Libro 2Extravío de juventud y el robo
Quiero recordar mis pasadas torpezas y las corruptelas carnales de mi alma, no porque las ame, sino para amarte a ti, Dios mío. Lo hago por amor a tu amor, recorriendo mis caminos malvados con la amargura de mi recuerdo, para que tú te me hagas dulce, dulzura sin engaño, dulzura feliz y segura, y me recojas de la dispersión en la que quedé desgarrado en pedazos cuando, apartado de ti que eres uno, me desvané en muchas cosas.
Me abrasé en cierto momento en la adolescencia con el deseo de saciarme de cosas bajas, y me atreví a enredarme en amores variados y sombríos, y mi belleza se marchitó, y me pudri ante tus ojos, agradándome a mí mismo y deseando agradar a los ojos de los hombres.
Y ¿qué era lo que me deleitaba sino amar y ser amado? Pero no se guardaba la medida de alma a alma hasta donde está el límite luminoso de la amistad, sino que se exhalaban nieblas desde la fangosa concupiscencia de la carne y desde el borbotón de la pubertad, y nublaban y oscurecían mi corazón, de modo que no se distinguía la serenidad del afecto de la neblina de la lujuria. Ambas cosas hervían confusamente y arrastraban mi edad débil por los precipicios de los deseos y me hundían en el abismo de las infamias.
Tu ira se había hecho fuerte sobre mí, y yo no lo sabía. Me había quedado sordo con el estrépito de la cadena de mi mortalidad, castigo de la soberbia de mi alma, y me iba más lejos de ti y me dejabas, y era sacudido y derramado y me desparramaba y hervía en mis fornicaciones, y tú callabas. ¡Oh alegría mía tardía! Callabas entonces, y yo seguía adelante cada vez más lejos de ti hacia semillas cada vez más numerosas y estériles de dolores con soberbia abatimiento e inquieta fatiga.
¿Quién habría ordenado mi desdicha y convertido en provecho las bellezas fugaces de las cosas últimas y fijado límites a sus dulzuras, para que las olas de mi edad se agitasen hasta la orilla conyugal? Si no podía haber tranquilidad en ellas con la finalidad de procrear hijos solamente (como prescribe tu ley, Señor, que modelas también la descendencia de nuestra muerte, pudiendo imponer tu mano suave para atemperar las espinas excluidas de tu paraíso; pues no está lejos de nosotros tu omnipotencia, incluso cuando estamos lejos de ti) — o al menos habría escuchado más atentamente el trueno de tus nubes: «Los que así vivan tendrán tribulación en la carne; pero yo os perdono»; y «bueno es para el hombre no tocar mujer»; y «el que está sin mujer piensa en las cosas de Dios, en cómo agradar a Dios; pero el que está unido en matrimonio piensa en las cosas del mundo, en cómo agradar a la mujer». Si hubiera escuchado más atentamente estas palabras, y cortado por el reino de los cielos, habría esperado más feliz tus abrazos.
Pero hervía, desdichado, siguiendo el ímpetu de mi corriente abandonándote, y traspasé todos tus límites legales y no escapé de tus azotes. Pues ¿quién de los mortales lo hace? Porque tú siempre estabas presente, enojándote misericordiosamente, y espolvoreando con amarguras todas mis alegrías ilícitas, para que así buscase alegrarme sin ofensa, y donde pudiera esto, no encontrase nada sino a ti, Señor, sino a ti, que forjas el dolor en el precepto y golpeas para sanar y nos matas para que no muramos lejos de ti.
¿Dónde estaba yo? Y cuán lejos me desterraba de las delicias de tu casa aquel año decimosexto de mi edad carnal, cuando tomó sobre mí el cetro (y le entregué todas las manos) la vesania de la lujuria, licenciosa por la indecencia humana, ilícita además por tus leyes. No hubo cuidado de los míos en rescatarme de la caída con el matrimonio, sino que sólo hubo cuidado de que aprendiese a hacer un discurso lo mejor posible y a persuadir con la palabra.
Y en aquel año se interrumpieron mis estudios, mientras que, al volver yo de Madaura, donde ya había comenzado a viajar para aprender literatura y oratoria en esa ciudad vecina, se preparaban los gastos para un viaje más lejano a Cartago, más por la audacia que por los recursos de mi padre, un ciudadano de Tagaste muy modesto. ¿A quién narro estas cosas? No a ti, Dios mío, sino que narro estas cosas ante ti a mi linaje, al género humano, a cualquier pequeña partícula que pueda caer en estos escritos míos.
¿Y para qué esto? Para que ciertamente yo y quienquiera que lea estas cosas pensemos desde qué profundidad hay que clamar a ti. Y ¿qué más cerca de tus oídos, si el corazón es contrito y la vida procede de la fe? Pues ¿quién no ensalzaba entonces con alabanzas a aquel hombre, a mi padre, porque gastaba en su hijo más allá de las fuerzas de su patrimonio todo lo que fuese necesario incluso para estudiar en tierras lejanas?
Pues a muchos ciudadanos mucho más ricos no les preocupaban tales asuntos por sus hijos, mientras que aquel padre no se preocupaba de cómo crecía yo para ti ni de cuán casto era, con tal de que fuese elocuente, o más bien desierto de tu cultivo, Dios, que eres el único verdadero y buen señor de tu campo, mi corazón.
Pero cuando en aquel año decimosexto, interponiéndose un descanso por necesidad doméstica, pasé vacaciones de toda escuela y comencé a estar con mis padres, las zarzas de las lujurias sobrepasaron mi cabeza, y no había mano que las arrancase. Más aún, cuando mi padre me vio en los baños llegando a la pubertad y revestido de la inquieta adolescencia, como si ya desde entonces se alegrara de tener nietos, se lo anunció gozoso a mi madre, gozoso con la embriaguez en la que este mundo se olvida de ti su creador y ama a tu criatura en lugar de a ti, del vino invisible de su voluntad perversa e inclinada hacia lo bajo.
Pero en el pecho de mi madre ya habías comenzado tu templo y el inicio de tu santa morada, pues él todavía era catecúmeno y esto era reciente. Por eso ella dio un salto con pía agitación y temblor y, aunque yo aún no era fiel, sin embargo temió los caminos torcidos en los que caminan quienes te vuelven la espalda y no la cara.
¡Ay de mí! ¿Y me atrevo a decir que callaste tú, Dios mío, cuando yo me alejaba más de ti? ¿Así callabas tú entonces para mí? ¿Y de quién eran sino tuyas aquellas palabras que cantaste a mis oídos por medio de mi madre, tu fiel? Pero nada de eso descendió a mi corazón para que lo hiciese. Ella quería, y recuerdo que me amonestó en privado con enorme preocupación, que no fornicara y sobre todo que no adulterara con la mujer de nadie.
Me parecían advertencias de mujer, que me avergonzaría obedecer. Pero eran tuyas y yo no lo sabía, y pensaba que callabas tú y que hablaba ella por quien tú no me callabas, y en ella eras despreciado por mí, por mí, hijo suyo, hijo de tu sierva, siervo tuyo. Pero yo no lo sabía e iba precipitado con tanta ceguera que entre mis coetáneos me avergonzaba de menos deshonra, porque les oía jactarse de sus infamias y gloriarse tanto más cuanto más torpes eran, y me apetecía hacerlo no sólo por el placer del hecho sino también de la alabanza.
¿Qué es digno de reproche sino el vicio? Yo, para no ser reprobado, me hacía más vicioso, y donde no había algo que, una vez cometido, me igualase a los perdidos, fingía haber hecho lo que no había hecho, para no parecer más abyecto cuanto más inocente era, y para no ser tenido por más vil cuanto más casto era.
He aquí con qué compañeros recorría yo el camino de las calles de Babilonia, y me revolcaba en su fango como en canela y ungüentos preciosos. Y para que me pegase más tenazmente a su ombligo, me pisoteaba el enemigo invisible y me seducía, porque yo era seducible. Pues ni siquiera aquella que ya huía del centro de Babilonia, pero iba más lenta en sus otras partes, la madre de mi carne, así como me amonestó sobre el pudor, así se cuidó de lo que había oído de su marido sobre mí, y que ya sentía pestilente y peligroso para el futuro, de reprimir dentro del límite del afecto conyugal, si no podía cortarse hasta lo vivo.
No se cuidó de esto, porque había temor de que se impidiese mi esperanza con el cepo de una esposa, no aquella esperanza que mi madre tenía en ti para el siglo futuro, sino la esperanza de las letras, que ambos padres querían que yo conociera en demasía, el uno porque no pensaba casi nada en ti, sino cosas vanas de mí, la otra porque estimaba que aquellos estudios usuales de la doctrina no sólo no eran ningún detrimento sino incluso alguna ayuda para alcanzarte a ti.
Así lo conjeturo, recordando como puedo las costumbres de mis padres. Y se me soltaban también las riendas para jugar más allá de la moderación de la severidad hacia la disolución de afectos variados, y en todo había niebla que me cerraba, Dios mío, la serenidad de tu verdad, y brotaba como de gordura mi iniquidad.
Ciertamente castiga tu ley el robo, Señor, y la ley escrita en los corazones de los hombres, que ni siquiera la misma iniquidad borra. Pues ¿qué ladrón soporta de buen ánimo a un ladrón? Ni el rico al empujado por la pobreza. Y yo quise hacer un robo y lo hice, sin que me impulsase ninguna indigencia salvo la penuria y el hastío de la justicia y la hartura de iniquidad. Pues robé aquello de lo que me sobraba y mucho mejor, ni quería disfrutar de aquella cosa que apetecía con el robo, sino del robo mismo y del pecado.
Había un peral cerca de nuestra viña cargado de frutos que no eran seductores ni por su forma ni por su sabor. Hacia él fuimos unos jóvenes malísimos de noche a deshora (hasta donde habíamos alargado el juego en las eras según la costumbre pestilente) y sacamos de allí cargas enormes, no para nuestros banquetes sino incluso para arrojárselas a los cerdos, aunque comiésemos algo de ello, con tal de que se hiciese por nosotros lo que agradaba por no estar permitido.
He aquí mi corazón, Dios, he aquí mi corazón, del que te compadeciste en lo profundo del abismo. Que te diga ahora, he aquí mi corazón, qué buscaba allí, para ser gratuitamente malo y que no hubiese causa de mi maldad sino la maldad. Era fea, y la amé. Amé perecer, amé mi defecto, no aquello hacia lo que me dirigía defectuosamente, sino mi defecto mismo amé, alma torpe y que salta del firmamento hacia la destrucción, no buscando algo con la deshonra, sino buscando la deshonra.
Pues hay belleza en los cuerpos hermosos y en el oro y la plata y en todas las cosas, y en el contacto de la carne vale muchísimo la congruencia, y para los demás sentidos hay una modulación adecuada de los cuerpos para cada uno. Tiene también el honor temporal y el poder de mandar y de superar su decoro, de donde también surge el ansia de venganza, y sin embargo para conseguir todas estas cosas no hay que salir de ti, Señor, ni desviarse de tu ley.
Y la vida que vivimos aquí tiene su atractivo por cierta medida de su decoro y conveniencia con todas estas cosas bajas hermosas. También la amistad humana es dulce con nudo estrecho por la unidad de muchas almas. Por todas estas cosas y otras semejantes se comete pecado, mientras que con inclinación inmoderada hacia estas cosas, siendo bienes extremos, se abandonan los mejores y supremos, tú, Señor Dios nuestro, y tu verdad, y tu ley. Pues también tienen estas cosas bajas sus deleites, pero no como mi Dios, que hizo todas las cosas, porque en él se deleita el justo, y él mismo es las delicias de los rectos de corazón.
Así pues, cuando se pregunta por el crimen por qué causa se hizo, no suele creerse sino cuando aparece que pudo haber apetito de conseguir alguno de aquellos bienes que dijimos ser ínfimos o miedo de perderlos. Pues son hermosos y decorosos, aunque ante los bienes superiores y beatíficos estén abatidos y yacentes. Alguien cometió un homicidio. ¿Por qué lo hizo? Amó a su mujer o a su finca, o quiso saquear para vivir, o temió perder algo tal a manos de aquél, o lesionado se encendió para vengarse.
¿Acaso alguien cometería un homicidio sin causa, deleitado con el homicidio mismo? ¿Quién lo creería? Pues incluso de aquel del que se dijo que era un hombre desatinado y extremadamente cruel, que era gratuita y más bien malo y cruel, se ha declarado sin embargo la causa: «para que no», dice, «quedasen entorpecidas por el ocio la mano o el ánimo». Pregunta también: «¿por qué así?» Para que evidentemente con aquel ejercicio de crímenes, tomada la ciudad, consiguiese honores, mandos, riquezas y careciese del miedo de las leyes y de la dificultad de las cosas por «la pobreza del patrimonio y la conciencia de los crímenes». Ni siquiera el propio Catilina, pues, amó sus crímenes, sino ciertamente algo por cuya causa hacía aquellos.
¿Qué amé yo, desdichado, en ti, oh robo mío, oh aquel crimen mío nocturno del año decimosexto de mi edad? Pues no eras hermoso, puesto que eras robo. ¿O acaso eres algo, para que te hable? Hermosas eran aquellas peras que robamos, porque eran tu criatura, hermosísimo de todos, creador de todos, Dios bueno, Dios sumo bien y bien verdadero mío. Hermosas eran aquellas peras, pero no las deseó mi alma miserable. Pues tenía yo abundancia de mejores, pero arranqué aquellas sólo para robar.
Pues arrancadas las arrojé, habiendo banqueteado de ellas sólo la iniquidad con la que me alegraba disfrutando. Pues si alguna de aquellas peras entró en mi boca, el condimento allí era el crimen. Y ahora, Señor Dios mío, busco qué me deleitó en el robo, y he aquí que no hay belleza ninguna: no digo como en la equidad y la prudencia, pero tampoco como en la mente del hombre y en la memoria y los sentidos y la vida vegetativa, ni siquiera como son hermosos los astros y decorosos en sus lugares y la tierra y el mar llenos de frutos, que suceden naciendo a los que mueren — ni siquiera como hay cierta belleza defectiva y umbrosa en los vicios que engañan.
Pues también la soberbia imita la altura, siendo tú el único Dios excelso sobre todas las cosas. Y la ambición ¿qué busca sino honores y gloria, siendo tú el único que debe ser honrado sobre todos y glorioso eternamente? Y la crueldad de los poderosos quiere ser temida: pero ¿quién es temible sino el único Dios, a cuyo poder qué puede arrebatarse o sustraerse, cuándo o dónde o hacia dónde o por quién puede? Y las caricias de los lascivos quieren ser amadas: pero nada hay más acariciador que tu caridad ni se ama nada más saludablemente que aquella tu verdad hermosa sobre todas y luminosa.
Y la curiosidad afecta apetecer el estudio de la ciencia, siendo tú el que conoces todo de modo supremo. Incluso la ignorancia misma y la estulticia se cubren con el nombre de simplicidad e inocencia, porque no se halla nada más simple que tú. Y ¿qué más inocente que tú, puesto que las obras suyas son enemigas de los malos? Y la pereza apetece como si fuera el descanso: pero ¿qué descanso hay cierto fuera del Señor? La lujuria quiere ser llamada saciedad y abundancia: pero tú eres la plenitud y la copia indeficiente de suavidad incorruptible.
El despilfarro extiende la sombra de la liberalidad: pero el dador más abundante de todos los bienes eres tú. La avaricia quiere poseer mucho: y tú posees todas las cosas. La envidia litiga por la excelencia: ¿qué más excelente que tú? La ira busca venganza: ¿quién venga más justamente que tú? El temor se horroriza ante las cosas insólitas y repentinas que van contra las cosas que se aman, mientras prevé la seguridad: pero para ti ¿qué es insólito?
¿Qué repentino? ¿O quién separa de ti lo que amas? ¿O dónde hay seguridad firme sino junto a ti? La tristeza se consume por las cosas perdidas con las que se deleitaba la codicia, porque así no querría que fuese para ella, como nada puede quitársete a ti.
Así fornica el alma, cuando se aparta de ti y busca fuera de ti las cosas que no halla puras y límpidas, sino cuando vuelve a ti. Te imitan perversamente todos los que se hacen lejos de ti y se levantan contra ti. Pero incluso así imitándote indican que tú eres el creador de toda naturaleza, y por eso no hay modo de apartarse de ti por completo. ¿Qué amé, pues, en aquel robo, y en qué imité a mi señor viciosa y perversamente?
¿Acaso me apeteció hacer contra la ley al menos con engaño, porque no podía con poder, para que imitara estando cautivo una libertad manca, haciendo impunemente lo que no estaba permitido con una tenebrosa semejanza de la omnipotencia? He aquí aquel siervo que huye de su señor y consigue una sombra. ¡Oh podredumbre, oh monstruo de vida y profundidad de muerte! ¿Pudo agradarme lo que no estaba permitido, no por otra cosa sino porque no estaba permitido?
¿Qué devolveré al Señor porque recuerda estas cosas mi memoria y mi alma no tiene miedo por ello? Te amaré, Señor, y te daré gracias y confesaré tu nombre, porque me has perdonado tantas maldades y obras nefarias mías. Imputo a tu gracia y a tu misericordia que hayas disuelto mis pecados como el hielo. Imputo a tu gracia también cualesquiera males que no hice. Pues ¿qué no habría podido hacer, yo que incluso amé el crimen gratuito?
Y confieso que me han sido perdonadas todas las cosas, tanto las maldades que hice por mi propia voluntad como las que no hice bajo tu guía. ¿Quién es de los hombres que, pensando en su debilidad, se atreva a atribuir a sus fuerzas su castidad e inocencia, para que te ame menos, como si le hubiese sido menos necesaria tu misericordia con la que perdonas los pecados a los que se convierten a ti? Quien llamado por ti siguió tu voz y evitó las cosas que me lee recordar y confesar de mí mismo, que no se ría de mí como de un enfermo sanado por aquel médico por quien a él se le concedió no enfermar, o más bien enfermar menos, y por eso te ame tanto, más aún mucho más, porque por quien me ve liberado de tan grandes lánguidos de mis pecados, por él se ve a sí mismo no enredado en tan grandes lánguidos de pecados.
¿Qué fruto tuve alguna vez, desdichado, en aquellas cosas que ahora recordando me avergüenzo, sobre todo en aquel robo en el que amé el robo mismo, nada más, siendo también él mismo nada y siendo yo por eso mismo más miserable? Y sin embargo solo no lo habría hecho (así recuerdo mi ánimo entonces), absolutamente solo no lo habría hecho. Luego amé allí también el consorcio de aquellos con los que lo hice. ¿Luego no amé nada más que el robo?
Más bien sí nada más, porque también aquello es nada. ¿Qué es en realidad? (¿Quién es el que me lo enseña, sino el que ilumina mi corazón y discierne sus sombras?) ¿Qué es? Lo que me viene a la mente preguntar y discutir y considerar, porque si entonces amase aquellas peras que robé y deseara disfrutar de ellas, podría también solo; si bastase cometer aquella iniquidad por la que llegara a mi voluptuosidad, no necesitaría encender el prurito de mi codicia con la fricción de conciencias cómplices.
Pero puesto que la voluptuosidad para mí no estaba en aquellas peras, estaba en el crimen mismo que hacía el consorcio de los que pecaban juntos.
¿Qué era aquel afecto del ánimo? Ciertamente era del todo muy torpe, y había un ay de mí que lo tenía. Pero sin embargo ¿qué era? ¿Quién entiende los delitos? Era risa como cosquilleo del corazón, porque engañábamos a los que no pensaban que hacíamos estas cosas por nosotros y lo desaprobaban vehementemente. ¿Por qué, pues, me deleitaba tanto que no lo hiciese solo? ¿Acaso porque tampoco se ríe fácilmente nadie solo? Nadie ciertamente fácilmente, pero sin embargo también a los solos y solitarios hombres, cuando no hay nadie más presente, les vence la risa a veces, si algo demasiado ridículo ocurre a los sentidos o al ánimo.
Pero yo aquello no lo habría hecho solo, absolutamente no lo habría hecho solo. He aquí está delante de ti, Dios mío, el recuerdo vivo de mi alma. Solo no habría hecho aquel robo, en el que no me agradaba lo que robaba sino que robaba: lo cual solo hacer no me agradaría en absoluto, ni lo habría hecho. ¡Oh amistad demasiado enemiga, seducción de la mente ininvestigable, avidez de dañar por juego y broma y apetito del daño ajeno sin ningún lucro mío, sin ninguna libido de vengarme! Sino que cuando se dice, «vamos, hagámoslo», y da vergüenza no ser desvergonzado.
¿Quién desenredará esa nudosidad tortuosísima e intrincadísima? Es fea; no quiero atenderla, no quiero verla. Te quiero a ti, justicia e inocencia hermosa y decorosa, con honestas luminosidades e insaciable saciedad. El descanso está junto a ti profundamente y la vida imperturbable. Quien entra en ti, entra en el gozo de su señor y no temerá y se tendrá de modo óptimo en el óptimo. Me alejé de ti y erré, Dios mío, demasiado desviado de tu estabilidad en la adolescencia, y me convertí para mí en región de miseria.
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