Traducción moderna de Clasicalia. Léelo a tu ritmo, libro a libro.
Grande eres, Señor, y enormemente digno de alabanza. Grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene número. Y el hombre quiere alabarte, una pequeña porción de tu creación, el hombre que lleva consigo su mortalidad, que lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que resistes a los soberbios; y sin embargo el hombre quiere alabarte, una pequeña porción de tu creación. Tú lo impulsas a que alabarte le cause deleite, porque nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.
Dame, Señor, saber y entender si es primero invocarte o alabarte, y si conocerte es antes que invocarte. Pero ¿quién te invoca sin conocerte? Porque quien no te conoce puede invocar una cosa por otra. ¿O más bien se te invoca para conocerte? Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿O cómo creerán sin alguien que predique? Y alabarán al Señor quienes lo buscan: porque buscando lo encuentran, y encontrándolo lo alabarán. Te buscaré, Señor, invocándote, y te invocaré creyendo en ti: porque nos has sido predicado.
Mi fe te invoca, Señor, esa fe que me diste, que inspiraste en mí por la humanidad de tu Hijo, por el ministerio de tu predicador.
¿Y cómo invocaré a mi Dios, mi Dios y Señor, cuando al invocarlo ciertamente lo estaré llamando hacia mí mismo? ¿Y qué lugar hay en mí adonde venga a mí mi Dios, adonde Dios venga a mí, el Dios que hizo el cielo y la tierra? ¿Es así, Señor Dios mío? ¿Hay algo en mí que te contenga? ¿O acaso el cielo y la tierra, que hiciste y en los que me hiciste, te contienen? ¿O es que, porque sin ti no existiría nada de lo que existe, sucede que todo lo que existe te contiene?
Entonces, puesto que también yo existo, ¿por qué pido que vengas a mí, yo que no existiría si tú no estuvieras en mí? Porque aún no soy el infierno, y sin embargo también allí estás, pues aunque descienda al infierno, allí estás. No existiría, pues, Dios mío, no existiría en absoluto, si tú no estuvieras en mí. ¿O más bien no existiría yo si no estuviera en ti, de quien proceden todas las cosas, por quien son todas las cosas, en quien están todas las cosas?
También así, Señor, también así. ¿Adónde te invoco, cuando estoy en ti? ¿O de dónde vendrás a mí? ¿Adónde me retiraré, fuera del cielo y de la tierra, para que desde allí venga a mí mi Dios, que dijo: «Yo lleno el cielo y la tierra»?
¿Te contienen, pues, el cielo y la tierra, puesto que tú los llenas? ¿O los llenas y sobra algo, puesto que no te contienen? ¿Y adónde viertes lo que de ti sobra una vez llenos el cielo y la tierra? ¿O acaso no necesitas ser contenido en ninguna parte, tú que contienes todas las cosas, porque lo que llenas lo llenas conteniéndolo? Porque no son los recipientes llenos de ti los que te hacen estable, ya que aunque se rompan no te derramarás.
Y cuando te derramas sobre nosotros, no eres tú quien yace sino que nos levantas; no te dispersas tú, sino que nos reúnes. Pero todas las cosas que llenas, las llenas con todo tu ser. ¿O es que, porque no pueden contenerte entero todas las cosas, contienen una parte de ti, y todas contienen la misma parte simultáneamente? ¿O cada cosa contiene una parte distinta, y las más grandes partes mayores, y las más pequeñas partes menores? ¿Entonces hay alguna parte tuya que es mayor y otra que es menor? ¿O estás entero en todas partes y ninguna cosa te contiene entero?
¿Qué eres, entonces, Dios mío? ¿Qué, te pregunto, sino el Señor Dios? ¿Pues quién es señor aparte del Señor? ¿O quién es dios aparte de nuestro Dios? Supremo, óptimo, potentísimo, omnipotentísimo, misericordiosísimo y justísimo, secretísimo y presentísimo, hermosísimo y fortísimo, estable e incomprensible, inmutable que mudas todas las cosas, nunca nuevo nunca viejo, que renuevas todas las cosas y llevas a la vejez a los soberbios sin que lo sepan. Siempre activo siempre en reposo, que reúnes sin necesitar, que llevas y llenas y proteges, que creas y nutres y perfeccionas, que buscas cuando nada te falta.
Amas sin arder, celas y estás seguro, te arrepientes sin dolerte, te aíras y estás tranquilo, cambias las obras sin cambiar el plan, recuperas lo que encuentras y nunca perdiste. Nunca necesitado y te alegras de las ganancias, nunca avaro y exiges intereses, se te paga de más para que debas: ¿y quién tiene algo que no sea tuyo? Pagas deudas sin deber a nadie, perdonas deudas sin perder nada. ¿Y qué hemos dicho, Dios mío, vida mía, dulzura mía santa? ¿O qué dice alguien cuando habla de ti? Pero ¡ay de quienes callan acerca de ti, porque los locuaces son mudos!
¿Quién me dará descansar en ti? ¿Quién me dará que vengas a mi corazón y lo embriagues, para que olvide mis males y abrace mi único bien, que eres tú? ¿Qué eres para mí? Ten piedad para que hable. ¿Qué soy yo mismo para ti, para que me mandes que te ame y, si no lo hago, te aíres conmigo y me amenaces con enormes miserias? ¿Acaso es pequeña miseria el no amarte? ¡Ay de mí! Dime por tus misericordias, Señor Dios mío, qué eres para mí.
Di a mi alma: «Tu salvación soy yo»; dilo de modo que lo oiga. He aquí los oídos de mi corazón ante ti, Señor. Ábrelos y di a mi alma: «Tu salvación soy yo». Correré tras esta voz y te alcanzaré. No escondas de mí tu rostro: que muera, para no morir, con tal de verlo.
Estrecha es la morada de mi alma para que vengas a ella: que sea ensanchada por ti. Está en ruinas: repárala. Tiene cosas que ofenden tus ojos: lo confieso y lo sé. Pero ¿quién la limpiará? ¿O a quién otro sino a ti clamaré: «De mis faltas ocultas límpiame, Señor, y de las ajenas perdona a tu siervo»? Creo, por eso también hablo, Señor: tú lo sabes. ¿No he proclamado contra mí mismo mis delitos ante ti, Dios mío, y tú perdonaste la impiedad de mi corazón?
No entro en juicio contigo, que eres la verdad, y yo no quiero engañarme a mí mismo, para que mi iniquidad no se mienta a sí misma. No entro, pues, en juicio contigo, porque, si observas las iniquidades, Señor, Señor, ¿quién resistirá?
Pero aun así, déjame hablar ante tu misericordia, a mí, tierra y ceniza, déjame sin embargo hablar. Porque es tu misericordia, no un hombre, mi burlador, a quien hablo. Y tú tal vez te burlas de mí, pero volviéndote tendrás piedad de mí. ¿Pues qué es lo que quiero decir, Señor, sino que no sé de dónde vine aquí, a esta, digo, vida mortal o muerte vital? No lo sé. Y me acogieron los consuelos de tus misericordias, como oí de los padres de mi carne, de quien y en quien me formaste en el tiempo: pues yo no lo recuerdo.
Me recibieron, entonces, los consuelos de la leche humana, pero ni mi madre ni mis nodrizas se llenaban por sí mismas los pechos, sino que tú a través de ellas me dabas el alimento de la infancia según tu ordenamiento y las riquezas dispuestas hasta el fondo de las cosas. También me dabas no querer más de lo que dabas, y a las que me alimentaban querer darme lo que les dabas: porque querían darme por un afecto ordenado del que abundaban desde ti.
Pues su bien era el bien mío que venía de ellas, aunque no de ellas sino a través de ellas. Porque de ti proceden todos los bienes, Dios, y de mi Dios viene toda mi salvación. Esto lo advertí después, cuando tú me gritabas por medio de estas mismas cosas que otorgas dentro y fuera. Porque entonces solo sabía mamar y calmarme con los deleites, llorar ante las ofensas de mi carne, nada más.
Después empecé también a reír, primero durmiendo, luego despierto. Esto me fue contado sobre mí y lo creí, porque así vemos a otros niños: pues eso mío no lo recuerdo. Y he aquí que poco a poco sentía dónde estaba, y quería mostrar mis voluntades a aquellos por quienes se cumplirían, y no podía, porque estaban dentro, mientras ellos estaban fuera, y no podían con ninguno de sus sentidos entrar en mi alma. Así que agitaba miembros y voces, signos semejantes a mis voluntades, los pocos que podía, como podía: porque no eran verdaderamente semejantes.
Y cuando no se me obedecía, ya fuera porque no se entendía o porque sería dañino, me indignaba de que los mayores no estuvieran sometidos y de que los libres no sirvieran, y me vengaba de ellos llorando. Que los niños son así lo aprendí de los que pude conocer, y que yo fui así me lo mostraron más ellos, sin saberlo, que mis nodrizas sabiéndolo.
Y he aquí que mi infancia murió hace tiempo y yo vivo. Pero tú, Señor, que vives siempre y en quien nada muere, porque antes de los orígenes de los siglos, y antes de todo lo que pueda llamarse «antes», tú eres, y eres Dios y Señor de todo lo que creaste, y en ti permanecen las causas de todas las cosas inestables, y permanecen inmutables los orígenes de todas las cosas mudables, y viven las razones eternas de todas las cosas irracionales y temporales, dime a mí, tu suplicante, Dios, y misericordioso di a tu miserable, dime si a alguna otra edad mía ya muerta sucedió mi infancia.
¿O es aquella la que pasé dentro del vientre de mi madre? Pues también sobre eso se me contó algo, y yo mismo vi mujeres embarazadas. ¿Qué hubo antes de eso también, dulzura mía, Dios mío? ¿Estuve en algún sitio o fui alguien? Pues no tengo quién me diga eso; ni mi padre ni mi madre pudieron, ni la experiencia de otros ni mi memoria. ¿O te burlas de mí por preguntar estas cosas, y me mandas que te alabe y te reconozca por lo que sé?
Te reconozco, Señor del cielo y de la tierra, diciéndote alabanza por mis orígenes y mi infancia, que no recuerdo. Y has dado que el hombre lo conjecture sobre sí mismo a partir de otros, y que crea mucho sobre sí mismo por la autoridad incluso de mujercillas. Porque existía y vivía ya entonces, y al final de la infancia buscaba signos con los que hacer conocer a otros mis sensaciones. ¿De dónde viene un animal así sino de ti, Señor?
¿O acaso alguien será artífice de su propia creación? ¿O se trae alguna vena de otra parte por la que el ser y el vivir corran hacia nosotros, fuera de que tú nos haces, Señor, para quien el ser y el vivir no son una cosa y otra, porque ser supremamente y vivir supremamente es lo mismo? Eres supremo, en efecto, y no cambias, ni se agota en ti el día de hoy, y sin embargo en ti se agota, porque todas estas cosas están en ti: pues no tendrían modos de pasar si no las contuvieras.
Y puesto que tus años no se agotan, tus años son el día de hoy. Y cuántos días ya nuestros y de nuestros padres pasaron por tu hoy, y de él recibieron sus medidas y de algún modo existieron, y pasarán todavía otros y recibirán y de algún modo existirán. Pero tú eres el mismo, y todos los mañanas y más allá, y todos los ayeres y atrás, hoy los harás, hoy los hiciste. ¿Qué me importa si alguien no lo entiende?
Que él también se alegre y diga: «¿Qué es esto?» Que se alegre también así, y ame más bien encontrarte no encontrando que no encontrarte encontrando.
Escúchame, Dios. ¡Ay de los pecados de los hombres! Y un hombre dice esto, y te compadeces de él, porque tú lo hiciste y no hiciste el pecado en él. ¿Quién me trae a la memoria el pecado de mi infancia, ya que nadie está limpio de pecado ante ti, ni el niño cuya vida es de un día sobre la tierra? ¿Quién me lo trae a la memoria? ¿Acaso cualquier niño tan pequeño ahora, en quien veo lo que no recuerdo de mí?
¿Qué pecaba yo entonces? ¿Acaso porque anhelaba los pechos llorando? Pues si ahora lo hiciera, no ciertamente con los pechos sino anhelando así la comida apropiada a mi edad, sería ridiculizado y reprendido justísimamente. Entonces, pues, hacía cosas reprendibles, pero como no podía entender al que reprendía, ni la costumbre ni la razón permitían que se me reprendiera: porque extirpamos y expulsamos esas cosas al crecer. No he visto que nadie, cuando limpia algo, arroje a propósito lo bueno.
¿O acaso eran buenas por aquel tiempo incluso aquellas cosas: pedir llorando incluso lo que se daría de modo dañino, indignarse amargamente de que no se sometieran hombres libres y mayores, y esos de quienes se nació, y muchos otros más prudentes que no obedecieran al capricho de su voluntad, e intentar golpear para hacer daño todo lo que se pudiera porque no se obedecen órdenes a las que sería pernicioso obedecer? Así, la debilidad de los miembros infantiles es inocente, no el ánimo de los niños.
Vi yo y experimenté a un niño celoso: todavía no hablaba y miraba pálido, con rostro amargo, a su hermano de leche. ¿Quién ignora esto? Dicen que las madres y nodrizas lo expían con no sé qué remedios. ¿O acaso también es esa inocencia: en la fuente de leche que mana abundante y rebosa, no tolerar a un compañero muy necesitado de ayuda y que conduce su vida todavía con ese solo alimento? Pero se toleran estas cosas con indulgencia, no porque no sean nada o sean poca cosa, sino porque desaparecerán con el avance de la edad. Lo que puedes aprobar, aunque esas mismas cosas no pueden soportarse con ánimo ecuánime cuando se sorprenden en alguien de más años.
Tú, pues, Señor Dios mío, que diste la vida al niño y el cuerpo, que así, como vemos, equipaste con sentidos, ensamblaste con miembros, ornaste con forma, y para su integridad y seguridad insertaste todos los instintos del ser vivo, me mandas alabarte en esto y reconocerte ante ti y cantar a tu nombre, Altísimo, porque eres Dios omnipotente y bueno, aunque solo hubieras hecho esto, que nadie otro puede hacer sino tú, el Único, de quien procede toda medida, hermosísimo, que das forma a todas las cosas y con tu ley ordenas todas las cosas.
Esta edad, pues, Señor, que no recuerdo haber vivido, de la que creí a otros y que conjeturé que pasé a partir de otros niños, aunque esto sea conjetura muy fiable, me da pena contarla en esta vida mía que vivo en este mundo. Porque en cuanto atañe a las tinieblas de mi olvido, es igual a aquella que viví en el vientre de mi madre. Y si fui concebido en iniquidad y en pecados mi madre me alimentó en el vientre, ¿dónde, te ruego, Dios mío, dónde, Señor, yo, tu siervo, dónde o cuándo fui inocente? Pero mira, omito aquel tiempo: ¿y qué tengo ya que ver con él, del que no recuerdo ningún vestigio?
¿No vine viniendo de la infancia aquí a la niñez? ¿O más bien ella misma vino a mí y sucedió a la infancia? Pero aquella no se fue: ¿adónde se fue, pues? Y sin embargo ya no estaba. Pues ya no era un infante que no hablaba, sino un niño que hablaba. Y lo recuerdo, y advertí después de dónde aprendí a hablar. Porque los mayores no me enseñaban ofreciéndome palabras en cierto orden de enseñanza como poco después las letras, sino que yo mismo, con la mente que tú me diste, Dios mío, cuando quería expresar con gemidos y voces varias y varios movimientos de miembros las sensaciones de mi corazón, para que se obedeciera a mi voluntad, y no podía todo lo que quería ni a todos los que quería, captaba con la memoria.
Cuando ellos llamaban algo y según esa voz movían el cuerpo hacia algo, veía y retenía que ellos llamaban aquella cosa con lo que sonaban cuando querían mostrarla. Que querían esto se descubría por el movimiento del cuerpo como por las palabras naturales de todas las gentes, que se hacen con el rostro y el movimiento de los ojos y de los demás miembros, y el sonido de la voz que indica el afecto del ánimo al pedir, tener, rechazar o huir las cosas.
Así, las palabras colocadas en sus lugares en varias sentencias y oídas frecuentemente, de qué cosas eran signos las iba reuniendo poco a poco, y, domada ya la boca en esos signos, pronunciaba a través de ellos mis voluntades. Así, con aquellos entre quienes estaba comuniqué los signos de manifestación de las voluntades, e ingresé más profundamente en la tormentosa sociedad de la vida humana, dependiendo de la autoridad de los padres y la voluntad de los mayores.
Dios, Dios mío, qué miserias experimenté allí y qué burlas, cuando se me proponía a mí niño, como vivir rectamente, obedecer a quienes me amonestaban para que floreciera en este mundo y sobresaliera en las artes de la lengua, al servicio del honor de los hombres y de las falsas riquezas. Desde allí fui enviado a la escuela para aprender las letras, en las cuales qué utilidad había lo ignoraba, miserable. Y sin embargo, si era perezoso en el aprendizaje, se me golpeaba.
Porque esto era alabado por los mayores, y muchos que antes de nosotros vivieron esta vida habían construido los caminos trabajosos por los que éramos forzados a transitar, multiplicando el trabajo y el dolor para los hijos de Adán. Encontramos, sin embargo, Señor, hombres que te rogaban, y aprendimos de ellos, sintiéndote como podíamos, que eras alguien grande que podías, sin aparecer ante nuestros sentidos, escucharnos y auxiliarnos. Pues niño empecé a rogarte, mi auxilio y refugio, y en tu invocación rompía los nudos de mi lengua y te rogaba pequeño, con afecto no pequeño, para que no se me golpeara en la escuela.
Y cuando no me escuchabas, lo que no era para insensatez mía, mis golpes, gran mal entonces y grave para mí, eran objeto de risa de los hombres mayores hasta de mis propios padres, que no querían que me sucediera ningún mal.
¿Hay alguien, Señor, con ánimo tan grande, adhiriéndose a ti con afecto tan inmenso (lo hace incluso cierta estupidez: hay, pues, alguien así), quien adhiriéndose piadosamente a ti esté tan inmensamente afectado que estime en poco los potros y garfios y esos diversos tormentos (por escapar de los cuales se te suplica con gran temor por todas las tierras) y ame a aquellos que los temen acerbísimamente, del modo en que nuestros padres se reían de los tormentos con que los niños éramos afligidos por los maestros?
Pues ni los temíamos menos ni menos te rogábamos de ellos para escapar. Y sin embargo pecábamos escribiendo o leyendo o pensando menos sobre las letras de lo que se nos exigía. Pues no faltaba, Señor, memoria ni ingenio, que quisiste que tuviéramos suficientes para aquella edad, pero nos deleitaba jugar, y se nos castigaba por eso por parte de quienes sin duda hacían cosas tales. Pero las frivolidades de los mayores se llaman negocios, las de los niños, siendo tales, son castigadas por los mayores, y nadie se compadece de los niños ni de aquellos ni de ambos.
¿O acaso aprueba alguien, buen juez de las cosas, que yo fuera golpeado porque jugaba a la pelota de niño y por ese juego me impedía aprender más rápidamente las letras con las que, ya mayor, jugaría más torpemente? ¿O acaso hacía algo distinto aquel mismo por quien era golpeado, que si en alguna cuestioncilla fuera vencido por un colega, se atormentaría más con bilis y envidia que yo cuando era superado por mi contrincante en el juego de pelota?
Y sin embargo pecaba, Señor Dios, ordenador y creador de todas las cosas naturales, pero de los pecados solo ordenador, Señor Dios mío, pecaba haciendo contra los preceptos de aquellos padres y maestros míos. Podía, en efecto, después usar bien las letras que querían que aprendiera con cualquier intención que tuvieran. Pues no era desobediente eligiendo algo mejor, sino por amor al juego, amando en los certámenes victorias soberbias y que me rascaran los oídos con fábulas falsas para que picaran más ardientemente, brillando la misma curiosidad cada vez más por los ojos hacia los espectáculos, juegos de los mayores —que sin embargo quienes los producen sobresalen con tal dignidad que casi todos desean esto para sus pequeños, a quienes sin embargo soportan con gusto que sean golpeados si esos espectáculos los impiden del estudio con el que quieren que lleguen a producir tales cosas.
Mira esto, Señor, misericordiosamente, y líbranos ya a nosotros que te invocamos, líbera también a aquellos que todavía no te invocan, para que te invoquen y los liberes.
Pues oía yo ya de niño sobre la vida eterna prometida a nosotros por la humildad del Señor Dios nuestro que descendió a nuestra soberbia, y ya era signado con la señal de su cruz, y era sazonado con su sal ya desde el vientre de mi madre, que mucho esperó en ti. Viste, Señor, cuando todavía era niño y cierto día por la presión del estómago ardía de repente casi muriéndome, viste, Dios mío, porque ya eras mi guardián, con qué movimiento de ánimo y con qué fe pedí el bautismo de tu Cristo, Dios y Señor mío, a la piedad de mi madre y de la madre de todos nosotros, tu iglesia.
Y se turbó la madre de mi carne, porque incluso mi salvación eterna daba a luz más cariñosamente con corazón casto en tu fe, y cuidaría apresuradamente de que fuera iniciado en los sacramentos salvadores y lavado, confesándote a ti, Señor Jesús, para remisión de pecados, si no hubiera sido restablecido de inmediato. Se dilató, pues, mi limpieza, como si fuera necesario que todavía me ensuciara más si vivía, porque evidentemente después de aquel lavado sería mayor y más peligrosa la culpa de las faltas en las manchas.
Así creía ya entonces, y ella y toda la casa, salvo mi padre solo, que sin embargo no venció en mí el derecho de la piedad materna para que no creyera en Cristo, como él todavía no había creído. Pues ella se esforzaba porque tú fueras mi padre, Dios mío, más bien que él, y en esto la ayudabas para que venciera al marido, a quien mejor servía, porque en esto también sin duda te servía a ti que se lo mandabas.
Te ruego, Dios mío: quisiera saber, si tú también quisieras, con qué propósito fui diferido para no ser bautizado entonces, si fue para mi bien que se me aflojaran como las riendas del pecar. ¿O no se aflojaron? ¿De dónde, pues, entonces todavía ahora sobre otros y otros suena por todas partes en nuestros oídos: «Déjalo, que haga: todavía no está bautizado»? Y sin embargo en la salud del cuerpo no decimos: «Deja que sea herido más: todavía no está sanado».
Cuánto mejor, pues, hubiera sido que sanara pronto y que se hiciera por diligencia mía y de los míos que la salud recibida de mi alma estuviera segura bajo tu custodia, que la habrías dado. Mejor, en verdad. Pero cuántas y cuán grandes olas de tentaciones parecían estar inminentes después de la niñez, ya las conocía mi madre, y prefería comprometer a través de ellas la tierra de la que después sería formado, más bien que la imagen ya formada.
Sin embargo, en aquella misma niñez, de la que menos se temía por mí que de la adolescencia, no amaba las letras y odiaba que se me forzara hacia ellas, y se me forzaba sin embargo, y se me hacía bien. Pero yo no lo hacía bien (pues no aprendería si no fuera forzado; nadie, sin embargo, hace bien algo sin querer, aunque sea bueno lo que hace), ni quienes me forzaban lo hacían bien, pero se me hacía bien por ti, Dios mío.
Pues ellos no atendían hacia dónde yo referiría lo que me forzaban a aprender, sino hacia saciar las insaciables codicias de la abundante indigencia y de la ignominiosa gloria. Pero tú, para quien están contados los cabellos de nuestra cabeza, usabas para mi utilidad el error de todos los que me instaban a que aprendiera, y mi error, que no quería aprender, lo usabas para mi castigo, del que no era indigno de ser castigado, tan pequeño niño y tan grande pecador.
Así, de quienes no hacían bien, tú hacías bien para mí, y de mí que pecaba, justamente me retribuías. Pues mandaste, y así es, que toda mente desordenada sea para sí misma su castigo.
Pero cuál era la causa de que odiara las letras griegas, en las que era imbuido de pequeñuelo, ni siquiera ahora lo tengo bien averiguado. Pues amaba las latinas, no las que enseñan los primeros maestros sino las que enseñan los que llaman gramáticos. Pues aquellas primeras, donde se aprende a leer y escribir y contar, no las tenía menos onerosas y penales que todas las griegas. ¿De dónde, sin embargo, también esto sino del pecado y vanidad de la vida, por la que era carne y espíritu que anda y no regresa?
Pues sin duda eran mejores, porque más ciertas, aquellas primeras letras por las que se producía en mí, y se produjo, y tengo aquello de que leo si algo escrito encuentro, y escribo yo mismo si algo quiero, que aquellas en las que se me forzaba a retener los errores de no sé qué Eneas, olvidado de mis propios errores, y a llorar a Dido muerta porque se mató por amor, cuando entretanto a mí mismo, muriéndome en estas cosas lejos de ti, Dios, vida mía, soportaba con ojos secos, el más miserable.
¿Pues qué más miserable que un miserable que no se compadece de sí mismo y llora la muerte de Dido, que sucedía por amar a Eneas, pero no llora su propia muerte, que sucedía por no amarte a ti, Dios, luz de mi corazón y pan de la boca interior de mi alma y virtud que desposas mi mente y el seno de mi pensamiento? No te amaba, y fornicaba lejos de ti, y fornicando sonaba por todas partes: «¡Bien!
¡Bien!» Pues la amistad de este mundo es fornicación lejos de ti, y se dice «¡Bien! ¡Bien!» para que dé vergüenza si el hombre no es así. Y no lloraba esto, y lloraba a Dido extinta que siguió con hierro los extremos, siguiendo yo mismo las cosas extremas de tu creación, abandonándote a ti, y yendo tierra a la tierra. Y si se me prohibiera leer eso, me dolería porque no leía lo que me dolería. Tal demencia se considera letras más honestas y más ricas que aquellas por las que aprendí a leer y escribir.
Pero ahora grite en mi alma mi Dios, y tu verdad me diga: «No es así, no es así». Mucho mejor es aquella primera enseñanza. Pues he aquí que estoy más dispuesto a olvidar los errores de Eneas y todas esas cosas que a escribir y leer. Pero sí, cuelgan velos en los umbrales de las escuelas gramaticales, pero no significan más el honor del secreto que la cobertura del error. No griten contra mí aquellos a quienes ya no temo, mientras te confieso lo que quiere mi alma, Dios mío, y me conformo en la reprehensión de mis malos caminos para que ame tus buenos caminos; no griten contra mí vendedores ni compradores de gramática, porque si les propongo preguntándoles si es verdad lo que el poeta dice que Eneas vino alguna vez a Cartago, los más indoctos responderán que no lo saben, los más doctos incluso negarán que sea verdad.
Pero si pregunto con qué letras se escribe el nombre Eneas, todos los que han aprendido esto me responderán verdaderamente según aquel pacto y acuerdo por el que los hombres entre sí firmaron esos signos. Igualmente si pregunto qué cosa de estas se olvida con mayor incomodidad de esta vida, leer y escribir o esas ficciones poéticas, ¿quién no ve qué va a responder quien no está enteramente olvidado de sí? Pecaba, pues, de niño cuando por amor prefería aquellas vaciedades a estas cosas más útiles, o más bien odiaba estas, amaba aquellas.
Pero ya «uno y uno dos, dos y dos cuatro», me era odiosa cantilena, y el más dulce espectáculo de vanidad, el caballo de madera lleno de armados y el incendio de Troya y la sombra misma de Creúsa.
¿Por qué, pues, odiaba también la gramática griega que canta tales cosas? Pues también Homero es experto en tejer tales fábulas y es dulcísimamente vano, pero me era amargo de niño. Creo que también a los niños griegos Virgilio les es así, cuando se los fuerza a aprenderlo como yo a aquel. Evidentemente la dificultad, la dificultad sin más de aprender una lengua extranjera, como con hiel rociaba todas las dulzuras de las narraciones fabulosas griegas. Pues no conocía ninguna de aquellas palabras, y se me instaba con vehemencia con terrores y penas salvajes para que las conociera.
Pues también las latinas en algún momento de infante ciertamente no conocía ninguna, y sin embargo atendiendo las aprendí sin ningún miedo ni tormento, entre los halagos de las nodrizas y las bromas de quienes reían y las alegrías de quienes jugaban. Las aprendí, pues, aquellas sin carga penal de quienes me urgían, cuando mi corazón me urgía a dar a luz sus concepciones, lo cual no hubiera sido si no hubiera aprendido algunas palabras no de quienes enseñaban sino de quienes hablaban, en cuyos oídos también yo daba a luz lo que sentía.
De aquí se muestra suficientemente que tiene mayor fuerza para aprender estas cosas la libre curiosidad que la necesidad miedosa. Pero el flujo de aquella lo restringe esta con tus leyes, Dios, tus leyes desde las férulas de los maestros hasta las tentaciones de los mártires, pudiendo tus leyes mezclar amargas saludables que nos llaman de vuelta a ti desde la alegría pestilente por la que nos apartamos de ti.
Escucha, Señor, mi súplica, que no desfallezca mi alma bajo tu disciplina ni desfallezca yo en confesarte tus misericordias, con las que me sacaste de todos mis caminos pésimos, para que te vuelvas más dulce para mí que todas las seducciones que seguía, y te ame validísimamente, y abrace tu mano con todo mi corazón, y me saques de toda tentación hasta el fin. Pues he aquí tú, Señor, mi rey y mi Dios, que te sirva todo lo útil que aprendí de niño, que te sirva lo que hablo y escribo y leo y cuento, porque cuando aprendía vanidades tú me dabas disciplina, y en esas vanidades has perdonado mis pecados de delectaciones.
Aprendí en ellas, en efecto, muchas palabras útiles, pero también pueden aprenderse en cosas no vanas, y ese es el camino seguro por el que los niños caminarían.
Pero ¡ay de ti, corriente de la costumbre humana! ¿Quién te resistirá? ¿Cuándo no te secarás? ¿Hasta cuándo arrastrarás a los hijos de Eva al mar grande y formidable, que apenas atraviesan quienes subieron al madero? ¿No leí yo en ti tanto a Júpiter tonante como adúltero? Y ciertamente no podía ser estas dos cosas, pero se actuó para que tuviera autoridad para imitar el verdadero adulterio mediante el falso trueno como alcahuete. ¿Pero quién de los maestros togados escucha con oído sobrio a un hombre del mismo polvo que grita y dice: «Homero fingía estas cosas y transfería lo humano a los dioses: yo preferiría lo divino a nosotros»?
Pero se dice con más verdad que él fingía estas cosas, pero atribuyendo lo divino a hombres infames para que las infamias no se consideraran infamias y para que, quien las hiciera, pareciera haber imitado no a hombres perdidos sino a dioses celestes.
Y sin embargo, oh corriente tartárea, son arrojados en ti los hijos de los hombres con pagos para que aprendan estas cosas, y es gran cosa cuando esto se hace públicamente en el foro, a la vista de las leyes que decretan salarios por encima del pago, y golpeas tus rocas y suenas diciendo: «De aquí se aprenden palabras, de aquí se adquiere la eloquencia, máximamente necesaria para persuadir en los asuntos y explicar las sentencias». Así, en verdad, no conoceríamos estas palabras, «lluvia de oro» y «seno» y «engaño» y «templos del cielo» y otras palabras que están escritas en ese lugar, si Terencio no introdujera a un joven malvado proponiéndose a Júpiter como ejemplo de estupro, mientras contempla cierta tabla pintada en la pared donde estaba esta pintura, de qué modo Júpiter dicen que envió al seno de Dánae en otro tiempo una lluvia de oro, hecho engaño para la mujer.
Y mira cómo se incita a sí mismo a la libídine como por magisterio celeste: «¡Pero qué dios!, dice, el que con supremo estruendo sacude los templos del cielo. ¿Yo, hombrecillo, no haría eso? Yo, en verdad, lo hice y con gusto». No se aprenden en modo alguno más cómodamente esas palabras por esta torpeza, pero por estas palabras se perpetra esa torpeza más confiadamente. No acuso las palabras como vasos elegidos y preciosos, sino el vino del error que en ellos nos era escancidado por doctores ebrios, y si no bebíamos éramos golpeados, y no era lícito apelar a algún juez sobrio.
Y sin embargo yo, Dios mío, en cuya presencia ya está seguro mi recuerdo, aprendía gustosamente estas cosas, y me deleitaba con ellas, miserable, y por eso era llamado niño de buena esperanza.
Déjame, Dios mío, decir algo también sobre mi ingenio, don tuyo, en qué delirios se desgastaba. Pues se me proponía un negocio suficientemente inquietante para mi alma, con premio de alabanza y deshonra o con miedo de golpes, que dijera las palabras de Juno airada y doliente porque no podía apartar de Italia al rey de los teucros, que nunca había oído que Juno dijera. Pero éramos forzados a seguir errantes las huellas de las ficciones poéticas, y a decir en palabras sueltas algo tal como el poeta lo había dicho en versos.
Y aquel hablaba más loablemente en quien, según la dignidad de la persona bosquejada, sobresalía un afecto más semejante de ira y dolor, vistiendo las sentencias con palabras congruentemente. ¿Para qué me servía aquello, oh vida verdadera, Dios mío, que a mí que recitaba se me aclamaba ante muchos coetáneos y colectores míos? ¿No son todas aquellas cosas humo y viento? ¿No había, pues, otra cosa donde se ejercitaran mi ingenio y mi lengua? Tus alabanzas, Señor, tus alabanzas por tus escrituras suspenderían el sarmiento de mi corazón, y no sería arrebatado por las vanidades de las frivolidades, presa vergonzosa de las aves. Pues no de un solo modo se sacrifica a los ángeles transgresores.
Pero ¿qué tiene de extraño que hacia las vanidades así fuera llevado y me iba lejos de ti, Dios mío, cuando se me proponían para imitar hombres que, si algunos hechos suyos no malos los enunciaban con un barbarismo o un solecismo, reprendidos se confundían, pero si sus libídines las narraban copiosamente y con ornato con palabras íntegras y consecuentes rectamente, alabados se gloriaban? Ves estas cosas, Señor, y callas, longánime y muy misericordioso y veraz. ¿Acaso callarás siempre?
Y ahora sacas de este profundísimo abismo al alma que te busca y tiene sed de tus deleites, y cuyo corazón te dice: «Busqué tu rostro». Tu rostro, Señor, buscaré: porque lejos de tu rostro estoy en el afecto tenebroso. Pues no con los pies ni con distancias de lugares se va lejos de ti o se regresa a ti, ni tu hijo menor buscó caballos o carros o naves, ni voló con alas visibles, ni hizo camino moviendo la rodilla, para vivir en región lejana disipando pródigamente lo que habías dado al partir, dulce padre porque diste, y más dulce con el indigente que regresaba: en afecto libidinoso, pues, eso es tenebroso, y eso es lejos de tu rostro.
Mira, Señor Dios, y pacientemente, como miras, mira cómo diligentemente observan los hijos de los hombres los pactos de las letras y sílabas recibidos de los locutores anteriores, y descuidan los pactos eternos de perpetua salvación recibidos de ti, de modo que quien guarde o enseñe aquellos antiguos acuerdos de los sonidos, si contra la disciplina gramatical sin aspiración de la primera sílaba dijera «ombre», desagrade más a los hombres que si contra tus preceptos odiara al hombre, siendo hombre.
Como si sintiera a cualquier hombre enemigo más perniciosamente que al odio mismo con el que se irrita contra él, o devastara alguien persiguiéndolo más gravemente de lo que devasta su corazón enemistando. Y ciertamente no hay ciencia de letras más interior que la conciencia escrita de que se hace a otro lo que no se querría sufrir. Cuán secreto eres tú, habitando en las alturas en silencio, Dios solo grande, esparciendo con ley infatigable cegueras penales sobre las ilícitas codicias, cuando un hombre que busca fama de eloquencia ante un hombre juez, rodeado de multitud de hombres, persiguiendo a su enemigo con odio inmensísimo, vigila vigilantísimamente para no decir por error de la lengua «entre hombres», y no vigila para no quitar por furor de la mente a un hombre de entre los hombres.
En el umbral de estas costumbres yacía yo, niño miserable, y de esta arena era la palestra aquella, donde más temía cometer un barbarismo que me cuidaba, si lo cometía, de envidiar a quienes no lo cometían. Digo esto y te lo confieso, Dios mío, en lo que era alabado por aquellos a quienes agradar era entonces para mí vivir honestamente. Pues no veía la vorágine de torpeza en la que era arrojado lejos de tus ojos. Porque en aquellos, ¿qué hubo más sucio que yo, que incluso a tales desagradaba engañando con innumerables mentiras tanto al pedagogo como a los maestros y a los padres, por amor del juego, por afán de ver niñerías y por inquietud de imitar jugarretas?
También hacía hurtos del almacén de los padres y de la mesa, ya imperitando la gula, ya para tener qué dar a los niños, que me vendían su juego del que igualmente sin embargo se deleitaban. En el cual juego también yo buscaba con frecuencia victorias fraudulentas, vencido por vana cupidez de excelencia. Pero ¿qué no quería tanto sufrir y argumentaba tan atroz cuando lo sorprendía, como aquello que yo hacía a otros? Y si sorprendido era argumentado, prefería enfurecerme antes que ceder.
¿Esta es la inocencia pueril? No lo es, Señor, no lo es. Te ruego, Dios mío: porque estas mismas cosas son las que, de los pedagogos y maestros, de las nueces y pelotitas y pajarillos, a los prefectos y reyes, el oro, las propiedades, los esclavos, estas mismas cosas en absoluto pasan a las edades mayores que suceden, así como a las férulas suceden suplicios mayores. El signo de la humildad, pues, en la estatura de la niñez, rey nuestro, aprobaste cuando dijiste: «De tales es el reino de los cielos».
Pero sin embargo, Señor, a ti, excelentísimo y óptimo constructor y rector de la univeridad, Dios nuestro, gracias, aunque hubieras querido que yo fuera solo niño. Pues existía ya entonces, vivía y sentía, y cuidaba de mi seguridad, vestigio de la secretísima unidad de la que provenía, custodiaba con sentido interior la integridad de mis sentidos, y en esas cosas pequeñas y de pequeñas cosas me deleitaba en la verdad en las cogitaciones. No quería ser engañado, vigoraba la memoria, era instruido en el habla, era acariciado por la amistad, huía del dolor, de la abyección, de la ignorancia.
¿Qué no es admirable y laudable en tal ser vivo? Pero todas estas cosas son dones de mi Dios. No me di a mí estas cosas, y son buenas, y todas estas cosas soy yo. Bueno es, pues, quien me hizo, y él es mi bien, y a él exulto por todos los bienes por los que incluso siendo niño era. Pues en esto pecaba, en que no en él mismo sino en sus criaturas, en mí y en otros, buscaba placeres, sublimidades, verdades, y así irrumpía en dolores, confusiones, errores.
Gracias a ti, dulzura mía y honor mío y confianza mía, Dios mío, gracias a ti por tus dones: pero tú consérvamelos. Pues así me conservarás, y se acrecentarán y se perfeccionarán las cosas que me diste, y estaré yo mismo contigo, porque también el existir tú me lo diste.
Quiero recordar mis pasadas torpezas y las corruptelas carnales de mi alma, no porque las ame, sino para amarte a ti, Dios mío. Lo hago por amor a tu amor, recorriendo mis caminos malvados con la amargura de mi recuerdo, para que tú te me hagas dulce, dulzura sin engaño, dulzura feliz y segura, y me recojas de la dispersión en la que quedé desgarrado en pedazos cuando, apartado de ti que eres uno, me desvané en muchas cosas.
Me abrasé en cierto momento en la adolescencia con el deseo de saciarme de cosas bajas, y me atreví a enredarme en amores variados y sombríos, y mi belleza se marchitó, y me pudri ante tus ojos, agradándome a mí mismo y deseando agradar a los ojos de los hombres.
Y ¿qué era lo que me deleitaba sino amar y ser amado? Pero no se guardaba la medida de alma a alma hasta donde está el límite luminoso de la amistad, sino que se exhalaban nieblas desde la fangosa concupiscencia de la carne y desde el borbotón de la pubertad, y nublaban y oscurecían mi corazón, de modo que no se distinguía la serenidad del afecto de la neblina de la lujuria. Ambas cosas hervían confusamente y arrastraban mi edad débil por los precipicios de los deseos y me hundían en el abismo de las infamias.
Tu ira se había hecho fuerte sobre mí, y yo no lo sabía. Me había quedado sordo con el estrépito de la cadena de mi mortalidad, castigo de la soberbia de mi alma, y me iba más lejos de ti y me dejabas, y era sacudido y derramado y me desparramaba y hervía en mis fornicaciones, y tú callabas. ¡Oh alegría mía tardía! Callabas entonces, y yo seguía adelante cada vez más lejos de ti hacia semillas cada vez más numerosas y estériles de dolores con soberbia abatimiento e inquieta fatiga.
¿Quién habría ordenado mi desdicha y convertido en provecho las bellezas fugaces de las cosas últimas y fijado límites a sus dulzuras, para que las olas de mi edad se agitasen hasta la orilla conyugal? Si no podía haber tranquilidad en ellas con la finalidad de procrear hijos solamente (como prescribe tu ley, Señor, que modelas también la descendencia de nuestra muerte, pudiendo imponer tu mano suave para atemperar las espinas excluidas de tu paraíso; pues no está lejos de nosotros tu omnipotencia, incluso cuando estamos lejos de ti) — o al menos habría escuchado más atentamente el trueno de tus nubes: «Los que así vivan tendrán tribulación en la carne; pero yo os perdono»; y «bueno es para el hombre no tocar mujer»; y «el que está sin mujer piensa en las cosas de Dios, en cómo agradar a Dios; pero el que está unido en matrimonio piensa en las cosas del mundo, en cómo agradar a la mujer». Si hubiera escuchado más atentamente estas palabras, y cortado por el reino de los cielos, habría esperado más feliz tus abrazos.
Pero hervía, desdichado, siguiendo el ímpetu de mi corriente abandonándote, y traspasé todos tus límites legales y no escapé de tus azotes. Pues ¿quién de los mortales lo hace? Porque tú siempre estabas presente, enojándote misericordiosamente, y espolvoreando con amarguras todas mis alegrías ilícitas, para que así buscase alegrarme sin ofensa, y donde pudiera esto, no encontrase nada sino a ti, Señor, sino a ti, que forjas el dolor en el precepto y golpeas para sanar y nos matas para que no muramos lejos de ti.
¿Dónde estaba yo? Y cuán lejos me desterraba de las delicias de tu casa aquel año decimosexto de mi edad carnal, cuando tomó sobre mí el cetro (y le entregué todas las manos) la vesania de la lujuria, licenciosa por la indecencia humana, ilícita además por tus leyes. No hubo cuidado de los míos en rescatarme de la caída con el matrimonio, sino que sólo hubo cuidado de que aprendiese a hacer un discurso lo mejor posible y a persuadir con la palabra.
Y en aquel año se interrumpieron mis estudios, mientras que, al volver yo de Madaura, donde ya había comenzado a viajar para aprender literatura y oratoria en esa ciudad vecina, se preparaban los gastos para un viaje más lejano a Cartago, más por la audacia que por los recursos de mi padre, un ciudadano de Tagaste muy modesto. ¿A quién narro estas cosas? No a ti, Dios mío, sino que narro estas cosas ante ti a mi linaje, al género humano, a cualquier pequeña partícula que pueda caer en estos escritos míos.
¿Y para qué esto? Para que ciertamente yo y quienquiera que lea estas cosas pensemos desde qué profundidad hay que clamar a ti. Y ¿qué más cerca de tus oídos, si el corazón es contrito y la vida procede de la fe? Pues ¿quién no ensalzaba entonces con alabanzas a aquel hombre, a mi padre, porque gastaba en su hijo más allá de las fuerzas de su patrimonio todo lo que fuese necesario incluso para estudiar en tierras lejanas?
Pues a muchos ciudadanos mucho más ricos no les preocupaban tales asuntos por sus hijos, mientras que aquel padre no se preocupaba de cómo crecía yo para ti ni de cuán casto era, con tal de que fuese elocuente, o más bien desierto de tu cultivo, Dios, que eres el único verdadero y buen señor de tu campo, mi corazón.
Pero cuando en aquel año decimosexto, interponiéndose un descanso por necesidad doméstica, pasé vacaciones de toda escuela y comencé a estar con mis padres, las zarzas de las lujurias sobrepasaron mi cabeza, y no había mano que las arrancase. Más aún, cuando mi padre me vio en los baños llegando a la pubertad y revestido de la inquieta adolescencia, como si ya desde entonces se alegrara de tener nietos, se lo anunció gozoso a mi madre, gozoso con la embriaguez en la que este mundo se olvida de ti su creador y ama a tu criatura en lugar de a ti, del vino invisible de su voluntad perversa e inclinada hacia lo bajo.
Pero en el pecho de mi madre ya habías comenzado tu templo y el inicio de tu santa morada, pues él todavía era catecúmeno y esto era reciente. Por eso ella dio un salto con pía agitación y temblor y, aunque yo aún no era fiel, sin embargo temió los caminos torcidos en los que caminan quienes te vuelven la espalda y no la cara.
¡Ay de mí! ¿Y me atrevo a decir que callaste tú, Dios mío, cuando yo me alejaba más de ti? ¿Así callabas tú entonces para mí? ¿Y de quién eran sino tuyas aquellas palabras que cantaste a mis oídos por medio de mi madre, tu fiel? Pero nada de eso descendió a mi corazón para que lo hiciese. Ella quería, y recuerdo que me amonestó en privado con enorme preocupación, que no fornicara y sobre todo que no adulterara con la mujer de nadie.
Me parecían advertencias de mujer, que me avergonzaría obedecer. Pero eran tuyas y yo no lo sabía, y pensaba que callabas tú y que hablaba ella por quien tú no me callabas, y en ella eras despreciado por mí, por mí, hijo suyo, hijo de tu sierva, siervo tuyo. Pero yo no lo sabía e iba precipitado con tanta ceguera que entre mis coetáneos me avergonzaba de menos deshonra, porque les oía jactarse de sus infamias y gloriarse tanto más cuanto más torpes eran, y me apetecía hacerlo no sólo por el placer del hecho sino también de la alabanza.
¿Qué es digno de reproche sino el vicio? Yo, para no ser reprobado, me hacía más vicioso, y donde no había algo que, una vez cometido, me igualase a los perdidos, fingía haber hecho lo que no había hecho, para no parecer más abyecto cuanto más inocente era, y para no ser tenido por más vil cuanto más casto era.
He aquí con qué compañeros recorría yo el camino de las calles de Babilonia, y me revolcaba en su fango como en canela y ungüentos preciosos. Y para que me pegase más tenazmente a su ombligo, me pisoteaba el enemigo invisible y me seducía, porque yo era seducible. Pues ni siquiera aquella que ya huía del centro de Babilonia, pero iba más lenta en sus otras partes, la madre de mi carne, así como me amonestó sobre el pudor, así se cuidó de lo que había oído de su marido sobre mí, y que ya sentía pestilente y peligroso para el futuro, de reprimir dentro del límite del afecto conyugal, si no podía cortarse hasta lo vivo.
No se cuidó de esto, porque había temor de que se impidiese mi esperanza con el cepo de una esposa, no aquella esperanza que mi madre tenía en ti para el siglo futuro, sino la esperanza de las letras, que ambos padres querían que yo conociera en demasía, el uno porque no pensaba casi nada en ti, sino cosas vanas de mí, la otra porque estimaba que aquellos estudios usuales de la doctrina no sólo no eran ningún detrimento sino incluso alguna ayuda para alcanzarte a ti.
Así lo conjeturo, recordando como puedo las costumbres de mis padres. Y se me soltaban también las riendas para jugar más allá de la moderación de la severidad hacia la disolución de afectos variados, y en todo había niebla que me cerraba, Dios mío, la serenidad de tu verdad, y brotaba como de gordura mi iniquidad.
Ciertamente castiga tu ley el robo, Señor, y la ley escrita en los corazones de los hombres, que ni siquiera la misma iniquidad borra. Pues ¿qué ladrón soporta de buen ánimo a un ladrón? Ni el rico al empujado por la pobreza. Y yo quise hacer un robo y lo hice, sin que me impulsase ninguna indigencia salvo la penuria y el hastío de la justicia y la hartura de iniquidad. Pues robé aquello de lo que me sobraba y mucho mejor, ni quería disfrutar de aquella cosa que apetecía con el robo, sino del robo mismo y del pecado.
Había un peral cerca de nuestra viña cargado de frutos que no eran seductores ni por su forma ni por su sabor. Hacia él fuimos unos jóvenes malísimos de noche a deshora (hasta donde habíamos alargado el juego en las eras según la costumbre pestilente) y sacamos de allí cargas enormes, no para nuestros banquetes sino incluso para arrojárselas a los cerdos, aunque comiésemos algo de ello, con tal de que se hiciese por nosotros lo que agradaba por no estar permitido.
He aquí mi corazón, Dios, he aquí mi corazón, del que te compadeciste en lo profundo del abismo. Que te diga ahora, he aquí mi corazón, qué buscaba allí, para ser gratuitamente malo y que no hubiese causa de mi maldad sino la maldad. Era fea, y la amé. Amé perecer, amé mi defecto, no aquello hacia lo que me dirigía defectuosamente, sino mi defecto mismo amé, alma torpe y que salta del firmamento hacia la destrucción, no buscando algo con la deshonra, sino buscando la deshonra.
Pues hay belleza en los cuerpos hermosos y en el oro y la plata y en todas las cosas, y en el contacto de la carne vale muchísimo la congruencia, y para los demás sentidos hay una modulación adecuada de los cuerpos para cada uno. Tiene también el honor temporal y el poder de mandar y de superar su decoro, de donde también surge el ansia de venganza, y sin embargo para conseguir todas estas cosas no hay que salir de ti, Señor, ni desviarse de tu ley.
Y la vida que vivimos aquí tiene su atractivo por cierta medida de su decoro y conveniencia con todas estas cosas bajas hermosas. También la amistad humana es dulce con nudo estrecho por la unidad de muchas almas. Por todas estas cosas y otras semejantes se comete pecado, mientras que con inclinación inmoderada hacia estas cosas, siendo bienes extremos, se abandonan los mejores y supremos, tú, Señor Dios nuestro, y tu verdad, y tu ley. Pues también tienen estas cosas bajas sus deleites, pero no como mi Dios, que hizo todas las cosas, porque en él se deleita el justo, y él mismo es las delicias de los rectos de corazón.
Así pues, cuando se pregunta por el crimen por qué causa se hizo, no suele creerse sino cuando aparece que pudo haber apetito de conseguir alguno de aquellos bienes que dijimos ser ínfimos o miedo de perderlos. Pues son hermosos y decorosos, aunque ante los bienes superiores y beatíficos estén abatidos y yacentes. Alguien cometió un homicidio. ¿Por qué lo hizo? Amó a su mujer o a su finca, o quiso saquear para vivir, o temió perder algo tal a manos de aquél, o lesionado se encendió para vengarse.
¿Acaso alguien cometería un homicidio sin causa, deleitado con el homicidio mismo? ¿Quién lo creería? Pues incluso de aquel del que se dijo que era un hombre desatinado y extremadamente cruel, que era gratuita y más bien malo y cruel, se ha declarado sin embargo la causa: «para que no», dice, «quedasen entorpecidas por el ocio la mano o el ánimo». Pregunta también: «¿por qué así?» Para que evidentemente con aquel ejercicio de crímenes, tomada la ciudad, consiguiese honores, mandos, riquezas y careciese del miedo de las leyes y de la dificultad de las cosas por «la pobreza del patrimonio y la conciencia de los crímenes». Ni siquiera el propio Catilina, pues, amó sus crímenes, sino ciertamente algo por cuya causa hacía aquellos.
¿Qué amé yo, desdichado, en ti, oh robo mío, oh aquel crimen mío nocturno del año decimosexto de mi edad? Pues no eras hermoso, puesto que eras robo. ¿O acaso eres algo, para que te hable? Hermosas eran aquellas peras que robamos, porque eran tu criatura, hermosísimo de todos, creador de todos, Dios bueno, Dios sumo bien y bien verdadero mío. Hermosas eran aquellas peras, pero no las deseó mi alma miserable. Pues tenía yo abundancia de mejores, pero arranqué aquellas sólo para robar.
Pues arrancadas las arrojé, habiendo banqueteado de ellas sólo la iniquidad con la que me alegraba disfrutando. Pues si alguna de aquellas peras entró en mi boca, el condimento allí era el crimen. Y ahora, Señor Dios mío, busco qué me deleitó en el robo, y he aquí que no hay belleza ninguna: no digo como en la equidad y la prudencia, pero tampoco como en la mente del hombre y en la memoria y los sentidos y la vida vegetativa, ni siquiera como son hermosos los astros y decorosos en sus lugares y la tierra y el mar llenos de frutos, que suceden naciendo a los que mueren — ni siquiera como hay cierta belleza defectiva y umbrosa en los vicios que engañan.
Pues también la soberbia imita la altura, siendo tú el único Dios excelso sobre todas las cosas. Y la ambición ¿qué busca sino honores y gloria, siendo tú el único que debe ser honrado sobre todos y glorioso eternamente? Y la crueldad de los poderosos quiere ser temida: pero ¿quién es temible sino el único Dios, a cuyo poder qué puede arrebatarse o sustraerse, cuándo o dónde o hacia dónde o por quién puede? Y las caricias de los lascivos quieren ser amadas: pero nada hay más acariciador que tu caridad ni se ama nada más saludablemente que aquella tu verdad hermosa sobre todas y luminosa.
Y la curiosidad afecta apetecer el estudio de la ciencia, siendo tú el que conoces todo de modo supremo. Incluso la ignorancia misma y la estulticia se cubren con el nombre de simplicidad e inocencia, porque no se halla nada más simple que tú. Y ¿qué más inocente que tú, puesto que las obras suyas son enemigas de los malos? Y la pereza apetece como si fuera el descanso: pero ¿qué descanso hay cierto fuera del Señor? La lujuria quiere ser llamada saciedad y abundancia: pero tú eres la plenitud y la copia indeficiente de suavidad incorruptible.
El despilfarro extiende la sombra de la liberalidad: pero el dador más abundante de todos los bienes eres tú. La avaricia quiere poseer mucho: y tú posees todas las cosas. La envidia litiga por la excelencia: ¿qué más excelente que tú? La ira busca venganza: ¿quién venga más justamente que tú? El temor se horroriza ante las cosas insólitas y repentinas que van contra las cosas que se aman, mientras prevé la seguridad: pero para ti ¿qué es insólito?
¿Qué repentino? ¿O quién separa de ti lo que amas? ¿O dónde hay seguridad firme sino junto a ti? La tristeza se consume por las cosas perdidas con las que se deleitaba la codicia, porque así no querría que fuese para ella, como nada puede quitársete a ti.
Así fornica el alma, cuando se aparta de ti y busca fuera de ti las cosas que no halla puras y límpidas, sino cuando vuelve a ti. Te imitan perversamente todos los que se hacen lejos de ti y se levantan contra ti. Pero incluso así imitándote indican que tú eres el creador de toda naturaleza, y por eso no hay modo de apartarse de ti por completo. ¿Qué amé, pues, en aquel robo, y en qué imité a mi señor viciosa y perversamente?
¿Acaso me apeteció hacer contra la ley al menos con engaño, porque no podía con poder, para que imitara estando cautivo una libertad manca, haciendo impunemente lo que no estaba permitido con una tenebrosa semejanza de la omnipotencia? He aquí aquel siervo que huye de su señor y consigue una sombra. ¡Oh podredumbre, oh monstruo de vida y profundidad de muerte! ¿Pudo agradarme lo que no estaba permitido, no por otra cosa sino porque no estaba permitido?
¿Qué devolveré al Señor porque recuerda estas cosas mi memoria y mi alma no tiene miedo por ello? Te amaré, Señor, y te daré gracias y confesaré tu nombre, porque me has perdonado tantas maldades y obras nefarias mías. Imputo a tu gracia y a tu misericordia que hayas disuelto mis pecados como el hielo. Imputo a tu gracia también cualesquiera males que no hice. Pues ¿qué no habría podido hacer, yo que incluso amé el crimen gratuito?
Y confieso que me han sido perdonadas todas las cosas, tanto las maldades que hice por mi propia voluntad como las que no hice bajo tu guía. ¿Quién es de los hombres que, pensando en su debilidad, se atreva a atribuir a sus fuerzas su castidad e inocencia, para que te ame menos, como si le hubiese sido menos necesaria tu misericordia con la que perdonas los pecados a los que se convierten a ti? Quien llamado por ti siguió tu voz y evitó las cosas que me lee recordar y confesar de mí mismo, que no se ría de mí como de un enfermo sanado por aquel médico por quien a él se le concedió no enfermar, o más bien enfermar menos, y por eso te ame tanto, más aún mucho más, porque por quien me ve liberado de tan grandes lánguidos de mis pecados, por él se ve a sí mismo no enredado en tan grandes lánguidos de pecados.
¿Qué fruto tuve alguna vez, desdichado, en aquellas cosas que ahora recordando me avergüenzo, sobre todo en aquel robo en el que amé el robo mismo, nada más, siendo también él mismo nada y siendo yo por eso mismo más miserable? Y sin embargo solo no lo habría hecho (así recuerdo mi ánimo entonces), absolutamente solo no lo habría hecho. Luego amé allí también el consorcio de aquellos con los que lo hice. ¿Luego no amé nada más que el robo?
Más bien sí nada más, porque también aquello es nada. ¿Qué es en realidad? (¿Quién es el que me lo enseña, sino el que ilumina mi corazón y discierne sus sombras?) ¿Qué es? Lo que me viene a la mente preguntar y discutir y considerar, porque si entonces amase aquellas peras que robé y deseara disfrutar de ellas, podría también solo; si bastase cometer aquella iniquidad por la que llegara a mi voluptuosidad, no necesitaría encender el prurito de mi codicia con la fricción de conciencias cómplices.
Pero puesto que la voluptuosidad para mí no estaba en aquellas peras, estaba en el crimen mismo que hacía el consorcio de los que pecaban juntos.
¿Qué era aquel afecto del ánimo? Ciertamente era del todo muy torpe, y había un ay de mí que lo tenía. Pero sin embargo ¿qué era? ¿Quién entiende los delitos? Era risa como cosquilleo del corazón, porque engañábamos a los que no pensaban que hacíamos estas cosas por nosotros y lo desaprobaban vehementemente. ¿Por qué, pues, me deleitaba tanto que no lo hiciese solo? ¿Acaso porque tampoco se ríe fácilmente nadie solo? Nadie ciertamente fácilmente, pero sin embargo también a los solos y solitarios hombres, cuando no hay nadie más presente, les vence la risa a veces, si algo demasiado ridículo ocurre a los sentidos o al ánimo.
Pero yo aquello no lo habría hecho solo, absolutamente no lo habría hecho solo. He aquí está delante de ti, Dios mío, el recuerdo vivo de mi alma. Solo no habría hecho aquel robo, en el que no me agradaba lo que robaba sino que robaba: lo cual solo hacer no me agradaría en absoluto, ni lo habría hecho. ¡Oh amistad demasiado enemiga, seducción de la mente ininvestigable, avidez de dañar por juego y broma y apetito del daño ajeno sin ningún lucro mío, sin ninguna libido de vengarme! Sino que cuando se dice, «vamos, hagámoslo», y da vergüenza no ser desvergonzado.
¿Quién desenredará esa nudosidad tortuosísima e intrincadísima? Es fea; no quiero atenderla, no quiero verla. Te quiero a ti, justicia e inocencia hermosa y decorosa, con honestas luminosidades e insaciable saciedad. El descanso está junto a ti profundamente y la vida imperturbable. Quien entra en ti, entra en el gozo de su señor y no temerá y se tendrá de modo óptimo en el óptimo. Me alejé de ti y erré, Dios mío, demasiado desviado de tu estabilidad en la adolescencia, y me convertí para mí en región de miseria.
Llegué a Cartago, y en torno a mí crepitaba por todas partes una sartén de amores vergonzosos. Todavía no amaba, pero amaba amar, y desde una secreta indigencia me odiaba por ser menos indigente. Buscaba algo que amar, amando el amar, y odiaba la seguridad y el camino sin trampas, porque dentro de mí había hambre del alimento interior, de ti mismo, Dios mío; y sin embargo no sentía hambre de ese hambre, sino que estaba sin deseo de alimentos incorruptibles, no porque estuviera lleno de ellos, sino porque cuanto más vacío estaba, más hastío sentía.
Y por eso mi alma no se encontraba bien y, ulcerosa, se arrojaba fuera, ansiando miserablemente ser rascada por el contacto con las cosas sensibles. Pero si esas cosas no tuvieran alma, ciertamente no serían amadas. Amar y ser amado me resultaba dulce, sobre todo si disfrutaba del cuerpo del que me amaba. Así pues, manchaba la vena de la amistad con las inmundicias de la concupiscencia y enturbiaba su candor con el tártaro de la lujuria, y sin embargo, siendo feo y deshonesto, me afanaba por parecer elegante y refinado con mi abundante vanidad.
Me precipité incluso en un amor en el que deseaba ser atrapado. Dios mío, misericordia mía, con cuánta hiel rociaste para mí aquella dulzura, y qué bueno fuiste, porque fui amado y llegué en secreto al lazo del disfrute, y fui atado con alegría por vínculos calamitosos, para ser golpeado con varas de hierro ardientes de celos, sospechas, temores, iras y riñas.
Me arrebataban los espectáculos teatrales, llenos de imágenes de mis propias miserias y de yesca para mi fuego. ¿Qué es lo que hace que un hombre quiera sufrir cuando contempla cosas luctuosas y trágicas que él mismo no querría padecer? Y sin embargo quiere experimentar dolor por ellas como espectador, y ese dolor mismo es su placer. ¿Qué es esto sino una admirable locura? Pues cada uno se conmueve tanto más con esas cosas cuanto menos sano está de tales pasiones, aunque cuando él mismo las padece suele llamarse miseria, y cuando compadece a otros, misericordia.
Pero ¿qué clase de misericordia es esa en asuntos ficticios y escénicos? Pues el espectador no es incitado a socorrer, sino solo invitado a sufrir, y favorece más al actor de esas representaciones cuanto más sufre. Y si aquellas calamidades de los hombres, antiguas o falsas, se representan de tal modo que el espectador no sufre, se marcha de allí con hastío y criticando; pero si sufre, permanece atento y llora gozoso.
Por lo tanto, se aman también los dolores. Ciertamente todo hombre quiere gozar. ¿Acaso, dado que a nadie le gusta ser miserable, le gusta sin embargo ser misericordioso, y puesto que esto no existe sin dolor, por esta única causa se aman los dolores? También esto procede de aquella vena de la amistad. ¿Pero adónde va? ¿Adónde fluye? ¿Por qué desemboca en aquel torrente de pez hirviendo, en aquellos inmensos ardores de lujurias sórdidas, en las cuales ella misma se transforma y convierte por propio impulso, desviada y precipitada de la serenidad celestial?
¿Ha de rechazarse entonces la misericordia? De ningún modo. Améense, pues, los dolores algunas veces. Pero guárdate de la inmundicia, alma mía, bajo la tutela de mi Dios, el Dios de nuestros padres, digno de alabanza y exaltado por encima de todo por los siglos, guárdate de la inmundicia. Pues no es que yo ahora no sienta compasión, pero entonces en los teatros me alegraba con los amantes cuando se gozaban mediante acciones vergonzosas, aunque las ejecutaran de forma imaginaria en el juego del espectáculo.
Y cuando se perdían el uno al otro, me entristecía como compadeciendo, y sin embargo ambas cosas me deleitaban. Ahora, en cambio, siento más compasión por quien se alegra en la infamia que por quien aparentemente sufre un duro daño por la pérdida de un placer pernicioso y la pérdida de una felicidad miserable. Esta es ciertamente una misericordia más verdadera, pero en ella el dolor no deleita. Pues aunque se apruebe el sentido del deber de caridad en quien se duele por el miserable, preferiría, sin embargo, quien es genuinamente misericordioso que no hubiera motivo de dolor.
Pues si existiera una benevolencia malévola, lo cual no puede ser, también podría aquel que verdadera y sinceramente se compadece desear que hubiera miserables para compadecerse de ellos. Así pues, algún dolor es digno de aprobación, ninguno de ser amado. Pues esto haces tú, Señor Dios, que amas las almas, mucho más pura y profundamente que nosotros y de modo más incorruptible te compadeces, porque ningún dolor te hiere. Y para esto ¿quién es suficiente?
Pero yo entonces, miserable, amaba sufrir, y buscaba que hubiera algo que me hiciera sufrir, cuando en la aflicción ajena, falsa y teatral, me complacía más y me atraía más vehementemente aquella actuación del histrión que me arrancaba lágrimas. ¿Y qué tiene de extraño, cuando yo, oveja infeliz extraviada de tu rebaño e impaciente de tu custodia, me llenaba de una sarna repugnante? Y de ahí venían aquellos amores de dolores, no aquellos con los que penetrara más profundamente (pues no amaba sufrir cosas tales como las que contemplaba), sino aquellos con los cuales, al ser oídos y fingidos, como que me rascaba en la superficie. Los cuales, sin embargo, como uñas que raspan, seguían produciendo tumor febril, podredumbre y pus horrible. ¿Acaso era vida aquella vida mía, Dios mío?
Y volaba en torno a mí desde lejos tu fiel misericordia. ¡En cuántas iniquidades me consumí, y seguí una curiosidad sacrílega que, al abandonarte yo, me condujo a las profundidades infieles y a los servicios engañosos de los demonios, a los cuales sacrificaba mis malas acciones! Y en todo esto me azotabas. Me atreví incluso, en la celebración de tus solemnidades, dentro de las paredes de tu iglesia, a desear y ejecutar el negocio de procurarme frutos de muerte.
Por lo cual me golpeaste con graves castigos, pero nada comparado con mi culpa, oh tú, grandísima misericordia mía, Dios mío, refugio mío contra los peligros terribles en los cuales anduve errante con cuello altivo, alejándome lejos de ti, amando mis caminos y no los tuyos, amando una libertad fugitiva.
Tenían también aquellos estudios que se llaman honestos su finalidad dirigida hacia los foros litigiosos, para que yo sobresaliera en ellos, tanto más digno de alabanza cuanto más fraudulento. Tanta es la ceguera de los hombres, que incluso se glorían de su ceguera. Y ya era el mayor en la escuela del rétor, y me alegraba soberbio y me hinchaba de orgullo, aunque mucho más moderado, Señor, tú lo sabes, y completamente alejado de las subversiones que hacían los subversores (pues este nombre perverso y diabólico es como una insignia de urbanidad), entre los cuales vivía con vergüenza desvergonzada, porque no era como ellos.
Y estaba con ellos y a veces me deleitaban sus amistades, de cuyas acciones siempre me horrorizaba, esto es, de las subversiones con las que insolentemente acosaban el pudor de los desconocidos, al que perturbaban gratuitamente burlándose, y con ello alimentaban sus alegrías malévolas. Nada hay más semejante a los actos de los demonios que aquella conducta. ¿Qué nombre, pues, más verdadero que el de subversores podrían recibir, siendo ellos mismos previamente subvertidos y pervertidos, burlándose de ellos y seduciéndolos en secreto los espíritus falaces en esto mismo: que aman burlarse de otros y engañarlos?
Entre estos yo, de edad todavía débil entonces, aprendía los libros de elocuencia, en la cual deseaba sobresalir con un fin condenable y ventoso, por las alegrías de la vanidad humana. Y siguiendo ya el curso habitual del aprendizaje había llegado a un libro de cierto Cicerón, cuya lengua casi todos admiran, aunque no tanto su corazón. Pero aquel libro suyo contiene una exhortación a la filosofía y se llama «Hortensio». Aquel libro cambió mi afecto y hacia ti mismo, Señor, cambió mis súplicas, e hizo otras mis votos y deseos.
De repente perdió valor para mí toda vana esperanza, y con increíble ardor del corazón ansiaba la inmortalidad de la sabiduría, y comencé a levantarme para volver a ti. Pues no lo leía para aguzar la lengua, que era lo que parecía comprar con el dinero de mi madre, siendo yo de diecinueve años de edad, muerto ya mi padre hacía dos años; no, pues, para aguzar la lengua me servía de aquel libro, ni me había persuadido su modo de hablar sino lo que hablaba.
¡Cómo ardía, Dios mío, cómo ardía por volar de nuevo de las cosas terrenales hacia ti, y no sabía qué hacías conmigo! Pues en ti está la sabiduría. El amor a la sabiduría tiene nombre griego, filosofía, con el cual me encendían aquellas letras. Hay quienes seducen mediante la filosofía, coloreando y maquillando sus errores con ese nombre grande, halagador y honorable, y casi todos los que en aquellos tiempos y anteriores fueron tales quedan señalados en aquel libro y son desenmascarados, y se manifiesta allí aquella advertencia saludable de tu Espíritu por medio de tu siervo bueno y piadoso: «Mirad que nadie os engañe mediante la filosofía y vana seducción según la tradición de los hombres, según los elementos de este mundo y no según Cristo, porque en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente».
Y yo en aquel tiempo, tú lo sabes, luz de mi corazón, puesto que aún no me eran conocidas estas palabras del Apóstol, me deleitaba sin embargo en aquella exhortación solo en esto: que me excitaba, encendía e inflamaba a amar, buscar, alcanzar, retener y abrazar fuertemente no esta o aquella secta, sino la sabiduría misma, fuera la que fuese; y solo esto me refrenaba en tan grande ardor: que el nombre de Cristo no estaba allí, porque este nombre, según tu misericordia, Señor, este nombre de mi salvador, tu Hijo, mi corazón todavía tierno lo había bebido piadosamente con la leche misma de mi madre y lo retenía profundamente, y cualquier cosa que hubiera estado sin ese nombre, por muy literaria, pulida y veraz que fuera, no me arrebataba por completo.
Así pues, decidí aplicar mi ánimo a las santas Escrituras y ver cómo eran. Y he aquí que veo una cosa no accesible a los soberbios ni expuesta a los niños, sino de acceso humilde, de desarrollo elevado y velada de misterios. Y yo no era tal que pudiera entrar en ella ni inclinar mi cerviz hacia su modo de proceder. Pues no es que yo sintiera entonces como ahora hablo, cuando presté atención a aquella Escritura, sino que me pareció indigna de compararla con la dignidad tulliana.
Mi hinchazón rechazaba su estilo, y mi agudeza no penetraba en su interior. Pero era verdad que ella crecía con los pequeños, mas yo desdeñaba ser pequeño y, hinchado de soberbia, me parecía grande a mí mismo.
Así pues, caí en manos de hombres soberbios y delirantes, excesivamente carnales y palabreros, en cuya boca había lazos del diablo y liga confeccionada con la mezcla de las sílabas de tu nombre y del Señor Jesucristo y del Paráclito, nuestro consolador, el Espíritu Santo. Estos nombres no se apartaban de su boca, pero solo hasta el sonido y el ruido de la lengua; por lo demás el corazón estaba vacío de verdad. Y decían «verdad, verdad», y mucho me la decían, y en ninguna parte estaba en ellos, sino que hablaban falsedades, no solo de ti, que eres verdaderamente la verdad, sino también de estos elementos de este mundo, creación tuya, sobre los cuales debí pasar de largo, incluso cuando decían verdades los filósofos, por amor a ti, Padre mío supremo y bueno, belleza de todas las bellezas.
Oh verdad, verdad, cuán íntimamente ya entonces las médulas de mi alma suspiraban por ti, cuando ellos te hacían resonar para mí frecuente y repetidamente con la voz sola y con libros muchos y enormes. Y aquellos eran los platos en que a mí, hambriento de ti, me servían en lugar de ti el sol y la luna, obras tuyas hermosas, pero sin embargo obras tuyas, no tú, ni siquiera las primeras. Pues anteriores son tus obras espirituales que estas corporales, por más que sean luminosas y celestes.
Pero yo no tenía hambre ni sed de aquellas primeras, sino de ti misma, oh verdad, en la cual no hay mudanza ni sombra de variación. Y sin embargo seguían sirviéndome en aquellos platos fantasmas resplandecientes, con los cuales mejor era amar este sol, al menos verdadero para estos ojos, que aquellas falsedades para el alma engañada a través de los ojos. Y sin embargo, porque pensaba que eras tú, comía, no ávidamente ciertamente, porque no sabías en mi boca como eres (pues no eras tú aquellos vanos simulacros), ni me alimentaba de ellos, sino que más bien quedaba exhausto.
El alimento en sueños es muy semejante al alimento de los que velan, pero los que duermen no se alimentan con él, pues duermen. Pero aquellas cosas no se parecían en modo alguno a ti, como ahora me has dicho, porque aquellas eran fantasmas corporales, cuerpos falsos, con los cuales son más ciertos estos cuerpos verdaderos que vemos con la vista carnal, sean celestes o terrestres, junto con los ganados y las aves. Los vemos, y son más ciertos que cuando los imaginamos.
Y a su vez los imaginamos con más certeza que cuando a partir de ellos conjeturamos otras cosas más grandes e infinitas, que no existen en absoluto. Con tales cosas vacías me alimentaba yo entonces, y no me alimentaba. Pero tú, amor mío, en quien desfallezco para ser fuerte, no eres esos cuerpos que vemos aunque estén en el cielo, ni aquellos que no vemos allí, porque tú los creaste a ellos y no los tienes entre tus obras más excelentes.
Cuánto más lejos estás, pues, de aquellos fantasmas míos, fantasmas de cuerpos que no existen en absoluto. Las fantasías de los cuerpos que existen son más ciertas que ellos, y más ciertos que ellas son los cuerpos, los cuales sin embargo tú no eres. Pero ni siquiera eres el alma, que es vida de los cuerpos (por eso mejor vida de los cuerpos y más cierta que los cuerpos), pero tú eres la vida de las almas, vida de las vidas, que vives por ti misma, y no cambias, vida de mi alma.
¿Dónde estabas entonces para mí y cuán lejos? Y lejos peregrinaba yo de ti, excluido incluso de las algarrobas de los cerdos que alimentaba con algarrobas. Pues cuánto mejores las fábulas de los gramáticos y poetas que aquellos engaños. Pues los versos y el poema y Medea volando son ciertamente más útiles que los cinco elementos variadamente maquillados por causa de las cinco cavernas de las tinieblas, que no existen en absoluto y matan al que cree. Pues el verso y el poema los transfiero incluso a alimentos verdaderos; a Medea volando, aunque la cantaba, no la afirmaba, aunque la oyera cantar, no la creía.
Pero aquellas cosas las creí. ¡Ay, ay! ¡Por qué grados fui descendido a las profundidades del infierno, trabajando y agitándome por falta de la verdad, cuando te buscaba a ti, Dios mío (a ti lo confieso, que te compadeciste de mí y aún no confesaba), cuando te buscaba no según el entendimiento de la mente, en el cual quisiste que yo aventajara a las bestias, sino según el sentido de la carne! Pero tú eras más interior que lo más íntimo mío, y más alto que lo más alto mío.
Me topé con aquella mujer audaz, falta de prudencia, enigma de Salomón, sentada sobre un sillón a las puertas y diciendo: «Comed con gusto panes ocultos, y bebed agua dulce a escondidas». Ella me sedujo, porque me encontró habitando fuera en el ojo de mi carne y rumiando conmigo tales cosas como las que había devorado a través de él.
Pues no conocía otra cosa que verdaderamente es, y era como sutilmente movido a apoyar a los necios engañadores, cuando me preguntaban de dónde viene el mal, y si Dios está limitado por una forma corpórea y tiene cabellos y uñas, y si debían considerarse justos quienes tenían muchas mujeres a la vez y mataban hombres y sacrificaban animales. Ignorante de estas cosas, me perturbaba, y alejándome de la verdad me parecía que iba hacia ella, porque no sabía que el mal no es sino privación del bien hasta aquello que en absoluto no es (¿y cómo iba a verlo yo, cuyo ver llegaba hasta el cuerpo con los ojos, y hasta el fantasma con el alma?).
Y no sabía que Dios es espíritu, no uno para quien haya miembros a lo largo y a lo ancho, ni para quien el ser sea masa, porque la masa en su parte es menor que en su todo, y si es infinita, es menor en alguna parte definida por cierto espacio que por el infinito, y no está toda en todas partes como el espíritu, como Dios. Y qué era en nosotros aquello según lo cual fuéramos y se dijera rectamente en la Escritura que somos a imagen de Dios, lo ignoraba por completo.
Y no conocía la justicia verdadera interior, que no juzga según la costumbre sino según la ley rectísima de Dios omnipotente, por la cual se formarían las costumbres de las regiones y de los tiempos según las regiones y los tiempos, siendo ella en todas partes y siempre la misma, no siendo otra en otro lugar ni de otra manera en otro tiempo, según la cual fueron justos Abraham e Isaac y Jacob y Moisés y David y todos aquellos alabados por boca de Dios.
Pero son juzgados injustos por los ignorantes, que juzgan según el día humano y miden todas las costumbres del género humano por la parte de su propia costumbre, como si alguien, ignorante en un arsenal qué pieza está ajustada a qué miembro, quisiera cubrir la cabeza con la greba y calzar el pie con el casco, y murmurara porque no se ajustan bien; o como si en un día en que se ha decretado abstinencia comercial desde el mediodía, alguien se enfadara porque no se le concede exponer para la venta lo que por la mañana fue permitido;
o como si en una misma casa viera que se permite tocar algo con las manos a un criado, lo cual no se permite hacer al que sirve las copas, o que se hace algo detrás de los pesebres que se prohíbe ante la mesa, y se indignara porque, siendo una misma habitación y una sola familia, no se concede lo mismo en todas partes y a todos. Así son estos que se indignan cuando oyen que en aquel siglo fue lícito a los justos algo que en este no es lícito a los justos, y que Dios les prescribió a aquellos una cosa y a estos otra por causas temporales, sirviendo sin embargo ambos a la misma justicia, cuando en un mismo hombre y en un mismo día y en una misma casa ven que algo conviene a un miembro y otra cosa a otro, y que hace un momento era lícito algo, después de una hora no es lícito, y que algo se permite o se manda en aquel rincón, que en este otro de al lado se prohíbe y se castiga.
¿Acaso la justicia es variable y mudable? No, sino que los tiempos sobre los que preside no transcurren por igual; son tiempos. Pero los hombres, cuya vida sobre la tierra es breve, porque no son capaces con su sentido de conectar las causas de los siglos anteriores y de las demás gentes, que no han experimentado, con estas que han experimentado, mientras que en un mismo cuerpo o día o casa pueden ver fácilmente qué conviene a qué miembro, a qué momentos, a qué partes o personas, en aquellas cosas se ofenden, en estas se someten.
Estas cosas, pues, yo entonces no las sabía y no las advertía, y golpeaban por todas partes mis ojos, y no veía. Y componía poemas y no me era lícito poner cualquier pie en cualquier lugar, sino que en un metro y en otro se colocaba de manera diferente, y en un mismo verso no el mismo pie en todos los lugares. Y el arte mismo con el cual componía no tenía una cosa en un lugar y otra en otro, sino todo a la vez.
Y no veía que la justicia, a la cual servían aquellos hombres buenos y santos, tenía mucho más excelsa y sublimemente todas las cosas que prescribe a la vez y de ninguna manera variaba y sin embargo en los diversos tiempos no prescribía todo a la vez, sino que distribuía y prescribía lo propio de cada uno. Y yo, ciego, reprendía a los piadosos padres no solo por usar del presente como Dios lo mandaba e inspiraba, sino también por anunciar el futuro como Dios lo revelaba.
¿Acaso alguna vez o en algún lugar es injusto amar a Dios con todo el corazón y con toda el alma y con toda la mente, y amar al prójimo como a ti mismo? Por tanto, las infamias que son contra naturaleza han de ser detestadas y castigadas en todas partes y siempre, como fueron las de los sodomitas. Aunque todas las naciones las hicieran, quedarían sujetas por la misma responsabilidad del crimen ante la ley divina, que no hizo a los hombres para que se usaran de ese modo.
Pues se viola la sociedad misma que debe existir entre nosotros y Dios cuando esa naturaleza de la que él es autor es contaminada por la perversión de la lujuria. Pero las infamias que son contra las costumbres de los hombres han de evitarse según la diversidad de las costumbres, de modo que un pacto establecido entre sí por una ciudad o nación mediante costumbre o ley no sea violado por la pasión de ningún ciudadano o extranjero.
Pues toda parte que no concuerda con su todo es torpe. Pero cuando Dios manda algo contra la costumbre o pacto de cualesquiera, aunque nunca se haya hecho allí, ha de hacerse, y si había sido omitido, ha de restablecerse, y si no había sido instituido, ha de instituirse. Pues si es lícito a un rey en la ciudad en que reina mandar algo que ni nadie antes de él ni él mismo jamás había mandado, y no es contra la sociedad de su ciudad obedecerlo, sino que es más bien contra la sociedad no obedecerlo (pues es pacto general de la sociedad humana obedecer a sus reyes), cuánto más debe obedecerse sin vacilación a Dios, gobernador de toda su creación, en aquello que haya mandado.
Pues así como en los poderes de la sociedad humana el poder mayor se antepone al menor para la obediencia, así Dios está por encima de todos.
Igualmente en los crímenes, donde hay voluntad de dañar sea mediante ultraje sea mediante injuria, y ambos o bien por causa de venganza, como enemigo contra enemigo, o bien de conseguir alguna ventaja ajena, como el ladrón al viajero, o bien de evitar un mal, como al que se teme, o bien por envidia, como el más miserable al más feliz o el que ha prosperado en algo al que teme que se le iguale o al que le duele que sea igual, o bien por solo el placer del mal ajeno, como los espectadores de gladiadores o los que se burlan o se mofan de cualesquiera.
Estas son las cabezas de la iniquidad que brotan de la pasión de dominar, de ver y de sentir, ya una, ya dos de ellas, ya todas a la vez, y se vive mal contra los tres y los siete, el salterio de diez cuerdas, tu decálogo, oh Dios altísimo y dulcísimo. Pero ¿qué infamias contra ti, que no puedes corromperte? ¿O qué crímenes contra ti, a quien no se puede dañar? Pero castigas lo que los hombres perpetran contra sí mismos, porque incluso cuando pecan contra ti, obran impíamente contra sus propias almas, y la iniquidad se miente a sí misma o bien corrompiendo y pervirtiendo su naturaleza, que tú hiciste y ordenaste, o bien usando inmoderatamente de las cosas concedidas, o bien ardiendo hacia las no concedidas en un uso que es contra naturaleza.
O son tenidos por reos bramando con el ánimo y con palabras ferozmente contra ti y dando coces contra el aguijón, o cuando rotas las barreras de la sociedad humana se gozan audaces en conciliábulos o divisiones privadas, según que cada cosa les haya agradado u ofendido. Y esto sucede cuando tú eres abandonado, fuente de la vida, que eres el único y verdadero creador y rector del universo, y se ama con soberbia privada lo uno falso en la parte.
Así pues, con humilde piedad se vuelve a ti, y nos purificas de la mala costumbre, y eres propicio a los pecados de los que confiesan, y escuchas los gemidos de los encadenados, y nos libras de las cadenas que nos hemos hecho, si ya no alzamos contra ti los cuernos de una falsa libertad, por avaricia de tener más y con el daño de perderlo todo, amando más lo propio nuestro que a ti, el bien de todos.
Pero entre las infamias y los crímenes y tantas iniquidades están los pecados de los que progresan, que son vituperados por los que juzgan bien según la regla de la perfección y alabados por la esperanza del fruto como la hierba de la mies. Y hay algunas cosas semejantes o bien a la infamia o bien al crimen y no son pecados, porque ni te ofenden a ti, Señor Dios nuestro, ni al consorcio social, cuando se reúnen algunas cosas para uso de la vida, apropiadas y al tiempo, y es incierto si es por pasión de poseer, o cuando son castigadas por autoridad legítima con propósito de corrección, y es incierto si es por pasión de dañar.
Muchas acciones, pues, que a los hombres parecerían reprobables son aprobadas por tu testimonio, y muchas alabadas por los hombres son condenadas con tu testimonio, puesto que muchas veces se presenta de una manera la apariencia del hecho y de otra manera el ánimo del que actúa y el momento oculto del tiempo. Pero cuando tú ordenas repentinamente algo insólito e imprevisto, aunque en algún momento lo hubieras prohibido, aunque ocultes por el momento la causa de tu orden y aunque sea contra el pacto de alguna sociedad de hombres, ¿quién duda que debe hacerse, cuando es justa la sociedad de los hombres que sirve a ti?
Pero dichosos los que saben que tú lo has mandado. Pues todo lo hacen los que te sirven, ya sea para mostrar lo que es necesario para la obra presente, ya sea para anunciar el futuro.
Yo, ignorando esto, me burlaba de aquellos santos siervos y profetas tuyos. ¿Y qué hacía cuando me burlaba de ellos sino ser objeto de burla de ti, conducido insensible y paulatinamente a aquellas necedades de creer que una higuera lloraba cuando era arrancada y su madre, el árbol, lágrimas de leche? La cual higuera, sin embargo, si la comía algún santo maniqueo, arrancada por supuesto por el crimen ajeno, no por el suyo, la mezclaría en sus entrañas y exhalaría de ella ángeles, es más, partículas de Dios gimiendo en la oración y eructando.
Las cuales partículas del sumo y verdadero Dios habrían estado atadas en aquel fruto, a no ser que fueran liberadas por el diente y el vientre de los santos elegidos. Y creí, miserable, que debía mostrarse más misericordia a los frutos de la tierra que a los hombres por quienes nacían. Pues si algún hambriento que no fuera maniqueo pedía, el bocado que se le diera parecería condenado a pena capital.
Y enviaste tu mano desde lo alto y sacaste mi alma de esta profunda oscuridad, cuando mi madre, tu fiel, lloraba por mí ante ti más de lo que lloran las madres los funerales corporales. Pues ella veía mi muerte por la fe y el espíritu que tenía de ti, y la escuchaste, Señor. La escuchaste y no despreciaste sus lágrimas, cuando al fluir regaban la tierra bajo sus ojos en todo lugar de su oración; la escuchaste.
Pues ¿de dónde aquel sueño con el que la consolaste, para que consintiera en vivir conmigo y tener conmigo la misma mesa en casa (lo cual había comenzado a rehusar, apartándose y detestando las blasfemias de mi error)? Vio que ella estaba de pie sobre cierta regla de madera y que venía hacia ella un joven resplandeciente, alegre y sonriéndole, estando ella triste y consumida por la tristeza. El cual, cuando le hubo preguntado las causas de su tristeza diaria y de sus lágrimas cotidianas, para enseñarle, como es costumbre, no para aprender, y ella respondiera que lloraba mi perdición, le ordenó (para que estuviera tranquila) y le advirtió que prestara atención y viera que donde estaba ella, allí estaba también yo.
Y cuando ella prestó atención, me vio de pie junto a ella sobre la misma regla. ¿De dónde esto, sino porque tus oídos estaban junto a su corazón, oh tú, bueno y omnipotente, que cuidas así de cada uno de nosotros como si cuidaras solo de él, y así de todos como de cada uno?
¿De dónde también aquello que, cuando ella me narró aquella visión y yo intentara tergiversarlo para que ella más bien no desesperara de llegar a ser lo que yo era, al instante, sin vacilación alguna, dijo: «No, pues no se me dijo "donde él, allí también tú", sino "donde tú, allí también él"»? Te confieso, Señor, mi recuerdo, cuanto recuerdo, que muchas veces no he callado, que yo me sentí más conmovido por aquella respuesta tuya a través de mi madre vigilante, porque no se turbó por la falsedad de la interpretación tan cercana y vio tan pronto lo que había que ver (lo que yo ciertamente, antes de que lo dijera, no había visto), que incluso entonces aquel sueño por el que el gozo de aquella mujer piadosa, tanto después futuro, fue predicho con tanta antelación para consuelo de su preocupación entonces presente.
Pues siguieron casi nueve años en los que yo, revolcado en aquel limo del profundo y en las tinieblas de la falsedad, aunque muchas veces intentara levantarme y me estrellara más gravemente, fui revolcado, mientras aquella viuda casta, piadosa y sobria, de las que tú amas, ya ciertamente más alegre en la esperanza, pero no menos activa en el llanto y el gemido, no cesaba en todas las horas de sus oraciones de llorar por mí ante ti, y entraban en tu presencia sus súplicas, y sin embargo aún me dejabas girar y envolverme en aquella oscuridad.
Y diste otra respuesta entretanto, que recuerdo. Pues mucho omito, porque me apresuro a aquellas cosas que más me urgen confesarte, y mucho no recuerdo. Diste, pues, otra por medio de tu sacerdote, cierto obispo criado en la Iglesia y ejercitado en tus libros. Al cual cuando aquella mujer le rogó que se dignara hablar conmigo y refutar mis errores y desenseñarme lo malo y enseñarme lo bueno (pues hacía esto con aquellos que encontraba idóneos), no quiso él, prudentemente ciertamente, según entendí después.
Pues respondió que yo todavía era indócil, en cuanto estaba hinchado por la novedad de aquella herejía y ya había inquietado a muchos inexpertos con algunas cuestioncillas, como ella le había indicado. «Pero» dijo «déjalo allí. Solo ruega por él al Señor. Él mismo leyendo descubrirá cuál es aquel error y cuánta su impiedad». Al mismo tiempo le narró también que él mismo de niño había sido entregado a los maniqueos por su madre seducida, y no solo había leído casi todos, sino también transcrito los libros de ellos, y que le había resultado evidente, sin que nadie disputara contra él y lo convenciera, cuánto debía huirse de aquella secta; e itaque fugisse [y así había huido].
Cuando él dijo estas cosas y ella no quería conformarse, sino que insistía más suplicando y con abundantes lágrimas para que me viera y discutiera conmigo, él, ya algo molesto por el fastidio, dijo: «Vete de mí. Así vivas: no puede ser que perezca el hijo de estas lágrimas». Ella solía recordar que recibió aquello en sus conversaciones conmigo como si hubiera sonado desde el cielo.
Durante nueve años, desde mis diecinueve hasta mis veintiocho, fuimos seducidos y seducíamos, engañados y engañando en diversas pasiones; públicamente mediante las doctrinas que llaman liberales, y en secreto bajo el falso nombre de religión: aquí soberbios, allá supersticiosos, en todas partes vanidosos; por un lado persiguiendo la vacuidad de la gloria popular, hasta los aplausos teatrales, los certámenes poéticos, la competencia por coronas de paja, las frivolidades de los espectáculos y la intemperancia de las pasiones; por otro lado buscando purificarnos de esas suciedades llevando alimentos a quienes llamaban elegidos y santos, para que en el taller de su estómago fabricaran ángeles y dioses por los que fuéramos liberados.
Y seguía estas cosas y las practicaba con mis amigos, engañados por mí y conmigo. Que se rían de mí los arrogantes, los que aún no han sido postrados y quebrantados saludablemente por ti, Dios mío; pero yo confesaré mis vergüenzas en tu alabanza. Permíteme, te lo ruego, y déjame recorrer en mi memoria presente los pasados rodeos de mi error y ofrecerte un sacrificio de júbilo. Pues ¿qué soy yo sin ti sino un guía hacia el precipicio?
O ¿qué soy cuando me va bien sino alguien que mama tu leche o disfruta de ti, alimento que no se corrompe? ¿Y qué es cualquier hombre, siendo hombre? Que se rían de nosotros los fuertes y poderosos; nosotros, débiles y pobres, confesemos a ti.
Enseñaba en aquellos años el arte de la retórica, y vendía, vencido por la codicia, la locuacidad victoriosa. Pero prefería, tú lo sabes, Señor, tener buenos alumnos, como se llaman los buenos, y sin engaño les enseñaba engaños, no para que los usaran contra la vida de un inocente, sino a veces en favor de la vida de un culpable. Y tú, Dios, veías desde lejos mi fe que resbalaba en terreno inseguro y que centelleaba entre mucho humo, fe que yo mostraba en aquel magisterio ante los que aman la vanidad y buscan la mentira, siendo yo su cómplice.
En aquellos años tenía una mujer, no conocida por lo que llaman legítimo matrimonio, sino descubierta por un ardor vagabundo carente de prudencia; pero era solo una, y además le guardaba fidelidad conyugal, en cuyo caso experimentaba por propia experiencia qué distancia había entre la moderación del pacto conyugal, concertado para procrear, y el acuerdo del amor libidinoso, donde nace un hijo incluso contra nuestra voluntad, aunque una vez nacido nos obliga a amarlo.
Recuerdo también que cuando decidí participar en un certamen de poesía teatral, cierto adivino me preguntó qué estaría dispuesto a darle como recompensa para que yo venciera; yo, detestando y aborreciendo aquellos ritos sacrilegos, le respondí que ni aunque la corona fuera de oro inmortal permitiría que mataran una mosca para mi victoria. Pues él iba a inmolar animales en sus sacrificios y con esos honores parecía querer invocar demonios en mi ayuda. Pero rechacé también este mal no por pureza hacia ti, Dios de mi corazón, pues no sabía amarte a ti, que no sabía pensar más que en resplandores corporales.
Porque ¿no es fornicar lejos de ti cuando el alma suspira por tales fantasías, y confía en falsedades y se alimenta de vientos? Pero evidentemente yo no quería que me sacrificaran a los demonios, cuando yo mismo me sacrificaba a ellos con aquella superstición. Pues ¿qué otra cosa es alimentar los vientos sino alimentarlos a ellos, es decir, ser con mi error motivo de placer y burla para ellos?
Por eso no dejaba de consultar a aquellos charlatanes que llaman matemáticos, porque aparentemente no ofrecían ningún sacrificio ni dirigían plegarias a espíritu alguno para la adivinación. Sin embargo, la piedad cristiana y verdadera rechaza y condena esto consecuentemente. Pues es bueno confesarte a ti, Señor, y decir: «Ten piedad de mí; cura mi alma, porque pequé contra ti», y no abusar de tu indulgencia como licencia para pecar, sino recordar la voz del Señor: «Mira, has sido sanado; no peques más, no sea que te suceda algo peor».
Toda esta saludable advertencia intentan destruirla cuando dicen: «Del cielo te viene la causa inevitable de pecar» y «Venus hizo esto, o Saturno, o Marte», evidentemente para que el hombre no tenga culpa, carne y sangre y orgullosa podredumbre que es, sino que deba culparse al creador y ordenador del cielo y las estrellas. ¿Y quién es este sino nuestro Dios, dulzura y origen de la justicia, que dará a cada uno según sus obras y no desprecia un corazón contrito y humillado?
Había entonces un hombre sagaz, muy experto en el arte de la medicina y muy renombrado en ella, que como procónsul había puesto con su mano aquella corona de competidor sobre mi cabeza enferma, pero no como médico; pues de aquella enfermedad eres tú el sanador, que resistes a los soberbios y das gracia a los humildes. Pero ¿acaso tampoco me fallaste a través de aquel anciano, o dejaste de curar mi alma? Pues cuando me hice más cercano a él y escuchaba asiduamente y atentamente sus palabras (pues eran agradables y serias, animadas por la vivacidad de sus pensamientos aunque sin adorno verbal), cuando supo por mi conversación que yo me dedicaba a los libros de los horóscopos, me advirtió con benevolencia paternal que los desechara y no malgastara en aquella vanidad el cuidado y esfuerzo necesarios para cosas útiles, diciendo que él había estudiado aquellas cosas hasta el punto de haber querido hacer de ellas su profesión, de la que vivir en los primeros años de su vida, y que si había entendido a Hipócrates, ciertamente habría podido entender también aquellas escrituras;
sin embargo, después las había abandonado y se había dedicado a la medicina por ninguna otra razón que haber comprobado que eran completamente falsas y porque no quería, siendo hombre serio, ganarse la vida engañando a la gente. «Pero tú», dijo, «tienes la retórica para sostenerte entre los hombres; sigues esta falacia por libre decisión, no por necesidad económica. Así que con mayor razón debes creerme a mí, que me esforcé en aprenderla tan perfectamente porque quería vivir solo de ella».
Cuando yo le pregunté entonces por qué causa se pronunciaban muchas cosas verdaderas a partir de ella, respondió como pudo que lo hacía la fuerza del azar, difundida por doquier en la naturaleza de las cosas. Si cuando alguien consulta al azar las páginas de un poeta que canta y piensa en algo completamente diferente, con frecuencia sale un verso asombrosamente consonante con el asunto, decía que no era de admirar que del alma humana, por algún instinto superior que ignora lo que sucede en ella, sonara algo, no por arte sino por azar, que concordara con los hechos y acciones del consultante.
Y esto me lo procuraste tú a través de él o por medio de él, y delineaste en mi memoria lo que yo mismo debía buscar después por mi cuenta. Pero entonces ni él ni mi queridísimo Nebridio, joven muy bueno y muy casto que se burlaba de todo aquel género de adivinación, pudieron persuadirme de que desechara estas cosas, porque me movía más la autoridad de los propios autores y aún no había encontrado ninguna prueba cierta, como la que buscaba, por la cual me apareciera sin ambigüedad que lo que decían verdadero los consultados se decía por azar o suerte, no por arte de observación de las estrellas.
En aquellos años, en la época en que empecé a enseñar en el municipio donde nací, me había hecho de un amigo demasiado querido por la comunidad de estudios, de mi misma edad y floreciendo en la flor de la juventud. De niño había crecido conmigo y juntos habíamos ido a la escuela y jugado juntos. Pero aún no era entonces mi amigo, aunque tampoco después lo fue del modo en que lo es la verdadera amistad, porque no es verdadera sino cuando tú unes a los que se adhieren a ti mediante la caridad difundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.
Pero sin embargo era demasiado dulce, cocida en el fervor de estudios semejantes. Pues lo había desviado de la fe verdadera, que no poseía auténtica y profundamente siendo adolescente, hacia supersticiosas fábulas y perniciosas, por las que mi madre lloraba. Ya erraba conmigo aquel hombre en el alma, y mi alma no podía estar sin él. Y he aquí que tú, inminente sobre las espaldas de tus fugitivos, Dios de las venganzas y fuente de misericordias a la vez, que nos conviertes a ti de modos admirables, he aquí que arrebataste a aquel hombre de esta vida cuando apenas había cumplido un año en mi amistad, dulce para mí por encima de todas las dulzuras de aquella vida mía.
¿Quién enumera tus alabanzas en sí solo por lo que ha experimentado? ¿Qué hiciste entonces, Dios mío, y qué inescrutable es el abismo de tus juicios? Pues cuando él sufría de fiebres, yació largo tiempo sin conocimiento en un sudor mortal y, cuando se le dio por perdido, fue bautizado sin saberlo, sin que a mí me importara, presuponiendo que su alma retendría más bien lo que había recibido de mí que lo que se hacía en su cuerpo inconsciente.
Pero fue muy diferente: pues se recuperó y quedó a salvo, y enseguida, tan pronto como pude hablar con él (pude apenas él pudo, cuando no me separaba de él y dependíamos demasiado el uno del otro), intenté burlarme ante él del bautismo que había recibido estando ausente en mente y sentidos, pero que ya había sabido que había recibido. Pero él me miró con horror como a un enemigo y me advirtió con admirable y repentina libertad que si quería ser su amigo dejara de decirle tales cosas.
Yo, estupefacto y turbado, diferí todas mis reacciones para cuando se recuperara primero y estuviera sano en sus fuerzas, con quien pudiera tratar lo que quisiera. Pero él fue arrebatado de mi demencia para ser preservado contigo para mi consuelo. Pocos días después, estando yo ausente, lo atacaron de nuevo las fiebres y murió.
Con qué dolor se oscureció mi corazón, y todo lo que miraba era muerte. Y mi patria era un suplicio para mí y la casa paterna una desdichada extrañeza, y todo lo que había compartido con él se había convertido sin él en tormento inmenso. Lo buscaban mis ojos por todas partes y no se me daba. Y odiaba todas las cosas porque no lo tenían, y ya no podían decirme «mira, ahí viene», como cuando vivía y estaba ausente.
Me había convertido para mí mismo en una gran pregunta, e interrogaba a mi alma por qué estaba triste y por qué me turbaba tanto, y no sabía responderme. Y si decía «espera en Dios», justamente no obedecía, porque más verdadero y mejor era el hombre queridísimo que había perdido que el fantasma en el que se le mandaba esperar. Solo el llanto era dulce para mí y había sucedido a mi amigo en las delicias de mi alma.
Y ahora, Señor, ya aquello pasó, y el tiempo ha suavizado mi herida. ¿Puedo oírte a ti, que eres la verdad, y acercar el oído de mi corazón a tu boca para que me digas por qué el llanto es dulce a los desdichados? ¿O acaso tú, aunque estés presente en todas partes, has arrojado lejos de ti nuestra miseria, y tú permaneces en ti mismo mientras nosotros damos vueltas en pruebas? Y sin embargo, si no lloráramos a tus oídos, nada quedaría de nuestra esperanza.
¿De dónde entonces se recoge dulce fruto de la amargura de la vida: gemir, llorar, suspirar y quejarse? ¿Acaso es dulce en esto que esperamos que nos escuches? Rectamente esto en las plegarias, porque tienen el deseo de llegar a ti. ¿Pero también en el dolor por la cosa perdida y en el luto con que entonces estaba cubierto? Pues no esperaba que reviviera ni pedía esto con mis lágrimas, sino solo me dolía y lloraba. Pues era desdichado y había perdido mi gozo. ¿O acaso también el llanto es cosa amarga y, por fastidio de las cosas de las que antes disfrutábamos y ahora aborrecemos, nos deleita?
¿Pero por qué hablo de estas cosas? No es ahora tiempo de preguntar, sino de confesarte a ti. Desdichado era, y desdichada es toda alma encadenada por la amistad de cosas mortales, y se desgarra cuando las pierde, y entonces siente la desdicha en que está desdichada incluso antes de perderlas. Así era yo entonces y lloraba amargamente y descansaba en la amargura. Así era desdichado y tenía más cara que a mi amigo aquella vida misma desdichada.
Pues aunque quisiera cambiarla, sin embargo no querría perderla más que a él, y no sé si estaría dispuesto incluso por él, como se cuenta de Orestes y Pílades, si no es ficción, que querían morir el uno por el otro o juntos, porque les era peor que la muerte no vivir juntos. Pero en mí había surgido un afecto no sé cómo completamente contrario a este, y a la vez era gravísimo el hastío de vivir y miedo de morir.
Creo que cuanto más lo amaba, tanto más odiaba y temía a la muerte, que me lo había arrebatado, como a la más atroz enemiga, y pensaba que iba a consumir repentinamente a todos los hombres, puesto que a él había podido. Así estaba del todo, lo recuerdo. He aquí mi corazón, Dios mío, he aquí el interior. Mira, porque lo recuerdo, esperanza mía, tú que me limpias de la impureza de tales afectos, dirigiendo mis ojos hacia ti y arrancando mis pies del lazo.
Pues me asombraba que vivieran los demás mortales, porque aquel a quien amé como si no fuera a morir había muerto, y me asombraba más de que yo, que era su otro yo, viviera estando él muerto. Bien dijo alguien de su amigo que era «la mitad de su alma». Pues yo sentí que mi alma y la suya habían sido una sola alma en dos cuerpos, y por eso me horrorizaba la vida, porque no quería vivir a medias, y por eso quizá temía morir, para que no muriera totalmente aquel a quien mucho había amado.
Oh demencia que no sabe amar humanamente a los hombres, oh necio hombre que padece inmoderadamente cosas humanas, que es lo que yo era entonces. Así que me agitaba, suspiraba, lloraba, me turbaba, y no había descanso ni consejo. Pues llevaba mi alma desgarrada y ensangrentada, impaciente de ser llevada por mí, y no encontraba dónde ponerla. No en los bosques amenos, no en los juegos y cantos, ni en los lugares de olor suave, ni en los banquetes preparados, ni en el placer del lecho y del descanso, ni siquiera en los libros y poemas reposaba.
Todo me horrorizaba y la luz misma, y todo lo que no era él era improbable y odioso excepto el gemido y las lágrimas: pues solo en ellas había algún pequeño descanso. Pero cuando de ahí era apartada mi alma, me cargaba con gran peso de miseria. Debía ser elevada y curada hacia ti, Señor, lo sabía, pero ni quería ni podía, tanto más cuanto que no eras para mí algo sólido y firme cuando pensaba en ti.
Pues no eras tú, sino un vano fantasma, y mi error era mi dios. Si intentaba poner ahí mi alma para que descansara, resbalaba por el vacío y caía de nuevo sobre mí, y yo me había quedado para mí mismo como lugar infeliz, donde no podía estar ni de donde podía marcharme. ¿Pues a dónde huiría mi corazón de mi corazón? ¿A dónde huiría de mí mismo? ¿A dónde no me seguiría? Y sin embargo huí de mi patria. Pues mis ojos lo buscaban menos donde no solían verlo, y de la ciudad de Tagaste vine a Cartago.
Los tiempos no están vacíos ni pasan ociosamente por nuestros sentidos: producen obras admirables en el alma. He aquí que venían y pasaban día tras día, y viniendo y pasando me insertaban otras esperanzas y otras memorias, y poco a poco me remendaban con los anteriores géneros de placeres, a los que cedía aquel dolor mío; pero les sucedían no ciertamente otros dolores, pero sí las causas de otros dolores. Pues ¿de dónde me había penetrado tan fácilmente y hasta lo más íntimo aquel dolor, sino porque había derramado en la arena mi alma amando a un mortal como si no fuera a morir?
Ciertamente me restauraban y recreaban sobre todo los consuelos de otros amigos, con los que amaba lo que amaba en lugar de ti, y esto era una fábula inmensa y mentira prolongada, con cuya adulterina fricción se corrompía nuestra mente que picaba en los oídos. Pero aquella fábula no se me moría si moría alguno de mis amigos. Había otras cosas que en ellos cautivaban más el alma: conversar y reír juntos y hacernos mutuamente favores benévolos, leer juntos libros dulcemente escritos, bromear juntos y honrarnos mutuamente, disentir a veces sin odio, como uno mismo consigo mismo, y con aquella rarísima disensión condimentar las muchísimas coincidencias, enseñar algo mutuamente o aprender uno del otro, añorar con molestia a los ausentes, recibir con alegría a los que llegan: estas y semejantes señales procedentes del corazón de los que aman y son amados a su vez, mediante la boca, la lengua, los ojos y mil movimientos gratísimos, eran como leña para fundir las almas y de muchas hacer una.
Esto es lo que se ama en los amigos, y se ama de tal modo que la conciencia humana se considera culpable si no amó al que le ama o si no correspondió al amor del que ama, sin buscar nada de su cuerpo excepto las señales de benevolencia. De ahí aquel luto si alguien muere, y las tinieblas de los dolores, y el corazón empapado por la dulzura convertida en amargura, y de la vida perdida de los que mueren, la muerte de los que viven.
Bienaventurado quien te ama a ti y al amigo en ti y al enemigo por ti. Pues solo no pierde ningún ser querido aquel para quien todos son queridos en quien no se pierde. ¿Y quién es este sino nuestro Dios, el Dios que hizo el cielo y la tierra y los llena, porque llenándolos los hizo? A ti nadie te pierde sino quien te deja, y porque te deja ¿a dónde va o a dónde huye sino de ti apacible a ti airado? Pues ¿dónde no encuentra tu ley en su castigo? Y tu ley es la verdad, y la verdad eres tú.
Dios de las virtudes, conviértenos y muestra tu rostro, y seremos salvos. Pues hacia dondequiera que se vuelva el alma del hombre, se clava en dolores fuera de ti, aunque se clave en cosas bellas fuera de ti y fuera de sí. Que sin embargo no serían nada si no fueran de ti. Que nacen y mueren, y naciendo como que comienzan a ser, y crecen para perfeccionarse, y perfeccionadas envejecen y perecen; y no todas envejecen, pero todas perecen.
Entonces cuando nacen y tienden a ser, cuanto más rápidamente crecen para ser, tanto más se apresuran a no ser: tal es su medida. Tanto les diste, porque son partes de cosas que no son todas a la vez, sino que decediendo y sucediéndose constituyen todas el universo del que son partes. (He aquí que así se realiza también nuestro discurso mediante signos sonoros. Pues no será discurso completo si una palabra no se retira cuando haya sonado sus partes, para que otra la suceda.) Alábete a ti por estas cosas mi alma, Dios, creador de todas, pero no se clave en ellas con el pegamento del amor mediante los sentidos del cuerpo.
Pues van hacia donde iban para no ser, y la desgarran con deseos pestilentes, porque ella misma quiere ser y ama descansar en lo que ama. Pero en aquellas cosas no hay dónde, porque no permanecen: huyen, ¿y quién las sigue con el sentido de la carne? ¿O quién las comprende incluso cuando están presentes? Pues tardo es el sentido de la carne, porque es sentido de la carne: esa es su medida. Basta para otra cosa, para la que fue hecho, pero no basta para retener las cosas que transcurren desde el debido comienzo hasta el debido fin. Pues en tu palabra, por la que son creadas, ahí oyen: «De aquí» y «hasta aquí».
No seas vana, alma mía, y no te ensordezcan en el oído del corazón el tumulto de tu vanidad. Escucha también tú: la palabra misma clama para que vuelvas, y ahí está el lugar de quietud imperturbable, donde no es abandonado el amor si él no abandona. He aquí que aquellas cosas se van para que otras sucedan, y por todas sus partes se constituye la ínfima universalidad. «¿Acaso yo me voy a alguna parte?», dice la palabra de Dios.
Ahí fija tu morada, ahí encomienda todo lo que de ahí tienes, alma mía; al menos fatigada de engaños, encomienda a la verdad todo lo que es tuyo de la verdad, y no perderás nada, y reflorecerán tus podredumbres, y sanarán todas tus languideces, y tus cosas fluidas se reformarán y renovarán y se constreñirán a ti, y no te harán descender a donde ellas descienden, sino que estarán contigo y permanecerán ante el Dios que siempre está y permanece.
¿Por qué seguir perversa a tu carne? Que ella te siga a ti convertida. Todo lo que sientes por ella está en parte, e ignoras el todo del que estas son partes, y sin embargo te deleitan. Pero si tu sentido de la carne fuera idóneo para comprender el todo, y no hubiera recibido él también en parte del universo una justa medida como castigo tuyo, querrías que transitara todo lo que existe en el presente para que todas las cosas te agradaran más.
Pues también lo que hablamos lo oyes mediante el mismo sentido de la carne, y no quieres ciertamente que permanezcan las sílabas sino que pasen volando para que vengan otras y oigas el todo. Así siempre todas las cosas de las que consta algo uno (y no son todas a la vez las cosas de que consta): todas deleitan más que las singulares, si pueden sentirse todas. Pero mucho mejor que estas es quien hizo todas, y ese es nuestro Dios, y no se va, porque nadie lo sucede.
Si agradan los cuerpos, alaba a Dios por ellos y vuelve tu amor al artífice de ellos, para que no le desagrades tú en las cosas que te agradan. Si agradan las almas, que sean amadas en Dios, porque también ellas son mudables y en él se fijan y estabilizan: de otro modo irían y perecerían. En él entonces sean amadas, y arrebata hacia él contigo a cuantas puedas y diles: «A este amemos: él hizo estas cosas y no está lejos.
Pues no hizo y se fue, sino que de él están en él. He aquí dónde está, donde se saborea la verdad: es íntimo al corazón, pero el corazón se extravió de él. Volved, prevaricadores, al corazón y adheríos a quien os hizo. Permaneced con él y permaneceréis, descansad en él y estaréis quietos. ¿A dónde vais por lugares ásperos? ¿A dónde vais? El bien que amáis es de él: pero en cuanto es hacia él, es bueno y suave; pero se volverá amargo con justicia, porque injustamente es amado, abandonado él, lo que es de él.
¿Para qué seguís caminando y más caminando por caminos difíciles y laboriosos? No está el descanso donde lo buscáis. Buscad lo que buscáis, pero no está ahí donde buscáis. Buscáis la vida bienaventurada en la región de la muerte: no está ahí. ¿Cómo puede estar la vida bienaventurada donde no está ni siquiera la vida?
Bajó nuestra muerte y la mató con la abundancia de su vida, y tronó, clamando para que volvamos de aquí hacia él, hacia aquel secreto de donde procedió hacia nosotros, primero al vientre virginal donde se desposó con él la criatura humana, carne mortal, para que no fuera siempre mortal. Y de ahí como esposo que sale de su tálamo exultó como gigante para correr el camino. Pues no tardó, sino que corrió clamando con palabras, hechos, muerte, vida, descenso, ascenso, clamando para que volvamos a él: y se apartó de los ojos para que volvamos al corazón y lo encontremos.
Pues se fue y he aquí que está aquí. No quiso estar con nosotros mucho tiempo y no nos abandonó. Pues se fue a donde nunca se había ido, porque el mundo fue hecho por él y estaba en este mundo y vino a este mundo para salvar a los pecadores. A él mi alma confiesa y él la sana, porque pecó contra él. Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo pesados de corazón? ¿Acaso también después del descenso de la vida no queréis ascender y vivir?
Pero ¿a dónde ascendéis cuando estáis en alto y habéis puesto en el cielo vuestra boca? Descended para ascender, y ascender a Dios. Pues caísteis ascendiendo contra Dios. Diles estas cosas para que lloren en el valle del llanto, y así arrebátalos contigo hacia Dios, porque es de su espíritu que les dices esto, si lo dices ardiendo en el fuego de la caridad.
Estas cosas entonces no las conocía, y amaba las bellezas inferiores e iba hacia lo profundo, y decía a mis amigos: «¿Acaso amamos algo que no sea bello? ¿Qué es entonces lo bello? ¿Y qué es la belleza? ¿Qué es lo que nos atrae y nos une a las cosas que amamos? Pues si no hubiera en ellas gracia y hermosura, de ningún modo nos moverían hacia sí». Y observaba y veía en los mismos cuerpos que una cosa es el ser como un todo y por eso bello, y otra cosa que es decorosa porque se acomoda apropiadamente a algo, como una parte del cuerpo a su todo o un calzado al pie y cosas semejantes.
Y esta consideración brotó en mi ánimo desde lo íntimo de mi corazón, y escribí unos libros «Sobre lo bello y lo apto», creo que dos o tres: tú lo sabes, Dios, pues se me olvida. Pues no los tenemos, sino que se nos perdieron no sé de qué modo.
¿Pero qué fue lo que me movió, Señor Dios mío, a escribir aquellos libros a Hierio, orador de la ciudad de Roma? A quien no conocía de cara, pero amaba al hombre por la fama de su ciencia, que era ilustre para él, y algunas palabras suyas había oído y me habían agradado. Pero me agradaba más porque agradaba a otros y lo enaltecían con alabanzas, asombrándose de que de un hombre sirio, primero instruido en elocuencia griega, después hubiera surgido también un orador admirable en latín y fuera muy sabio en materias pertenecientes al estudio de la sabiduría.
Se alaba a un hombre y se le ama ausente. ¿Acaso entra de la boca del que alaba en el corazón del que oye aquel amor? Lejos de eso. Pero por otro amante se enciende otro. De ahí se ama al que es alabado, cuando se cree que el que alaba lo proclama con corazón no falaz, es decir, cuando el que lo ama lo alaba.
Pues así entonces amaba yo a los hombres según el juicio de los hombres, no según el tuyo, Dios mío, en el que nadie se engaña. Pero sin embargo ¿por qué no como se ama a un auriga noble o a un cazador famoso por los estudios populares, sino de modo muy diferente y serio, y así como yo mismo querría ser alabado? Pues no querría ser alabado y amado como los histriones, aunque yo mismo los alabara y amara, sino prefiriendo permanecer oculto que ser así conocido y más bien ser odiado que ser así amado.
¿Dónde se distribuyen estos pesos de amores variados y diversos en una sola alma? ¿Qué es lo que amo en otro que, de nuevo, si no odiara, no detestara y rechazara de mí, siendo ambos humanos? Pues no se ama a un buen caballo por aquel que no querría ser esto aunque pudiera. Esto debe decirse también del histrión, que es compañero de nuestra naturaleza. ¿Entonces amo en el hombre lo que odio ser, siendo yo hombre? Profundo abismo es el mismo hombre, cuyos cabellos tú, Señor, tienes contados y no disminuyen en ti: y sin embargo los cabellos de su cabeza son más contables que sus afectos y los movimientos de su corazón.
Pero aquel orador era del género que yo amaba de tal modo que quería ser yo tal. Y erraba con hinchazón y era llevado por todo viento, y demasiado ocultamente era gobernado por ti. ¿Y de dónde sé y de dónde confieso con certeza a ti que lo había amado más por amor de los que lo alababan que por las cosas mismas por las que era alabado? Porque si esos mismos lo hubieran vituperado en vez de alabarlo, y vituperando y despreciando hubieran narrado esas mismas cosas, no me habría encendido ni excitado en él, y ciertamente las cosas no serían otras ni el hombre mismo otro, sino solo otro el afecto de los narradores.
He aquí dónde yace el alma débil que aún no se adhiere a la solidez de la verdad: según soplen las auras de las lenguas desde los pechos de los opinantes, así es llevada y vuelta, retorcida y vuelta atrás, y se le nubla la luz y no se percibe la verdad, y he aquí que está ante nosotros. Y era cosa grande para mí que mi discurso y mis estudios se hicieran conocidos de aquel hombre. Si los aprobaba, ardería más; pero si los desaprobaba, se heriría mi corazón vano y vacío de tu solidez.
Y sin embargo volvía gustosamente en mi ánimo aquel hermoso y apto sobre lo que le había escrito, y lo contemplaba ante el rostro de mi contemplación y no había nadie que lo alabara conmigo.
Pero el gozne de cosa tan grande no lo veía todavía en tu arte, omnipotente, que haces maravillas solo tú, y mi ánimo pasaba por formas corpóreas y definía y distinguía lo bello, que es por sí mismo, y lo apto, que es decoroso por acomodarse a algo, y lo afirmaba con ejemplos corporales. Y me volví hacia la naturaleza del alma, y no me dejaba la falsa opinión que tenía sobre las cosas espirituales percibir lo verdadero.
Y la misma fuerza de la verdad irrumpía en mis ojos, y yo apartaba la mente palpitante de la realidad incorpórea hacia los lineamientos, colores y magnitudes hinchadas, y porque no podía ver estas cosas en el alma, pensaba que no podía ver el alma. Y como en la virtud amaba la paz, y en la vicio odiaba la discordia, notaba en aquella la unidad, y en esta cierta división, y en aquella unidad me parecía que estaban la mente racional y la naturaleza de la verdad y del sumo bien, pero en esta división pensaba desgraciadamente que había no sé qué sustancia de vida irracional y naturaleza del sumo mal, que no solo fuera sustancia sino completamente vida, y sin embargo no fuera de ti, Dios mío, de quien son todas las cosas.
Y a aquella la llamaba «mónada», como mente sin sexo alguno, pero a esta «díada», la ira en las acciones criminales, la lujuria en las acciones vergonzosas, no sabiendo de qué hablaba. Pues no había conocido ni aprendido que el mal no es sustancia alguna ni nuestra misma mente es el sumo e inconmutable bien.
Pues así como son crímenes si es vicioso aquel movimiento del alma en el que está el ímpetu y se arroja insolente y turbulentamente, y acciones vergonzosas si es inmoderado aquel afecto del alma con que se beben las voluptuosidades carnales, así los errores y falsas opiniones contaminan la vida si la mente racional misma es viciosa, como lo era entonces en mí al no saber que debía ser iluminada por otra luz para ser partícipe de la verdad, porque ella no es la naturaleza de la verdad, «pues tú iluminarás mi lámpara, Señor.
Dios mío, iluminarás mis tinieblas, y de tu plenitud todos nosotros recibimos». Pues tú eres la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, porque en ti no hay cambio ni sombra de variación.
Pero yo intentaba ir hacia ti y era rechazado por ti para que saboreara la muerte, porque «resistes a los soberbios». ¿Pues qué más soberbio que afirmar con increíble demencia que yo era por naturaleza lo que eres tú? Pues como yo era mudable, y esto me era manifiesto, porque ciertamente deseaba ser sabio precisamente para hacerme mejor de peor, prefería sin embargo incluso opinar que tú eras mudable que no ser yo lo que tú eres. Por eso era rechazado y resistías a mi ventosa cerviz, e imaginaba formas corpóreas, y siendo carne acusaba a la carne, y siendo espíritu que camina no volvía aún a ti, y caminando caminaba en cosas que no son, ni en ti ni en mí ni en el cuerpo, y no eran creadas para mí por tu verdad, sino fingidas por mi vanidad a partir del cuerpo.
Y decía a tus pequeños fieles, mis conciudadanos, de los que sin saberlo estaba desterrado, les decía parlanchín e ineptos: «¿Por qué erra el alma que hizo Dios?» Y no quería que me dijeran a mí: «¿Por qué entonces erra Dios?» Y afirmaba más que tu sustancia inconmutable era forzada a errar que confesar que mi sustancia mudable se había desviado por su voluntad y erraba como castigo.
Y tenía quizá unos veintiséis o veintisiete años cuando escribí aquellos volúmenes, revolviendo en mí figuraciones corporales que atronaban los oídos de mi corazón, los cuales yo tendía, dulce verdad, a tu melodía interior, pensando sobre lo bello y lo apto, y deseando permanecer y oírte y gozar con gozo por la voz del esposo, y no podía, porque por las voces de mi error era arrebatado fuera y por el peso de mi soberbia caía a lo más bajo. Pues no dabas a mi oído gozo y alegría, ni exultaban los huesos que no habían sido humillados.
¿Y de qué me servía que a los veinte años aproximadamente, cuando llegaron a mis manos ciertas obras de Aristóteles que llaman las diez categorías (de cuyo nombre, cuando mi maestro el rétor de Cartago las mencionaba con mejillas hinchadas de soberbia y otros que eran tenidos por doctos, yo quedaba suspenso y boquiabierto como hacia no sé qué cosa grande y divina), las leí solo y las entendí? Pues cuando las comparé con quienes decían que apenas las habían entendido con maestros eruditísimos, no solo hablando sino dibujando muchas cosas en el polvo, no pudieron decirme nada diferente de lo que yo había conocido leyendo solo por mi cuenta.
Y me parecían hablar bastante claramente sobre sustancias, como es el hombre, y lo que hay en ellas, como es la figura del hombre, cómo es, y la estatura, cuántos pies mide, y el parentesco, de quién es hermano, o dónde está situado o cuándo nació, o si está de pie o sentado, o si está calzado o armado, o si hace algo o padece algo, y cuantas cosas en estos nueve géneros, de los cuales puse algunos a modo de ejemplo, o en el mismo género de sustancia se encuentran innumerables.
¿De qué me servía esto, cuando también me perjudicaba, cuando a ti, Dios mío, maravillosamente simple e inconmutable, pensando que todo lo que es se comprendía en aquellas diez categorías, intentaba entenderte de tal modo como si también tú estuvieras sometido a tu grandeza o hermosura, de modo que estas estuvieran en ti como en un sujeto al modo en que están en un cuerpo, cuando tu grandeza y tu hermosura eres tú mismo, mientras que un cuerpo no es grande y hermoso por ser cuerpo, pues aunque fuera menos grande y menos hermoso, no por eso dejaría de ser cuerpo?
Pues era falsedad lo que pensaba de ti, no verdad, y figuraciones de mi miseria, no fundamentos de tu bienaventuranza. Pues habías ordenado, y así se cumplía en mí, que la tierra me produjera espinas y abrojos y con trabajo llegara a mi pan.
¿Y de qué me servía que todos los libros de las artes que llaman liberales, siendo entonces malísimo esclavo de malas concupiscencias, los leí por mí mismo y entendí cuantos pude leer? Y me gozaba en ellos, e ignoraba de dónde venía todo lo que había en ellos de verdadero y cierto. Pues tenía la espalda a la luz y la cara hacia las cosas iluminadas, por donde mi misma cara, con que percibía las cosas iluminadas, no estaba iluminada.
Todo lo relativo al arte de hablar y disputar, todo lo relativo a las dimensiones de las figuras, a la música y a los números, sin gran dificultad y sin que nadie me enseñara lo entendí. Tú lo sabes, Señor Dios mío, porque tanto la rapidez de entender como la agudeza de discernir es don tuyo. (Pero no te sacrificaba por ello; así que me servía no para uso sino más bien para perdición, porque me esforcé por tener tan buena parte de mi sustancia en mi poder y no guardaba mi fuerza para ti, sino que marché de ti a una región lejana para disiparla en meretrices concupiscencias.) Pues ¿de qué me servía la cosa buena si no la usaba bien?
No sentía que aquellas artes se entendían dificilísimamente incluso por los estudiosos e ingeniosos, sino cuando intentaba explicárselas a ellos, y era el más excelente en ellas el que al explicarlas yo no me seguía con demasiada lentitud.
Pero ¿de qué me servía esto, pensando que tú, Señor Dios verdad, eras un cuerpo lúcido e inmenso y yo un fragmento de aquel cuerpo? ¡Excesiva perversidad! Pero así era y no me avergüenzo, Dios mío, de confesar a ti en mí tus misericordias e invocarte a ti, yo que no me avergoncé entonces de profesar ante los hombres mis blasfemias y ladrar contra ti. ¿De qué me servía entonces el ingenio ágil para aquellas doctrinas y desenredados sin ayuda de ningún maestro humano tantos libros tan nudosos, cuando erraba deformemente y con sacrílega torpeza en la doctrina de la piedad?
¿O qué tanto obstáculo era para tus pequeñitos un ingenio mucho más tardo, cuando no se alejaban lejos de ti para emplumarse seguros en el nido de tu Iglesia y nutrir las alas de la caridad con el alimento de la fe sana? Oh Señor Dios nuestro, en el amparo de tus alas esperemos, y protégenos y llévanos. Tú llevarás a los pequeñitos y hasta la vejez tú llevarás, porque nuestra firmeza, cuando eres tú, entonces es firmeza, pero cuando es nuestra, es debilidad.
Vive ante ti siempre nuestro bien, y porque nos apartamos de ahí, nos pervertimos. Volvamos ya, Señor, para que no seamos subvertidos, porque vive ante ti sin defecto alguno nuestro bien, que eres tú mismo, y no tememos que no haya dónde volver, porque nosotros nos despeñamos de ahí. Pero en nuestra ausencia no se derrumba nuestra casa, tu eternidad.
Recibe el sacrificio de mis confesiones de mano de mi lengua (que formaste y excitaste para que confesara tu nombre), y sana todos mis huesos, y que digan: «Señor, ¿quién hay semejante a ti?». Pues no le enseña qué sucede en su interior quien te confiesa, porque tu mirada no la excluye un corazón cerrado ni tu mano la rechaza la dureza de los hombres, sino que tú la disuelves cuando quieres, ya sea compadeciendo o castigando, y no hay quien se esconda de tu calor.
Pero alábete mi alma para amarte, y confiésete tus misericordias para alabarte. No cesa ni calla tus alabanzas toda tu creación, ni el espíritu de cada uno por boca vuelta hacia ti, ni los animales ni los seres corpóreos por boca de quienes los contemplan, para que de ellos se levante hacia ti nuestra alma desde su cansancio, apoyándose en las cosas que hiciste y pasando hacia ti, que hiciste todo esto de modo admirable. Y allí está el descanso y la verdadera fuerza.
Que se vayan y huyan de ti los inquietos malvados. Y tú los ves y distingues las sombras, y mira, todo con ellos es hermoso y ellos mismos son repugnantes. ¿Y en qué te dañaron? ¿O en qué deshonraron tu poder, justo e íntegro desde los cielos hasta lo más bajo? ¿Pues adónde huyeron cuando huían de tu presencia? ¿O dónde no los encuentras tú? Pero huyeron para no verte viéndolos a ellos, y cegados tropezaron contigo, porque tú no abandonas nada de lo que hiciste; tropezaron contigo los injustos y justamente fueron castigados, sustrayéndose de tu mansedumbre y tropezando con tu rectitud y cayendo en tu aspereza.
Evidentemente no saben que tú estás en todas partes, a ti a quien ningún lugar circunscribe, y que solo tú estás presente incluso para quienes se alejan de ti. Que se conviertan, pues, y te busquen, porque tú no abandonaste tu creación como ellos abandonaron a su creador: que se conviertan. Y mira, allí estás tú en el corazón de ellos, en el corazón de quienes te confiesan y se arrojan en ti y lloran en tu seno tras sus difíciles caminos.
Y tú enjugas bondadosamente sus lágrimas, y lloran más y se gozan en el llanto, porque tú, Señor, no un hombre cualquiera, carne y sangre, sino tú, Señor, que los hiciste, los rehaces y los consuelas. ¿Y dónde estaba yo cuando te buscaba? Y tú estabas delante de mí, pero yo me había apartado incluso de mí mismo y no me encontraba: ¡cuánto menos a ti!
Voy a exponer ante la mirada de mi Dios aquel año trigésimo de mi vida. Ya había llegado a Cartago un tal obispo de los maniqueos, de nombre Fausto, gran trampa del diablo, y muchos quedaban atrapados en ella por el atractivo de su elocuencia. Aunque yo ya la alababa, sin embargo la distinguía de la verdad de las cosas que ansiaba aprender, y no prestaba atención a qué clase de recipiente tenían sus palabras, sino a qué alimento de sabiduría me ofrecía aquel Fausto tan renombrado entre ellos.
Pues su fama me había anunciado de antemano que era muy versado en todas las doctrinas nobles y especialmente erudito en las disciplinas liberales. Y como yo había leído muchas obras de los filósofos y las conservaba en la memoria, comparaba algunas de ellas con aquellas largas fábulas de los maniqueos, y me parecían más probables las cosas que dijeron aquellos que alcanzaron el poder suficiente como para apreciar el mundo, aunque de ningún modo encontraron a su Señor.
Porque tú eres grande, Señor, y miras a los humildes, pero conoces de lejos a los soberbios, y no te acercas sino a los de corazón contrito, ni te encuentran los soberbios, aunque con habilidad curiosa cuenten las estrellas y la arena y midan las regiones siderales y rastreen los caminos de los astros.
Descubrieron y anunciaron con muchos años de antelación los eclipses de las luminarias del sol y de la luna, en qué día, a qué hora, en qué proporción habrían de suceder, y el cálculo no los engañó. Y sucedió tal como lo anunciaron, y escribieron reglas indagadas, y se leen hoy y de ellas se anuncia en qué año y en qué mes del año y en qué día del mes y a qué hora del día y en qué parte de su luz va a eclipsarse la luna o el sol: y sucederá tal como se anuncia.
Y se maravillan de estas cosas los hombres y se asombran quienes no las conocen, y se regocijan y se envanecen quienes las conocen, y por impiedad soberbia retirándose y apartándose de tu luz tanto tiempo antes prevén un futuro eclipse del sol, y en el presente no ven el suyo propio (pues no buscan religiosamente de dónde tienen el ingenio con el que buscan estas cosas), y descubriendo que tú los hiciste, no se entregan a ti para que conserves lo que hiciste, y matan para ti lo que ellos mismos se hicieron, y sacrifican sus soberbias como las aves, y sus curiosidades como los peces del mar por los que recorren los caminos secretos del abismo, y sus lujurias como el ganado del campo, para que tú, Dios, fuego devorador, consumas sus preocupaciones muertas, recreándolos inmortalmente.
Pero no conocieron el camino, tu Palabra, por la cual hiciste lo que ellos cuentan y a ellos mismos que cuentan, y el sentido con que perciben lo que cuentan y la mente con la que cuentan: y de tu sabiduría no hay número. Pero el mismo Unigénito se hizo para nosotros sabiduría y justicia y santificación, y fue contado entre nosotros, y pagó el tributo al César. No conocieron este camino por el que descender de sí mismos a él y por él ascender a él.
No conocieron este camino, y piensan ser elevados con las estrellas y luminosos, y mira, cayeron a tierra, y su necio corazón se oscureció. Y dicen muchas cosas verdaderas sobre la creación, y a la verdad, artífice de la creación, no la buscan piadosamente, y por eso no la encuentran, o si la encuentran, conociendo a Dios no lo honran como a Dios ni le dan gracias, y se desvanecen en sus pensamientos, y dicen ser sabios atribuyéndose lo que es tuyo, y por eso se esfuerzan con perversísima ceguera en atribuirte incluso a ti lo que es de ellos, es decir, achacándote a ti, que eres la verdad, sus mentiras, y cambiando la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible y de aves y de cuadrúpedos y de serpientes, y convierten tu verdad en mentira, y honran y sirven a la criatura antes que al creador.
Sin embargo, yo conservaba muchas cosas verdaderas dichas por ellos sobre la misma creación, y me salía al paso la razón por los números y el orden de los tiempos y los testimonios visibles de los astros, y las comparaba con las palabras de Manes, que sobre estas cosas escribió mucho delirando copiosamente, y no me salía al paso razón alguna ni de los solsticios y equinoccios ni de los eclipses de las luminarias ni de nada semejante que había aprendido en los libros de la sabiduría secular.
Allí, en cambio, se me ordenaba creer, y no correspondía a aquellas razones exploradas con números y con mis propios ojos, y era muy diferente.
¿Acaso, Señor Dios de la verdad, quien conoce estas cosas ya te agrada? Pues infeliz es el hombre que sabe todo eso pero no te conoce a ti; pero feliz quien te conoce, aunque ignore aquello. Y quien te conoce a ti y a aquello, no es más feliz por aquello, sino feliz solo por ti, si conociéndote te glorifica como a ti y te da gracias, y no se desvanece en sus pensamientos. Pues así como es mejor quien sabe poseer un árbol y por su uso te da gracias, aunque no sepa cuántos codos de alto tiene o cuánta anchura se extiende, que aquel que lo mide y cuenta todas sus ramas y ni lo posee ni conoce ni ama a su creador, así el hombre fiel, cuyo mundo entero de riquezas es y como sin tener nada lo posee todo adhiriéndose a ti, a quien todas las cosas sirven, aunque ni siquiera conozca los giros de la Osa Mayor, es absurdo dudar que sin duda es mejor que el que mide el cielo y cuenta las estrellas y pesa los elementos y te descuida a ti, que todo lo dispusiste en medida y número y peso.
Pero sin embargo, ¿quién pidió a un tal Manes que escribiera también sobre estas cosas, sin cuyo conocimiento puede aprenderse la piedad? Pues dijiste al hombre: «Mira, la piedad es la sabiduría». Esta podría ignorarla aunque conociera perfectamente aquellas cosas; pero como no conocía estas, atreviéndose muy impudentemente a enseñarlas, de ningún modo podía conocer aquella. Pues es vanidad profesar mundanamente incluso estas cosas cuando se conocen, pero piedad confesarte a ti. Por esto aquel extraviado habló tanto sobre estas cosas para que, convicto por quienes verdaderamente las habían aprendido, se conociera manifiestamente cuál era su entendimiento en las demás cosas más ocultas.
Pues no quiso ser estimado en poco, sino que intentó persuadir de que el Espíritu Santo, consolador y enriquecedor de tus fieles, residía personalmente en él con plena autoridad. Así pues, cuando se descubría que había dicho cosas falsas sobre el cielo y las estrellas y sobre los movimientos del sol y de la luna, aunque estas cosas no pertenecen a la doctrina de la religión, sin embargo su audacia sacrílega sobresalía bastante, pues decía tales cosas no solo ignoradas sino incluso falsas con tan insana vanidad de soberbia, que se esforzaba en atribuírselas como si fueran de persona divina.
Pues cuando oigo que algún hermano cristiano ignora estas cosas y opina una cosa por otra, contemplo pacientemente al hombre en su opinión y no veo que le perjudique, con tal de que no crea cosas indignas sobre ti, Señor creador de todas las cosas, si por casualidad ignora la posición y naturaleza de la criatura corporal. Pero sí le perjudica si piensa que esto pertenece a la misma forma de la doctrina de la piedad y se atreve a afirmar pertinazmente lo que ignora.
Pero incluso tal debilidad en la cuna de la fe es sostenida por la madre caridad, hasta que se levante el hombre nuevo hacia el varón perfecto y no pueda ser llevado por todo viento de doctrina. Pero en aquel que fue maestro, que fue autor, que fue guía y príncipe de quienes persuadía tales cosas, de modo que quienes lo seguían creyeran que seguían no a un hombre cualquiera sino a tu Espíritu Santo, ¿quién juzgaría que tal demencia, cuando en algún punto fuera convicto de haber dicho falsedades, no debía ser detestada y completamente rechazada?
Pero todavía no había averiguado con claridad si según sus palabras podían explicarse también las alternativas de días y noches más largos y más cortos y de la misma noche y del día y los eclipses de las luminarias y todo lo de este tipo que había leído en otros libros, de modo que, si por casualidad pudiera, me quedara incierto sobre si así era la realidad o así, pero pusiera por delante de mi fe su autoridad a causa de su santidad creída.
Y durante casi nueve años en que los escuché con ánimo vagabundo y con deseo demasiado intenso esperé la venida de este Fausto. Pues los demás de ellos con quienes por casualidad me topaba, cuando fracasaban ante tales cuestiones que yo les planteaba, me prometían a aquel, con cuya llegada y conversación conmigo se me aclararían muy fácilmente estas cosas y si acaso buscaba otras mayores se me explicarían con toda claridad. Así que cuando llegó, experimenté que era un hombre agradable y jovial en sus palabras y que charlaba mucho más suavemente sobre las mismas cosas que ellos suelen decir.
Pero ¿qué importaba para mi sed el más elegante servidor de copas preciosas? Ya estaban saciados de tales cosas mis oídos, y no me parecían mejores porque se dijeran mejor, ni verdaderas porque fueran elocuentes, ni sabia el alma porque el rostro fuera apropiado y el discurso elegante. Pero quienes me lo prometían no eran buenos apreciadores de las cosas, y por eso les parecía prudente y sabio, porque les deleitaba hablando. Pero yo había captado otro género de hombres que incluso tienen la verdad por sospechosa y no quieren aceptarla si se ofrece con un discurso compuesto y abundante.
Pero tú, Dios mío, ya me habías enseñado de modos admirables y ocultos (y por eso creo que tú me lo enseñaste, porque es verdad, y no hay otro maestro de la verdad fuera de ti, dondequiera y de dondequiera que resplandezca), ya entonces había aprendido de ti que no debe parecer que algo se dice con verdad porque se diga elocuentemente, ni que es falso porque suenan desordenadas las señales de los labios; a la inversa, ni es verdadero porque se enuncia sin pulir, ni falso porque el discurso es espléndido, sino que la sabiduría y la estulticia son como los alimentos útiles e inútiles, y las palabras ornadas y sin ornato como las vajillas urbanas y rústicas: ambos alimentos pueden servirse en ambas vajillas.
Así pues, mi ansia, con la que había esperado tanto tiempo a aquel hombre, se deleitaba ciertamente con el movimiento y afecto del que disputaba y con las palabras apropiadas y que le acudían fácilmente para revestir las ideas. Me deleitaba entonces y junto con muchos o incluso más que muchos lo alababa y ensalzaba, pero me molestaba que en la reunión de oyentes no se me permitiera acercarme a él y compartir con él las preocupaciones de mis cuestiones conversando familiarmente y dando y recibiendo palabras.
Cuando pude y empecé a ocupar sus oídos con mis compañeros en un tiempo en que no era indecoroso dialogar alternativamente, y presenté algunas cosas que me inquietaban, descubrí primero a un hombre inexperto en las disciplinas liberales excepto en la gramática, y en esta misma de modo usual. Y como había leído algunas oraciones de Cicerón y muy pocos libros de Séneca y algunos de poetas y los volúmenes de su secta que estuvieran escritos en latín y con compostura, y como asistía al ejercicio cotidiano de conversar, de ahí le venía la elocuencia, que se hacía más aceptable y más seductora con la moderación de su ingenio y cierta gracia natural.
¿No es así, según recuerdo, Señor Dios mío, árbitro de mi conciencia? Ante ti están mi corazón y mi recuerdo, que entonces me conducías con el secreto oculto de tu providencia y ya ponías mis vergonzosos errores delante de mi rostro para que los viera y odiara.
Pues después de que me quedó bastante claro que era inexperto en aquellas artes en las que yo pensaba que sobresalía, empecé a desesperar de que él pudiera abrirme y resolver las cosas que me inquietaban; de todo eso podía ser ignorante y sin embargo sostener la verdad de la piedad, pero si no fuera maniqueo. Pues sus libros están llenos de larguísimas fábulas sobre el cielo y las estrellas y sobre el sol y la luna; y ya no pensaba que él pudiera explicarme sutilmente, cotejando las razones numéricas que yo había leído en otros lugares, si era más bien así como se contenía en los libros de Manes, o si al menos de allí podía darse una explicación equivalente, cosa que yo ciertamente deseaba.
Pero cuando presenté estas cosas para que las considerara y discutiera, él con bastante modestia no se atrevió a cargar con ese peso. Pues sabía que no sabía esas cosas y no le avergonzó confesarlo. No era de aquellos muchos charlatanes que yo había padecido, que intentaban enseñarme esas cosas y no decían nada. Este en cambio tenía un corazón, aunque no recto hacia ti, tampoco demasiado incauto respecto a sí mismo. No era del todo ignorante de su propia ignorancia, y no quiso meterse temerariamente disputando en algo de donde no tuviera ninguna salida ni le fuera fácil volver: también por esto me agradó más.
Pues es más hermosa la moderación de un ánimo que confiesa que aquellas cosas que yo deseaba conocer. Y lo encontraba así en todas las cuestiones más difíciles y sutiles.
Así pues, quebrado mi entusiasmo que había dedicado a las escrituras de Manes, y desesperando más aún de sus demás maestros, cuando aquel tan renombrado había resultado ser así en muchas cosas que me inquietaban, empecé a pasar tiempo con él por el interés que él tenía en aquellas letras con las que yo entonces, ya como rétor de Cartago, enseñaba a los jóvenes, y a leer con él o bien lo que él deseaba haber oído o bien lo que yo estimaba adecuado para tal ingenio.
Pero todo mi esfuerzo por el que había determinado progresar en aquella secta, conocido aquel hombre, cesó por completo, no de modo que me separara totalmente de ellos, sino que, como si no encontrara algo mejor, decidí contentarme de momento con aquello en lo que de cualquier modo había caído, a menos que resplandeciera por casualidad algo que fuera más digno de elegir. Así aquel Fausto, que para muchos fue trampa de muerte, empezó ya a aflojar, sin quererlo ni saberlo, la trampa en que yo había sido capturado.
Pues tus manos, Dios mío, en lo oculto de tu providencia no abandonaban mi alma, y de la sangre del corazón de mi madre, por sus lágrimas de días y noches, se te sacrificaba por mí, y obraste conmigo de modos admirables. Tú obraste aquello, Dios mío, porque del Señor son dirigidos los pasos del hombre, y él querrá su camino. ¿O qué gestión de salvación hay fuera de tu mano que rehace lo que hiciste?
Obraste, pues, conmigo para que se me persuadiera de ir a Roma y enseñar allí más bien lo que enseñaba en Cartago. Y no pasaré por alto confesarte de dónde me vino esta persuasión, porque también en estas cosas deben meditarse y proclamarse los abismos profundísimos de tu providencia y tu misericordia tan presente para nosotros. No quise ir a Roma porque se me prometieran mayores ganancias y mayor dignidad por los amigos que me lo aconsejaban (aunque también estas cosas influían en mi ánimo entonces), sino que la causa mayor y casi única era que oía que allí los jóvenes estudiaban con más tranquilidad y eran contenidos con la coacción más ordenada de la disciplina, de modo que no irrumpían pasiva y desvergonzadamente en la escuela de un maestro del que no eran alumnos, ni eran admitidos en absoluto si él no lo permitía.
En Cartago, por el contrario, es vergonzosa e intemperante la licencia de los estudiantes. Irrumpen impudentemente y con rostro casi furioso perturban el orden que cada uno ha instituido para sus discípulos para que progresen. Hacen muchas cosas injuriosas con admirable estupidez, y deberían ser castigadas por las leyes si la costumbre no las amparara, mostrándolos más miserables porque ya creen que es lícito hacer lo que por tu ley eterna nunca será lícito, y piensan que lo hacen impunemente, cuando son castigados con la misma ceguera con que lo hacen y padecen incomparablemente peor de lo que hacen.
Así pues, las costumbres que siendo estudiante no quise que fueran mías, siendo maestro me veía obligado a soportarlas en otros. Y por eso me agradaba ir adonde todos los que lo sabían indicaban que no sucedían tales cosas. Pero en verdad tú, esperanza mía y porción mía en la tierra de los vivos, para cambiar de lugar terreno por la salvación de mi alma, me aplicabas en Cartago aguijones con los que me arrancabas de allí, y me proponías en Roma atractivos con los que me atraías por medio de hombres que aman la vida muerta, haciendo aquí locuras, prometiendo allí vanidades, y para corregir mis pasos usabas ocultamente tanto su perversidad como la mía.
Pues tanto quienes perturbaban mi tranquilidad estaban ciegos con torpe rabia, como quienes me invitaban a otro lugar sabían a tierra, yo en cambio, que detestaba aquí la verdadera miseria, allí apetecía la falsa felicidad.
Pero por qué me marchaba de aquí y me iba allá, tú lo sabías, Dios, y no me lo indicabas ni a mí ni a mi madre, que lloró atrozmente mi partida y me siguió hasta el mar. Pero la engañé, reteniéndome ella con violencia para que me hiciera volver o se fuera conmigo. Y fingí que no quería abandonar a un amigo hasta que con el viento favorable navegara, y mentí a mi madre, y a tal madre.
Y me escapé, porque también esto me lo perdonaste misericordiosamente, conservándome de las aguas del mar, lleno de abominables inmundicias, hasta el agua de tu gracia, con la que, una vez lavado, se secarían los ríos de los ojos maternos con los que por mí regaba cada día la tierra bajo su rostro. Y sin embargo, como se negaba a volver sin mí, apenas la convencí de que pasara aquella noche en un lugar que estaba muy cerca de nuestra nave, en el memorial del beato Cipriano.
Pero aquella noche yo me marché en secreto, ella en cambio no; se quedó orando y llorando. ¿Y qué te pedía, Dios mío, con tantas lágrimas, sino que no me dejaras navegar? Pero tú, aconsejando desde lo profundo y escuchando el eje de su deseo, no te ocupaste de lo que entonces pedía, para hacerme lo que siempre pedía. Sopló el viento y llenó nuestras velas y la playa se sustrajo a nuestras miradas, en la que ella por la mañana enloquecía de dolor, y llenaba tus oídos con quejas y gemidos, mientras tú los desdeñabas, pues con mis propios deseos me arrebatabas para acabar con esos mismos deseos, y su deseo carnal era azotado con el justo flagelo de los dolores.
Pues amaba tener conmigo mi presencia a la manera de las madres, pero mucho más que muchas, y no sabía qué gozos ibas a hacerle tú de mi ausencia. No lo sabía, por eso lloraba y se lamentaba, y con aquellas torturas se manifestaba en ella el residuo de Eva, buscando con gemido lo que con gemido había parido. Y sin embargo, después de acusar mis engaños y crueldad, se volvió de nuevo a suplicarte por mí, se fue a sus lugares habituales, y yo a Roma.
Y mira, me recibe allí el flagelo de la enfermedad corporal, e iba ya al infierno llevando todos los males que había cometido contra ti y contra mí y contra otros, muchos y graves sobre el vínculo del pecado original por el que todos morimos en Adán. Pues no me habías perdonado ninguno de ellos en Cristo, ni había disuelto él en su cruz las enemistades que yo había contraído contigo con mis pecados. ¿Pues cómo iba a disolverlas en la cruz de un fantasma, que era lo que yo creía de él?
Cuanto más falsa me parecía la muerte de su carne, tanto más verdadera era la de mi alma, y cuanto más verdadera era la muerte de su carne, tanto más falsa la vida de mi alma que no lo creía. Y agravándose las fiebres ya me iba y perecía. Pues ¿adónde habría ido si entonces hubiera partido de aquí, sino al fuego y a los tormentos dignos de mis hechos según la verdad de tu orden? Y ella no lo sabía y sin embargo oraba por mí ausente; pero tú, presente en todas partes, donde ella estaba la escuchabas, y donde yo estaba te compadecías de mí, para que recuperara la salud del cuerpo siendo aún insano de corazón sacrílego.
Pues ni siquiera en aquel peligro tan grande deseaba tu bautismo, y era mejor siendo niño, cuando lo reclamé de la piedad materna, como ya he recordado y confesado. Pero había crecido para mi deshonra y me burlaba dementemente de los consejos de tu medicina, tú que no permitiste que yo muriera dos veces así. Si tal herida hubiera golpeado el corazón de mi madre, nunca se habría sanado. Pues no puedo expresar suficientemente qué ánimo tenía ella hacia mí y con cuánta mayor solicitud me daba a luz espiritualmente que me había parido con la carne.
Así pues, no veo cómo se habría sanado si aquella muerte mía hubiera traspasado las entrañas de su amor. ¿Y dónde habrían estado tantas oraciones, y tan frecuentes sin interrupción? En ninguna parte sino ante ti. ¿Acaso tú, Dios de las misericordias, despreciarías el corazón contrito y humillado de una viuda casta y sobria, frecuente en limosnas, obsequiosa y servicial con tus santos, que no dejaba pasar día sin ofrenda en tu altar, que venía a tu iglesia dos veces al día, por la mañana y por la tarde, sin ninguna interrupción, no para oír vanas fábulas y chismorreos de viejas, sino para escucharte a ti en tus sermones y tú a ella en sus oraciones?
¿Acaso tú despreciarías y rechazarías de tu auxilio las lágrimas de esta mujer, con las que no te pedía oro ni plata ni ningún bien mudable o voluble, sino la salvación del alma de su hijo, tú, por cuyo don era ella así? De ningún modo, Señor. Más bien estabas presente y la escuchabas y hacías las cosas en el orden en que habías predestinado que se hicieran. Lejos de ti engañarla en aquellas visiones y respuestas tuyas que ya he recordado y que no he recordado, que ella guardaba en su pecho fiel y siempre orando te las presentaba como documentos tuyos. Pues te dignas, porque tu misericordia es para siempre, hacerte incluso deudor por promesas a aquellos a quienes perdonas todas las deudas.
Me restableciste, pues, de aquella enfermedad e hiciste salvo al hijo de tu sierva entonces de momento en el cuerpo, para que hubiera a quien dieras una salvación mejor y más segura. Y me unía también entonces en Roma a aquellos falsos y engañosos santos, no solo a sus oyentes, de cuyo número era también aquel en cuya casa había enfermado y convalecido, sino también a aquellos que llaman elegidos. Pues todavía me parecía que no éramos nosotros quienes pecábamos, sino no sé qué otra naturaleza que pecaba en nosotros, y deleitaba a mi soberbia estar fuera de culpa y, cuando había hecho algo malo, no confesar que lo había hecho yo, para que sanaras mi alma, porque pecaba contra ti, sino que me gustaba excusarme y acusar a no sé qué otra cosa que estaba conmigo y yo no era.
Pero en verdad yo era todo entero, y mi impiedad me había dividido contra mí mismo, y aquel era un pecado más incurable, por el que consideraba que yo no era pecador, y execrable iniquidad, Dios omnipotente, preferir que tú fueras superado en mí para mi perdición, que no que yo fuera superado por ti para mi salvación. Todavía no habías puesto custodia a mi boca y puerta de continencia alrededor de mis labios, para que no declinara mi corazón a palabras malas para excusar excusas en los pecados con hombres que obran la iniquidad, y por eso todavía me juntaba con sus elegidos, pero ya desesperando de poder progresar en aquella falsa doctrina, y aquellas mismas cosas con las que, si no encontraba nada mejor, había decidido contentarme, ya las mantenía con más remisión y negligencia.
Pues también me había surgido el pensamiento de que habían sido más prudentes que los demás aquellos filósofos que llaman académicos, porque habían juzgado que se debía dudar de todo y habían decretado que ninguna verdad podía ser comprendida por el hombre. Así pues, me parecía claramente que ellos habían pensado, tal como comúnmente se los tiene, sin comprender todavía su intención. Y no disimulé en reprimir a aquel mismo huésped mío por la excesiva confianza que percibí que tenía en las cosas fabulosas de las que están llenos los libros de los maniqueos.
Sin embargo, usaba de la amistad de ellos más familiarmente que de la de los demás hombres que no habían estado en aquella herejía. Y no la defendía con el vigor antiguo, pero la familiaridad con ellos (pues Roma oculta a muchos) me hacía más perezoso para buscar otra cosa, sobre todo desesperando de poder encontrar la verdad en tu Iglesia, Señor del cielo y de la tierra, creador de todas las cosas visibles e invisibles, de la que ellos me habían apartado, y me parecía muy vergonzoso creer que tú tenías figura de carne humana y estabas delimitado por los contornos corporales de nuestros miembros, y como cuando quería pensar en mi Dios, no sabía pensar sino en masas de cuerpos (pues no me parecía que existiera nada que no fuera tal), esa era la causa máxima y casi única de mi inevitable error.
Por esto también creía que la sustancia del mal era algo así y tenía su propia masa, repugnante y deforme y gruesa, que llamaban tierra, o tenue y sutil, como es el cuerpo del aire, que imaginan como mente maligna reptando por aquella tierra. Y como cierta piedad me obligaba a creer que el Dios bueno no había creado ninguna naturaleza mala, establecía frente a frente dos masas, ambas infinitas, pero la mala más estrecha, la buena más grande, y de este comienzo pestilente me seguían los demás sacrilegios.
Pues cuando mi ánimo intentaba volver a la fe católica, era rechazado, porque aquella no era la fe católica que yo pensaba que era. Y me parecía más piadoso si te creía, Dios mío, a quien confiesan de mí tus misericordias, infinito al menos por las demás partes, aunque en una, por la que se te oponía la masa del mal, me viera obligado a confesarte finito, que si pensara que estabas delimitado por todas partes en forma de cuerpo humano.
Y me parecía mejor creer que tú no habías creado ningún mal (que a mí, ignorante, parecía no solo alguna sustancia sino incluso corpórea, porque tampoco sabía pensar la mente sino como un cuerpo sutil, aunque difundido por espacios de lugar) que creer que procedía de ti la naturaleza del mal tal como yo la imaginaba. Y al mismo Salvador nuestro, tu Unigénito, lo pensaba como extendido de la masa de tu materia lucidísima para nuestra salvación, de modo que no creía de él sino lo que podía imaginar vanamente.
Así pues, pensaba que tal naturaleza suya no podía nacer de la virgen María, a menos que se mezclara con la carne. Y no veía cómo podía mezclarse y no contaminarse lo que me figuraba así. Por tanto, temía creer que nació en carne, para no verme obligado a creer contaminado por la carne. Ahora tus espirituales se reirán de mí suave y amorosamente si leen estas confesiones mías, pero sin embargo así era yo.
Además, lo que ellos censuraban en tus Escrituras yo pensaba que no podía defenderse, pero a veces ciertamente deseaba confrontar cada punto con algún muy docto en aquellos libros y experimentar qué sentía al respecto. Pues ya los discursos de un tal Elpidio, que hablaba y disputaba contra esos mismos maniqueos cara a cara, habían empezado a conmoverme incluso en Cartago, cuando presentaba tales cosas de las Escrituras a las que no podía resistirse fácilmente. Y me parecía débil la respuesta de aquellos, que ciertamente no presentaban fácilmente en público sino a nosotros en secreto, cuando decían que las escrituras del nuevo testamento habían sido falsificadas por no sé quiénes que quisieron insertar la ley de los judíos en la fe cristiana, y ellos mismos no presentaban ejemplares incorruptos.
Pero a mí, pensando en cosas corpóreas, me deprimían muy capturado y de algún modo sofocado aquellas masas, bajo las cuales, jadeando, no podía respirar en el aire límpido y simple de tu verdad.
Empecé, pues, a ocuparme diligentemente de aquello por lo que había venido, para enseñar en Roma el arte retórica, y primero reunir en casa a algunos por quienes y a través de quienes empecé a darme a conocer. Y mira, me entero de que en Roma suceden otras cosas que no sufría en África. Pues en verdad se me manifestó que allí no se daban aquellas destrucciones de los jóvenes perdidos: «Pero de repente», dicen, «para no pagar la retribución al maestro, conspiran muchos jóvenes y se pasan a otro, desertores de la lealtad y para quienes por amor al dinero la justicia es vil».
También mi corazón odiaba a estos, aunque no con odio perfecto. Pues lo que iba a sufrir de ellos quizá lo odiaba más que el hecho de que hicieran cosas ilícitas a cualquiera. Ciertamente, sin embargo, tales son repugnantes y fornican lejos de ti amando los juegos volátiles de los tiempos y la ganancia fangosa, que mancha la mano cuando se agarra, y abrazando el mundo que huye, despreciándote a ti que permaneces y llamas y perdonas a la que vuelve a ti, al alma meretriz humana.
Y ahora odio a tales depravados y torcidos, aunque los amo para que se corrijan, para que prefieran a la doctrina misma que aprenden el dinero, y a ella a ti, Dios, verdad y plenitud del bien seguro y paz castísima. Pero entonces más bien no quería sufrirlos malos por mí, que querer que se hicieran buenos por ti.
Así pues, después de que se envió desde Milán a Roma al prefecto de la ciudad para que proveyera a aquella ciudad de un maestro de retórica, impartida incluso evección pública, yo mismo solicité por medio de esos mismos ebrios de vanidades maniqueas (para separarme de los cuales iba, pero ambos lo ignorábamos) que, probado yo con una declamación propuesta, me enviara el entonces prefecto Símaco. Y vine a Milán, al obispo Ambrosio, conocido en el orbe de la tierra entre los mejores, piadoso cultor tuyo, cuyos discursos entonces ministraban esforzadamente a tu pueblo la grasa de tu trigo y la alegría del aceite y la sobria embriaguez del vino.
Y era conducido a él por ti sin saberlo yo, para que por él fuera conducido a ti sabiéndolo. Me recibió paternalmente aquel hombre de Dios y amó mi peregrinación bastante episcopalmente. Y empecé a amarlo, primero ciertamente no como maestro de la verdad, que desesperaba totalmente de hallar en tu Iglesia, sino como hombre benévolo conmigo. Y escuchaba estudiosamente cuando disputaba ante el pueblo, no con la intención que debía, sino como explorando su elocuencia, si correspondía a su fama o fluía mayor o menor de lo que se predicaba, y de sus palabras quedaba pendiente atento, pero de las cosas indiferente y despreciativo estaba de pie.
Y me deleitaba la suavidad del discurso, aunque más erudito, menos alegre y halagador sin embargo que el de Fausto, en cuanto atañe al modo de decir. Pero de las cosas mismas ninguna comparación: pues aquel erraba por las falacias maniqueas, este en cambio enseñaba muy saludablemente la salvación. Pero lejos está la salvación de los pecadores, cual yo entonces estaba presente, y sin embargo me acercaba poco a poco y sin saberlo.
Pues aunque no me afanaba por aprender lo que decía, sino solo por oír cómo lo decía (pues me había quedado aquel cuidado vano, desesperando yo de que se abriera al hombre un camino hacia ti), venían a mi ánimo junto con las palabras que amaba también las cosas que descuidaba, pues no podía separarlas. Y mientras abría el corazón para recibir cuán elocuentemente decía, entraba a la par cuán verdaderamente decía, gradualmente ciertamente. Pues primero también las mismas cosas empezaron a parecerme ya defendibles, y la fe católica, por la que yo había pensado que nada podía decirse contra los maniqueos que la atacaban, ya pensaba que se afirmaba sin impudencia, sobre todo habiendo oído uno y otro y a menudo un enigma resuelto de los escritos antiguos, donde, cuando los tomaba a la letra, me mataba.
Así pues, expuestos espiritualmente muchísimos lugares de aquellos libros, ya reprendía mi desesperación, aquella al menos por la que había creído que no podía resistirse en absoluto a quienes detestaban y se burlaban de la ley y los profetas. Sin embargo, todavía no sentía que por eso debía seguirse el camino católico, porque también podía tener defensores doctos suyos que copiosa y no absurdamente refutaran las objeciones, ni que por eso ya debía condenarse lo que yo sostenía porque las partes de la defensa se igualaban. Pues así la católica no me parecía vencida, pero todavía tampoco aparecía vencedora.
Entonces ciertamente apliqué el ánimo con fuerza a ver si de algún modo podía convencer de falsedad a los maniqueos con algunos documentos ciertos. Si pudiera pensar una sustancia espiritual, al punto se disolverían y rechazarían de mi ánimo todos aquellos maquinaciones: pero no podía. Sin embargo, sobre el mismo cuerpo de este mundo y sobre toda la naturaleza que alcanza el sentido de la carne, considerando y comparando, juzgaba que muchísimos filósofos habían pensado cosas mucho más probables.
Así pues, a la manera de los académicos, según se los considera, dudando de todo y fluctuando entre todo, decidí que debía abandonarse a los maniqueos, no juzgando que en aquel tiempo mismo de mi duda debía permanecer en aquella secta a la que ya anteponía algunos filósofos. Pero a aquellos filósofos, porque estaban sin el nombre salvador de Cristo, me negaba del todo a confiar la curación del languor de mi alma. Decidí, pues, ser catecúmeno en la Iglesia católica que me habían recomendado mis padres, mientras resplandeciera algo cierto hacia donde dirigir el curso.
Esperanza mía desde mi juventud, ¿dónde estabas para mí y adónde te habías retirado? ¿Acaso no me habías hecho tú y me habías distinguido de los cuadrúpedos y me habías hecho más sabio que las aves del cielo? Y sin embargo caminaba por tinieblas y terreno resbaladizo, y te buscaba fuera de mí, y no encontraba al Dios de mi corazón. Y había llegado a lo profundo del mar, y desconfiaba y desesperaba de encontrar la verdad. Ya había llegado hasta mí mi madre, fuerte en su piedad, siguiéndome por tierra y mar y segura de ti en todos los peligros.
Pues incluso en los riesgos marinos consolaba a los propios marineros, de quienes los inexpertos viajeros del abismo suelen recibir consuelo cuando se ven perturbados, prometiéndoles una travesía con salvación, porque tú se lo habías prometido a ella por medio de una visión. Y me encontró en verdad gravemente en peligro por la desesperación de buscar la verdad, pero cuando le indiqué que ya no era maniqueo, aunque tampoco cristiano católico, no dio un salto de alegría como si hubiera oído algo inesperado, pues ya estaba tranquila respecto a aquella parte de mi miseria en la que me lloraba ante ti como a un muerto pero que habría de resucitar, y me ofrecía en el féretro de su pensamiento para que dijeras al hijo de la viuda: «Joven, a ti te digo, levántate», y reviviera y comenzara a hablar y tú lo devolvieras a su madre.
Así que su corazón no tembló con una exaltación turbulenta cuando oyó que ya se había realizado en gran parte lo que día tras día te suplicaba llorando que sucediera: que yo no había alcanzado aún la verdad pero ya había sido arrancado de la falsedad. Más aún, porque estaba segura de que tú le darías lo que faltaba, tú que habías prometido el todo, me respondió con gran serenidad y con el pecho lleno de confianza que creía en Cristo que antes de partir de esta vida me vería convertido en fiel católico.
Y esto me dijo a mí. Pero a ti, fuente de misericordias, derramaba preces y lágrimas aún más abundantes para que aceleraras tu ayuda e iluminaras mis tinieblas, y corría con mayor ahínco a la iglesia y quedaba pendiente de los labios de Ambrosio, de aquella fuente de agua que salta hasta la vida eterna. Amaba a aquel hombre como a un ángel de Dios, porque había sabido por él que yo había sido conducido entretanto a aquella vacilación indecisa por la que ella presuponía con certeza que yo había de pasar de la enfermedad a la salud, atravesando un peligro más estrecho, como ese paroxismo que los médicos llaman crisis.
Así que cuando llevó a las memorias de los santos tortas, pan y vino puro, como solía hacer en África, y el portero se lo prohibió, en cuanto supo que el obispo lo había vetado, lo aceptó con tanta piedad y obediencia que yo mismo me maravillé de cuán fácilmente se convirtió en acusadora de su propia costumbre más que en detractora de aquella prohibición. Pues no asediaba su espíritu la afición al vino ni la estimulaba el amor al vino hacia el odio de la verdad, como sucede con muchos hombres y mujeres que sienten náuseas ante el canto de la sobriedad como ante una bebida aguada, estando ellos empapados de vino;
sino que ella, cuando llevaba la canasta con las viandas ceremoniales para probarlas primero y repartirlas después, no ponía más de una copita mezclada según su paladar bastante sobrio, de la cual tomar un sorbo por deferencia, y si eran muchas las memorias de difuntos que parecían deber honrarse de aquel modo, llevaba consigo esa misma única copa para ponerla en todas partes, y ya no solo muy aguada sino también muy tibia, la compartía a sorbitos con los presentes, porque buscaba allí la piedad, no el placer.
Por eso, cuando supo que aquel célebre predicador y pontífice de la piedad había ordenado que no se hicieran aquellas cosas ni siquiera por quienes las hacían sobriamente, para no dar ninguna ocasión de embriagarse a los ebrios, y porque aquellas ceremonias eran muy semejantes a los ritos funerarios paganos y a la superstición de los gentiles, se abstuvo muy gustosamente, y en lugar de una canasta llena de frutos terrenales aprendió a llevar a las memorias de los mártires un pecho lleno de votos más puros, para dar lo que pudiera a los necesitados y para que así se celebrara allí la comunión del cuerpo del Señor, a cuya pasión fueron inmolados y coronados los mártires en imitación.
Pero sin embargo me parece, Señor Dios mío (y así está en tu presencia mi corazón en este asunto), que quizá mi madre no hubiera cedido fácilmente en cortar aquella costumbre si la prohibición hubiera venido de otro a quien no amara como a Ambrosio. A él lo amaba muchísimo por mi salvación, y él a ella por su religiosísima conducta, con la que, ferviente de espíritu en buenas obras, frecuentaba la iglesia, de modo que a menudo prorrumpía, cuando me veía, en elogios de ella dándome la enhorabuena por tener tal madre, sin saber qué clase de hijo tenía ella, que dudaba de todo aquello y no pensaba en absoluto que pudiera encontrarse el camino de la vida.
Y ya no gemía orando para que vinieras en mi ayuda, sino que mi ánimo estaba atento a buscar e inquieto para discutir, y tenía a Ambrosio mismo por un hombre feliz según el mundo, a quien las autoridades tan importantes honraban de tal modo; solo su celibato me parecía penoso. Pero qué esperanza albergaba, y qué lucha tenía contra las tentaciones de su propia excelencia, y qué consuelo en las adversidades, y qué sabores gozosos rumiaba en su boca oculta, que estaba en su corazón, sobre tu pan, ni podía conjeturarlo ni lo había experimentado, ni él conocía mis agitaciones ni el abismo de mi peligro.
Pues no podía preguntarle lo que quería, como quería, ya que me apartaban de su oído y de su boca las multitudes de hombres ocupados cuyas debilidades servía. Cuando no estaba con ellos, lo que era muy poco tiempo, o reparaba su cuerpo con el sustento necesario o su ánimo con la lectura. Pero cuando leía, sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido, pero su voz y su lengua callaban. A menudo, cuando estábamos presentes (pues no se le prohibía a nadie entrar ni había costumbre de anunciársele a él los que llegaban), lo vimos leer en silencio y nunca de otro modo, y sentados en un silencio prolongado (pues ¿quién se atrevería a interrumpir a alguien tan concentrado?), nos retirábamos, y conjeturábamos que en ese tiempo tan breve que conseguía para reparar su mente, libre del estruendo de los asuntos ajenos, no quería ser distraído hacia otra cosa y acaso se cuidaba de que, si aquel a quien leía se había expresado con algo de oscuridad, un oyente suspenso y atento exigiera también una explicación o discutir sobre algunas cuestiones más difíciles, y empleado el tiempo en este trabajo, pudiera desenrollar menos volúmenes de los que quisiera, aunque también la razón de conservar la voz, que se le quebraba muy fácilmente, podía ser un motivo más justificado para leer en silencio. Pero con cualquier intención que lo hiciera, ciertamente aquel hombre lo hacía con buena intención.
Pero a mí desde luego no se me daba ninguna oportunidad de indagar lo que deseaba de aquel oráculo tan santo tuyo, su pecho, a no ser que se tratara de algo que debía escucharse brevemente. Pero aquellas agitaciones mías requerían encontrarlo muy desocupado para volcarse en él, y nunca lo encontraban así. Y ciertamente lo escuchaba cada domingo predicando al pueblo la palabra de verdad con rectitud, y cada vez se me confirmaba más que podían deshacerse todos los nudos de las calumnias capciosas que aquellos engañadores nuestros habían tejido contra los libros divinos.
Pero cuando también supe que el hombre hecho por ti a tu imagen era entendido por tus hijos espirituales, regenerados de la madre católica por la gracia, no de tal modo que creyeran y pensaran que tú estabas determinado por la forma de un cuerpo humano (aunque yo ni siquiera sospechaba tenuemente y como en enigma cómo se comportaba la sustancia espiritual), sin embargo me alegraba ruborizado de que no había ladrado tantos años contra la fe católica, sino contra los inventos de pensamientos carnales.
Pues había sido tan temerario e impío que había dicho acusando lo que debía haber aprendido preguntando. Porque tú, altísimo y próximo, secretísimo y presente, que no tienes miembros unos mayores y otros menores, sino que estás entero en todas partes y no estás en ningún lugar del espacio, ciertamente no tienes esta forma corporal, y sin embargo hiciste al hombre a tu imagen, y he aquí que él está de la cabeza a los pies en un lugar.
Así que, como no sabía cómo subsistía esta imagen tuya, debía proponer llamando a la puerta cómo había que creer, no oponerme insultantemente como si así se creyera. Por tanto, una preocupación tanto más aguda roía mis entrañas sobre qué podía retener como cierto, cuanto más vergüenza me daba haber sido engañado y burlado tanto tiempo con la promesa de cosas ciertas, y haber parloteado con animosidad pueril tantas cosas inciertas como si fueran ciertas. Que eran falsas, me quedó claro después; pero era cierto que eran inciertas y que yo las había tenido en algún momento como ciertas, cuando con ciegas controversias acusaba a tu iglesia católica, aunque aún no se me hubiera revelado que enseñaba cosas verdaderas, pero al menos no enseñaba aquellas que yo acusaba gravemente.
Así que me sentía confundido y me convertía, y me alegraba, Dios mío, de que la iglesia única, cuerpo de tu único Hijo, en la que me fue impuesto el nombre de Cristo siendo niño, no saboreara niñerías infantiles ni sostuviera en su doctrina sana que tú, creador de todas las cosas, estuvieras encerrado en el espacio de un lugar, aunque supremo y amplio, sin embargo limitado por todas partes con la figura de miembros humanos.
Me alegraba también de que los antiguos escritos de la Ley y los Profetas ya no se me propusieran para leerlos con aquellos ojos con que antes me parecían absurdos, cuando acusaba a tus santos de pensar así, pero en verdad no pensaban así. Y escuchaba con alegría a Ambrosio que a menudo en sus sermones populares, como recomendando una regla con todo cuidado, decía: «La letra mata, pero el espíritu vivifica», cuando aquellas cosas que parecían enseñar perversidad según la letra, removido el velo místico, las abría espiritualmente, sin decir nada que me ofendiera, aunque dijera cosas de las que yo aún ignoraba si eran verdaderas.
Pues contenía mi corazón de todo asentimiento temiendo el precipicio, y la suspensión me mataba aún más. Quería estar tan cierto de las cosas que no veía como estaba cierto de que siete y tres son diez. Pues no estaba tan loco como para pensar que ni siquiera esto podía comprenderse, pero así como esto, así deseaba las demás cosas, ya fueran corporales, que no estuvieran presentes ante mis sentidos, ya fueran espirituales, de las que no sabía pensar sino corporalmente.
Y podía sanarme creyendo, para que la mirada de mi mente, más purificada, se dirigiera de algún modo hacia tu verdad que permanece siempre y no falla en nada. Pero como suele suceder que quien ha experimentado a un mal médico teme confiarse incluso a uno bueno, así era la salud de mi alma, que ciertamente no podía sanarse sino creyendo y, para no creer cosas falsas, rehusaba curarse, resistiéndose a tus manos, tú que preparaste los medicamentos de la fe y los esparciste sobre las enfermedades del orbe de la tierra y les atribuiste tanta autoridad.
Sin embargo, ya desde entonces, prefiriendo la doctrina católica, sentía que en ella se mandaba con mayor modestia y sin ningún engaño que se creyera lo que no se demostraba (ya hubiera algo, pero quizá para alguien no lo hubiera, ya ni siquiera lo hubiera), más que en aquella otra donde se burlaban de la credulidad con promesa temeraria de ciencia y después se mandaba creer tantas cosas fabulosísimas y absurdísimas, porque no podían demostrarse. Luego, poco a poco tú, Señor, con mano muy suave y muy misericordiosa, palpando y componiendo mi corazón, cuando consideraba cuántas cosas innumerables creía que no había visto ni había estado presente cuando sucedían, como tantas cosas en la historia de las naciones, tantas sobre lugares y ciudades que no había visto, tantas de amigos, tantas de médicos, tantas de otros hombres y otros más, que si no se creyeran, nada absolutamente podría hacerse en esta vida, y por último con cuánta fe inquebrantable retenía de qué padres había nacido, lo que no habría podido saber a no ser creyendo lo que había oído, me persuadiste de que no debían ser culpados los que creyeran en tus libros, que fundaste con tanta autoridad en casi todas las naciones, sino los que no creyeran, y no debían ser escuchados si acaso alguien me dijera: «¿De dónde sabes que aquellos libros han sido proporcionados al género humano por el Espíritu del único Dios verdadero y veracísimo?».
Pues precisamente esto era lo que más había que creer, porque ninguna pugnacidad de preguntas calumniosas a través de tantos escritos que había leído de filósofos que luchaban entre sí podía arrancarme que nunca dejara de creer que tú eras algo, aunque yo no supiera qué, o que la administración de las cosas humanas te pertenecía.
Pero lo creía unas veces con más firmeza, otras con mayor debilidad, sin embargo siempre creí que tú existes y que te cuidas de nosotros, aunque ignoraba qué debía pensarse de tu sustancia o qué camino condujera o volviera a conducir hacia ti. Por eso, como éramos débiles para encontrar la verdad mediante la razón pura y por esto nos era necesaria la autoridad de las Santas Escrituras, ya había comenzado a creer que de ningún modo habrías concedido tan excelente autoridad a aquella Escritura en todas las tierras, si no hubieras querido que por ella se creyera en ti y por ella se te buscara.
Pues ya aquella absurdidad que solía ofenderme en aquellas letras, cuando había oído muchas cosas de ellas expuestas de modo probable, la refería a la profundidad de los misterios, y aquella autoridad me parecía tanto más venerable y digna de fe sacrosanta, cuanto que era accesible para que todos la leyeran y reservaba la dignidad de su secreto en un entendimiento más profundo, ofreciéndose a todos con palabras muy claras y género de expresión humildísimo y ejercitando la atención de los que no son ligeros de corazón, de modo que acogiera a todos en su seno popular y condujera a ti a través de estrechas aberturas a unos pocos, sin embargo muchos más de los que lo haría si no destacara con tan grande cima de autoridad ni atrajera a las multitudes en el regazo de la santa humildad.
Pensaba estas cosas y tú estabas conmigo, suspiraba y tú me escuchabas, vacilaba y tú me gobernabas, iba por el camino ancho del mundo y no me abandonabas.
Ansiaba honores, ganancias, matrimonio, y tú te reías. Sufría en aquellas codicias dificultades amarguísimas, siendo tú tanto más propicio cuanto menos permitías que me endulzara lo que no eras tú. Mira mi corazón, Señor, que quisiste que yo recordara esto y te lo confesara. Ahora adhiérase a ti mi alma, a la que arrancaste del visco tan tenaz de la muerte. ¡Cuán miserable era! Y tú punzabas el sentimiento de mi herida, para que, dejadas todas las cosas, me convirtiera a ti, que estás sobre todas las cosas y sin el cual todas las cosas no serían nada, para que me convirtiera y me sanara.
¡Cuán miserable era, pues, y cómo hiciste que sintiera mi miseria aquel día en que, cuando me preparaba para recitar alabanzas al emperador, en las que mentiría mucho y a quien mentía le favorecerían los que lo sabían, y estas preocupaciones jadeaba mi corazón y hervía con fiebres de pensamientos consuntivos, pasando por cierta callejuela de Milán advertí a un mendigo pobre, ya, creo, saciado, que bromeaba y se alegraba! Y gemí y hablé con los amigos que estaban conmigo sobre los muchos dolores de nuestras locuras, porque con todos aquellos esfuerzos nuestros, como los que entonces me atormentaban, arrastrando bajo los aguijones de las codicias la carga de mi infelicidad y arrastrándola agravándola, no queríamos otra cosa sino llegar a una alegría segura, adonde aquel mendigo nos había precedido, quizá sin que nosotros llegáramos nunca allí.
Pues lo que él había conseguido con unos pocos centavos mendigados, hacia eso tendía yo con tantos rodeos y circuitos penosos, a saber, hacia la alegría de la felicidad temporal. Pues él no tenía el verdadero gozo, pero también yo con aquellas ambiciones buscaba uno mucho más falso. Y ciertamente él estaba alegre, yo angustiado, él seguro, yo tembloroso. Y si alguien me preguntara si prefería exultar o temer, respondería: «Exultar»; de nuevo, si preguntara si prefería ser yo como era aquel o como era yo entonces, a mí mismo consumido de cuidados y temores lo escogería, pero por perversidad, ¿acaso por verdad?
Pues no debía anteponerme a él por ser más docto, ya que no me alegraba de ello, sino que buscaba con ello agradar a los hombres, no para enseñarlos, sino solo para agradar. Por eso tú también con el bastón de tu disciplina quebrabas mis huesos.
Apártense, pues, de mi alma los que le dicen: «Importa de dónde se alegre uno. Aquel mendigo se alegraba de la embriaguez, tú querías alegrarte de la gloria». ¿Qué gloria, Señor, que no está en ti? Pues así como no era verdadero gozo, tampoco aquella era verdadera gloria, y trastornaba más mi mente. Y él aquella misma noche iba a digerir su embriaguez, pero yo había dormido con la mía y me había levantado y me iba a dormir y a levantar, mira cuántos días.
Importa ciertamente de dónde se alegre uno, lo sé, y el gozo de la esperanza fiel está incomparablemente lejos de aquella vanidad, pero también entonces había distancia entre nosotros. Ciertamente él era más feliz, no solo porque estaba bañado en hilaridad, mientras yo me destripaba de cuidados, sino también porque él había adquirido vino deseando el bien, yo buscaba la hinchazón mintiendo. Dije entonces muchas cosas en este sentido a mis amigos, y a menudo observaba en ellos cómo me iba a mí, y encontraba que me iba mal y me dolía y redobla aquel mismo mal, y si algo me sonreía próspero, me daba fastidio tomarlo, porque casi antes de que se agarrara volaba.
Nos lamentábamos de estas cosas los que vivíamos juntos amistosamente, y sobre todo y muy familiarmente hablaba de ellas con Alipio y Nebridio. De estos, Alipio había nacido en el mismo municipio que yo, de padres principales del municipio, más joven que yo. Pues también había estudiado conmigo, cuando comencé a enseñar en nuestro pueblo, y después en Cartago, y me amaba mucho, porque le parecía bueno y docto, y yo a él por la gran disposición para la virtud, que destacaba bastante no siendo muy grande su edad.
Pero el torbellino de las costumbres cartaginesas, donde hervían con ardor los espectáculos frívolos, lo había absorbido en la locura del circo. Pero cuando en ella se revolvía miserablemente, y yo por otra parte ejercía allí la enseñanza de la retórica en una escuela pública, no me escuchaba aún como maestro a causa de cierta enemistad que había surgido entre mí y su padre. Y había descubierto que amaba el circo de modo mortífero, y me angustiaba gravemente, porque me parecía que iba a perder o ya había perdido tan grande esperanza.
Pero no había capacidad de amonestarlo y apartarlo mediante algún freno, ni por benevolencia de la amistad ni por derecho de magisterio. Pues pensaba que él sentía respecto a mí como su padre, pero no era así. Por tanto, pospuesta en este asunto la voluntad de su padre, comenzó a saludarme y viniendo a mi auditorio escuchaba algo y se marchaba.
Pero sin duda había caído de mi memoria actuar con él, para que no destruyera con la afición ciega y precipitada a juegos vanos un ingenio tan bueno; pero tú, Señor, que presides los timones de todas las cosas que creaste, no lo habías olvidado a él, que había de ser entre tus hijos pontífice de tu sacramento, y para que claramente se te atribuyera su corrección, la obraste por mí pero sin que yo lo supiera. Pues un día en que estaba sentado en el lugar acostumbrado y delante de mí estaban presentes los discípulos, vino, saludó, se sentó y aplicó su ánimo a lo que se trataba.
Y casualmente tenía en las manos una lectura, que mientras la exponía me pareció que debía aducir oportunamente una semejanza de los juegos del circo, para que lo que insinuaba fuera más agradable y más claro con una burla mordaz de aquellos a quienes había cautivado aquella locura. Tú sabes, Dios nuestro, que entonces no pensé en sanar a Alipio de aquella peste. Pero él se lo aplicó a sí mismo y creyó que yo no lo había dicho sino por él, y lo que otro habría tomado para enojarse conmigo, aquel joven honesto lo tomó para enojarse consigo mismo y para amarme más ardientemente.
Pues tú habías dicho ya mucho antes e insertado en tus escrituras: «Reprende al sabio y te amará». Pero yo no lo había reprendido a él, sino que tú, usándome a mí tanto si lo sabía como si no, en el orden que tú conoces (y aquel orden es justo), obraste con mi corazón y mi lengua carbones ardientes, con los que cauterizaste aquella mente de buena esperanza que languideciese y la sanaste. Calle tus alabanzas quien no considera tus misericordias, que te confiesan desde lo profundo de mis entrañas.
Pues efectivamente él después de aquellas palabras se arrancó de aquel foso tan profundo, en el que se sumergía voluntariamente y se cegaba con una admirable voluptuosidad, y sacudió su ánimo con fuerte templanza, y se desprendieron de él todas las inmundicias del circo y no accedió más allí. Después venció a su padre que se resistía a que me usara como maestro; aquel cedió y concedió. Y comenzando a escucharme de nuevo se envolvió conmigo en aquella superstición, amando en los maniqueos la ostentación de continencia, que pensaba verdadera y genuina.
Pero era una locura y seductora, que cazaba almas preciosas que aún no sabían tocar la altura de la virtud y se dejaban engañar fácilmente por la superficie, sin embargo de una virtud simulada y fingida.
No dejando, pues, el camino terreno que le habían encantado sus padres, había ido antes que yo a Roma para aprender derecho, y allí fue arrebatado con un anhelo increíble e increíblemente por el espectáculo gladiatorio. Pues como aborrecía y detestaba tales cosas, ciertos amigos y condiscípulos suyos, cuando volvían casualmente de comer y encontraron camino abierto, mientras él rechazaba vehementemente y resistía, lo llevaron con violencia familiar al anfiteatro en los días de aquellos juegos crueles y funestos, diciendo él estas cosas: «Si arrastráis mi cuerpo a aquel lugar y allí me colocáis, ¿acaso podéis también dirigir mi ánimo y mis ojos a aquellos espectáculos?
Estaré, pues, ausente aunque presente y así os venceré a vosotros y a ellos». Habiendo oído esto, no por eso dejaron de llevarlo consigo, deseando quizá explorar precisamente si podía conseguirlo. Cuando llegaron allí y se sentaron en los asientos que pudieron, todo hervía en placeres inhumanísimos. Él, cerradas las puertas de sus ojos, prohibió a su ánimo avanzar hacia males tan grandes. ¡Y ojalá también hubiera tapado sus oídos! Pues al azar de cierta lucha, cuando un clamor inmenso de todo el pueblo lo golpeó vehementemente, vencido por la curiosidad y como preparado para despreciar y vencer incluso lo visto, fuera lo que fuese, abrió los ojos.
Y fue herido con una herida más grave en el alma que aquel en el cuerpo a quien deseó ver, y cayó más miserablemente que aquel con cuya caída se hizo el clamor. El cual entró por sus oídos y abrió sus ojos, para que hubiera por donde fuera herido y derribado un ánimo aún audaz más que fuerte, y tanto más débil cuanto había presumido de sí, cuando debió haber presumido de ti. Pues en cuanto vio aquella sangre, bebió al mismo tiempo la inhumanidad y no se apartó, sino que fijó la mirada y bebía furias y no lo sabía, y se deleitaba con el crimen del combate y se embriagaba con la voluptuosidad sangrienta.
Y ya no era el que había venido sino uno de la turba a la que había venido, y verdadero compañero de aquellos por quienes había sido conducido. ¿Qué más? Contempló, gritó, se inflamó, se llevó de allí la locura con la que era estimulado a volver no solo con aquellos por quienes antes había sido apartado, sino incluso antes que ellos y arrastrando a otros. Y de allí sin embargo tú lo arrancaste con mano muy poderosa y muy misericordiosa, y le enseñaste a tener confianza no en sí sino en ti, pero mucho después.
Pero sin duda esto ya se guardaba en su memoria para la medicina futura. También aquello de que, cuando aún estudiaba escuchándome ya en Cartago y a mediodía pensaba en el foro lo que había de recitar, como suelen ejercitarse los escolares, permitiste que fuera aprehendido por los guardianes del foro como ladrón, y no creo, Dios nuestro, que lo permitiste por otra razón sino para que aquel varón tan grande en el futuro empezara ya a aprender cuán fácilmente no debe ser condenado un hombre por otro hombre con credulidad temeraria.
Pues paseaba solo ante el tribunal con sus tablillas y estilo, cuando he aquí que un joven del número de los escolares, el ladrón verdadero, llevando ocultamente un hacha, sin que aquel lo sintiera, entró a las rejas de plomo que sobresalen por encima del barrio de los plateros y comenzó a cortar el plomo. Pero al sonido del hacha murmuraron los plateros que estaban debajo, y enviaron a quienes aprehendieran a quien encontraran. A cuyas voces, aquel, escuchándolas, dejó el instrumento temiendo ser cogido con él.
Alipio, sin embargo, que no había visto entrar, sintió salir y vio marchar rápidamente y, queriendo saber la causa, entró en el lugar y, encontrada el hacha, se detuvo admirándose y considerándola, cuando he aquí que aquellos que habían sido enviados lo encuentran solo sosteniendo el hierro con cuyo sonido excitados habían venido. Lo sujetan, lo arrastran, y, congregados los inquilinos del foro, se glorian de haber cogido al ladrón en flagrante, y de allí era conducido para ser presentado a los jueces.
Pero hasta aquí debía ser enseñado. Enseguida, Señor, viniste en ayuda de su inocencia, de la que tú eras el único testigo. Pues cuando era conducido ya a la custodia o al suplicio, les sale al encuentro cierto arquitecto, que tenía el máximo cuidado de las construcciones públicas. Se alegran aquellos de encontrarse potísimamente con él, por quien solían caer en sospecha de las cosas robadas que se perdían del foro, para que por fin ya supiera de una vez quiénes hacían estas cosas.
Pero aquel hombre había visto a menudo a Alipio en casa de cierto senador, a quien visitaba para saludar, y enseguida, reconociéndolo, lo tomó de la mano y lo apartó de las turbas y, preguntando la causa de tan gran mal, oyó lo que se había hecho y ordenó a todos los que tumultuaban y amenazadoramente bramaban que vinieran con él. Y vinieron a la casa de aquel joven que había cometido el hecho. Había un muchacho ante la puerta, y era tan pequeño que sin temer nada para su amo podía fácilmente indicar todo; pues había estado con él en el foro como paje.
El cual, según lo recordó Alipio, intimó al arquitecto. Pero él mostró el hacha al muchacho, preguntándole de quién era. «Nuestra», dijo enseguida; después, interrogado, abrió lo demás. Así, trasladada la causa a aquella casa y confundidas las turbas que ya habían comenzado a triunfar sobre él, el futuro dispensador de tu palabra y examinador de muchas causas en tu iglesia se marchó más experto y más instruido.
A este, pues, lo había encontrado en Roma, y se adhirió a mí con fortísimo vínculo y se marchó conmigo a Milán, para no dejarme y para ejercer algo del derecho que había aprendido según el deseo más de sus padres que suyo. Y ya tres veces se había sentado como asesor con admirable continencia ante los demás, mientras él se maravillaba más de aquellos que anteponían el oro a la inocencia. Se puso a prueba también su carácter no solo con el atractivo de la codicia sino también con el aguijón del miedo.
En Roma se sentaba como asesor del conde de las largiciones itálicas. Había entonces cierto senador poderosísimo a cuyos beneficios estaban obligados muchos y sometidos por el terror. Quería que se le permitiera algo ilícito según su costumbre de poder, lo que era ilícito por las leyes; Alipio resistió. Se le prometió una recompensa; se burló en su ánimo. Se pusieron por delante amenazas; las pisoteó, admirándose todos de un ánimo tan inusual, que no deseaba tener como amigo ni temía tener como enemigo a un hombre tan grande y tan celebrado con inmensa fama por innumerables modos de favorecer o dañar.
El mismo juez de quien era consejero, aunque tampoco él mismo quería que se hiciera, sin embargo no lo rehusaba abiertamente, sino que transfería la causa a este asegurando que no se lo permitía él, porque en verdad, si él lo hiciera, este se marcharía. Casi ya había sido tentado con este solo estudio literario, para que a precios pretorianos se le hicieran copiar códices, pero consultada la justicia volvió su deliberación hacia lo mejor, juzgando más útil la equidad que lo prohibía que el poder que lo permitía.
Poco es esto, pero el que es fiel en lo poco es fiel también en lo mucho, y de ningún modo será vacío lo que salió de la boca de tu verdad: «Si en la riqueza injusta no fuisteis fieles, ¿lo verdadero quién os dará? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿lo vuestro quién os dará?». Tal era entonces él que se adhería a mí y vacilaba conmigo en consejo sobre qué modo de vida debía mantenerse.
También Nebridio, que habiendo dejado la patria vecina a Cartago y la misma Cartago, donde había estado frecuentísimamente, habiendo dejado el óptimo campo paterno, habiendo dejado la casa y a su madre que no lo habría de seguir, no había venido a Milán por otra causa sino para vivir conmigo en un ardentísimo estudio de la verdad y la sabiduría, suspiraba igualmente y vacilaba igualmente, buscador ardiente de la vida bienaventurada y escrutador agudísimo de cuestiones dificilísimas. Y había tres bocas de indigentes que se jadeaban entre sí su indigencia y esperaban de ti que les dieras su comida en tiempo oportuno.
Y en toda la amargura que seguía a nuestros actos seculares por tu misericordia, mirándonos nosotros el fin de por qué sufríamos estas cosas, nos salían al encuentro las tinieblas, y nos volvíamos gimiendo y decíamos: «¿Hasta cuándo estas cosas?». Y esto lo decíamos frecuentemente, y diciéndolo no las dejábamos, porque no brillaba nada cierto que, dejadas aquellas, pudiéramos agarrar.
Y yo me maravillaba en extremo, reflexionando y recordando cuán largo tiempo había sido desde mi año decimonoveno de edad, en que había comenzado a arder con el estudio de la sabiduría, disponiendo que una vez encontrada dejaría todas las esperanzas vanas de las vanas codicias y las locuras mentirosas. Y he aquí que ya llevaba la edad de treinta años, atascado en el mismo lodo por la avidez de gozar de las cosas presentes que huían y me disipaban, mientras decía: «Mañana encontraré.
He aquí que aparecerá manifiesto y lo agarraré. He aquí que vendrá Fausto y lo explicará todo. ¡Oh, grandes varones académicos! Nada cierto para dirigir la vida puede comprenderse. No, busquemos más diligentemente y no desesperemos. He aquí que ya no son absurdas las cosas en los libros eclesiásticos que parecían absurdas, y pueden entenderse de otro modo y honestamente. Fijaré mis pies en aquel escalón en el que siendo niño fui puesto por mis padres, hasta que se encuentre la verdad perspicua.
Pero ¿dónde se buscará? ¿Cuándo se buscará? Ambrosio no tiene tiempo, no hay tiempo de leer. ¿Dónde buscamos los códices mismos? ¿De dónde o cuándo los adquirimos? ¿De quiénes los tomamos? Asígnense tiempos, distribúyanse horas para la salud del alma. Ha surgido una gran esperanza: la fe católica no enseña lo que pensábamos y vanamente acusábamos. Los doctos de ella tienen por nefando creer a Dios terminado con la figura del cuerpo humano. ¿Y dudamos en llamar para que se abran las demás cosas?
Las horas matutinas las ocupan los discípulos: ¿en las restantes qué hacemos? ¿Por qué no hacemos esto? Pero ¿cuándo saludamos a los amigos mayores, cuyos sufragios necesitamos? ¿Cuándo preparamos lo que compran los escolares? ¿Cuándo nos reparamos a nosotros mismos?
»Pero dejemos estas cosas vanas e inanes: consagrémonos a la sola inquisición de la verdad. La vida es miserable, la muerte es incierta. Si de repente nos sorprende, ¿cómo saldremos de aquí? ¿Y dónde habrán de aprenderse las cosas que aquí descuidamos? ¿Y no más bien habrán de pagarse los suplicios de esta negligencia? ¿Y si la muerte misma corta toda preocupación con el sentido y pone fin? Luego también esto hay que inquirir. Pero lejos de que sea así.
No es vacío, no es inane que la cumbre tan eminente de la autoridad de la fe cristiana se haya difundido por todo el orbe. Nunca se harían tantas y tales cosas por nosotros divinamente, si con la muerte del cuerpo se consumiera también la vida del alma. ¿Por qué, pues, nos detenemos dejando la esperanza del mundo para consagrarnos del todo a buscar a Dios y la vida bienaventurada? Pero espera: también aquellas cosas son agradables, tienen su dulzura no pequeña; no fácilmente ha de cortarse de ellas la atención, porque es vergonzoso volver de nuevo a ellas.
He aquí cuánto es para que se obtenga algún honor. ¿Y qué más hay que desear en estas cosas? Hay abundancia de amigos mayores: aunque no otra cosa y muy apresuradamente, puede darse una presidencia. Y ha de tomarse esposa con algún dinero, para que no grave nuestro gasto, y ese será el límite de la codicia. Muchos varones grandes y dignísimos de imitación se dedicaron al estudio de la sabiduría casados».
Cuando decía estas cosas y estos vientos alternaban e impelían acá y allá mi corazón, transcurrían los tiempos y yo me demoraba en convertirme al Señor, y difería de día en día vivir en ti y no difería morir cada día en mí mismo. Amando la vida bienaventurada temía aquella en su sede y huyendo de ella la buscaba. Pensaba que sería demasiado miserable si me privaba de los abrazos de una mujer, y no pensaba en la medicina de tu misericordia para sanar aquella enfermedad, porque no la había experimentado, y creía que la continencia estaba en las propias fuerzas, de las que no era consciente en mí, siendo tan necio que no sabía, como está escrito, que nadie puede ser continente a menos que tú lo des. Ciertamente lo darías, si con gemido interno llamara a tus oídos y con fe sólida echara en ti mi cuidado.
Me disuadía ciertamente Alipio de tomar esposa, cantando que de ningún modo podríamos vivir juntos en amor de la sabiduría con sosiego tranquilo, como ya mucho tiempo deseábamos, si yo hiciera eso. Pues él mismo en aquel asunto ya entonces era castísimo, de modo que era admirable, porque incluso había tomado experiencia del coito en el ingreso de su juventud, pero no se había quedado pegado sino más bien se había dolido y despreciado y de ahí en adelante ya vivía muy continentemente.
Pero yo le resistía con ejemplos de quienes casados habían cultivado la sabiduría y merecido a Dios y habían poseído fielmente y amado a sus amigos. De cuya grandeza de ánimo yo ciertamente estaba lejos, y atado con la enfermedad de la carne arrastraba mi cadena con la suavidad mortífera, temiendo ser desatado y, como sacudida la herida, repeliendo las palabras del buen consejero como la mano del que me desataba. Además, también a Alipio mismo le hablaba la serpiente a través de mí, y tejía y esparcía por mi lengua dulces lazos en su camino, por los que sus pies honestos y expeditos se enredasen.
Pues como me admirara a mí, a quien no tenía en poco, por adherirme de tal modo al visco de aquel placer que afirmara, cuantas veces se trataba de ello entre nosotros, que de ningún modo podía llevar una vida célibe, y así me defendiera, cuando lo veía admirado, diciendo que había mucha diferencia entre lo que él había experimentado rápida y furtivamente, que casi ya ni siquiera recordaba y por eso sin molestia fácilmente despreciaba, y las delectaciones de mi costumbre, a las que si se añadiera el nombre honesto del matrimonio, no debía admirarse de que yo no pudiera despreciar aquella vida, comenzó también él a desear el matrimonio, de ningún modo vencido por la libido de tal voluptuosidad sino por curiosidad.
Pues decía que deseaba saber qué era aquello sin lo cual mi vida, que a él tanto placía, no me parecía a mí vida sino pena. Se asombraba en efecto su ánimo libre de aquel vínculo ante mi servidumbre y asombrándose iba hacia la avidez de experimentar, a punto de llegar a la experiencia misma y de ahí quizá de caer en aquella servidumbre que asombraba, puesto que quería hacer un pacto con la muerte, y el que ama el peligro caerá en él.
Pues a ninguno de nosotros dos, si había alguna dignidad conyugal en el oficio de regir el matrimonio y recibir hijos, nos atraía sino tenuemente. Sino que me atormentaba en gran parte y vehementemente la costumbre de saciar la insaciable concupiscencia, a él cautivo lo arrastraba la admiración hacia ser cautivado. Así estábamos, hasta que tú, altísimo, no desertando de nuestro barro y compadecido de nosotros miserables, vinieras en nuestra ayuda con modos admirables y ocultos.
Y se insistía diligentemente para que tomara esposa. Ya pedía, ya se me prometía, sobre todo dando diligencia mi madre, para que casado me lavara el bautismo saludable, por lo que se gozaba viendo que me preparaba día a día y advertía que se cumplían sus votos y tus promesas en mi fe. Cuando ciertamente tanto por mi ruego como por su propio deseo con fuerte clamor del corazón te suplicaba cada día que le mostraras por una visión algo sobre mi futuro matrimonio, nunca quisiste.
Y veía ciertas cosas vanas y fantasiosas, a lo que la obligaba el ímpetu del espíritu humano que se afanaba en este asunto, y me las narraba no con la confianza con que solía cuando tú le mostrabas, sino despreciándolas. Pues decía discernir con no sé qué sabor, que no podía explicar con palabras, qué diferencia había entre tú que le revelabas y su alma que soñaba. Sin embargo se insistía, y se pedía una muchacha, cuya edad era como dos años menos que la núbil, y porque agradaba, se esperaba.
Y muchos amigos agitamos en el ánimo y hablamos detestando las molestas turbulencias de la vida humana, y casi ya habíamos decidido vivir apartados de las turbas en sosiego, ese sosiego así tramado de modo que si algo pudiéramos tener, lo confiriéramos en común y haríamos de todo una sola hacienda familiar, de modo que por la sinceridad de la amistad no hubiera lo de este y lo de aquel, sino que lo que se hiciera de todos fuera uno y todo de cada uno y todo de todos, y nos parecía que podían ser como diez hombres en la misma sociedad, y había entre nosotros algunos muy ricos, sobre todo Romaniano nuestro conciudadano, a quien entonces las graves angustias de sus negocios habían traído al comitato, familiarísimo conmigo desde la temprana edad.
Él era el que más insistía en este asunto y tenía gran autoridad al persuadir, porque su amplia hacienda aventajaba mucho a las de los demás. Y nos había agradado que dos como magistrados anuales cuidaran de todo lo necesario estando quietos los demás. Pero después que se comenzó a pensar si las mujercillas permitirían esto, que unos de nosotros ya teníamos y nosotros queríamos tener, todo aquel proyecto, que formábamos bien, se desarticuló en las manos y, roto, fue abandonado.
De ahí a suspiros y gemidos y pasos a seguir los caminos anchos y trillados del mundo, porque muchos pensamientos había en nuestro corazón, pero tu consejo permanece eternamente. De cuyo consejo te burlabas de los nuestros y preparabas los tuyos para nosotros, para darnos comida en la oportunidad y abrir tu mano y llenar nuestras almas de bendición.
Entretanto se multiplicaban mis pecados, y arrancada de mi lado como impedimento del matrimonio aquella con quien solía acostarme, mi corazón, donde se adhería, desgarrado y herido me sangraba. Y ella había vuelto a África, prometiéndote que no conocería otro varón, dejando conmigo a mi hijo natural habido de ella. Pero yo infeliz, ni imitador de una mujer, impaciente de la demora, como si fuera a recibir después de dos años a la que pedía, porque no era amante del matrimonio sino siervo de la libido, procuré otra, no ciertamente cónyuge, para que como si se sustentara y condujera incluso íntegra o incluso aumentada la enfermedad de mi alma por el séquito de la costumbre perdurante hacia el reino conyugal.
Ni se sanaba aquella herida mía que se había hecho por la escisión de la anterior, sino que después del ardor y del dolor acerbísimo se gangrenaba, y dolía como más fríamente pero más desesperadamente.
A ti la alabanza, a ti la gloria, fuente de misericordias. Yo me hacía más miserable y tú más cercano. Ya, ya estaba allí tu diestra para arrebatarme del cieno y lavarme, y yo lo ignoraba. Ni me revocaba de la sima más profunda del torbellino de los placeres carnales sino el miedo de la muerte y del juicio futuro tuyo, que aunque a través de varias opiniones nunca sin embargo se apartó de mi pecho. Y disputaba con mis amigos Alipio y Nebridio sobre los fines de los bienes y los males: que Epicuro habría recibido la palma en mi ánimo, si yo no creyera que después de la muerte resta a las almas la vida y las consecuencias de los méritos, lo que Epicuro no quiso creer.
Y preguntaba si fuéramos inmortales y viviéramos en perpetua voluptuosidad del cuerpo sin ningún terror de perderla, por qué no seríamos bienaventurados o qué otra cosa buscaríamos, no sabiendo que precisamente esto pertenecía a una gran miseria: que tan sumergido y ciego no pudiera pensar en la luz de la honestidad y de la belleza que ha de abrazarse gratuitamente, que no ve el ojo de la carne, y se ve desde lo íntimo. Ni consideraba, miserable, de qué vena me manaba que incluso aquellas cosas feas sin embargo las comentaba dulcemente con los amigos, ni podía ser bienaventurado sin amigos, incluso según el sentido que entonces tenía en cuanta abundancia hubiera de voluptuosidades carnales.
A los cuales amigos ciertamente amaba gratuitamente y sentía que era amado por ellos gratuitamente a su vez. ¡Oh caminos tortuosos! ¡Ay del alma audaz que esperó, si se apartara de ti, tener algo mejor! Vuelta y revuelta sobre el dorso y sobre los costados y sobre el vientre, y todas las cosas son duras, y tú solo eres descanso. Y he aquí que estás presente y nos liberas de los miserables errores y nos estableces en tu camino y nos consuelas y dices: «Corred, yo llevaré y yo conduciré y allí yo llevaré».
Ya había muerto mi mala y nefasta adolescencia, y entraba en la juventud, tanto más vergonzoso en mi vanidad cuanto mayor en edad, pues no podía pensar en ninguna sustancia que no fuera como lo que suelen ver estos ojos. No te pensaba a ti, Dios, en forma de cuerpo humano; desde que empecé a oír algo sobre la sabiduría siempre evité esto y me alegraba de haberlo encontrado así en la fe de nuestra madre espiritual, tu Iglesia católica, pero no se me ocurría qué otra cosa pensar de ti.
Y me esforzaba por pensarte a ti, hombre y tal hombre, Dios sumo y único y verdadero, y creía con toda mi alma que eras incorruptible e inviolable e inmutable, porque, sin saber de dónde ni cómo, veía claramente sin embargo y estaba seguro de que lo que puede corromperse es peor que lo que no puede, y sin vacilación anteponía lo que no puede ser violado a lo violable, y lo que no sufre ninguna mutación a lo que puede cambiar.
Mi corazón clamaba violentamente contra todos mis fantasmas, y con este único golpe intentaba alejar el enjambre de inmundicia que revoloteaba alrededor de la mirada de mi mente, pero apenas se dispersaba en un abrir y cerrar de ojos, cuando de nuevo se aglomeraba y se abalanzaba sobre mi vista y la nublaba, de modo que, aunque no en forma de cuerpo humano, me veía forzado a pensar en algo corpóreo a través de espacios de lugares, ya fuera infundido en el mundo o incluso difundido fuera del mundo por lo infinito, incluso a ese mismo ser incorruptible e inviolable e inmutable que yo anteponía a lo corruptible y violable y mudable, porque todo aquello a lo que privaba de tales espacios me parecía que no era nada, sino absolutamente nada, ni siquiera un vacío, como si se quitara un cuerpo del lugar y quedara el lugar vaciado de todo cuerpo terreno y húmedo y aéreo y celeste, pero quedara sin embargo un lugar vacío como una nada espaciosa.
Yo, pues, embrutecido de corazón y ni siquiera visible para mí mismo, consideraba que no era absolutamente nada todo lo que no se extendiera por algunos espacios o se difundiera o se aglomerara o se hinchara o pudiera recibir o ser capaz de recibir algo tal. Porque por las formas que suelen recorrer mis ojos, por tales imágenes iba mi corazón, y no veía que esta misma intención con que formaba esas mismas imágenes no era algo tal, que sin embargo no las formaría si no fuera algo grande.
Así también te pensaba a ti, vida de mi vida, grande a través de espacios infinitos penetrando por todas partes la masa entera del mundo y fuera de ella por doquier a través de lo inmenso sin límite, de modo que te tuviera la tierra, te tuviera el cielo, te tuvieran todas las cosas y ellas fueran finitas en ti, pero tú en ninguna parte. Del mismo modo que la luz del sol no encontraría obstáculo en el cuerpo del aire, este aire que está sobre la tierra, para atravesarlo penetrándolo, sin romperlo ni cortarlo sino llenándolo por completo, así pensaba que no solo el cuerpo del cielo y del aire y del mar sino también de la tierra era permeable a ti y penetrable por todas sus partes, las mayores y las menores, para recibir tu presencia, que con inspiración oculta administrabas desde dentro y desde fuera todas las cosas que creaste.
Así lo sospechaba, porque no podía pensar otra cosa; pues era falso. Porque de ese modo una parte mayor de la tierra tendría una parte mayor de ti y una menor una menor, y así todas las cosas estarían llenas de ti de manera que el cuerpo de un elefante recibiría más de ti que el de un gorrión, por ser aquel más grande y ocupar un lugar mayor, y así harías presentes tus partes a las partes del mundo, grandes a las grandes, pequeñas a las pequeñas. Pero no es así, sino que todavía no habías iluminado mis tinieblas.
Me bastaba, Señor, contra aquellos engañados engañadores y charlatanes mudos, porque de ellos no sonaba tu palabra —me bastaba aquel argumento que ya desde hacía tiempo, desde Cartago, solía proponer Nebridio y todos los que lo oíamos quedábamos conmovidos—: ¿qué te habría podido hacer no sé qué pueblo de las tinieblas, que suelen oponer desde la masa adversa, si tú no hubieras querido luchar con él? Porque si respondieran que te habría podido dañar, serías violable y corruptible.
Pero si se dijera que nada podía dañarte, no se aduciría ninguna causa para luchar, y para luchar de tal modo que cierta porción tuya y miembro tuyo o prole de tu misma sustancia se mezclara con las potencias adversas y naturalezas no creadas por ti, y fuera corrompida por ellas y cambiada a peor hasta convertirse de la bienaventuranza en miseria y necesitara auxilio para ser liberada y purificada, y que esta es el alma a la que tu palabra socorre, libre al que sirve y puro al contaminado y íntegro al corrompido, pero también ella misma corruptible, porque de una y la misma sustancia.
Por tanto, si dijeran que tú, cualquier cosa que seas, es decir, tu sustancia por la que eres, eres incorruptible, entonces todas aquellas cosas serían falsas y execrables; pero si dijeran que eres corruptible, esto mismo sería ya falso y abominable desde la primera palabra. Bastaba, pues, esto contra aquellos que deben ser vomitados por todos los medios desde la opresión del pecho, porque no tenían por dónde salir sin horrible sacrilegio del corazón y de la lengua sintiendo y hablando esas cosas de ti.
Pero también yo todavía, aunque dijera y sintiera firmemente que nuestro Dios, el Dios verdadero, que hiciste no solo nuestras almas sino también los cuerpos, y no solo nuestras almas y cuerpos sino a todos y todas las cosas, era incontaminable e inconvertible y en ninguna parte mudable, no tenía explicada y desenredada la causa del mal. Sin embargo, cualquiera que fuera, veía que debía buscarla de tal modo que no me viera obligado por ella a creer mudable al Dios inmutable, no fuera que yo mismo me convirtiera en lo que buscaba.
Así pues, la buscaba seguro, y cierto de que no era verdad lo que decían aquellos a quienes huía con toda el alma, porque veía que buscando de dónde viene el mal quedaban llenos de maldad, por la cual opinaban que tu sustancia sufría el mal más que la suya lo hacía.
Y me esforzaba por percibir lo que oía, que el libre arbitrio de la voluntad es la causa de que obremos mal y tu juicio recto de que lo padezcamos, y no lograba percibirlo con claridad. Así pues, intentando sacar la agudeza de mi mente de lo profundo me sumergía de nuevo, y a menudo lo intentaba y me sumergía una y otra vez. Pero me elevaba a tu luz el que sabía tan ciertamente que tenía voluntad como que vivía.
Por tanto, cuando quería o no quería algo, estaba certísimo de que no era otro sino yo quien quería y no quería, y ya casi advertía que allí estaba la causa de mi pecado. Pero lo que hacía sin querer, veía que más bien lo padecía que lo hacía, y juzgaba que eso no era culpa sino pena, con la que no injustamente era castigado pensando que tú eras justo, y pronto lo confesaba. Pero de nuevo decía: «¿Quién me hizo?
¿Acaso no mi Dios, no solo bueno sino el bien mismo? ¿De dónde me viene entonces querer el mal y no querer el bien? ¿Para que hubiera motivo por el que justamente pagara penas? ¿Quién puso esto en mí e injertó en mí esta planta de amargura, siendo yo hecho enteramente por mi dulcísimo Dios? Si el diablo es el autor, ¿de dónde viene el mismo diablo? Y si también él por voluntad perversa de ángel bueno se hizo diablo, ¿de dónde vino también en él la voluntad mala por la que se hizo diablo, cuando todo el ángel fue hecho por el excelentísimo Creador?».
Con estos pensamientos me deprimía de nuevo y me sofocaba, pero no era arrastrado hasta aquel infierno del error donde nadie te confiesa, cuando se piensa que tú sufres más bien los males que el hombre los hace.
Pues me esforzaba por encontrar las demás cosas, como ya había encontrado que lo incorruptible es mejor que lo corruptible, y por eso confesaba que tú, fueras lo que fueras, eras incorruptible. Porque ningún alma jamás pudo ni podrá pensar algo que sea mejor que tú, que eres el sumo y óptimo bien. Pero dado que muy verdadera y certísimamente lo incorruptible se antepone a lo corruptible, como yo ya lo anteponía, podía ya alcanzar con el pensamiento algo que fuera mejor que mi Dios, si tú no fueras incorruptible.
Así pues, donde veía que lo incorruptible debía preferirse a lo corruptible, allí debía buscarte a ti y desde allí advertir dónde está el mal, es decir, de dónde viene esa misma corrupción, por la que tu sustancia de ningún modo puede ser violada. Porque de ningún modo viola la corrupción a nuestro Dios, ni por voluntad, ni por necesidad, ni por azar imprevisto, porque él mismo es Dios, y lo que quiere para sí es bueno, y él mismo es ese mismo bien; pero corromperse no es bueno.
Ni eres forzado contra tu voluntad a algo, porque tu voluntad no es mayor que tu poder. Pero sería mayor si tú mismo fueras mayor que tú mismo: pues la voluntad y el poder de Dios son Dios mismo. Y ¿qué cosa imprevista hay para ti, que conoces todas las cosas? Y ninguna naturaleza existe sino porque tú la conoces. ¿Y para qué decir muchas cosas sobre por qué no es corruptible la sustancia que es Dios, cuando, si esto fuera así, no sería Dios?
Y buscaba de dónde viene el mal, y buscaba mal, y no veía el mal en mi misma búsqueda. Y disponía ante la mirada de mi espíritu toda la creación, todo lo que en ella podemos percibir, como la tierra y el mar y el aire y los astros y los árboles y los animales mortales, y lo que en ella no vemos, como el firmamento del cielo arriba y todos los ángeles y todos sus seres espirituales, pero también a estos, como si fueran cuerpos, los ordenaba mi imaginación en lugares y lugares.
E hice una única masa grande de tu creación, distinguida por géneros de cuerpos, tanto los que realmente eran cuerpos como los que yo mismo fingía en lugar de los espíritus, y la hice grande, no cuanto era, pues eso no podía saberlo, sino cuanto me pareció, finita sin duda por todas partes, pero a ti, Señor, rodeándola y penetrándola por todas partes, pero por doquier infinito, como si hubiera un mar por todas partes y por doquier a través de lo inmenso infinito, solo un mar, y tuviera dentro de sí una esponja aunque fuera grande, pero finita sin embargo, estaría ciertamente llena esa esponja por toda su parte del inmenso mar.
Así pensaba que tu creación finita estaba llena de ti, infinito, y decía: «He aquí Dios y he aquí lo que Dios creó, y Dios es bueno y muy poderosa y lejanísimamente superior a estas cosas; pero sin embargo, siendo bueno, creó cosas buenas, y he aquí cómo las rodea y las llena. ¿Dónde está, pues, el mal y de dónde y por dónde se deslizó hasta aquí? ¿Cuál es su raíz y cuál su semilla? ¿O acaso no existe en absoluto?
¿Por qué entonces tememos y nos precavemos de lo que no existe? O si tememos vanamente, ciertamente el temor mismo es un mal, por el que el corazón es aguijoneado y atormentado en vano, y tanto más grave mal cuanto que no existe aquello que tememos, y tememos. Por tanto, o existe el mal que tememos, o es un mal que temamos. ¿De dónde viene, pues, ya que Dios, bueno, hizo todas estas cosas buenas? Ciertamente el bien mayor y sumo hizo bienes menores, pero sin embargo tanto el creador como las cosas creadas son todos bienes.
¿De dónde viene el mal? ¿Acaso la materia de la que las hizo era alguna materia mala y la formó y ordenó, pero dejó algo en ella que no convirtió en bien? ¿Por qué también esto? ¿Acaso era impotente para transformarla y cambiarla toda, de modo que no quedara nada de mal, siendo omnipotente? Finalmente, ¿por qué quiso hacer algo de ella y no más bien hizo con esa misma omnipotencia que no existiera en absoluto? ¿O acaso podía existir contra su voluntad?
Y si era eterna, ¿por qué durante tanto tiempo a través de infinitos espacios de tiempos atrás la dejó estar así y tanto después le plugo hacer algo de ella? O ya, si de repente quiso hacer algo, ¿no habría hecho esto más bien el omnipotente, que aquella no existiera y él solo fuera todo el bien verdadero y sumo e infinito? O si no estaba bien que no fabricara y fundara también algo bueno quien era bueno, ¿no debería haber suprimido y reducido a la nada aquella materia que era mala, y establecer él mismo una buena de la que crear todas las cosas?
Pues no sería omnipotente si no pudiera fundar algo bueno sin ser ayudado por la materia que él mismo no había fundado». Tales cosas revolvía en mi pecho miserable, agravado por cuidados mordacísimos del temor de la muerte y sin haber encontrado la verdad; pero se adhería firmemente en mi corazón en la Iglesia católica la fe en tu Cristo, Señor y salvador nuestro, informe todavía en muchas cosas y fluctuando fuera de la norma de la doctrina, pero sin embargo el alma no la abandonaba, sino que más bien día a día se impregnaba más de ella.
Ya también había rechazado las falacias adivinatorias y los impíos delirios de los astrólogos. Confiesen también por esto desde las íntimas entrañas de mi alma tus misericordias, Dios mío. Porque tú, tú completamente (pues ¿quién otro nos revoca de la muerte de todo error sino la vida que no sabe morir, y la sabiduría que ilumina las mentes indigentes, sin necesitar ella ninguna luz, por la cual es administrado el mundo hasta las hojas volátiles de los árboles?), tú procuraste mi pertinacia, con la que luché contra Vindiciano, anciano agudo, y contra Nebridio, joven de alma admirable, aquel afirmando vehementemente, este aunque con alguna duda pero diciendo frecuentemente que no existía aquel arte de prever las cosas futuras, sino que las conjeturas de los hombres tienen a menudo la fuerza del azar y que diciendo muchas cosas se dicen la mayoría de las que van a venir, sin saberlo quienes las dicen sino incurriendo en ellas por no callar —procuraste, pues, tú un hombre amigo, no muy perezoso consultador de los astrólogos ni muy versado en aquellas letras sino, como dije, consultador curioso y que sabía algo que decía haber oído de su padre: lo cual ignoraba cuánto valía para destruir la opinión de aquel arte.
Ese hombre, pues, de nombre Firmino, liberalmente instruido y cultivado en la elocuencia, como me consultara como a muy querido sobre ciertos asuntos suyos, en los que había crecido su esperanza mundana, qué me parecía según sus constelaciones como las llaman, yo, que ya en este asunto había empezado a inclinarme a la opinión de Nebridio, no rechazaba ciertamente conjeturar y decir lo que se me ocurría al vacilante, pero añadía que ya casi estaba persuadido de que aquello era ridículo y vano, entonces él me narró que su padre había sido muy curioso de libros tales y había tenido un amigo que igualmente los seguía junto con él.
Los cuales con igual estudio y reunión soplaban en aquellas fruslerías el fuego de su corazón, hasta tal punto que observaban los momentos de nacimiento incluso de los animales mudos, si algunos parían en casa, y anotaban la posición del cielo para ello, de donde recogían experimentos de aquel supuesto arte. Decía, pues, haber oído de su padre que, cuando la madre de este mismo Firmino estaba embarazada de él, también cierta criada de aquel amigo paterno crecía igualmente en su vientre, lo cual no pudo ocultarse al señor, que también se preocupaba de conocer los partos de sus perras con examinadísima diligencia; y así sucedió que cuando este de su esposa, aquel de su sierva, contaban los días y horas y artículos más menudos de las horas con cautísima observación, ambas dieron a luz al mismo tiempo, de modo que se vieron obligados a hacer las mismas constelaciones hasta en las mismas minucias a uno y otro naciente, este para el hijo, aquel para el esclavillo.
Pues cuando las mujeres comenzaron a parir, se indicaron mutuamente qué se hacía en la casa de cada uno, y prepararon a quienes enviar recíprocamente, tan pronto como hubiera nacido lo que se esperaba se anunciara a cada cual: lo cual sin embargo, para que se anunciara inmediatamente, habían conseguido fácilmente como en sus propios reinos. Y así los que fueron enviados por uno y otro se encontraron mutuamente, decía, a intervalos tan iguales de las casas, que ninguno de los dos fuera permitido anotar otra posición de los astros ni otras partículas de los momentos.
Y sin embargo Firmino, nacido en amplio lugar entre los suyos, corría por caminos más brillantes del mundo, se aumentaba en riquezas, se elevaba en honores, mientras que el esclavo en modo alguno relajado del yugo de la condición servía a sus señores, indicándolo él mismo, quien lo había conocido.
Oídas, pues, estas cosas y creídas (pues tal era quien las narraba) toda aquella resistencia mía se disolvió y cayó, y primero intenté apartar al mismo Firmino de aquella curiosidad, diciéndole que, inspeccionadas sus constelaciones, si yo fuera a pronunciar cosas verdaderas, debería haber visto ciertamente allí que los padres estaban entre los primeros de los suyos, noble familia de su propia ciudad, nacimientos ingenuos, honesta educación y doctrinas liberales; pero si aquel esclavo me hubiera consultado sobre las mismas constelaciones (porque también eran las mismas suyas), para que también a él le dijera cosas verdaderas, debería haber visto de nuevo allí una familia abyectísima, condición servil y demás cosas muy alejadas de las anteriores y muy distantes.
De donde resultaba que inspeccionando las mismas cosas dijera cosas diversas, si dijera verdades, pero si dijera las mismas, dijera falsedades, de allí concluí certísimamente que las cosas que se dijeran verdaderas consideradas las constelaciones no se decían por arte sino por azar, y las que se dijeran falsas, no por impericia del arte sino por mentira del azar.
Recibida, pues, de aquí una entrada, rumiando yo mismo conmigo tales cosas, no fuera que alguno de aquellos delirantes que siguen tal ganancia, a los que ya estaba deseando atacar y refutar ridiculizándolos, me resistiera así, como si Firmino o su padre me hubieran narrado cosas falsas, dirigí mi consideración a los que nacen gemelos, la mayoría de los cuales salen del vientre tan seguidamente uno tras otro que el pequeño intervalo mismo de tiempo, por mucha fuerza que sostengan que tiene en la naturaleza de las cosas, sin embargo no puede ser recogido por la observación humana y no puede en absoluto ser anotado en las letras que el astrólogo va a inspeccionar para pronunciar cosas verdaderas.
Y no serán verdaderas, porque inspeccionando las mismas letras debió decir las mismas cosas de Esaú y de Jacob, pero no les sucedieron las mismas cosas a ambos. Por tanto diría cosas falsas o, si dijera cosas verdaderas, no diría las mismas: pero inspeccionaría las mismas. Por tanto no por arte sino por azar diría cosas verdaderas. Porque tú, Señor, justísimo moderador del universo, por oculto instinto obras de modo que, no sabiéndolo los consultantes ni los consultados, cuando alguien consulta, oiga esto que le conviene oír según los ocultos méritos de las almas desde el abismo de tu justo juicio. Al cual no diga el hombre: «¿Qué es esto?» «¿Por qué esto?» No lo diga, no lo diga; es hombre, en efecto.
Ya, pues, tú, ayudador mío, me habías soltado de aquellas cadenas, y buscaba de dónde viene el mal, y no había salida. Pero no permitías que me llevaran lejos con ninguna fluctuación de pensamientos de aquella fe por la que creía que tú existes y que tu sustancia es inmutable y que tienes cuidado y juicio sobre los hombres y que en Cristo, tu hijo, Señor nuestro, y en las santas Escrituras que la autoridad de tu Iglesia católica recomendaba, habías puesto el camino de la salvación humana hacia aquella vida que ha de ser después de esta muerte.
Salvos, pues, estos principios e inconcusamente robustecidos en mi alma, buscaba ardiendo de dónde viene el mal. ¡Qué tormentos de mi corazón parturiente, qué gemidos, Dios mío! Y allí estaban tus oídos sin saberlo yo. Y cuando en silencio buscaba fuertemente, grandes voces eran para tu misericordia las tácitas contriciones de mi alma. Tú sabías lo que yo padecía, y ninguno de los hombres. Pues ¿cuánto era lo que de allí se transmitía por mi lengua a los oídos de mis más familiares?
¿Acaso les sonaba todo el tumulto de mi alma, para el que ni los tiempos ni mi boca bastaban? Pero todo iba a tu oído lo que rugía del gemido de mi corazón, y estaba ante ti mi deseo, y la luz de mis ojos no estaba conmigo. Porque estaba dentro, pero yo fuera, y no está ella en lugar. Pero yo ponía mi atención en las cosas que están contenidas en lugares, y no encontraba allí un lugar para descansar, ni me recibían esas cosas de modo que dijera «basta y está bien», ni me dejaban volver adonde me bastara estar bien.
Porque yo era superior a esas cosas, pero inferior a ti, y tú eres mi gozo verdadero cuando me someto a ti y tú me habías sometido las cosas que creaste debajo de mí. Y este era el recto temperamento y región media de mi salvación, que permaneciera a tu imagen y sirviéndote dominara al cuerpo. Pero cuando me levanté soberbio contra ti y corrí contra el Señor con la cerviz gruesa de mi escudo, también esas cosas ínfimas se hicieron sobre mí y me oprimían, y no había desahogo ni respiración en ninguna parte.
Se me presentaban por todas partes amontonadas y aglomeradas al mirar, y al pensar se oponían las mismas imágenes de los cuerpos al volver, como si se dijera: «¿Adónde vas, indigno y sórdido?» Y estas cosas habían crecido de mi herida, porque humillaste al soberbio como a herido, y con mi hinchazón era separado de ti y mi faz demasiado inflada cerraba mis ojos.
Pero tú, Señor, permaneces eternamente y no te enojas eternamente con nosotros, porque te compadeciste de tierra y ceniza. Y plugo en tu presencia reformar mis deformidades, y con aguijones internos me agitabas para que fuera impaciente hasta que me fueras cierto por la mirada interior. Y cedía mi hinchazón por la oculta mano de tu medicina y la agudeza conturbada y tenebrosa de mi mente con acre colirio de saludables dolores de día en día era sanada.
Y primero, queriendo mostrarme cómo resistes a los soberbios y das gracia a los humildes, y con cuánta misericordia tuya fue mostrado a los hombres el camino de la humildad, porque tu Palabra se hizo carne y habitó entre los hombres, me procuraste por medio de cierto hombre hinchado de soberbia inmensa unos libros de los platónicos traducidos de la lengua griega a la latina, y leí allí, no ciertamente con estas palabras pero sí esto mismo persuadido con muchas y múltiples razones, que «en el principio era el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios.
Este estaba en el principio junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él nada fue hecho. Lo que fue hecho en él es vida, y la vida era la luz de los hombres; y la luz luce en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron». Y que el alma del hombre, aunque da testimonio de la luz, no es sin embargo ella la luz, sino que el Verbo Dios es la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
Y que estaba en este mundo, y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció. Pero que «vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron, les dio potestad de hacerse hijos de Dios creyendo en su nombre», no leí allí.
Igualmente leí allí que el Verbo, Dios, no de la carne, no de la sangre ni de voluntad de varón ni de voluntad de carne, sino de Dios nació; pero que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», no leí allí. Indagué ciertamente en aquellas letras dicho variamente y de muchos modos que el Hijo está «en forma del Padre, no consideró rapiña ser igual a Dios», porque naturalmente es lo mismo, pero que «se anonadó a sí mismo tomando forma de siervo, hecho a semejanza de los hombres y en su porte hallado como hombre, se humilló hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz: por lo cual Dios lo exaltó de entre los muertos y le dio el nombre que está sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús toda rodilla se doble de los celestes y terrestres e infernales, y toda lengua confiese que el Señor Jesús está en la gloria de Dios Padre», no tienen aquellos libros.
Que antes de todos los tiempos y sobre todos los tiempos permanece inmutablemente tu Hijo unigénito coeterno contigo, y que de su plenitud reciben las almas para ser bienaventuradas, y que por participación de la sabiduría que permanece en sí se renuevan para ser sabias, está allí; pero que «según el tiempo murió por los impíos, y no perdonaste a tu Hijo único, sino que lo entregaste por todos nosotros», no está allí. Porque ocultaste estas cosas a los sabios y las revelaste a los pequeños, para que vinieran a él los que trabajan y están cargados y los reficiera, porque es manso y humilde de corazón, y dirige a los mansos en el juicio y enseña a los mansuetos sus caminos, viendo nuestra humildad y trabajo y perdonando todos nuestros pecados.
Pero los que, elevados como en el coturno de una doctrina más sublime, no oyen al que dice «aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas», aunque conozcan a Dios, no lo glorifican como a Dios ni le dan gracias, sino que se desvanecen en sus pensamientos y se oscurece su insensato corazón; diciéndose sabios se hicieron necios.
Y por eso leía también allí inmutada la gloria de tu incorrupción en ídolos y varios simulacros, en semejanza de imagen de hombre corruptible y de aves y cuadrúpedos y serpientes, evidentemente el alimento egipcio por el que Esaú perdió su primogenitura, porque el pueblo primogénito honró la cabeza de un cuadrúpedo en lugar de ti, vuelto de corazón a Egipto y curvando tu imagen, su alma, ante la imagen del becerro que come heno. Encontré estas cosas allí y no las comí.
Porque plugo a ti, Señor, quitar el oprobio de la disminución de Jacob, para que el mayor sirviera al menor, y llamaste a las gentes a tu heredad. Y yo había venido a ti de las gentes y puse mi atención en el oro que quisiste que apartara tu pueblo de Egipto, porque tuyo era, dondequiera que estuviera. Y dijiste a los atenienses por medio de tu apóstol que «en ti vivimos y nos movemos y somos», como también algunos de ellos mismos dijeron, y ciertamente de allí eran aquellos libros.
Y no puse mi atención en los ídolos de los egipcios, a los que servían con tu oro los que transmutaron la verdad de Dios en mentira, y veneraron y sirvieron a la criatura más que al Creador.
Y advertido de allí a volver a mí mismo, entré en lo más íntimo mío guiándome tú, y pude, porque te hiciste mi ayudador. Entré y vi con cualquier ojo de mi alma sobre ese mismo ojo de mi alma, sobre mi mente, la luz inmutable, no esta vulgar y visible a toda carne, ni como del mismo género más grande, como si esta brillara mucho más claramente y ocupara todo con su magnitud. No era esto aquella, sino otra, otra cosa muy distinta de todas estas.
Ni estaba sobre mi mente como el aceite sobre el agua ni como el cielo sobre la tierra, sino superior, porque ella me hizo, y yo inferior, porque hecho por ella. Quien conoce la verdad, la conoce, y quien la conoce, conoce la eternidad; la caridad la conoce. Oh verdad eterna y verdadera caridad y cara eternidad, tú eres mi Dios, a ti suspiro día y noche. Y cuando te conocí por primera vez, tú me asumiste para que viera que existe lo que veo, y que todavía no soy yo quien ve.
Y reverberaste la debilidad de mi mirada, radiando sobre mí vehementemente, y temblé de amor y de horror. Y me encontré lejos de ti en la región de la desemejanza, como si oyera tu voz de lo alto: «Soy alimento de grandes: crece y me comerás. Y no me mudarás en ti como el alimento de tu carne, sino tú te mudarás en mí». Y conocí que «por la iniquidad corregiste al hombre, e hiciste consumirse como araña mi alma», y dije: «¿Acaso es nada la verdad, ya que no está difundida por espacios finitos ni infinitos de lugares?»
Y clamaste de lejos: «Al contrario, yo soy el que soy». Y oí, como se oye en el corazón, y no había en absoluto de qué dudar, y más fácilmente dudaría de que vivo que de que no existe la verdad, «que se percibe inteligida por las cosas que fueron hechas».
Y contemplé las demás cosas debajo de ti y vi que ni absolutamente son ni absolutamente no son: son ciertamente, porque son de ti, pero no son, porque no son lo que tú eres. Pues aquello verdaderamente es que permanece inmutablemente. Pero a mí adherirme a Dios es un bien, porque, si no permanezco en él, tampoco en mí podré. Pero él permaneciendo en sí renueva todas las cosas, y eres mi Señor, porque no necesitas de mis bienes.
Y se me manifestó que son buenas las cosas que se corrompen, las cuales ni si fueran bienes sumos ni a menos que fueran buenas podrían corromperse; porque si fueran bienes sumos, serían incorruptibles, pero si no fueran bienes en absoluto, qué habría en ellas que se corrompiera no habría. Pues daña la corrupción y, a menos que disminuyera el bien, no dañaría. Por tanto, o nada daña la corrupción, lo cual no puede ser, o, lo que es certísimo, todas las cosas que se corrompen son privadas de bien.
Pero si fueran privadas de todo bien, no serán en absoluto. Porque si son y ya no pueden corromperse, serán mejores, porque permanecerán incorruptiblemente. ¿Y qué más monstruoso que decir que, perdido todo bien, se hacen mejores? Por tanto, si fueran privadas de todo bien, en absoluto no serán: por tanto, mientras son, son buenas. Por tanto, cualesquiera cosas que son, son buenas, y aquel mal que buscaba de dónde viene no es sustancia, porque si fuera sustancia, sería buena.
Pues o sería sustancia incorruptible, ciertamente gran bien, o sería sustancia corruptible, la cual a menos que fuera buena, no podría corromperse. Así pues vi y se me manifestó que todas las cosas buenas las hiciste tú y en absoluto no hay sustancias que tú no hayas hecho. Y porque no hiciste todas las cosas iguales, por eso todas son, porque singularmente son buenas, y todas juntas muy buenas, porque nuestro Dios hizo todas las cosas muy buenas.
Y para ti en absoluto no hay mal, y no solo para ti sino tampoco para tu criatura universal, porque fuera no hay nada que irrumpa y corrompa el orden que le impusiste. Pero en sus partes algunas, porque no concuerdan con algunas, son consideradas malas; y esas mismas concuerdan con otras y son buenas y en sí mismas son buenas. Y todas estas cosas, que no concuerdan entre sí, concuerdan con la parte inferior de las cosas, que llamamos tierra, que tiene su cielo nublado y ventoso congruente consigo.
Y lejos ya de que dijera: «No existan estas cosas», porque aunque viera solo estas, desearía ciertamente cosas mejores, pero ya también por solo estas debería alabarte, porque muestran que eres digno de alabanza desde la tierra los dragones y todos los abismos, fuego, granizo, nieve, hielo, espíritu de tempestad, que hacen tu palabra, montes y todos los collados, árboles fructíferos y todos los cedros, bestias y todos los ganados, reptiles y aves con alas. Reyes de la tierra y todos los pueblos, príncipes y todos los jueces de la tierra, jóvenes y vírgenes, ancianos con los más jóvenes alaben tu nombre.
Pero cuando también desde los cielos te alaban, te alaben, Dios nuestro, en las alturas todos tus ángeles, todas tus virtudes, sol y luna, todas las estrellas y la luz, cielos de los cielos y aguas que están sobre los cielos alaben tu nombre. Ya no deseaba cosas mejores, porque pensaba todas, y con juicio más sano estimaba que las superiores son ciertamente mejores que las inferiores, pero todas mejores que solo las superiores.
No hay sanidad en aquellos a quienes desagrada alguna parte de tu criatura, como no la había en mí cuando me desagradaban muchas cosas que hiciste. Y porque no se atrevía mi alma a que le desagradara mi Dios, no quería que fuera tuyo lo que le desagradaba. Y de allí había ido a la opinión de las dos sustancias, y no descansaba, y hablaba cosas ajenas. Y volviendo de allí se había hecho un dios por infinitos espacios de todos los lugares y pensaba que ese eras tú y lo colocaba en su corazón, y se había hecho de nuevo templo de su ídolo abominable para ti, pero después que acariciaste la cabeza del ignorante y cerraste mis ojos, para que no vieran la vanidad, cesé un poco de mí, y se adormeció mi locura, y desperté en ti y te vi infinito de otra manera, y esta visión no era sacada de la carne.
Y miré otras cosas, y vi que te deben el ser porque son y en ti todas las cosas finitas, pero de otra manera, no como en un lugar, sino porque tú eres el omnitenente con la mano de la verdad, y todas las cosas son verdaderas en cuanto son, ni hay nada de falsedad, sino cuando se piensa que es lo que no es. Y vi que no solo cada cosa concuerda con sus lugares sino también con sus tiempos y que tú, que eres solo eterno, no comenzaste a obrar después de innumerables espacios de tiempos, porque todos los espacios de tiempos, tanto los que pasaron como los que pasarán, ni se irían ni vendrían sino obrando tú y permaneciendo.
Y experimentando sentí que no es extraño que al paladar no sano sea castigo el pan que al sano es dulce, y a los ojos enfermos sea odiosa la luz que a los puros es amable. Y tu justicia desagrada a los inicuos, y mucho menos la víbora y el gusanillo, que creaste buenos, aptos a las partes inferiores de tu criatura, a las cuales también los mismos inicuos son aptos, cuanto más disímiles son de ti, pero aptos a las superiores, cuanto más semejantes se hacen a ti.
Y busqué qué era la iniquidad y no encontré sustancia, sino perversidad de la voluntad desviada de la suma sustancia, de ti, Dios, hacia las cosas ínfimas, arrojando sus interioridades e hinchándose afuera.
Y me admiraba de que ya te amaba a ti, no a un fantasma en lugar de ti, y no me quedaba para gozar de mi Dios, sino que era arrebatado a ti por tu hermosura y luego era arrancado de ti por mi peso, y caía en estas cosas con gemido; y este peso era la costumbre carnal. Pero conmigo estaba la memoria de ti, y de ningún modo dudaba de que existe aquel al que debo adherirme, pero todavía no era yo quien se adhiere, «porque el cuerpo que se corrompe agrava el alma y la habitación terrena deprime el sentido que piensa muchas cosas», y estaba certísimo de que «tus cosas invisibles desde la constitución del mundo por las cosas que fueron hechas se perciben inteligidas, también tu sempiterna virtud y divinidad».
Pues buscando de dónde aprobaba la hermosura de los cuerpos, ya celestes ya terrestres, y qué me asistía para juzgar íntegramente sobre las cosas mudables y decir «esto así debería ser, aquello no así» —buscando esto, pues, de dónde juzgaba cuando así juzgaba, había encontrado la inmutable y verdadera eternidad de la verdad sobre mi mente mudable. Y así gradualmente desde los cuerpos al alma que siente por el cuerpo y desde allí a su fuerza interior, a la cual el sentido del cuerpo anuncia las cosas exteriores, y hasta donde pueden las bestias, y desde allí de nuevo a la potencia razonadora a la que se refiere para juzgar lo que se toma de los sentidos del cuerpo.
La cual también encontrándose en mí mudable se erigió a su inteligencia y apartó el pensamiento de la costumbre, sustrayéndose a las turbas contradicentes de los fantasmas, para encontrar de qué luz era rociada, cuando sin ninguna duda clamaba que lo inmutable debía preferirse a lo mudable de donde conocía lo mismo inmutable (pues si de algún modo no lo conociera, de ningún modo lo prepondría al mudable con certeza), y llegó a lo que es en el golpe de una mirada trepidante.
Entonces verdaderamente vi tus cosas invisibles inteligidas por las cosas que fueron hechas, pero no tuve fuerzas para fijar la agudeza, y repercutida mi debilidad, devuelto a las cosas usuales, no llevaba conmigo sino la memoria amante y como el olfateo de aquello que desear pero que todavía no podía comer.
Y buscaba el camino de adquirir la fortaleza que fuera idónea para gozar de ti, y no lo encontraba hasta que abrazara al mediador de Dios y de los hombres, el hombre Cristo Jesús, «que está sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos», que llama y dice: «Yo soy el camino y la verdad y la vida», y el alimento, para cuya recepción yo era inválido, mezclándolo con la carne, porque «el Verbo se hizo carne» para que se hiciera leche de nuestra infancia tu sabiduría, por la cual creaste todas las cosas.
Porque no tenía a mi Dios Jesús, humilde el humilde, ni sabía de qué cosa fuera maestra su debilidad. Pues tu Verbo, verdad eterna, que sobresale sobre las partes superiores de tu criatura, levanta a sí mismo a los sumisos, pero en las inferiores edificó para sí una casa humilde de nuestro lodo, por la cual deprime de sí mismos a los que han de ser sometidos y los transporta hacia sí, sanando la hinchazón y nutriendo el amor, para que no avancen más lejos confiados en sí mismos, sino más bien se debiliten, viendo ante sus pies la divinidad débil por la participación de nuestra túnica de pieles, y cansados se prosternen en ella, y ella levantándose los levante.
Pero yo pensaba otra cosa y solo sentía esto del Señor Cristo mío, cuanto de un varón de excelente sabiduría al que ninguno pudiera igualarse, sobre todo porque nacido milagrosamente de una virgen, para ejemplo del desprecio de las cosas temporales en pro de alcanzar la inmortalidad, parecía haber merecido por el divino cuidado de nosotros tanta autoridad de magisterio. Pero qué sacramento tuviera «el Verbo se hizo carne», ni siquiera podía sospechar. Solo había conocido de las cosas que se transmiten escritas de él que comió y bebió, durmió, caminó, se alegró, se entristeció, habló, que aquella carne no se adhirió a tu Verbo sino con alma y mente humana.
Esto lo sabe todo el que sabe la inmutabilidad de tu Verbo, que yo ya sabía cuanto podía, y de ningún modo dudaba algo de ello. Pues mover ahora los miembros del cuerpo por la voluntad, ahora no moverlos, ahora ser afectado por algún afecto, ahora no serlo, ahora proferir sentencias sabias por signos, ahora estar en silencio, son propios de la mutabilidad del alma y de la mente. Que si estas cosas se hubieran escrito falsamente de él, también todas correrían peligro de mentira y no quedaría en aquellas letras ninguna salvación de fe para el género humano.
Porque, pues, fueron escritas verdaderamente, reconocía en Cristo al hombre entero, no solo el cuerpo del hombre o con el cuerpo sin la mente el alma, sino al hombre mismo, no por la persona de la verdad, sino por cierta gran excelencia de la naturaleza humana y más perfecta participación de la sabiduría consideraba que debía preferirse a los demás. Pero Alipio pensaba que así creen los católicos que Dios está vestido de carne, que además de Dios y carne no había en Cristo alma ni mente de hombre, no estimaba que se predicara en él.
Y porque estaba bien persuadido de que no se podían hacer sin criatura vital y racional aquellas cosas que se transmiten en la memoria de él, se movía más perezosamente hacia la misma fe cristiana. Pero después, conociendo que este era el error de los herejes apolinaristas, se congratuló y se conformó con la fe católica. Pero yo confieso que aprendí algo más tarde, en aquello de que «el Verbo se hizo carne», cómo la verdad católica se separa de la falsedad de Fotino.
Pues la reprobación de los herejes hace que sobresalga lo que tu Iglesia siente y lo que tiene la sana doctrina. Porque «convenía que también hubiera herejías, para que los probados se hicieran manifiestos entre los débiles».
Pero entonces, leídos aquellos libros de los platónicos, después que advertido por ellos busqué la verdad incorpórea, «tus cosas invisibles por las cosas que fueron hechas inteligidas» las vi y rechazado sentí lo que por las tinieblas de mi alma no me era permitido contemplar, cierto de que tú existes y eres infinito y sin embargo de ningún modo te difundes por espacios finitos o infinitos y eres verdaderamente tú, que siempre eres el mismo, en ninguna parte ni en ningún movimiento otro ni de otra manera, y que todas las demás cosas son de ti, por este solo firmísimo documento porque son, cierto ciertamente estaba en estas cosas, pero demasiado débil para gozar de ti.
Hablaba ciertamente como perito y, si no buscara en Cristo, salvador nuestro, tu camino, no perito sino perecedero habría sido. Pues ya había comenzado a querer parecer sabio lleno de mi castigo y no lloraba, más aún, estaba inflado con la ciencia. ¿Dónde estaba, pues, aquella caridad edificante desde el fundamento de la humildad, que es Cristo Jesús? ¿O cuándo me enseñarían aquellos libros a ella? En los cuales creo que quisiste que yo incurriera, antes de que considerara tus Escrituras, para que se imprimiera en mi memoria cómo había sido afectado por ellos y, cuando después hubiera sido amansado en tus libros y curaran tus dedos mis heridas, discerniera y distinguiera qué diferencia hay entre la presunción y la confesión, entre los que ven adónde hay que ir pero no ven por dónde, y el camino que conduce no solo a contemplar sino también a habitar la bienaventurada patria.
Pues si primero hubiera sido instruido en tus santas letras y en su familiaridad me hubieras endulzado, y después hubiera caído en aquellos volúmenes, tal vez me habrían arrancado del sólido fundamento de la piedad, o si hubiera persistido en el afecto que había bebido saludablemente, habría pensado que también de aquellos libros se podía concebir, si alguien hubiera aprendido solo aquellos.
Así pues, avidísimamente arrebaté el venerable estilo de tu espíritu, y por encima de los demás al apóstol Pablo, y perecieron aquellas cuestiones en las que alguna vez me pareció contradecirse a sí mismo y no concordar el texto de su discurso con los testimonios de la ley y de los profetas, y me apareció una sola faz de las castas palabras, y aprendí a exultar con temor. Y comencé y encontré que, cuanto allá había leído verdadero, aquí se decía con la recomendación de tu gracia, para que quien ve no se gloríe así, como si no hubiera recibido no solo lo que ve, sino también para que vea (pues ¿qué tiene que no haya recibido?) y para que no solo sea amonestado a verte a ti, que eres siempre el mismo, sino también sea sanado para tenerte, y quien desde lejos no puede verte, sin embargo camine por el camino por donde venga y vea y tenga, porque, «aunque se deleite el hombre con la ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará de otra ley en sus miembros que repugna a la ley de su mente y lo lleva cautivo en la ley del pecado, que está en sus miembros?»
Porque eres justo, Señor, pero nosotros pecamos, inicuamente hicimos, impíamente nos comportamos, y se ha agravado sobre nosotros tu mano, y justamente fuimos entregados al antiguo pecador, prepósito de la muerte, porque persuadió a nuestra voluntad la semejanza de su voluntad, por la que no permaneció en tu verdad. ¿Qué hará el hombre miserable? «¿Quién lo liberará del cuerpo de esta muerte, sino tu gracia por Jesucristo Señor nuestro», al que engendraste coeterno y creaste «en el principio de tus caminos, en quien el príncipe de este mundo no encontró nada digno de muerte», y lo mató?
Y fue anulado el quirógrafo que estaba contra nosotros. Esto no tienen aquellas letras: no tienen aquellas páginas el rostro de esta piedad, las lágrimas de la confesión, tu sacrificio, el espíritu contrito, el corazón contrito y humillado, la salvación del pueblo, la esposa ciudad, la prenda del Espíritu Santo, el cáliz de nuestro precio. Nadie allí canta: «¿No estará sometida mi alma a Dios? Porque de él viene mi salvación: pues él mismo es mi Dios y mi salvador, mi acogedor: no me moveré más».
Nadie allí oye al que llama: «Venid a mí los que trabajáis». Desdeñan aprender de él porque es manso y humilde de corazón. Porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Y una cosa es desde la cima silvestre ver la patria de la paz y no encontrar el camino hacia ella y esforzarse en vano por lo intransitable rodeado de acechantes e insidiadores desertores fugitivos con su príncipe el león y el dragón, y otra cosa tener el camino que conduce allá fortificado por el cuidado del emperador celeste, donde no hacen latrocinios los que desertaron de la milicia celeste; pues la evitan como un suplicio. Estas cosas se me entrañaban de modos admirables, cuando leía al mínimo de tus apóstoles, y había considerado tus obras y me había estremecido.
Dios mío, quiero recordar y darte gracias confesando tus misericordias sobre mí. Que mis huesos se empapen de tu amor y digan: «Señor, ¿quién hay como tú?» Rompiste mis cadenas: te ofreceré un sacrificio de alabanza. Contaré cómo las rompiste, y todos los que te adoran, cuando escuchen esto, dirán: «Bendito el Señor en el cielo y en la tierra; grande y admirable es su nombre». Tus palabras se habían adherido a mi corazón, y estaba rodeado por ti por todas partes.
Tenía la certeza de tu vida eterna, aunque la veía en enigma y como a través de un espejo; sin embargo, se me había quitado toda duda sobre la sustancia incorruptible, de la que procede toda sustancia, y no deseaba estar más seguro de ti, sino más firme en ti. Pero en mi vida temporal todo vacilaba, y mi corazón necesitaba limpiarse de la levadura vieja. Me gustaba el camino, el mismo Salvador, pero aún me daba pereza atravesar sus angosturas.
Y tú pusiste en mi mente, y me pareció bien a mis ojos, ir a ver a Simpliciano, que se me presentaba como tu buen servidor y en quien brillaba tu gracia. Había oído también que desde su juventud vivía entregado a ti con devoción; ya entonces había envejecido y, por su larga edad en el estudio tan bueno de seguir tu vida, me parecía que había experimentado mucho y aprendido mucho: y verdaderamente así era. Por eso quería exponerle mis inquietudes, consultando con él, para que me mostrara cuál era el modo apropiado para alguien en mi estado de ánimo para caminar por tu senda.
Veía la iglesia llena, y uno iba por un lado, otro por otro, pero a mí me disgustaba lo que hacía en el mundo y era una carga muy pesada para mí, ya que no me inflamaban los deseos de antes, la esperanza de honores y dinero, para soportar aquella servidumbre tan grave. Ya no me deleitaban esas cosas comparadas con tu dulzura y el esplendor de tu casa, que amé, pero todavía estaba fuertemente atado por la mujer, y el apóstol no me prohibía casarme, aunque exhortaba a algo mejor, deseando sobre todo que todos los hombres fueran como él.
Pero yo, más débil, elegía un lugar más blando y por eso solo me agitaba, lánguido en lo demás y consumiéndome con preocupaciones marchitas, porque en otros asuntos que no quería sufrir me veía obligado a ajustarme a la vida conyugal, a la que estaba entregado y atado. Había oído de boca de la verdad que hay eunucos que se castraron a sí mismos por el reino de los cielos, pero, dice, «quien pueda entender, que entienda». Vanos son ciertamente todos los hombres en quienes no está la ciencia de Dios, y no pudieron hallar por los bienes visibles a aquel que es.
Pero yo ya no estaba en aquella vanidad. La había superado y con el testimonio de toda la creación había encontrado a ti, nuestro creador, y a tu Palabra, Dios contigo y un solo Dios contigo, por quien creaste todo. Y hay otro género de impíos, que conociendo a Dios no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias. También había caído en esto, pero tu diestra me recogió y sacándome de allí me pusiste donde pudiera recuperarme, porque dijiste al hombre: «He aquí que la piedad es la sabiduría», y «no quieras parecer sabio, porque los que se dicen sabios se vuelven necios». Y ya había encontrado la perla preciosa, y debía comprarla vendiendo todo lo que tenía, pero dudaba.
Me dirigí entonces a Simpliciano, padre en recibir la gracia del entonces obispo Ambrosio, a quien éste amaba verdaderamente como a un padre. Le conté los rodeos de mi error. Cuando mencioné que había leído algunos libros de los platónicos, que Victorino, antiguo profesor de retórica de la ciudad de Roma, del que había oído que murió cristiano, había traducido al latín, se congratuló de que no hubiera caído en los escritos de otros filósofos llenos de falacias y engaños según los elementos de este mundo, mientras que en aquéllos de todas las maneras se insinúa a Dios y su Palabra.
Luego, para exhortarme a la humildad de Cristo oculta a los sabios y revelada a los pequeños, recordó al propio Victorino, a quien había conocido muy familiarmente cuando estaba en Roma, y me contó sobre él algo que no callaré. Pues tiene una gran alabanza de tu gracia que debe confesarse a ti, cómo aquel anciano doctísimo y peritísimo en todas las disciplinas liberales, que había leído y juzgado tantas obras de los filósofos, maestro de tantos nobles senadores, que incluso había merecido y recibido una estatua en el foro romano por la distinción de su eminente magisterio, que los ciudadanos de este mundo consideran extraordinario, hasta aquella edad venerador de ídolos y partícipe de ritos sacrilegos, con los que entonces casi toda la nobleza romana, hinchada, respiraba, Anubis ladrador y toda clase de dioses monstruosos, que alguna vez habían empuñado armas contra Neptuno y Venus y contra Minerva, y a quienes Roma, ya vencida por ellos, suplicaba, que este anciano Victorino había defendido durante tantos años con voz aterradora, no se avergonzó de ser niño de tu Cristo e infante de tu fuente, sometiendo el cuello al yugo de la humildad y domando la frente al oprobio de la cruz.
Oh Señor, Señor, que inclinaste los cielos y descendiste, tocaste los montes y humearon, ¿de qué modos te insinuaste en aquel pecho? Leía, según dice Simpliciano, la sagrada Escritura y todas las letras cristianas las investigaba con suma diligencia y las escrutaba, y decía a Simpliciano, no públicamente sino en secreto y con más familiaridad: «Has de saber que ya soy cristiano». Y aquél respondía: «No lo creeré ni te contaré entre los cristianos, a menos que te vea en la iglesia de Cristo».
Él entonces se burlaba diciendo: «¿Acaso las paredes hacen cristianos?» Y decía esto con frecuencia, que ya era cristiano, y Simpliciano respondía aquello con frecuencia, y con frecuencia él repetía la burla de las paredes. Pues temía ofender a sus amigos, soberbios adoradores de demonios, desde cuya cumbre de dignidad babilónica, como desde los cedros del Líbano que el Señor aún no había quebrado, pensaba que caerían sobre él gravemente las enemistades. Pero después de que bebió firmeza leyendo y anhelando, y temió ser negado por Cristo ante los santos ángeles si lo temía confesar ante los hombres, y se vio culpable de un gran crimen por avergonzarse de los sacramentos de la humildad de tu Palabra y no avergonzarse de los ritos sacrilegos de los soberbios demonios, que como imitador soberbio había aceptado, perdió la vergüenza ante la vanidad y se avergonzó de la verdad, y súbita e inesperadamente dijo a Simpliciano, según él mismo contaba: «Vamos a la iglesia: quiero hacerme cristiano».
Pero éste, sin poderse contener de gozo, fue con él. Después de que fue instruido en los primeros sacramentos, no mucho después dio también su nombre para ser regenerado por el bautismo, mientras Roma se admiraba y la iglesia se alegraba. Los soberbios lo veían y se enfurecían, rechinaban sus dientes y se consumían. Pero para tu servidor el Señor Dios era su esperanza, y no miraba a las vanidades y a las locuras mentirosas.
Finalmente, cuando llegó la hora de profesar la fe, que suele darse en Roma por quienes van a acceder a tu gracia con palabras fijas concebidas y retenidas de memoria desde un lugar elevado ante el pueblo fiel, dicen que los presbíteros ofrecieron a Victorino que la diera en secreto, como solía ofrecerse por costumbre a algunos que parecían que iban a temblar de vergüenza; pero él prefirió profesar su salvación ante la santa multitud. Pues no había salvación en la retórica que enseñaba, y sin embargo la había profesado públicamente.
Cuánto menos debía temer a tu manso rebaño pronunciando tu palabra, él que no temía en sus palabras a las turbas de insensatos. Así pues, cuando subió para darla, todos, cada uno que lo conocía, murmuraron su nombre con estruendo de felicitación (¿y quién allí no lo conocía?). Y sonó con sonido contenido en las bocas de todos los que se alegraban: «Victorino, Victorino». Pronto sonaron con júbilo porque lo veían, y pronto callaron con atención para oírlo.
Pronunció la fe verdadera con espléndida confianza, y todos querían arrebatarlo dentro de su corazón. Y lo arrebataban amándolo y alegrándose: ésas eran las manos de los que arrebataban.
Dios bueno, ¿qué sucede en el hombre para que se alegre más por la salvación de un alma desesperada y liberada de un peligro mayor que si siempre hubiera habido esperanza para ella o el peligro hubiera sido menor? Pues también tú, Padre misericordioso, te alegras más de un penitente que de noventa y nueve justos que no necesitan penitencia. Y nosotros con gran regocijo escuchamos, cuando oímos con qué júbilo los hombros del pastor traen de vuelta a la oveja que se había extraviado, y se devuelve la moneda a tus tesoros alegrándose con ella las vecinas de la mujer que la encontró, y las lágrimas sacuden el gozo de la solemnidad de tu casa, cuando se lee en tu casa sobre tu hijo menor que «estaba muerto y revivió, estaba perdido y fue hallado».
Pues te alegras en nosotros y en tus ángeles santos por santa caridad. Pues tú eres siempre el mismo, que conoces siempre del mismo modo todas las cosas que no son siempre ni del mismo modo.
¿Qué sucede entonces en el alma para que se deleite más con las cosas que ama encontradas o devueltas que si siempre las hubiera tenido? Pues dan testimonio también las demás cosas y todas están llenas de testimonios que claman: «Así es». Triunfa el emperador victorioso, y no hubiera vencido si no hubiera combatido, y cuanto mayor fue el peligro en el combate, tanto mayor es el gozo en el triunfo. La tempestad sacude a los navegantes y amenaza con naufragio: todos palidecen por la muerte futura.
Se tranquiliza el cielo y el mar, y se regocijan muchísimo, porque temieron muchísimo. Un ser querido está enfermo y su pulso anuncia algo malo: todos los que desean su salud enferman juntos en el ánimo. Se recupera y aunque aún no camina con sus fuerzas anteriores, ya hay tal gozo cual no había cuando antes caminaba sano y fuerte. Y esos mismos placeres de la vida humana los adquieren los hombres no sólo con molestias que sobrevienen inesperadas y contra la voluntad, sino también con molestias planeadas y voluntarias.
El placer de comer y beber no existe si no precede la molestia del hambre y la sed. Y los borrachos comen cosas algo saladas para que se produzca un ardor molesto que, cuando la bebida lo apaga, produce deleite. Y se ha establecido que las novias prometidas no se entreguen inmediatamente, para que el marido no tenga en poco a la dada si el novio no suspiró por la demorada.
Esto en el gozo torpe y execrable, esto en el que está permitido y es lícito, esto en la más sincera honestidad de la amistad, esto en el que estaba muerto y revivió, estaba perdido y fue hallado: en todas partes un gozo mayor es precedido por una molestia mayor. ¿Qué es esto, Señor Dios mío, cuando tú eres gozo eterno para ti mismo, tú mismo, y algunas cosas de ti se gozan siempre en torno a ti?
¿Qué es que esta parte de las cosas alterna en defecto y progreso, en choques y reconciliaciones? ¿O es éste su modo y tanto les diste, cuando desde lo más alto de los cielos hasta lo más bajo de la tierra, desde el principio hasta el fin de los siglos, desde el ángel hasta el gusano, desde el primer movimiento hasta el último, colocaste todos los géneros de bienes y todas tus obras justas cada una en sus lugares y las hiciste actuar cada una en sus tiempos?
¡Ay de mí, qué excelso eres en las alturas y qué profundo en las profundidades! Y a ninguna parte te retiras, y apenas volvemos a ti.
Vamos, Señor, actúa, despiértanos y llámanos de vuelta, enciéndenos y arrebátanos, abrasa, hazte dulce: amemos, corramos. ¿Acaso no vuelven a ti muchos desde un tártaro más profundo de ceguera que Victorino, y se acercan y son iluminados recibiendo la luz? Quienes la reciben, reciben de ti el poder de ser tus hijos. Pero si son menos conocidos por los pueblos, menos se alegran de ellos incluso quienes los conocen. Porque cuando se goza con muchos, también en cada uno es más abundante el gozo, porque se calientan y se inflaman mutuamente.
Además, porque siendo conocidos por muchos, son autoridad de salvación para muchos y preceden a muchos que han de seguir, por eso se alegran mucho de ellos también quienes los precedieron, porque no se alegran de ellos solos. Lejos de que en tu tabernáculo se acepten las personas de los ricos antes que los pobres o de los nobles antes que los plebeyos, cuando más bien elegiste lo débil del mundo para confundir lo fuerte, y elegiste lo plebeyo de este mundo y lo despreciable, y lo que no es como si fuera, para aniquilar lo que es.
Y sin embargo, el mismo que fue el menor de tus apóstoles, por cuya lengua resonaron esas palabras tuyas, cuando Pablo el procónsul, vencida su soberbia por su milicia, fue enviado bajo el yugo suave de tu Cristo, convertido en provincial del gran rey, también él mismo quiso ser llamado Pablo en lugar del anterior Saulo por la distinción de una victoria tan grande. Pues el enemigo es vencido más en aquel a quien más retiene y por quien retiene a más.
Pero retiene más a los soberbios por el nombre de la nobleza, y por éstos a más por el nombre de la autoridad. Por tanto, cuanto más gratamente era considerado el corazón de Victorino, que el diablo había tenido como receptáculo inexpugnable, la lengua de Victorino, con la que como arma grande y afilada había matado a muchos, tanto más abundantemente debían regocijarse tus hijos porque nuestro rey ató al fuerte, y veían sus vasos arrebatados y limpiados y adaptados para tu honor y hechos útiles al Señor para toda obra buena.
Pero cuando tu hombre Simpliciano me contó esto de Victorino, me encendí para imitarlo: precisamente para eso me lo había contado. Pero cuando añadió también que en tiempos del emperador Juliano se promulgó una ley por la que se prohibía a los cristianos enseñar literatura y oratoria, ley que él aceptó, prefiriendo abandonar la escuela locuaz antes que tu Palabra, por la que haces elocuentes las lenguas de los niños, me pareció no tanto valiente como afortunado, porque había encontrado ocasión de quedar libre para ti, cosa que yo suspiraba, atado no con hierro ajeno sino con mi férrea voluntad.
Mi querer lo tenía el enemigo y de él me había hecho una cadena y me había atado. Pues de la voluntad perversa se hizo el deseo, y mientras se sirve al deseo se hizo la costumbre, y mientras no se resiste a la costumbre se hizo la necesidad. Con estos como eslabones entrelazados entre sí (por eso lo llamé cadena) me tenía sujeto en dura servidumbre. Pero la voluntad nueva que había empezado a existir en mí, de rendirte culto gratuitamente y querer gozar de ti, Dios, única alegría cierta, aún no era idónea para superar a la anterior robustecida por la antigüedad. Así mis dos voluntades, una vieja, otra nueva, una carnal, otra espiritual, combatían entre sí y discordando disipaban mi alma.
Así comprendía por mi propia experiencia lo que había leído, cómo la carne apetece contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Yo ciertamente estaba en ambas, pero más yo en lo que aprobaba en mí que en lo que reprobaba en mí. Pues allí ya no era tanto yo, porque en gran parte lo padecía más contra mi voluntad que lo hacía queriendo, pero sin embargo la costumbre se había hecho más combativa contra mí por mi culpa, porque queriendo había llegado a donde no quería.
¿Y quién contradiría con justicia, cuando al que peca le sigue un castigo justo? Y ya no tenía aquella excusa con la que me solía parecer que por eso aún no te servía despreciando el mundo, porque me era incierta la percepción de la verdad: pues ya también ésta era cierta. Pero yo, todavía atado a la tierra, rehusaba militar para ti y temía tanto quedar libre de todos los impedimentos como se debe temer ser impedido.
Así me oprimía dulcemente la carga del mundo, como suele hacerse en el sueño, y los pensamientos con que meditaba en ti eran semejantes a los esfuerzos de los que quieren despertarse, que sin embargo superados por la profundidad del sopor se sumergen de nuevo. Y así como nadie hay que quiera dormir siempre y según el juicio sano de todos es preferible estar despierto, sin embargo las más veces el hombre difiere sacudir el sueño cuando hay un pesado sopor en los miembros, y aunque ya le desagrada lo agarra con más gusto aunque haya llegado la hora de levantarse: así tenía por cierto que era mejor entregarme a tu caridad que ceder a mi deseo, pero aquello agradaba y vencía, esto gustaba y ataba.
Y no había nada que te respondiera cuando me decías: «Levántate tú que duermes y álzate de entre los muertos, y Cristo te iluminará», y por todas partes mostrándome que decías verdad, no había absolutamente nada que responderte convencido por la verdad, sino solo palabras lentas y soñolientas: «Ahora», «ahora mismo», «deja un poco». Pero «ahora y ahora» no tenía límite y «deja un poco» se alargaba. En vano me complacía en tu ley según el hombre interior, cuando otra ley en mis miembros repugnaba a la ley de mi mente y me llevaba cautivo a la ley del pecado que estaba en mis miembros.
Pues la ley del pecado es la violencia de la costumbre, por la que el ánimo es arrastrado y retenido incluso contra su voluntad, mereciéndolo porque voluntariamente cayó en ella. ¿Quién me libraría pues de este cuerpo de muerte sino tu gracia por Jesucristo, nuestro Señor?
Y de cómo me sacaste del vínculo del deseo carnal, con el que estaba atadísimamente retenido, y de la servidumbre de los negocios seculares, lo contaré y confesaré a tu nombre, Señor, mi auxiliador y mi redentor. Hacía mis cosas habituales, creciendo la ansiedad, y suspiraba a ti cada día. Frecuentaba tu iglesia, cuanto me dejaba libre de aquellos negocios bajo cuyo peso gemía. Conmigo estaba Alipio, ocioso del trabajo de jurisconsulto después de la tercera asesoría, esperando a quiénes vender de nuevo sus consejos, como yo vendía la facultad de hablar, si es que puede prestarse algo enseñando.
Pero Nebridio había cedido a nuestra amistad para enseñar como asistente a Verecundo, milanés y ciudadano y gramático, el más familiar de todos nosotros, que deseaba vehementemente e imploraba por derecho de amistad de nuestro grupo una ayuda fiel, de la que necesitaba muchísimo. No atraía pues a Nebridio allí el deseo de provechos (pues podía hacer más de las letras, si quisiera) sino que por oficio de benevolencia no quiso desdeñar nuestra petición, amigo dulcísimo y suavísimo.
Pero actuaba en ello muy prudentemente cuidándose de darse a conocer a personas importantes según este mundo, evitando en ellos toda inquietud del ánimo, que quería tener libre y cuantas horas fuera posible de vacación para buscar algo o leer u oír sobre la sabiduría.
Así pues, un cierto día (no recuerdo la causa por la que estaba ausente Nebridio), he aquí que vino a nuestra casa, a mí y a Alipio, un tal Ponticiano, paisano nuestro en cuanto africano, que militaba eminentemente en palacio: no sé qué quería de nosotros. Y nos sentamos para conversar. Y casualmente reparó en un códice sobre la mesa de juego que estaba ante nosotros. Lo tomó, lo abrió, encontró al apóstol Pablo, inesperadamente sin duda: pues pensaba que era alguno de los libros cuya profesión me consumía.
Entonces verdaderamente sonriendo y mirándome se admiró congratulatoriamente de que hubiera encontrado de repente aquellas letras y sólo aquellas ante mis ojos. Pues era cristiano y fiel, y con frecuencia se prosternaba ante ti, nuestro Dios, en la iglesia en oraciones frecuentes y prolongadas. Cuando le indiqué que prestaba suma atención a aquellas escrituras, se inició una conversación en la que él contaba sobre Antonio el monje egipcio, cuyo nombre brillaba excelentemente entre tus siervos, pero para nosotros hasta aquella hora había estado oculto.
Cuando lo descubrió, se detuvo en aquella conversación, instruyendo a los ignorantes sobre tan gran hombre y admirándose de nuestra ignorancia. Nosotros nos asombrábamos oyendo maravillas tan atestiguadas tuyas en la fe recta y la iglesia católica en memoria tan reciente y casi en nuestros tiempos. Todos nos admirábamos, nosotros porque eran tan grandes, y él porque no habíamos oído de ellas.
De allí su conversación derivó a las multitudes de los monasterios y a las costumbres de tu fragancia y los desiertos fecundos del yermo, de los que nosotros nada sabíamos. Y había un monasterio en Milán lleno de buenos hermanos fuera de las murallas de la ciudad bajo Ambrosio como nutridor, y no lo sabíamos. Proseguía él y hablaba todavía, y nosotros atentos callábamos. De donde cayó en contar que no sabía cuándo él y otros tres compañeros suyos, sin duda en Tréveris, cuando el emperador estaba ocupado en el espectáculo meridiano del circo, salieron a pasear por los jardines contiguos a las murallas y allí, como casualmente caminaban separados en parejas, uno con él por separado y los otros dos igualmente por separado anduvieron dispersándose; pero aquéllos en su vagabundeo irrumpieron en cierta casa donde habitaban unos siervos tuyos pobres en espíritu, de los cuales es el reino de los cielos, y encontraron allí un códice en el que estaba escrita la vida de Antonio.
Uno de ellos empezó a leerla y a admirarse y encenderse, y mientras leía meditó abrazar tal vida y dejar la milicia secular para servirte a ti. Eran de los que llaman agentes de asuntos. Entonces súbitamente lleno de amor santo y sobrio pudor, airado consigo, arrojó los ojos sobre su amigo y le dijo: «Dime, te ruego, con todos estos trabajos nuestros ¿adónde aspiramos a llegar? ¿Qué buscamos? ¿Por qué causa militamos? ¿Puede ser mayor nuestra esperanza en palacio que ser amigos del emperador?
¿Y allí qué no es frágil y lleno de peligros? ¿Y por cuántos peligros se llega a un peligro mayor? ¿Y cuándo será eso? Pero amigo de Dios, si quiero, he aquí que ahora lo soy». Dijo esto y turbado por el parto de una vida nueva devolvió los ojos a las páginas. Y leía y se cambiaba por dentro, donde tú veías, y se despojaba del mundo su mente, como pronto apareció. Pues mientras leía y revolvía las olas de su corazón, bramó alguna vez y discernió y decidió lo mejor, ya tuyo dijo a su amigo: «Yo ya me he arrancado de aquella esperanza nuestra y he decidido servir a Dios, y esto desde esta hora, en este lugar empiezo.
Si te pesa imitarme, no te opongas». Respondió él adherirse como socio de tan gran recompensa y de tal milicia. Y ambos ya tuyos edificaban la torre con el gasto idóneo de dejar todas sus cosas y seguirte. Entonces Ponticiano y el que con él paseaba por otras partes del jardín, buscándolos, llegaron al mismo lugar y encontrándolos los advirtieron que volvieran, porque ya declinaba el día. Pero ellos, narrado su designio y propósito y cómo en ellos había surgido y se había afirmado tal voluntad, pidieron que no les fueran molestos si rehusaban unirse.
Éstos, aunque no cambiados de los anteriores, sin embargo lloraron sobre sí mismos, según decía, y piadosamente los felicitaron y se encomendaron a sus oraciones y arrastrando el corazón por tierra se fueron a palacio, pero aquéllos fijando el corazón en el cielo permanecieron en la casa. Y tenían ambos prometidas que, después de que oyeron esto, también ellas dedicaron su virginidad a ti.
Contaba esto Ponticiano. Pero tú, Señor, entre sus palabras me retorcías hacia mí mismo, quitándome de mi espalda, donde me había puesto mientras no quería atenderme, y me colocabas ante mi cara, para que viera cuán feo era, cuán distorsionado y sucio, manchado y ulceroso. Y veía y me horrorizaba, y adónde huir de mí no había. Pero si intentaba apartar de mí la vista, contaba él lo que contaba, y tú de nuevo me oponías a mí y me arrojabas ante mis ojos, para que encontrara mi iniquidad y la odiara. La conocía, pero la disimulaba y la contenía y la olvidaba.
Pero entonces verdaderamente cuanto más ardientemente amaba a aquellos de quienes oía los saludables afectos, que se habían entregado totalmente a ti para ser sanados, tanto más execrablemente me odiaba comparado con ellos, porque muchos años míos habían transcurrido conmigo (quizá doce años) desde que a los diecinueve años de mi edad, leído el Hortensio de Cicerón, había sido excitado al estudio de la sabiduría y difería despreciada la felicidad terrena para dedicarme a investigarla, cuyo no hallazgo sino sola búsqueda ya debía anteponerse incluso a los tesoros hallados y a los reinos de las naciones y a las voluptuosidades corporales fluyendo al antojo.
Pero yo, joven mísero, mísero en el mismo comienzo de la juventud, incluso te había pedido la castidad y había dicho: «Dame castidad y continencia, pero no todavía». Pues temía que me oyeras pronto y pronto me sanaras de la enfermedad de la concupiscencia, que prefería saciar que extinguir. Y había ido por caminos perversos con superstición sacrílega, no ciertamente seguro en ella sino como anteponiéndola a las demás, que no buscaba piadosamente sino que combatía enemigamente.
Y había pensado que difería de día en día despreciada la esperanza del mundo seguirte a ti solo, porque no me aparecía algo cierto a lo que dirigir mi curso. Y había llegado el día en que quedaba desnudo ante mí y me increpaba mi conciencia: «¿Dónde está la lengua? Pues decías que por lo incierto de la verdad no querías arrojar la carga de la vanidad. He aquí que ya es cierta, y aquélla todavía te oprime, y reciben alas hombros más libres quienes ni se desgastaron tanto en el buscar ni meditaron esto diez años y más».
Así me roía por dentro y me confundía con vergüenza horrible vehementemente, cuando Ponticiano hablaba tales cosas. Terminada la conversación y el asunto por el que había venido, se fue él, y yo a mí. ¿Qué no dije en mí? ¿Con qué golpes de sentencias no flagelé mi alma para que me siguiera intentando ir tras ti? Y se resistía, rehusaba, y no se excusaba. Se habían consumido y convencido todos los argumentos. Quedaba una trepidación muda y como temía la muerte la restricción del flujo de la costumbre, con la que se consumía en la muerte.
Entonces en aquella gran riña de mi casa interior, que había suscitado fuertemente con mi alma en la alcoba nuestra, el corazón, turbado tanto en el rostro como en la mente me lanzo sobre Alipio: exclamo: «¿Qué sufrimos? ¿Qué es esto? ¿Qué oíste? Se levantan los indoctos y arrebatan el cielo, y nosotros con nuestras doctrinas sin corazón, ¡he aquí dónde nos revolcamos en carne y sangre! ¿O porque nos precedieron, nos avergüenza seguir y no nos avergüenza ni siquiera seguir?»
Dije no sé qué cosas así, y me arrebató de él mi arrebato, cuando callaba atónito mirándome. Pues no sonaba como de costumbre. Hablaban mi ánimo más la frente, las mejillas, los ojos, el color, el modo de la voz que las palabras que profería. Había un huertecillo de nuestro hospedaje, del que usábamos como de toda la casa: pues el huésped no habitaba allí, dueño de la casa. Allá me había llevado el tumulto del pecho, donde nadie impidiera la ardiente disputa que había emprendido conmigo, hasta que saliera —cómo tú sabías, yo no—: sólo enloquecía saludablemente y moría vitalmente, conocedor de qué mal era y desconocedor de qué bien iba a ser después de un poco.
Me retiré pues al jardín, y Alipio pisada tras pisada. Pues tampoco era mi secreto donde él estaba. ¿O cuándo me abandonaría así afectado? Nos sentamos lo más lejos posible de los edificios. Yo bramaba en espíritu, indignándome con indignación turbulentísima de que no iba a tu acuerdo y pacto conmigo, Dios mío, al que ir todos mis huesos clamaban y te elevaban con alabanzas hasta el cielo. Y no se iba allá en naves o cuadrigas o a pie, ni siquiera tanto como había ido desde la casa hasta aquel lugar donde estábamos sentados.
Pues no sólo ir sino también llegar allá no era otra cosa que querer ir, pero querer fuerte e íntegramente, no medio herida volver y lanzar acá y acá la voluntad con una parte levantándose mientras otra cae luchando.
Finalmente hacía tantas cosas con el cuerpo en los mismos ardores de la vacilación, que a veces quieren los hombres y no pueden, si o no tienen los miembros mismos o los tienen atados con cadenas o disueltos por languidez o de cualquier modo impedidos. Si me arranqué el cabello, si golpeé la frente, si entrelazados los dedos abracé la rodilla, porque quise, lo hice. Podía sin embargo querer y no hacer, si la movilidad de los miembros no obedeciera.
Hacía pues tantas cosas, donde no era eso el querer lo que el poder: y no hacía lo que y con afecto incomparablemente más me gustaba, y pronto como quisiera podría, porque pronto como quisiera, sin duda querría. Pues allí la facultad era la que la voluntad, y el mismo querer ya era hacer; y sin embargo no se hacía, y más fácilmente obedecía el cuerpo a la más tenue voluntad del alma, para que al antojo los miembros se movieran, que el alma misma a sí para la gran voluntad en sola la voluntad perfeccionándose.
¿De dónde este monstruo? ¿Y por qué esto? Brille tu misericordia, y pregunte, si por ventura puedan responderme los escondrijos de las penas de los hombres y las tenebrísimas contriciones de los hijos de Adán. ¿De dónde este monstruo? ¿Y por qué esto? El ánimo manda al cuerpo, y se obedece al instante; el ánimo se manda a sí, y se resiste. El ánimo manda que se mueva la mano, y es tanta la facilidad que apenas del servicio se discierne el imperio: y el ánimo es ánimo, la mano en cambio es cuerpo.
El ánimo manda que quiera el ánimo, ni es otro ni lo hace sin embargo. ¿De dónde este monstruo? ¿Y por qué esto, digo, que manda querer quien no mandaría si no quisiera, y no hace lo que manda? Pero no de todo quiere: no de todo pues manda. Pues en tanto manda, en cuanto quiere, y en tanto no se hace lo que manda, en cuanto no quiere, porque la voluntad manda que exista voluntad, ni otra, sino ella misma.
No pues manda plena; por eso no es lo que manda. Pues si fuera plena, ni mandaría que fuera, porque ya sería. No pues es monstruo en parte querer, en parte no querer, sino enfermedad del ánimo es, que no se levanta del todo agravado por la costumbre por la verdad. Y por eso son dos voluntades, porque una de ellas no es entera y lo que está presente en una le falta a la otra.
Perezcan de tu presencia, Dios, como perecen, los habladores vanos y seductores de la mente que, cuando advierten dos voluntades en el deliberar, aseveran que hay dos naturalezas de dos mentes, una buena, otra mala. Ellos verdaderamente son malos, cuando sienten estas cosas malas, y los mismos ellos serán buenos, si sintieran las verdades y consintieran a las verdades, para que les diga tu apóstol: «Fuisteis alguna vez tinieblas, pero ahora luz en el Señor». Pero ellos mientras quieren ser luz, no en el Señor sino en sí mismos, pensando que la naturaleza del alma es esto que Dios es, así se hicieron tinieblas más densas, porque se alejaron más horriblemente de ti con arrogancia, de ti verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
Atended lo que decís, y avergonzaos y acercaos a él y sed iluminados, y vuestros rostros no se avergonzarán. Yo cuando deliberaba para servir ya al Señor Dios mío, como largo tiempo había dispuesto, yo era el que quería, yo el que no quería: yo era. Ni plenamente quería ni plenamente no quería. Por eso conmigo contendía y me disipaba de mí mismo, y esta disipación se hacía contra mi voluntad ciertamente, sin embargo no mostraba la naturaleza de una mente ajena sino el castigo de la mía.
Y por eso ya no yo obraba aquello, sino lo que habitaba en mí el pecado del castigo de un pecado más libre, porque era hijo de Adán.
Pues si son tantas naturalezas contrarias cuantas voluntades se resisten entre sí, no ya dos sino más serán. Si alguien delibera si vaya a su conventículo o al teatro, claman éstos: «He aquí dos naturalezas, una buena lleva acá, otra mala retrocede allá, pues ¿de dónde esta vacilación de voluntades adversas entre sí?» Pero yo digo que ambas son malas, y la que lleva a ellos y la que retrocede al teatro. Pero no creen que sea buena sino la que va a ellos.
¿Qué si pues alguno de los nuestros delibera y con dos voluntades altercando entre sí fluctúa, si vaya al teatro o a nuestra iglesia, no fluctuarán también éstos qué responder? Pues o admitirán lo que no quieren, que con buena voluntad se va a nuestra iglesia, como van a ella quienes han sido imbuidos en sus sacramentos y están retenidos, o pensarán que dos malas naturalezas y dos malas mentes luchan en un solo hombre, y no será verdad lo que suelen decir, una buena, otra mala, o se convertirán a lo verdadero y no negarán, cuando alguien delibera, que una sola alma se agita con diversas voluntades.
Ya pues no digan, cuando sienten dos voluntades adversarias entre sí en un solo hombre, que dos mentes contrarias de dos sustancias contrarias y de dos principios contrarios contienden, una buena, otra mala. Pues tú, Dios veraz, los repruebas y refutas y convences, como en ambas voluntades malas, cuando alguien delibera si mate a un hombre con veneno o con hierro, si invada este fundo ajeno o aquél, cuando no puede ambos, si compre el placer con la lujuria o guarde el dinero con la avaricia, si vaya al circo o al teatro, si los dos se exhiben en un solo día;
añado también un tercero, si vaya al hurto de la casa ajena, si se da la ocasión; y añado también un cuarto, si vaya a cometer adulterio, si también de allí simultáneamente se abre la facultad; si todos concurren en un solo punto del tiempo y se desean a la par todos que no pueden hacerse simultáneamente, pues desgarran el ánimo las cuatro o incluso más voluntades adversas entre sí en tanta copia de cosas que se apetecen, y sin embargo no suelen decir tanta multitud de diversas sustancias.
Así también en las voluntades buenas. Pues les pregunto si es bueno deleitarse en la lectura del apóstol y si es bueno deleitarse en un salmo sobrio y si es bueno comentar el evangelio. Responderán a cada uno: «Bueno». ¿Qué si pues todos deleitan igualmente y simultáneamente en un solo tiempo, no diversas voluntades distienden el corazón del hombre, mientras se delibera qué potísimamente agarremos? Y todas son buenas y compiten entre sí, hasta que se elija una a la que se lleve la voluntad entera una, que antes en varias se dividía.
Así también cuando la eternidad deleita arriba y la voluptuosidad del bien temporal retiene abajo, la misma alma es no con entera voluntad queriendo aquello o esto y por eso se desgarra con grave molestia, mientras aquello antepone por la verdad, esto no depone por la familiaridad.
Así enfermaba y me torturaba, acusándome a mí mismo más que de costumbre muy acerbamente y volviéndome y revolviéndome en mi vínculo, hasta que se rompiera del todo, por lo que ya con exiguo me retenía, pero me retenía sin embargo. Y tú instabas en mis ocultos, Señor, con severa misericordia, redoblando los azotes del temor y del pudor, para que no cesara de nuevo y no se rompiera lo mismo exiguo y tenue que había quedado, y se fortaleciera otra vez y me atara más robustamente.
Decía pues dentro de mí: «He aquí que se haga ahora, que se haga ahora», y con la palabra ya iba al acuerdo. Ya casi lo hacía y no lo hacía, sin embargo no recaía en lo anterior sino que desde cerca me mantenía y respiraba. Y de nuevo lo intentaba, y un poco menos estaba allí y un poco menos, ya ya lo alcanzaba y lo tenía. Y no estaba allí ni lo alcanzaba ni lo tenía, vacilando morir a la muerte y vivir a la vida, y prevalecía más en mí lo peor inveterado que lo mejor insólito, y el mismo punto del tiempo en que había de ser otro, cuanto más cerca se acercaba, tanto más amplio horror infundía. Pero no me echaba atrás ni me apartaba, sino que me suspendía.
Me retenían las niñerías de niñerías y las vanidades de vanidades, antiguas amigas mías, y sacudían mi vestido carnal y murmuraban: «¿Nos despides?» y «¿desde este momento no estaremos contigo nunca más en la eternidad?» y «¿desde este momento no te será lícito esto y aquello nunca más en la eternidad?» ¿Y qué sugerían en eso que dije «esto y aquello», qué sugerían, Dios mío, aparte tu misericordia del alma de tu siervo? ¡Qué suciedades sugerían, qué vergüenzas!
Y las oía ya lejos menos que la mitad, no como contradiciéndome libremente saliendo al encuentro, sino como desde la espalda murmurando y pellizcándome furtivamente al que se iba, para que me volviera. Retrasaban sin embargo al que vacilaba arrancarme y sacudirme de ellas y saltar adonde era llamado, cuando me decía la costumbre violenta: «¿Piensas que podrás sin éstas?»
Pero ya muy tibiamente decía esto. Pues se abría por la parte hacia la que extendía el rostro y adonde transitar temblaba la casta dignidad de la continencia, serena y no disolutamente alegre, honestamente halagándome a que viniera y no dudara, y extendiendo para recibirme y abrazarme piadosas manos llenas de muchedumbres de buenos ejemplos. Allí tantos niños y niñas, allí juventud mucha y toda edad, y graves viudas y vírgenes ancianas, y en todas la continencia misma de ningún modo estéril, sino fecunda madre de hijos de gozos del marido tú, Señor.
Y se reía de mí con risa exhortatoria, como si dijera: «¿Tú no podrás lo que éstos, lo que éstas? ¿O verdaderamente éstos y éstas en sí mismos pueden y no en el Señor Dios suyo? El Señor Dios de ellos me dio a ellos. ¿Por qué en ti te mantienes y no te mantienes? Arrójate en él! No temas. No se sustraerá para que caigas: arrójate seguro! Te recibirá y te sanará». Y me avergonzaba muchísimo, porque aún oía los murmullos de aquellas niñerías, y vacilante pendía.
Y de nuevo ella, como si dijera: «Ensordece contra aquellos miembros tuyos inmundos sobre la tierra, para que se mortifiquen. Te narran deleites, pero no como la ley del Señor Dios tuyo». Esta controversia en mi corazón no sino de mí mismo contra mí mismo. Pero Alipio pegado a mi costado el éxito de mi insólito movimiento esperaba callado.
Pero cuando desde el fondo arcano la profunda consideración sacó y amontonó toda mi miseria en la vista de mi corazón, se levantó una tempestad enorme trayendo una enorme lluvia de lágrimas. Y para que lo derramara todo con sus voces, me levanté de Alipio (la soledad se me sugería más apta al negocio del llorar) y me retiré más lejos de lo que podía serme onerosa incluso su presencia. Así estaba entonces, y él lo sintió: pues no sé qué, creo, había dicho en lo que aparecía el sonido de mi voz ya grávida de llanto, y así me había levantado.
Se quedó pues donde estábamos sentados terriblemente estupefacto. Yo bajo cierta higuera me eché no sé cómo, y solté las riendas a las lágrimas, y prorrumpieron los ríos de mis ojos, sacrificio aceptable tuyo, y no ciertamente con estas palabras, pero en este sentido muchas cosas te dije: «¿Y tú, Señor, hasta cuándo? ¿Hasta cuándo, Señor, te irritarás hasta el fin? No seas memor de nuestras iniquidades antiguas». Pues sentía que me retenían. Lanzaba voces miserables: «¿Cuánto tiempo, cuánto tiempo, «mañana y mañana»? ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no en esta hora el fin de mi torpeza?»
Decía estas cosas y lloraba con amarguísima contrición de mi corazón. Y he aquí oigo una voz de la casa vecina como cantando y repitiendo frecuentemente, como de niño o niña, no sé: «Toma lee, toma lee». Y al instante cambiado el rostro comencé intensísimamente a pensar si acaso solían los niños en algún género de juego canturrear algo tal. Y no se me ocurría en absoluto haber oído en alguna parte, y reprimido el ímpetu de las lágrimas me levanté, nada más interpretando que divinamente se me ordenaba sino que abriera el códice y leyera el primer capítulo que encontrara.
Pues había oído de Antonio que por una lectura evangélica a la que casualmente había llegado fue amonestado, como si se le dijera a él lo que se leía: «Vete, vende todo lo que tienes, y da a los pobres y tendrás tesoro en los cielos; y ven, sígueme», y por tal oráculo al instante se convirtió a ti. Así pues animado volví a aquel lugar donde estaba sentado Alipio: pues allí había puesto el códice del apóstol cuando de allí me levanté.
Lo agarré, abrí, y leí en silencio el capítulo al que primero se arrojaron mis ojos: «No en comilonas y embriagueces, no en lechos y deshonestidades, no en contienda y emulación, sino revestíos del Señor Jesucristo y no hagáis la providencia de la carne en las concupiscencias». Ni más allá quise leer ni era necesario. Al instante pues con el fin de esta sentencia como infundida luz de seguridad a mi corazón todas las tinieblas de la duda se dispersaron.
Entonces interpuesto o el dedo o no sé qué otra señal cerré el códice y con rostro ya tranquilo se lo indiqué a Alipio. Pero él qué se obraba en él (que yo no sabía) así lo indicó. Pide ver qué había leído. Se lo mostré, y atendió también más allá de lo que yo había leído. E ignoraba qué seguía. Seguía en verdad: «Al flaco en la fe recibid». Lo cual refirió a sí y me abrió.
Pero con tal amonición se afirmó y con el placito y propósito bueno y congruentísimo a sus costumbres, con las que ya hacía mucho y muy lejos distaba de mí para mejor, sin turbulenta vacilación alguna se unió. De ahí a la madre entramos, lo indicamos: se alegra. Narramos cómo fue hecho: exulta y triunfa y te bendecía, que eres poderoso para hacer más allá de lo que pedimos y entendemos, porque tanto más amplio concedido sobre mí por ti veía que lo que solía pedir con miserables y flebiles gemidos.
Pues me convertiste a ti, para que ni esposa buscase ni alguna esperanza de este mundo, de pie en aquella regla de fe en la que me hacía tantos años le habías revelado, y convertiste su llanto en gozo mucho más copioso que había querido, y mucho más caro y casto que del que requería de nietos de mi carne.
Oh Señor, yo soy tu siervo, yo soy tu siervo e hijo de tu sierva: rompiste mis cadenas, a ti te ofreceré sacrificio de alabanza. Que te alabe mi corazón y mi lengua, y que todos mis huesos digan: «Señor, ¿quién semejante a ti?» Que lo digan, y respóndeme y di a mi alma: «Yo soy tu salvación». ¿Quién soy yo y qué clase de persona soy? ¿Qué no fue malo, o mis hechos o, si no hechos, mis palabras o, si no palabras, mi voluntad?
Pero tú, Señor, bueno y misericordioso, con tu diestra contemplando la profundidad de mi muerte y desde el fondo de mi corazón agotando el abismo de corrupción. Y esto era todo: no querer lo que quería y querer lo que querías. Pero ¿dónde estuvo durante tanto tiempo y desde qué profundo y oculto secreto fue evocado en un instante mi libre albedrío, para que sometiera mi cerviz a tu suave yugo y mis hombros a tu carga ligera, Cristo Jesús, mi auxiliador y mi redentor?
¡Qué dulce se me hizo de repente carecer de las dulzuras de las frivolidades, y lo que había sido miedo perder, ahora era alegría despedir! Pues tú las arrojabas de mí, tú, verdadera y suma dulzura, las arrojabas y entrabas en su lugar, más dulce que todo placer, pero no para la carne y la sangre, más claro que toda luz, pero más interior que todo secreto, más sublime que todo honor, pero no para los que son sublimes en sí mismos.
Ya mi espíritu estaba libre de las preocupaciones mordaces de ambicionar y adquirir y revolcarme y rascar la sarna de las pasiones, y charlaba contigo, mi claridad y mis riquezas y mi salvación, Señor Dios mío.
Y me pareció bien ante ti no arrancar tumultuosamente sino suavemente sustraer el servicio de mi lengua de los mercados de la palabrería, para que ya no compraran de mi boca armas para su furor los muchachos que meditan no tu ley, no tu paz, sino locuras mentirosas y batallas forenses. Y oportunamente ya quedaban poquísimos días hasta las vacaciones de vendimia, y decidí soportarlos, para que me retirara solemnemente y, redimido ya por ti, no volviera como mercancía en venta.
Nuestro plan estaba pues ante ti, pero ante los hombres solo ante los nuestros. Y habíamos convenido entre nosotros que no se divulgara a cualquiera, aunque tú nos habías dado, a los que subíamos desde el valle del llanto y cantábamos el cántico de las subidas, flechas agudas y carbones devastadores contra la lengua insidiosa, como si aconsejando contradijera y, como suele hacer con el alimento, consumiera amando.
Habías traspasado nuestro corazón con tu caridad y llevábamos tus palabras clavadas en las entrañas. Y los ejemplos de tus siervos, a quienes habías hecho luminosos de oscuros y vivos de muertos, acumulados en el seno de nuestro pensamiento, quemaban y consumían el pesado letargo, para que no nos precipitáramos a lo profundo, y nos encendían poderosamente, de modo que todo soplo de contradicción de lengua insidiosa pudiera inflamarnos más agudamente, no extinguirnos. Sin embargo, porque por tu nombre, que has santificado por las tierras, también tendría ciertamente alabadores nuestro voto y propósito, parecía cosa de jactancia no esperar el tan próximo tiempo de vacaciones, sino retirarme de la profesión pública y situada ante los ojos de todos antes, de modo que, vueltos a mi acción los rostros de todos, al ver que quise adelantarme al tan cercano día de vendimia, dijeran muchas cosas, como que había deseado parecer grande. ¿Y de qué me servía esto, que se pensara y se discutiera sobre mi ánimo y se blasfemara nuestro bien?
Es más, el hecho de que ese mismo verano mi pulmón había comenzado a ceder ante el excesivo trabajo literario y a respirar con dificultad y con dolores de pecho a testimoniar que estaba herido y a rechazar una voz más clara o más prolongada, al principio me había perturbado porque me obligaba a deponer la carga de aquel magisterio casi ya por necesidad o, si pudiera curarme y recobrarme, ciertamente a interrumpirlo. Pero cuando surgió en mí y se consolidó la voluntad plena de estar libre para contemplar que tú eres el Señor (lo sabes, Dios mío), incluso comencé a alegrarme de que también se presentara esta excusa no mentirosa, que temperara la ofensa de los hombres que, por causa de sus hijos, nunca querían que yo fuera libre.
Lleno, pues, de tal alegría, soportaba aquel intervalo de tiempo hasta que transcurriera (no sé si eran unos veinte días), pero sin embargo se soportaban con fortaleza porque había desaparecido la codicia que solía llevar conmigo el pesado negocio, y yo habría quedado aplastado si no hubiera sobrevenido la paciencia. Alguno de tus siervos, hermanos míos, habrá dicho que pequé en esto, en que ya con el corazón lleno de tu milicia me permití sentarme ni siquiera una hora en la cátedra de la mentira, pero yo no discuto. Pero tú, Señor misericordiosísimo, ¿acaso no perdonaste y remitiste también este pecado junto con los demás horribles y funestos en el agua santa?
Verecundo se consumía de angustia por este bien nuestro, porque, a causa de sus vínculos, por los que estaba tenacísimamente atado, veía que era abandonado de nuestra compañía. Aún no era cristiano, aunque tenía esposa fiel, y por ella precisamente, más que por las demás cadenas, era retardado del camino que habíamos emprendido, y decía que no quería ser cristiano de otro modo que de aquel en que no podía. Sin embargo, amablemente nos ofreció que, mientras estuviéramos allí, estuviéramos en su propiedad.
Te retribuirás a él, Señor, en la resurrección de los justos, porque ya le retribuiste esa misma suerte. Pues aunque en nuestra ausencia, cuando ya estábamos en Roma, atacado por una enfermedad corporal y en ella hecho cristiano y fiel, emigró de esta vida. Así te compadeciste no solo de él sino también de nosotros, para que no nos atormentáramos con dolor intolerable pensando en la egregia humanidad del amigo hacia nosotros y sin poder contarlo en tu rebaño.
Gracias a ti, Dios nuestro. Somos tuyos. Lo indican tus exhortaciones y consolaciones: fiel prometedor, devuelves a Verecundo por aquella su finca de Casiciaco, donde descansamos en ti del calor del siglo, la amenidad del paraíso eternamente verde, porque le perdonaste sus pecados sobre la tierra en el monte cuajado, tu monte, monte abundante.
Se angustiaba, pues, entonces él mismo, pero Nebridio se congratulaba. Aunque también él, aún no cristiano, había caído en aquella fosa del error perniciosísimo de creer que la carne de tu Hijo era fantasma, sin embargo emergiendo de allí estaba así para sí, aún no imbuido de ninguno de los sacramentos de tu Iglesia, pero investigador ardentísimo de la verdad. A él, no mucho después de nuestra conversión y regeneración por tu bautismo, siendo también él mismo fiel católico, sirviéndote en castidad perfecta y continencia en África entre los suyos, cuando toda su casa por él se había hecho cristiana, lo liberaste de la carne.
Y ahora vive en el seno de Abraham. Lo que sea aquello que se significa con ese seno, allí vive mi Nebridio, mi dulce amigo, hijo tuyo, Señor, adoptivo de liberto: allí vive. Pues ¿qué otro lugar para tal alma? Allí vive, desde donde me preguntaba muchas cosas a mí, hombrecillo inexperto. Ya no pone el oído en mi boca sino la boca espiritual en tu fuente, y bebe cuanta sabiduría puede según su avidez sin fin, feliz.
Y no creo que se embriague de ella de modo que se olvide de mí, pues tú, Señor, a quien él bebe, eres memor de nosotros. Así estábamos, pues, consolando a Verecundo triste, salva la amistad, de tal conversión nuestra y exhortándolo a la fe de su grado, es decir, de la vida conyugal, y esperando a Nebridio, cuándo seguiría, lo que desde tan cerca podía. Y estaba ya a punto de hacerlo, cuando he aquí que se cumplieron por fin aquellos días.
Pues parecían largos y muchos por amor de la libertad ociosa para cantar desde las médulas todas. Te dijo mi corazón: «Busqué tu rostro; tu rostro, Señor, buscaré».
Y llegó el día en que también de hecho me liberé de la profesión retórica, de la que ya en el pensamiento estaba liberado, y se hizo. Liberaste mi lengua de donde ya habías liberado mi corazón, y te bendecía gozoso, marchando a la finca con todos los míos. Lo que allí hice en las letras ya ciertamente sirviéndote, pero todavía respirando en la pausa como en la escuela de la soberbia, lo atestiguan los libros disputados con los presentes y conmigo mismo a solas ante ti; lo que con Nebridio ausente, lo atestiguan las cartas.
¿Y cuándo me bastaría el tiempo para conmemorar todos tus grandes beneficios hacia nosotros en aquel tiempo, sobre todo apresurándome hacia otros mayores? Pues me reclama mi memoria, y dulce se me hace, Señor, confesarte con qué aguijones internos me domaste, y cómo me allanaste humillando los montes y colinas de mis pensamientos y enderezaste mis cosas torcidas y suavizaste las ásperas, de qué modo también al mismo Alipio, hermano de mi corazón, sometiste al nombre de tu Unigénito, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que al principio desdeñaba que se insertara en nuestros escritos.
Pues más bien quería que olieran a cedros de los gimnasios, que el Señor ya destrozó, que a las hierbas saludables eclesiásticas contrarias a las serpientes.
¡Qué voces te daba, Dios mío, cuando leía los salmos de David, cánticos fieles, sonidos de piedad que excluyen el espíritu hinchado, rudo en el genuino amor de ti, catecúmeno en la finca con el catecúmeno Alipio feriados, adhiriéndose a nosotros mi madre con hábito de mujer, fe viril, seguridad de anciana, caridad materna, piedad cristiana! ¡Qué voces te daba en aquellos salmos, y cómo me inflamaba en ti por ellos y me encendía para recitarlos, si pudiera, a todo el orbe de la tierra contra la soberbia del género humano!
Y sin embargo en todo el orbe se cantan, y no hay quien se esconda de tu calor. ¡Con qué vehemente y agudo dolor me indignaba contra los maniqueos y de nuevo me compadecía de ellos, porque no conocían aquellos sacramentos, aquellos medicamentos y estaban locos contra el antídoto por el que podrían estar sanos! Quisiera que estuvieran en algún lugar cerca entonces y, sin que yo supiera que estaban allí, contemplaran mi rostro y oyeran mis voces cuando leí el salmo cuarto en aquel entonces ocio.
Lo que aquel salmo hizo de mí («Cuando invoqué, me escuchó el Dios de mi justicia; en la tribulación me dilataste. Ten misericordia de mí, Señor, y escucha mi oración»), que lo oyeran sin que yo supiera si oían, no fuera que pensaran que por causa de ellos decía aquello que entre estas palabras dije, porque de verdad ni lo diría ni lo diría así si sintiera que era oído y visto por ellos, ni, si lo dijera, lo recibirían como lo dije conmigo y para mí ante ti por el familiar afecto de mi espíritu.
Me horroricé temiendo y al mismo tiempo me encendí esperando y exultando en tu misericordia, Padre. Y todo esto salía por mis ojos y mi voz, cuando tu Espíritu bueno convertido a nosotros nos dice: «Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo de corazón pesado? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira?» Pues yo había amado la vanidad y buscado la mentira, y tú, Señor, ya habías magnificado a tu santo, resucitándolo de entre los muertos y colocándolo a tu diestra, desde donde enviara de lo alto su promesa, el Paráclito, el Espíritu de verdad.
Y ya lo había enviado, pero yo no lo sabía. Lo había enviado, porque ya había sido magnificado resurgiendo de entre los muertos y ascendiendo al cielo. Pero antes el Espíritu aún no había sido dado, porque Jesús aún no había sido glorificado. Y clama la profecía: «¿Hasta cuándo de corazón pesado? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Y sabed que el Señor magnificó a su santo». Clama «¿hasta cuándo?», clama «sabed», y yo durante tanto tiempo sin saberlo amé la vanidad y busqué la mentira, y por eso oí y me estremecí, porque se dice a tales cuales recordaba haber sido yo.
Pues en los fantasmas que tomé por verdad había vanidad y mentira. Y resoné muchas cosas grave y fuertemente en el dolor de mi recuerdo. ¡Ojalá las hubieran oído quienes todavía hasta ahora aman la vanidad y buscan la mentira! Quizá se habrían perturbado y lo habrían vomitado, y los escucharías cuando clamaran a ti, porque con verdadera muerte de la carne murió por nosotros el que te interpela por nosotros.
Leía: «Airaos y no pequéis», y cómo me conmovía, Dios mío, yo que ya había aprendido a airarme contra mí por lo pasado, para no pecar en adelante, y con razón airarme, porque no era otra naturaleza de la gente de las tinieblas la que pecaba por mí, como dicen los que no se aíran contra sí mismos y atesoran para sí ira en el día de la ira y de la revelación de tu justo juicio. Y ya mis bienes no estaban fuera ni se buscaban con ojos carnales en este sol.
Pues los que quieren gozar exteriormente fácilmente se desvanecen y se derraman en las cosas que se ven y son temporales, y con pensamiento hambriento lamen sus imágenes. Y oh si se fatigaran de hambre y dijeran: «¿Quién nos mostrará los bienes?» Y digamos, y oigan: «Está señalada sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor». Pues no somos nosotros la luz que ilumina a todo hombre, sino somos iluminados por ti para que, los que fuimos alguna vez tinieblas, seamos luz en ti.
¡Oh si vieran lo interno eterno, que yo, porque lo había gustado, rechinaba los dientes, porque no podía mostrárselo, si traen a mí su corazón en sus ojos fuera de ti y dicen: «¿Quién nos mostrará los bienes?»! Pues allí donde me airé contra mí, dentro en el lecho donde fui compungido, donde sacrifiqué matando mi vejez y comenzada la meditación de mi renovación esperando en ti, allí comenzaste a hacerte dulce para mí y diste alegría a mi corazón.
Y exclamaba leyendo estas cosas afuera y reconociendo adentro, y no quería multiplicarme en bienes terrenales, devorando tiempos y devorado por los tiempos, cuando tenía en la eterna simplicidad otro trigo y vino y aceite.
Y clamaba en el verso siguiente con clamor alto de mi corazón: «¡Oh en paz! ¡Oh en lo mismo!» ¡Oh qué dijo? «Me dormiré y tomaré sueño!» Porque ¿quién nos resistirá, cuando se haga la palabra que está escrita: «La muerte fue absorbida en la victoria»? Y tú eres lo mismo grandemente, tú que no te mudas, y en ti el descanso olvidando todos los trabajos, porque ningún otro contigo ni para alcanzar otras muchas cosas que no son lo que tú, sino tú, Señor, singularmente en esperanza me constituiste.
Leía y ardía, y no encontraba qué hacer con los sordos muertos de los cuales había sido yo, peste, ladrador amargo y ciego contra las letras melosas de la miel del cielo y luminosas de tu luz, y me consumía sobre los enemigos de esta escritura.
¿Cuándo recordaré todo de aquellos días feriados? Pero no he olvidado ni callaré la aspereza de tu flagelo y la admirable rapidez de tu misericordia. Entonces me torturabas con dolor de muelas, y cuando se agravaba tanto que no podía hablar, subió a mi corazón la advertencia de amonestar a todos los míos que estaban presentes para que te rogaran por mí, Dios de la salvación de todo modo. Y escribí esto en cera y se lo di para que lo leyeran.
Tan pronto como fijamos las rodillas con afecto de súplica, huyó aquel dolor. Pero ¿qué dolor? ¿O cómo huyó? Me espanté, lo confieso, Señor Dios mío. Pues nada tal había experimentado desde el comienzo de la edad, y se insinuaron en mí en lo profundo tus señas. Y gozándome en la fe alabé tu nombre, y esa fe no me dejaba estar seguro sobre mis pecados pasados, que aún no me habían sido remitidos por tu bautismo.
Renuncié, pasadas las vendimias, para que los milaneses proveyeran otro vendedor de palabras a sus escolásticos, porque yo había escogido servirte a ti y por la dificultad de respirar y el dolor de pecho no era suficiente para aquella profesión. Y di a conocer por carta a tu obispo, el santo varón Ambrosio, mis errores pasados y mi voto presente, para que me aconsejara qué de tus libros me convenía leer principalmente, para que llegara a ser más preparado y más apto para recibir gracia tan grande.
Él me mandó leer al profeta Isaías, creo, porque más que los demás es anunciador más claro del evangelio y de la vocación de las gentes. Pero yo, no entendiendo la primera lectura de este y juzgando todo tal, aplaqué el repetirlo más ejercitado en la palabra del Señor.
De allí, cuando llegó el tiempo en que convenía que diera mi nombre, abandonado el campo volvimos a Milán. Plugo también a Alipio renacer en ti conmigo, ya revestido de la humildad congruente a tus sacramentos y fortísimo domador del cuerpo, hasta atreverse con insólita audacia a hollar con pie desnudo el suelo glacial de Italia. Juntamos también con nosotros al muchacho Adeodato, nacido carnalmente de mí de mi pecado. Bien lo habías hecho tú. Era de unos quince años y en ingenio superaba a muchos varones graves y doctos.
Tus dones te confieso, Señor Dios mío, creador de todas las cosas y muy poderoso para formar nuestras deformidades, pues yo en aquel muchacho no tenía nada sino el delito. Pues que también fuera nutrido por nosotros en tu disciplina, tú nos lo habías inspirado, ningún otro. Tus dones te confieso. Hay un libro nuestro que se titula «Del maestro»: él habla allí conmigo. Tú sabes que son suyos todos los pensamientos que se insertan allí de la persona de mi interlocutor, cuando estaba en los dieciséis años.
Muchas otras cosas más admirables de él experimenté: me horrorizaba aquel ingenio. ¿Y quién sino tú artífice de tales prodigios? Pronto quitaste de la tierra su vida, y más seguro lo recuerdo no temiendo nada para su niñez ni adolescencia ni en absoluto para aquel hombre. Lo asociamos coetáneo nuestro en tu gracia, para ser educado en tu disciplina. Y fuimos bautizados y huyó de nosotros la solicitud de la vida pasada. Ni me saciaba en aquellos días con la dulzura admirable de considerar la altura de tu designio sobre la salvación del género humano.
¡Cuánto lloré en tus himnos y cánticos, conmovido agudamente por las voces de tu Iglesia que sonaban suavemente! Aquellas voces fluían en mis oídos, y se fundía la verdad en mi corazón, y de allí hervía el afecto de piedad, y corrían las lágrimas, y bien me iba con ellas.
No hacía mucho que la Iglesia milanesa había comenzado a celebrar este género de consolación y exhortación cantando los hermanos concertadamente con voces y corazones, con gran ardor. Pues ciertamente hacía un año o no mucho más, cuando Justina, madre del rey niño Valentiniano, perseguía a tu hombre Ambrosio por la causa de su herejía, en que había sido seducida por los arrianos. Velaba el pueblo piadoso en la iglesia, preparado para morir con su obispo, tu siervo.
Allí mi madre, tu sierva, teniendo las primeras partes de solicitudes y vigilias, vivía en oraciones. Nosotros, todavía fríos del calor de tu espíritu, sin embargo éramos excitados por la ciudad atónita y turbada. Entonces se instituyó que se cantaran himnos y salmos según la costumbre de las partes orientales, para que el pueblo no se consumiera con el tedio de la tristeza, retenido desde entonces hasta hoy, imitándolo ya muchos y casi todos tus rebaños también por las demás partes del orbe.
Entonces al antedicho obispo tuyo le abriste por visión dónde yacían los cuerpos de los mártires Protasio y Gervasio, que durante tantos años habías guardado incorruptos en el tesoro de tu secreto, de donde oportunamente los sacaras para refrenar la rabia femenina pero regia. Pues cuando fueron divulgados y excavados y transferidos con digno honor a la basílica ambrosiana, no solo los que eran vejados por espíritus inmundos eran sanados confesándolo los mismos demonios, sino también cierto ciudadano ciego desde hacía varios años y notísimo a la ciudad, cuando hubo preguntado la causa del tumulto alborozado del pueblo y la oyó, saltó y rogó a su guía que lo condujera allá, adonde conducido logró ser admitido para que con un sudario tocara el féretro de la muerte preciosa ante ti de tus santos; cuando lo hizo y se lo aplicó a los ojos, al punto se abrieron.
De allí la fama discurriendo, de allí tus alabanzas fervientes, lucientes, de allí el ánimo de aquella enemiga, aunque no aplicado a la sanidad de creer, sin embargo fue reprimido del furor de perseguir. Gracias a ti, Dios mío. ¿De dónde y adónde condujiste mi memoria, para que confesara también estas cosas, que grandes las había pasado por alto olvidado? Y sin embargo entonces, cuando así fragaba el olor de tus ungüentos, no corríamos tras ti. Por eso lloraba más entre los cánticos de tus himnos, antaño suspirando por ti y por fin respirando, cuanto se extiende el aire en la casa de heno.
Tú que haces habitar unánimes en la casa, nos asociaste también a Evodio, joven de nuestro municipio. Quien sirviendo en el ejército se había convertido a ti antes que nosotros y fue bautizado y abandonada la milicia secular se ciñó en la tuya. Estábamos juntos, íbamos a habitar juntos con santo propósito. Buscábamos qué lugar nos tendría más útilmente sirviéndote; volvíamos juntos a África. Y cuando estábamos en Ostia del Tíber, murió mi madre. Muchas cosas omito, porque mucho me apresuro: acepta mis confesiones y acciones de gracias, Dios mío, de cosas innumerables incluso en silencio.
Pero no omitiré lo que mi alma pare sobre aquella sierva tuya, que me parió a mí tanto en la carne, para que naciera en esta luz temporal, como en el corazón, para que naciera en la luz eterna. No sus cosas sino tus dones en ella diré, pues ni ella se había hecho a sí misma ni se había educado a sí misma. Tú la creaste (ni padre ni madre sabía cuál de ellos llegaría a ser) y la educó en tu temor la vara de tu Cristo, el gobierno de tu Unigénito, en la casa fiel, buen miembro de tu Iglesia.
Y no tanto pregonaba la diligencia de su madre para su disciplina cuanto la de cierta sierva decrépita, que había llevado a su padre infante, como suelen ser llevados los pequeños a la espalda de las doncellas grandecitas. Por cuya razón y por su vejez y óptimas costumbres era bastante honrada en la casa cristiana por los dueños. De donde también le fue encomendada la cura de las hijas domésticas, y la desempeñaba con diligencia y era vehemente en cohibirlas con santa severidad, cuando era necesario, y en enseñarlas con sobria prudencia.
Pues a ellas, fuera de aquellas horas en que se alimentaban muy moderadamente en la mesa de los padres, aunque ardieran de sed, ni siquiera beber agua las dejaba, precaviendo la costumbre mala y añadiendo palabra sana: «Ahora bebéis agua, porque no tenéis en potestad el vino; pero cuando hayáis venido a los maridos hechas señoras de las despensas y bodegas, el agua os dará asco, pero el hábito de beber prevalecerá». Con esta razón de preceptuar y con autoridad de mandar frenaba la avidez de la edad más tierna y formaba la misma sed de las doncellas hacia el modo honesto, de modo que ya ni les placiera lo que no conviniera.
Y sin embargo se le había deslizado, como me narraba a mí tu sierva su hijo, se le había deslizado a ella la vinolencia. Pues cuando de costumbre, como muchacha sobria, era mandada por los padres a sacar vino de la cuba, habiendo sumergido la copa por donde se abre arriba, antes de verter el puro en la botella, sorbía con los bordes de los labios un poco, porque no podía más rechazándolo el sentido. Pues no hacía esto por algún deseo de ebria, sino por ciertos excesos sobreabundantes de la edad, que hierven en movimientos lúdicos y en los ánimos pueriles suelen ser reprimidos con el peso de los mayores.
Así que añadiendo a aquel poco cotidiano poco (porque quien desprecia lo poco, poco a poco decae), había caído en tal costumbre que ya casi vasos llenos de puro sorbía con avidez. ¿Dónde estaba entonces la anciana sagaz y aquella prohibición vehemente? ¿Acaso valía algo contra la enfermedad latente, si tu medicina, Señor, no velara sobre nosotros? Ausentes el padre y la madre y las nodrizas, tú presente, que creaste, que llamas, que también por medio de los hombres prepuestos haces algo bueno para la salvación de las almas.
¿Qué hiciste entonces, Dios mío? ¿De dónde curaste? ¿De dónde sanaste? ¿Acaso no sacaste duro y agudo reproche de otra alma como hierro medicinal de tus ocultas previsiones y de un golpe cortaste aquella podredumbre? Una sierva, pues, con la que solía acercarse a la cuba, litigando con la señora menor, como sucede, sola con sola, le objetó este crimen con amarguísima insultación llamándola «merobibula». Con este aguijón ella percutida miró su fealdad y al punto la condenó y se la quitó.
Como los amigos adulando pervierten, así los enemigos litigando muchas veces corrigen. Ni tú les retribuyes lo que por ellos haces, sino lo que ellos mismos quisieron. Aquella airada apeteció agitar a la señora menor, no sanarla, y por eso clandestinamente, o porque así las encontraron el lugar y el tiempo de la riña, o porque quizá también ella misma peligrara, porque tan tarde lo reveló. Pero tú, Señor, rector de los celestiales y terrenales, retorciendo hacia tus usos la profundidad del torrente, el flujo ordenadamente turbulento de los siglos, también de la insania de otra alma sanaste a otra, para que nadie cuando advierte esto lo atribuya a su potencia, si con su palabra otro es corregido a quien quiere corregir.
Educada, pues, así púdica y sobriamente y más bien sometida a los padres por ti que por los padres a ti, cuando en años plenos fue hecha núbil, fue entregada a un varón y le sirvió como a un señor y se afanó por ganártelo a ti, hablándote a él por sus costumbres, por las cuales tú la hacías hermosa y reverentemente amable y admirable al marido. Pero toleró así las injurias del lecho que nunca tuvo con el marido enemistad alguna sobre esta cosa.
Pues esperaba tu misericordia sobre él, para que creyendo en ti se castificara. Era él por lo demás, como insigne en benevolencia, así férvido en ira. Pero ella había aprendido a no resistir al marido airado, no solo de hecho sino ni siquiera de palabra. Ya cuando estaba calmado y quieto y veía la oportunidad, rendía razón de su hecho, si acaso él se había movido más inconsideradamente. En fin, cuando muchas matronas, cuyos maridos eran más mansos, llevaban vestigios de golpes incluso deshonestada la cara, en las conversaciones de amigas acusaban la vida de los maridos, ella acusaba la lengua de ellas, como si por juego gravemente admoniendo, desde que habían oído recitar aquellas tablas que se llaman matrimoniales, como instrumentos por los cuales habían sido hechas siervas, debieron recordar la condición; por lo cual no convenía ensoberbecerse contra los señores.
Y cuando ellas se admiraban, sabiendo qué feroz cónyuge soportaba, que nunca se había oído o por algún indicio aparecido que Patricio hubiera golpeado a su esposa o que entre sí hubieran disentido ni un solo día con riña doméstica, y preguntaban familiarmente la causa, ella enseñaba su institución, que arriba mencioné. Las que la observaban, experimentadas se congratulaban; las que no la observaban, sujetas eran vejadas.
También a su suegra, al principio irritada contra ella por susurros de malas siervas, la venció así con obsequios, perseverando con tolerancia y mansedumbre, que ella espontáneamente al hijo reveló las lenguas intermedias de las famulillas, por las que se turbaba la paz doméstica entre ella y la nuera, y pidió venganza. Así que, después que él obedeciendo a la madre y cuidando la disciplina familiar y consultando la concordia de los suyos cohibió con azotes a las reveladas al arbitrio de la reveladora, prometió ella tales premios debía esperar de ella cualquiera que, para agradarle, le hablara de su nuera algún mal, y ninguna ya atreviéndose, vivieron entre sí con memorable suavidad de benevolencia.
Este don grande también diste a aquel buen mancipio tuyo, en cuyo útero me creaste, Dios mío, misericordia mía, que entre cualesquiera almas disidentes y discordes, donde podía, se mostraba tan pacífica que, cuando de una y otra oía cosas muy amargas entre sí, como suele eructar la discordia tumefacta e indigesta, cuando en conversaciones acedas se exhala a la amiga presente la crudeza de los odios sobre la enemiga ausente, nada a una de la otra revelaba sino lo que valiera para reconciliarlas.
Pequeño bien me parecería esto, si no hubiera experimentado triste turbas innumerables (por cierta horrenda pestilencia de pecados latísimamente divagada) que no solo a los airados enemigos revelan lo dicho por airados enemigos, sino que también añaden lo que no se dijo, cuando contra el hombre humano poco debe ser no excitar ni aumentar las enemistades de los hombres hablando mal, si no se esforzara también por extinguirlas hablando bien: tal era ella, enseñándola tú, maestro interno en la escuela del pecho.
Finalmente, también a su marido te lo ganó ya en la extrema vida temporal de él, y no lloró en él ya fiel lo que en él aún no fiel había tolerado: era también sierva de tus siervos. Cualquiera de ellos que la conocía, mucho en ella te alababa y honraba y amaba, porque sentía tu presencia en su corazón con los frutos testimonios de su santa conversación. Había sido esposa de un solo varón, había rendido mutua vez a los padres, había tratado su casa píamente, tenía testimonio en obras buenas.
Había nutrido hijos, pariéndolos tantas veces cuantas los veía desviarse de ti. Por último, a nosotros, Señor, a todos, porque por tu don nos permites hablar, a tus siervos que antes de su dormición asociados ya vivíamos en ti, percibida la gracia de tu bautismo, ejerció cuidado como si a todos hubiera parido, sirvió como si de todos hubiera sido parida.
Inminente, pues, el día en que había de salir de esta vida (día que tú conocías ignorándolo nosotros), había provenido, como creo, procurándolo tú por tus ocultos modos, que yo y ella solos estuviéramos, recostados en cierta ventana desde donde se contemplaba el jardín dentro de la casa que nos tenía, allí en Ostia del Tíber, donde removidos de las turbas después del trabajo del largo viaje nos restaurábamos para la navegación. Conversábamos, pues, solos muy dulcemente y, olvidando lo pasado y extendiéndonos a lo que está delante, buscábamos entre nosotros ante la verdad presente, que tú eres, cuál sería la vida eterna de los santos, que ni ojo vio ni oído oyó ni subió al corazón del hombre.
Pero bostezábamos con la boca del corazón hacia los fluentes supernos de tu fuente, fuente de vida, que está junto a ti, para que de allí según nuestra capacidad rociados de algún modo pensáramos cosa tan grande.
Y cuando la conversación se había conducido a aquel fin, que la delectación de los sentidos carnales, por grande que sea, en cualquier luz corpórea, comparada con la jocundidad de aquella vida, no parecía digna de comparación sino ni siquiera de mención, erigiéndonos con más ardiente afecto hacia lo mismo, recorrimos gradualmente todas las cosas corporales y el mismo cielo, desde donde sol y luna y estrellas lucen sobre la tierra. Y todavía ascendíamos interiormente pensando y hablando y admirando tus obras.
Y venimos a nuestras mentes y las trascendimos, para que alcanzáramos la región de la abundancia indeficiente, donde apacientas a Israel eternamente con pábulo de verdad, y allí la vida es la sabiduría, por la cual se hacen todas estas cosas, y las que fueron y las que serán, y ella misma no se hace, sino que es así como fue, y así será siempre. Más bien, haber sido y haber de ser no está en ella, sino solo ser, porque es eterna: pues haber sido y haber de ser no es eterno.
Y mientras hablamos y bostezamos hacia ella, la tocamos modestamente con todo ímpetu del corazón. Y suspiramos y dejamos allí religadas las primicias del espíritu y volvimos al estrépito de nuestra boca, donde la palabra y comienza y termina. ¿Y qué semejante a tu palabra, Señor nuestro, permaneciendo en sí sin vejez e innovando todas las cosas?
Decíamos, pues: «Si a alguien callara el tumulto de la carne, callaran los fantasmas de la tierra y las aguas y los aires, callaran también los polos, y la misma alma se callara a sí misma y se traspasara a sí no pensándose a sí, callaran los sueños y las revelaciones imaginarias, toda lengua y todo signo, y todo lo que haciéndose transeúndo si a alguien callara totalmente (porque si alguien las oye, todas estas cosas dicen: «No nos hicimos nosotras mismas, sino que nos hizo el que permanece eternamente»), dichas estas cosas si ya callaran, porque erigieron el oído hacia aquel que las hizo, y hablara él solo no por ellas sino por sí mismo, para que oigamos su palabra, no por lengua de carne ni por voz de ángel ni por sonido de nube ni por enigma de semejanza, sino a él mismo al que en estas cosas amamos, a él mismo sin estas lo oigamos (como ahora nos extendemos y con rápida cogitación tocamos la eterna sabiduría que permanece sobre todas las cosas), si esto se continuara y se sustrajesen otras visiones de género muy desigual y esta sola arrebatara y absorbiera y escondiera en gozos interiores a su espectador, de modo que tal fuera la vida sempiterna cual fue este momento de inteligencia hacia el que suspiramos, ¿acaso no es esto: ''Entra en el gozo de tu señor''? ¿Y esto cuándo? ¿Acaso cuando todos resurgimos, pero no todos somos mudados?»
Decía tales cosas, aunque no de este modo y con estas palabras, sin embargo, Señor, tú sabes, que aquel día, cuando decíamos tales cosas y este mundo nos envilecía entre las palabras con todas sus delectaciones, entonces ella dijo: «Hijo, en cuanto a mí atañe, en ninguna cosa ya me deleito en esta vida. Qué haga aquí aún y por qué esté aquí, no lo sé, ya consumida la esperanza de este siglo. Una cosa había por la que en esta vida deseaba demorar algo, que te viera cristiano católico antes que yo muriera. Cumulativamente me lo ha prestado mi Dios, que te vea también despreciada la felicidad terrena siervo suyo. ¿Qué hago aquí?»
A estas cosas qué le respondí no bastante lo recuerdo, cuando entretanto apenas dentro de cinco días o no mucho más se acostó con fiebres. Y cuando enfermaba, cierto día padeció desvanecimiento del alma y fue sustraída un poco de los presentes. Nosotros concurrimos, pero pronto fue restituida al sentido y miró a mí y a mi hermano presentes, y nos dice como semejante a quien busca: «¿Dónde estaba yo?» Luego mirándonos atónitos de dolor: «Ponéis aquí», dice, «a vuestra madre».
Yo callaba y frenaba el llanto, mi hermano en cambio habló algo, por lo que la optaba como más feliz que terminara no en tierra extraña sino en la patria. Lo cual oído, ella con rostro ansioso reverberándolo con los ojos, porque sabía tales cosas, y luego mirándome a mí: «Mira», dice, «qué dice». Y pronto a ambos: «Poned», dice, «este cuerpo dondequiera. Ningún cuidado de él os turbe. Solo esto os ruego, que en el altar del Señor os acordéis de mí, dondequiera que estéis». Y cuando esta sentencia explicó con las palabras que pudo, enmudeció y era ejercitada por la enfermedad que se agravaba.
Yo en verdad pensando en tus dones, Dios invisible, que envías en los corazones de tus fieles, y provienen de allí frutos admirables, gozaba y te daba gracias, recordando lo que conocía, cuánto cuidado siempre había estuado por el sepulcro que se había provisto y preparado junto al cuerpo de su marido. Porque habían vivido muy concordemente, quería también, como es el ánimo humano menos capaz de las cosas divinas, que se le añadiera a aquella felicidad y fuera conmemorado por los hombres, que se le hubiera concedido después de la peregrinación transmarina que la tierra de ambos cónyuges conjunta fuera cubierta por la tierra.
Cuándo, en cambio, esta inanidad por la plenitud de tu bondad había comenzado a no estar en su corazón, no lo sabía y me alegraba, admirando cómo se me había aparecido así (aunque también en aquella conversación nuestra en la ventana, cuando dijo: «Ya qué hago aquí?», no apareció desear morir en la patria). Oí también después que ya cuando estábamos en Ostia conversó cierto día con algunos amigos míos con maternal confianza sobre el desprecio de esta vida y el bien de la muerte, donde yo no estaba presente, y estupefactos ellos de la virtud de la mujer (porque tú se la habías dado) y preguntando si no temía dejar el cuerpo tan lejos de su ciudad, «Nada», dijo, «lejos está a Dios, ni es de temer que él no reconozca al fin del siglo de dónde resucitarme».
Así que en el día nono de su enfermedad, en el año quincuagésimo sexto de su edad, en el año trigésimo tercero de la mía, aquella alma religiosa y piadosa fue suelta del cuerpo.
Cerraba yo sus ojos, y confluía en mis precordios una tristeza ingente y transfluía en lágrimas, y al mismo tiempo mis ojos con violento imperio del ánimo resorbían su fuente hasta la sequedad, y en tal lucha muy mal me iba. Entonces, pues, cuando exhaló el extremo, el muchacho Adeodato exclamó en llanto y cohibido por todos nosotros calló. De este modo también algo mío pueril, que labía en llantos, era cohibido por voz juvenil del corazón y callaba.
Pues no juzgábamos que convenía celebrar aquellas exequias con quejas lacrimosas y gemidos, porque con ellos suele deplorarse cierta miseria de los que mueren o como extinción omnímoda. Pero ella ni miseramente moría ni totalmente moría. Esto lo teníamos por los documentos de sus costumbres y por la fe no fingida y por razones ciertas.
¿Qué era, pues, lo que dentro de mí gravemente dolía, sino la herida reciente de haber sido de repente derrumbada la costumbre de vivir juntos, dulcísima y carísima? Me congratulaba ciertamente del testimonio de ella, que en aquella misma última enfermedad halagando mis obsequios me llamaba piadoso y conmemoraba con grande afecto de dilección que nunca había oído de mi boca sonido arrojado contra ella duro o contumaz. Pero sin embargo, ¿qué tal, Dios mío, que nos hiciste, qué comparable tenía el honor dispensado por mí a ella y la servidumbre de ella hacia mí?
Por tanto, porque era desertado de tan grande solacio suyo, era herida el alma y como dilaniada la vida, que se había hecho una de la mía y la de ella.
Cohibido, pues, de llorar el muchacho, arrebató Evodio el salterio y comenzó a cantar un salmo. Al que respondíamos toda la casa: «Misericordia y juicio cantaré a ti, Señor». Oído, en cambio, qué se hacía, convergieron muchos hermanos y mujeres religiosas y, cuidando del funeral los de costumbre de cuyo oficio era, yo en la parte donde decorosamente podía, con los que juzgaban que no debía ser abandonado, lo que era congruente al tiempo disputaba y con aquel fomento de verdad mitigaba el tormento conocido para ti, desconocido para ellos y escuchándome intentemente y arbitrándome sin sentido de dolor.
Pero yo en tus oídos, donde ninguno de ellos oía, increpaba la molicie de mi afecto y constringía el flujo de la tristeza, y me cedía un poco. De nuevo con su ímpetu era llevado no hasta erupción de lágrimas ni hasta mutación de rostro, pero yo sabía qué con el corazón reprimía. Y porque me desplacía vehementemente que pudieran tanto en mí estas cosas humanas, que por orden debido y suerte de nuestra condición es necesario que acaezcan, con otro dolor dolía el dolor y era macerado por doble tristeza.
Cuando, he aquí, el cuerpo fue sacado, vamos, volvemos sin lágrimas. Pues ni en aquellas preces que te fundimos, cuando se ofrecía por ella el sacrificio de nuestro precio ya junto al sepulcro, puesto el cadáver antes que se depositara, como allí suele hacerse, ni en aquellas preces lloré, pero todo el día gravemente en oculto triste estaba y con la mente turbada te rogaba, como podía, que sanaras mi dolor, y no lo hacías, creo encomendando a mi memoria con este solo documento el vínculo de toda costumbre incluso contra la mente, que ya no se apacienta con palabra falaz.
Me pareció también que debía ir a lavarme, porque había oído que de allí se impuso el nombre a los baños porque los griegos dijeron balanion, porque expulsan la ansiedad del ánimo. He aquí y esto confieso a tu misericordia, Padre de los huérfanos, porque me lavé y era tal cual antes que me lavara, pues no exudó de mi corazón la amargura de la tristeza. Luego dormí y vigilé, y encontré no en pequeña parte mitigado mi dolor y, como estaba en mi lecho solo, recordé los verídicos versos de tu Ambrosio.
Pues tú eres, Dios, «creador de todas las cosas», «y rector del polo que vistes» «el día con la decorosa luz», «la noche con la gracia del sueño», «para que el descanso los miembros sueltos» «restituya al uso del trabajo» «y alivie las mentes fatigadas» «y suelte a los ansiosos del luto».
Y de allí poco a poco reducía al sentido pristino a tu sierva, su conversación piadosa en ti y santa en nosotros blanda y morigera, de la que de repente fui destituido, y me plugo llorar ante ti sobre ella y por ella, sobre mí y por mí. Y solté las lágrimas que contenía, para que fluyeran cuanto quisieran, substrayéndolas a mi corazón. Y descansó en ellas, porque allí estaban tus oídos, no de algún hombre soberbamente interpretando mi lloro.
Y ahora, Señor, te confieso en letras: lea quien quiera, e interprete como quiera, y si encuentra pecado, que haya llorado a mi madre una exigua parte de hora, a mi madre muerta a mis ojos entretanto que me había llorado muchos años para que viviera yo a tus ojos, no se ría sino más bien, si es de grande caridad, llore él mismo por mis pecados a ti, Padre de todos los hermanos de tu Cristo.
Yo, en cambio, ya sanado el corazón de aquella herida en la que podía ser argüido el afecto carnal, fundo a ti, Dios nuestro, por aquella sierva tuya un género muy otro de lágrimas, que mana del espíritu concutido por la consideración de los peligros de toda alma que muere en Adán. Aunque ella vivificada en Cristo incluso aún no resuelta de la carne así vivió, que sea alabado tu nombre en su fe y costumbres, sin embargo no me atrevo a decir, desde que la regeneraste por el bautismo, ninguna palabra haber salido de su boca contra tu precepto.
Y fue dicho por tu Hijo la verdad: «Si alguien dijere a su hermano: ''Fatuo'', reo será del fuego de la gehena»; y ¡ay incluso de la vida laudable de los hombres, si removida la misericordia la escrutas! Pero porque no inquieres los delitos vehementemente, fiducialmente esperamos algún lugar junto a ti. Pues, cualquiera que te enumera sus verdaderos méritos, ¿qué te enumera sino tus dones? ¡Oh si se conociesen los hombres hombres, y quien se gloría, en el Señor se gloríe!
Yo, pues, alabanza mía y vida mía, Dios de mi corazón, repuestos por un poco sus buenos actos, por los que gozándome te doy gracias, ahora por los pecados de mi madre te depreco. Escúchame por la medicina de nuestras heridas, que pendió en el leño y sentándose a tu diestra te interpela por nosotros. Sé que obró misericordiosamente y de corazón perdonó las deudas a sus deudores. Perdónale tú también las deudas suyas, si algunas también contrajo durante tantos años después del agua de la salvación.
Perdona, Señor, perdona, te ruego, no entres con ella en juicio. Sobreexulte la misericordia al juicio, porque tus palabras son verdaderas y prometiste misericordia a los misericordiosos. Que lo fueran tú se lo diste a ellos, que tendrás misericordia de quien te hayas compadecido, y harás misericordia a quien hayas sido misericorde.
Y creo, ya hiciste lo que te ruego, pero «las cosas voluntarias de mi boca aprueba, Señor». Pues ella inminente el día de su resolución no pensó en que su cuerpo se cubriera suntuosamente o se condimentara con aromas o codició monumento escogido o curó sepulcro patrio. No estas cosas nos mandó, sino solamente deseó que se hiciera su memoria en tu altar, al que sin omisión de ningún día había servido, de donde sabía se dispensa la víctima santa por la que fue borrado el quirógrafo que era contrario a nosotros, por la que fue triunfado el enemigo computando nuestros delitos y buscando qué objetar, y nada encontrando en aquel en quien vencemos.
¿Quién le restituirá a él la sangre inocente? ¿Quién le restituirá a él el precio por el que nos compró, para que nos quite a él? Al sacramento de cuyo precio nuestro ligó tu sierva su alma con vínculo de fe. Nadie la arranque de tu protección; no se interponga ni por fuerza ni por insidias el león y el dragón. Pues no responderá ella que nada debe, no sea que sea convencida y obtenida por el acusador calloso, sino que responderá remitidas sus deudas por aquel a quien nadie restituirá, lo que por nosotros no debiendo restituyó.
Esté, pues,
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