Parte 11La verdadera naturaleza de la amistad
82. Pero la mayoría de la gente, de forma equivocada —por no decir desvergonzada—, desea tener un amigo tal como ellos mismos no pueden ser, y exige de sus amigos lo que ellos mismos no les ofrecen. Lo justo, sin embargo, es primero ser uno mismo un hombre bueno y luego buscar a otro semejante a uno. Entre personas así puede consolidarse esa estabilidad de la amistad de la que venimos hablando desde hace rato, cuando hombres unidos por la benevolencia, en primer lugar, dominarán aquellas pasiones a las que los demás sirven como esclavos; luego se complacerán en la equidad y la justicia, y cada uno asumirá todo por el otro, y ninguno pedirá al otro nada que no sea honesto y correcto, y no solo se respetarán y amarán entre sí, sino que también se tendrán respeto mutuo. Pues quien elimina el respeto de la amistad le quita su mayor adorno.
83. Por eso resulta pernicioso el error de quienes piensan que en la amistad se abre paso libre a todo tipo de caprichos y transgresiones; la amistad fue dada por la naturaleza como aliada de las virtudes, no como cómplice de los vicios, para que, dado que la virtud en solitario no podría llegar a las cimas más altas, unida y asociada con otra lo consiguiera. Si esta asociación existe, existió o va a existir entre algunas personas, debe considerarse el mejor y más feliz acompañamiento hacia el supremo bien de la naturaleza.
84. Esta es, digo, la asociación en la que se encuentran todas las cosas que los hombres consideran deseables: la honestidad, la gloria, la tranquilidad del espíritu y el placer, de modo que cuando están presentes la vida es feliz, y sin ellas no puede serlo. Puesto que esto es lo mejor y más grande, si queremos alcanzarlo debemos dedicarnos a la virtud, sin la cual no podemos conseguir ni la amistad ni ninguna otra cosa deseable; pero quienes la descuidan y creen tener amigos, solo se dan cuenta de su error cuando alguna desgracia grave los obliga a ponerlos a prueba.
85. Por eso (y hay que repetirlo muchas veces): cuando hayas juzgado, debes amar, no juzgar después de haber amado. Pero si en muchas cosas somos castigados por nuestra negligencia, lo somos especialmente en elegir y cultivar amigos; pues tomamos decisiones equivocadas y hacemos lo ya hecho, algo que nos prohíbe un viejo proverbio. Porque, enredados de un lado a otro ya sea por un trato prolongado o incluso por favores mutuos, de repente rompemos las amistades en medio del camino cuando surge alguna ofensa.
86. Por eso es aún más censurable tanta negligencia respecto a una cosa tan necesaria. Pues la amistad es lo único en los asuntos humanos sobre cuya utilidad todos están de acuerdo al unísono. Aunque muchos desprecian la virtud misma y dicen que no es más que una especie de charlatanería y ostentación; muchos desdeñan las riquezas, contentos con poco y complacidos con un modo de vida y vestimenta sencillos; en cuanto a los honores, por cuyo deseo algunos arden, cuántos hay que los desprecian tanto que consideran que no hay nada más vano ni más trivial;
e igualmente respecto a las demás cosas que a algunos les parecen admirables, muchísimos son quienes las tienen por nada; pero sobre la amistad todos sin excepción opinan lo mismo: tanto los que se han dedicado a la vida pública, como los que se deleitan en el conocimiento de las cosas y la enseñanza, como los que administran sus propios negocios en el ocio, y por último los que se han entregado por completo a los placeres: sin amistad la vida no es nada, siempre que quieran vivir de algún modo con nobleza.
87. Pues la amistad se infiltra de alguna manera en todas las vidas y no permite que ninguna forma de pasar la existencia esté privada de ella. Y aunque alguien sea de naturaleza tan áspera e insociable que huya del trato con los hombres y lo deteste —como dicen que fue en Atenas cierto Timón—, aun así no podría soportar no buscar a alguien ante quien vomitar el veneno de su amargura. Y esto se entendería especialmente si pudiera ocurrir algo así: que algún dios nos sacara de esta multitud de hombres y nos colocara en algún lugar solitario, y allí, proporcionándonos abundancia y cantidad de todas las cosas que la naturaleza requiere, nos arrebatara por completo la posibilidad de ver a un ser humano. ¿Quién sería tan férreo que pudiera soportar esa vida, y a quién no le arrebataría la soledad el disfrute de todos los placeres?
88. Así que es verdad aquello que, según oí contar a nuestros ancianos que lo habían oído de otros ancianos, solía decir Arquitas de Tarento, creo: «Si alguien hubiera subido al cielo y hubiera contemplado la naturaleza del universo y la belleza de los astros, aquella admiración le resultaría insípida; la cual habría sido muy agradable si hubiera tenido a alguien a quien contárselo». Así, la naturaleza no ama nada solitario y siempre se apoya en algo como en un sostén; lo cual resulta más dulce cuando se trata del mejor amigo.
Pero aunque la misma naturaleza declara con tantas señales lo que quiere, busca y desea, sin embargo nos hacemos los sordos de algún modo y no escuchamos lo que ella nos advierte. Pues el uso de la amistad es variado y múltiple, y se dan muchos motivos de sospechas y ofensas, que es propio del sabio unas veces evitar, otras minimizar y otras soportar; hay una sola ofensa que debe suavizarse, para que se conserven en la amistad tanto la utilidad como la lealtad: pues con frecuencia hay que amonestar a los amigos y reprenderlos, y esto debe aceptarse con ánimo amistoso cuando se hace con buena voluntad.
89. Pero de algún modo es cierto lo que dice mi amigo en la Andria: «La complacencia crea amigos, la verdad engendra odio». Molesta es la verdad, si de ella nace el odio, que es el veneno de la amistad, pero mucho más molesta es la complacencia, que al consentir los errores deja que el amigo se precipite; pero la mayor culpa recae en quien desprecia la verdad y es empujado al engaño por la complacencia. Por tanto, en todo este asunto hay que tener criterio y cuidado: primero, que la advertencia carezca de aspereza; luego, que la reprensión carezca de insulto; en cuanto a la complacencia, ya que usamos con gusto la palabra de Terencio, que haya cortesía, pero que la adulación, cómplice de los vicios, sea alejada, pues no es digna no solo de un amigo, sino ni siquiera de un hombre libre; pues de un modo se vive con un tirano y de otro con un amigo.
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