Libro 5El encuentro con Fausto y la partida a Roma
Recibe el sacrificio de mis confesiones de mano de mi lengua (que formaste y excitaste para que confesara tu nombre), y sana todos mis huesos, y que digan: «Señor, ¿quién hay semejante a ti?». Pues no le enseña qué sucede en su interior quien te confiesa, porque tu mirada no la excluye un corazón cerrado ni tu mano la rechaza la dureza de los hombres, sino que tú la disuelves cuando quieres, ya sea compadeciendo o castigando, y no hay quien se esconda de tu calor.
Pero alábete mi alma para amarte, y confiésete tus misericordias para alabarte. No cesa ni calla tus alabanzas toda tu creación, ni el espíritu de cada uno por boca vuelta hacia ti, ni los animales ni los seres corpóreos por boca de quienes los contemplan, para que de ellos se levante hacia ti nuestra alma desde su cansancio, apoyándose en las cosas que hiciste y pasando hacia ti, que hiciste todo esto de modo admirable. Y allí está el descanso y la verdadera fuerza.
Que se vayan y huyan de ti los inquietos malvados. Y tú los ves y distingues las sombras, y mira, todo con ellos es hermoso y ellos mismos son repugnantes. ¿Y en qué te dañaron? ¿O en qué deshonraron tu poder, justo e íntegro desde los cielos hasta lo más bajo? ¿Pues adónde huyeron cuando huían de tu presencia? ¿O dónde no los encuentras tú? Pero huyeron para no verte viéndolos a ellos, y cegados tropezaron contigo, porque tú no abandonas nada de lo que hiciste; tropezaron contigo los injustos y justamente fueron castigados, sustrayéndose de tu mansedumbre y tropezando con tu rectitud y cayendo en tu aspereza.
Evidentemente no saben que tú estás en todas partes, a ti a quien ningún lugar circunscribe, y que solo tú estás presente incluso para quienes se alejan de ti. Que se conviertan, pues, y te busquen, porque tú no abandonaste tu creación como ellos abandonaron a su creador: que se conviertan. Y mira, allí estás tú en el corazón de ellos, en el corazón de quienes te confiesan y se arrojan en ti y lloran en tu seno tras sus difíciles caminos.
Y tú enjugas bondadosamente sus lágrimas, y lloran más y se gozan en el llanto, porque tú, Señor, no un hombre cualquiera, carne y sangre, sino tú, Señor, que los hiciste, los rehaces y los consuelas. ¿Y dónde estaba yo cuando te buscaba? Y tú estabas delante de mí, pero yo me había apartado incluso de mí mismo y no me encontraba: ¡cuánto menos a ti!
Voy a exponer ante la mirada de mi Dios aquel año trigésimo de mi vida. Ya había llegado a Cartago un tal obispo de los maniqueos, de nombre Fausto, gran trampa del diablo, y muchos quedaban atrapados en ella por el atractivo de su elocuencia. Aunque yo ya la alababa, sin embargo la distinguía de la verdad de las cosas que ansiaba aprender, y no prestaba atención a qué clase de recipiente tenían sus palabras, sino a qué alimento de sabiduría me ofrecía aquel Fausto tan renombrado entre ellos.
Pues su fama me había anunciado de antemano que era muy versado en todas las doctrinas nobles y especialmente erudito en las disciplinas liberales. Y como yo había leído muchas obras de los filósofos y las conservaba en la memoria, comparaba algunas de ellas con aquellas largas fábulas de los maniqueos, y me parecían más probables las cosas que dijeron aquellos que alcanzaron el poder suficiente como para apreciar el mundo, aunque de ningún modo encontraron a su Señor.
Porque tú eres grande, Señor, y miras a los humildes, pero conoces de lejos a los soberbios, y no te acercas sino a los de corazón contrito, ni te encuentran los soberbios, aunque con habilidad curiosa cuenten las estrellas y la arena y midan las regiones siderales y rastreen los caminos de los astros.
Descubrieron y anunciaron con muchos años de antelación los eclipses de las luminarias del sol y de la luna, en qué día, a qué hora, en qué proporción habrían de suceder, y el cálculo no los engañó. Y sucedió tal como lo anunciaron, y escribieron reglas indagadas, y se leen hoy y de ellas se anuncia en qué año y en qué mes del año y en qué día del mes y a qué hora del día y en qué parte de su luz va a eclipsarse la luna o el sol: y sucederá tal como se anuncia.
Y se maravillan de estas cosas los hombres y se asombran quienes no las conocen, y se regocijan y se envanecen quienes las conocen, y por impiedad soberbia retirándose y apartándose de tu luz tanto tiempo antes prevén un futuro eclipse del sol, y en el presente no ven el suyo propio (pues no buscan religiosamente de dónde tienen el ingenio con el que buscan estas cosas), y descubriendo que tú los hiciste, no se entregan a ti para que conserves lo que hiciste, y matan para ti lo que ellos mismos se hicieron, y sacrifican sus soberbias como las aves, y sus curiosidades como los peces del mar por los que recorren los caminos secretos del abismo, y sus lujurias como el ganado del campo, para que tú, Dios, fuego devorador, consumas sus preocupaciones muertas, recreándolos inmortalmente.
Pero no conocieron el camino, tu Palabra, por la cual hiciste lo que ellos cuentan y a ellos mismos que cuentan, y el sentido con que perciben lo que cuentan y la mente con la que cuentan: y de tu sabiduría no hay número. Pero el mismo Unigénito se hizo para nosotros sabiduría y justicia y santificación, y fue contado entre nosotros, y pagó el tributo al César. No conocieron este camino por el que descender de sí mismos a él y por él ascender a él.
No conocieron este camino, y piensan ser elevados con las estrellas y luminosos, y mira, cayeron a tierra, y su necio corazón se oscureció. Y dicen muchas cosas verdaderas sobre la creación, y a la verdad, artífice de la creación, no la buscan piadosamente, y por eso no la encuentran, o si la encuentran, conociendo a Dios no lo honran como a Dios ni le dan gracias, y se desvanecen en sus pensamientos, y dicen ser sabios atribuyéndose lo que es tuyo, y por eso se esfuerzan con perversísima ceguera en atribuirte incluso a ti lo que es de ellos, es decir, achacándote a ti, que eres la verdad, sus mentiras, y cambiando la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible y de aves y de cuadrúpedos y de serpientes, y convierten tu verdad en mentira, y honran y sirven a la criatura antes que al creador.
Sin embargo, yo conservaba muchas cosas verdaderas dichas por ellos sobre la misma creación, y me salía al paso la razón por los números y el orden de los tiempos y los testimonios visibles de los astros, y las comparaba con las palabras de Manes, que sobre estas cosas escribió mucho delirando copiosamente, y no me salía al paso razón alguna ni de los solsticios y equinoccios ni de los eclipses de las luminarias ni de nada semejante que había aprendido en los libros de la sabiduría secular.
Allí, en cambio, se me ordenaba creer, y no correspondía a aquellas razones exploradas con números y con mis propios ojos, y era muy diferente.
¿Acaso, Señor Dios de la verdad, quien conoce estas cosas ya te agrada? Pues infeliz es el hombre que sabe todo eso pero no te conoce a ti; pero feliz quien te conoce, aunque ignore aquello. Y quien te conoce a ti y a aquello, no es más feliz por aquello, sino feliz solo por ti, si conociéndote te glorifica como a ti y te da gracias, y no se desvanece en sus pensamientos. Pues así como es mejor quien sabe poseer un árbol y por su uso te da gracias, aunque no sepa cuántos codos de alto tiene o cuánta anchura se extiende, que aquel que lo mide y cuenta todas sus ramas y ni lo posee ni conoce ni ama a su creador, así el hombre fiel, cuyo mundo entero de riquezas es y como sin tener nada lo posee todo adhiriéndose a ti, a quien todas las cosas sirven, aunque ni siquiera conozca los giros de la Osa Mayor, es absurdo dudar que sin duda es mejor que el que mide el cielo y cuenta las estrellas y pesa los elementos y te descuida a ti, que todo lo dispusiste en medida y número y peso.
Pero sin embargo, ¿quién pidió a un tal Manes que escribiera también sobre estas cosas, sin cuyo conocimiento puede aprenderse la piedad? Pues dijiste al hombre: «Mira, la piedad es la sabiduría». Esta podría ignorarla aunque conociera perfectamente aquellas cosas; pero como no conocía estas, atreviéndose muy impudentemente a enseñarlas, de ningún modo podía conocer aquella. Pues es vanidad profesar mundanamente incluso estas cosas cuando se conocen, pero piedad confesarte a ti. Por esto aquel extraviado habló tanto sobre estas cosas para que, convicto por quienes verdaderamente las habían aprendido, se conociera manifiestamente cuál era su entendimiento en las demás cosas más ocultas.
Pues no quiso ser estimado en poco, sino que intentó persuadir de que el Espíritu Santo, consolador y enriquecedor de tus fieles, residía personalmente en él con plena autoridad. Así pues, cuando se descubría que había dicho cosas falsas sobre el cielo y las estrellas y sobre los movimientos del sol y de la luna, aunque estas cosas no pertenecen a la doctrina de la religión, sin embargo su audacia sacrílega sobresalía bastante, pues decía tales cosas no solo ignoradas sino incluso falsas con tan insana vanidad de soberbia, que se esforzaba en atribuírselas como si fueran de persona divina.
Pues cuando oigo que algún hermano cristiano ignora estas cosas y opina una cosa por otra, contemplo pacientemente al hombre en su opinión y no veo que le perjudique, con tal de que no crea cosas indignas sobre ti, Señor creador de todas las cosas, si por casualidad ignora la posición y naturaleza de la criatura corporal. Pero sí le perjudica si piensa que esto pertenece a la misma forma de la doctrina de la piedad y se atreve a afirmar pertinazmente lo que ignora.
Pero incluso tal debilidad en la cuna de la fe es sostenida por la madre caridad, hasta que se levante el hombre nuevo hacia el varón perfecto y no pueda ser llevado por todo viento de doctrina. Pero en aquel que fue maestro, que fue autor, que fue guía y príncipe de quienes persuadía tales cosas, de modo que quienes lo seguían creyeran que seguían no a un hombre cualquiera sino a tu Espíritu Santo, ¿quién juzgaría que tal demencia, cuando en algún punto fuera convicto de haber dicho falsedades, no debía ser detestada y completamente rechazada?
Pero todavía no había averiguado con claridad si según sus palabras podían explicarse también las alternativas de días y noches más largos y más cortos y de la misma noche y del día y los eclipses de las luminarias y todo lo de este tipo que había leído en otros libros, de modo que, si por casualidad pudiera, me quedara incierto sobre si así era la realidad o así, pero pusiera por delante de mi fe su autoridad a causa de su santidad creída.
Y durante casi nueve años en que los escuché con ánimo vagabundo y con deseo demasiado intenso esperé la venida de este Fausto. Pues los demás de ellos con quienes por casualidad me topaba, cuando fracasaban ante tales cuestiones que yo les planteaba, me prometían a aquel, con cuya llegada y conversación conmigo se me aclararían muy fácilmente estas cosas y si acaso buscaba otras mayores se me explicarían con toda claridad. Así que cuando llegó, experimenté que era un hombre agradable y jovial en sus palabras y que charlaba mucho más suavemente sobre las mismas cosas que ellos suelen decir.
Pero ¿qué importaba para mi sed el más elegante servidor de copas preciosas? Ya estaban saciados de tales cosas mis oídos, y no me parecían mejores porque se dijeran mejor, ni verdaderas porque fueran elocuentes, ni sabia el alma porque el rostro fuera apropiado y el discurso elegante. Pero quienes me lo prometían no eran buenos apreciadores de las cosas, y por eso les parecía prudente y sabio, porque les deleitaba hablando. Pero yo había captado otro género de hombres que incluso tienen la verdad por sospechosa y no quieren aceptarla si se ofrece con un discurso compuesto y abundante.
Pero tú, Dios mío, ya me habías enseñado de modos admirables y ocultos (y por eso creo que tú me lo enseñaste, porque es verdad, y no hay otro maestro de la verdad fuera de ti, dondequiera y de dondequiera que resplandezca), ya entonces había aprendido de ti que no debe parecer que algo se dice con verdad porque se diga elocuentemente, ni que es falso porque suenan desordenadas las señales de los labios; a la inversa, ni es verdadero porque se enuncia sin pulir, ni falso porque el discurso es espléndido, sino que la sabiduría y la estulticia son como los alimentos útiles e inútiles, y las palabras ornadas y sin ornato como las vajillas urbanas y rústicas: ambos alimentos pueden servirse en ambas vajillas.
Así pues, mi ansia, con la que había esperado tanto tiempo a aquel hombre, se deleitaba ciertamente con el movimiento y afecto del que disputaba y con las palabras apropiadas y que le acudían fácilmente para revestir las ideas. Me deleitaba entonces y junto con muchos o incluso más que muchos lo alababa y ensalzaba, pero me molestaba que en la reunión de oyentes no se me permitiera acercarme a él y compartir con él las preocupaciones de mis cuestiones conversando familiarmente y dando y recibiendo palabras.
Cuando pude y empecé a ocupar sus oídos con mis compañeros en un tiempo en que no era indecoroso dialogar alternativamente, y presenté algunas cosas que me inquietaban, descubrí primero a un hombre inexperto en las disciplinas liberales excepto en la gramática, y en esta misma de modo usual. Y como había leído algunas oraciones de Cicerón y muy pocos libros de Séneca y algunos de poetas y los volúmenes de su secta que estuvieran escritos en latín y con compostura, y como asistía al ejercicio cotidiano de conversar, de ahí le venía la elocuencia, que se hacía más aceptable y más seductora con la moderación de su ingenio y cierta gracia natural.
¿No es así, según recuerdo, Señor Dios mío, árbitro de mi conciencia? Ante ti están mi corazón y mi recuerdo, que entonces me conducías con el secreto oculto de tu providencia y ya ponías mis vergonzosos errores delante de mi rostro para que los viera y odiara.
Pues después de que me quedó bastante claro que era inexperto en aquellas artes en las que yo pensaba que sobresalía, empecé a desesperar de que él pudiera abrirme y resolver las cosas que me inquietaban; de todo eso podía ser ignorante y sin embargo sostener la verdad de la piedad, pero si no fuera maniqueo. Pues sus libros están llenos de larguísimas fábulas sobre el cielo y las estrellas y sobre el sol y la luna; y ya no pensaba que él pudiera explicarme sutilmente, cotejando las razones numéricas que yo había leído en otros lugares, si era más bien así como se contenía en los libros de Manes, o si al menos de allí podía darse una explicación equivalente, cosa que yo ciertamente deseaba.
Pero cuando presenté estas cosas para que las considerara y discutiera, él con bastante modestia no se atrevió a cargar con ese peso. Pues sabía que no sabía esas cosas y no le avergonzó confesarlo. No era de aquellos muchos charlatanes que yo había padecido, que intentaban enseñarme esas cosas y no decían nada. Este en cambio tenía un corazón, aunque no recto hacia ti, tampoco demasiado incauto respecto a sí mismo. No era del todo ignorante de su propia ignorancia, y no quiso meterse temerariamente disputando en algo de donde no tuviera ninguna salida ni le fuera fácil volver: también por esto me agradó más.
Pues es más hermosa la moderación de un ánimo que confiesa que aquellas cosas que yo deseaba conocer. Y lo encontraba así en todas las cuestiones más difíciles y sutiles.
Así pues, quebrado mi entusiasmo que había dedicado a las escrituras de Manes, y desesperando más aún de sus demás maestros, cuando aquel tan renombrado había resultado ser así en muchas cosas que me inquietaban, empecé a pasar tiempo con él por el interés que él tenía en aquellas letras con las que yo entonces, ya como rétor de Cartago, enseñaba a los jóvenes, y a leer con él o bien lo que él deseaba haber oído o bien lo que yo estimaba adecuado para tal ingenio.
Pero todo mi esfuerzo por el que había determinado progresar en aquella secta, conocido aquel hombre, cesó por completo, no de modo que me separara totalmente de ellos, sino que, como si no encontrara algo mejor, decidí contentarme de momento con aquello en lo que de cualquier modo había caído, a menos que resplandeciera por casualidad algo que fuera más digno de elegir. Así aquel Fausto, que para muchos fue trampa de muerte, empezó ya a aflojar, sin quererlo ni saberlo, la trampa en que yo había sido capturado.
Pues tus manos, Dios mío, en lo oculto de tu providencia no abandonaban mi alma, y de la sangre del corazón de mi madre, por sus lágrimas de días y noches, se te sacrificaba por mí, y obraste conmigo de modos admirables. Tú obraste aquello, Dios mío, porque del Señor son dirigidos los pasos del hombre, y él querrá su camino. ¿O qué gestión de salvación hay fuera de tu mano que rehace lo que hiciste?
Obraste, pues, conmigo para que se me persuadiera de ir a Roma y enseñar allí más bien lo que enseñaba en Cartago. Y no pasaré por alto confesarte de dónde me vino esta persuasión, porque también en estas cosas deben meditarse y proclamarse los abismos profundísimos de tu providencia y tu misericordia tan presente para nosotros. No quise ir a Roma porque se me prometieran mayores ganancias y mayor dignidad por los amigos que me lo aconsejaban (aunque también estas cosas influían en mi ánimo entonces), sino que la causa mayor y casi única era que oía que allí los jóvenes estudiaban con más tranquilidad y eran contenidos con la coacción más ordenada de la disciplina, de modo que no irrumpían pasiva y desvergonzadamente en la escuela de un maestro del que no eran alumnos, ni eran admitidos en absoluto si él no lo permitía.
En Cartago, por el contrario, es vergonzosa e intemperante la licencia de los estudiantes. Irrumpen impudentemente y con rostro casi furioso perturban el orden que cada uno ha instituido para sus discípulos para que progresen. Hacen muchas cosas injuriosas con admirable estupidez, y deberían ser castigadas por las leyes si la costumbre no las amparara, mostrándolos más miserables porque ya creen que es lícito hacer lo que por tu ley eterna nunca será lícito, y piensan que lo hacen impunemente, cuando son castigados con la misma ceguera con que lo hacen y padecen incomparablemente peor de lo que hacen.
Así pues, las costumbres que siendo estudiante no quise que fueran mías, siendo maestro me veía obligado a soportarlas en otros. Y por eso me agradaba ir adonde todos los que lo sabían indicaban que no sucedían tales cosas. Pero en verdad tú, esperanza mía y porción mía en la tierra de los vivos, para cambiar de lugar terreno por la salvación de mi alma, me aplicabas en Cartago aguijones con los que me arrancabas de allí, y me proponías en Roma atractivos con los que me atraías por medio de hombres que aman la vida muerta, haciendo aquí locuras, prometiendo allí vanidades, y para corregir mis pasos usabas ocultamente tanto su perversidad como la mía.
Pues tanto quienes perturbaban mi tranquilidad estaban ciegos con torpe rabia, como quienes me invitaban a otro lugar sabían a tierra, yo en cambio, que detestaba aquí la verdadera miseria, allí apetecía la falsa felicidad.
Pero por qué me marchaba de aquí y me iba allá, tú lo sabías, Dios, y no me lo indicabas ni a mí ni a mi madre, que lloró atrozmente mi partida y me siguió hasta el mar. Pero la engañé, reteniéndome ella con violencia para que me hiciera volver o se fuera conmigo. Y fingí que no quería abandonar a un amigo hasta que con el viento favorable navegara, y mentí a mi madre, y a tal madre.
Y me escapé, porque también esto me lo perdonaste misericordiosamente, conservándome de las aguas del mar, lleno de abominables inmundicias, hasta el agua de tu gracia, con la que, una vez lavado, se secarían los ríos de los ojos maternos con los que por mí regaba cada día la tierra bajo su rostro. Y sin embargo, como se negaba a volver sin mí, apenas la convencí de que pasara aquella noche en un lugar que estaba muy cerca de nuestra nave, en el memorial del beato Cipriano.
Pero aquella noche yo me marché en secreto, ella en cambio no; se quedó orando y llorando. ¿Y qué te pedía, Dios mío, con tantas lágrimas, sino que no me dejaras navegar? Pero tú, aconsejando desde lo profundo y escuchando el eje de su deseo, no te ocupaste de lo que entonces pedía, para hacerme lo que siempre pedía. Sopló el viento y llenó nuestras velas y la playa se sustrajo a nuestras miradas, en la que ella por la mañana enloquecía de dolor, y llenaba tus oídos con quejas y gemidos, mientras tú los desdeñabas, pues con mis propios deseos me arrebatabas para acabar con esos mismos deseos, y su deseo carnal era azotado con el justo flagelo de los dolores.
Pues amaba tener conmigo mi presencia a la manera de las madres, pero mucho más que muchas, y no sabía qué gozos ibas a hacerle tú de mi ausencia. No lo sabía, por eso lloraba y se lamentaba, y con aquellas torturas se manifestaba en ella el residuo de Eva, buscando con gemido lo que con gemido había parido. Y sin embargo, después de acusar mis engaños y crueldad, se volvió de nuevo a suplicarte por mí, se fue a sus lugares habituales, y yo a Roma.
Y mira, me recibe allí el flagelo de la enfermedad corporal, e iba ya al infierno llevando todos los males que había cometido contra ti y contra mí y contra otros, muchos y graves sobre el vínculo del pecado original por el que todos morimos en Adán. Pues no me habías perdonado ninguno de ellos en Cristo, ni había disuelto él en su cruz las enemistades que yo había contraído contigo con mis pecados. ¿Pues cómo iba a disolverlas en la cruz de un fantasma, que era lo que yo creía de él?
Cuanto más falsa me parecía la muerte de su carne, tanto más verdadera era la de mi alma, y cuanto más verdadera era la muerte de su carne, tanto más falsa la vida de mi alma que no lo creía. Y agravándose las fiebres ya me iba y perecía. Pues ¿adónde habría ido si entonces hubiera partido de aquí, sino al fuego y a los tormentos dignos de mis hechos según la verdad de tu orden? Y ella no lo sabía y sin embargo oraba por mí ausente; pero tú, presente en todas partes, donde ella estaba la escuchabas, y donde yo estaba te compadecías de mí, para que recuperara la salud del cuerpo siendo aún insano de corazón sacrílego.
Pues ni siquiera en aquel peligro tan grande deseaba tu bautismo, y era mejor siendo niño, cuando lo reclamé de la piedad materna, como ya he recordado y confesado. Pero había crecido para mi deshonra y me burlaba dementemente de los consejos de tu medicina, tú que no permitiste que yo muriera dos veces así. Si tal herida hubiera golpeado el corazón de mi madre, nunca se habría sanado. Pues no puedo expresar suficientemente qué ánimo tenía ella hacia mí y con cuánta mayor solicitud me daba a luz espiritualmente que me había parido con la carne.
Así pues, no veo cómo se habría sanado si aquella muerte mía hubiera traspasado las entrañas de su amor. ¿Y dónde habrían estado tantas oraciones, y tan frecuentes sin interrupción? En ninguna parte sino ante ti. ¿Acaso tú, Dios de las misericordias, despreciarías el corazón contrito y humillado de una viuda casta y sobria, frecuente en limosnas, obsequiosa y servicial con tus santos, que no dejaba pasar día sin ofrenda en tu altar, que venía a tu iglesia dos veces al día, por la mañana y por la tarde, sin ninguna interrupción, no para oír vanas fábulas y chismorreos de viejas, sino para escucharte a ti en tus sermones y tú a ella en sus oraciones?
¿Acaso tú despreciarías y rechazarías de tu auxilio las lágrimas de esta mujer, con las que no te pedía oro ni plata ni ningún bien mudable o voluble, sino la salvación del alma de su hijo, tú, por cuyo don era ella así? De ningún modo, Señor. Más bien estabas presente y la escuchabas y hacías las cosas en el orden en que habías predestinado que se hicieran. Lejos de ti engañarla en aquellas visiones y respuestas tuyas que ya he recordado y que no he recordado, que ella guardaba en su pecho fiel y siempre orando te las presentaba como documentos tuyos. Pues te dignas, porque tu misericordia es para siempre, hacerte incluso deudor por promesas a aquellos a quienes perdonas todas las deudas.
Me restableciste, pues, de aquella enfermedad e hiciste salvo al hijo de tu sierva entonces de momento en el cuerpo, para que hubiera a quien dieras una salvación mejor y más segura. Y me unía también entonces en Roma a aquellos falsos y engañosos santos, no solo a sus oyentes, de cuyo número era también aquel en cuya casa había enfermado y convalecido, sino también a aquellos que llaman elegidos. Pues todavía me parecía que no éramos nosotros quienes pecábamos, sino no sé qué otra naturaleza que pecaba en nosotros, y deleitaba a mi soberbia estar fuera de culpa y, cuando había hecho algo malo, no confesar que lo había hecho yo, para que sanaras mi alma, porque pecaba contra ti, sino que me gustaba excusarme y acusar a no sé qué otra cosa que estaba conmigo y yo no era.
Pero en verdad yo era todo entero, y mi impiedad me había dividido contra mí mismo, y aquel era un pecado más incurable, por el que consideraba que yo no era pecador, y execrable iniquidad, Dios omnipotente, preferir que tú fueras superado en mí para mi perdición, que no que yo fuera superado por ti para mi salvación. Todavía no habías puesto custodia a mi boca y puerta de continencia alrededor de mis labios, para que no declinara mi corazón a palabras malas para excusar excusas en los pecados con hombres que obran la iniquidad, y por eso todavía me juntaba con sus elegidos, pero ya desesperando de poder progresar en aquella falsa doctrina, y aquellas mismas cosas con las que, si no encontraba nada mejor, había decidido contentarme, ya las mantenía con más remisión y negligencia.
Pues también me había surgido el pensamiento de que habían sido más prudentes que los demás aquellos filósofos que llaman académicos, porque habían juzgado que se debía dudar de todo y habían decretado que ninguna verdad podía ser comprendida por el hombre. Así pues, me parecía claramente que ellos habían pensado, tal como comúnmente se los tiene, sin comprender todavía su intención. Y no disimulé en reprimir a aquel mismo huésped mío por la excesiva confianza que percibí que tenía en las cosas fabulosas de las que están llenos los libros de los maniqueos.
Sin embargo, usaba de la amistad de ellos más familiarmente que de la de los demás hombres que no habían estado en aquella herejía. Y no la defendía con el vigor antiguo, pero la familiaridad con ellos (pues Roma oculta a muchos) me hacía más perezoso para buscar otra cosa, sobre todo desesperando de poder encontrar la verdad en tu Iglesia, Señor del cielo y de la tierra, creador de todas las cosas visibles e invisibles, de la que ellos me habían apartado, y me parecía muy vergonzoso creer que tú tenías figura de carne humana y estabas delimitado por los contornos corporales de nuestros miembros, y como cuando quería pensar en mi Dios, no sabía pensar sino en masas de cuerpos (pues no me parecía que existiera nada que no fuera tal), esa era la causa máxima y casi única de mi inevitable error.
Por esto también creía que la sustancia del mal era algo así y tenía su propia masa, repugnante y deforme y gruesa, que llamaban tierra, o tenue y sutil, como es el cuerpo del aire, que imaginan como mente maligna reptando por aquella tierra. Y como cierta piedad me obligaba a creer que el Dios bueno no había creado ninguna naturaleza mala, establecía frente a frente dos masas, ambas infinitas, pero la mala más estrecha, la buena más grande, y de este comienzo pestilente me seguían los demás sacrilegios.
Pues cuando mi ánimo intentaba volver a la fe católica, era rechazado, porque aquella no era la fe católica que yo pensaba que era. Y me parecía más piadoso si te creía, Dios mío, a quien confiesan de mí tus misericordias, infinito al menos por las demás partes, aunque en una, por la que se te oponía la masa del mal, me viera obligado a confesarte finito, que si pensara que estabas delimitado por todas partes en forma de cuerpo humano.
Y me parecía mejor creer que tú no habías creado ningún mal (que a mí, ignorante, parecía no solo alguna sustancia sino incluso corpórea, porque tampoco sabía pensar la mente sino como un cuerpo sutil, aunque difundido por espacios de lugar) que creer que procedía de ti la naturaleza del mal tal como yo la imaginaba. Y al mismo Salvador nuestro, tu Unigénito, lo pensaba como extendido de la masa de tu materia lucidísima para nuestra salvación, de modo que no creía de él sino lo que podía imaginar vanamente.
Así pues, pensaba que tal naturaleza suya no podía nacer de la virgen María, a menos que se mezclara con la carne. Y no veía cómo podía mezclarse y no contaminarse lo que me figuraba así. Por tanto, temía creer que nació en carne, para no verme obligado a creer contaminado por la carne. Ahora tus espirituales se reirán de mí suave y amorosamente si leen estas confesiones mías, pero sin embargo así era yo.
Además, lo que ellos censuraban en tus Escrituras yo pensaba que no podía defenderse, pero a veces ciertamente deseaba confrontar cada punto con algún muy docto en aquellos libros y experimentar qué sentía al respecto. Pues ya los discursos de un tal Elpidio, que hablaba y disputaba contra esos mismos maniqueos cara a cara, habían empezado a conmoverme incluso en Cartago, cuando presentaba tales cosas de las Escrituras a las que no podía resistirse fácilmente. Y me parecía débil la respuesta de aquellos, que ciertamente no presentaban fácilmente en público sino a nosotros en secreto, cuando decían que las escrituras del nuevo testamento habían sido falsificadas por no sé quiénes que quisieron insertar la ley de los judíos en la fe cristiana, y ellos mismos no presentaban ejemplares incorruptos.
Pero a mí, pensando en cosas corpóreas, me deprimían muy capturado y de algún modo sofocado aquellas masas, bajo las cuales, jadeando, no podía respirar en el aire límpido y simple de tu verdad.
Empecé, pues, a ocuparme diligentemente de aquello por lo que había venido, para enseñar en Roma el arte retórica, y primero reunir en casa a algunos por quienes y a través de quienes empecé a darme a conocer. Y mira, me entero de que en Roma suceden otras cosas que no sufría en África. Pues en verdad se me manifestó que allí no se daban aquellas destrucciones de los jóvenes perdidos: «Pero de repente», dicen, «para no pagar la retribución al maestro, conspiran muchos jóvenes y se pasan a otro, desertores de la lealtad y para quienes por amor al dinero la justicia es vil».
También mi corazón odiaba a estos, aunque no con odio perfecto. Pues lo que iba a sufrir de ellos quizá lo odiaba más que el hecho de que hicieran cosas ilícitas a cualquiera. Ciertamente, sin embargo, tales son repugnantes y fornican lejos de ti amando los juegos volátiles de los tiempos y la ganancia fangosa, que mancha la mano cuando se agarra, y abrazando el mundo que huye, despreciándote a ti que permaneces y llamas y perdonas a la que vuelve a ti, al alma meretriz humana.
Y ahora odio a tales depravados y torcidos, aunque los amo para que se corrijan, para que prefieran a la doctrina misma que aprenden el dinero, y a ella a ti, Dios, verdad y plenitud del bien seguro y paz castísima. Pero entonces más bien no quería sufrirlos malos por mí, que querer que se hicieran buenos por ti.
Así pues, después de que se envió desde Milán a Roma al prefecto de la ciudad para que proveyera a aquella ciudad de un maestro de retórica, impartida incluso evección pública, yo mismo solicité por medio de esos mismos ebrios de vanidades maniqueas (para separarme de los cuales iba, pero ambos lo ignorábamos) que, probado yo con una declamación propuesta, me enviara el entonces prefecto Símaco. Y vine a Milán, al obispo Ambrosio, conocido en el orbe de la tierra entre los mejores, piadoso cultor tuyo, cuyos discursos entonces ministraban esforzadamente a tu pueblo la grasa de tu trigo y la alegría del aceite y la sobria embriaguez del vino.
Y era conducido a él por ti sin saberlo yo, para que por él fuera conducido a ti sabiéndolo. Me recibió paternalmente aquel hombre de Dios y amó mi peregrinación bastante episcopalmente. Y empecé a amarlo, primero ciertamente no como maestro de la verdad, que desesperaba totalmente de hallar en tu Iglesia, sino como hombre benévolo conmigo. Y escuchaba estudiosamente cuando disputaba ante el pueblo, no con la intención que debía, sino como explorando su elocuencia, si correspondía a su fama o fluía mayor o menor de lo que se predicaba, y de sus palabras quedaba pendiente atento, pero de las cosas indiferente y despreciativo estaba de pie.
Y me deleitaba la suavidad del discurso, aunque más erudito, menos alegre y halagador sin embargo que el de Fausto, en cuanto atañe al modo de decir. Pero de las cosas mismas ninguna comparación: pues aquel erraba por las falacias maniqueas, este en cambio enseñaba muy saludablemente la salvación. Pero lejos está la salvación de los pecadores, cual yo entonces estaba presente, y sin embargo me acercaba poco a poco y sin saberlo.
Pues aunque no me afanaba por aprender lo que decía, sino solo por oír cómo lo decía (pues me había quedado aquel cuidado vano, desesperando yo de que se abriera al hombre un camino hacia ti), venían a mi ánimo junto con las palabras que amaba también las cosas que descuidaba, pues no podía separarlas. Y mientras abría el corazón para recibir cuán elocuentemente decía, entraba a la par cuán verdaderamente decía, gradualmente ciertamente. Pues primero también las mismas cosas empezaron a parecerme ya defendibles, y la fe católica, por la que yo había pensado que nada podía decirse contra los maniqueos que la atacaban, ya pensaba que se afirmaba sin impudencia, sobre todo habiendo oído uno y otro y a menudo un enigma resuelto de los escritos antiguos, donde, cuando los tomaba a la letra, me mataba.
Así pues, expuestos espiritualmente muchísimos lugares de aquellos libros, ya reprendía mi desesperación, aquella al menos por la que había creído que no podía resistirse en absoluto a quienes detestaban y se burlaban de la ley y los profetas. Sin embargo, todavía no sentía que por eso debía seguirse el camino católico, porque también podía tener defensores doctos suyos que copiosa y no absurdamente refutaran las objeciones, ni que por eso ya debía condenarse lo que yo sostenía porque las partes de la defensa se igualaban. Pues así la católica no me parecía vencida, pero todavía tampoco aparecía vencedora.
Entonces ciertamente apliqué el ánimo con fuerza a ver si de algún modo podía convencer de falsedad a los maniqueos con algunos documentos ciertos. Si pudiera pensar una sustancia espiritual, al punto se disolverían y rechazarían de mi ánimo todos aquellos maquinaciones: pero no podía. Sin embargo, sobre el mismo cuerpo de este mundo y sobre toda la naturaleza que alcanza el sentido de la carne, considerando y comparando, juzgaba que muchísimos filósofos habían pensado cosas mucho más probables.
Así pues, a la manera de los académicos, según se los considera, dudando de todo y fluctuando entre todo, decidí que debía abandonarse a los maniqueos, no juzgando que en aquel tiempo mismo de mi duda debía permanecer en aquella secta a la que ya anteponía algunos filósofos. Pero a aquellos filósofos, porque estaban sin el nombre salvador de Cristo, me negaba del todo a confiar la curación del languor de mi alma. Decidí, pues, ser catecúmeno en la Iglesia católica que me habían recomendado mis padres, mientras resplandeciera algo cierto hacia donde dirigir el curso.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
