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Parte 9Cuarto episodio — El adiós de Antígona

Antígona · Sófocles · 5 min de lectura

ANTÍGONA.—

Estrofa 1.ª

Amigas, compatriotas, mi última despedida os hago; mi camino ha terminado. Una última mirada, anhelante, llena de amor y anhelo, dirijo al sol brillante. Porque la Muerte, que adormece a jóvenes y ancianos, se lleva mi joven vida y me convoca al oscuro reino del Aqueronte, como esposa sin boda. Ningún joven me ha cantado el himno nupcial, ninguna doncella ha cubierto de flores mi lecho de bodas, es con la Muerte con quien me caso.

CORO.— Pero piensa que vas a los muertos grande y gloriosa. No has probado el filo de la espada, ninguna enfermedad ha consumido tu cuerpo. Sola entre los mortales bajarás libre, viva, al reino de los muertos.

ANTÍGONA.—

Antístrofa 1.ª

Pero he oído la compasiva historia que cuentan los hombres de la desventurada hija de Tántalo, encadenada en la alta y rocosa cumbre del Sípilos, que se aferró como hiedra salvaje, empapada por la lluvia torrencial y la nieve arremolinada, dejada allí para consumirse, mientras sobre su helado pecho fluyen eternamente las lágrimas. Su destino es el mío.

CORO.— Ella era descendiente de dioses, divina; nosotros somos mortales, de linaje mortal. Obtener el mismo renombre que los dioses compensa todo tu dolor. Lleva este consuelo a tu tumba: el tuyo es su destino en vida y en muerte.

ANTÍGONA.—

Estrofa 2.ª

¡Ay, ay! Me insultáis. ¿Es apropiado ultrajarme así en vida, en mi propia cara? Cesad, os lo suplico por los altares de nuestra patria, vosotros, señores soberanos de un linaje soberano. Oh fuente de Dirce, oh llanura cubierta de bosques donde los carros tebanos se lanzan a la victoria, ved las crueles leyes que ahora han causado mi ruina, los amigos que no muestran piedad ante mi necesidad. ¿Hubo jamás destino como el mío? Oh monstruoso sino: ser sepultada dentro de una prisión excavada en la roca, para desvanecerme y marchitarme en una tumba viviente, extraña entre los vivos y los muertos.

CORO.—

Estrofa 3.ª

En tu audacia demasiado temeraria, locamente estrellaste tu pie contra los peldaños del altar de la elevada Justicia. Cargas con la culpa de un padre.

ANTÍGONA.—

Antístrofa 2.ª

Con esto tocas mi dolor más punzante, la lastimosa deshonra de mi desdichado padre, la mancha de sangre, la marca hereditaria que se adhiere a toda la célebre estirpe de Lábdaco. Maldito el monstruoso lecho nupcial donde yació una madre con el hijo que su vientre había alumbrado; en él fui concebida, maldito el día, fruto de sábanas incestuosas, doncella desamparada. Y ahora me voy, maldita y sin casarme, a reunirme con ellos como extraña allá abajo; y tú, oh hermano, unido a matrimonio desventurado, fue tu mano muerta la que me asestó este golpe mortal.

CORO.— La religión tiene sus exigencias, es cierto, que se cumplan los ritos cuando deben cumplirse. Pero también es malo desobedecer a los poderes que ejercen el mando por la fuerza. Te has opuesto a la autoridad, rebelde voluntariosa, debes morir.

ANTÍGONA.— Sin llanto, sin boda, sin amigos, me voy; ya no podré ver más el ojo brillante del día; ni un solo amigo me queda para compartir mi amarga aflicción y exhalar un solo suspiro sobre mis cenizas.

CREONTE.— Si los lamentos y lamentaciones sirvieran de algo para alejar la muerte, creo que nunca acabarían. Llevadla, y tras haberla emparedado en una tumba abovedada en la roca, como he ordenado, dejadla sola en libertad de morir, o, si lo prefiere, de vivir en soledad, con la tumba como morada. En cualquier caso quedamos libres de culpa respecto a la sangre de esta doncella; solo que sobre la tierra no hallará refugio.

ANTÍGONA.— Oh tumba, oh cámara nupcial, oh prisión excavada en la roca, mi morada eterna, adonde voy a reunirme con la inmensa hueste de mis parientes, los huéspedes de Perséfone, muertos hace tiempo. La última de todos, de todos la más desdichada, marcho, truncado el tiempo de vida que me estaba destinado. Y sin embargo tengo buena esperanza de que hallaré una bienvenida de mi padre, una bienvenida también de ti, madre mía, y de mi querido hermano; porque con estas manos lavé y adorné vuestros miembros en la muerte, y derramé libaciones sobre vuestra tumba. Y por último, Polinices, a ti te rendí los debidos ritos, ¡y esta es mi recompensa! Sin embargo, estoy justificada a los ojos de la sabiduría. Porque incluso si hubiera sido algún hijo mío, o un esposo pudriéndose en la podredumbre de la muerte, no habría realizado este acto a despecho del Estado. ¿Cuál es la ley que invoco en mi ayuda? Así razono: si hubiera sido un esposo muerto, podría haberme casado con otro y engendrado otro hijo que ocupara el lugar del hijo muerto. Pero ahora que mi padre y mi madre han muerto, ningún segundo hermano puede nacer para mí. Así, por la ley de la conciencia fui llevada a honrarte, querido hermano, y fui juzgada por Creonte culpable de un crimen atroz. Y ahora me arrastra como a una criminal, novia sin boda, privada del canto nupcial, del lecho nupcial y de las alegrías de la maternidad, abandonada por mis amigos a una tumba viviente. ¿Qué ordenanza del cielo he transgredido? ¿Puedo en adelante mirar a algún dios en busca de socorro, invocar a algún hombre en busca de ayuda? Ay, mi piedad es considerada impía. Bien, si tal justicia es aprobada por el cielo, aprenderé por el sufrimiento mi pecado; pero si el pecado es de ellos, oh, que no sufran males peores que los agravios que me hacen.

CORO.— La misma voluntad ingobernable impulsa todavía a la doncella como un vendaval.

CREONTE.— Por tanto, mis guardias que permitieron que se demorara pagarán muy caro su tardanza.

ANTÍGONA.— Ay de mí, estas palabras que oigo acercan la muerte.

CORO.— No tengo consuelo. Lo que dice no presagia otra cosa que la muerte.

ANTÍGONA.— Patria mía, ciudad de Tebas divina, dioses de Tebas de quienes desciende mi linaje, mirad, poderosos señores de Tebas, sobre mí; la última de toda vuestra casa real veis. Martirizada por hombres pecadores, destruida. Tal es la recompensa que ha ganado mi piedad.

(Sale ANTÍGONA.)

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