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Parte 10Cuarto estásimo — Los cautivos ilustres

Antígona · Sófocles · 1 min de lectura

CORO.—

Estrofa 1.ª

Semejante a ti aquella joven radiante, Dánae, en su torre de bronce, trocó una vez la alegre luz del sol por una celda, su alcoba nupcial. Y sin embargo ella era de linaje real, hija mía, como tú, y nutrió la simiente que concibió de Zeus cuando descendió en una lluvia dorada. Extraños son los caminos del Destino, cuyo poder ni la riqueza, ni las armas, ni las torres pueden resistir; ni los barcos de proa de bronce que surcan el mar pueden huir del Destino.

Antístrofa 1.ª

Así el hijo de Drias, el impetuoso rey edonio, por palabras de altivo desdén fue llevado por Baco a una mazmorra en la roca, para enfriar la locura de un cerebro febril. Su frenesí pasó, y aprendió al fin que era locura lanzar burlas contra un dios. Porque una vez él quiso apagar el fuego de las Ménades y provocó la ira de las nueve Musas.

Estrofa 2.ª

Junto a las Rocas de Hierro que custodian el doble mar, en la solitaria costa del Bósforo, donde se extiende la llanura de Salmideso en la salvaje tierra de Tracia, allí en sus confines Ares fue testigo de la venganza tomada por una madrastra celosa: la sangre que goteó de un huso enrojecido, las órbitas ciegas de sus dos hijastros.

Antístrofa 2.ª

Consumiéndose lamentaron su lastimoso destino, el fruto maldito del vientre de su madre. Pero ella podía rastrear su linaje hasta la estirpe del gran Erecteo; hija de Bóreas, criada en las vastas cavernas de su padre, donde ruge la tempestad, veloz como sus caballos recorría las colinas; una hija de dioses; y sin embargo ella, hija mía, como tú, fue vencida por el Destino que no conoce muerte ni edad.

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