perdona a tu siervo»? Creo, por eso también hablo, Señor: tú lo sabes. ¿No he proclamado contra mí mismo mis delitos ante ti, Dios mío, y tú perdonaste la impiedad de mi corazón?
No entro en juicio contigo, que eres la verdad, y yo no quiero engañarme a mí mismo, para que mi iniquidad no se mienta a sí misma. No entro, pues, en juicio contigo, porque, si observas las iniquidades, Señor, Señor, ¿quién resistirá?
Pero aun así, déjame hablar ante tu misericordia, a mí, tierra y ceniza, déjame sin embargo hablar. Porque es tu misericordia, no un hombre, mi burlador, a quien hablo. Y tú tal vez te burlas de mí, pero volviéndote tendrás piedad de mí. ¿Pues qué es lo que quiero decir, Señor, sino que no sé de dónde vine aquí, a esta, digo, vida mortal o muerte vital? No lo sé. Y me acogieron los consuelos de tus misericordias, como oí de los padres de mi carne, de quien y en quien me formaste en el tiempo: pues yo no lo recuerdo.
Me recibieron, entonces, los consuelos de la leche humana, pero ni mi madre ni mis nodrizas se llenaban por sí mismas los pechos, sino que tú a través de ellas me dabas el alimento de la infancia según tu ordenamiento y las riquezas dispuestas hasta el fondo de las cosas. También me dabas no querer más de lo que dabas, y a las que me alimentaban querer darme lo que les dabas: porque querían darme por un afecto ordenado del que abundaban desde ti.
Pues su bien era el bien mío que venía de ellas, aunque no de ellas sino a través de ellas. Porque de ti proceden todos los bienes, Dios, y de mi Dios viene toda mi salvación. Esto lo advertí después, cuando tú me gritabas por medio de estas mismas cosas que otorgas dentro y fuera. Porque entonces solo sabía mamar y calmarme con los deleites, llorar ante las ofensas de mi carne, nada más.
Después empecé también a reír, primero durmiendo, luego despierto. Esto me fue contado sobre mí y lo creí, porque así vemos a otros niños: pues eso mío no lo recuerdo. Y he aquí que poco a poco sentía dónde estaba, y quería mostrar mis voluntades a aquellos por quienes se cumplirían, y no podía, porque estaban dentro, mientras ellos estaban fuera, y no podían con ninguno de sus sentidos entrar en mi alma. Así que agitaba miembros y voces, signos semejantes a mis voluntades, los pocos que podía, como podía: porque no eran verdaderamente semejantes.
Y cuando no se me obedecía, ya fuera porque no se entendía o porque sería dañino, me indignaba de que los mayores no estuvieran sometidos y de que los libres no sirvieran, y me vengaba de ellos llorando. Que los niños son así lo aprendí de los que pude conocer, y que yo fui así me lo mostraron más ellos, sin saberlo, que mis nodrizas sabiéndolo.
Y he aquí que mi infancia murió hace tiempo y yo vivo. Pero tú, Señor, que vives siempre y en quien nada muere, porque antes de los orígenes de los siglos, y antes de todo lo que pueda llamarse «antes», tú eres, y eres Dios y Señor de todo lo que creaste, y en ti permanecen las causas de todas las cosas inestables, y permanecen inmutables los orígenes de todas las cosas mudables, y viven las razones eternas de todas las cosas irracionales y temporales, dime a mí, tu suplicante, Dios, y misericordioso di a tu miserable, dime si a alguna otra edad mía ya muerta sucedió mi infancia.
¿O es aquella la que pasé dentro del vientre de mi madre? Pues también sobre eso se me contó algo, y yo mismo vi mujeres embarazadas. ¿Qué hubo antes de eso también, dulzura mía, Dios mío? ¿Estuve en algún sitio o fui alguien? Pues no tengo quién me diga eso; ni mi padre ni mi madre pudieron, ni la experiencia de otros ni mi memoria. ¿O te burlas de mí por preguntar estas cosas, y me mandas que te alabe y te reconozca por lo que sé?
Te reconozco, Señor del cielo y de la tierra, diciéndote alabanza por mis orígenes y mi infancia, que no recuerdo. Y has dado que el hombre lo conjecture sobre sí mismo a partir de otros, y que crea mucho sobre sí mismo por la autoridad incluso de mujercillas. Porque existía y vivía ya entonces, y al final de la infancia buscaba signos con los que hacer conocer a otros mis sensaciones. ¿De dónde viene un animal así sino de ti, Señor?
¿O acaso alguien será artífice de su propia creación? ¿O se trae alguna vena de otra parte por la que el ser y el vivir corran hacia nosotros, fuera de que tú nos haces, Señor, para quien el ser y el vivir no son una cosa y otra, porque ser supremamente y vivir supremamente es lo mismo? Eres supremo, en efecto, y no cambias, ni se agota en ti el día de hoy, y sin embargo en ti se agota, porque todas estas cosas están en ti: pues no tendrían modos de pasar si no las contuvieras.
Y puesto que tus años no se agotan, tus años son el día de hoy. Y cuántos días ya nuestros y de nuestros padres pasaron por tu hoy, y de él recibieron sus medidas y de algún modo existieron, y pasarán todavía otros y recibirán y de algún modo existirán. Pero tú eres el mismo, y todos los mañanas y más allá, y todos los ayeres y atrás, hoy los harás, hoy los hiciste. ¿Qué me importa si alguien no lo entiende?
Que él también se alegre y diga: «¿Qué es esto?» Que se alegre también así, y ame más bien encontrarte no encontrando que no encontrarte encontrando.
Escúchame, Dios. ¡Ay de los pecados de los hombres! Y un hombre dice esto, y te compadeces de él, porque tú lo hiciste y no hiciste el pecado en él. ¿Quién me trae a la memoria el pecado de mi infancia, ya que nadie está limpio de pecado ante ti, ni el niño cuya vida es de un día sobre la tierra? ¿Quién me lo trae a la memoria? ¿Acaso cualquier niño tan pequeño ahora, en quien veo lo que no recuerdo de mí?
¿Qué pecaba yo entonces? ¿Acaso porque anhelaba los pechos llorando? Pues si ahora lo hiciera, no ciertamente con los pechos sino anhelando así la comida apropiada a mi edad, sería ridiculizado y reprendido justísimamente. Entonces, pues, hacía cosas reprendibles, pero como no podía entender al que reprendía, ni la costumbre ni la razón permitían que se me reprendiera: porque extirpamos y expulsamos esas cosas al crecer. No he visto que nadie, cuando limpia algo, arroje a propósito lo bueno.
¿O acaso eran buenas por aquel tiempo incluso aquellas cosas: pedir llorando incluso lo que se daría de modo dañino, indignarse amargamente de que no se sometieran hombres libres y mayores, y esos de quienes se nació, y muchos otros más prudentes que no obedecieran al capricho de su voluntad, e intentar golpear para hacer daño todo lo que se pudiera porque no se obedecen órdenes a las que sería pernicioso obedecer? Así, la debilidad de los miembros infantiles es inocente, no el ánimo de los niños.
Vi yo y experimenté a un niño celoso: todavía no hablaba y miraba pálido, con rostro amargo, a su hermano de leche. ¿Quién ignora esto? Dicen que las madres y nodrizas lo expían con no sé qué remedios. ¿O acaso también es esa inocencia: en la fuente de leche que mana abundante y rebosa, no tolerar a un compañero muy necesitado de ayuda y que conduce su vida todavía con ese solo alimento? Pero se toleran estas cosas con indulgencia, no porque no sean nada o sean poca cosa, sino porque desaparecerán con el avance de la edad. Lo que puedes aprobar, aunque esas mismas cosas no pueden soportarse con ánimo ecuánime cuando se sorprenden en alguien de más años.
Tú, pues, Señor Dios mío, que diste la vida al niño y el cuerpo, que así, como vemos, equipaste con sentidos, ensamblaste con miembros, ornaste con forma, y para su integridad y seguridad insertaste todos los instintos del ser vivo, me mandas alabarte en esto y reconocerte ante ti y cantar a tu nombre, Altísimo, porque eres Dios omnipotente y bueno, aunque solo hubieras hecho esto, que nadie otro puede hacer sino tú, el Único, de quien procede toda medida, hermosísimo, que das forma a todas las cosas y con tu ley ordenas todas las cosas.
Esta edad, pues, Señor, que no recuerdo haber vivido, de la que creí a otros y que conjeturé que pasé a partir de otros niños, aunque esto sea conjetura muy fiable, me da pena contarla en esta vida mía que vivo en este mundo. Porque en cuanto atañe a las tinieblas de mi olvido, es igual a aquella que viví en el vientre de mi madre. Y si fui concebido en iniquidad y en pecados mi madre me alimentó en el vientre, ¿dónde, te ruego, Dios mío, dónde, Señor, yo, tu siervo, dónde o cuándo fui inocente? Pero mira, omito aquel tiempo: ¿y qué tengo ya que ver con él, del que no recuerdo ningún vestigio?
¿No vine viniendo de la infancia aquí a la niñez? ¿O más bien ella misma vino a mí y sucedió a la infancia? Pero aquella no se fue: ¿adónde se fue, pues? Y sin embargo ya no estaba. Pues ya no era un infante que no hablaba, sino un niño que hablaba. Y lo recuerdo, y advertí después de dónde aprendí a hablar. Porque los mayores no me enseñaban ofreciéndome palabras en cierto orden de enseñanza como poco después las letras, sino que yo mismo, con la mente que tú me diste, Dios mío, cuando quería expresar con gemidos y voces varias y varios movimientos de miembros las sensaciones de mi corazón, para que se obedeciera a mi voluntad, y no podía todo lo que quería ni a todos los que quería, captaba con la memoria.
Cuando ellos llamaban algo y según esa voz movían el cuerpo hacia algo, veía y retenía que ellos llamaban aquella cosa con lo que sonaban cuando querían mostrarla. Que querían esto se descubría por el movimiento del cuerpo como por las palabras naturales de todas las gentes, que se hacen con el rostro y el movimiento de los ojos y de los demás miembros, y el sonido de la voz que indica el afecto del ánimo al pedir, tener, rechazar o huir las cosas.
Así, las palabras colocadas en sus lugares en varias sentencias y oídas frecuentemente, de qué cosas eran signos las iba reuniendo poco a poco, y, domada ya la boca en esos signos, pronunciaba a través de ellos mis voluntades. Así, con aquellos entre quienes estaba comuniqué los signos de manifestación de las voluntades, e ingresé más profundamente en la tormentosa sociedad de la vida humana, dependiendo de la autoridad de los padres y la voluntad de los mayores.
Dios, Dios mío, qué miserias experimenté allí y qué burlas, cuando se me proponía a mí niño, como vivir rectamente, obedecer a quienes me amonestaban para que floreciera en este mundo y sobresaliera en las artes de la lengua, al servicio del honor de los hombres y de las falsas riquezas. Desde allí fui enviado a la escuela para aprender las letras, en las cuales qué utilidad había lo ignoraba, miserable. Y sin embargo, si era perezoso en el aprendizaje, se me golpeaba.
Porque esto era alabado por los mayores, y muchos que antes de nosotros vivieron esta vida habían construido los caminos trabajosos por los que éramos forzados a transitar, multiplicando el trabajo y el dolor para los hijos de Adán. Encontramos, sin embargo, Señor, hombres que te rogaban, y aprendimos de ellos, sintiéndote como podíamos, que eras alguien grande que podías, sin aparecer ante nuestros sentidos, escucharnos y auxiliarnos. Pues niño empecé a rogarte, mi auxilio y refugio, y en tu invocación rompía los nudos de mi lengua y te rogaba pequeño, con afecto no pequeño, para que no se me golpeara en la escuela.
Y cuando no me escuchabas, lo que no era para insensatez mía, mis golpes, gran mal entonces y grave para mí, eran objeto de risa de los hombres mayores hasta de mis propios padres, que no querían que me sucediera ningún mal.
¿Hay alguien, Señor, con ánimo tan grande, adhiriéndose a ti con afecto tan inmenso (lo hace incluso cierta estupidez: hay, pues, alguien así), quien adhiriéndose piadosamente a ti esté tan inmensamente afectado que estime en poco los potros y garfios y esos diversos tormentos (por escapar de los cuales se te suplica con gran temor por todas las tierras) y ame a aquellos que los temen acerbísimamente, del modo en que nuestros padres se reían de los tormentos con que los niños éramos afligidos por los maestros?
Pues ni los temíamos menos ni menos te rogábamos de ellos para escapar. Y sin embargo pecábamos escribiendo o leyendo o pensando menos sobre las letras de lo que se nos exigía. Pues no faltaba, Señor, memoria ni ingenio, que quisiste que tuviéramos suficientes para aquella edad, pero nos deleitaba jugar, y se nos castigaba por eso por parte de quienes sin duda hacían cosas tales. Pero las frivolidades de los mayores se llaman negocios, las de los niños, siendo tales, son castigadas por los mayores, y nadie se compadece de los niños ni de aquellos ni de ambos.
¿O acaso aprueba alguien, buen juez de las cosas, que yo fuera golpeado porque jugaba a la pelota de niño y por ese juego me impedía aprender más rápidamente las letras con las que, ya mayor, jugaría más torpemente? ¿O acaso hacía algo distinto aquel mismo por quien era golpeado, que si en alguna cuestioncilla fuera vencido por un colega, se atormentaría más con bilis y envidia que yo cuando era superado por mi contrincante en el juego de pelota?
Y sin embargo pecaba, Señor Dios, ordenador y creador de todas las cosas naturales, pero de los pecados solo ordenador, Señor Dios mío, pecaba haciendo contra los preceptos de aquellos padres y maestros míos. Podía, en efecto, después usar bien las letras que querían que aprendiera con cualquier intención que tuvieran. Pues no era desobediente eligiendo algo mejor, sino por amor al juego, amando en los certámenes victorias soberbias y que me rascaran los oídos con fábulas falsas para que picaran más ardientemente, brillando la misma curiosidad cada vez más por los ojos hacia los espectáculos, juegos de los mayores —que sin embargo quienes los producen sobresalen con tal dignidad que casi todos desean esto para sus pequeños, a quienes sin embargo soportan con gusto que sean golpeados si esos espectáculos los impiden del estudio con el que quieren que lleguen a producir tales cosas.
Mira esto, Señor, misericordiosamente, y líbranos ya a nosotros que te invocamos, líbera también a aquellos que todavía no te invocan, para que te invoquen y los liberes.
Pues oía yo ya de niño sobre la vida eterna prometida a nosotros por la humildad del Señor Dios nuestro que descendió a nuestra soberbia, y ya era signado con la señal de su cruz, y era sazonado con su sal ya desde el vientre de mi madre, que mucho esperó en ti. Viste, Señor, cuando todavía era niño y cierto día por la presión del estómago ardía de repente casi muriéndome, viste, Dios mío, porque ya eras mi guardián, con qué movimiento de ánimo y con qué fe pedí el bautismo de tu Cristo, Dios y Señor mío, a la piedad de mi madre y de la madre de todos nosotros, tu iglesia.
Y se turbó la madre de mi carne, porque incluso mi salvación eterna daba a luz más cariñosamente con corazón casto en tu fe, y cuidaría apresuradamente de que fuera iniciado en los sacramentos salvadores y lavado, confesándote a ti, Señor Jesús, para remisión de pecados, si no hubiera sido restablecido de inmediato. Se dilató, pues, mi limpieza, como si fuera necesario que todavía me ensuciara más si vivía, porque evidentemente después de aquel lavado sería mayor y más peligrosa la culpa de las faltas en las manchas.
Así creía ya entonces, y ella y toda la casa, salvo mi padre solo, que sin embargo no venció en mí el derecho de la piedad materna para que no creyera en Cristo, como él todavía no había creído. Pues ella se esforzaba porque tú fueras mi padre, Dios mío, más bien que él, y en esto la ayudabas para que venciera al marido, a quien mejor servía, porque en esto también sin duda te servía a ti que se lo mandabas.
Te ruego, Dios mío: quisiera saber, si tú también quisieras, con qué propósito fui diferido para no ser bautizado entonces, si fue para mi bien que se me aflojaran como las riendas del pecar. ¿O no se aflojaron? ¿De dónde, pues, entonces todavía ahora sobre otros y otros suena por todas partes en nuestros oídos: «Déjalo, que haga: todavía no está bautizado»? Y sin embargo en la salud del cuerpo no decimos: «Deja que sea herido más: todavía no está sanado».
Cuánto mejor, pues, hubiera sido que sanara pronto y que se hiciera por diligencia mía y de los míos que la salud recibida de mi alma estuviera segura bajo tu custodia, que la habrías dado. Mejor, en verdad. Pero cuántas y cuán grandes olas de tentaciones parecían estar inminentes después de la niñez, ya las conocía mi madre, y prefería comprometer a través de ellas la tierra de la que después sería formado, más bien que la imagen ya formada.
Sin embargo, en aquella misma niñez, de la que menos se temía por mí que de la adolescencia, no amaba las letras y odiaba que se me forzara hacia ellas, y se me forzaba sin embargo, y se me hacía bien. Pero yo no lo hacía bien (pues no aprendería si no fuera forzado; nadie, sin embargo, hace bien algo sin querer, aunque sea bueno lo que hace), ni quienes me forzaban lo hacían bien, pero se me hacía bien por ti, Dios mío.
Pues ellos no atendían hacia dónde yo referiría lo que me forzaban a aprender, sino hacia saciar las insaciables codicias de la abundante indigencia y de la ignominiosa gloria. Pero tú, para quien están contados los cabellos de nuestra cabeza, usabas para mi utilidad el error de todos los que me instaban a que aprendiera, y mi error, que no quería aprender, lo usabas para mi castigo, del que no era indigno de ser castigado, tan pequeño niño y tan grande pecador.
Así, de quienes no hacían bien, tú hacías bien para mí, y de mí que pecaba, justamente me retribuías. Pues mandaste, y así es, que toda mente desordenada sea para sí misma su castigo.
Pero cuál era la causa de que odiara las letras griegas, en las que era imbuido de pequeñuelo, ni siquiera ahora lo tengo bien averiguado. Pues amaba las latinas, no las que enseñan los primeros maestros sino las que enseñan los que llaman gramáticos. Pues aquellas primeras, donde se aprende a leer y escribir y contar, no las tenía menos onerosas y penales que todas las griegas. ¿De dónde, sin embargo, también esto sino del pecado y vanidad de la vida, por la que era carne y espíritu que anda y no regresa?
Pues sin duda eran mejores, porque más ciertas, aquellas primeras letras por las que se producía en mí, y se produjo, y tengo aquello de que leo si algo escrito encuentro, y escribo yo mismo si algo quiero, que aquellas en las que se me forzaba a retener los errores de no sé qué Eneas, olvidado de mis propios errores, y a llorar a Dido muerta porque se mató por amor, cuando entretanto a mí mismo, muriéndome en estas cosas lejos de ti, Dios, vida mía, soportaba con ojos secos, el más miserable.
¿Pues qué más miserable que un miserable que no se compadece de sí mismo y llora la muerte de Dido, que sucedía por amar a Eneas, pero no llora su propia muerte, que sucedía por no amarte a ti, Dios, luz de mi corazón y pan de la boca interior de mi alma y virtud que desposas mi mente y el seno de mi pensamiento? No te amaba, y fornicaba lejos de ti, y fornicando sonaba por todas partes: «¡Bien!
¡Bien!» Pues la amistad de este mundo es fornicación lejos de ti, y se dice «¡Bien! ¡Bien!» para que dé vergüenza si el hombre no es así. Y no lloraba esto, y lloraba a Dido extinta que siguió con hierro los extremos, siguiendo yo mismo las cosas extremas de tu creación, abandonándote a ti, y yendo tierra a la tierra. Y si se me prohibiera leer eso, me dolería porque no leía lo que me dolería. Tal demencia se considera letras más honestas y más ricas que aquellas por las que aprendí a leer y escribir.
Pero ahora grite en mi alma mi Dios, y tu verdad me diga: «No es así, no es así». Mucho mejor es aquella primera enseñanza. Pues he aquí que estoy más dispuesto a olvidar los errores de Eneas y todas esas cosas que a escribir y leer. Pero sí, cuelgan velos en los umbrales de las escuelas gramaticales, pero no significan más el honor del secreto que la cobertura del error. No griten contra mí aquellos a quienes ya no temo, mientras te confieso lo que quiere mi alma, Dios mío, y me conformo en la reprehensión de mis malos caminos para que ame tus buenos caminos; no griten contra mí vendedores ni compradores de gramática, porque si les propongo preguntándoles si es verdad lo que el poeta dice que Eneas vino alguna vez a Cartago, los más indoctos responderán que no lo saben, los más doctos incluso negarán que sea verdad.
Pero si pregunto con qué letras se escribe el nombre Eneas, todos los que han aprendido esto me responderán verdaderamente según aquel pacto y acuerdo por el que los hombres entre sí firmaron esos signos. Igualmente si pregunto qué cosa de estas se olvida con mayor incomodidad de esta vida, leer y escribir o esas ficciones poéticas, ¿quién no ve qué va a responder quien no está enteramente olvidado de sí? Pecaba, pues, de niño cuando por amor prefería aquellas vaciedades a estas cosas más útiles, o más bien odiaba estas, amaba aquellas.
Pero ya «uno y uno dos, dos y dos cuatro», me era odiosa cantilena, y el más dulce espectáculo de vanidad, el caballo de madera lleno de armados y el incendio de Troya y la sombra misma de Creúsa.
¿Por qué, pues, odiaba también la gramática griega que canta tales cosas? Pues también Homero es experto en tejer tales fábulas y es dulcísimamente vano, pero me era amargo de niño. Creo que también a los niños griegos Virgilio les es así, cuando se los fuerza a aprenderlo como yo a aquel. Evidentemente la dificultad, la dificultad sin más de aprender una lengua extranjera, como con hiel rociaba todas las dulzuras de las narraciones fabulosas griegas. Pues no conocía ninguna de aquellas palabras, y se me instaba con vehemencia con terrores y penas salvajes para que las conociera.
Pues también las latinas en algún momento de infante ciertamente no conocía ninguna, y sin embargo atendiendo las aprendí sin ningún miedo ni tormento, entre los halagos de las nodrizas y las bromas de quienes reían y las alegrías de quienes jugaban. Las aprendí, pues, aquellas sin carga penal de quienes me urgían, cuando mi corazón me urgía a dar a luz sus concepciones, lo cual no hubiera sido si no hubiera aprendido algunas palabras no de quienes enseñaban sino de quienes hablaban, en cuyos oídos también yo daba a luz lo que sentía.
De aquí se muestra suficientemente que tiene mayor fuerza para aprender estas cosas la libre curiosidad que la necesidad miedosa. Pero el flujo de aquella lo restringe esta con tus leyes, Dios, tus leyes desde las férulas de los maestros hasta las tentaciones de los mártires, pudiendo tus leyes mezclar amargas saludables que nos llaman de vuelta a ti desde la alegría pestilente por la que nos apartamos de ti.
Escucha, Señor, mi súplica, que no desfallezca mi alma bajo tu disciplina ni desfallezca yo en confesarte tus misericordias, con las que me sacaste de todos mis caminos pésimos, para que te vuelvas más dulce para mí que todas las seducciones que seguía, y te ame validísimamente, y abrace tu mano con todo mi corazón, y me saques de toda tentación hasta el fin. Pues he aquí tú, Señor, mi rey y mi Dios, que te sirva todo lo útil que aprendí de niño, que te sirva lo que hablo y escribo y leo y cuento, porque cuando aprendía vanidades tú me dabas disciplina, y en esas vanidades has perdonado mis pecados de delectaciones.
Aprendí en ellas, en efecto, muchas palabras útiles, pero también pueden aprenderse en cosas no vanas, y ese es el camino seguro por el que los niños caminarían.
Pero ¡ay de ti, corriente de la costumbre humana! ¿Quién te resistirá? ¿Cuándo no te secarás? ¿Hasta cuándo arrastrarás a los hijos de Eva al mar grande y formidable, que apenas atraviesan quienes subieron al madero? ¿No leí yo en ti tanto a Júpiter tonante como adúltero? Y ciertamente no podía ser estas dos cosas, pero se actuó para que tuviera autoridad para imitar el verdadero adulterio mediante el falso trueno como alcahuete. ¿Pero quién de los maestros togados escucha con oído sobrio a un hombre del mismo polvo que grita y dice: «Homero fingía estas cosas y transfería lo humano a los dioses: yo preferiría lo divino a nosotros»?
Pero se dice con más verdad que él fingía estas cosas, pero atribuyendo lo divino a hombres infames para que las infamias no se consideraran infamias y para que, quien las hiciera, pareciera haber imitado no a hombres perdidos sino a dioses celestes.
Y sin embargo, oh corriente tartárea, son arrojados en ti los hijos de los hombres con pagos para que aprendan estas cosas, y es gran cosa cuando esto se hace públicamente en el foro, a la vista de las leyes que decretan salarios por encima del pago, y golpeas tus rocas y suenas diciendo: «De aquí se aprenden palabras, de aquí se adquiere la eloquencia, máximamente necesaria para persuadir en los asuntos y explicar las sentencias». Así, en verdad, no conoceríamos estas palabras, «lluvia de oro» y «seno» y «engaño» y «templos del cielo» y otras palabras que están escritas en ese lugar, si Terencio no introdujera a un joven malvado proponiéndose a Júpiter como ejemplo de estupro, mientras contempla cierta tabla pintada en la pared donde estaba esta pintura, de qué modo Júpiter dicen que envió al seno de Dánae en otro tiempo una lluvia de oro, hecho engaño para la mujer.
Y mira cómo se incita a sí mismo a la libídine como por magisterio celeste: «¡Pero qué dios!, dice, el que con supremo estruendo sacude los templos del cielo. ¿Yo, hombrecillo, no haría eso? Yo, en verdad, lo hice y con gusto». No se aprenden en modo alguno más cómodamente esas palabras por esta torpeza, pero por estas palabras se perpetra esa torpeza más confiadamente. No acuso las palabras como vasos elegidos y preciosos, sino el vino del error que en ellos nos era escancidado por doctores ebrios, y si no bebíamos éramos golpeados, y no era lícito apelar a algún juez sobrio.
Y sin embargo yo, Dios mío, en cuya presencia ya está seguro mi recuerdo, aprendía gustosamente estas cosas, y me deleitaba con ellas, miserable, y por eso era llamado niño de buena esperanza.
Déjame, Dios mío, decir algo también sobre mi ingenio, don tuyo, en qué delirios se desgastaba. Pues se me proponía un negocio suficientemente inquietante para mi alma, con premio de alabanza y deshonra o con miedo de golpes, que dijera las palabras de Juno airada y doliente porque no podía apartar de Italia al rey de los teucros, que nunca había oído que Juno dijera. Pero éramos forzados a seguir errantes las huellas de las ficciones poéticas, y a decir en palabras sueltas algo tal como el poeta lo había dicho en versos.
Y aquel hablaba más loablemente en quien, según la dignidad de la persona bosquejada, sobresalía un afecto más semejante de ira y dolor, vistiendo las sentencias con palabras congruentemente. ¿Para qué me servía aquello, oh vida verdadera, Dios mío, que a mí que recitaba se me aclamaba ante muchos coetáneos y colectores míos? ¿No son todas aquellas cosas humo y viento? ¿No había, pues, otra cosa donde se ejercitaran mi ingenio y mi lengua? Tus alabanzas, Señor, tus alabanzas por tus escrituras suspenderían el sarmiento de mi corazón, y no sería arrebatado por las vanidades de las frivolidades, presa vergonzosa de las aves. Pues no de un solo modo se sacrifica a los ángeles transgresores.
Pero ¿qué tiene de extraño que hacia las vanidades así fuera llevado y me iba lejos de ti, Dios mío, cuando se me proponían para imitar hombres que, si algunos hechos suyos no malos los enunciaban con un barbarismo o un solecismo, reprendidos se confundían, pero si sus libídines las narraban copiosamente y con ornato con palabras íntegras y consecuentes rectamente, alabados se gloriaban? Ves estas cosas, Señor, y callas, longánime y muy misericordioso y veraz. ¿Acaso callarás siempre?
Y ahora sacas de este profundísimo abismo al alma que te busca y tiene sed de tus deleites, y cuyo corazón te dice: «Busqué tu rostro». Tu rostro, Señor, buscaré: porque lejos de tu rostro estoy en el afecto tenebroso. Pues no con los pies ni con distancias de lugares se va lejos de ti o se regresa a ti, ni tu hijo menor buscó caballos o carros o naves, ni voló con alas visibles, ni hizo camino moviendo la rodilla, para vivir en región lejana disipando pródigamente lo que habías dado al partir, dulce padre porque diste, y más dulce con el indigente que regresaba: en afecto libidinoso, pues, eso es tenebroso, y eso es lejos de tu rostro.
Mira, Señor Dios, y pacientemente, como miras, mira cómo diligentemente observan los hijos de los hombres los pactos de las letras y sílabas recibidos de los locutores anteriores, y descuidan los pactos eternos de perpetua salvación recibidos de ti, de modo que quien guarde o enseñe aquellos antiguos acuerdos de los sonidos, si contra la disciplina gramatical sin aspiración de la primera sílaba dijera «ombre», desagrade más a los hombres que si contra tus preceptos odiara al hombre, siendo hombre.
Como si sintiera a cualquier hombre enemigo más perniciosamente que al odio mismo con el que se irrita contra él, o devastara alguien persiguiéndolo más gravemente de lo que devasta su corazón enemistando. Y ciertamente no hay ciencia de letras más interior que la conciencia escrita de que se hace a otro lo que no se querría sufrir. Cuán secreto eres tú, habitando en las alturas en silencio, Dios solo grande, esparciendo con ley infatigable cegueras penales sobre las ilícitas codicias, cuando un hombre que busca fama de eloquencia ante un hombre juez, rodeado de multitud de hombres, persiguiendo a su enemigo con odio inmensísimo, vigila vigilantísimamente para no decir por error de la lengua «entre hombres», y no vigila para no quitar por furor de la mente a un hombre de entre los hombres.
En el umbral de estas costumbres yacía yo, niño miserable, y de esta arena era la palestra aquella, donde más temía cometer un barbarismo que me cuidaba, si lo cometía, de envidiar a quienes no lo cometían. Digo esto y te lo confieso, Dios mío, en lo que era alabado por aquellos a quienes agradar era entonces para mí vivir honestamente. Pues no veía la vorágine de torpeza en la que era arrojado lejos de tus ojos. Porque en aquellos, ¿qué hubo más sucio que yo, que incluso a tales desagradaba engañando con innumerables mentiras tanto al pedagogo como a los maestros y a los padres, por amor del juego, por afán de ver niñerías y por inquietud de imitar jugarretas?
También hacía hurtos del almacén de los padres y de la mesa, ya imperitando la gula, ya para tener qué dar a los niños, que me vendían su juego del que igualmente sin embargo se deleitaban. En el cual juego también yo buscaba con frecuencia victorias fraudulentas, vencido por vana cupidez de excelencia. Pero ¿qué no quería tanto sufrir y argumentaba tan atroz cuando lo sorprendía, como aquello que yo hacía a otros? Y si sorprendido era argumentado, prefería enfurecerme antes que ceder.
¿Esta es la inocencia pueril? No lo es, Señor, no lo es. Te ruego, Dios mío: porque estas mismas cosas son las que, de los pedagogos y maestros, de las nueces y pelotitas y pajarillos, a los prefectos y reyes, el oro, las propiedades, los esclavos, estas mismas cosas en absoluto pasan a las edades mayores que suceden, así como a las férulas suceden suplicios mayores. El signo de la humildad, pues, en la estatura de la niñez, rey nuestro, aprobaste cuando dijiste: «De tales es el reino de los cielos».
Pero sin embargo, Señor, a ti, excelentísimo y óptimo constructor y rector de la univeridad, Dios nuestro, gracias, aunque hubieras querido que yo fuera solo niño. Pues existía ya entonces, vivía y sentía, y cuidaba de mi seguridad, vestigio de la secretísima unidad de la que provenía, custodiaba con sentido interior la integridad de mis sentidos, y en esas cosas pequeñas y de pequeñas cosas me deleitaba en la verdad en las cogitaciones. No quería ser engañado, vigoraba la memoria, era instruido en el habla, era acariciado por la amistad, huía del dolor, de la abyección, de la ignorancia.
¿Qué no es admirable y laudable en tal ser vivo? Pero todas estas cosas son dones de mi Dios. No me di a mí estas cosas, y son buenas, y todas estas cosas soy yo. Bueno es, pues, quien me hizo, y él es mi bien, y a él exulto por todos los bienes por los que incluso siendo niño era. Pues en esto pecaba, en que no en él mismo sino en sus criaturas, en mí y en otros, buscaba placeres, sublimidades, verdades, y así irrumpía en dolores, confusiones, errores.
Gracias a ti, dulzura mía y honor mío y confianza mía, Dios mío, gracias a ti por tus dones: pero tú consérvamelos. Pues así me conservarás, y se acrecentarán y se perfeccionarán las cosas que me diste, y estaré yo mismo contigo, porque también el existir tú me lo diste.
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