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Libro 8La conversión de Agustín

Confesiones · San Agustín · 37 min de lectura

Dios mío, quiero recordar y darte gracias confesando tus misericordias sobre mí. Que mis huesos se empapen de tu amor y digan: «Señor, ¿quién hay como tú?» Rompiste mis cadenas: te ofreceré un sacrificio de alabanza. Contaré cómo las rompiste, y todos los que te adoran, cuando escuchen esto, dirán: «Bendito el Señor en el cielo y en la tierra; grande y admirable es su nombre». Tus palabras se habían adherido a mi corazón, y estaba rodeado por ti por todas partes.

Tenía la certeza de tu vida eterna, aunque la veía en enigma y como a través de un espejo; sin embargo, se me había quitado toda duda sobre la sustancia incorruptible, de la que procede toda sustancia, y no deseaba estar más seguro de ti, sino más firme en ti. Pero en mi vida temporal todo vacilaba, y mi corazón necesitaba limpiarse de la levadura vieja. Me gustaba el camino, el mismo Salvador, pero aún me daba pereza atravesar sus angosturas.

Y tú pusiste en mi mente, y me pareció bien a mis ojos, ir a ver a Simpliciano, que se me presentaba como tu buen servidor y en quien brillaba tu gracia. Había oído también que desde su juventud vivía entregado a ti con devoción; ya entonces había envejecido y, por su larga edad en el estudio tan bueno de seguir tu vida, me parecía que había experimentado mucho y aprendido mucho: y verdaderamente así era. Por eso quería exponerle mis inquietudes, consultando con él, para que me mostrara cuál era el modo apropiado para alguien en mi estado de ánimo para caminar por tu senda.

Veía la iglesia llena, y uno iba por un lado, otro por otro, pero a mí me disgustaba lo que hacía en el mundo y era una carga muy pesada para mí, ya que no me inflamaban los deseos de antes, la esperanza de honores y dinero, para soportar aquella servidumbre tan grave. Ya no me deleitaban esas cosas comparadas con tu dulzura y el esplendor de tu casa, que amé, pero todavía estaba fuertemente atado por la mujer, y el apóstol no me prohibía casarme, aunque exhortaba a algo mejor, deseando sobre todo que todos los hombres fueran como él.

Pero yo, más débil, elegía un lugar más blando y por eso solo me agitaba, lánguido en lo demás y consumiéndome con preocupaciones marchitas, porque en otros asuntos que no quería sufrir me veía obligado a ajustarme a la vida conyugal, a la que estaba entregado y atado. Había oído de boca de la verdad que hay eunucos que se castraron a sí mismos por el reino de los cielos, pero, dice, «quien pueda entender, que entienda». Vanos son ciertamente todos los hombres en quienes no está la ciencia de Dios, y no pudieron hallar por los bienes visibles a aquel que es.

Pero yo ya no estaba en aquella vanidad. La había superado y con el testimonio de toda la creación había encontrado a ti, nuestro creador, y a tu Palabra, Dios contigo y un solo Dios contigo, por quien creaste todo. Y hay otro género de impíos, que conociendo a Dios no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias. También había caído en esto, pero tu diestra me recogió y sacándome de allí me pusiste donde pudiera recuperarme, porque dijiste al hombre: «He aquí que la piedad es la sabiduría», y «no quieras parecer sabio, porque los que se dicen sabios se vuelven necios». Y ya había encontrado la perla preciosa, y debía comprarla vendiendo todo lo que tenía, pero dudaba.

Me dirigí entonces a Simpliciano, padre en recibir la gracia del entonces obispo Ambrosio, a quien éste amaba verdaderamente como a un padre. Le conté los rodeos de mi error. Cuando mencioné que había leído algunos libros de los platónicos, que Victorino, antiguo profesor de retórica de la ciudad de Roma, del que había oído que murió cristiano, había traducido al latín, se congratuló de que no hubiera caído en los escritos de otros filósofos llenos de falacias y engaños según los elementos de este mundo, mientras que en aquéllos de todas las maneras se insinúa a Dios y su Palabra.

Luego, para exhortarme a la humildad de Cristo oculta a los sabios y revelada a los pequeños, recordó al propio Victorino, a quien había conocido muy familiarmente cuando estaba en Roma, y me contó sobre él algo que no callaré. Pues tiene una gran alabanza de tu gracia que debe confesarse a ti, cómo aquel anciano doctísimo y peritísimo en todas las disciplinas liberales, que había leído y juzgado tantas obras de los filósofos, maestro de tantos nobles senadores, que incluso había merecido y recibido una estatua en el foro romano por la distinción de su eminente magisterio, que los ciudadanos de este mundo consideran extraordinario, hasta aquella edad venerador de ídolos y partícipe de ritos sacrilegos, con los que entonces casi toda la nobleza romana, hinchada, respiraba, Anubis ladrador y toda clase de dioses monstruosos, que alguna vez habían empuñado armas contra Neptuno y Venus y contra Minerva, y a quienes Roma, ya vencida por ellos, suplicaba, que este anciano Victorino había defendido durante tantos años con voz aterradora, no se avergonzó de ser niño de tu Cristo e infante de tu fuente, sometiendo el cuello al yugo de la humildad y domando la frente al oprobio de la cruz.

Oh Señor, Señor, que inclinaste los cielos y descendiste, tocaste los montes y humearon, ¿de qué modos te insinuaste en aquel pecho? Leía, según dice Simpliciano, la sagrada Escritura y todas las letras cristianas las investigaba con suma diligencia y las escrutaba, y decía a Simpliciano, no públicamente sino en secreto y con más familiaridad: «Has de saber que ya soy cristiano». Y aquél respondía: «No lo creeré ni te contaré entre los cristianos, a menos que te vea en la iglesia de Cristo».

Él entonces se burlaba diciendo: «¿Acaso las paredes hacen cristianos?» Y decía esto con frecuencia, que ya era cristiano, y Simpliciano respondía aquello con frecuencia, y con frecuencia él repetía la burla de las paredes. Pues temía ofender a sus amigos, soberbios adoradores de demonios, desde cuya cumbre de dignidad babilónica, como desde los cedros del Líbano que el Señor aún no había quebrado, pensaba que caerían sobre él gravemente las enemistades. Pero después de que bebió firmeza leyendo y anhelando, y temió ser negado por Cristo ante los santos ángeles si lo temía confesar ante los hombres, y se vio culpable de un gran crimen por avergonzarse de los sacramentos de la humildad de tu Palabra y no avergonzarse de los ritos sacrilegos de los soberbios demonios, que como imitador soberbio había aceptado, perdió la vergüenza ante la vanidad y se avergonzó de la verdad, y súbita e inesperadamente dijo a Simpliciano, según él mismo contaba: «Vamos a la iglesia: quiero hacerme cristiano».

Pero éste, sin poderse contener de gozo, fue con él. Después de que fue instruido en los primeros sacramentos, no mucho después dio también su nombre para ser regenerado por el bautismo, mientras Roma se admiraba y la iglesia se alegraba. Los soberbios lo veían y se enfurecían, rechinaban sus dientes y se consumían. Pero para tu servidor el Señor Dios era su esperanza, y no miraba a las vanidades y a las locuras mentirosas.

Finalmente, cuando llegó la hora de profesar la fe, que suele darse en Roma por quienes van a acceder a tu gracia con palabras fijas concebidas y retenidas de memoria desde un lugar elevado ante el pueblo fiel, dicen que los presbíteros ofrecieron a Victorino que la diera en secreto, como solía ofrecerse por costumbre a algunos que parecían que iban a temblar de vergüenza; pero él prefirió profesar su salvación ante la santa multitud. Pues no había salvación en la retórica que enseñaba, y sin embargo la había profesado públicamente.

Cuánto menos debía temer a tu manso rebaño pronunciando tu palabra, él que no temía en sus palabras a las turbas de insensatos. Así pues, cuando subió para darla, todos, cada uno que lo conocía, murmuraron su nombre con estruendo de felicitación (¿y quién allí no lo conocía?). Y sonó con sonido contenido en las bocas de todos los que se alegraban: «Victorino, Victorino». Pronto sonaron con júbilo porque lo veían, y pronto callaron con atención para oírlo.

Pronunció la fe verdadera con espléndida confianza, y todos querían arrebatarlo dentro de su corazón. Y lo arrebataban amándolo y alegrándose: ésas eran las manos de los que arrebataban.

Dios bueno, ¿qué sucede en el hombre para que se alegre más por la salvación de un alma desesperada y liberada de un peligro mayor que si siempre hubiera habido esperanza para ella o el peligro hubiera sido menor? Pues también tú, Padre misericordioso, te alegras más de un penitente que de noventa y nueve justos que no necesitan penitencia. Y nosotros con gran regocijo escuchamos, cuando oímos con qué júbilo los hombros del pastor traen de vuelta a la oveja que se había extraviado, y se devuelve la moneda a tus tesoros alegrándose con ella las vecinas de la mujer que la encontró, y las lágrimas sacuden el gozo de la solemnidad de tu casa, cuando se lee en tu casa sobre tu hijo menor que «estaba muerto y revivió, estaba perdido y fue hallado».

Pues te alegras en nosotros y en tus ángeles santos por santa caridad. Pues tú eres siempre el mismo, que conoces siempre del mismo modo todas las cosas que no son siempre ni del mismo modo.

¿Qué sucede entonces en el alma para que se deleite más con las cosas que ama encontradas o devueltas que si siempre las hubiera tenido? Pues dan testimonio también las demás cosas y todas están llenas de testimonios que claman: «Así es». Triunfa el emperador victorioso, y no hubiera vencido si no hubiera combatido, y cuanto mayor fue el peligro en el combate, tanto mayor es el gozo en el triunfo. La tempestad sacude a los navegantes y amenaza con naufragio: todos palidecen por la muerte futura.

Se tranquiliza el cielo y el mar, y se regocijan muchísimo, porque temieron muchísimo. Un ser querido está enfermo y su pulso anuncia algo malo: todos los que desean su salud enferman juntos en el ánimo. Se recupera y aunque aún no camina con sus fuerzas anteriores, ya hay tal gozo cual no había cuando antes caminaba sano y fuerte. Y esos mismos placeres de la vida humana los adquieren los hombres no sólo con molestias que sobrevienen inesperadas y contra la voluntad, sino también con molestias planeadas y voluntarias.

El placer de comer y beber no existe si no precede la molestia del hambre y la sed. Y los borrachos comen cosas algo saladas para que se produzca un ardor molesto que, cuando la bebida lo apaga, produce deleite. Y se ha establecido que las novias prometidas no se entreguen inmediatamente, para que el marido no tenga en poco a la dada si el novio no suspiró por la demorada.

Esto en el gozo torpe y execrable, esto en el que está permitido y es lícito, esto en la más sincera honestidad de la amistad, esto en el que estaba muerto y revivió, estaba perdido y fue hallado: en todas partes un gozo mayor es precedido por una molestia mayor. ¿Qué es esto, Señor Dios mío, cuando tú eres gozo eterno para ti mismo, tú mismo, y algunas cosas de ti se gozan siempre en torno a ti?

¿Qué es que esta parte de las cosas alterna en defecto y progreso, en choques y reconciliaciones? ¿O es éste su modo y tanto les diste, cuando desde lo más alto de los cielos hasta lo más bajo de la tierra, desde el principio hasta el fin de los siglos, desde el ángel hasta el gusano, desde el primer movimiento hasta el último, colocaste todos los géneros de bienes y todas tus obras justas cada una en sus lugares y las hiciste actuar cada una en sus tiempos?

¡Ay de mí, qué excelso eres en las alturas y qué profundo en las profundidades! Y a ninguna parte te retiras, y apenas volvemos a ti.

Vamos, Señor, actúa, despiértanos y llámanos de vuelta, enciéndenos y arrebátanos, abrasa, hazte dulce: amemos, corramos. ¿Acaso no vuelven a ti muchos desde un tártaro más profundo de ceguera que Victorino, y se acercan y son iluminados recibiendo la luz? Quienes la reciben, reciben de ti el poder de ser tus hijos. Pero si son menos conocidos por los pueblos, menos se alegran de ellos incluso quienes los conocen. Porque cuando se goza con muchos, también en cada uno es más abundante el gozo, porque se calientan y se inflaman mutuamente.

Además, porque siendo conocidos por muchos, son autoridad de salvación para muchos y preceden a muchos que han de seguir, por eso se alegran mucho de ellos también quienes los precedieron, porque no se alegran de ellos solos. Lejos de que en tu tabernáculo se acepten las personas de los ricos antes que los pobres o de los nobles antes que los plebeyos, cuando más bien elegiste lo débil del mundo para confundir lo fuerte, y elegiste lo plebeyo de este mundo y lo despreciable, y lo que no es como si fuera, para aniquilar lo que es.

Y sin embargo, el mismo que fue el menor de tus apóstoles, por cuya lengua resonaron esas palabras tuyas, cuando Pablo el procónsul, vencida su soberbia por su milicia, fue enviado bajo el yugo suave de tu Cristo, convertido en provincial del gran rey, también él mismo quiso ser llamado Pablo en lugar del anterior Saulo por la distinción de una victoria tan grande. Pues el enemigo es vencido más en aquel a quien más retiene y por quien retiene a más.

Pero retiene más a los soberbios por el nombre de la nobleza, y por éstos a más por el nombre de la autoridad. Por tanto, cuanto más gratamente era considerado el corazón de Victorino, que el diablo había tenido como receptáculo inexpugnable, la lengua de Victorino, con la que como arma grande y afilada había matado a muchos, tanto más abundantemente debían regocijarse tus hijos porque nuestro rey ató al fuerte, y veían sus vasos arrebatados y limpiados y adaptados para tu honor y hechos útiles al Señor para toda obra buena.

Pero cuando tu hombre Simpliciano me contó esto de Victorino, me encendí para imitarlo: precisamente para eso me lo había contado. Pero cuando añadió también que en tiempos del emperador Juliano se promulgó una ley por la que se prohibía a los cristianos enseñar literatura y oratoria, ley que él aceptó, prefiriendo abandonar la escuela locuaz antes que tu Palabra, por la que haces elocuentes las lenguas de los niños, me pareció no tanto valiente como afortunado, porque había encontrado ocasión de quedar libre para ti, cosa que yo suspiraba, atado no con hierro ajeno sino con mi férrea voluntad.

Mi querer lo tenía el enemigo y de él me había hecho una cadena y me había atado. Pues de la voluntad perversa se hizo el deseo, y mientras se sirve al deseo se hizo la costumbre, y mientras no se resiste a la costumbre se hizo la necesidad. Con estos como eslabones entrelazados entre sí (por eso lo llamé cadena) me tenía sujeto en dura servidumbre. Pero la voluntad nueva que había empezado a existir en mí, de rendirte culto gratuitamente y querer gozar de ti, Dios, única alegría cierta, aún no era idónea para superar a la anterior robustecida por la antigüedad. Así mis dos voluntades, una vieja, otra nueva, una carnal, otra espiritual, combatían entre sí y discordando disipaban mi alma.

Así comprendía por mi propia experiencia lo que había leído, cómo la carne apetece contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Yo ciertamente estaba en ambas, pero más yo en lo que aprobaba en mí que en lo que reprobaba en mí. Pues allí ya no era tanto yo, porque en gran parte lo padecía más contra mi voluntad que lo hacía queriendo, pero sin embargo la costumbre se había hecho más combativa contra mí por mi culpa, porque queriendo había llegado a donde no quería.

¿Y quién contradiría con justicia, cuando al que peca le sigue un castigo justo? Y ya no tenía aquella excusa con la que me solía parecer que por eso aún no te servía despreciando el mundo, porque me era incierta la percepción de la verdad: pues ya también ésta era cierta. Pero yo, todavía atado a la tierra, rehusaba militar para ti y temía tanto quedar libre de todos los impedimentos como se debe temer ser impedido.

Así me oprimía dulcemente la carga del mundo, como suele hacerse en el sueño, y los pensamientos con que meditaba en ti eran semejantes a los esfuerzos de los que quieren despertarse, que sin embargo superados por la profundidad del sopor se sumergen de nuevo. Y así como nadie hay que quiera dormir siempre y según el juicio sano de todos es preferible estar despierto, sin embargo las más veces el hombre difiere sacudir el sueño cuando hay un pesado sopor en los miembros, y aunque ya le desagrada lo agarra con más gusto aunque haya llegado la hora de levantarse: así tenía por cierto que era mejor entregarme a tu caridad que ceder a mi deseo, pero aquello agradaba y vencía, esto gustaba y ataba.

Y no había nada que te respondiera cuando me decías: «Levántate tú que duermes y álzate de entre los muertos, y Cristo te iluminará», y por todas partes mostrándome que decías verdad, no había absolutamente nada que responderte convencido por la verdad, sino solo palabras lentas y soñolientas: «Ahora», «ahora mismo», «deja un poco». Pero «ahora y ahora» no tenía límite y «deja un poco» se alargaba. En vano me complacía en tu ley según el hombre interior, cuando otra ley en mis miembros repugnaba a la ley de mi mente y me llevaba cautivo a la ley del pecado que estaba en mis miembros.

Pues la ley del pecado es la violencia de la costumbre, por la que el ánimo es arrastrado y retenido incluso contra su voluntad, mereciéndolo porque voluntariamente cayó en ella. ¿Quién me libraría pues de este cuerpo de muerte sino tu gracia por Jesucristo, nuestro Señor?

Y de cómo me sacaste del vínculo del deseo carnal, con el que estaba atadísimamente retenido, y de la servidumbre de los negocios seculares, lo contaré y confesaré a tu nombre, Señor, mi auxiliador y mi redentor. Hacía mis cosas habituales, creciendo la ansiedad, y suspiraba a ti cada día. Frecuentaba tu iglesia, cuanto me dejaba libre de aquellos negocios bajo cuyo peso gemía. Conmigo estaba Alipio, ocioso del trabajo de jurisconsulto después de la tercera asesoría, esperando a quiénes vender de nuevo sus consejos, como yo vendía la facultad de hablar, si es que puede prestarse algo enseñando.

Pero Nebridio había cedido a nuestra amistad para enseñar como asistente a Verecundo, milanés y ciudadano y gramático, el más familiar de todos nosotros, que deseaba vehementemente e imploraba por derecho de amistad de nuestro grupo una ayuda fiel, de la que necesitaba muchísimo. No atraía pues a Nebridio allí el deseo de provechos (pues podía hacer más de las letras, si quisiera) sino que por oficio de benevolencia no quiso desdeñar nuestra petición, amigo dulcísimo y suavísimo.

Pero actuaba en ello muy prudentemente cuidándose de darse a conocer a personas importantes según este mundo, evitando en ellos toda inquietud del ánimo, que quería tener libre y cuantas horas fuera posible de vacación para buscar algo o leer u oír sobre la sabiduría.

Así pues, un cierto día (no recuerdo la causa por la que estaba ausente Nebridio), he aquí que vino a nuestra casa, a mí y a Alipio, un tal Ponticiano, paisano nuestro en cuanto africano, que militaba eminentemente en palacio: no sé qué quería de nosotros. Y nos sentamos para conversar. Y casualmente reparó en un códice sobre la mesa de juego que estaba ante nosotros. Lo tomó, lo abrió, encontró al apóstol Pablo, inesperadamente sin duda: pues pensaba que era alguno de los libros cuya profesión me consumía.

Entonces verdaderamente sonriendo y mirándome se admiró congratulatoriamente de que hubiera encontrado de repente aquellas letras y sólo aquellas ante mis ojos. Pues era cristiano y fiel, y con frecuencia se prosternaba ante ti, nuestro Dios, en la iglesia en oraciones frecuentes y prolongadas. Cuando le indiqué que prestaba suma atención a aquellas escrituras, se inició una conversación en la que él contaba sobre Antonio el monje egipcio, cuyo nombre brillaba excelentemente entre tus siervos, pero para nosotros hasta aquella hora había estado oculto.

Cuando lo descubrió, se detuvo en aquella conversación, instruyendo a los ignorantes sobre tan gran hombre y admirándose de nuestra ignorancia. Nosotros nos asombrábamos oyendo maravillas tan atestiguadas tuyas en la fe recta y la iglesia católica en memoria tan reciente y casi en nuestros tiempos. Todos nos admirábamos, nosotros porque eran tan grandes, y él porque no habíamos oído de ellas.

De allí su conversación derivó a las multitudes de los monasterios y a las costumbres de tu fragancia y los desiertos fecundos del yermo, de los que nosotros nada sabíamos. Y había un monasterio en Milán lleno de buenos hermanos fuera de las murallas de la ciudad bajo Ambrosio como nutridor, y no lo sabíamos. Proseguía él y hablaba todavía, y nosotros atentos callábamos. De donde cayó en contar que no sabía cuándo él y otros tres compañeros suyos, sin duda en Tréveris, cuando el emperador estaba ocupado en el espectáculo meridiano del circo, salieron a pasear por los jardines contiguos a las murallas y allí, como casualmente caminaban separados en parejas, uno con él por separado y los otros dos igualmente por separado anduvieron dispersándose; pero aquéllos en su vagabundeo irrumpieron en cierta casa donde habitaban unos siervos tuyos pobres en espíritu, de los cuales es el reino de los cielos, y encontraron allí un códice en el que estaba escrita la vida de Antonio.

Uno de ellos empezó a leerla y a admirarse y encenderse, y mientras leía meditó abrazar tal vida y dejar la milicia secular para servirte a ti. Eran de los que llaman agentes de asuntos. Entonces súbitamente lleno de amor santo y sobrio pudor, airado consigo, arrojó los ojos sobre su amigo y le dijo: «Dime, te ruego, con todos estos trabajos nuestros ¿adónde aspiramos a llegar? ¿Qué buscamos? ¿Por qué causa militamos? ¿Puede ser mayor nuestra esperanza en palacio que ser amigos del emperador?

¿Y allí qué no es frágil y lleno de peligros? ¿Y por cuántos peligros se llega a un peligro mayor? ¿Y cuándo será eso? Pero amigo de Dios, si quiero, he aquí que ahora lo soy». Dijo esto y turbado por el parto de una vida nueva devolvió los ojos a las páginas. Y leía y se cambiaba por dentro, donde tú veías, y se despojaba del mundo su mente, como pronto apareció. Pues mientras leía y revolvía las olas de su corazón, bramó alguna vez y discernió y decidió lo mejor, ya tuyo dijo a su amigo: «Yo ya me he arrancado de aquella esperanza nuestra y he decidido servir a Dios, y esto desde esta hora, en este lugar empiezo.

Si te pesa imitarme, no te opongas». Respondió él adherirse como socio de tan gran recompensa y de tal milicia. Y ambos ya tuyos edificaban la torre con el gasto idóneo de dejar todas sus cosas y seguirte. Entonces Ponticiano y el que con él paseaba por otras partes del jardín, buscándolos, llegaron al mismo lugar y encontrándolos los advirtieron que volvieran, porque ya declinaba el día. Pero ellos, narrado su designio y propósito y cómo en ellos había surgido y se había afirmado tal voluntad, pidieron que no les fueran molestos si rehusaban unirse.

Éstos, aunque no cambiados de los anteriores, sin embargo lloraron sobre sí mismos, según decía, y piadosamente los felicitaron y se encomendaron a sus oraciones y arrastrando el corazón por tierra se fueron a palacio, pero aquéllos fijando el corazón en el cielo permanecieron en la casa. Y tenían ambos prometidas que, después de que oyeron esto, también ellas dedicaron su virginidad a ti.

Contaba esto Ponticiano. Pero tú, Señor, entre sus palabras me retorcías hacia mí mismo, quitándome de mi espalda, donde me había puesto mientras no quería atenderme, y me colocabas ante mi cara, para que viera cuán feo era, cuán distorsionado y sucio, manchado y ulceroso. Y veía y me horrorizaba, y adónde huir de mí no había. Pero si intentaba apartar de mí la vista, contaba él lo que contaba, y tú de nuevo me oponías a mí y me arrojabas ante mis ojos, para que encontrara mi iniquidad y la odiara. La conocía, pero la disimulaba y la contenía y la olvidaba.

Pero entonces verdaderamente cuanto más ardientemente amaba a aquellos de quienes oía los saludables afectos, que se habían entregado totalmente a ti para ser sanados, tanto más execrablemente me odiaba comparado con ellos, porque muchos años míos habían transcurrido conmigo (quizá doce años) desde que a los diecinueve años de mi edad, leído el Hortensio de Cicerón, había sido excitado al estudio de la sabiduría y difería despreciada la felicidad terrena para dedicarme a investigarla, cuyo no hallazgo sino sola búsqueda ya debía anteponerse incluso a los tesoros hallados y a los reinos de las naciones y a las voluptuosidades corporales fluyendo al antojo.

Pero yo, joven mísero, mísero en el mismo comienzo de la juventud, incluso te había pedido la castidad y había dicho: «Dame castidad y continencia, pero no todavía». Pues temía que me oyeras pronto y pronto me sanaras de la enfermedad de la concupiscencia, que prefería saciar que extinguir. Y había ido por caminos perversos con superstición sacrílega, no ciertamente seguro en ella sino como anteponiéndola a las demás, que no buscaba piadosamente sino que combatía enemigamente.

Y había pensado que difería de día en día despreciada la esperanza del mundo seguirte a ti solo, porque no me aparecía algo cierto a lo que dirigir mi curso. Y había llegado el día en que quedaba desnudo ante mí y me increpaba mi conciencia: «¿Dónde está la lengua? Pues decías que por lo incierto de la verdad no querías arrojar la carga de la vanidad. He aquí que ya es cierta, y aquélla todavía te oprime, y reciben alas hombros más libres quienes ni se desgastaron tanto en el buscar ni meditaron esto diez años y más».

Así me roía por dentro y me confundía con vergüenza horrible vehementemente, cuando Ponticiano hablaba tales cosas. Terminada la conversación y el asunto por el que había venido, se fue él, y yo a mí. ¿Qué no dije en mí? ¿Con qué golpes de sentencias no flagelé mi alma para que me siguiera intentando ir tras ti? Y se resistía, rehusaba, y no se excusaba. Se habían consumido y convencido todos los argumentos. Quedaba una trepidación muda y como temía la muerte la restricción del flujo de la costumbre, con la que se consumía en la muerte.

Entonces en aquella gran riña de mi casa interior, que había suscitado fuertemente con mi alma en la alcoba nuestra, el corazón, turbado tanto en el rostro como en la mente me lanzo sobre Alipio: exclamo: «¿Qué sufrimos? ¿Qué es esto? ¿Qué oíste? Se levantan los indoctos y arrebatan el cielo, y nosotros con nuestras doctrinas sin corazón, ¡he aquí dónde nos revolcamos en carne y sangre! ¿O porque nos precedieron, nos avergüenza seguir y no nos avergüenza ni siquiera seguir?»

Dije no sé qué cosas así, y me arrebató de él mi arrebato, cuando callaba atónito mirándome. Pues no sonaba como de costumbre. Hablaban mi ánimo más la frente, las mejillas, los ojos, el color, el modo de la voz que las palabras que profería. Había un huertecillo de nuestro hospedaje, del que usábamos como de toda la casa: pues el huésped no habitaba allí, dueño de la casa. Allá me había llevado el tumulto del pecho, donde nadie impidiera la ardiente disputa que había emprendido conmigo, hasta que saliera —cómo tú sabías, yo no—: sólo enloquecía saludablemente y moría vitalmente, conocedor de qué mal era y desconocedor de qué bien iba a ser después de un poco.

Me retiré pues al jardín, y Alipio pisada tras pisada. Pues tampoco era mi secreto donde él estaba. ¿O cuándo me abandonaría así afectado? Nos sentamos lo más lejos posible de los edificios. Yo bramaba en espíritu, indignándome con indignación turbulentísima de que no iba a tu acuerdo y pacto conmigo, Dios mío, al que ir todos mis huesos clamaban y te elevaban con alabanzas hasta el cielo. Y no se iba allá en naves o cuadrigas o a pie, ni siquiera tanto como había ido desde la casa hasta aquel lugar donde estábamos sentados.

Pues no sólo ir sino también llegar allá no era otra cosa que querer ir, pero querer fuerte e íntegramente, no medio herida volver y lanzar acá y acá la voluntad con una parte levantándose mientras otra cae luchando.

Finalmente hacía tantas cosas con el cuerpo en los mismos ardores de la vacilación, que a veces quieren los hombres y no pueden, si o no tienen los miembros mismos o los tienen atados con cadenas o disueltos por languidez o de cualquier modo impedidos. Si me arranqué el cabello, si golpeé la frente, si entrelazados los dedos abracé la rodilla, porque quise, lo hice. Podía sin embargo querer y no hacer, si la movilidad de los miembros no obedeciera.

Hacía pues tantas cosas, donde no era eso el querer lo que el poder: y no hacía lo que y con afecto incomparablemente más me gustaba, y pronto como quisiera podría, porque pronto como quisiera, sin duda querría. Pues allí la facultad era la que la voluntad, y el mismo querer ya era hacer; y sin embargo no se hacía, y más fácilmente obedecía el cuerpo a la más tenue voluntad del alma, para que al antojo los miembros se movieran, que el alma misma a sí para la gran voluntad en sola la voluntad perfeccionándose.

¿De dónde este monstruo? ¿Y por qué esto? Brille tu misericordia, y pregunte, si por ventura puedan responderme los escondrijos de las penas de los hombres y las tenebrísimas contriciones de los hijos de Adán. ¿De dónde este monstruo? ¿Y por qué esto? El ánimo manda al cuerpo, y se obedece al instante; el ánimo se manda a sí, y se resiste. El ánimo manda que se mueva la mano, y es tanta la facilidad que apenas del servicio se discierne el imperio: y el ánimo es ánimo, la mano en cambio es cuerpo.

El ánimo manda que quiera el ánimo, ni es otro ni lo hace sin embargo. ¿De dónde este monstruo? ¿Y por qué esto, digo, que manda querer quien no mandaría si no quisiera, y no hace lo que manda? Pero no de todo quiere: no de todo pues manda. Pues en tanto manda, en cuanto quiere, y en tanto no se hace lo que manda, en cuanto no quiere, porque la voluntad manda que exista voluntad, ni otra, sino ella misma.

No pues manda plena; por eso no es lo que manda. Pues si fuera plena, ni mandaría que fuera, porque ya sería. No pues es monstruo en parte querer, en parte no querer, sino enfermedad del ánimo es, que no se levanta del todo agravado por la costumbre por la verdad. Y por eso son dos voluntades, porque una de ellas no es entera y lo que está presente en una le falta a la otra.

Perezcan de tu presencia, Dios, como perecen, los habladores vanos y seductores de la mente que, cuando advierten dos voluntades en el deliberar, aseveran que hay dos naturalezas de dos mentes, una buena, otra mala. Ellos verdaderamente son malos, cuando sienten estas cosas malas, y los mismos ellos serán buenos, si sintieran las verdades y consintieran a las verdades, para que les diga tu apóstol: «Fuisteis alguna vez tinieblas, pero ahora luz en el Señor». Pero ellos mientras quieren ser luz, no en el Señor sino en sí mismos, pensando que la naturaleza del alma es esto que Dios es, así se hicieron tinieblas más densas, porque se alejaron más horriblemente de ti con arrogancia, de ti verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

Atended lo que decís, y avergonzaos y acercaos a él y sed iluminados, y vuestros rostros no se avergonzarán. Yo cuando deliberaba para servir ya al Señor Dios mío, como largo tiempo había dispuesto, yo era el que quería, yo el que no quería: yo era. Ni plenamente quería ni plenamente no quería. Por eso conmigo contendía y me disipaba de mí mismo, y esta disipación se hacía contra mi voluntad ciertamente, sin embargo no mostraba la naturaleza de una mente ajena sino el castigo de la mía.

Y por eso ya no yo obraba aquello, sino lo que habitaba en mí el pecado del castigo de un pecado más libre, porque era hijo de Adán.

Pues si son tantas naturalezas contrarias cuantas voluntades se resisten entre sí, no ya dos sino más serán. Si alguien delibera si vaya a su conventículo o al teatro, claman éstos: «He aquí dos naturalezas, una buena lleva acá, otra mala retrocede allá, pues ¿de dónde esta vacilación de voluntades adversas entre sí?» Pero yo digo que ambas son malas, y la que lleva a ellos y la que retrocede al teatro. Pero no creen que sea buena sino la que va a ellos.

¿Qué si pues alguno de los nuestros delibera y con dos voluntades altercando entre sí fluctúa, si vaya al teatro o a nuestra iglesia, no fluctuarán también éstos qué responder? Pues o admitirán lo que no quieren, que con buena voluntad se va a nuestra iglesia, como van a ella quienes han sido imbuidos en sus sacramentos y están retenidos, o pensarán que dos malas naturalezas y dos malas mentes luchan en un solo hombre, y no será verdad lo que suelen decir, una buena, otra mala, o se convertirán a lo verdadero y no negarán, cuando alguien delibera, que una sola alma se agita con diversas voluntades.

Ya pues no digan, cuando sienten dos voluntades adversarias entre sí en un solo hombre, que dos mentes contrarias de dos sustancias contrarias y de dos principios contrarios contienden, una buena, otra mala. Pues tú, Dios veraz, los repruebas y refutas y convences, como en ambas voluntades malas, cuando alguien delibera si mate a un hombre con veneno o con hierro, si invada este fundo ajeno o aquél, cuando no puede ambos, si compre el placer con la lujuria o guarde el dinero con la avaricia, si vaya al circo o al teatro, si los dos se exhiben en un solo día;

añado también un tercero, si vaya al hurto de la casa ajena, si se da la ocasión; y añado también un cuarto, si vaya a cometer adulterio, si también de allí simultáneamente se abre la facultad; si todos concurren en un solo punto del tiempo y se desean a la par todos que no pueden hacerse simultáneamente, pues desgarran el ánimo las cuatro o incluso más voluntades adversas entre sí en tanta copia de cosas que se apetecen, y sin embargo no suelen decir tanta multitud de diversas sustancias.

Así también en las voluntades buenas. Pues les pregunto si es bueno deleitarse en la lectura del apóstol y si es bueno deleitarse en un salmo sobrio y si es bueno comentar el evangelio. Responderán a cada uno: «Bueno». ¿Qué si pues todos deleitan igualmente y simultáneamente en un solo tiempo, no diversas voluntades distienden el corazón del hombre, mientras se delibera qué potísimamente agarremos? Y todas son buenas y compiten entre sí, hasta que se elija una a la que se lleve la voluntad entera una, que antes en varias se dividía.

Así también cuando la eternidad deleita arriba y la voluptuosidad del bien temporal retiene abajo, la misma alma es no con entera voluntad queriendo aquello o esto y por eso se desgarra con grave molestia, mientras aquello antepone por la verdad, esto no depone por la familiaridad.

Así enfermaba y me torturaba, acusándome a mí mismo más que de costumbre muy acerbamente y volviéndome y revolviéndome en mi vínculo, hasta que se rompiera del todo, por lo que ya con exiguo me retenía, pero me retenía sin embargo. Y tú instabas en mis ocultos, Señor, con severa misericordia, redoblando los azotes del temor y del pudor, para que no cesara de nuevo y no se rompiera lo mismo exiguo y tenue que había quedado, y se fortaleciera otra vez y me atara más robustamente.

Decía pues dentro de mí: «He aquí que se haga ahora, que se haga ahora», y con la palabra ya iba al acuerdo. Ya casi lo hacía y no lo hacía, sin embargo no recaía en lo anterior sino que desde cerca me mantenía y respiraba. Y de nuevo lo intentaba, y un poco menos estaba allí y un poco menos, ya ya lo alcanzaba y lo tenía. Y no estaba allí ni lo alcanzaba ni lo tenía, vacilando morir a la muerte y vivir a la vida, y prevalecía más en mí lo peor inveterado que lo mejor insólito, y el mismo punto del tiempo en que había de ser otro, cuanto más cerca se acercaba, tanto más amplio horror infundía. Pero no me echaba atrás ni me apartaba, sino que me suspendía.

Me retenían las niñerías de niñerías y las vanidades de vanidades, antiguas amigas mías, y sacudían mi vestido carnal y murmuraban: «¿Nos despides?» y «¿desde este momento no estaremos contigo nunca más en la eternidad?» y «¿desde este momento no te será lícito esto y aquello nunca más en la eternidad?» ¿Y qué sugerían en eso que dije «esto y aquello», qué sugerían, Dios mío, aparte tu misericordia del alma de tu siervo? ¡Qué suciedades sugerían, qué vergüenzas!

Y las oía ya lejos menos que la mitad, no como contradiciéndome libremente saliendo al encuentro, sino como desde la espalda murmurando y pellizcándome furtivamente al que se iba, para que me volviera. Retrasaban sin embargo al que vacilaba arrancarme y sacudirme de ellas y saltar adonde era llamado, cuando me decía la costumbre violenta: «¿Piensas que podrás sin éstas?»

Pero ya muy tibiamente decía esto. Pues se abría por la parte hacia la que extendía el rostro y adonde transitar temblaba la casta dignidad de la continencia, serena y no disolutamente alegre, honestamente halagándome a que viniera y no dudara, y extendiendo para recibirme y abrazarme piadosas manos llenas de muchedumbres de buenos ejemplos. Allí tantos niños y niñas, allí juventud mucha y toda edad, y graves viudas y vírgenes ancianas, y en todas la continencia misma de ningún modo estéril, sino fecunda madre de hijos de gozos del marido tú, Señor.

Y se reía de mí con risa exhortatoria, como si dijera: «¿Tú no podrás lo que éstos, lo que éstas? ¿O verdaderamente éstos y éstas en sí mismos pueden y no en el Señor Dios suyo? El Señor Dios de ellos me dio a ellos. ¿Por qué en ti te mantienes y no te mantienes? Arrójate en él! No temas. No se sustraerá para que caigas: arrójate seguro! Te recibirá y te sanará». Y me avergonzaba muchísimo, porque aún oía los murmullos de aquellas niñerías, y vacilante pendía.

Y de nuevo ella, como si dijera: «Ensordece contra aquellos miembros tuyos inmundos sobre la tierra, para que se mortifiquen. Te narran deleites, pero no como la ley del Señor Dios tuyo». Esta controversia en mi corazón no sino de mí mismo contra mí mismo. Pero Alipio pegado a mi costado el éxito de mi insólito movimiento esperaba callado.

Pero cuando desde el fondo arcano la profunda consideración sacó y amontonó toda mi miseria en la vista de mi corazón, se levantó una tempestad enorme trayendo una enorme lluvia de lágrimas. Y para que lo derramara todo con sus voces, me levanté de Alipio (la soledad se me sugería más apta al negocio del llorar) y me retiré más lejos de lo que podía serme onerosa incluso su presencia. Así estaba entonces, y él lo sintió: pues no sé qué, creo, había dicho en lo que aparecía el sonido de mi voz ya grávida de llanto, y así me había levantado.

Se quedó pues donde estábamos sentados terriblemente estupefacto. Yo bajo cierta higuera me eché no sé cómo, y solté las riendas a las lágrimas, y prorrumpieron los ríos de mis ojos, sacrificio aceptable tuyo, y no ciertamente con estas palabras, pero en este sentido muchas cosas te dije: «¿Y tú, Señor, hasta cuándo? ¿Hasta cuándo, Señor, te irritarás hasta el fin? No seas memor de nuestras iniquidades antiguas». Pues sentía que me retenían. Lanzaba voces miserables: «¿Cuánto tiempo, cuánto tiempo, «mañana y mañana»? ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no en esta hora el fin de mi torpeza?»

Decía estas cosas y lloraba con amarguísima contrición de mi corazón. Y he aquí oigo una voz de la casa vecina como cantando y repitiendo frecuentemente, como de niño o niña, no sé: «Toma lee, toma lee». Y al instante cambiado el rostro comencé intensísimamente a pensar si acaso solían los niños en algún género de juego canturrear algo tal. Y no se me ocurría en absoluto haber oído en alguna parte, y reprimido el ímpetu de las lágrimas me levanté, nada más interpretando que divinamente se me ordenaba sino que abriera el códice y leyera el primer capítulo que encontrara.

Pues había oído de Antonio que por una lectura evangélica a la que casualmente había llegado fue amonestado, como si se le dijera a él lo que se leía: «Vete, vende todo lo que tienes, y da a los pobres y tendrás tesoro en los cielos; y ven, sígueme», y por tal oráculo al instante se convirtió a ti. Así pues animado volví a aquel lugar donde estaba sentado Alipio: pues allí había puesto el códice del apóstol cuando de allí me levanté.

Lo agarré, abrí, y leí en silencio el capítulo al que primero se arrojaron mis ojos: «No en comilonas y embriagueces, no en lechos y deshonestidades, no en contienda y emulación, sino revestíos del Señor Jesucristo y no hagáis la providencia de la carne en las concupiscencias». Ni más allá quise leer ni era necesario. Al instante pues con el fin de esta sentencia como infundida luz de seguridad a mi corazón todas las tinieblas de la duda se dispersaron.

Entonces interpuesto o el dedo o no sé qué otra señal cerré el códice y con rostro ya tranquilo se lo indiqué a Alipio. Pero él qué se obraba en él (que yo no sabía) así lo indicó. Pide ver qué había leído. Se lo mostré, y atendió también más allá de lo que yo había leído. E ignoraba qué seguía. Seguía en verdad: «Al flaco en la fe recibid». Lo cual refirió a sí y me abrió.

Pero con tal amonición se afirmó y con el placito y propósito bueno y congruentísimo a sus costumbres, con las que ya hacía mucho y muy lejos distaba de mí para mejor, sin turbulenta vacilación alguna se unió. De ahí a la madre entramos, lo indicamos: se alegra. Narramos cómo fue hecho: exulta y triunfa y te bendecía, que eres poderoso para hacer más allá de lo que pedimos y entendemos, porque tanto más amplio concedido sobre mí por ti veía que lo que solía pedir con miserables y flebiles gemidos.

Pues me convertiste a ti, para que ni esposa buscase ni alguna esperanza de este mundo, de pie en aquella regla de fe en la que me hacía tantos años le habías revelado, y convertiste su llanto en gozo mucho más copioso que había querido, y mucho más caro y casto que del que requería de nietos de mi carne.

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