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Parte 8Las falsas definiciones de la amistad

Sobre la amistad · Cicerón · 6 min de lectura

58. Hay una segunda opinión que define la amistad como un equilibrio de favores y voluntades. Esto es, sin duda, reducir la amistad de modo excesivamente tacaño y mezquino a un cálculo contable, de manera que haya un balance equivalente entre lo recibido y lo dado. La verdadera amistad me parece más rica y abundante, y no está pendiente con estrechez de devolver más de lo que recibió; porque no hay que temer que algo se pierda, o que algo se derrame en el suelo, o que se acumule en la amistad más de lo debido.

59. El tercer criterio es verdaderamente el peor de todos: que cada uno sea valorado por sus amigos en la misma medida en que se valora a sí mismo. Ocurre a menudo que en algunas personas su ánimo está demasiado abatido o sus esperanzas de mejorar su fortuna demasiado quebrantadas. No es propio de un amigo, por tanto, mostrarse hacia él tal como él es consigo mismo, sino más bien esforzarse y procurar levantar el ánimo decaído del amigo e infundirle esperanza y pensamientos mejores.

Hay que establecer, pues, otro fundamento de la verdadera amistad, pero antes diré qué solía censurar Escipión por encima de todo. Negaba que pudiera encontrarse frase más enemiga de la amistad que la de aquel que dijo que «hay que amar como si algún día se fuera a odiar»; y desde luego no se dejaba convencer de que esto, como se creía, lo hubiera dicho Biante, que fue considerado sabio y uno de los siete; decía que era una sentencia de alguien impuro o ambicioso, o que todo lo remitía a su propio poder.

¿Cómo podría ser amigo de alguien quien piensa que puede llegar a ser su enemigo? Más aún, será inevitable que desee y espere que su amigo cometa errores con la mayor frecuencia posible, para que le proporcione, por así decirlo, más asideros para reprenderlo; y a la inversa, ante las buenas acciones y éxitos de los amigos será inevitable sentir aflicción, dolor y envidia.

60. Por eso este precepto, sea de quien sea, sirve para destruir la amistad; habría sido mejor aconsejar, más bien, que pusiéramos tal diligencia al trabar amistades que nunca empezáramos a amar a alguien a quien algún día pudiéramos odiar. Es más, si hubiéramos sido poco afortunados al elegir, Escipión pensaba que era preferible soportarlo antes que ponerse a pensar en un momento de enemistad.

61. Considero, pues, que hay que atenerse a estos principios: cuando las costumbres de los amigos sean intachables, que exista entre ellos comunidad de todas las cosas, de los proyectos, de las voluntades, sin ninguna excepción; de manera que, si por azar ocurre que haya que apoyar voluntades de los amigos que no sean del todo justas, en las que esté en juego su vida o su reputación, haya que apartarse del camino, siempre que no se siga de ello una infamia absoluta; porque hay un límite hasta el que se puede perdonar a la amistad.

Y tampoco hay que descuidar la reputación, ni conviene considerar instrumento secundario para la acción la buena voluntad de los ciudadanos; aunque es vergonzoso obtenerla mediante halagos y adulación; la virtud, a la que sigue el afecto, no debe en absoluto rechazarse.

62. Pero (pues vuelvo a menudo a Escipión, cuya conversación versaba toda ella sobre la amistad) se quejaba de que los hombres fueran más diligentes en todas las demás cosas: cada uno podía decir cuántas cabras y ovejas tenía, pero no podía decir cuántos amigos tenía, y que en procurarse aquellas ponían cuidado, pero en la elección de amigos eran negligentes, y no tenían como ciertos signos y señales por los cuales juzgar quiénes eran aptos para la amistad.

Hay que elegir, pues, a hombres firmes, estables y constantes; de este tipo hay gran escasez. Y es difícil, ciertamente, juzgar sin haberlos probado; pero hay que probarlos en la amistad misma. Así la amistad se adelanta al juicio y suprime la posibilidad de probar.

63. Es propio, por tanto, del hombre prudente contener, como la carrera, el impulso de la benevolencia, para que usemos la amistad, como si probáramos los caballos, habiendo puesto a prueba en cierta medida el carácter de los amigos. Algunas personas se revelan a menudo en una pequeña cantidad de dinero cuán volúbles son; otras, en cambio, a quienes una pequeña suma no pudo conmover, se conocen en una grande. Pero si se encontraran algunos que consideren sórdido anteponer el dinero a la amistad, ¿dónde hallaremos a quienes no antepongan a la amistad los honores, las magistraturas, los mandos, el poder, las riquezas, de modo que, cuando por un lado se les propongan estas cosas y por otro el derecho de la amistad, no prefieran con mucho aquellas?

Porque la naturaleza humana es débil para despreciar el poder; y aunque lo hayan conseguido descuidando la amistad, piensan que quedará en la sombra, porque no se ha descuidado la amistad sin una gran razón.

64. Y así es muy difícil hallar verdaderas amistades entre quienes se ocupan de los honores y de la vida pública; porque ¿dónde vas a encontrar a alguien que anteponga el honor de su amigo al suyo propio? ¿Qué más? Dejando esto aparte, ¡cuán graves, cuán difíciles parecen a la mayoría compartir las desgracias! No es fácil encontrar quienes desciendan a ellas. Aunque Ennio dice con razón: «El amigo seguro se conoce en la situación insegura», sin embargo estas dos cosas convencen de ligereza y debilidad a la mayoría: o desprecian en las situaciones favorables o abandonan en las adversas.

Quien, pues, se haya mostrado serio, constante, estable en la amistad en una y otra situación, debemos considerarlo de una estirpe de hombres sumamente rara y casi divina.

65. El fundamento de la estabilidad y constancia que buscamos en la amistad es la lealtad; porque nada es estable si es desleal. Además, conviene elegir a alguien sencillo, sociable y afín, es decir, que se conmueva por las mismas cosas, todo lo cual pertenece a la fidelidad; porque no puede ser fiel un temperamento múltiple y tortuoso, ni tampoco puede ser fiel o estable quien no se conmueve por las mismas cosas y no es afín por naturaleza.

Hay que añadir a esto que no se deleite en lanzar acusaciones ni crea las que se le presentan, todo lo cual pertenece a esa constancia que vengo tratando desde hace tiempo. Así resulta verdadero aquello que dije al principio: que la amistad solo puede existir entre hombres buenos. Es propio del hombre bueno, al que también podemos llamar sabio, observar estas dos cosas en la amistad: primero, que no haya nada fingido ni simulado; porque es más propio de hombres nobles odiar abiertamente que ocultar el pensamiento tras la apariencia; segundo, no solo rechazar las acusaciones traídas por otro, sino tampoco ser él mismo suspicaz, creyendo siempre que algo ha sido vulnerado por el amigo.

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