Parte 13La virtud, fundamento de la amistad
98. En general, la virtud se ama a sí misma; pues se conoce perfectamente a sí misma y comprende cuán amable es. Pero yo ahora no hablo de la virtud sino de la opinión de virtud. Pues muchos menos quieren estar dotados de virtud que parecerlo. A estos les agrada la adulación, a estos, cuando se les dirige un discurso falso ajustado a su voluntad, piensan que esa vana oración es testimonio de sus propios méritos. No hay por tanto amistad alguna cuando uno no quiere oír la verdad y el otro está dispuesto a mentir.
Ni siquiera nos parecería graciosa la adulación de los parásitos en las comedias si no hubiera soldados fanfarrones. «¿Que Tais me da muchísimas gracias?» Bastaba responder: «muchas»; pero dice: «inmensas». El adulador siempre aumenta aquello que aquel a cuya voluntad habla quiere que sea grande.
99. Por lo cual, aunque esa halagadora vanidad tiene fuerza entre quienes ellos mismos la atraen e invitan, sin embargo también hay que advertir a los más serios y constantes para que se den cuenta y no se dejen atrapar por una adulación astuta. Pues al que adula abiertamente nadie deja de verlo, salvo quien es del todo necio; pero hay que evitar con cuidado que se insinúe aquel que es astuto y oculto; pues no se le reconoce muy fácilmente, ya que incluso asiente a menudo llevando la contraria y, simulando que discute, halaga y al final cede y se deja vencer, de modo que el engañado parezca haber visto más.
¿Pero qué hay más vergonzoso que ser engañado? Para que esto no ocurra, hay que tener más cuidado. «Como hoy me has hecho andar y me has engañado espléndidamente, superando a todos los viejos tontos de la comedia».
100. Pues incluso en las obras de teatro este es el personaje más necio: los viejos imprevisores y crédulos. Pero no sé cómo el discurso se ha deslizado desde las amistades de los hombres perfectos, es decir de los sabios (hablo de esa sabiduría que parece poder darse en el hombre), hacia las amistades superficiales. Por eso volvamos a aquellos primeros temas y concluyámoslos de una vez. La virtud, la virtud, digo, Cayo Fanio, y tú, Quinto Mucio, tanto establece las amistades como las conserva.
Pues en ella está la armonía de las cosas, en ella la estabilidad, en ella la constancia; cuando ella se ha manifestado y ha mostrado su luz, y a la vez ha visto y reconocido esa misma luz en otro, se acerca a ella y recibe a su vez aquella que hay en el otro; de ahí se enciende o el amor o la amistad; pues ambas palabras derivan de amar; y amar no es otra cosa que apreciar a ese mismo a quien amas, sin buscar ninguna necesidad, ninguna utilidad; la cual, sin embargo, florece por sí misma de la amistad, aunque tú la hayas buscado menos.
101. Con esta benevolencia, nosotros de jóvenes amamos a aquellos ancianos: Lucio Paulo, Marco Catón, Cayo Galo, Publio Nasica, Tiberio Graco, suegro de nuestro Escipión; esto brilla aún más entre coetáneos, como entre Escipión y yo, Lucio Furio, Publio Rupilio, Espurio Mumio. A su vez, nosotros los ancianos encontramos descanso en el afecto de los jóvenes, como en el vuestro, como en el de Quinto Tuberón; yo por mi parte disfruto también de la familiaridad de Publio Rutilio y Aulo Verginio, que son muy jóvenes.
Y puesto que la condición de nuestra vida y naturaleza está organizada de tal modo que una edad surge de otra, lo más deseable es poder, con tus coetáneos, con quienes saliste como desde las cárceles de salida, llegar con los mismos a la meta, como se dice.
102. Pero dado que las cosas humanas son frágiles y caducas, siempre hay que buscar a algunos a quienes amar y de quienes ser amados; pues eliminado el afecto y la benevolencia, queda eliminada de la vida toda alegría. Para mí ciertamente Escipión, aunque me fue arrebatado súbitamente, vive sin embargo y vivirá siempre; pues amé la virtud de aquel hombre, que no se ha extinguido; y no solo se presenta ante mis ojos, que siempre la tuve entre manos, sino que será también ilustre e insigne para la posteridad.
Nadie jamás emprenderá cosas mayores con el ánimo o la esperanza si no piensa que debe proponerse como modelo el recuerdo y la imagen de aquel.
103. Yo ciertamente, de todas las cosas que la fortuna o la naturaleza me otorgaron, no tengo nada que pueda comparar con la amistad de Escipión. En ella encontré acuerdo respecto a la república, en ella consejo sobre los asuntos privados, en ella también un descanso lleno de deleite. Nunca lo ofendí ni siquiera en la cosa más mínima, al menos que yo sepa; nada oí de él que no quisiera oír; una sola era la casa, la misma la comida, y esta común, y no solo la vida militar, sino también los viajes y las estancias en el campo eran comunes.
104. Pues ¿qué voy a decir de nuestro empeño en conocer y aprender siempre algo? En esto, alejados de las miradas del pueblo, consumimos todo el tiempo libre. Si el recuerdo y la memoria de estas cosas hubieran muerto junto con él, de ningún modo podría soportar la añoranza de un hombre tan unido y tan amado. Pero aquellas cosas no se han extinguido, sino que más bien se alimentan y aumentan con mi reflexión y memoria, y aunque hubiera quedado completamente privado de ellas, sin embargo la edad misma me trae un gran consuelo.
Pues ya no puedo estar por más tiempo en esta añoranza. Y todas las cosas breves deben ser tolerables, aunque sean grandes. Esto es lo que tenía que decir sobre la amistad. Pero a vosotros os exhorto a que valoréis la virtud de tal modo, sin la cual no puede existir la amistad, que exceptuando esta no consideréis nada más valioso que la amistad.
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