Libro 3Llegada a Cartago y extravíos
Llegué a Cartago, y en torno a mí crepitaba por todas partes una sartén de amores vergonzosos. Todavía no amaba, pero amaba amar, y desde una secreta indigencia me odiaba por ser menos indigente. Buscaba algo que amar, amando el amar, y odiaba la seguridad y el camino sin trampas, porque dentro de mí había hambre del alimento interior, de ti mismo, Dios mío; y sin embargo no sentía hambre de ese hambre, sino que estaba sin deseo de alimentos incorruptibles, no porque estuviera lleno de ellos, sino porque cuanto más vacío estaba, más hastío sentía.
Y por eso mi alma no se encontraba bien y, ulcerosa, se arrojaba fuera, ansiando miserablemente ser rascada por el contacto con las cosas sensibles. Pero si esas cosas no tuvieran alma, ciertamente no serían amadas. Amar y ser amado me resultaba dulce, sobre todo si disfrutaba del cuerpo del que me amaba. Así pues, manchaba la vena de la amistad con las inmundicias de la concupiscencia y enturbiaba su candor con el tártaro de la lujuria, y sin embargo, siendo feo y deshonesto, me afanaba por parecer elegante y refinado con mi abundante vanidad.
Me precipité incluso en un amor en el que deseaba ser atrapado. Dios mío, misericordia mía, con cuánta hiel rociaste para mí aquella dulzura, y qué bueno fuiste, porque fui amado y llegué en secreto al lazo del disfrute, y fui atado con alegría por vínculos calamitosos, para ser golpeado con varas de hierro ardientes de celos, sospechas, temores, iras y riñas.
Me arrebataban los espectáculos teatrales, llenos de imágenes de mis propias miserias y de yesca para mi fuego. ¿Qué es lo que hace que un hombre quiera sufrir cuando contempla cosas luctuosas y trágicas que él mismo no querría padecer? Y sin embargo quiere experimentar dolor por ellas como espectador, y ese dolor mismo es su placer. ¿Qué es esto sino una admirable locura? Pues cada uno se conmueve tanto más con esas cosas cuanto menos sano está de tales pasiones, aunque cuando él mismo las padece suele llamarse miseria, y cuando compadece a otros, misericordia.
Pero ¿qué clase de misericordia es esa en asuntos ficticios y escénicos? Pues el espectador no es incitado a socorrer, sino solo invitado a sufrir, y favorece más al actor de esas representaciones cuanto más sufre. Y si aquellas calamidades de los hombres, antiguas o falsas, se representan de tal modo que el espectador no sufre, se marcha de allí con hastío y criticando; pero si sufre, permanece atento y llora gozoso.
Por lo tanto, se aman también los dolores. Ciertamente todo hombre quiere gozar. ¿Acaso, dado que a nadie le gusta ser miserable, le gusta sin embargo ser misericordioso, y puesto que esto no existe sin dolor, por esta única causa se aman los dolores? También esto procede de aquella vena de la amistad. ¿Pero adónde va? ¿Adónde fluye? ¿Por qué desemboca en aquel torrente de pez hirviendo, en aquellos inmensos ardores de lujurias sórdidas, en las cuales ella misma se transforma y convierte por propio impulso, desviada y precipitada de la serenidad celestial?
¿Ha de rechazarse entonces la misericordia? De ningún modo. Améense, pues, los dolores algunas veces. Pero guárdate de la inmundicia, alma mía, bajo la tutela de mi Dios, el Dios de nuestros padres, digno de alabanza y exaltado por encima de todo por los siglos, guárdate de la inmundicia. Pues no es que yo ahora no sienta compasión, pero entonces en los teatros me alegraba con los amantes cuando se gozaban mediante acciones vergonzosas, aunque las ejecutaran de forma imaginaria en el juego del espectáculo.
Y cuando se perdían el uno al otro, me entristecía como compadeciendo, y sin embargo ambas cosas me deleitaban. Ahora, en cambio, siento más compasión por quien se alegra en la infamia que por quien aparentemente sufre un duro daño por la pérdida de un placer pernicioso y la pérdida de una felicidad miserable. Esta es ciertamente una misericordia más verdadera, pero en ella el dolor no deleita. Pues aunque se apruebe el sentido del deber de caridad en quien se duele por el miserable, preferiría, sin embargo, quien es genuinamente misericordioso que no hubiera motivo de dolor.
Pues si existiera una benevolencia malévola, lo cual no puede ser, también podría aquel que verdadera y sinceramente se compadece desear que hubiera miserables para compadecerse de ellos. Así pues, algún dolor es digno de aprobación, ninguno de ser amado. Pues esto haces tú, Señor Dios, que amas las almas, mucho más pura y profundamente que nosotros y de modo más incorruptible te compadeces, porque ningún dolor te hiere. Y para esto ¿quién es suficiente?
Pero yo entonces, miserable, amaba sufrir, y buscaba que hubiera algo que me hiciera sufrir, cuando en la aflicción ajena, falsa y teatral, me complacía más y me atraía más vehementemente aquella actuación del histrión que me arrancaba lágrimas. ¿Y qué tiene de extraño, cuando yo, oveja infeliz extraviada de tu rebaño e impaciente de tu custodia, me llenaba de una sarna repugnante? Y de ahí venían aquellos amores de dolores, no aquellos con los que penetrara más profundamente (pues no amaba sufrir cosas tales como las que contemplaba), sino aquellos con los cuales, al ser oídos y fingidos, como que me rascaba en la superficie. Los cuales, sin embargo, como uñas que raspan, seguían produciendo tumor febril, podredumbre y pus horrible. ¿Acaso era vida aquella vida mía, Dios mío?
Y volaba en torno a mí desde lejos tu fiel misericordia. ¡En cuántas iniquidades me consumí, y seguí una curiosidad sacrílega que, al abandonarte yo, me condujo a las profundidades infieles y a los servicios engañosos de los demonios, a los cuales sacrificaba mis malas acciones! Y en todo esto me azotabas. Me atreví incluso, en la celebración de tus solemnidades, dentro de las paredes de tu iglesia, a desear y ejecutar el negocio de procurarme frutos de muerte.
Por lo cual me golpeaste con graves castigos, pero nada comparado con mi culpa, oh tú, grandísima misericordia mía, Dios mío, refugio mío contra los peligros terribles en los cuales anduve errante con cuello altivo, alejándome lejos de ti, amando mis caminos y no los tuyos, amando una libertad fugitiva.
Tenían también aquellos estudios que se llaman honestos su finalidad dirigida hacia los foros litigiosos, para que yo sobresaliera en ellos, tanto más digno de alabanza cuanto más fraudulento. Tanta es la ceguera de los hombres, que incluso se glorían de su ceguera. Y ya era el mayor en la escuela del rétor, y me alegraba soberbio y me hinchaba de orgullo, aunque mucho más moderado, Señor, tú lo sabes, y completamente alejado de las subversiones que hacían los subversores (pues este nombre perverso y diabólico es como una insignia de urbanidad), entre los cuales vivía con vergüenza desvergonzada, porque no era como ellos.
Y estaba con ellos y a veces me deleitaban sus amistades, de cuyas acciones siempre me horrorizaba, esto es, de las subversiones con las que insolentemente acosaban el pudor de los desconocidos, al que perturbaban gratuitamente burlándose, y con ello alimentaban sus alegrías malévolas. Nada hay más semejante a los actos de los demonios que aquella conducta. ¿Qué nombre, pues, más verdadero que el de subversores podrían recibir, siendo ellos mismos previamente subvertidos y pervertidos, burlándose de ellos y seduciéndolos en secreto los espíritus falaces en esto mismo: que aman burlarse de otros y engañarlos?
Entre estos yo, de edad todavía débil entonces, aprendía los libros de elocuencia, en la cual deseaba sobresalir con un fin condenable y ventoso, por las alegrías de la vanidad humana. Y siguiendo ya el curso habitual del aprendizaje había llegado a un libro de cierto Cicerón, cuya lengua casi todos admiran, aunque no tanto su corazón. Pero aquel libro suyo contiene una exhortación a la filosofía y se llama «Hortensio». Aquel libro cambió mi afecto y hacia ti mismo, Señor, cambió mis súplicas, e hizo otras mis votos y deseos.
De repente perdió valor para mí toda vana esperanza, y con increíble ardor del corazón ansiaba la inmortalidad de la sabiduría, y comencé a levantarme para volver a ti. Pues no lo leía para aguzar la lengua, que era lo que parecía comprar con el dinero de mi madre, siendo yo de diecinueve años de edad, muerto ya mi padre hacía dos años; no, pues, para aguzar la lengua me servía de aquel libro, ni me había persuadido su modo de hablar sino lo que hablaba.
¡Cómo ardía, Dios mío, cómo ardía por volar de nuevo de las cosas terrenales hacia ti, y no sabía qué hacías conmigo! Pues en ti está la sabiduría. El amor a la sabiduría tiene nombre griego, filosofía, con el cual me encendían aquellas letras. Hay quienes seducen mediante la filosofía, coloreando y maquillando sus errores con ese nombre grande, halagador y honorable, y casi todos los que en aquellos tiempos y anteriores fueron tales quedan señalados en aquel libro y son desenmascarados, y se manifiesta allí aquella advertencia saludable de tu Espíritu por medio de tu siervo bueno y piadoso: «Mirad que nadie os engañe mediante la filosofía y vana seducción según la tradición de los hombres, según los elementos de este mundo y no según Cristo, porque en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente».
Y yo en aquel tiempo, tú lo sabes, luz de mi corazón, puesto que aún no me eran conocidas estas palabras del Apóstol, me deleitaba sin embargo en aquella exhortación solo en esto: que me excitaba, encendía e inflamaba a amar, buscar, alcanzar, retener y abrazar fuertemente no esta o aquella secta, sino la sabiduría misma, fuera la que fuese; y solo esto me refrenaba en tan grande ardor: que el nombre de Cristo no estaba allí, porque este nombre, según tu misericordia, Señor, este nombre de mi salvador, tu Hijo, mi corazón todavía tierno lo había bebido piadosamente con la leche misma de mi madre y lo retenía profundamente, y cualquier cosa que hubiera estado sin ese nombre, por muy literaria, pulida y veraz que fuera, no me arrebataba por completo.
Así pues, decidí aplicar mi ánimo a las santas Escrituras y ver cómo eran. Y he aquí que veo una cosa no accesible a los soberbios ni expuesta a los niños, sino de acceso humilde, de desarrollo elevado y velada de misterios. Y yo no era tal que pudiera entrar en ella ni inclinar mi cerviz hacia su modo de proceder. Pues no es que yo sintiera entonces como ahora hablo, cuando presté atención a aquella Escritura, sino que me pareció indigna de compararla con la dignidad tulliana.
Mi hinchazón rechazaba su estilo, y mi agudeza no penetraba en su interior. Pero era verdad que ella crecía con los pequeños, mas yo desdeñaba ser pequeño y, hinchado de soberbia, me parecía grande a mí mismo.
Así pues, caí en manos de hombres soberbios y delirantes, excesivamente carnales y palabreros, en cuya boca había lazos del diablo y liga confeccionada con la mezcla de las sílabas de tu nombre y del Señor Jesucristo y del Paráclito, nuestro consolador, el Espíritu Santo. Estos nombres no se apartaban de su boca, pero solo hasta el sonido y el ruido de la lengua; por lo demás el corazón estaba vacío de verdad. Y decían «verdad, verdad», y mucho me la decían, y en ninguna parte estaba en ellos, sino que hablaban falsedades, no solo de ti, que eres verdaderamente la verdad, sino también de estos elementos de este mundo, creación tuya, sobre los cuales debí pasar de largo, incluso cuando decían verdades los filósofos, por amor a ti, Padre mío supremo y bueno, belleza de todas las bellezas.
Oh verdad, verdad, cuán íntimamente ya entonces las médulas de mi alma suspiraban por ti, cuando ellos te hacían resonar para mí frecuente y repetidamente con la voz sola y con libros muchos y enormes. Y aquellos eran los platos en que a mí, hambriento de ti, me servían en lugar de ti el sol y la luna, obras tuyas hermosas, pero sin embargo obras tuyas, no tú, ni siquiera las primeras. Pues anteriores son tus obras espirituales que estas corporales, por más que sean luminosas y celestes.
Pero yo no tenía hambre ni sed de aquellas primeras, sino de ti misma, oh verdad, en la cual no hay mudanza ni sombra de variación. Y sin embargo seguían sirviéndome en aquellos platos fantasmas resplandecientes, con los cuales mejor era amar este sol, al menos verdadero para estos ojos, que aquellas falsedades para el alma engañada a través de los ojos. Y sin embargo, porque pensaba que eras tú, comía, no ávidamente ciertamente, porque no sabías en mi boca como eres (pues no eras tú aquellos vanos simulacros), ni me alimentaba de ellos, sino que más bien quedaba exhausto.
El alimento en sueños es muy semejante al alimento de los que velan, pero los que duermen no se alimentan con él, pues duermen. Pero aquellas cosas no se parecían en modo alguno a ti, como ahora me has dicho, porque aquellas eran fantasmas corporales, cuerpos falsos, con los cuales son más ciertos estos cuerpos verdaderos que vemos con la vista carnal, sean celestes o terrestres, junto con los ganados y las aves. Los vemos, y son más ciertos que cuando los imaginamos.
Y a su vez los imaginamos con más certeza que cuando a partir de ellos conjeturamos otras cosas más grandes e infinitas, que no existen en absoluto. Con tales cosas vacías me alimentaba yo entonces, y no me alimentaba. Pero tú, amor mío, en quien desfallezco para ser fuerte, no eres esos cuerpos que vemos aunque estén en el cielo, ni aquellos que no vemos allí, porque tú los creaste a ellos y no los tienes entre tus obras más excelentes.
Cuánto más lejos estás, pues, de aquellos fantasmas míos, fantasmas de cuerpos que no existen en absoluto. Las fantasías de los cuerpos que existen son más ciertas que ellos, y más ciertos que ellas son los cuerpos, los cuales sin embargo tú no eres. Pero ni siquiera eres el alma, que es vida de los cuerpos (por eso mejor vida de los cuerpos y más cierta que los cuerpos), pero tú eres la vida de las almas, vida de las vidas, que vives por ti misma, y no cambias, vida de mi alma.
¿Dónde estabas entonces para mí y cuán lejos? Y lejos peregrinaba yo de ti, excluido incluso de las algarrobas de los cerdos que alimentaba con algarrobas. Pues cuánto mejores las fábulas de los gramáticos y poetas que aquellos engaños. Pues los versos y el poema y Medea volando son ciertamente más útiles que los cinco elementos variadamente maquillados por causa de las cinco cavernas de las tinieblas, que no existen en absoluto y matan al que cree. Pues el verso y el poema los transfiero incluso a alimentos verdaderos; a Medea volando, aunque la cantaba, no la afirmaba, aunque la oyera cantar, no la creía.
Pero aquellas cosas las creí. ¡Ay, ay! ¡Por qué grados fui descendido a las profundidades del infierno, trabajando y agitándome por falta de la verdad, cuando te buscaba a ti, Dios mío (a ti lo confieso, que te compadeciste de mí y aún no confesaba), cuando te buscaba no según el entendimiento de la mente, en el cual quisiste que yo aventajara a las bestias, sino según el sentido de la carne! Pero tú eras más interior que lo más íntimo mío, y más alto que lo más alto mío.
Me topé con aquella mujer audaz, falta de prudencia, enigma de Salomón, sentada sobre un sillón a las puertas y diciendo: «Comed con gusto panes ocultos, y bebed agua dulce a escondidas». Ella me sedujo, porque me encontró habitando fuera en el ojo de mi carne y rumiando conmigo tales cosas como las que había devorado a través de él.
Pues no conocía otra cosa que verdaderamente es, y era como sutilmente movido a apoyar a los necios engañadores, cuando me preguntaban de dónde viene el mal, y si Dios está limitado por una forma corpórea y tiene cabellos y uñas, y si debían considerarse justos quienes tenían muchas mujeres a la vez y mataban hombres y sacrificaban animales. Ignorante de estas cosas, me perturbaba, y alejándome de la verdad me parecía que iba hacia ella, porque no sabía que el mal no es sino privación del bien hasta aquello que en absoluto no es (¿y cómo iba a verlo yo, cuyo ver llegaba hasta el cuerpo con los ojos, y hasta el fantasma con el alma?).
Y no sabía que Dios es espíritu, no uno para quien haya miembros a lo largo y a lo ancho, ni para quien el ser sea masa, porque la masa en su parte es menor que en su todo, y si es infinita, es menor en alguna parte definida por cierto espacio que por el infinito, y no está toda en todas partes como el espíritu, como Dios. Y qué era en nosotros aquello según lo cual fuéramos y se dijera rectamente en la Escritura que somos a imagen de Dios, lo ignoraba por completo.
Y no conocía la justicia verdadera interior, que no juzga según la costumbre sino según la ley rectísima de Dios omnipotente, por la cual se formarían las costumbres de las regiones y de los tiempos según las regiones y los tiempos, siendo ella en todas partes y siempre la misma, no siendo otra en otro lugar ni de otra manera en otro tiempo, según la cual fueron justos Abraham e Isaac y Jacob y Moisés y David y todos aquellos alabados por boca de Dios.
Pero son juzgados injustos por los ignorantes, que juzgan según el día humano y miden todas las costumbres del género humano por la parte de su propia costumbre, como si alguien, ignorante en un arsenal qué pieza está ajustada a qué miembro, quisiera cubrir la cabeza con la greba y calzar el pie con el casco, y murmurara porque no se ajustan bien; o como si en un día en que se ha decretado abstinencia comercial desde el mediodía, alguien se enfadara porque no se le concede exponer para la venta lo que por la mañana fue permitido;
o como si en una misma casa viera que se permite tocar algo con las manos a un criado, lo cual no se permite hacer al que sirve las copas, o que se hace algo detrás de los pesebres que se prohíbe ante la mesa, y se indignara porque, siendo una misma habitación y una sola familia, no se concede lo mismo en todas partes y a todos. Así son estos que se indignan cuando oyen que en aquel siglo fue lícito a los justos algo que en este no es lícito a los justos, y que Dios les prescribió a aquellos una cosa y a estos otra por causas temporales, sirviendo sin embargo ambos a la misma justicia, cuando en un mismo hombre y en un mismo día y en una misma casa ven que algo conviene a un miembro y otra cosa a otro, y que hace un momento era lícito algo, después de una hora no es lícito, y que algo se permite o se manda en aquel rincón, que en este otro de al lado se prohíbe y se castiga.
¿Acaso la justicia es variable y mudable? No, sino que los tiempos sobre los que preside no transcurren por igual; son tiempos. Pero los hombres, cuya vida sobre la tierra es breve, porque no son capaces con su sentido de conectar las causas de los siglos anteriores y de las demás gentes, que no han experimentado, con estas que han experimentado, mientras que en un mismo cuerpo o día o casa pueden ver fácilmente qué conviene a qué miembro, a qué momentos, a qué partes o personas, en aquellas cosas se ofenden, en estas se someten.
Estas cosas, pues, yo entonces no las sabía y no las advertía, y golpeaban por todas partes mis ojos, y no veía. Y componía poemas y no me era lícito poner cualquier pie en cualquier lugar, sino que en un metro y en otro se colocaba de manera diferente, y en un mismo verso no el mismo pie en todos los lugares. Y el arte mismo con el cual componía no tenía una cosa en un lugar y otra en otro, sino todo a la vez.
Y no veía que la justicia, a la cual servían aquellos hombres buenos y santos, tenía mucho más excelsa y sublimemente todas las cosas que prescribe a la vez y de ninguna manera variaba y sin embargo en los diversos tiempos no prescribía todo a la vez, sino que distribuía y prescribía lo propio de cada uno. Y yo, ciego, reprendía a los piadosos padres no solo por usar del presente como Dios lo mandaba e inspiraba, sino también por anunciar el futuro como Dios lo revelaba.
¿Acaso alguna vez o en algún lugar es injusto amar a Dios con todo el corazón y con toda el alma y con toda la mente, y amar al prójimo como a ti mismo? Por tanto, las infamias que son contra naturaleza han de ser detestadas y castigadas en todas partes y siempre, como fueron las de los sodomitas. Aunque todas las naciones las hicieran, quedarían sujetas por la misma responsabilidad del crimen ante la ley divina, que no hizo a los hombres para que se usaran de ese modo.
Pues se viola la sociedad misma que debe existir entre nosotros y Dios cuando esa naturaleza de la que él es autor es contaminada por la perversión de la lujuria. Pero las infamias que son contra las costumbres de los hombres han de evitarse según la diversidad de las costumbres, de modo que un pacto establecido entre sí por una ciudad o nación mediante costumbre o ley no sea violado por la pasión de ningún ciudadano o extranjero.
Pues toda parte que no concuerda con su todo es torpe. Pero cuando Dios manda algo contra la costumbre o pacto de cualesquiera, aunque nunca se haya hecho allí, ha de hacerse, y si había sido omitido, ha de restablecerse, y si no había sido instituido, ha de instituirse. Pues si es lícito a un rey en la ciudad en que reina mandar algo que ni nadie antes de él ni él mismo jamás había mandado, y no es contra la sociedad de su ciudad obedecerlo, sino que es más bien contra la sociedad no obedecerlo (pues es pacto general de la sociedad humana obedecer a sus reyes), cuánto más debe obedecerse sin vacilación a Dios, gobernador de toda su creación, en aquello que haya mandado.
Pues así como en los poderes de la sociedad humana el poder mayor se antepone al menor para la obediencia, así Dios está por encima de todos.
Igualmente en los crímenes, donde hay voluntad de dañar sea mediante ultraje sea mediante injuria, y ambos o bien por causa de venganza, como enemigo contra enemigo, o bien de conseguir alguna ventaja ajena, como el ladrón al viajero, o bien de evitar un mal, como al que se teme, o bien por envidia, como el más miserable al más feliz o el que ha prosperado en algo al que teme que se le iguale o al que le duele que sea igual, o bien por solo el placer del mal ajeno, como los espectadores de gladiadores o los que se burlan o se mofan de cualesquiera.
Estas son las cabezas de la iniquidad que brotan de la pasión de dominar, de ver y de sentir, ya una, ya dos de ellas, ya todas a la vez, y se vive mal contra los tres y los siete, el salterio de diez cuerdas, tu decálogo, oh Dios altísimo y dulcísimo. Pero ¿qué infamias contra ti, que no puedes corromperte? ¿O qué crímenes contra ti, a quien no se puede dañar? Pero castigas lo que los hombres perpetran contra sí mismos, porque incluso cuando pecan contra ti, obran impíamente contra sus propias almas, y la iniquidad se miente a sí misma o bien corrompiendo y pervirtiendo su naturaleza, que tú hiciste y ordenaste, o bien usando inmoderatamente de las cosas concedidas, o bien ardiendo hacia las no concedidas en un uso que es contra naturaleza.
O son tenidos por reos bramando con el ánimo y con palabras ferozmente contra ti y dando coces contra el aguijón, o cuando rotas las barreras de la sociedad humana se gozan audaces en conciliábulos o divisiones privadas, según que cada cosa les haya agradado u ofendido. Y esto sucede cuando tú eres abandonado, fuente de la vida, que eres el único y verdadero creador y rector del universo, y se ama con soberbia privada lo uno falso en la parte.
Así pues, con humilde piedad se vuelve a ti, y nos purificas de la mala costumbre, y eres propicio a los pecados de los que confiesan, y escuchas los gemidos de los encadenados, y nos libras de las cadenas que nos hemos hecho, si ya no alzamos contra ti los cuernos de una falsa libertad, por avaricia de tener más y con el daño de perderlo todo, amando más lo propio nuestro que a ti, el bien de todos.
Pero entre las infamias y los crímenes y tantas iniquidades están los pecados de los que progresan, que son vituperados por los que juzgan bien según la regla de la perfección y alabados por la esperanza del fruto como la hierba de la mies. Y hay algunas cosas semejantes o bien a la infamia o bien al crimen y no son pecados, porque ni te ofenden a ti, Señor Dios nuestro, ni al consorcio social, cuando se reúnen algunas cosas para uso de la vida, apropiadas y al tiempo, y es incierto si es por pasión de poseer, o cuando son castigadas por autoridad legítima con propósito de corrección, y es incierto si es por pasión de dañar.
Muchas acciones, pues, que a los hombres parecerían reprobables son aprobadas por tu testimonio, y muchas alabadas por los hombres son condenadas con tu testimonio, puesto que muchas veces se presenta de una manera la apariencia del hecho y de otra manera el ánimo del que actúa y el momento oculto del tiempo. Pero cuando tú ordenas repentinamente algo insólito e imprevisto, aunque en algún momento lo hubieras prohibido, aunque ocultes por el momento la causa de tu orden y aunque sea contra el pacto de alguna sociedad de hombres, ¿quién duda que debe hacerse, cuando es justa la sociedad de los hombres que sirve a ti?
Pero dichosos los que saben que tú lo has mandado. Pues todo lo hacen los que te sirven, ya sea para mostrar lo que es necesario para la obra presente, ya sea para anunciar el futuro.
Yo, ignorando esto, me burlaba de aquellos santos siervos y profetas tuyos. ¿Y qué hacía cuando me burlaba de ellos sino ser objeto de burla de ti, conducido insensible y paulatinamente a aquellas necedades de creer que una higuera lloraba cuando era arrancada y su madre, el árbol, lágrimas de leche? La cual higuera, sin embargo, si la comía algún santo maniqueo, arrancada por supuesto por el crimen ajeno, no por el suyo, la mezclaría en sus entrañas y exhalaría de ella ángeles, es más, partículas de Dios gimiendo en la oración y eructando.
Las cuales partículas del sumo y verdadero Dios habrían estado atadas en aquel fruto, a no ser que fueran liberadas por el diente y el vientre de los santos elegidos. Y creí, miserable, que debía mostrarse más misericordia a los frutos de la tierra que a los hombres por quienes nacían. Pues si algún hambriento que no fuera maniqueo pedía, el bocado que se le diera parecería condenado a pena capital.
Y enviaste tu mano desde lo alto y sacaste mi alma de esta profunda oscuridad, cuando mi madre, tu fiel, lloraba por mí ante ti más de lo que lloran las madres los funerales corporales. Pues ella veía mi muerte por la fe y el espíritu que tenía de ti, y la escuchaste, Señor. La escuchaste y no despreciaste sus lágrimas, cuando al fluir regaban la tierra bajo sus ojos en todo lugar de su oración; la escuchaste.
Pues ¿de dónde aquel sueño con el que la consolaste, para que consintiera en vivir conmigo y tener conmigo la misma mesa en casa (lo cual había comenzado a rehusar, apartándose y detestando las blasfemias de mi error)? Vio que ella estaba de pie sobre cierta regla de madera y que venía hacia ella un joven resplandeciente, alegre y sonriéndole, estando ella triste y consumida por la tristeza. El cual, cuando le hubo preguntado las causas de su tristeza diaria y de sus lágrimas cotidianas, para enseñarle, como es costumbre, no para aprender, y ella respondiera que lloraba mi perdición, le ordenó (para que estuviera tranquila) y le advirtió que prestara atención y viera que donde estaba ella, allí estaba también yo.
Y cuando ella prestó atención, me vio de pie junto a ella sobre la misma regla. ¿De dónde esto, sino porque tus oídos estaban junto a su corazón, oh tú, bueno y omnipotente, que cuidas así de cada uno de nosotros como si cuidaras solo de él, y así de todos como de cada uno?
¿De dónde también aquello que, cuando ella me narró aquella visión y yo intentara tergiversarlo para que ella más bien no desesperara de llegar a ser lo que yo era, al instante, sin vacilación alguna, dijo: «No, pues no se me dijo "donde él, allí también tú", sino "donde tú, allí también él"»? Te confieso, Señor, mi recuerdo, cuanto recuerdo, que muchas veces no he callado, que yo me sentí más conmovido por aquella respuesta tuya a través de mi madre vigilante, porque no se turbó por la falsedad de la interpretación tan cercana y vio tan pronto lo que había que ver (lo que yo ciertamente, antes de que lo dijera, no había visto), que incluso entonces aquel sueño por el que el gozo de aquella mujer piadosa, tanto después futuro, fue predicho con tanta antelación para consuelo de su preocupación entonces presente.
Pues siguieron casi nueve años en los que yo, revolcado en aquel limo del profundo y en las tinieblas de la falsedad, aunque muchas veces intentara levantarme y me estrellara más gravemente, fui revolcado, mientras aquella viuda casta, piadosa y sobria, de las que tú amas, ya ciertamente más alegre en la esperanza, pero no menos activa en el llanto y el gemido, no cesaba en todas las horas de sus oraciones de llorar por mí ante ti, y entraban en tu presencia sus súplicas, y sin embargo aún me dejabas girar y envolverme en aquella oscuridad.
Y diste otra respuesta entretanto, que recuerdo. Pues mucho omito, porque me apresuro a aquellas cosas que más me urgen confesarte, y mucho no recuerdo. Diste, pues, otra por medio de tu sacerdote, cierto obispo criado en la Iglesia y ejercitado en tus libros. Al cual cuando aquella mujer le rogó que se dignara hablar conmigo y refutar mis errores y desenseñarme lo malo y enseñarme lo bueno (pues hacía esto con aquellos que encontraba idóneos), no quiso él, prudentemente ciertamente, según entendí después.
Pues respondió que yo todavía era indócil, en cuanto estaba hinchado por la novedad de aquella herejía y ya había inquietado a muchos inexpertos con algunas cuestioncillas, como ella le había indicado. «Pero» dijo «déjalo allí. Solo ruega por él al Señor. Él mismo leyendo descubrirá cuál es aquel error y cuánta su impiedad». Al mismo tiempo le narró también que él mismo de niño había sido entregado a los maniqueos por su madre seducida, y no solo había leído casi todos, sino también transcrito los libros de ellos, y que le había resultado evidente, sin que nadie disputara contra él y lo convenciera, cuánto debía huirse de aquella secta; e itaque fugisse [y así había huido].
Cuando él dijo estas cosas y ella no quería conformarse, sino que insistía más suplicando y con abundantes lágrimas para que me viera y discutiera conmigo, él, ya algo molesto por el fastidio, dijo: «Vete de mí. Así vivas: no puede ser que perezca el hijo de estas lágrimas». Ella solía recordar que recibió aquello en sus conversaciones conmigo como si hubiera sonado desde el cielo.
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