Parte 5Segundo episodio — Antígona ante Creonte
(Entra el GUARDIÁN trayendo a ANTÍGONA.)
GUARDIÁN.— Aquí está la culpable, atrapada en el acto de dar sepultura. ¿Pero dónde está el rey?
CORO.— Ahí viene de palacio, justo a tiempo.
(Entra CREONTE.)
CREONTE.— ¿Por qué es oportuna mi presencia? ¿Qué ha sucedido?
GUARDIÁN.— Ningún hombre, mi señor, debería hacer un juramento, porque si alguna vez jura que no hará algo, sus pensamientos posteriores desmienten su primera resolución. Cuando huí de la tormenta de granizo de tus amenazas, juré que no volverías a verme aquí; pero el arrebato salvaje de una grata sorpresa embriaga, y así estoy aquí perjuro. Y aquí está mi prisionera, atrapada en el acto mismo, adornando la tumba. Esta vez no es cosa de sorteo; este premio es mío por derecho de hallazgo. Así que tómala, júzgala, tortúrala si quieres. Es tuya, mi señor; pero puedo reclamar con razón marcharme de aquí libre de todos estos males.
CREONTE.— Dime, ¿cómo arrestaste a la muchacha y dónde?
GUARDIÁN.— Enterrando al hombre. No hay nada más que contar.
CREONTE.— ¿Estás en tu sano juicio? ¿O sabes lo que dices?
GUARDIÁN.— Vi a esta mujer enterrando el cadáver contra tus órdenes. ¿Está eso claro y es evidente?
CREONTE.— ¿Pero cómo fue sorprendida y atrapada en el acto?
GUARDIÁN.— Sucedió así. Tan pronto como llegamos, expulsados de tu presencia por aquellas terribles amenazas, enseguida barrimos todo rastro de polvo y dejamos al descubierto el cuerpo húmedo. Luego nos sentamos en lo alto de la cresta, a sotavento del hedor, mientras cada hombre mantenía alerta a su compañero y reprendía duramente al perezoso si acaso cabeceaba. Así vigilamos toda la noche, hasta que el sol se alzó en lo alto del cielo, y sus rayos ardientes nos golpearon. Entonces un torbellino repentino levantó una nube de polvo que borró el cielo, y barrió la llanura, y dejó desnudos los bosques, y sacudió el firmamento. Cerramos los ojos y esperamos hasta que pasara aquella plaga enviada por el cielo. Por fin cesó, y ¡he aquí! ahí estaba esta muchacha. Lanzó un grito penetrante, triste y agudo, como cuando el ave madre contempla su nido despojado de sus polluelos; así mismo se lamentó la muchacha al ver el cuerpo desnudo y descubierto, y maldijo a los rufianes que habían cometido esta fechoría. En seguida recogió puñados de polvo seco, luego, sosteniendo en alto una urna de bronce bien labrada, tres veces derramó sobre el muerto una corriente lustral. Al ver esto nos lanzamos sobre ella y capturamos nuestra presa. Ella se mantuvo impávida, y cuando la acusamos del crimen anterior y de este, no negó nada. Me alegré —y me afligí; porque es muy grato escapar uno mismo indemne, y sin embargo traer el desastre a un amigo es penoso. Considerándolo todo, creo que el primer deber del hombre es servirse a sí mismo.
CREONTE.— Habla, muchacha, con la cabeza baja y los ojos bajos, ¿te declaras culpable o niegas el hecho?
ANTÍGONA.— Culpable. Lo hice, no lo niego.
CREONTE.— (al GUARDIÁN.) Imbécil, vete adonde quieras, y agradece tu suerte de haber escapado de una acusación grave. (A ANTÍGONA.) Ahora responde a esta simple pregunta, sí o no, ¿conocías la prohibición?
ANTÍGONA.— Lo sabía, todos lo sabían; ¿cómo habría de no saberlo?
CREONTE.— ¿Y sin embargo fuiste lo bastante audaz como para quebrantar la ley?
ANTÍGONA.— Sí, porque estas leyes no fueron ordenadas por Zeus, y ella que está entronizada con los dioses de abajo, la Justicia, no promulgó estas leyes humanas. Ni creí que tú, un hombre mortal, pudieras con un soplo anular y pasar por encima de las inmutables leyes no escritas del Cielo. No nacieron hoy ni ayer; no mueren; y nadie sabe de dónde surgieron. No era probable que yo, por miedo al ceño de ningún mortal, desobedeciera estas leyes y provocara así la ira del Cielo. Sabía que debía morir, aunque tú no lo hubieras proclamado; y si la muerte se adelanta, lo contaré como ganancia. Porque la muerte es ganancia para aquel cuya vida, como la mía, está llena de miseria. Así mi suerte no me parece triste, sino dichosa; porque si hubiera soportado dejar al hijo de mi madre insepulto, debería haberme afligido con razón, pero no ahora. Y si en esto me juzgas una necia, quizá quien juzga la necedad no quede absuelto.
CORO.— Una hija obstinada de un padre obstinado, esta desdichada doncella da coces contra el aguijón.
CREONTE.— Bien, que sepa que las voluntades más obstinadas son las más pronto doblegadas, como el hierro más duro, calentado en exceso en el fuego hasta la fragilidad, salta más pronto en fragmentos, hecho añicos. Una brida doma al corcel más fogoso, y quien vive en sujeción debe ser manso por necesidad. Pero esta muchacha orgullosa, bien instruida en la insolencia, primero transgredió la ley establecida, y luego —un segundo y peor acto de insolencia— se jacta y se gloría en su maldad. Ahora, si ella puede así burlarse de la autoridad sin castigo, yo soy mujer, ella es el hombre. Pero aunque sea hija de mi hermana o más cercana en parentesco que todos los que rinden culto en mi hogar, ni ella ni su hermana escaparán al máximo castigo, pues a ambas las considero, como principales conspiradores, igualmente culpables. Traed a la mayor; hace poco la vi dentro del palacio, enloquecida y trastornada. Las operaciones de la mente descubren a menudo hechos oscuros tramados en la oscuridad, antes del acto. Más odiosa aún es la malvada que busca, cuando es atrapada, hacer virtud de un crimen.
ANTÍGONA.— ¿Quieres hacer algo más que matar a tu prisionera?
CREONTE.— No yo, tu vida es mía, y eso basta.
ANTÍGONA.— ¿Por qué demorarte entonces? Para mí ninguna palabra tuya es grata: Dios no permita que jamás me agrade; ni soy yo más aceptable para ti. Y sin embargo, ¿de qué otra manera habría alcanzado yo un nombre tan glorioso como enterrando a un hermano? Así lo dirían todos mis conciudadanos, si no estuvieran amordazados por el terror. Múltiples son las prerrogativas de un rey, y no la menor es que todos sus actos y todas sus palabras son ley.
CREONTE.— De todos estos tebanos ninguno opina así salvo tú.
ANTÍGONA.— Estos piensan como yo, pero contienen el aliento ante ti.
CREONTE.— ¿No te avergüenza diferir de todos estos?
ANTÍGONA.— Reverenciar a los parientes y familiares no puede traer vergüenza.
CREONTE.— ¿No era también tu pariente su enemigo muerto?
ANTÍGONA.— Una madre los engendró y el mismo padre.
CREONTE.— ¿Por qué lanzas una afrenta sobre uno al honrar al otro?
ANTÍGONA.— El muerto no te respaldará en esto.
CREONTE.— Seguramente, si el bueno y el malo son tratados igual.
ANTÍGONA.— El hombre muerto no era un villano sino un hermano.
CREONTE.— El patriota pereció por la espada del forajido.
ANTÍGONA.— No obstante los reinos de abajo requieren estos ritos.
CREONTE.— No que el vil deba ser tratado como el valiente.
ANTÍGONA.— ¿Quién sabe si los crímenes de este mundo son virtudes allí?
CREONTE.— Ni siquiera la muerte puede hacer de un enemigo un amigo.
ANTÍGONA.— Mi naturaleza es para el amor mutuo, no el odio.
CREONTE.— Muere entonces, y ama a los muertos si debes; ninguna mujer será el amo mientras yo viva.
(Entra ISMENE.)
CORO.— Mira, de la puerta del palacio, llorando por el destino de su hermana, viene Ismene; ved su frente, antes serena, ahora nublada, ved su hermoso rostro cubierto con un rubor de rojo airado.
CREONTE.— Mujer, que como una víbora inadvertida te albergaste en mi casa y drenaste mi sangre, dos plagas alimenté ciegamente, según resultó, para socavar mi trono. Di, ¿complotaste tú también este crimen, o renuncias a toda complicidad?
ISMENE.— Yo cometí el hecho, si ella lo acepta así, y con mi hermana reclamo compartir la culpa.
ANTÍGONA.— Eso sería injusto. Tú no quisiste actuar conmigo al principio, y yo rechacé tu asociación.
ISMENE.— Pero ahora tu barca está varada, me atrevo a reclamar mi parte como compañera en la pérdida.
ANTÍGONA.— Quién hizo el hecho el mundo subterráneo lo sabe bien: un amigo de palabra nunca es amigo mío.
ISMENE.— Oh hermana, no me desprecies, déjame compartir tu obra de piedad, y morir contigo.
ANTÍGONA.— No reclames una obra en la que no tuviste parte; una muerte basta. ¿Por qué habrías de morir tú?
ISMENE.— ¿Qué me aprovecharía la vida privada de ti?
ANTÍGONA.— Pregúntale a Creonte, él es tu pariente y mejor amigo.
ISMENE.— ¿Por qué me zahieres? ¿Encuentras placer en estas burlas?
ANTÍGONA.— Es una burla triste, si en verdad me burlo.
ISMENE.— Oh di si puedo ayudarte incluso ahora.
ANTÍGONA.— No, sálvate; no te envidio tu escape.
ISMENE.— ¿Se me niega incluso este favor, compartir tu suerte?
ANTÍGONA.— Sí, porque tú elegiste la vida, y yo morir.
ISMENE.— No puedes decir que yo no protesté.
ANTÍGONA.— Bien, algunos aprobaron tu sabiduría, otros la mía.
ISMENE.— Pero ahora estamos condenadas, ambas por igual.
ANTÍGONA.— No temas; tú vives, yo morí hace mucho tiempo, cuando entregué mi vida para salvar a los muertos.
CREONTE.— Ambas muchachas, me parece, están locas. Una de repente ha perdido el juicio, la otra nació loca.
ISMENE.— Sí, así sucede, señor, cuando viene la desgracia, hasta los más sabios pierden su sentido común.
CREONTE.— A fe mía que tu juicio te abandonó cuando hiciste tu elección con malhechores de hacer el mal.
ISMENE.— ¿Qué vida hay para mí sin mi hermana aquí?
CREONTE.— No digas tu hermana aquí: tu hermana está muerta.
ISMENE.— ¿Qué, matarás a la prometida de tu propio hijo?
CREONTE.— Sí, que él se procure semilla de otros campos.
ISMENE.— Ningún nuevo desposorio puede ser como el antiguo.
CREONTE.— Una plaga sobre las rameras que cortejean y seducen a nuestros hijos.
ANTÍGONA.— Oh Hemón, cómo te deshonra tu padre.
CREONTE.— Una plaga sobre ti y tu maldita prometida.
CORO.— ¿Qué, privarás a tu propio hijo de su prometida?
CREONTE.— Es la muerte la que impide este matrimonio, no su padre.
CORO.— Así que su sentencia de muerte, al parecer, está sellada.
CREONTE.— Por vosotros, como primero por mí; llevadlas, guardias, y mantenerlas encerradas. De ahora en adelante que aprendan a vivir como acostumbran las mujeres, no a andar sueltas. Porque incluso los espíritus más valientes huyen cuando perciben a la muerte presionando sobre los talones de la vida.
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