Libro 4Nueve años en el error maniqueo
Durante nueve años, desde mis diecinueve hasta mis veintiocho, fuimos seducidos y seducíamos, engañados y engañando en diversas pasiones; públicamente mediante las doctrinas que llaman liberales, y en secreto bajo el falso nombre de religión: aquí soberbios, allá supersticiosos, en todas partes vanidosos; por un lado persiguiendo la vacuidad de la gloria popular, hasta los aplausos teatrales, los certámenes poéticos, la competencia por coronas de paja, las frivolidades de los espectáculos y la intemperancia de las pasiones; por otro lado buscando purificarnos de esas suciedades llevando alimentos a quienes llamaban elegidos y santos, para que en el taller de su estómago fabricaran ángeles y dioses por los que fuéramos liberados.
Y seguía estas cosas y las practicaba con mis amigos, engañados por mí y conmigo. Que se rían de mí los arrogantes, los que aún no han sido postrados y quebrantados saludablemente por ti, Dios mío; pero yo confesaré mis vergüenzas en tu alabanza. Permíteme, te lo ruego, y déjame recorrer en mi memoria presente los pasados rodeos de mi error y ofrecerte un sacrificio de júbilo. Pues ¿qué soy yo sin ti sino un guía hacia el precipicio?
O ¿qué soy cuando me va bien sino alguien que mama tu leche o disfruta de ti, alimento que no se corrompe? ¿Y qué es cualquier hombre, siendo hombre? Que se rían de nosotros los fuertes y poderosos; nosotros, débiles y pobres, confesemos a ti.
Enseñaba en aquellos años el arte de la retórica, y vendía, vencido por la codicia, la locuacidad victoriosa. Pero prefería, tú lo sabes, Señor, tener buenos alumnos, como se llaman los buenos, y sin engaño les enseñaba engaños, no para que los usaran contra la vida de un inocente, sino a veces en favor de la vida de un culpable. Y tú, Dios, veías desde lejos mi fe que resbalaba en terreno inseguro y que centelleaba entre mucho humo, fe que yo mostraba en aquel magisterio ante los que aman la vanidad y buscan la mentira, siendo yo su cómplice.
En aquellos años tenía una mujer, no conocida por lo que llaman legítimo matrimonio, sino descubierta por un ardor vagabundo carente de prudencia; pero era solo una, y además le guardaba fidelidad conyugal, en cuyo caso experimentaba por propia experiencia qué distancia había entre la moderación del pacto conyugal, concertado para procrear, y el acuerdo del amor libidinoso, donde nace un hijo incluso contra nuestra voluntad, aunque una vez nacido nos obliga a amarlo.
Recuerdo también que cuando decidí participar en un certamen de poesía teatral, cierto adivino me preguntó qué estaría dispuesto a darle como recompensa para que yo venciera; yo, detestando y aborreciendo aquellos ritos sacrilegos, le respondí que ni aunque la corona fuera de oro inmortal permitiría que mataran una mosca para mi victoria. Pues él iba a inmolar animales en sus sacrificios y con esos honores parecía querer invocar demonios en mi ayuda. Pero rechacé también este mal no por pureza hacia ti, Dios de mi corazón, pues no sabía amarte a ti, que no sabía pensar más que en resplandores corporales.
Porque ¿no es fornicar lejos de ti cuando el alma suspira por tales fantasías, y confía en falsedades y se alimenta de vientos? Pero evidentemente yo no quería que me sacrificaran a los demonios, cuando yo mismo me sacrificaba a ellos con aquella superstición. Pues ¿qué otra cosa es alimentar los vientos sino alimentarlos a ellos, es decir, ser con mi error motivo de placer y burla para ellos?
Por eso no dejaba de consultar a aquellos charlatanes que llaman matemáticos, porque aparentemente no ofrecían ningún sacrificio ni dirigían plegarias a espíritu alguno para la adivinación. Sin embargo, la piedad cristiana y verdadera rechaza y condena esto consecuentemente. Pues es bueno confesarte a ti, Señor, y decir: «Ten piedad de mí; cura mi alma, porque pequé contra ti», y no abusar de tu indulgencia como licencia para pecar, sino recordar la voz del Señor: «Mira, has sido sanado; no peques más, no sea que te suceda algo peor».
Toda esta saludable advertencia intentan destruirla cuando dicen: «Del cielo te viene la causa inevitable de pecar» y «Venus hizo esto, o Saturno, o Marte», evidentemente para que el hombre no tenga culpa, carne y sangre y orgullosa podredumbre que es, sino que deba culparse al creador y ordenador del cielo y las estrellas. ¿Y quién es este sino nuestro Dios, dulzura y origen de la justicia, que dará a cada uno según sus obras y no desprecia un corazón contrito y humillado?
Había entonces un hombre sagaz, muy experto en el arte de la medicina y muy renombrado en ella, que como procónsul había puesto con su mano aquella corona de competidor sobre mi cabeza enferma, pero no como médico; pues de aquella enfermedad eres tú el sanador, que resistes a los soberbios y das gracia a los humildes. Pero ¿acaso tampoco me fallaste a través de aquel anciano, o dejaste de curar mi alma? Pues cuando me hice más cercano a él y escuchaba asiduamente y atentamente sus palabras (pues eran agradables y serias, animadas por la vivacidad de sus pensamientos aunque sin adorno verbal), cuando supo por mi conversación que yo me dedicaba a los libros de los horóscopos, me advirtió con benevolencia paternal que los desechara y no malgastara en aquella vanidad el cuidado y esfuerzo necesarios para cosas útiles, diciendo que él había estudiado aquellas cosas hasta el punto de haber querido hacer de ellas su profesión, de la que vivir en los primeros años de su vida, y que si había entendido a Hipócrates, ciertamente habría podido entender también aquellas escrituras;
sin embargo, después las había abandonado y se había dedicado a la medicina por ninguna otra razón que haber comprobado que eran completamente falsas y porque no quería, siendo hombre serio, ganarse la vida engañando a la gente. «Pero tú», dijo, «tienes la retórica para sostenerte entre los hombres; sigues esta falacia por libre decisión, no por necesidad económica. Así que con mayor razón debes creerme a mí, que me esforcé en aprenderla tan perfectamente porque quería vivir solo de ella».
Cuando yo le pregunté entonces por qué causa se pronunciaban muchas cosas verdaderas a partir de ella, respondió como pudo que lo hacía la fuerza del azar, difundida por doquier en la naturaleza de las cosas. Si cuando alguien consulta al azar las páginas de un poeta que canta y piensa en algo completamente diferente, con frecuencia sale un verso asombrosamente consonante con el asunto, decía que no era de admirar que del alma humana, por algún instinto superior que ignora lo que sucede en ella, sonara algo, no por arte sino por azar, que concordara con los hechos y acciones del consultante.
Y esto me lo procuraste tú a través de él o por medio de él, y delineaste en mi memoria lo que yo mismo debía buscar después por mi cuenta. Pero entonces ni él ni mi queridísimo Nebridio, joven muy bueno y muy casto que se burlaba de todo aquel género de adivinación, pudieron persuadirme de que desechara estas cosas, porque me movía más la autoridad de los propios autores y aún no había encontrado ninguna prueba cierta, como la que buscaba, por la cual me apareciera sin ambigüedad que lo que decían verdadero los consultados se decía por azar o suerte, no por arte de observación de las estrellas.
En aquellos años, en la época en que empecé a enseñar en el municipio donde nací, me había hecho de un amigo demasiado querido por la comunidad de estudios, de mi misma edad y floreciendo en la flor de la juventud. De niño había crecido conmigo y juntos habíamos ido a la escuela y jugado juntos. Pero aún no era entonces mi amigo, aunque tampoco después lo fue del modo en que lo es la verdadera amistad, porque no es verdadera sino cuando tú unes a los que se adhieren a ti mediante la caridad difundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.
Pero sin embargo era demasiado dulce, cocida en el fervor de estudios semejantes. Pues lo había desviado de la fe verdadera, que no poseía auténtica y profundamente siendo adolescente, hacia supersticiosas fábulas y perniciosas, por las que mi madre lloraba. Ya erraba conmigo aquel hombre en el alma, y mi alma no podía estar sin él. Y he aquí que tú, inminente sobre las espaldas de tus fugitivos, Dios de las venganzas y fuente de misericordias a la vez, que nos conviertes a ti de modos admirables, he aquí que arrebataste a aquel hombre de esta vida cuando apenas había cumplido un año en mi amistad, dulce para mí por encima de todas las dulzuras de aquella vida mía.
¿Quién enumera tus alabanzas en sí solo por lo que ha experimentado? ¿Qué hiciste entonces, Dios mío, y qué inescrutable es el abismo de tus juicios? Pues cuando él sufría de fiebres, yació largo tiempo sin conocimiento en un sudor mortal y, cuando se le dio por perdido, fue bautizado sin saberlo, sin que a mí me importara, presuponiendo que su alma retendría más bien lo que había recibido de mí que lo que se hacía en su cuerpo inconsciente.
Pero fue muy diferente: pues se recuperó y quedó a salvo, y enseguida, tan pronto como pude hablar con él (pude apenas él pudo, cuando no me separaba de él y dependíamos demasiado el uno del otro), intenté burlarme ante él del bautismo que había recibido estando ausente en mente y sentidos, pero que ya había sabido que había recibido. Pero él me miró con horror como a un enemigo y me advirtió con admirable y repentina libertad que si quería ser su amigo dejara de decirle tales cosas.
Yo, estupefacto y turbado, diferí todas mis reacciones para cuando se recuperara primero y estuviera sano en sus fuerzas, con quien pudiera tratar lo que quisiera. Pero él fue arrebatado de mi demencia para ser preservado contigo para mi consuelo. Pocos días después, estando yo ausente, lo atacaron de nuevo las fiebres y murió.
Con qué dolor se oscureció mi corazón, y todo lo que miraba era muerte. Y mi patria era un suplicio para mí y la casa paterna una desdichada extrañeza, y todo lo que había compartido con él se había convertido sin él en tormento inmenso. Lo buscaban mis ojos por todas partes y no se me daba. Y odiaba todas las cosas porque no lo tenían, y ya no podían decirme «mira, ahí viene», como cuando vivía y estaba ausente.
Me había convertido para mí mismo en una gran pregunta, e interrogaba a mi alma por qué estaba triste y por qué me turbaba tanto, y no sabía responderme. Y si decía «espera en Dios», justamente no obedecía, porque más verdadero y mejor era el hombre queridísimo que había perdido que el fantasma en el que se le mandaba esperar. Solo el llanto era dulce para mí y había sucedido a mi amigo en las delicias de mi alma.
Y ahora, Señor, ya aquello pasó, y el tiempo ha suavizado mi herida. ¿Puedo oírte a ti, que eres la verdad, y acercar el oído de mi corazón a tu boca para que me digas por qué el llanto es dulce a los desdichados? ¿O acaso tú, aunque estés presente en todas partes, has arrojado lejos de ti nuestra miseria, y tú permaneces en ti mismo mientras nosotros damos vueltas en pruebas? Y sin embargo, si no lloráramos a tus oídos, nada quedaría de nuestra esperanza.
¿De dónde entonces se recoge dulce fruto de la amargura de la vida: gemir, llorar, suspirar y quejarse? ¿Acaso es dulce en esto que esperamos que nos escuches? Rectamente esto en las plegarias, porque tienen el deseo de llegar a ti. ¿Pero también en el dolor por la cosa perdida y en el luto con que entonces estaba cubierto? Pues no esperaba que reviviera ni pedía esto con mis lágrimas, sino solo me dolía y lloraba. Pues era desdichado y había perdido mi gozo. ¿O acaso también el llanto es cosa amarga y, por fastidio de las cosas de las que antes disfrutábamos y ahora aborrecemos, nos deleita?
¿Pero por qué hablo de estas cosas? No es ahora tiempo de preguntar, sino de confesarte a ti. Desdichado era, y desdichada es toda alma encadenada por la amistad de cosas mortales, y se desgarra cuando las pierde, y entonces siente la desdicha en que está desdichada incluso antes de perderlas. Así era yo entonces y lloraba amargamente y descansaba en la amargura. Así era desdichado y tenía más cara que a mi amigo aquella vida misma desdichada.
Pues aunque quisiera cambiarla, sin embargo no querría perderla más que a él, y no sé si estaría dispuesto incluso por él, como se cuenta de Orestes y Pílades, si no es ficción, que querían morir el uno por el otro o juntos, porque les era peor que la muerte no vivir juntos. Pero en mí había surgido un afecto no sé cómo completamente contrario a este, y a la vez era gravísimo el hastío de vivir y miedo de morir.
Creo que cuanto más lo amaba, tanto más odiaba y temía a la muerte, que me lo había arrebatado, como a la más atroz enemiga, y pensaba que iba a consumir repentinamente a todos los hombres, puesto que a él había podido. Así estaba del todo, lo recuerdo. He aquí mi corazón, Dios mío, he aquí el interior. Mira, porque lo recuerdo, esperanza mía, tú que me limpias de la impureza de tales afectos, dirigiendo mis ojos hacia ti y arrancando mis pies del lazo.
Pues me asombraba que vivieran los demás mortales, porque aquel a quien amé como si no fuera a morir había muerto, y me asombraba más de que yo, que era su otro yo, viviera estando él muerto. Bien dijo alguien de su amigo que era «la mitad de su alma». Pues yo sentí que mi alma y la suya habían sido una sola alma en dos cuerpos, y por eso me horrorizaba la vida, porque no quería vivir a medias, y por eso quizá temía morir, para que no muriera totalmente aquel a quien mucho había amado.
Oh demencia que no sabe amar humanamente a los hombres, oh necio hombre que padece inmoderadamente cosas humanas, que es lo que yo era entonces. Así que me agitaba, suspiraba, lloraba, me turbaba, y no había descanso ni consejo. Pues llevaba mi alma desgarrada y ensangrentada, impaciente de ser llevada por mí, y no encontraba dónde ponerla. No en los bosques amenos, no en los juegos y cantos, ni en los lugares de olor suave, ni en los banquetes preparados, ni en el placer del lecho y del descanso, ni siquiera en los libros y poemas reposaba.
Todo me horrorizaba y la luz misma, y todo lo que no era él era improbable y odioso excepto el gemido y las lágrimas: pues solo en ellas había algún pequeño descanso. Pero cuando de ahí era apartada mi alma, me cargaba con gran peso de miseria. Debía ser elevada y curada hacia ti, Señor, lo sabía, pero ni quería ni podía, tanto más cuanto que no eras para mí algo sólido y firme cuando pensaba en ti.
Pues no eras tú, sino un vano fantasma, y mi error era mi dios. Si intentaba poner ahí mi alma para que descansara, resbalaba por el vacío y caía de nuevo sobre mí, y yo me había quedado para mí mismo como lugar infeliz, donde no podía estar ni de donde podía marcharme. ¿Pues a dónde huiría mi corazón de mi corazón? ¿A dónde huiría de mí mismo? ¿A dónde no me seguiría? Y sin embargo huí de mi patria. Pues mis ojos lo buscaban menos donde no solían verlo, y de la ciudad de Tagaste vine a Cartago.
Los tiempos no están vacíos ni pasan ociosamente por nuestros sentidos: producen obras admirables en el alma. He aquí que venían y pasaban día tras día, y viniendo y pasando me insertaban otras esperanzas y otras memorias, y poco a poco me remendaban con los anteriores géneros de placeres, a los que cedía aquel dolor mío; pero les sucedían no ciertamente otros dolores, pero sí las causas de otros dolores. Pues ¿de dónde me había penetrado tan fácilmente y hasta lo más íntimo aquel dolor, sino porque había derramado en la arena mi alma amando a un mortal como si no fuera a morir?
Ciertamente me restauraban y recreaban sobre todo los consuelos de otros amigos, con los que amaba lo que amaba en lugar de ti, y esto era una fábula inmensa y mentira prolongada, con cuya adulterina fricción se corrompía nuestra mente que picaba en los oídos. Pero aquella fábula no se me moría si moría alguno de mis amigos. Había otras cosas que en ellos cautivaban más el alma: conversar y reír juntos y hacernos mutuamente favores benévolos, leer juntos libros dulcemente escritos, bromear juntos y honrarnos mutuamente, disentir a veces sin odio, como uno mismo consigo mismo, y con aquella rarísima disensión condimentar las muchísimas coincidencias, enseñar algo mutuamente o aprender uno del otro, añorar con molestia a los ausentes, recibir con alegría a los que llegan: estas y semejantes señales procedentes del corazón de los que aman y son amados a su vez, mediante la boca, la lengua, los ojos y mil movimientos gratísimos, eran como leña para fundir las almas y de muchas hacer una.
Esto es lo que se ama en los amigos, y se ama de tal modo que la conciencia humana se considera culpable si no amó al que le ama o si no correspondió al amor del que ama, sin buscar nada de su cuerpo excepto las señales de benevolencia. De ahí aquel luto si alguien muere, y las tinieblas de los dolores, y el corazón empapado por la dulzura convertida en amargura, y de la vida perdida de los que mueren, la muerte de los que viven.
Bienaventurado quien te ama a ti y al amigo en ti y al enemigo por ti. Pues solo no pierde ningún ser querido aquel para quien todos son queridos en quien no se pierde. ¿Y quién es este sino nuestro Dios, el Dios que hizo el cielo y la tierra y los llena, porque llenándolos los hizo? A ti nadie te pierde sino quien te deja, y porque te deja ¿a dónde va o a dónde huye sino de ti apacible a ti airado? Pues ¿dónde no encuentra tu ley en su castigo? Y tu ley es la verdad, y la verdad eres tú.
Dios de las virtudes, conviértenos y muestra tu rostro, y seremos salvos. Pues hacia dondequiera que se vuelva el alma del hombre, se clava en dolores fuera de ti, aunque se clave en cosas bellas fuera de ti y fuera de sí. Que sin embargo no serían nada si no fueran de ti. Que nacen y mueren, y naciendo como que comienzan a ser, y crecen para perfeccionarse, y perfeccionadas envejecen y perecen; y no todas envejecen, pero todas perecen.
Entonces cuando nacen y tienden a ser, cuanto más rápidamente crecen para ser, tanto más se apresuran a no ser: tal es su medida. Tanto les diste, porque son partes de cosas que no son todas a la vez, sino que decediendo y sucediéndose constituyen todas el universo del que son partes. (He aquí que así se realiza también nuestro discurso mediante signos sonoros. Pues no será discurso completo si una palabra no se retira cuando haya sonado sus partes, para que otra la suceda.) Alábete a ti por estas cosas mi alma, Dios, creador de todas, pero no se clave en ellas con el pegamento del amor mediante los sentidos del cuerpo.
Pues van hacia donde iban para no ser, y la desgarran con deseos pestilentes, porque ella misma quiere ser y ama descansar en lo que ama. Pero en aquellas cosas no hay dónde, porque no permanecen: huyen, ¿y quién las sigue con el sentido de la carne? ¿O quién las comprende incluso cuando están presentes? Pues tardo es el sentido de la carne, porque es sentido de la carne: esa es su medida. Basta para otra cosa, para la que fue hecho, pero no basta para retener las cosas que transcurren desde el debido comienzo hasta el debido fin. Pues en tu palabra, por la que son creadas, ahí oyen: «De aquí» y «hasta aquí».
No seas vana, alma mía, y no te ensordezcan en el oído del corazón el tumulto de tu vanidad. Escucha también tú: la palabra misma clama para que vuelvas, y ahí está el lugar de quietud imperturbable, donde no es abandonado el amor si él no abandona. He aquí que aquellas cosas se van para que otras sucedan, y por todas sus partes se constituye la ínfima universalidad. «¿Acaso yo me voy a alguna parte?», dice la palabra de Dios.
Ahí fija tu morada, ahí encomienda todo lo que de ahí tienes, alma mía; al menos fatigada de engaños, encomienda a la verdad todo lo que es tuyo de la verdad, y no perderás nada, y reflorecerán tus podredumbres, y sanarán todas tus languideces, y tus cosas fluidas se reformarán y renovarán y se constreñirán a ti, y no te harán descender a donde ellas descienden, sino que estarán contigo y permanecerán ante el Dios que siempre está y permanece.
¿Por qué seguir perversa a tu carne? Que ella te siga a ti convertida. Todo lo que sientes por ella está en parte, e ignoras el todo del que estas son partes, y sin embargo te deleitan. Pero si tu sentido de la carne fuera idóneo para comprender el todo, y no hubiera recibido él también en parte del universo una justa medida como castigo tuyo, querrías que transitara todo lo que existe en el presente para que todas las cosas te agradaran más.
Pues también lo que hablamos lo oyes mediante el mismo sentido de la carne, y no quieres ciertamente que permanezcan las sílabas sino que pasen volando para que vengan otras y oigas el todo. Así siempre todas las cosas de las que consta algo uno (y no son todas a la vez las cosas de que consta): todas deleitan más que las singulares, si pueden sentirse todas. Pero mucho mejor que estas es quien hizo todas, y ese es nuestro Dios, y no se va, porque nadie lo sucede.
Si agradan los cuerpos, alaba a Dios por ellos y vuelve tu amor al artífice de ellos, para que no le desagrades tú en las cosas que te agradan. Si agradan las almas, que sean amadas en Dios, porque también ellas son mudables y en él se fijan y estabilizan: de otro modo irían y perecerían. En él entonces sean amadas, y arrebata hacia él contigo a cuantas puedas y diles: «A este amemos: él hizo estas cosas y no está lejos.
Pues no hizo y se fue, sino que de él están en él. He aquí dónde está, donde se saborea la verdad: es íntimo al corazón, pero el corazón se extravió de él. Volved, prevaricadores, al corazón y adheríos a quien os hizo. Permaneced con él y permaneceréis, descansad en él y estaréis quietos. ¿A dónde vais por lugares ásperos? ¿A dónde vais? El bien que amáis es de él: pero en cuanto es hacia él, es bueno y suave; pero se volverá amargo con justicia, porque injustamente es amado, abandonado él, lo que es de él.
¿Para qué seguís caminando y más caminando por caminos difíciles y laboriosos? No está el descanso donde lo buscáis. Buscad lo que buscáis, pero no está ahí donde buscáis. Buscáis la vida bienaventurada en la región de la muerte: no está ahí. ¿Cómo puede estar la vida bienaventurada donde no está ni siquiera la vida?
Bajó nuestra muerte y la mató con la abundancia de su vida, y tronó, clamando para que volvamos de aquí hacia él, hacia aquel secreto de donde procedió hacia nosotros, primero al vientre virginal donde se desposó con él la criatura humana, carne mortal, para que no fuera siempre mortal. Y de ahí como esposo que sale de su tálamo exultó como gigante para correr el camino. Pues no tardó, sino que corrió clamando con palabras, hechos, muerte, vida, descenso, ascenso, clamando para que volvamos a él: y se apartó de los ojos para que volvamos al corazón y lo encontremos.
Pues se fue y he aquí que está aquí. No quiso estar con nosotros mucho tiempo y no nos abandonó. Pues se fue a donde nunca se había ido, porque el mundo fue hecho por él y estaba en este mundo y vino a este mundo para salvar a los pecadores. A él mi alma confiesa y él la sana, porque pecó contra él. Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo pesados de corazón? ¿Acaso también después del descenso de la vida no queréis ascender y vivir?
Pero ¿a dónde ascendéis cuando estáis en alto y habéis puesto en el cielo vuestra boca? Descended para ascender, y ascender a Dios. Pues caísteis ascendiendo contra Dios. Diles estas cosas para que lloren en el valle del llanto, y así arrebátalos contigo hacia Dios, porque es de su espíritu que les dices esto, si lo dices ardiendo en el fuego de la caridad.
Estas cosas entonces no las conocía, y amaba las bellezas inferiores e iba hacia lo profundo, y decía a mis amigos: «¿Acaso amamos algo que no sea bello? ¿Qué es entonces lo bello? ¿Y qué es la belleza? ¿Qué es lo que nos atrae y nos une a las cosas que amamos? Pues si no hubiera en ellas gracia y hermosura, de ningún modo nos moverían hacia sí». Y observaba y veía en los mismos cuerpos que una cosa es el ser como un todo y por eso bello, y otra cosa que es decorosa porque se acomoda apropiadamente a algo, como una parte del cuerpo a su todo o un calzado al pie y cosas semejantes.
Y esta consideración brotó en mi ánimo desde lo íntimo de mi corazón, y escribí unos libros «Sobre lo bello y lo apto», creo que dos o tres: tú lo sabes, Dios, pues se me olvida. Pues no los tenemos, sino que se nos perdieron no sé de qué modo.
¿Pero qué fue lo que me movió, Señor Dios mío, a escribir aquellos libros a Hierio, orador de la ciudad de Roma? A quien no conocía de cara, pero amaba al hombre por la fama de su ciencia, que era ilustre para él, y algunas palabras suyas había oído y me habían agradado. Pero me agradaba más porque agradaba a otros y lo enaltecían con alabanzas, asombrándose de que de un hombre sirio, primero instruido en elocuencia griega, después hubiera surgido también un orador admirable en latín y fuera muy sabio en materias pertenecientes al estudio de la sabiduría.
Se alaba a un hombre y se le ama ausente. ¿Acaso entra de la boca del que alaba en el corazón del que oye aquel amor? Lejos de eso. Pero por otro amante se enciende otro. De ahí se ama al que es alabado, cuando se cree que el que alaba lo proclama con corazón no falaz, es decir, cuando el que lo ama lo alaba.
Pues así entonces amaba yo a los hombres según el juicio de los hombres, no según el tuyo, Dios mío, en el que nadie se engaña. Pero sin embargo ¿por qué no como se ama a un auriga noble o a un cazador famoso por los estudios populares, sino de modo muy diferente y serio, y así como yo mismo querría ser alabado? Pues no querría ser alabado y amado como los histriones, aunque yo mismo los alabara y amara, sino prefiriendo permanecer oculto que ser así conocido y más bien ser odiado que ser así amado.
¿Dónde se distribuyen estos pesos de amores variados y diversos en una sola alma? ¿Qué es lo que amo en otro que, de nuevo, si no odiara, no detestara y rechazara de mí, siendo ambos humanos? Pues no se ama a un buen caballo por aquel que no querría ser esto aunque pudiera. Esto debe decirse también del histrión, que es compañero de nuestra naturaleza. ¿Entonces amo en el hombre lo que odio ser, siendo yo hombre? Profundo abismo es el mismo hombre, cuyos cabellos tú, Señor, tienes contados y no disminuyen en ti: y sin embargo los cabellos de su cabeza son más contables que sus afectos y los movimientos de su corazón.
Pero aquel orador era del género que yo amaba de tal modo que quería ser yo tal. Y erraba con hinchazón y era llevado por todo viento, y demasiado ocultamente era gobernado por ti. ¿Y de dónde sé y de dónde confieso con certeza a ti que lo había amado más por amor de los que lo alababan que por las cosas mismas por las que era alabado? Porque si esos mismos lo hubieran vituperado en vez de alabarlo, y vituperando y despreciando hubieran narrado esas mismas cosas, no me habría encendido ni excitado en él, y ciertamente las cosas no serían otras ni el hombre mismo otro, sino solo otro el afecto de los narradores.
He aquí dónde yace el alma débil que aún no se adhiere a la solidez de la verdad: según soplen las auras de las lenguas desde los pechos de los opinantes, así es llevada y vuelta, retorcida y vuelta atrás, y se le nubla la luz y no se percibe la verdad, y he aquí que está ante nosotros. Y era cosa grande para mí que mi discurso y mis estudios se hicieran conocidos de aquel hombre. Si los aprobaba, ardería más; pero si los desaprobaba, se heriría mi corazón vano y vacío de tu solidez.
Y sin embargo volvía gustosamente en mi ánimo aquel hermoso y apto sobre lo que le había escrito, y lo contemplaba ante el rostro de mi contemplación y no había nadie que lo alabara conmigo.
Pero el gozne de cosa tan grande no lo veía todavía en tu arte, omnipotente, que haces maravillas solo tú, y mi ánimo pasaba por formas corpóreas y definía y distinguía lo bello, que es por sí mismo, y lo apto, que es decoroso por acomodarse a algo, y lo afirmaba con ejemplos corporales. Y me volví hacia la naturaleza del alma, y no me dejaba la falsa opinión que tenía sobre las cosas espirituales percibir lo verdadero.
Y la misma fuerza de la verdad irrumpía en mis ojos, y yo apartaba la mente palpitante de la realidad incorpórea hacia los lineamientos, colores y magnitudes hinchadas, y porque no podía ver estas cosas en el alma, pensaba que no podía ver el alma. Y como en la virtud amaba la paz, y en la vicio odiaba la discordia, notaba en aquella la unidad, y en esta cierta división, y en aquella unidad me parecía que estaban la mente racional y la naturaleza de la verdad y del sumo bien, pero en esta división pensaba desgraciadamente que había no sé qué sustancia de vida irracional y naturaleza del sumo mal, que no solo fuera sustancia sino completamente vida, y sin embargo no fuera de ti, Dios mío, de quien son todas las cosas.
Y a aquella la llamaba «mónada», como mente sin sexo alguno, pero a esta «díada», la ira en las acciones criminales, la lujuria en las acciones vergonzosas, no sabiendo de qué hablaba. Pues no había conocido ni aprendido que el mal no es sustancia alguna ni nuestra misma mente es el sumo e inconmutable bien.
Pues así como son crímenes si es vicioso aquel movimiento del alma en el que está el ímpetu y se arroja insolente y turbulentamente, y acciones vergonzosas si es inmoderado aquel afecto del alma con que se beben las voluptuosidades carnales, así los errores y falsas opiniones contaminan la vida si la mente racional misma es viciosa, como lo era entonces en mí al no saber que debía ser iluminada por otra luz para ser partícipe de la verdad, porque ella no es la naturaleza de la verdad, «pues tú iluminarás mi lámpara, Señor.
Dios mío, iluminarás mis tinieblas, y de tu plenitud todos nosotros recibimos». Pues tú eres la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, porque en ti no hay cambio ni sombra de variación.
Pero yo intentaba ir hacia ti y era rechazado por ti para que saboreara la muerte, porque «resistes a los soberbios». ¿Pues qué más soberbio que afirmar con increíble demencia que yo era por naturaleza lo que eres tú? Pues como yo era mudable, y esto me era manifiesto, porque ciertamente deseaba ser sabio precisamente para hacerme mejor de peor, prefería sin embargo incluso opinar que tú eras mudable que no ser yo lo que tú eres. Por eso era rechazado y resistías a mi ventosa cerviz, e imaginaba formas corpóreas, y siendo carne acusaba a la carne, y siendo espíritu que camina no volvía aún a ti, y caminando caminaba en cosas que no son, ni en ti ni en mí ni en el cuerpo, y no eran creadas para mí por tu verdad, sino fingidas por mi vanidad a partir del cuerpo.
Y decía a tus pequeños fieles, mis conciudadanos, de los que sin saberlo estaba desterrado, les decía parlanchín e ineptos: «¿Por qué erra el alma que hizo Dios?» Y no quería que me dijeran a mí: «¿Por qué entonces erra Dios?» Y afirmaba más que tu sustancia inconmutable era forzada a errar que confesar que mi sustancia mudable se había desviado por su voluntad y erraba como castigo.
Y tenía quizá unos veintiséis o veintisiete años cuando escribí aquellos volúmenes, revolviendo en mí figuraciones corporales que atronaban los oídos de mi corazón, los cuales yo tendía, dulce verdad, a tu melodía interior, pensando sobre lo bello y lo apto, y deseando permanecer y oírte y gozar con gozo por la voz del esposo, y no podía, porque por las voces de mi error era arrebatado fuera y por el peso de mi soberbia caía a lo más bajo. Pues no dabas a mi oído gozo y alegría, ni exultaban los huesos que no habían sido humillados.
¿Y de qué me servía que a los veinte años aproximadamente, cuando llegaron a mis manos ciertas obras de Aristóteles que llaman las diez categorías (de cuyo nombre, cuando mi maestro el rétor de Cartago las mencionaba con mejillas hinchadas de soberbia y otros que eran tenidos por doctos, yo quedaba suspenso y boquiabierto como hacia no sé qué cosa grande y divina), las leí solo y las entendí? Pues cuando las comparé con quienes decían que apenas las habían entendido con maestros eruditísimos, no solo hablando sino dibujando muchas cosas en el polvo, no pudieron decirme nada diferente de lo que yo había conocido leyendo solo por mi cuenta.
Y me parecían hablar bastante claramente sobre sustancias, como es el hombre, y lo que hay en ellas, como es la figura del hombre, cómo es, y la estatura, cuántos pies mide, y el parentesco, de quién es hermano, o dónde está situado o cuándo nació, o si está de pie o sentado, o si está calzado o armado, o si hace algo o padece algo, y cuantas cosas en estos nueve géneros, de los cuales puse algunos a modo de ejemplo, o en el mismo género de sustancia se encuentran innumerables.
¿De qué me servía esto, cuando también me perjudicaba, cuando a ti, Dios mío, maravillosamente simple e inconmutable, pensando que todo lo que es se comprendía en aquellas diez categorías, intentaba entenderte de tal modo como si también tú estuvieras sometido a tu grandeza o hermosura, de modo que estas estuvieran en ti como en un sujeto al modo en que están en un cuerpo, cuando tu grandeza y tu hermosura eres tú mismo, mientras que un cuerpo no es grande y hermoso por ser cuerpo, pues aunque fuera menos grande y menos hermoso, no por eso dejaría de ser cuerpo?
Pues era falsedad lo que pensaba de ti, no verdad, y figuraciones de mi miseria, no fundamentos de tu bienaventuranza. Pues habías ordenado, y así se cumplía en mí, que la tierra me produjera espinas y abrojos y con trabajo llegara a mi pan.
¿Y de qué me servía que todos los libros de las artes que llaman liberales, siendo entonces malísimo esclavo de malas concupiscencias, los leí por mí mismo y entendí cuantos pude leer? Y me gozaba en ellos, e ignoraba de dónde venía todo lo que había en ellos de verdadero y cierto. Pues tenía la espalda a la luz y la cara hacia las cosas iluminadas, por donde mi misma cara, con que percibía las cosas iluminadas, no estaba iluminada.
Todo lo relativo al arte de hablar y disputar, todo lo relativo a las dimensiones de las figuras, a la música y a los números, sin gran dificultad y sin que nadie me enseñara lo entendí. Tú lo sabes, Señor Dios mío, porque tanto la rapidez de entender como la agudeza de discernir es don tuyo. (Pero no te sacrificaba por ello; así que me servía no para uso sino más bien para perdición, porque me esforcé por tener tan buena parte de mi sustancia en mi poder y no guardaba mi fuerza para ti, sino que marché de ti a una región lejana para disiparla en meretrices concupiscencias.) Pues ¿de qué me servía la cosa buena si no la usaba bien?
No sentía que aquellas artes se entendían dificilísimamente incluso por los estudiosos e ingeniosos, sino cuando intentaba explicárselas a ellos, y era el más excelente en ellas el que al explicarlas yo no me seguía con demasiada lentitud.
Pero ¿de qué me servía esto, pensando que tú, Señor Dios verdad, eras un cuerpo lúcido e inmenso y yo un fragmento de aquel cuerpo? ¡Excesiva perversidad! Pero así era y no me avergüenzo, Dios mío, de confesar a ti en mí tus misericordias e invocarte a ti, yo que no me avergoncé entonces de profesar ante los hombres mis blasfemias y ladrar contra ti. ¿De qué me servía entonces el ingenio ágil para aquellas doctrinas y desenredados sin ayuda de ningún maestro humano tantos libros tan nudosos, cuando erraba deformemente y con sacrílega torpeza en la doctrina de la piedad?
¿O qué tanto obstáculo era para tus pequeñitos un ingenio mucho más tardo, cuando no se alejaban lejos de ti para emplumarse seguros en el nido de tu Iglesia y nutrir las alas de la caridad con el alimento de la fe sana? Oh Señor Dios nuestro, en el amparo de tus alas esperemos, y protégenos y llévanos. Tú llevarás a los pequeñitos y hasta la vejez tú llevarás, porque nuestra firmeza, cuando eres tú, entonces es firmeza, pero cuando es nuestra, es debilidad.
Vive ante ti siempre nuestro bien, y porque nos apartamos de ahí, nos pervertimos. Volvamos ya, Señor, para que no seamos subvertidos, porque vive ante ti sin defecto alguno nuestro bien, que eres tú mismo, y no tememos que no haya dónde volver, porque nosotros nos despeñamos de ahí. Pero en nuestra ausencia no se derrumba nuestra casa, tu eternidad.
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