Parte 2El recuerdo de Escipión
9. En cuanto a ti, Fanio, me atribuyes tanto que yo ni reconozco ni reclamo, y lo haces con amistad; pero, según me parece, no juzgas correctamente a Catón. Porque o bien nadie fue sabio —lo que creo más probable—, o si alguien lo fue, ese fue Catón. ¡Cómo soportó, por no hablar de otras cosas, la muerte de su hijo! Yo recordaba a Paulo, había visto a Galo, pero estos perdieron niños, mientras que Catón perdió un hombre maduro y acreditado.
10. Por lo cual cuídate de anteponer a Catón ni siquiera a ese mismo que Apolo, según dices, juzgó el más sabio; pues de este se alaban los hechos, de aquel las palabras. En cuanto a mí, y ahora hablo con vosotros dos, tened presente lo siguiente: si yo negara que me afecta la ausencia de Escipión, que vean los sabios si obro correctamente; pero desde luego mentiría. Me afecta, en efecto, haberme quedado huérfano de un amigo como él, que, según creo, nadie tendrá jamás, y como puedo asegurar, nadie ha tenido nunca; pero no necesito remedio, yo mismo me consuelo, y sobre todo con este consuelo: que no comparto el error por el que suele angustiarse la mayoría ante la muerte de los amigos.
Pienso que a Escipión no le ha ocurrido nada malo; a mí me ha ocurrido, si es que ha ocurrido algo; pero angustiarse gravemente por las propias desgracias no es propio de quien ama a su amigo, sino de quien se ama a sí mismo.
11. Pero ¿quién podría negar que con él las cosas han ido espléndidamente? A no ser que deseara, lo que él no pensaba en absoluto, la inmortalidad, ¿qué no consiguió de lo que a un hombre le está permitido desear? Superó siendo apenas un joven, con increíble virtud, la gran expectativa que los ciudadanos habían puesto en él ya desde niño; no solicitó nunca el consulado y fue elegido cónsul dos veces: la primera antes de tiempo, la segunda en su momento oportuno, aunque casi tarde para la república; con la destrucción de dos ciudades hostilísimas a este imperio, acabó no solo con guerras presentes sino también con las futuras.
¿Qué diré de su carácter tan sencillo, de su piedad hacia la madre, de su generosidad con las hermanas, de su bondad con los suyos, de su justicia para con todos? Os consta. Y cuán querido fue para la ciudad lo demostró el dolor en su funeral. ¿Qué habría podido aportar, entonces, añadir unos pocos años más? Pues la vejez, aunque no sea pesada —como recuerdo que Catón estuvo discutiendo conmigo y con Escipión un año antes de morir—, sin embargo quita esa lozanía en la que aún ahora se encontraba Escipión.
12. Por tanto, su vida fue tal, por fortuna o por gloria, que nada podía añadírsele; pero la sensación de morir se la arrebató la rapidez de la muerte. Sobre este tipo de muerte es difícil hablar; ya veis lo que sospechan los hombres; pero esto sí puede decirse con verdad: de los muchos días que Publio Escipión vivió célebres y felicísimos, aquel día fue el más glorioso en que al atardecer, tras disolverse el senado, fue acompañado a casa por los padres conscriptos, el pueblo romano, los aliados y los latinos, la víspera de su muerte, de modo que desde tan alta cima de dignidad parece haber llegado a los dioses de arriba más que a los del inframundo.
13. Pues no estoy de acuerdo con quienes hace poco han empezado a sostener que los ánimos perecen junto con los cuerpos y que todo se destruye con la muerte; para mí tiene más peso la autoridad de los antiguos: ya sea la de nuestros antepasados, que atribuyeron a los muertos ritos tan sagrados, cosa que no habrían hecho si consideraran que nada les concernía; ya la de quienes vivieron en esta tierra y educaron con sus instituciones y enseñanzas la Magna Grecia, que entonces florecía aunque ahora ha desaparecido;
ya la de aquel que fue juzgado el más sabio por el oráculo de Apolo, quien no dijo unas veces una cosa y otras otra, como en la mayoría de los casos, sino siempre lo mismo: que los ánimos de los hombres son divinos y que, cuando han salido del cuerpo, tienen abierto el regreso al cielo, y que es facilísimo para el mejor y más justo.
14. Lo mismo le parecía a Escipión quien, como si lo presintiera, pocos días antes de su muerte, estando presentes Filo y Manilio y otros más, y tú también, Escévola, que habías venido conmigo, disertó durante tres días sobre la república; el final de aquella discusión trató casi todo sobre la inmortalidad de las almas, que decía haber oído en sueños, en una visión, del Africano. Si es así, que el ánimo de cada hombre excelente se libera con gran facilidad en la muerte, como de una prisión y de las cadenas del cuerpo, ¿a quién consideramos que le fue más fácil el camino hacia los dioses que a Escipión?
Por eso temo que afligirse por este desenlace suyo sea más propio de un envidioso que de un amigo. Pero si aquello es más verdadero, que el final de las almas y de los cuerpos es el mismo y que no permanece sensación alguna, como nada hay de bueno en la muerte, así ciertamente nada hay de malo; pues perdida la sensibilidad, resulta lo mismo que si no hubiera nacido en absoluto, aunque sin embargo nos alegramos de que haya nacido y esta ciudad se alegrará mientras exista.
15. Por tanto, con él, como he dicho antes, las cosas han ido muy bien; conmigo, más desafortunadamente, pues habría sido más justo que, como entré antes en la vida, saliera antes de ella. Sin embargo, disfruto tanto del recuerdo de nuestra amistad que me parece haber vivido felizmente, porque viví con Escipión, con quien compartí la preocupación por los asuntos públicos y privados, con quien tuve casa común y campaña militar común y, aquello en lo que está toda la fuerza de la amistad, una total concordancia de voluntades, intereses y opiniones.
Así pues, no me deleita tanto aquella fama de sabiduría que hace poco recordó Fanio, falsa por cierto, como la esperanza de que el recuerdo de nuestra amistad sea eterno, y esto me importa más porque de todos los siglos apenas se mencionan tres o cuatro parejas de amigos; entre ellas espero que la amistad de Escipión y Lelio sea conocida por la posteridad.
16. Fanio: Eso es necesario, Lelio. Pero ya que has hecho mención de la amistad y estamos de ocio, me harás un gran favor, espero que también a Escévola, si tal como sueles hacer con otras cosas cuando te las preguntan, así también disertas sobre la amistad: qué piensas, qué tipo consideras, qué preceptos das. Escévola: A mí ciertamente me será grato; y cuando yo mismo intentaba pedírtelo, Fanio se me adelantó. Por lo cual harás un favor muy grande a ambos.
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