Libro 7La búsqueda del origen del mal
Ya había muerto mi mala y nefasta adolescencia, y entraba en la juventud, tanto más vergonzoso en mi vanidad cuanto mayor en edad, pues no podía pensar en ninguna sustancia que no fuera como lo que suelen ver estos ojos. No te pensaba a ti, Dios, en forma de cuerpo humano; desde que empecé a oír algo sobre la sabiduría siempre evité esto y me alegraba de haberlo encontrado así en la fe de nuestra madre espiritual, tu Iglesia católica, pero no se me ocurría qué otra cosa pensar de ti.
Y me esforzaba por pensarte a ti, hombre y tal hombre, Dios sumo y único y verdadero, y creía con toda mi alma que eras incorruptible e inviolable e inmutable, porque, sin saber de dónde ni cómo, veía claramente sin embargo y estaba seguro de que lo que puede corromperse es peor que lo que no puede, y sin vacilación anteponía lo que no puede ser violado a lo violable, y lo que no sufre ninguna mutación a lo que puede cambiar.
Mi corazón clamaba violentamente contra todos mis fantasmas, y con este único golpe intentaba alejar el enjambre de inmundicia que revoloteaba alrededor de la mirada de mi mente, pero apenas se dispersaba en un abrir y cerrar de ojos, cuando de nuevo se aglomeraba y se abalanzaba sobre mi vista y la nublaba, de modo que, aunque no en forma de cuerpo humano, me veía forzado a pensar en algo corpóreo a través de espacios de lugares, ya fuera infundido en el mundo o incluso difundido fuera del mundo por lo infinito, incluso a ese mismo ser incorruptible e inviolable e inmutable que yo anteponía a lo corruptible y violable y mudable, porque todo aquello a lo que privaba de tales espacios me parecía que no era nada, sino absolutamente nada, ni siquiera un vacío, como si se quitara un cuerpo del lugar y quedara el lugar vaciado de todo cuerpo terreno y húmedo y aéreo y celeste, pero quedara sin embargo un lugar vacío como una nada espaciosa.
Yo, pues, embrutecido de corazón y ni siquiera visible para mí mismo, consideraba que no era absolutamente nada todo lo que no se extendiera por algunos espacios o se difundiera o se aglomerara o se hinchara o pudiera recibir o ser capaz de recibir algo tal. Porque por las formas que suelen recorrer mis ojos, por tales imágenes iba mi corazón, y no veía que esta misma intención con que formaba esas mismas imágenes no era algo tal, que sin embargo no las formaría si no fuera algo grande.
Así también te pensaba a ti, vida de mi vida, grande a través de espacios infinitos penetrando por todas partes la masa entera del mundo y fuera de ella por doquier a través de lo inmenso sin límite, de modo que te tuviera la tierra, te tuviera el cielo, te tuvieran todas las cosas y ellas fueran finitas en ti, pero tú en ninguna parte. Del mismo modo que la luz del sol no encontraría obstáculo en el cuerpo del aire, este aire que está sobre la tierra, para atravesarlo penetrándolo, sin romperlo ni cortarlo sino llenándolo por completo, así pensaba que no solo el cuerpo del cielo y del aire y del mar sino también de la tierra era permeable a ti y penetrable por todas sus partes, las mayores y las menores, para recibir tu presencia, que con inspiración oculta administrabas desde dentro y desde fuera todas las cosas que creaste.
Así lo sospechaba, porque no podía pensar otra cosa; pues era falso. Porque de ese modo una parte mayor de la tierra tendría una parte mayor de ti y una menor una menor, y así todas las cosas estarían llenas de ti de manera que el cuerpo de un elefante recibiría más de ti que el de un gorrión, por ser aquel más grande y ocupar un lugar mayor, y así harías presentes tus partes a las partes del mundo, grandes a las grandes, pequeñas a las pequeñas. Pero no es así, sino que todavía no habías iluminado mis tinieblas.
Me bastaba, Señor, contra aquellos engañados engañadores y charlatanes mudos, porque de ellos no sonaba tu palabra —me bastaba aquel argumento que ya desde hacía tiempo, desde Cartago, solía proponer Nebridio y todos los que lo oíamos quedábamos conmovidos—: ¿qué te habría podido hacer no sé qué pueblo de las tinieblas, que suelen oponer desde la masa adversa, si tú no hubieras querido luchar con él? Porque si respondieran que te habría podido dañar, serías violable y corruptible.
Pero si se dijera que nada podía dañarte, no se aduciría ninguna causa para luchar, y para luchar de tal modo que cierta porción tuya y miembro tuyo o prole de tu misma sustancia se mezclara con las potencias adversas y naturalezas no creadas por ti, y fuera corrompida por ellas y cambiada a peor hasta convertirse de la bienaventuranza en miseria y necesitara auxilio para ser liberada y purificada, y que esta es el alma a la que tu palabra socorre, libre al que sirve y puro al contaminado y íntegro al corrompido, pero también ella misma corruptible, porque de una y la misma sustancia.
Por tanto, si dijeran que tú, cualquier cosa que seas, es decir, tu sustancia por la que eres, eres incorruptible, entonces todas aquellas cosas serían falsas y execrables; pero si dijeran que eres corruptible, esto mismo sería ya falso y abominable desde la primera palabra. Bastaba, pues, esto contra aquellos que deben ser vomitados por todos los medios desde la opresión del pecho, porque no tenían por dónde salir sin horrible sacrilegio del corazón y de la lengua sintiendo y hablando esas cosas de ti.
Pero también yo todavía, aunque dijera y sintiera firmemente que nuestro Dios, el Dios verdadero, que hiciste no solo nuestras almas sino también los cuerpos, y no solo nuestras almas y cuerpos sino a todos y todas las cosas, era incontaminable e inconvertible y en ninguna parte mudable, no tenía explicada y desenredada la causa del mal. Sin embargo, cualquiera que fuera, veía que debía buscarla de tal modo que no me viera obligado por ella a creer mudable al Dios inmutable, no fuera que yo mismo me convirtiera en lo que buscaba.
Así pues, la buscaba seguro, y cierto de que no era verdad lo que decían aquellos a quienes huía con toda el alma, porque veía que buscando de dónde viene el mal quedaban llenos de maldad, por la cual opinaban que tu sustancia sufría el mal más que la suya lo hacía.
Y me esforzaba por percibir lo que oía, que el libre arbitrio de la voluntad es la causa de que obremos mal y tu juicio recto de que lo padezcamos, y no lograba percibirlo con claridad. Así pues, intentando sacar la agudeza de mi mente de lo profundo me sumergía de nuevo, y a menudo lo intentaba y me sumergía una y otra vez. Pero me elevaba a tu luz el que sabía tan ciertamente que tenía voluntad como que vivía.
Por tanto, cuando quería o no quería algo, estaba certísimo de que no era otro sino yo quien quería y no quería, y ya casi advertía que allí estaba la causa de mi pecado. Pero lo que hacía sin querer, veía que más bien lo padecía que lo hacía, y juzgaba que eso no era culpa sino pena, con la que no injustamente era castigado pensando que tú eras justo, y pronto lo confesaba. Pero de nuevo decía: «¿Quién me hizo?
¿Acaso no mi Dios, no solo bueno sino el bien mismo? ¿De dónde me viene entonces querer el mal y no querer el bien? ¿Para que hubiera motivo por el que justamente pagara penas? ¿Quién puso esto en mí e injertó en mí esta planta de amargura, siendo yo hecho enteramente por mi dulcísimo Dios? Si el diablo es el autor, ¿de dónde viene el mismo diablo? Y si también él por voluntad perversa de ángel bueno se hizo diablo, ¿de dónde vino también en él la voluntad mala por la que se hizo diablo, cuando todo el ángel fue hecho por el excelentísimo Creador?».
Con estos pensamientos me deprimía de nuevo y me sofocaba, pero no era arrastrado hasta aquel infierno del error donde nadie te confiesa, cuando se piensa que tú sufres más bien los males que el hombre los hace.
Pues me esforzaba por encontrar las demás cosas, como ya había encontrado que lo incorruptible es mejor que lo corruptible, y por eso confesaba que tú, fueras lo que fueras, eras incorruptible. Porque ningún alma jamás pudo ni podrá pensar algo que sea mejor que tú, que eres el sumo y óptimo bien. Pero dado que muy verdadera y certísimamente lo incorruptible se antepone a lo corruptible, como yo ya lo anteponía, podía ya alcanzar con el pensamiento algo que fuera mejor que mi Dios, si tú no fueras incorruptible.
Así pues, donde veía que lo incorruptible debía preferirse a lo corruptible, allí debía buscarte a ti y desde allí advertir dónde está el mal, es decir, de dónde viene esa misma corrupción, por la que tu sustancia de ningún modo puede ser violada. Porque de ningún modo viola la corrupción a nuestro Dios, ni por voluntad, ni por necesidad, ni por azar imprevisto, porque él mismo es Dios, y lo que quiere para sí es bueno, y él mismo es ese mismo bien; pero corromperse no es bueno.
Ni eres forzado contra tu voluntad a algo, porque tu voluntad no es mayor que tu poder. Pero sería mayor si tú mismo fueras mayor que tú mismo: pues la voluntad y el poder de Dios son Dios mismo. Y ¿qué cosa imprevista hay para ti, que conoces todas las cosas? Y ninguna naturaleza existe sino porque tú la conoces. ¿Y para qué decir muchas cosas sobre por qué no es corruptible la sustancia que es Dios, cuando, si esto fuera así, no sería Dios?
Y buscaba de dónde viene el mal, y buscaba mal, y no veía el mal en mi misma búsqueda. Y disponía ante la mirada de mi espíritu toda la creación, todo lo que en ella podemos percibir, como la tierra y el mar y el aire y los astros y los árboles y los animales mortales, y lo que en ella no vemos, como el firmamento del cielo arriba y todos los ángeles y todos sus seres espirituales, pero también a estos, como si fueran cuerpos, los ordenaba mi imaginación en lugares y lugares.
E hice una única masa grande de tu creación, distinguida por géneros de cuerpos, tanto los que realmente eran cuerpos como los que yo mismo fingía en lugar de los espíritus, y la hice grande, no cuanto era, pues eso no podía saberlo, sino cuanto me pareció, finita sin duda por todas partes, pero a ti, Señor, rodeándola y penetrándola por todas partes, pero por doquier infinito, como si hubiera un mar por todas partes y por doquier a través de lo inmenso infinito, solo un mar, y tuviera dentro de sí una esponja aunque fuera grande, pero finita sin embargo, estaría ciertamente llena esa esponja por toda su parte del inmenso mar.
Así pensaba que tu creación finita estaba llena de ti, infinito, y decía: «He aquí Dios y he aquí lo que Dios creó, y Dios es bueno y muy poderosa y lejanísimamente superior a estas cosas; pero sin embargo, siendo bueno, creó cosas buenas, y he aquí cómo las rodea y las llena. ¿Dónde está, pues, el mal y de dónde y por dónde se deslizó hasta aquí? ¿Cuál es su raíz y cuál su semilla? ¿O acaso no existe en absoluto?
¿Por qué entonces tememos y nos precavemos de lo que no existe? O si tememos vanamente, ciertamente el temor mismo es un mal, por el que el corazón es aguijoneado y atormentado en vano, y tanto más grave mal cuanto que no existe aquello que tememos, y tememos. Por tanto, o existe el mal que tememos, o es un mal que temamos. ¿De dónde viene, pues, ya que Dios, bueno, hizo todas estas cosas buenas? Ciertamente el bien mayor y sumo hizo bienes menores, pero sin embargo tanto el creador como las cosas creadas son todos bienes.
¿De dónde viene el mal? ¿Acaso la materia de la que las hizo era alguna materia mala y la formó y ordenó, pero dejó algo en ella que no convirtió en bien? ¿Por qué también esto? ¿Acaso era impotente para transformarla y cambiarla toda, de modo que no quedara nada de mal, siendo omnipotente? Finalmente, ¿por qué quiso hacer algo de ella y no más bien hizo con esa misma omnipotencia que no existiera en absoluto? ¿O acaso podía existir contra su voluntad?
Y si era eterna, ¿por qué durante tanto tiempo a través de infinitos espacios de tiempos atrás la dejó estar así y tanto después le plugo hacer algo de ella? O ya, si de repente quiso hacer algo, ¿no habría hecho esto más bien el omnipotente, que aquella no existiera y él solo fuera todo el bien verdadero y sumo e infinito? O si no estaba bien que no fabricara y fundara también algo bueno quien era bueno, ¿no debería haber suprimido y reducido a la nada aquella materia que era mala, y establecer él mismo una buena de la que crear todas las cosas?
Pues no sería omnipotente si no pudiera fundar algo bueno sin ser ayudado por la materia que él mismo no había fundado». Tales cosas revolvía en mi pecho miserable, agravado por cuidados mordacísimos del temor de la muerte y sin haber encontrado la verdad; pero se adhería firmemente en mi corazón en la Iglesia católica la fe en tu Cristo, Señor y salvador nuestro, informe todavía en muchas cosas y fluctuando fuera de la norma de la doctrina, pero sin embargo el alma no la abandonaba, sino que más bien día a día se impregnaba más de ella.
Ya también había rechazado las falacias adivinatorias y los impíos delirios de los astrólogos. Confiesen también por esto desde las íntimas entrañas de mi alma tus misericordias, Dios mío. Porque tú, tú completamente (pues ¿quién otro nos revoca de la muerte de todo error sino la vida que no sabe morir, y la sabiduría que ilumina las mentes indigentes, sin necesitar ella ninguna luz, por la cual es administrado el mundo hasta las hojas volátiles de los árboles?), tú procuraste mi pertinacia, con la que luché contra Vindiciano, anciano agudo, y contra Nebridio, joven de alma admirable, aquel afirmando vehementemente, este aunque con alguna duda pero diciendo frecuentemente que no existía aquel arte de prever las cosas futuras, sino que las conjeturas de los hombres tienen a menudo la fuerza del azar y que diciendo muchas cosas se dicen la mayoría de las que van a venir, sin saberlo quienes las dicen sino incurriendo en ellas por no callar —procuraste, pues, tú un hombre amigo, no muy perezoso consultador de los astrólogos ni muy versado en aquellas letras sino, como dije, consultador curioso y que sabía algo que decía haber oído de su padre: lo cual ignoraba cuánto valía para destruir la opinión de aquel arte.
Ese hombre, pues, de nombre Firmino, liberalmente instruido y cultivado en la elocuencia, como me consultara como a muy querido sobre ciertos asuntos suyos, en los que había crecido su esperanza mundana, qué me parecía según sus constelaciones como las llaman, yo, que ya en este asunto había empezado a inclinarme a la opinión de Nebridio, no rechazaba ciertamente conjeturar y decir lo que se me ocurría al vacilante, pero añadía que ya casi estaba persuadido de que aquello era ridículo y vano, entonces él me narró que su padre había sido muy curioso de libros tales y había tenido un amigo que igualmente los seguía junto con él.
Los cuales con igual estudio y reunión soplaban en aquellas fruslerías el fuego de su corazón, hasta tal punto que observaban los momentos de nacimiento incluso de los animales mudos, si algunos parían en casa, y anotaban la posición del cielo para ello, de donde recogían experimentos de aquel supuesto arte. Decía, pues, haber oído de su padre que, cuando la madre de este mismo Firmino estaba embarazada de él, también cierta criada de aquel amigo paterno crecía igualmente en su vientre, lo cual no pudo ocultarse al señor, que también se preocupaba de conocer los partos de sus perras con examinadísima diligencia; y así sucedió que cuando este de su esposa, aquel de su sierva, contaban los días y horas y artículos más menudos de las horas con cautísima observación, ambas dieron a luz al mismo tiempo, de modo que se vieron obligados a hacer las mismas constelaciones hasta en las mismas minucias a uno y otro naciente, este para el hijo, aquel para el esclavillo.
Pues cuando las mujeres comenzaron a parir, se indicaron mutuamente qué se hacía en la casa de cada uno, y prepararon a quienes enviar recíprocamente, tan pronto como hubiera nacido lo que se esperaba se anunciara a cada cual: lo cual sin embargo, para que se anunciara inmediatamente, habían conseguido fácilmente como en sus propios reinos. Y así los que fueron enviados por uno y otro se encontraron mutuamente, decía, a intervalos tan iguales de las casas, que ninguno de los dos fuera permitido anotar otra posición de los astros ni otras partículas de los momentos.
Y sin embargo Firmino, nacido en amplio lugar entre los suyos, corría por caminos más brillantes del mundo, se aumentaba en riquezas, se elevaba en honores, mientras que el esclavo en modo alguno relajado del yugo de la condición servía a sus señores, indicándolo él mismo, quien lo había conocido.
Oídas, pues, estas cosas y creídas (pues tal era quien las narraba) toda aquella resistencia mía se disolvió y cayó, y primero intenté apartar al mismo Firmino de aquella curiosidad, diciéndole que, inspeccionadas sus constelaciones, si yo fuera a pronunciar cosas verdaderas, debería haber visto ciertamente allí que los padres estaban entre los primeros de los suyos, noble familia de su propia ciudad, nacimientos ingenuos, honesta educación y doctrinas liberales; pero si aquel esclavo me hubiera consultado sobre las mismas constelaciones (porque también eran las mismas suyas), para que también a él le dijera cosas verdaderas, debería haber visto de nuevo allí una familia abyectísima, condición servil y demás cosas muy alejadas de las anteriores y muy distantes.
De donde resultaba que inspeccionando las mismas cosas dijera cosas diversas, si dijera verdades, pero si dijera las mismas, dijera falsedades, de allí concluí certísimamente que las cosas que se dijeran verdaderas consideradas las constelaciones no se decían por arte sino por azar, y las que se dijeran falsas, no por impericia del arte sino por mentira del azar.
Recibida, pues, de aquí una entrada, rumiando yo mismo conmigo tales cosas, no fuera que alguno de aquellos delirantes que siguen tal ganancia, a los que ya estaba deseando atacar y refutar ridiculizándolos, me resistiera así, como si Firmino o su padre me hubieran narrado cosas falsas, dirigí mi consideración a los que nacen gemelos, la mayoría de los cuales salen del vientre tan seguidamente uno tras otro que el pequeño intervalo mismo de tiempo, por mucha fuerza que sostengan que tiene en la naturaleza de las cosas, sin embargo no puede ser recogido por la observación humana y no puede en absoluto ser anotado en las letras que el astrólogo va a inspeccionar para pronunciar cosas verdaderas.
Y no serán verdaderas, porque inspeccionando las mismas letras debió decir las mismas cosas de Esaú y de Jacob, pero no les sucedieron las mismas cosas a ambos. Por tanto diría cosas falsas o, si dijera cosas verdaderas, no diría las mismas: pero inspeccionaría las mismas. Por tanto no por arte sino por azar diría cosas verdaderas. Porque tú, Señor, justísimo moderador del universo, por oculto instinto obras de modo que, no sabiéndolo los consultantes ni los consultados, cuando alguien consulta, oiga esto que le conviene oír según los ocultos méritos de las almas desde el abismo de tu justo juicio. Al cual no diga el hombre: «¿Qué es esto?» «¿Por qué esto?» No lo diga, no lo diga; es hombre, en efecto.
Ya, pues, tú, ayudador mío, me habías soltado de aquellas cadenas, y buscaba de dónde viene el mal, y no había salida. Pero no permitías que me llevaran lejos con ninguna fluctuación de pensamientos de aquella fe por la que creía que tú existes y que tu sustancia es inmutable y que tienes cuidado y juicio sobre los hombres y que en Cristo, tu hijo, Señor nuestro, y en las santas Escrituras que la autoridad de tu Iglesia católica recomendaba, habías puesto el camino de la salvación humana hacia aquella vida que ha de ser después de esta muerte.
Salvos, pues, estos principios e inconcusamente robustecidos en mi alma, buscaba ardiendo de dónde viene el mal. ¡Qué tormentos de mi corazón parturiente, qué gemidos, Dios mío! Y allí estaban tus oídos sin saberlo yo. Y cuando en silencio buscaba fuertemente, grandes voces eran para tu misericordia las tácitas contriciones de mi alma. Tú sabías lo que yo padecía, y ninguno de los hombres. Pues ¿cuánto era lo que de allí se transmitía por mi lengua a los oídos de mis más familiares?
¿Acaso les sonaba todo el tumulto de mi alma, para el que ni los tiempos ni mi boca bastaban? Pero todo iba a tu oído lo que rugía del gemido de mi corazón, y estaba ante ti mi deseo, y la luz de mis ojos no estaba conmigo. Porque estaba dentro, pero yo fuera, y no está ella en lugar. Pero yo ponía mi atención en las cosas que están contenidas en lugares, y no encontraba allí un lugar para descansar, ni me recibían esas cosas de modo que dijera «basta y está bien», ni me dejaban volver adonde me bastara estar bien.
Porque yo era superior a esas cosas, pero inferior a ti, y tú eres mi gozo verdadero cuando me someto a ti y tú me habías sometido las cosas que creaste debajo de mí. Y este era el recto temperamento y región media de mi salvación, que permaneciera a tu imagen y sirviéndote dominara al cuerpo. Pero cuando me levanté soberbio contra ti y corrí contra el Señor con la cerviz gruesa de mi escudo, también esas cosas ínfimas se hicieron sobre mí y me oprimían, y no había desahogo ni respiración en ninguna parte.
Se me presentaban por todas partes amontonadas y aglomeradas al mirar, y al pensar se oponían las mismas imágenes de los cuerpos al volver, como si se dijera: «¿Adónde vas, indigno y sórdido?» Y estas cosas habían crecido de mi herida, porque humillaste al soberbio como a herido, y con mi hinchazón era separado de ti y mi faz demasiado inflada cerraba mis ojos.
Pero tú, Señor, permaneces eternamente y no te enojas eternamente con nosotros, porque te compadeciste de tierra y ceniza. Y plugo en tu presencia reformar mis deformidades, y con aguijones internos me agitabas para que fuera impaciente hasta que me fueras cierto por la mirada interior. Y cedía mi hinchazón por la oculta mano de tu medicina y la agudeza conturbada y tenebrosa de mi mente con acre colirio de saludables dolores de día en día era sanada.
Y primero, queriendo mostrarme cómo resistes a los soberbios y das gracia a los humildes, y con cuánta misericordia tuya fue mostrado a los hombres el camino de la humildad, porque tu Palabra se hizo carne y habitó entre los hombres, me procuraste por medio de cierto hombre hinchado de soberbia inmensa unos libros de los platónicos traducidos de la lengua griega a la latina, y leí allí, no ciertamente con estas palabras pero sí esto mismo persuadido con muchas y múltiples razones, que «en el principio era el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios.
Este estaba en el principio junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él nada fue hecho. Lo que fue hecho en él es vida, y la vida era la luz de los hombres; y la luz luce en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron». Y que el alma del hombre, aunque da testimonio de la luz, no es sin embargo ella la luz, sino que el Verbo Dios es la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.
Y que estaba en este mundo, y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció. Pero que «vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron, les dio potestad de hacerse hijos de Dios creyendo en su nombre», no leí allí.
Igualmente leí allí que el Verbo, Dios, no de la carne, no de la sangre ni de voluntad de varón ni de voluntad de carne, sino de Dios nació; pero que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», no leí allí. Indagué ciertamente en aquellas letras dicho variamente y de muchos modos que el Hijo está «en forma del Padre, no consideró rapiña ser igual a Dios», porque naturalmente es lo mismo, pero que «se anonadó a sí mismo tomando forma de siervo, hecho a semejanza de los hombres y en su porte hallado como hombre, se humilló hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz: por lo cual Dios lo exaltó de entre los muertos y le dio el nombre que está sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús toda rodilla se doble de los celestes y terrestres e infernales, y toda lengua confiese que el Señor Jesús está en la gloria de Dios Padre», no tienen aquellos libros.
Que antes de todos los tiempos y sobre todos los tiempos permanece inmutablemente tu Hijo unigénito coeterno contigo, y que de su plenitud reciben las almas para ser bienaventuradas, y que por participación de la sabiduría que permanece en sí se renuevan para ser sabias, está allí; pero que «según el tiempo murió por los impíos, y no perdonaste a tu Hijo único, sino que lo entregaste por todos nosotros», no está allí. Porque ocultaste estas cosas a los sabios y las revelaste a los pequeños, para que vinieran a él los que trabajan y están cargados y los reficiera, porque es manso y humilde de corazón, y dirige a los mansos en el juicio y enseña a los mansuetos sus caminos, viendo nuestra humildad y trabajo y perdonando todos nuestros pecados.
Pero los que, elevados como en el coturno de una doctrina más sublime, no oyen al que dice «aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas», aunque conozcan a Dios, no lo glorifican como a Dios ni le dan gracias, sino que se desvanecen en sus pensamientos y se oscurece su insensato corazón; diciéndose sabios se hicieron necios.
Y por eso leía también allí inmutada la gloria de tu incorrupción en ídolos y varios simulacros, en semejanza de imagen de hombre corruptible y de aves y cuadrúpedos y serpientes, evidentemente el alimento egipcio por el que Esaú perdió su primogenitura, porque el pueblo primogénito honró la cabeza de un cuadrúpedo en lugar de ti, vuelto de corazón a Egipto y curvando tu imagen, su alma, ante la imagen del becerro que come heno. Encontré estas cosas allí y no las comí.
Porque plugo a ti, Señor, quitar el oprobio de la disminución de Jacob, para que el mayor sirviera al menor, y llamaste a las gentes a tu heredad. Y yo había venido a ti de las gentes y puse mi atención en el oro que quisiste que apartara tu pueblo de Egipto, porque tuyo era, dondequiera que estuviera. Y dijiste a los atenienses por medio de tu apóstol que «en ti vivimos y nos movemos y somos», como también algunos de ellos mismos dijeron, y ciertamente de allí eran aquellos libros.
Y no puse mi atención en los ídolos de los egipcios, a los que servían con tu oro los que transmutaron la verdad de Dios en mentira, y veneraron y sirvieron a la criatura más que al Creador.
Y advertido de allí a volver a mí mismo, entré en lo más íntimo mío guiándome tú, y pude, porque te hiciste mi ayudador. Entré y vi con cualquier ojo de mi alma sobre ese mismo ojo de mi alma, sobre mi mente, la luz inmutable, no esta vulgar y visible a toda carne, ni como del mismo género más grande, como si esta brillara mucho más claramente y ocupara todo con su magnitud. No era esto aquella, sino otra, otra cosa muy distinta de todas estas.
Ni estaba sobre mi mente como el aceite sobre el agua ni como el cielo sobre la tierra, sino superior, porque ella me hizo, y yo inferior, porque hecho por ella. Quien conoce la verdad, la conoce, y quien la conoce, conoce la eternidad; la caridad la conoce. Oh verdad eterna y verdadera caridad y cara eternidad, tú eres mi Dios, a ti suspiro día y noche. Y cuando te conocí por primera vez, tú me asumiste para que viera que existe lo que veo, y que todavía no soy yo quien ve.
Y reverberaste la debilidad de mi mirada, radiando sobre mí vehementemente, y temblé de amor y de horror. Y me encontré lejos de ti en la región de la desemejanza, como si oyera tu voz de lo alto: «Soy alimento de grandes: crece y me comerás. Y no me mudarás en ti como el alimento de tu carne, sino tú te mudarás en mí». Y conocí que «por la iniquidad corregiste al hombre, e hiciste consumirse como araña mi alma», y dije: «¿Acaso es nada la verdad, ya que no está difundida por espacios finitos ni infinitos de lugares?»
Y clamaste de lejos: «Al contrario, yo soy el que soy». Y oí, como se oye en el corazón, y no había en absoluto de qué dudar, y más fácilmente dudaría de que vivo que de que no existe la verdad, «que se percibe inteligida por las cosas que fueron hechas».
Y contemplé las demás cosas debajo de ti y vi que ni absolutamente son ni absolutamente no son: son ciertamente, porque son de ti, pero no son, porque no son lo que tú eres. Pues aquello verdaderamente es que permanece inmutablemente. Pero a mí adherirme a Dios es un bien, porque, si no permanezco en él, tampoco en mí podré. Pero él permaneciendo en sí renueva todas las cosas, y eres mi Señor, porque no necesitas de mis bienes.
Y se me manifestó que son buenas las cosas que se corrompen, las cuales ni si fueran bienes sumos ni a menos que fueran buenas podrían corromperse; porque si fueran bienes sumos, serían incorruptibles, pero si no fueran bienes en absoluto, qué habría en ellas que se corrompiera no habría. Pues daña la corrupción y, a menos que disminuyera el bien, no dañaría. Por tanto, o nada daña la corrupción, lo cual no puede ser, o, lo que es certísimo, todas las cosas que se corrompen son privadas de bien.
Pero si fueran privadas de todo bien, no serán en absoluto. Porque si son y ya no pueden corromperse, serán mejores, porque permanecerán incorruptiblemente. ¿Y qué más monstruoso que decir que, perdido todo bien, se hacen mejores? Por tanto, si fueran privadas de todo bien, en absoluto no serán: por tanto, mientras son, son buenas. Por tanto, cualesquiera cosas que son, son buenas, y aquel mal que buscaba de dónde viene no es sustancia, porque si fuera sustancia, sería buena.
Pues o sería sustancia incorruptible, ciertamente gran bien, o sería sustancia corruptible, la cual a menos que fuera buena, no podría corromperse. Así pues vi y se me manifestó que todas las cosas buenas las hiciste tú y en absoluto no hay sustancias que tú no hayas hecho. Y porque no hiciste todas las cosas iguales, por eso todas son, porque singularmente son buenas, y todas juntas muy buenas, porque nuestro Dios hizo todas las cosas muy buenas.
Y para ti en absoluto no hay mal, y no solo para ti sino tampoco para tu criatura universal, porque fuera no hay nada que irrumpa y corrompa el orden que le impusiste. Pero en sus partes algunas, porque no concuerdan con algunas, son consideradas malas; y esas mismas concuerdan con otras y son buenas y en sí mismas son buenas. Y todas estas cosas, que no concuerdan entre sí, concuerdan con la parte inferior de las cosas, que llamamos tierra, que tiene su cielo nublado y ventoso congruente consigo.
Y lejos ya de que dijera: «No existan estas cosas», porque aunque viera solo estas, desearía ciertamente cosas mejores, pero ya también por solo estas debería alabarte, porque muestran que eres digno de alabanza desde la tierra los dragones y todos los abismos, fuego, granizo, nieve, hielo, espíritu de tempestad, que hacen tu palabra, montes y todos los collados, árboles fructíferos y todos los cedros, bestias y todos los ganados, reptiles y aves con alas. Reyes de la tierra y todos los pueblos, príncipes y todos los jueces de la tierra, jóvenes y vírgenes, ancianos con los más jóvenes alaben tu nombre.
Pero cuando también desde los cielos te alaban, te alaben, Dios nuestro, en las alturas todos tus ángeles, todas tus virtudes, sol y luna, todas las estrellas y la luz, cielos de los cielos y aguas que están sobre los cielos alaben tu nombre. Ya no deseaba cosas mejores, porque pensaba todas, y con juicio más sano estimaba que las superiores son ciertamente mejores que las inferiores, pero todas mejores que solo las superiores.
No hay sanidad en aquellos a quienes desagrada alguna parte de tu criatura, como no la había en mí cuando me desagradaban muchas cosas que hiciste. Y porque no se atrevía mi alma a que le desagradara mi Dios, no quería que fuera tuyo lo que le desagradaba. Y de allí había ido a la opinión de las dos sustancias, y no descansaba, y hablaba cosas ajenas. Y volviendo de allí se había hecho un dios por infinitos espacios de todos los lugares y pensaba que ese eras tú y lo colocaba en su corazón, y se había hecho de nuevo templo de su ídolo abominable para ti, pero después que acariciaste la cabeza del ignorante y cerraste mis ojos, para que no vieran la vanidad, cesé un poco de mí, y se adormeció mi locura, y desperté en ti y te vi infinito de otra manera, y esta visión no era sacada de la carne.
Y miré otras cosas, y vi que te deben el ser porque son y en ti todas las cosas finitas, pero de otra manera, no como en un lugar, sino porque tú eres el omnitenente con la mano de la verdad, y todas las cosas son verdaderas en cuanto son, ni hay nada de falsedad, sino cuando se piensa que es lo que no es. Y vi que no solo cada cosa concuerda con sus lugares sino también con sus tiempos y que tú, que eres solo eterno, no comenzaste a obrar después de innumerables espacios de tiempos, porque todos los espacios de tiempos, tanto los que pasaron como los que pasarán, ni se irían ni vendrían sino obrando tú y permaneciendo.
Y experimentando sentí que no es extraño que al paladar no sano sea castigo el pan que al sano es dulce, y a los ojos enfermos sea odiosa la luz que a los puros es amable. Y tu justicia desagrada a los inicuos, y mucho menos la víbora y el gusanillo, que creaste buenos, aptos a las partes inferiores de tu criatura, a las cuales también los mismos inicuos son aptos, cuanto más disímiles son de ti, pero aptos a las superiores, cuanto más semejantes se hacen a ti.
Y busqué qué era la iniquidad y no encontré sustancia, sino perversidad de la voluntad desviada de la suma sustancia, de ti, Dios, hacia las cosas ínfimas, arrojando sus interioridades e hinchándose afuera.
Y me admiraba de que ya te amaba a ti, no a un fantasma en lugar de ti, y no me quedaba para gozar de mi Dios, sino que era arrebatado a ti por tu hermosura y luego era arrancado de ti por mi peso, y caía en estas cosas con gemido; y este peso era la costumbre carnal. Pero conmigo estaba la memoria de ti, y de ningún modo dudaba de que existe aquel al que debo adherirme, pero todavía no era yo quien se adhiere, «porque el cuerpo que se corrompe agrava el alma y la habitación terrena deprime el sentido que piensa muchas cosas», y estaba certísimo de que «tus cosas invisibles desde la constitución del mundo por las cosas que fueron hechas se perciben inteligidas, también tu sempiterna virtud y divinidad».
Pues buscando de dónde aprobaba la hermosura de los cuerpos, ya celestes ya terrestres, y qué me asistía para juzgar íntegramente sobre las cosas mudables y decir «esto así debería ser, aquello no así» —buscando esto, pues, de dónde juzgaba cuando así juzgaba, había encontrado la inmutable y verdadera eternidad de la verdad sobre mi mente mudable. Y así gradualmente desde los cuerpos al alma que siente por el cuerpo y desde allí a su fuerza interior, a la cual el sentido del cuerpo anuncia las cosas exteriores, y hasta donde pueden las bestias, y desde allí de nuevo a la potencia razonadora a la que se refiere para juzgar lo que se toma de los sentidos del cuerpo.
La cual también encontrándose en mí mudable se erigió a su inteligencia y apartó el pensamiento de la costumbre, sustrayéndose a las turbas contradicentes de los fantasmas, para encontrar de qué luz era rociada, cuando sin ninguna duda clamaba que lo inmutable debía preferirse a lo mudable de donde conocía lo mismo inmutable (pues si de algún modo no lo conociera, de ningún modo lo prepondría al mudable con certeza), y llegó a lo que es en el golpe de una mirada trepidante.
Entonces verdaderamente vi tus cosas invisibles inteligidas por las cosas que fueron hechas, pero no tuve fuerzas para fijar la agudeza, y repercutida mi debilidad, devuelto a las cosas usuales, no llevaba conmigo sino la memoria amante y como el olfateo de aquello que desear pero que todavía no podía comer.
Y buscaba el camino de adquirir la fortaleza que fuera idónea para gozar de ti, y no lo encontraba hasta que abrazara al mediador de Dios y de los hombres, el hombre Cristo Jesús, «que está sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos», que llama y dice: «Yo soy el camino y la verdad y la vida», y el alimento, para cuya recepción yo era inválido, mezclándolo con la carne, porque «el Verbo se hizo carne» para que se hiciera leche de nuestra infancia tu sabiduría, por la cual creaste todas las cosas.
Porque no tenía a mi Dios Jesús, humilde el humilde, ni sabía de qué cosa fuera maestra su debilidad. Pues tu Verbo, verdad eterna, que sobresale sobre las partes superiores de tu criatura, levanta a sí mismo a los sumisos, pero en las inferiores edificó para sí una casa humilde de nuestro lodo, por la cual deprime de sí mismos a los que han de ser sometidos y los transporta hacia sí, sanando la hinchazón y nutriendo el amor, para que no avancen más lejos confiados en sí mismos, sino más bien se debiliten, viendo ante sus pies la divinidad débil por la participación de nuestra túnica de pieles, y cansados se prosternen en ella, y ella levantándose los levante.
Pero yo pensaba otra cosa y solo sentía esto del Señor Cristo mío, cuanto de un varón de excelente sabiduría al que ninguno pudiera igualarse, sobre todo porque nacido milagrosamente de una virgen, para ejemplo del desprecio de las cosas temporales en pro de alcanzar la inmortalidad, parecía haber merecido por el divino cuidado de nosotros tanta autoridad de magisterio. Pero qué sacramento tuviera «el Verbo se hizo carne», ni siquiera podía sospechar. Solo había conocido de las cosas que se transmiten escritas de él que comió y bebió, durmió, caminó, se alegró, se entristeció, habló, que aquella carne no se adhirió a tu Verbo sino con alma y mente humana.
Esto lo sabe todo el que sabe la inmutabilidad de tu Verbo, que yo ya sabía cuanto podía, y de ningún modo dudaba algo de ello. Pues mover ahora los miembros del cuerpo por la voluntad, ahora no moverlos, ahora ser afectado por algún afecto, ahora no serlo, ahora proferir sentencias sabias por signos, ahora estar en silencio, son propios de la mutabilidad del alma y de la mente. Que si estas cosas se hubieran escrito falsamente de él, también todas correrían peligro de mentira y no quedaría en aquellas letras ninguna salvación de fe para el género humano.
Porque, pues, fueron escritas verdaderamente, reconocía en Cristo al hombre entero, no solo el cuerpo del hombre o con el cuerpo sin la mente el alma, sino al hombre mismo, no por la persona de la verdad, sino por cierta gran excelencia de la naturaleza humana y más perfecta participación de la sabiduría consideraba que debía preferirse a los demás. Pero Alipio pensaba que así creen los católicos que Dios está vestido de carne, que además de Dios y carne no había en Cristo alma ni mente de hombre, no estimaba que se predicara en él.
Y porque estaba bien persuadido de que no se podían hacer sin criatura vital y racional aquellas cosas que se transmiten en la memoria de él, se movía más perezosamente hacia la misma fe cristiana. Pero después, conociendo que este era el error de los herejes apolinaristas, se congratuló y se conformó con la fe católica. Pero yo confieso que aprendí algo más tarde, en aquello de que «el Verbo se hizo carne», cómo la verdad católica se separa de la falsedad de Fotino.
Pues la reprobación de los herejes hace que sobresalga lo que tu Iglesia siente y lo que tiene la sana doctrina. Porque «convenía que también hubiera herejías, para que los probados se hicieran manifiestos entre los débiles».
Pero entonces, leídos aquellos libros de los platónicos, después que advertido por ellos busqué la verdad incorpórea, «tus cosas invisibles por las cosas que fueron hechas inteligidas» las vi y rechazado sentí lo que por las tinieblas de mi alma no me era permitido contemplar, cierto de que tú existes y eres infinito y sin embargo de ningún modo te difundes por espacios finitos o infinitos y eres verdaderamente tú, que siempre eres el mismo, en ninguna parte ni en ningún movimiento otro ni de otra manera, y que todas las demás cosas son de ti, por este solo firmísimo documento porque son, cierto ciertamente estaba en estas cosas, pero demasiado débil para gozar de ti.
Hablaba ciertamente como perito y, si no buscara en Cristo, salvador nuestro, tu camino, no perito sino perecedero habría sido. Pues ya había comenzado a querer parecer sabio lleno de mi castigo y no lloraba, más aún, estaba inflado con la ciencia. ¿Dónde estaba, pues, aquella caridad edificante desde el fundamento de la humildad, que es Cristo Jesús? ¿O cuándo me enseñarían aquellos libros a ella? En los cuales creo que quisiste que yo incurriera, antes de que considerara tus Escrituras, para que se imprimiera en mi memoria cómo había sido afectado por ellos y, cuando después hubiera sido amansado en tus libros y curaran tus dedos mis heridas, discerniera y distinguiera qué diferencia hay entre la presunción y la confesión, entre los que ven adónde hay que ir pero no ven por dónde, y el camino que conduce no solo a contemplar sino también a habitar la bienaventurada patria.
Pues si primero hubiera sido instruido en tus santas letras y en su familiaridad me hubieras endulzado, y después hubiera caído en aquellos volúmenes, tal vez me habrían arrancado del sólido fundamento de la piedad, o si hubiera persistido en el afecto que había bebido saludablemente, habría pensado que también de aquellos libros se podía concebir, si alguien hubiera aprendido solo aquellos.
Así pues, avidísimamente arrebaté el venerable estilo de tu espíritu, y por encima de los demás al apóstol Pablo, y perecieron aquellas cuestiones en las que alguna vez me pareció contradecirse a sí mismo y no concordar el texto de su discurso con los testimonios de la ley y de los profetas, y me apareció una sola faz de las castas palabras, y aprendí a exultar con temor. Y comencé y encontré que, cuanto allá había leído verdadero, aquí se decía con la recomendación de tu gracia, para que quien ve no se gloríe así, como si no hubiera recibido no solo lo que ve, sino también para que vea (pues ¿qué tiene que no haya recibido?) y para que no solo sea amonestado a verte a ti, que eres siempre el mismo, sino también sea sanado para tenerte, y quien desde lejos no puede verte, sin embargo camine por el camino por donde venga y vea y tenga, porque, «aunque se deleite el hombre con la ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará de otra ley en sus miembros que repugna a la ley de su mente y lo lleva cautivo en la ley del pecado, que está en sus miembros?»
Porque eres justo, Señor, pero nosotros pecamos, inicuamente hicimos, impíamente nos comportamos, y se ha agravado sobre nosotros tu mano, y justamente fuimos entregados al antiguo pecador, prepósito de la muerte, porque persuadió a nuestra voluntad la semejanza de su voluntad, por la que no permaneció en tu verdad. ¿Qué hará el hombre miserable? «¿Quién lo liberará del cuerpo de esta muerte, sino tu gracia por Jesucristo Señor nuestro», al que engendraste coeterno y creaste «en el principio de tus caminos, en quien el príncipe de este mundo no encontró nada digno de muerte», y lo mató?
Y fue anulado el quirógrafo que estaba contra nosotros. Esto no tienen aquellas letras: no tienen aquellas páginas el rostro de esta piedad, las lágrimas de la confesión, tu sacrificio, el espíritu contrito, el corazón contrito y humillado, la salvación del pueblo, la esposa ciudad, la prenda del Espíritu Santo, el cáliz de nuestro precio. Nadie allí canta: «¿No estará sometida mi alma a Dios? Porque de él viene mi salvación: pues él mismo es mi Dios y mi salvador, mi acogedor: no me moveré más».
Nadie allí oye al que llama: «Venid a mí los que trabajáis». Desdeñan aprender de él porque es manso y humilde de corazón. Porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Y una cosa es desde la cima silvestre ver la patria de la paz y no encontrar el camino hacia ella y esforzarse en vano por lo intransitable rodeado de acechantes e insidiadores desertores fugitivos con su príncipe el león y el dragón, y otra cosa tener el camino que conduce allá fortificado por el cuidado del emperador celeste, donde no hacen latrocinios los que desertaron de la milicia celeste; pues la evitan como un suplicio. Estas cosas se me entrañaban de modos admirables, cuando leía al mínimo de tus apóstoles, y había considerado tus obras y me había estremecido.
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