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Libro 6Esperanza y búsqueda en las tinieblas

Confesiones · San Agustín · 37 min de lectura

Esperanza mía desde mi juventud, ¿dónde estabas para mí y adónde te habías retirado? ¿Acaso no me habías hecho tú y me habías distinguido de los cuadrúpedos y me habías hecho más sabio que las aves del cielo? Y sin embargo caminaba por tinieblas y terreno resbaladizo, y te buscaba fuera de mí, y no encontraba al Dios de mi corazón. Y había llegado a lo profundo del mar, y desconfiaba y desesperaba de encontrar la verdad. Ya había llegado hasta mí mi madre, fuerte en su piedad, siguiéndome por tierra y mar y segura de ti en todos los peligros.

Pues incluso en los riesgos marinos consolaba a los propios marineros, de quienes los inexpertos viajeros del abismo suelen recibir consuelo cuando se ven perturbados, prometiéndoles una travesía con salvación, porque tú se lo habías prometido a ella por medio de una visión. Y me encontró en verdad gravemente en peligro por la desesperación de buscar la verdad, pero cuando le indiqué que ya no era maniqueo, aunque tampoco cristiano católico, no dio un salto de alegría como si hubiera oído algo inesperado, pues ya estaba tranquila respecto a aquella parte de mi miseria en la que me lloraba ante ti como a un muerto pero que habría de resucitar, y me ofrecía en el féretro de su pensamiento para que dijeras al hijo de la viuda: «Joven, a ti te digo, levántate», y reviviera y comenzara a hablar y tú lo devolvieras a su madre.

Así que su corazón no tembló con una exaltación turbulenta cuando oyó que ya se había realizado en gran parte lo que día tras día te suplicaba llorando que sucediera: que yo no había alcanzado aún la verdad pero ya había sido arrancado de la falsedad. Más aún, porque estaba segura de que tú le darías lo que faltaba, tú que habías prometido el todo, me respondió con gran serenidad y con el pecho lleno de confianza que creía en Cristo que antes de partir de esta vida me vería convertido en fiel católico.

Y esto me dijo a mí. Pero a ti, fuente de misericordias, derramaba preces y lágrimas aún más abundantes para que aceleraras tu ayuda e iluminaras mis tinieblas, y corría con mayor ahínco a la iglesia y quedaba pendiente de los labios de Ambrosio, de aquella fuente de agua que salta hasta la vida eterna. Amaba a aquel hombre como a un ángel de Dios, porque había sabido por él que yo había sido conducido entretanto a aquella vacilación indecisa por la que ella presuponía con certeza que yo había de pasar de la enfermedad a la salud, atravesando un peligro más estrecho, como ese paroxismo que los médicos llaman crisis.

Así que cuando llevó a las memorias de los santos tortas, pan y vino puro, como solía hacer en África, y el portero se lo prohibió, en cuanto supo que el obispo lo había vetado, lo aceptó con tanta piedad y obediencia que yo mismo me maravillé de cuán fácilmente se convirtió en acusadora de su propia costumbre más que en detractora de aquella prohibición. Pues no asediaba su espíritu la afición al vino ni la estimulaba el amor al vino hacia el odio de la verdad, como sucede con muchos hombres y mujeres que sienten náuseas ante el canto de la sobriedad como ante una bebida aguada, estando ellos empapados de vino;

sino que ella, cuando llevaba la canasta con las viandas ceremoniales para probarlas primero y repartirlas después, no ponía más de una copita mezclada según su paladar bastante sobrio, de la cual tomar un sorbo por deferencia, y si eran muchas las memorias de difuntos que parecían deber honrarse de aquel modo, llevaba consigo esa misma única copa para ponerla en todas partes, y ya no solo muy aguada sino también muy tibia, la compartía a sorbitos con los presentes, porque buscaba allí la piedad, no el placer.

Por eso, cuando supo que aquel célebre predicador y pontífice de la piedad había ordenado que no se hicieran aquellas cosas ni siquiera por quienes las hacían sobriamente, para no dar ninguna ocasión de embriagarse a los ebrios, y porque aquellas ceremonias eran muy semejantes a los ritos funerarios paganos y a la superstición de los gentiles, se abstuvo muy gustosamente, y en lugar de una canasta llena de frutos terrenales aprendió a llevar a las memorias de los mártires un pecho lleno de votos más puros, para dar lo que pudiera a los necesitados y para que así se celebrara allí la comunión del cuerpo del Señor, a cuya pasión fueron inmolados y coronados los mártires en imitación.

Pero sin embargo me parece, Señor Dios mío (y así está en tu presencia mi corazón en este asunto), que quizá mi madre no hubiera cedido fácilmente en cortar aquella costumbre si la prohibición hubiera venido de otro a quien no amara como a Ambrosio. A él lo amaba muchísimo por mi salvación, y él a ella por su religiosísima conducta, con la que, ferviente de espíritu en buenas obras, frecuentaba la iglesia, de modo que a menudo prorrumpía, cuando me veía, en elogios de ella dándome la enhorabuena por tener tal madre, sin saber qué clase de hijo tenía ella, que dudaba de todo aquello y no pensaba en absoluto que pudiera encontrarse el camino de la vida.

Y ya no gemía orando para que vinieras en mi ayuda, sino que mi ánimo estaba atento a buscar e inquieto para discutir, y tenía a Ambrosio mismo por un hombre feliz según el mundo, a quien las autoridades tan importantes honraban de tal modo; solo su celibato me parecía penoso. Pero qué esperanza albergaba, y qué lucha tenía contra las tentaciones de su propia excelencia, y qué consuelo en las adversidades, y qué sabores gozosos rumiaba en su boca oculta, que estaba en su corazón, sobre tu pan, ni podía conjeturarlo ni lo había experimentado, ni él conocía mis agitaciones ni el abismo de mi peligro.

Pues no podía preguntarle lo que quería, como quería, ya que me apartaban de su oído y de su boca las multitudes de hombres ocupados cuyas debilidades servía. Cuando no estaba con ellos, lo que era muy poco tiempo, o reparaba su cuerpo con el sustento necesario o su ánimo con la lectura. Pero cuando leía, sus ojos recorrían las páginas y su corazón penetraba el sentido, pero su voz y su lengua callaban. A menudo, cuando estábamos presentes (pues no se le prohibía a nadie entrar ni había costumbre de anunciársele a él los que llegaban), lo vimos leer en silencio y nunca de otro modo, y sentados en un silencio prolongado (pues ¿quién se atrevería a interrumpir a alguien tan concentrado?), nos retirábamos, y conjeturábamos que en ese tiempo tan breve que conseguía para reparar su mente, libre del estruendo de los asuntos ajenos, no quería ser distraído hacia otra cosa y acaso se cuidaba de que, si aquel a quien leía se había expresado con algo de oscuridad, un oyente suspenso y atento exigiera también una explicación o discutir sobre algunas cuestiones más difíciles, y empleado el tiempo en este trabajo, pudiera desenrollar menos volúmenes de los que quisiera, aunque también la razón de conservar la voz, que se le quebraba muy fácilmente, podía ser un motivo más justificado para leer en silencio. Pero con cualquier intención que lo hiciera, ciertamente aquel hombre lo hacía con buena intención.

Pero a mí desde luego no se me daba ninguna oportunidad de indagar lo que deseaba de aquel oráculo tan santo tuyo, su pecho, a no ser que se tratara de algo que debía escucharse brevemente. Pero aquellas agitaciones mías requerían encontrarlo muy desocupado para volcarse en él, y nunca lo encontraban así. Y ciertamente lo escuchaba cada domingo predicando al pueblo la palabra de verdad con rectitud, y cada vez se me confirmaba más que podían deshacerse todos los nudos de las calumnias capciosas que aquellos engañadores nuestros habían tejido contra los libros divinos.

Pero cuando también supe que el hombre hecho por ti a tu imagen era entendido por tus hijos espirituales, regenerados de la madre católica por la gracia, no de tal modo que creyeran y pensaran que tú estabas determinado por la forma de un cuerpo humano (aunque yo ni siquiera sospechaba tenuemente y como en enigma cómo se comportaba la sustancia espiritual), sin embargo me alegraba ruborizado de que no había ladrado tantos años contra la fe católica, sino contra los inventos de pensamientos carnales.

Pues había sido tan temerario e impío que había dicho acusando lo que debía haber aprendido preguntando. Porque tú, altísimo y próximo, secretísimo y presente, que no tienes miembros unos mayores y otros menores, sino que estás entero en todas partes y no estás en ningún lugar del espacio, ciertamente no tienes esta forma corporal, y sin embargo hiciste al hombre a tu imagen, y he aquí que él está de la cabeza a los pies en un lugar.

Así que, como no sabía cómo subsistía esta imagen tuya, debía proponer llamando a la puerta cómo había que creer, no oponerme insultantemente como si así se creyera. Por tanto, una preocupación tanto más aguda roía mis entrañas sobre qué podía retener como cierto, cuanto más vergüenza me daba haber sido engañado y burlado tanto tiempo con la promesa de cosas ciertas, y haber parloteado con animosidad pueril tantas cosas inciertas como si fueran ciertas. Que eran falsas, me quedó claro después; pero era cierto que eran inciertas y que yo las había tenido en algún momento como ciertas, cuando con ciegas controversias acusaba a tu iglesia católica, aunque aún no se me hubiera revelado que enseñaba cosas verdaderas, pero al menos no enseñaba aquellas que yo acusaba gravemente.

Así que me sentía confundido y me convertía, y me alegraba, Dios mío, de que la iglesia única, cuerpo de tu único Hijo, en la que me fue impuesto el nombre de Cristo siendo niño, no saboreara niñerías infantiles ni sostuviera en su doctrina sana que tú, creador de todas las cosas, estuvieras encerrado en el espacio de un lugar, aunque supremo y amplio, sin embargo limitado por todas partes con la figura de miembros humanos.

Me alegraba también de que los antiguos escritos de la Ley y los Profetas ya no se me propusieran para leerlos con aquellos ojos con que antes me parecían absurdos, cuando acusaba a tus santos de pensar así, pero en verdad no pensaban así. Y escuchaba con alegría a Ambrosio que a menudo en sus sermones populares, como recomendando una regla con todo cuidado, decía: «La letra mata, pero el espíritu vivifica», cuando aquellas cosas que parecían enseñar perversidad según la letra, removido el velo místico, las abría espiritualmente, sin decir nada que me ofendiera, aunque dijera cosas de las que yo aún ignoraba si eran verdaderas.

Pues contenía mi corazón de todo asentimiento temiendo el precipicio, y la suspensión me mataba aún más. Quería estar tan cierto de las cosas que no veía como estaba cierto de que siete y tres son diez. Pues no estaba tan loco como para pensar que ni siquiera esto podía comprenderse, pero así como esto, así deseaba las demás cosas, ya fueran corporales, que no estuvieran presentes ante mis sentidos, ya fueran espirituales, de las que no sabía pensar sino corporalmente.

Y podía sanarme creyendo, para que la mirada de mi mente, más purificada, se dirigiera de algún modo hacia tu verdad que permanece siempre y no falla en nada. Pero como suele suceder que quien ha experimentado a un mal médico teme confiarse incluso a uno bueno, así era la salud de mi alma, que ciertamente no podía sanarse sino creyendo y, para no creer cosas falsas, rehusaba curarse, resistiéndose a tus manos, tú que preparaste los medicamentos de la fe y los esparciste sobre las enfermedades del orbe de la tierra y les atribuiste tanta autoridad.

Sin embargo, ya desde entonces, prefiriendo la doctrina católica, sentía que en ella se mandaba con mayor modestia y sin ningún engaño que se creyera lo que no se demostraba (ya hubiera algo, pero quizá para alguien no lo hubiera, ya ni siquiera lo hubiera), más que en aquella otra donde se burlaban de la credulidad con promesa temeraria de ciencia y después se mandaba creer tantas cosas fabulosísimas y absurdísimas, porque no podían demostrarse. Luego, poco a poco tú, Señor, con mano muy suave y muy misericordiosa, palpando y componiendo mi corazón, cuando consideraba cuántas cosas innumerables creía que no había visto ni había estado presente cuando sucedían, como tantas cosas en la historia de las naciones, tantas sobre lugares y ciudades que no había visto, tantas de amigos, tantas de médicos, tantas de otros hombres y otros más, que si no se creyeran, nada absolutamente podría hacerse en esta vida, y por último con cuánta fe inquebrantable retenía de qué padres había nacido, lo que no habría podido saber a no ser creyendo lo que había oído, me persuadiste de que no debían ser culpados los que creyeran en tus libros, que fundaste con tanta autoridad en casi todas las naciones, sino los que no creyeran, y no debían ser escuchados si acaso alguien me dijera: «¿De dónde sabes que aquellos libros han sido proporcionados al género humano por el Espíritu del único Dios verdadero y veracísimo?».

Pues precisamente esto era lo que más había que creer, porque ninguna pugnacidad de preguntas calumniosas a través de tantos escritos que había leído de filósofos que luchaban entre sí podía arrancarme que nunca dejara de creer que tú eras algo, aunque yo no supiera qué, o que la administración de las cosas humanas te pertenecía.

Pero lo creía unas veces con más firmeza, otras con mayor debilidad, sin embargo siempre creí que tú existes y que te cuidas de nosotros, aunque ignoraba qué debía pensarse de tu sustancia o qué camino condujera o volviera a conducir hacia ti. Por eso, como éramos débiles para encontrar la verdad mediante la razón pura y por esto nos era necesaria la autoridad de las Santas Escrituras, ya había comenzado a creer que de ningún modo habrías concedido tan excelente autoridad a aquella Escritura en todas las tierras, si no hubieras querido que por ella se creyera en ti y por ella se te buscara.

Pues ya aquella absurdidad que solía ofenderme en aquellas letras, cuando había oído muchas cosas de ellas expuestas de modo probable, la refería a la profundidad de los misterios, y aquella autoridad me parecía tanto más venerable y digna de fe sacrosanta, cuanto que era accesible para que todos la leyeran y reservaba la dignidad de su secreto en un entendimiento más profundo, ofreciéndose a todos con palabras muy claras y género de expresión humildísimo y ejercitando la atención de los que no son ligeros de corazón, de modo que acogiera a todos en su seno popular y condujera a ti a través de estrechas aberturas a unos pocos, sin embargo muchos más de los que lo haría si no destacara con tan grande cima de autoridad ni atrajera a las multitudes en el regazo de la santa humildad.

Pensaba estas cosas y tú estabas conmigo, suspiraba y tú me escuchabas, vacilaba y tú me gobernabas, iba por el camino ancho del mundo y no me abandonabas.

Ansiaba honores, ganancias, matrimonio, y tú te reías. Sufría en aquellas codicias dificultades amarguísimas, siendo tú tanto más propicio cuanto menos permitías que me endulzara lo que no eras tú. Mira mi corazón, Señor, que quisiste que yo recordara esto y te lo confesara. Ahora adhiérase a ti mi alma, a la que arrancaste del visco tan tenaz de la muerte. ¡Cuán miserable era! Y tú punzabas el sentimiento de mi herida, para que, dejadas todas las cosas, me convirtiera a ti, que estás sobre todas las cosas y sin el cual todas las cosas no serían nada, para que me convirtiera y me sanara.

¡Cuán miserable era, pues, y cómo hiciste que sintiera mi miseria aquel día en que, cuando me preparaba para recitar alabanzas al emperador, en las que mentiría mucho y a quien mentía le favorecerían los que lo sabían, y estas preocupaciones jadeaba mi corazón y hervía con fiebres de pensamientos consuntivos, pasando por cierta callejuela de Milán advertí a un mendigo pobre, ya, creo, saciado, que bromeaba y se alegraba! Y gemí y hablé con los amigos que estaban conmigo sobre los muchos dolores de nuestras locuras, porque con todos aquellos esfuerzos nuestros, como los que entonces me atormentaban, arrastrando bajo los aguijones de las codicias la carga de mi infelicidad y arrastrándola agravándola, no queríamos otra cosa sino llegar a una alegría segura, adonde aquel mendigo nos había precedido, quizá sin que nosotros llegáramos nunca allí.

Pues lo que él había conseguido con unos pocos centavos mendigados, hacia eso tendía yo con tantos rodeos y circuitos penosos, a saber, hacia la alegría de la felicidad temporal. Pues él no tenía el verdadero gozo, pero también yo con aquellas ambiciones buscaba uno mucho más falso. Y ciertamente él estaba alegre, yo angustiado, él seguro, yo tembloroso. Y si alguien me preguntara si prefería exultar o temer, respondería: «Exultar»; de nuevo, si preguntara si prefería ser yo como era aquel o como era yo entonces, a mí mismo consumido de cuidados y temores lo escogería, pero por perversidad, ¿acaso por verdad?

Pues no debía anteponerme a él por ser más docto, ya que no me alegraba de ello, sino que buscaba con ello agradar a los hombres, no para enseñarlos, sino solo para agradar. Por eso tú también con el bastón de tu disciplina quebrabas mis huesos.

Apártense, pues, de mi alma los que le dicen: «Importa de dónde se alegre uno. Aquel mendigo se alegraba de la embriaguez, tú querías alegrarte de la gloria». ¿Qué gloria, Señor, que no está en ti? Pues así como no era verdadero gozo, tampoco aquella era verdadera gloria, y trastornaba más mi mente. Y él aquella misma noche iba a digerir su embriaguez, pero yo había dormido con la mía y me había levantado y me iba a dormir y a levantar, mira cuántos días.

Importa ciertamente de dónde se alegre uno, lo sé, y el gozo de la esperanza fiel está incomparablemente lejos de aquella vanidad, pero también entonces había distancia entre nosotros. Ciertamente él era más feliz, no solo porque estaba bañado en hilaridad, mientras yo me destripaba de cuidados, sino también porque él había adquirido vino deseando el bien, yo buscaba la hinchazón mintiendo. Dije entonces muchas cosas en este sentido a mis amigos, y a menudo observaba en ellos cómo me iba a mí, y encontraba que me iba mal y me dolía y redobla aquel mismo mal, y si algo me sonreía próspero, me daba fastidio tomarlo, porque casi antes de que se agarrara volaba.

Nos lamentábamos de estas cosas los que vivíamos juntos amistosamente, y sobre todo y muy familiarmente hablaba de ellas con Alipio y Nebridio. De estos, Alipio había nacido en el mismo municipio que yo, de padres principales del municipio, más joven que yo. Pues también había estudiado conmigo, cuando comencé a enseñar en nuestro pueblo, y después en Cartago, y me amaba mucho, porque le parecía bueno y docto, y yo a él por la gran disposición para la virtud, que destacaba bastante no siendo muy grande su edad.

Pero el torbellino de las costumbres cartaginesas, donde hervían con ardor los espectáculos frívolos, lo había absorbido en la locura del circo. Pero cuando en ella se revolvía miserablemente, y yo por otra parte ejercía allí la enseñanza de la retórica en una escuela pública, no me escuchaba aún como maestro a causa de cierta enemistad que había surgido entre mí y su padre. Y había descubierto que amaba el circo de modo mortífero, y me angustiaba gravemente, porque me parecía que iba a perder o ya había perdido tan grande esperanza.

Pero no había capacidad de amonestarlo y apartarlo mediante algún freno, ni por benevolencia de la amistad ni por derecho de magisterio. Pues pensaba que él sentía respecto a mí como su padre, pero no era así. Por tanto, pospuesta en este asunto la voluntad de su padre, comenzó a saludarme y viniendo a mi auditorio escuchaba algo y se marchaba.

Pero sin duda había caído de mi memoria actuar con él, para que no destruyera con la afición ciega y precipitada a juegos vanos un ingenio tan bueno; pero tú, Señor, que presides los timones de todas las cosas que creaste, no lo habías olvidado a él, que había de ser entre tus hijos pontífice de tu sacramento, y para que claramente se te atribuyera su corrección, la obraste por mí pero sin que yo lo supiera. Pues un día en que estaba sentado en el lugar acostumbrado y delante de mí estaban presentes los discípulos, vino, saludó, se sentó y aplicó su ánimo a lo que se trataba.

Y casualmente tenía en las manos una lectura, que mientras la exponía me pareció que debía aducir oportunamente una semejanza de los juegos del circo, para que lo que insinuaba fuera más agradable y más claro con una burla mordaz de aquellos a quienes había cautivado aquella locura. Tú sabes, Dios nuestro, que entonces no pensé en sanar a Alipio de aquella peste. Pero él se lo aplicó a sí mismo y creyó que yo no lo había dicho sino por él, y lo que otro habría tomado para enojarse conmigo, aquel joven honesto lo tomó para enojarse consigo mismo y para amarme más ardientemente.

Pues tú habías dicho ya mucho antes e insertado en tus escrituras: «Reprende al sabio y te amará». Pero yo no lo había reprendido a él, sino que tú, usándome a mí tanto si lo sabía como si no, en el orden que tú conoces (y aquel orden es justo), obraste con mi corazón y mi lengua carbones ardientes, con los que cauterizaste aquella mente de buena esperanza que languideciese y la sanaste. Calle tus alabanzas quien no considera tus misericordias, que te confiesan desde lo profundo de mis entrañas.

Pues efectivamente él después de aquellas palabras se arrancó de aquel foso tan profundo, en el que se sumergía voluntariamente y se cegaba con una admirable voluptuosidad, y sacudió su ánimo con fuerte templanza, y se desprendieron de él todas las inmundicias del circo y no accedió más allí. Después venció a su padre que se resistía a que me usara como maestro; aquel cedió y concedió. Y comenzando a escucharme de nuevo se envolvió conmigo en aquella superstición, amando en los maniqueos la ostentación de continencia, que pensaba verdadera y genuina.

Pero era una locura y seductora, que cazaba almas preciosas que aún no sabían tocar la altura de la virtud y se dejaban engañar fácilmente por la superficie, sin embargo de una virtud simulada y fingida.

No dejando, pues, el camino terreno que le habían encantado sus padres, había ido antes que yo a Roma para aprender derecho, y allí fue arrebatado con un anhelo increíble e increíblemente por el espectáculo gladiatorio. Pues como aborrecía y detestaba tales cosas, ciertos amigos y condiscípulos suyos, cuando volvían casualmente de comer y encontraron camino abierto, mientras él rechazaba vehementemente y resistía, lo llevaron con violencia familiar al anfiteatro en los días de aquellos juegos crueles y funestos, diciendo él estas cosas: «Si arrastráis mi cuerpo a aquel lugar y allí me colocáis, ¿acaso podéis también dirigir mi ánimo y mis ojos a aquellos espectáculos?

Estaré, pues, ausente aunque presente y así os venceré a vosotros y a ellos». Habiendo oído esto, no por eso dejaron de llevarlo consigo, deseando quizá explorar precisamente si podía conseguirlo. Cuando llegaron allí y se sentaron en los asientos que pudieron, todo hervía en placeres inhumanísimos. Él, cerradas las puertas de sus ojos, prohibió a su ánimo avanzar hacia males tan grandes. ¡Y ojalá también hubiera tapado sus oídos! Pues al azar de cierta lucha, cuando un clamor inmenso de todo el pueblo lo golpeó vehementemente, vencido por la curiosidad y como preparado para despreciar y vencer incluso lo visto, fuera lo que fuese, abrió los ojos.

Y fue herido con una herida más grave en el alma que aquel en el cuerpo a quien deseó ver, y cayó más miserablemente que aquel con cuya caída se hizo el clamor. El cual entró por sus oídos y abrió sus ojos, para que hubiera por donde fuera herido y derribado un ánimo aún audaz más que fuerte, y tanto más débil cuanto había presumido de sí, cuando debió haber presumido de ti. Pues en cuanto vio aquella sangre, bebió al mismo tiempo la inhumanidad y no se apartó, sino que fijó la mirada y bebía furias y no lo sabía, y se deleitaba con el crimen del combate y se embriagaba con la voluptuosidad sangrienta.

Y ya no era el que había venido sino uno de la turba a la que había venido, y verdadero compañero de aquellos por quienes había sido conducido. ¿Qué más? Contempló, gritó, se inflamó, se llevó de allí la locura con la que era estimulado a volver no solo con aquellos por quienes antes había sido apartado, sino incluso antes que ellos y arrastrando a otros. Y de allí sin embargo tú lo arrancaste con mano muy poderosa y muy misericordiosa, y le enseñaste a tener confianza no en sí sino en ti, pero mucho después.

Pero sin duda esto ya se guardaba en su memoria para la medicina futura. También aquello de que, cuando aún estudiaba escuchándome ya en Cartago y a mediodía pensaba en el foro lo que había de recitar, como suelen ejercitarse los escolares, permitiste que fuera aprehendido por los guardianes del foro como ladrón, y no creo, Dios nuestro, que lo permitiste por otra razón sino para que aquel varón tan grande en el futuro empezara ya a aprender cuán fácilmente no debe ser condenado un hombre por otro hombre con credulidad temeraria.

Pues paseaba solo ante el tribunal con sus tablillas y estilo, cuando he aquí que un joven del número de los escolares, el ladrón verdadero, llevando ocultamente un hacha, sin que aquel lo sintiera, entró a las rejas de plomo que sobresalen por encima del barrio de los plateros y comenzó a cortar el plomo. Pero al sonido del hacha murmuraron los plateros que estaban debajo, y enviaron a quienes aprehendieran a quien encontraran. A cuyas voces, aquel, escuchándolas, dejó el instrumento temiendo ser cogido con él.

Alipio, sin embargo, que no había visto entrar, sintió salir y vio marchar rápidamente y, queriendo saber la causa, entró en el lugar y, encontrada el hacha, se detuvo admirándose y considerándola, cuando he aquí que aquellos que habían sido enviados lo encuentran solo sosteniendo el hierro con cuyo sonido excitados habían venido. Lo sujetan, lo arrastran, y, congregados los inquilinos del foro, se glorian de haber cogido al ladrón en flagrante, y de allí era conducido para ser presentado a los jueces.

Pero hasta aquí debía ser enseñado. Enseguida, Señor, viniste en ayuda de su inocencia, de la que tú eras el único testigo. Pues cuando era conducido ya a la custodia o al suplicio, les sale al encuentro cierto arquitecto, que tenía el máximo cuidado de las construcciones públicas. Se alegran aquellos de encontrarse potísimamente con él, por quien solían caer en sospecha de las cosas robadas que se perdían del foro, para que por fin ya supiera de una vez quiénes hacían estas cosas.

Pero aquel hombre había visto a menudo a Alipio en casa de cierto senador, a quien visitaba para saludar, y enseguida, reconociéndolo, lo tomó de la mano y lo apartó de las turbas y, preguntando la causa de tan gran mal, oyó lo que se había hecho y ordenó a todos los que tumultuaban y amenazadoramente bramaban que vinieran con él. Y vinieron a la casa de aquel joven que había cometido el hecho. Había un muchacho ante la puerta, y era tan pequeño que sin temer nada para su amo podía fácilmente indicar todo; pues había estado con él en el foro como paje.

El cual, según lo recordó Alipio, intimó al arquitecto. Pero él mostró el hacha al muchacho, preguntándole de quién era. «Nuestra», dijo enseguida; después, interrogado, abrió lo demás. Así, trasladada la causa a aquella casa y confundidas las turbas que ya habían comenzado a triunfar sobre él, el futuro dispensador de tu palabra y examinador de muchas causas en tu iglesia se marchó más experto y más instruido.

A este, pues, lo había encontrado en Roma, y se adhirió a mí con fortísimo vínculo y se marchó conmigo a Milán, para no dejarme y para ejercer algo del derecho que había aprendido según el deseo más de sus padres que suyo. Y ya tres veces se había sentado como asesor con admirable continencia ante los demás, mientras él se maravillaba más de aquellos que anteponían el oro a la inocencia. Se puso a prueba también su carácter no solo con el atractivo de la codicia sino también con el aguijón del miedo.

En Roma se sentaba como asesor del conde de las largiciones itálicas. Había entonces cierto senador poderosísimo a cuyos beneficios estaban obligados muchos y sometidos por el terror. Quería que se le permitiera algo ilícito según su costumbre de poder, lo que era ilícito por las leyes; Alipio resistió. Se le prometió una recompensa; se burló en su ánimo. Se pusieron por delante amenazas; las pisoteó, admirándose todos de un ánimo tan inusual, que no deseaba tener como amigo ni temía tener como enemigo a un hombre tan grande y tan celebrado con inmensa fama por innumerables modos de favorecer o dañar.

El mismo juez de quien era consejero, aunque tampoco él mismo quería que se hiciera, sin embargo no lo rehusaba abiertamente, sino que transfería la causa a este asegurando que no se lo permitía él, porque en verdad, si él lo hiciera, este se marcharía. Casi ya había sido tentado con este solo estudio literario, para que a precios pretorianos se le hicieran copiar códices, pero consultada la justicia volvió su deliberación hacia lo mejor, juzgando más útil la equidad que lo prohibía que el poder que lo permitía.

Poco es esto, pero el que es fiel en lo poco es fiel también en lo mucho, y de ningún modo será vacío lo que salió de la boca de tu verdad: «Si en la riqueza injusta no fuisteis fieles, ¿lo verdadero quién os dará? Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿lo vuestro quién os dará?». Tal era entonces él que se adhería a mí y vacilaba conmigo en consejo sobre qué modo de vida debía mantenerse.

También Nebridio, que habiendo dejado la patria vecina a Cartago y la misma Cartago, donde había estado frecuentísimamente, habiendo dejado el óptimo campo paterno, habiendo dejado la casa y a su madre que no lo habría de seguir, no había venido a Milán por otra causa sino para vivir conmigo en un ardentísimo estudio de la verdad y la sabiduría, suspiraba igualmente y vacilaba igualmente, buscador ardiente de la vida bienaventurada y escrutador agudísimo de cuestiones dificilísimas. Y había tres bocas de indigentes que se jadeaban entre sí su indigencia y esperaban de ti que les dieras su comida en tiempo oportuno.

Y en toda la amargura que seguía a nuestros actos seculares por tu misericordia, mirándonos nosotros el fin de por qué sufríamos estas cosas, nos salían al encuentro las tinieblas, y nos volvíamos gimiendo y decíamos: «¿Hasta cuándo estas cosas?». Y esto lo decíamos frecuentemente, y diciéndolo no las dejábamos, porque no brillaba nada cierto que, dejadas aquellas, pudiéramos agarrar.

Y yo me maravillaba en extremo, reflexionando y recordando cuán largo tiempo había sido desde mi año decimonoveno de edad, en que había comenzado a arder con el estudio de la sabiduría, disponiendo que una vez encontrada dejaría todas las esperanzas vanas de las vanas codicias y las locuras mentirosas. Y he aquí que ya llevaba la edad de treinta años, atascado en el mismo lodo por la avidez de gozar de las cosas presentes que huían y me disipaban, mientras decía: «Mañana encontraré.

He aquí que aparecerá manifiesto y lo agarraré. He aquí que vendrá Fausto y lo explicará todo. ¡Oh, grandes varones académicos! Nada cierto para dirigir la vida puede comprenderse. No, busquemos más diligentemente y no desesperemos. He aquí que ya no son absurdas las cosas en los libros eclesiásticos que parecían absurdas, y pueden entenderse de otro modo y honestamente. Fijaré mis pies en aquel escalón en el que siendo niño fui puesto por mis padres, hasta que se encuentre la verdad perspicua.

Pero ¿dónde se buscará? ¿Cuándo se buscará? Ambrosio no tiene tiempo, no hay tiempo de leer. ¿Dónde buscamos los códices mismos? ¿De dónde o cuándo los adquirimos? ¿De quiénes los tomamos? Asígnense tiempos, distribúyanse horas para la salud del alma. Ha surgido una gran esperanza: la fe católica no enseña lo que pensábamos y vanamente acusábamos. Los doctos de ella tienen por nefando creer a Dios terminado con la figura del cuerpo humano. ¿Y dudamos en llamar para que se abran las demás cosas?

Las horas matutinas las ocupan los discípulos: ¿en las restantes qué hacemos? ¿Por qué no hacemos esto? Pero ¿cuándo saludamos a los amigos mayores, cuyos sufragios necesitamos? ¿Cuándo preparamos lo que compran los escolares? ¿Cuándo nos reparamos a nosotros mismos?

»Pero dejemos estas cosas vanas e inanes: consagrémonos a la sola inquisición de la verdad. La vida es miserable, la muerte es incierta. Si de repente nos sorprende, ¿cómo saldremos de aquí? ¿Y dónde habrán de aprenderse las cosas que aquí descuidamos? ¿Y no más bien habrán de pagarse los suplicios de esta negligencia? ¿Y si la muerte misma corta toda preocupación con el sentido y pone fin? Luego también esto hay que inquirir. Pero lejos de que sea así.

No es vacío, no es inane que la cumbre tan eminente de la autoridad de la fe cristiana se haya difundido por todo el orbe. Nunca se harían tantas y tales cosas por nosotros divinamente, si con la muerte del cuerpo se consumiera también la vida del alma. ¿Por qué, pues, nos detenemos dejando la esperanza del mundo para consagrarnos del todo a buscar a Dios y la vida bienaventurada? Pero espera: también aquellas cosas son agradables, tienen su dulzura no pequeña; no fácilmente ha de cortarse de ellas la atención, porque es vergonzoso volver de nuevo a ellas.

He aquí cuánto es para que se obtenga algún honor. ¿Y qué más hay que desear en estas cosas? Hay abundancia de amigos mayores: aunque no otra cosa y muy apresuradamente, puede darse una presidencia. Y ha de tomarse esposa con algún dinero, para que no grave nuestro gasto, y ese será el límite de la codicia. Muchos varones grandes y dignísimos de imitación se dedicaron al estudio de la sabiduría casados».

Cuando decía estas cosas y estos vientos alternaban e impelían acá y allá mi corazón, transcurrían los tiempos y yo me demoraba en convertirme al Señor, y difería de día en día vivir en ti y no difería morir cada día en mí mismo. Amando la vida bienaventurada temía aquella en su sede y huyendo de ella la buscaba. Pensaba que sería demasiado miserable si me privaba de los abrazos de una mujer, y no pensaba en la medicina de tu misericordia para sanar aquella enfermedad, porque no la había experimentado, y creía que la continencia estaba en las propias fuerzas, de las que no era consciente en mí, siendo tan necio que no sabía, como está escrito, que nadie puede ser continente a menos que tú lo des. Ciertamente lo darías, si con gemido interno llamara a tus oídos y con fe sólida echara en ti mi cuidado.

Me disuadía ciertamente Alipio de tomar esposa, cantando que de ningún modo podríamos vivir juntos en amor de la sabiduría con sosiego tranquilo, como ya mucho tiempo deseábamos, si yo hiciera eso. Pues él mismo en aquel asunto ya entonces era castísimo, de modo que era admirable, porque incluso había tomado experiencia del coito en el ingreso de su juventud, pero no se había quedado pegado sino más bien se había dolido y despreciado y de ahí en adelante ya vivía muy continentemente.

Pero yo le resistía con ejemplos de quienes casados habían cultivado la sabiduría y merecido a Dios y habían poseído fielmente y amado a sus amigos. De cuya grandeza de ánimo yo ciertamente estaba lejos, y atado con la enfermedad de la carne arrastraba mi cadena con la suavidad mortífera, temiendo ser desatado y, como sacudida la herida, repeliendo las palabras del buen consejero como la mano del que me desataba. Además, también a Alipio mismo le hablaba la serpiente a través de mí, y tejía y esparcía por mi lengua dulces lazos en su camino, por los que sus pies honestos y expeditos se enredasen.

Pues como me admirara a mí, a quien no tenía en poco, por adherirme de tal modo al visco de aquel placer que afirmara, cuantas veces se trataba de ello entre nosotros, que de ningún modo podía llevar una vida célibe, y así me defendiera, cuando lo veía admirado, diciendo que había mucha diferencia entre lo que él había experimentado rápida y furtivamente, que casi ya ni siquiera recordaba y por eso sin molestia fácilmente despreciaba, y las delectaciones de mi costumbre, a las que si se añadiera el nombre honesto del matrimonio, no debía admirarse de que yo no pudiera despreciar aquella vida, comenzó también él a desear el matrimonio, de ningún modo vencido por la libido de tal voluptuosidad sino por curiosidad.

Pues decía que deseaba saber qué era aquello sin lo cual mi vida, que a él tanto placía, no me parecía a mí vida sino pena. Se asombraba en efecto su ánimo libre de aquel vínculo ante mi servidumbre y asombrándose iba hacia la avidez de experimentar, a punto de llegar a la experiencia misma y de ahí quizá de caer en aquella servidumbre que asombraba, puesto que quería hacer un pacto con la muerte, y el que ama el peligro caerá en él.

Pues a ninguno de nosotros dos, si había alguna dignidad conyugal en el oficio de regir el matrimonio y recibir hijos, nos atraía sino tenuemente. Sino que me atormentaba en gran parte y vehementemente la costumbre de saciar la insaciable concupiscencia, a él cautivo lo arrastraba la admiración hacia ser cautivado. Así estábamos, hasta que tú, altísimo, no desertando de nuestro barro y compadecido de nosotros miserables, vinieras en nuestra ayuda con modos admirables y ocultos.

Y se insistía diligentemente para que tomara esposa. Ya pedía, ya se me prometía, sobre todo dando diligencia mi madre, para que casado me lavara el bautismo saludable, por lo que se gozaba viendo que me preparaba día a día y advertía que se cumplían sus votos y tus promesas en mi fe. Cuando ciertamente tanto por mi ruego como por su propio deseo con fuerte clamor del corazón te suplicaba cada día que le mostraras por una visión algo sobre mi futuro matrimonio, nunca quisiste.

Y veía ciertas cosas vanas y fantasiosas, a lo que la obligaba el ímpetu del espíritu humano que se afanaba en este asunto, y me las narraba no con la confianza con que solía cuando tú le mostrabas, sino despreciándolas. Pues decía discernir con no sé qué sabor, que no podía explicar con palabras, qué diferencia había entre tú que le revelabas y su alma que soñaba. Sin embargo se insistía, y se pedía una muchacha, cuya edad era como dos años menos que la núbil, y porque agradaba, se esperaba.

Y muchos amigos agitamos en el ánimo y hablamos detestando las molestas turbulencias de la vida humana, y casi ya habíamos decidido vivir apartados de las turbas en sosiego, ese sosiego así tramado de modo que si algo pudiéramos tener, lo confiriéramos en común y haríamos de todo una sola hacienda familiar, de modo que por la sinceridad de la amistad no hubiera lo de este y lo de aquel, sino que lo que se hiciera de todos fuera uno y todo de cada uno y todo de todos, y nos parecía que podían ser como diez hombres en la misma sociedad, y había entre nosotros algunos muy ricos, sobre todo Romaniano nuestro conciudadano, a quien entonces las graves angustias de sus negocios habían traído al comitato, familiarísimo conmigo desde la temprana edad.

Él era el que más insistía en este asunto y tenía gran autoridad al persuadir, porque su amplia hacienda aventajaba mucho a las de los demás. Y nos había agradado que dos como magistrados anuales cuidaran de todo lo necesario estando quietos los demás. Pero después que se comenzó a pensar si las mujercillas permitirían esto, que unos de nosotros ya teníamos y nosotros queríamos tener, todo aquel proyecto, que formábamos bien, se desarticuló en las manos y, roto, fue abandonado.

De ahí a suspiros y gemidos y pasos a seguir los caminos anchos y trillados del mundo, porque muchos pensamientos había en nuestro corazón, pero tu consejo permanece eternamente. De cuyo consejo te burlabas de los nuestros y preparabas los tuyos para nosotros, para darnos comida en la oportunidad y abrir tu mano y llenar nuestras almas de bendición.

Entretanto se multiplicaban mis pecados, y arrancada de mi lado como impedimento del matrimonio aquella con quien solía acostarme, mi corazón, donde se adhería, desgarrado y herido me sangraba. Y ella había vuelto a África, prometiéndote que no conocería otro varón, dejando conmigo a mi hijo natural habido de ella. Pero yo infeliz, ni imitador de una mujer, impaciente de la demora, como si fuera a recibir después de dos años a la que pedía, porque no era amante del matrimonio sino siervo de la libido, procuré otra, no ciertamente cónyuge, para que como si se sustentara y condujera incluso íntegra o incluso aumentada la enfermedad de mi alma por el séquito de la costumbre perdurante hacia el reino conyugal.

Ni se sanaba aquella herida mía que se había hecho por la escisión de la anterior, sino que después del ardor y del dolor acerbísimo se gangrenaba, y dolía como más fríamente pero más desesperadamente.

A ti la alabanza, a ti la gloria, fuente de misericordias. Yo me hacía más miserable y tú más cercano. Ya, ya estaba allí tu diestra para arrebatarme del cieno y lavarme, y yo lo ignoraba. Ni me revocaba de la sima más profunda del torbellino de los placeres carnales sino el miedo de la muerte y del juicio futuro tuyo, que aunque a través de varias opiniones nunca sin embargo se apartó de mi pecho. Y disputaba con mis amigos Alipio y Nebridio sobre los fines de los bienes y los males: que Epicuro habría recibido la palma en mi ánimo, si yo no creyera que después de la muerte resta a las almas la vida y las consecuencias de los méritos, lo que Epicuro no quiso creer.

Y preguntaba si fuéramos inmortales y viviéramos en perpetua voluptuosidad del cuerpo sin ningún terror de perderla, por qué no seríamos bienaventurados o qué otra cosa buscaríamos, no sabiendo que precisamente esto pertenecía a una gran miseria: que tan sumergido y ciego no pudiera pensar en la luz de la honestidad y de la belleza que ha de abrazarse gratuitamente, que no ve el ojo de la carne, y se ve desde lo íntimo. Ni consideraba, miserable, de qué vena me manaba que incluso aquellas cosas feas sin embargo las comentaba dulcemente con los amigos, ni podía ser bienaventurado sin amigos, incluso según el sentido que entonces tenía en cuanta abundancia hubiera de voluptuosidades carnales.

A los cuales amigos ciertamente amaba gratuitamente y sentía que era amado por ellos gratuitamente a su vez. ¡Oh caminos tortuosos! ¡Ay del alma audaz que esperó, si se apartara de ti, tener algo mejor! Vuelta y revuelta sobre el dorso y sobre los costados y sobre el vientre, y todas las cosas son duras, y tú solo eres descanso. Y he aquí que estás presente y nos liberas de los miserables errores y nos estableces en tu camino y nos consuelas y dices: «Corred, yo llevaré y yo conduciré y allí yo llevaré».

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