Parte 4La amistad nace de la naturaleza
25. Fanio: Preferimos escucharte a ti; aunque también a ellos les he preguntado a menudo y los he oído con gusto, ciertamente; pero tu discurso tiene un hilo distinto. Escévola: Lo dirías con más razón, Fanio, si hubieras estado hace poco en los jardines de Escipión, cuando se discutió sobre la república. ¡Qué defensor de la justicia fue entonces, frente al elaborado discurso de Filo! Fanio: Fácil fue sin duda para el hombre más justo defender la justicia. Escévola: ¿Y qué? ¿No será fácil defender la amistad para quien por haberla conservado con suma lealtad, constancia y justicia ha obtenido la mayor gloria?
26. Lelio: Esto sí que es ejercer violencia. Pues ¿qué importa con qué argumento me obligáis? Me obligáis, desde luego. Es difícil, y tampoco es justo, oponerse al entusiasmo de los yernos, sobre todo en un asunto noble. Así pues, al pensar muy a menudo sobre la amistad, me parece que lo que más debe considerarse es si la amistad ha sido deseada a causa de la debilidad y la carencia, para que mediante el intercambio de favores cada uno reciba de otro lo que no puede lograr por sí mismo y a su vez lo devuelva, o si esta es, sí, una característica propia de la amistad, pero existe otra causa más antigua, más hermosa y que procede más de la propia naturaleza.
Pues el amor, del que se deriva el nombre de amistad, es el principio para unir la benevolencia. Porque las utilidades las obtienen a menudo incluso quienes son cultivados y atendidos por conveniencia con amistad simulada, pero en la amistad nada hay fingido, nada simulado, y todo lo que hay es verdadero y voluntario.
27. Por eso me parece que la amistad nace más de la naturaleza que de la necesidad, más de una inclinación del ánimo con cierto sentimiento de amor que del cálculo de cuánta utilidad va a tener esa relación. Esto se puede observar incluso en algunos animales, que aman a sus crías hasta cierto tiempo y son amados por ellas de tal modo que su sentimiento resulta evidente. Esto es mucho más claro en el hombre, primero por el cariño que existe entre hijos y padres, que no puede romperse sino mediante un crimen abominable; después, cuando surge un sentimiento similar de amor, si encontramos a alguien con cuyos hábitos y naturaleza congeniamos, porque nos parece percibir en él como una luz de honestidad y virtud.
28. Pues nada es tan amable como la virtud, nada atrae más al afecto, ya que por la virtud y la honestidad amamos de algún modo incluso a quienes nunca hemos visto. ¿Quién hay que no recuerde con cierto cariño benévolo a Gayo Fabricio y a Manio Curio, a quienes nunca ha visto? ¿Y quién hay que no odie a Tarquinio el Soberbio, a Espurio Casio, a Espurio Melio? Por el dominio de Italia se combatió con dos caudillos, Pirro y Aníbal; hacia uno no tenemos ánimos demasiado hostiles por su honestidad, al otro esta ciudad lo odiará siempre por su crueldad.
29. Y si tan grande es el poder de la honestidad que la amamos incluso en aquellos a quienes nunca hemos visto o, lo que es más importante, incluso en un enemigo, ¿qué tiene de extraño que los ánimos de los hombres se conmuevan cuando creen percibir la virtud y la bondad de aquellos con quienes pueden estar unidos por el trato? Aunque el amor se fortalece con el beneficio recibido, con el afecto comprobado y con la costumbre añadida, cuando estas cosas se suman a aquel primer impulso del ánimo y del amor, se enciende una magnitud admirable de benevolencia.
Si algunos piensan que procede de la debilidad, para que haya alguien mediante quien consiga cada cual lo que desea, dejan a la amistad, ciertamente, un origen humilde y poco noble, por así decirlo, al querer que nazca de la pobreza y la indigencia. Si así fuera, cuanto menos valiera alguien en sí mismo, tanto más apto sería para la amistad; lo cual es muy al contrario.
30. Pues cuanto más confía cada uno en sí mismo y cuanto más está protegido por la virtud y la sabiduría de modo que no necesita de nadie y juzga que tiene todo en sí mismo, tanto más sobresale en buscar y cultivar las amistades. ¿Acaso el Africano me necesitaba a mí? ¡En absoluto, por Hércules! Ni yo tampoco a él; pero yo lo amaba por cierta admiración hacia su virtud, él a mí quizá por alguna opinión que tenía sobre mi carácter; la costumbre aumentó la benevolencia. Pero aunque se siguieron muchas y grandes utilidades, las causas del afecto no procedieron de la esperanza de ellas.
31. Pues así como somos benéficos y generosos no para exigir gratitud (porque no prestamos el beneficio a interés, sino que por naturaleza estamos inclinados a la generosidad), así pensamos que la amistad debe buscarse no movidos por la esperanza de recompensa, sino porque todo su fruto está en el amor mismo.
32. Disienten mucho de estos quienes, a la manera de las bestias, lo refieren todo al placer, y no es extraño; pues nada elevado, nada magnífico ni divino pueden mirar quienes han rebajado todos sus pensamientos a una cosa tan humilde y tan despreciable. Por eso apartemos a estos de esta conversación, y entendamos nosotros que por naturaleza nace el sentimiento de amar y el cariño de la benevolencia una vez manifestada la honestidad. Quienes la han deseado se acercan y se aproximan más para disfrutar del trato de aquel a quien han empezado a amar y para ser iguales en el carácter y equivalentes en el amor, más inclinados a merecer bien que a reclamar, y para que haya entre ellos una honesta rivalidad.
Así se obtendrán de la amistad las mayores utilidades y su origen será, procedente de la naturaleza más que de la debilidad, más digno y más verdadero. Pues si la utilidad consolidara las amistades, al cambiar esta se disolverían; pero como la naturaleza no puede cambiar, por eso las amistades verdaderas son eternas. Ya veis el origen de la amistad, a no ser que queráis añadir algo a esto. Fanio: Continúa tú, Lelio; pues respondo en nombre de este, que es más joven, por mi derecho.
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