Parte 6La amistad y la lealtad a la patria
41. Tiberio Graco intentó hacerse con el poder absoluto, o más bien lo ejerció durante unos pocos meses. ¿Había oído o visto alguna vez el pueblo romano algo semejante? Ni siquiera puedo hablar sin lágrimas de lo que sus amigos y familiares, siguiéndole incluso después de su muerte, le hicieron a Publio Escipión. En cuanto a Carbón, lo soportamos como pudimos debido al reciente castigo de Tiberio Graco; pero sobre el tribunado de Gayo Graco no me apetece adivinar qué esperar.
Después el asunto va arrastrándose, y una vez que comienza, resbala cuesta abajo hacia la ruina. Ya veis en la votación qué gran destrucción se ha producido: primero con la ley Gabinia, y dos años después con la ley Casia. Me parece ya estar viendo al pueblo separado del senado, los asuntos más importantes gestionados al arbitrio de la multitud. Pues habrá más gente que aprenda cómo se hacen estas cosas que cómo resistirse a ellas.
42. ¿A qué viene todo esto? A que nadie intenta nada semejante sin cómplices. Así pues, hay que advertir a los hombres buenos que, si por casualidad caen sin saberlo en amistades de ese tipo, no piensen que están tan comprometidos que no puedan separarse de amigos que cometen alguna grave falta contra la república; en cambio, a los malvados hay que imponerles un castigo, y no menor desde luego a quienes hayan seguido a otro que a quienes hayan sido ellos mismos cabecillas de la traición.
¿Quién fue más ilustre en Grecia que Temístocles, quién más poderoso? Él, que como general en la guerra contra los persas había liberado a Grecia de la esclavitud y que por envidias fue expulsado al exilio, no soportó la injuria de su patria ingrata —que debería haber soportado— e hizo lo mismo que veinte años antes había hecho entre nosotros Coriolano. A ninguno de los dos se le encontró colaborador contra la patria; así que ambos se procuraron la muerte.
43. Por ello, esa conspiración de malvados no solo no debe encubrirse con la excusa de la amistad, sino que más bien debe castigarse con todo tipo de penas, para que nadie piense que está permitido seguir a un amigo que incluso hace la guerra contra la patria; lo cual, tal como van las cosas, no sé si algún día llegará a ocurrir. A mí, sin embargo, no me preocupa menos cómo será la república después de mi muerte que cómo es hoy.
44. Que se establezca, pues, como primera ley de la amistad que pidamos a los amigos cosas honestas, que por los amigos hagamos cosas honestas, que ni siquiera esperemos a que nos lo pidan; que el empeño esté siempre presente, la vacilación ausente; que nos atrevamos a dar consejo con libertad. Que en la amistad tenga mucho peso la autoridad de los amigos que aconsejan bien, y que esta se aplique para amonestar no solo abiertamente sino incluso con dureza, si la situación lo requiere, y que se obedezca cuando se aplica.
45. Pues creo que a algunos, a quienes oigo que han sido considerados sabios en Grecia, les han parecido bien ciertas cosas asombrosas (pero no hay nada que ellos no persigan con sofismas): en parte, que hay que evitar las amistades excesivas para no verse obligado uno a preocuparse por muchos; que a cada cual le bastan y le sobran sus propios asuntos, que verse demasiado envuelto en los ajenos es molesto; que lo más conveniente es tener las riendas de la amistad lo más sueltas posible, para tensarlas o aflojarlas cuando uno quiera; pues lo principal para vivir feliz es la tranquilidad, de la cual no puede disfrutar el ánimo si, por así decir, está de parto por muchos en vez de por uno solo.
46. Dicen que otros afirman de manera mucho más inhumana aún (asunto que toqué brevemente hace poco) que las amistades se buscan por razón de protección y ayuda, no de benevolencia y cariño; así que cuanta menos firmeza y menos fuerzas tenga alguien, más busca amistades; de ahí resulta que las mujerzuelas buscan más las protecciones de las amistades que los hombres, y los pobres más que los ricos, y los desgraciados más que quienes se consideran felices.
47. ¡Oh, sabiduría magnífica! Pues parece que quitan el sol del mundo quienes quitan la amistad de la vida, de la cual nada mejor ni más agradable tenemos de los dioses inmortales. ¿Qué es, en efecto, esa tranquilidad? Halagüeña en apariencia, pero en realidad rechazable en muchos aspectos. Pues no es consecuente no emprender ninguna acción u obra honesta, para no inquietarse, o abandonarla una vez emprendida. Si huimos de la preocupación, hay que huir de la virtud, que necesariamente, con cierta preocupación, rechaza y odia las cosas contrarias a ella, como la bondad a la maldad, la templanza a la lujuria, la valentía a la cobardía; así verías que los justos se duelen muchísimo por las cosas injustas, los valientes por las cobardes, los moderados por las vergonzosas. Por tanto, es propio de un ánimo bien constituido alegrarse con las cosas buenas y dolerse con las contrarias.
48. Por lo cual, si le cabe al sabio el dolor del ánimo —que desde luego le cabe, a no ser que creamos que ha sido extirpada de su ánimo la humanidad—, ¿qué razón hay para suprimir radicalmente la amistad de la vida para no sufrir por ella algunas molestias? Pues una vez suprimida la emoción del ánimo, ¿qué diferencia hay, no digo ya entre un animal y un hombre, sino entre un hombre y un tronco o una piedra o cualquier cosa de ese tipo?
No hay que hacer caso a quienes quieren que la virtud sea dura y como de hierro; la cual, ciertamente, en muchas cosas y también en la amistad, es tierna y maleable, de modo que se expande, por así decir, con las cosas buenas del amigo y se contrae con las adversidades. Por ello, esa angustia que a menudo hay que asumir por un amigo no tiene tanto peso como para eliminar la amistad de la vida, no más que para rechazar las virtudes porque conllevan algunas preocupaciones y molestias.
Y puesto que, como dije antes, la amistad se contrae si brilla alguna manifestación de virtud a la que se acerca y se une un ánimo semejante, cuando esto sucede es necesario que surja el amor.
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