Parte 3Elogio de la amistad verdadera
17. Lelio: La verdad es que no me importaría hacerlo, si confiara en mí mismo; pues se trata de un tema excelente y estamos, como ha dicho Fannio, desocupados. Pero ¿quién soy yo? ¿O qué capacidad tengo? Esa es costumbre de los doctos, y además griegos, que se les propone un tema sobre el que debatir por muy de improviso que sea; es una gran tarea y requiere un ejercicio nada pequeño. Por eso opino que debéis pedir a quienes profesan estas materias lo que puede discutirse sobre la amistad; yo solo puedo exhortaros a que antepongáis la amistad a todas las cosas humanas; pues nada hay tan adecuado a la naturaleza, tan conveniente para las circunstancias favorables o adversas.
18. Pero ante todo considero que la amistad no puede existir sino entre personas buenas; y no lo delimito con precisión quirúrgica, como aquellos que tratan estas cosas con más sutileza, quizá con verdad, pero con poca utilidad para la práctica común; pues niegan que nadie sea hombre bueno salvo el sabio. Sea así, desde luego; pero interpretan esa sabiduría que hasta ahora ningún mortal ha alcanzado, mientras que nosotros debemos fijarnos en las cosas que están en el uso y en la vida común, no en las que se inventan o se desean.
Nunca diré que Cayo Fabricio, Manio Curio, Tiberio Coruncanio, a quienes nuestros antepasados consideraban sabios, fueron sabios según el criterio de esos. Así que quédense ellos con el nombre de sabiduría, tanto envidioso como oscuro; concedan que aquellos fueron hombres buenos. Ni siquiera esto harán, negarán que pueda concederse salvo al sabio.
19. Actuemos, pues, con la Minerva gruesa, como dicen. A quienes se comportan así, viven así, de modo que se apruebe su lealtad, su integridad, su equidad, su generosidad, y no haya en ellos ninguna codicia, ningún desenfreno, ninguna audacia, y tengan gran firmeza, como fueron hace poco los que nombré, a estos hombres buenos, tal como fueron considerados, así debemos también llamarlos, porque siguen, en cuanto los hombres pueden, a la naturaleza, óptima guía para vivir bien. Pues así me parece comprender que hemos nacido de tal modo que entre todos existiera una cierta solidaridad, pero mayor cuanto más cerca estuviera cada uno.
Así que los conciudadanos son preferibles a los extranjeros, los parientes a los ajenos; con estos, en efecto, la naturaleza misma ha engendrado la amistad; pero esta no tiene suficiente firmeza. Pues en esto aventaja la amistad al parentesco, en que del parentesco puede eliminarse la benevolencia, de la amistad no puede; suprimida la benevolencia, se suprime el nombre de amistad, pero el de parentesco permanece.
20. Cuánta sea, en cambio, la fuerza de la amistad, puede entenderse sobre todo por esto: que de la infinita solidaridad del género humano, que la naturaleza misma ha establecido, se ha contraído y reducido la cuestión a un espacio tan estrecho que todo afecto se une entre dos o entre unos pocos. Pues la amistad no es otra cosa sino el acuerdo en todos los asuntos divinos y humanos con benevolencia y afecto; y no sé si, exceptuada la sabiduría, nada mejor haya sido dado al hombre por los dioses inmortales.
Unos anteponen las riquezas, otros la buena salud, otros el poder, otros los honores, muchos incluso los placeres. Esto último es propio de bestias, pero aquellas cosas anteriores son caducas e inciertas, situadas no tanto en nuestras decisiones como en el azar de la fortuna. Quienes, en cambio, sitúan el bien supremo en la virtud, actúan excelentemente, por supuesto, pero esta virtud misma engendra y sostiene la amistad, y sin virtud la amistad no puede existir de ninguna manera.
21. Interpretemos ya la virtud desde la costumbre de nuestra vida y conversación, y no la midamos, como algunos doctos, por la magnificencia de las palabras, y contemos como hombres buenos a quienes son tenidos por tales, los Paulos, los Catones, los Galos, los Escipiones, los Filos; con estos se contenta la vida común; omitamos, en cambio, a aquellos que simplemente no se encuentran en ninguna parte.
22. Una amistad tal, pues, entre hombres semejantes tiene tantas ventajas que apenas puedo enumerarlas. En primer lugar, ¿cómo puede ser «digna de vivirse» la vida, como dice Ennio, si no descansa en la mutua benevolencia del amigo? ¿Qué hay más dulce que tener a alguien con quien te atrevas a hablar de todo como contigo mismo? ¿Qué fruto habría en las circunstancias prósperas, si no tuvieras quien se alegrara de ellas tanto como tú mismo? Las adversas, en verdad, serían difíciles de soportar sin alguien que las llevara incluso más gravemente que tú.
En fin, las demás cosas que se desean son oportunas, cada una de ellas casi para cosas particulares: las riquezas, para usarlas; el poder, para recibir respeto; los honores, para ser alabado; los placeres, para gozar; la salud, para carecer de dolor y cumplir las funciones del cuerpo; la amistad abarca muchísimas cosas; dondequiera que te vuelvas, está presente, en ningún lugar se la excluye, nunca es inoportuna, nunca es molesta; así que no usamos en más lugares el agua ni el fuego, como dicen, que la amistad.
Y no hablo ahora de la vulgar o de la mediocre, que sin embargo también deleita y aprovecha, sino de la verdadera y perfecta, cual fue la de aquellos que son nombrados como pocos. Pues la amistad hace más espléndidas las circunstancias favorables y, dividiéndolas y compartiéndolas, hace más ligeras las adversas.
23. Y aunque la amistad contenga muchísimas y grandísimas ventajas, sin duda aventaja a todas en esto: que ilumina por adelantado una buena esperanza para el futuro y no permite que los ánimos se debiliten o decaigan. Quien contempla a un verdadero amigo, contempla como un modelo de sí mismo. Por eso los ausentes están presentes y los necesitados abundan y los débiles tienen fuerzas y, lo que es más difícil de decir, los muertos viven; tanto los persigue el honor, el recuerdo, el deseo de sus amigos.
Por esto parece dichosa la muerte de aquellos, laudable la vida de estos. Pues si suprimes de la naturaleza de las cosas el vínculo de la benevolencia, ni casa alguna ni ciudad podrá sostenerse, ni siquiera permanecerá el cultivo de los campos. Si esto se entiende menos, cuánta sea la fuerza de la amistad y de la concordia puede percibirse por las disensiones y por las discordias. Pues ¿qué casa es tan estable, qué ciudad tan firme que no pueda ser destruida desde los cimientos por los odios y las divisiones? De esto puede juzgarse cuánto bien hay en la amistad.
24. Cuentan que cierto varón docto de Agrigento vaticinó en versos griegos que lo que en la naturaleza de las cosas y en el mundo entero se mantiene cohesionado y lo que se mueve, lo une la amistad, lo disgrega la discordia. Y esto ciertamente todos los mortales lo entienden y lo aprueban con los hechos. Así que si alguna vez se ha manifestado algún servicio de un amigo al afrontar o compartir peligros, ¿quién hay que no lo ensalce con las máximas alabanzas?
¡Qué clamores hubo en todo el teatro hace poco en la obra nueva de mi huésped y amigo Marco Pacuvio! Cuando, desconociendo el rey cuál era Orestes, Pílades decía que él era Orestes, para ser ejecutado en su lugar, pero Orestes, tal como era, insistía en que él era Orestes. De pie aplaudían ante una ficción; ¿qué pensamos que habrían hecho en un caso real? Fácilmente mostraba la naturaleza misma su fuerza, cuando los hombres juzgaban que se hacía correctamente en otro lo que ellos mismos no podían hacer.
Hasta aquí me parece que he podido decir lo que pienso sobre la amistad; si hay algo más (y creo que hay mucho), preguntádselo, si os parece, a quienes discuten estas materias.
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